Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

20 Traidor condenado

Con un pan delicioso entre los dientes, me encontraba sentado sobre la hierba, con Rogan, mis comparsas y el Lobito, y les estaba regalando a cada uno un collar con gran seriedad y a la vez gran alegría cuando, bruscamente, desperté por unas sacudidas.

«¡Espabilao!» me susurró una voz al oído.

Más dormido que despierto, reconocí la voz del Bailador. Sin siquiera abrir los ojos, farfullé con apatía:

«¿Qué pasa?»

El Bailador resopló.

«¿En serio me lo preguntas? ¿Te has olvidado de Frashluc?»

Enseguida el desánimo y la desgana me invadieron y quise regresar a mis collares y mi pan delicioso… Otra sacudida y un pellizco. Emití un gruñido y le agarré del brazo al Bailador.

«La Tuerca Loca grazné, malhumorado. «Ahí empieza el túnel. Es todo lo que sé.»

Crucé los brazos y hundí de nuevo el rostro entre ellos. Oí el suspiro del Bailador. Y luego no oí nada más: había vuelto a mi mundo de sueños. Sólo que esta vez, soñé con que estaba metido en un túnel con dos ojos grandes de dragón al fondo y las rocas se caían y caían y me aplastaban… y me escachufaba, pero no de golpe, era una lenta agonía con un miedo en las entrañas… ¡pero un miedo! Desperté empapado de sudor, temblando y con el corazón desbocado.

En cuanto me calmé, me pregunté si de verdad el Bailador había venido a verme de noche o lo había soñado. No ser capaz de saberlo me dejó confuso. No habría sido la primera vez que soñaba que me despertaba y me dormía sin haberme despertado de verdad. Al cabo, me encogí de hombros y miré al Lobito que jugaba a mi lado, mordisqueando el cráneo del Maestro. Era señal de que tenía hambre. Le despeiné el cabello.

«Salú y buen día, Lobito. ¿Tienes hambre?» El rubito asintió enérgicamente. «Pues vamos a remediar.»

Hacía horas que había amanecido ya, pero Manras y Dil aún estaban durmiendo. Me incorporé y me di cuenta tan sólo en ese momento de que ya no tenía la capa y las botas no estaban en el sitio donde las había dejado. Me giré, busqué a Arik con la mirada y no lo encontré. De hecho, más de la mitad de los compadres se había largado ya. Manoseé la piedra negra de Arik en mi bolsillo, suspiré y, tras inspeccionar rápidamente mis heridas, espabilé a mis comparsas cantándoles un: Larilán, larilón, primavera, sal afuera, bombumbim, primavera… Despertaron y nos saqué a los cuatro del Camastro. Estábamos llegando a la calle que bordeaba la zona rocosa cuando avisté al Sacerdote que venía trotando cuesta arriba con algo escondido debajo del abrigo.

«¡Menos mal que os pillo!» nos saludó con una ancha sonrisa. «Os he comprado el desayuno. Ayer me llevé buena plata y como tenías hambre, Espabilao, me han dicho mis ancestros: sé generoso y da al alma hambrienta. Toma, toma: pan de centeno, nada menos.»

No pude evitar soltar una exclamación de alegría al ver la hogaza de pan. Ya estaba con la boca llena y los ojos medio cerrados por el placer cuando dije:

«La madre, se agradece, Sacerdote. Te debo una.»

«Qué fiambres. Si te debo yo muchas por lo del hospital,» me replicó.

Puse los ojos en blanco. El Sacerdote jamás olvidaría lo que había hecho por él en el hospital. Entre los cinco, no dejamos ni una migaja y, tras vaguear un poco por la zona, nos pusimos a andar hacia el barrio de Tármil. Apenas cojeaba ya.

Como habíamos desayunado y en la ciudad se respiraba a fiesta, nos dedicamos a dar rienda suelta a nuestros impulsos. Yo ya había traicionado a Korther, no tenía por qué temerle a Frashluc y, en consecuencia, tenía la conciencia casi casi tranquila del todo. Así, vagueamos por la Avenida de Tármil de tienda en tienda y de fuente en fuente, nos encontramos con el Raudo y el vampiro en la Explanada y el cap nos informó de que esta mañana había vendido la capa élfica —con el consentimiento, al parecer, de Arik. Había sacado un buen dinero, con el que había comprado ropa más apropiada para el nuevo de la banda, incluido un embozo. No nos mencionó adónde había ido a parar el resto de la plata.

