Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

Epílogo

Bueno, pues parece mentira pero las cosas han cambiado mucho. No siempre a mejor, he de decir. La institución de Miroki Fal duró cinco lunas, hasta que se extendió el rumor de que el señor Shak formaba parte de una red de traficantes de niños. Yo estoy seguro de que no era cierto, pero entre eso, alguna carababhuesada nuestra y la polémica del por qué los guakos iban a tener mejor educación que los hijos honrados de los trabajadores pobres y tal y cual… finalmente, el señor Shak había renunciado a su puesto y no había habido ningún voluntario para reemplazarlo. Habíamos seguido viviendo ahí durante una semana con dos vigilantes pero, adivinando que nuestra fortuna se estaba complicando y que pronto íbamos a quedarnos otra vez en la calle, terminamos por marcharnos antes de que los moscas nos mandaran al depósito —el primero en afufar fue el Bailador, natural: temiendo que los moscas lo enclavelizaran, se encerró en los Gatos y se metió en la banda del Albino a ocuparse de nuevo de limpiar los túneles. Los demás, nos volvimos al barrio contentos de nuestra libertad recuperada aunque también desilusionados al vernos así abandonados otra vez. ¿Sosque había pasado pues la gran campaña caritativa de Miroki Fal? ¡Por el agujero del olvido! Y, así, el Mangaplatas no dio señal de vida: desde que se había casado con Lésabeth, se había vuelto a marchar a Griada y a buen seguro tenía otros asuntos de los que ocuparse. En cuanto al dinero que me había dejado, el barbero me había chantajeado con que tenía que meterme de interno en una escuela fuera de Éstergat y hacer lo que él dijera si yo quería recibir algo antes de mi mayoría de edad. Me tomé mal el chantaje y le repliqué: quédese con la plata, señor, yo me voy a trabajar, quiero ser afilador. Sólo que no encontré a nadie dispuesto a enseñarme, así que finalmente le escuché al Sacerdote y me metí a cantante y a brujo.

Y así, a las mañanas yo salvaba vidas y Rogan salvaba almas. Sólo operábamos en los Gatos y el Barrio Negro, y es que tampoco queríamos llamar la atención. Pero, en nuestro barrio, nos creamos una pequeña fama tanto de pícaros estafadores como de niños benditos. Los hombres de las bandas, las primas de Yarras, los guakos de la calle… nuestros mejores clientes eran Gatos de cabo a rabo. No siempre ganábamos mucha plata, porque nosotros no cobrábamos tanto como los matasanos diplomaos, así que a las tardes nos juntábamos con los comparsas y nos hacíamos artistas, acróbatas, berreadores. Acababa con la garganta ronca, ¡pero lo bien que me lo pasaba!

Una tarde, a finales de otoño, un mangaplatas se detuvo en la Explanada para mirarnos pero, como no echaba monedas en la gorra y ahora era el único que nos escuchaba, dejé de berrear, bostecé sobre mi barril y le dije a Manras «¡cuenta los clavos, shur!». El Lobito se precipitó a su vez para ayudar, porque decía que él sabía contar rabiosamente bien —en siete lunas había crecido como un príncipe y era más listo que un zorro. Dil, él, seguía igual de poco hablador, aunque era el único al que había conseguido dar eficaces lecciones de canto. ¡Uno, dos, tres, tres y medio!, gritaba el Lobito. Manras le dio un empujón, exasperado, porque el chicuelo le revolvía las monedas. Entonces, nuestro único espectador, oculto detrás de su sombrero de ala ancha, me dijo así:

«Superviviente. ¿Qué dirías si te propusiera ir a cantarle a mi hija para celebrar su treceavo cumpleaños, mañana?»

Subido sobre mi barril, tuve que bajarme de un salto para alcanzar ver su rostro. Sonreí enseñando todos mis dientes. ¡Era Korther! La madre, hacía lo menos siete lunas que no lo veía. No había cambiado nada. Puse cara de guako corrido y educao y acepté con calma:

«Bueno. Me va rabiosamente bien, señor. Pero sólo es para cantarle a la shuriña, ¿verdad?»

Los ojos diabólicos de Korther sonrieron.

«Bueno, eso ya me dirás,» replicó. «Entonces, estamos de acuerdo.»

«Le cantamos gratis,» ofrecí, sintiéndome generoso. «¿Eh, compadres? ¡Le haremos una fiesta de acrobacias! La shuriña se va a quedar con la baba colgando…»

«En eso no estamos de acuerdo,» me cortó Korther con una mueca. «Nada de acrobacias. Y nada de hacerlo gratis. Te contrato.»

«¡Y que no!» protesté.

«Yo soy el mangaplatas: y voy a pagarte,» insistió Korther.

Me encogí de hombros, sonreí y me incliné burlonamente.

«Como guste, señor mangaplatas. Pero los cantos a domicilio son caros. Sobre todo que soy un Gato guako de renombre y tengo la agenda más cargada que un saco de reo…»

«Cincuenta,» dijo Korther.

Entorné los ojos, suspenso.

«¿Clavos?»

«Siatos, rapaz: siatos,» sonrió el cap Daganegra.

¡Cincuenta siatos! Fiambres, fiambres, fiambres, ¡con eso nos tomábamos unas vacaciones y nos íbamos a la Playa de las Conchas a hacer collares! O podíamos embuchar como cerdos. O comprarnos libros y ensabiarnos. O… o perder la plata isturbiadamente en los Gatos, pero esos eran riesgos de la vida. Intercambié una gran sonrisa con el Sacerdote, no me atreví ni a regatear y exclamé:

«¡Corriente, señor!»

Y, dando una vuelta sobre mí mismo, me puse a cantar:

¡Qué bellas son las colinas!
¡qué bellos que son los campos!
Pero la Roca y la vida,
por esas,
¡hasta la muerte canto!

* * *

* * *

Nota del Autor: ¡Fin del tomo 3! Espero que hayas disfrutado con la lectura. Para mantenerte al corriente de las nuevas publicaciones, puedes seguirme en amazon: echar un vistazo al sitio web del proyecto.