Aquel día, nos lo pasamos en grande. Mendigamos un poco, pero sólo un poco: por lo demás nos dedicamos a dar vueltas por las zonas llenas de gente, le compramos un bote de pintura a un vendedor y nos pintarrajeamos la cara entera y hasta los brazos. Incluso a Arik le pintamos dos círculos negros alrededor de los ojos. Al principio no quería pero nada era más convincente que una tropa de guakos empeñada en que todos los compadres, y sobre todo los nuevos, hicieran lo mismo. Como en todo: insiste y vencerás. Por otro lado, el vampiro aprendía rápido y, a la hora del desfile, ya era capaz de decir: fiambres, qué bueno, está rabiosamente bien y ¡salú, compadres! Entre otras palabras. Al principio, parecía tímido y serio, pero a medida que pasaba el día se fue soltando y a la tarde se apuntó a todas las guakerías: apañó un collar de flores colgado en una puerta, salpicó a los festejantes junto a una fuente, estiró la cola de los caballos del desfile… Lo único que no hizo fue escupir en las botas de los mangaplatas porque decía que sus escupitajos llamaban la atención por el olor. Finalmente, vampiro o no, era un niño como todos nosotros.

Bostecé. Nos habíamos sentado sobre la hierba del Parque de la Tarde una decena de compadres. Atardecía, el aire se enfriaba y, sin embargo, el lugar estaba abarrotado de paseantes. Habíamos echado a suerte a quién le tocaba mangar para comprarnos un balón como el que tenían los niños esos que jugaban algo más lejos y le había tocado a Manras, así que ahora el pequeño elfo oscuro giraba, daba vueltas y extendía la mano a los transeúntes. De momento, no tenía mucho éxito. Cuando un grupo pasó ante él medio empujándolo de su camino, me carcajeé.

«¡Que se te va la clientela, desmorjao! ¡A este ritmo, el balón lo tenemos para el verano!»

Lo dije con tono alegre, pero Manras me dedicó una mueca perdida y alzó la mirada hacia los mangaplatas con cara afligida. Puse los ojos en blanco y le dije:

«¡Déjalo ya y avente!»

Total, ya estaba claro que no íbamos a tener el balón antes de que anocheciera ni aunque pusiéramos todos nuestros ahorros.

Como el cielo se oscurecía, contemplé al propietario del balón despedirse de sus amigos y alejarse con su familia. Le eché una ojeada a la cara refunfuñona de Manras y le di un empellón burlón.

«Olvídate del balón. Esas son manías de mangaplatas. ¡Nosotros tenemos cosas mejores!»

Me coloqué el bastoncillo de rodaria entre los dientes y me tumbé sobre la hierba. Ya brillaba la Gema en el cielo y se percibían las estrellas.

«¿Cosas mejores?» interrogó Manras. «¿Qué cosas mejores?»

Damba, la Venenos y Lin se habían largado ya al Camastro y ahora tan sólo quedábamos Rogan, mis comparsas, Arik, Syrdio, el Lobito y yo. Alcé la mano y abracé el cielo oscuro.

«Esto. La libertad. A nosotros no nos dicen cuándo tenemos que dejar de jugar.»

Hubo un silencio en el que se oían las voces de los paseantes. Entonces, Dil dijo:

«A los muertos tampoco.»

Resoplamos y nos reímos.

«Cabal,» convine. «Pero ellos son espíritus, no es lo mismo.»

Syrdio intervino, burlón:

«¿No pensarás tampoco que esos niños mangaplatas se cambiarían por ti, Espabilao?»

Hice una mueca y torcí la boca varias veces.

«Bah. Hombre, no,» admití. «Ellos son unos sortudos. Pero no por ello vamos a ser menos nosotros, ¿no?»

Rogan carraspeó.

«El que se compara con el vecino, desgraciado mil veces,» citó.

Me encogí de hombros y suspiré.

«Bah. Qué sé yo. El caso es que nosotros también somos sortudos. Estamos vivos. Y no hemos nacido tontos. Por eso digo, deberíamos estudiar.»

Una súbita idea me iluminó la cara de una sonrisa.

«¿Estudiar?» repitió Rogan. «A mí siempre me gustó estudiar. Yo iba a la escuela con los sacerdotes,» nos recordó. «Y uno me dijo una vez: Rogan, tú vas para ministro. ¿Podéis creéroslo?»

No sé si me lo creía, pero de las veces que nos lo había contado iba a acabar por creérmelo de veras. Como el Sacerdote abría la boca con una nueva inspiración, me enderecé de golpe y dije con energía:

«Vamos a estudiar. Ahora. Es fiesta, es el día ideal,» argumenté. «Vamos.»

Los había tomado a todos por sorpresa.

«Espabilao, ¿adónde vas?» se sorprendió Manras al verme levantado.

Sonreí anchamente.

«A la Biblioteca Nacional. ¡Vamos, shurs!»

Comencé a alejarme, Lobito en mano, y oí la carcajada de Syrdio.

«¡Se te va la pinza, Espabilao!»

Regresé para ir a agarrar a Arik de la manga y decir:

«Para nada. Arik nos abrirá. Tiene una flauta mágica. Va a ser increíble. ¿O es que vosotros ya habéis visto estanterías llenas de libros? Yo sí. Pero quiero que las veáis. Aveníos, anda, no os hagáis los remolones, que para estudiar hay que ser per… persec… eso, que hay que tener agallas y currar bestial, digo, y si no agitáis las patas no vais a conseguir nada en la vida. ¡Arreando!»

Estiré a Arik y mis comparsas me siguieron, intrigados. Rogan hizo otro tanto con cara de tener reservas y Syrdio lanzó, alcanzándonos:

«¡Si os pillan, la habréis hecho buena, shurs! Todo por ver unos malditos libros que no sabéis leer.»

«¡Y que sí sé!» repliqué.

«¿Libros de verdad? Y un cuerno sabes,» retrucó Syrdio. «Serás un mago, pero sólo eres un guako.»

Me encaré con él con el ceño fruncido. Él agregó:

«Aterriza, shur. No te vas a hacer menos tonto metiéndote en la biblioteca una noche. Pero si quieres pavonearte, allá tú.»

«¿No sería mejor ensabiarse en otro sitio que no esté vigilado?» intervino Rogan. «Por ejemplo, en el templo. A estas horas todavía estarán festejando la llegada de la primavera. Y en el altar siempre tienen una copia del Libro Sagrado. Seguro que ni te lo has leído.»

Que Syrdio se metiera conmigo, pase, pero ¿el Sacerdote? Los miré a ambos, perplejo. Caray, ¿tan estrafalaria era mi idea? ¡Yo sólo quería aprender! Entonces, Arik preguntó en caéldrico:

«¿Qué pasa?»

Suspiré y le eché una ojeada absorta al vampiro. Este no se había enterado de nada. Rogan añadió:

«Vayamos al Camastro. Desde ahí los fuegos artificiales se ven de maravilla. ¿Vamos?»

Volví a suspirar, decepcionado. Como mis compadres se ponían en marcha, saliendo del parque, me puse al Lobito sobre los hombros y los seguí, taciturno. Tras un silencio, le pregunté a Arik con tono inocente:

«¿Cómo funciona tu bastoncillo mágico?»

* * *

Al día siguiente, a la tarde, entré en una tienda de ropa mangaplata siguiendo a una gran señora con sus dos hijos, me deslicé entre unas baldas y, aprovechando que la dependienta aún no me había visto, me escondí detrás de una gran caja cubierta de pilas de tejidos. Una vez ahí, esperé. Esperé hasta que los músculos se me agarrotaron y la excitación del robo se me agotara. Anocheció. Y la tienda cerró. Esperé aún largo tiempo, aguzando el oído, acechando el mínimo ruido, y entonces salí de mi escondite. Me dirigí con andar de gato hasta el mostrador, evitando las pilas y las baldas, tanteé y encontré al fin la caja. Saqué la llave mágica y la metí en la cerradura. Activé la mágara, la cual se deformó para tomar la forma de la llave adecuada, giré y la caja se abrió. Retiré enseguida la mágara, pues Arik me había avisado de que se podía quedar bloqueada y adherida a la cerradura. Miré en el interior de la caja y contuve la respiración. Había ahí lo menos treinta siatos en monedas, más billetes. Apañé con todo. Abrí la puerta de salida y me fui de ahí como el viento, envuelto de sombras armónicas. No salía ni más sabio ni más erudito, pero tenía ahora plata para saldar mi deuda con el Raudo y hasta para contratarme a un profesor particular durante una luna entera. ¡Si eso no era tener ideas de genio!

Como la primavera llegaba, el Raudo había decidido cambiar de refugio. El Camastro estaba bien para no morirse de frío, porque ahí el suelo estaba siempre templado, pero era un infierno letal de rocas puntiagudas: el día anterior sin ir más lejos, el Lobito había estado a punto de partirse la cara y tan sólo los reflejos del Sacerdote lo habían salvado. Nos habíamos mudado pues a un callejón del Laberinto, propiedad de los de Frashluc. A cambio de promesas de obtener ciertos privilegios —como un refugio seguro o rodaria más barata—, nosotros nos comprometíamos a trabajar para ellos, fuera como simples «ojos», mendigos profesionales, limpiabotas o revendedores de mercancía: todo valía. Hasta ahora, el Raudo siempre había intentado no liarse, pero al parecer lo habían hecho cambiar de opinión. Y yo, como miembro de la banda, seguí el movimiento. Había pensado que tal vez así los Daganegras no supieran ya dónde buscarme. Aunque la idea de continuar trabajando para Frashluc no me gustaba, pero ¿acaso no había prometido ser leal a cambio de la muerte del Bravo Negro? Bueno, pues por una vez cumplía con mi palabra.

Tardé un par de horas en regresar al refugio, porque me hice el cauteloso. No quería que me espiantaran el botín. Llegué al fin al callejón y, colocando la plata de manera que nadie pudiera quitármela sin enterarme yo, me instalé para sornar, rico como un mangaplatas. Y sorné.

Durante los días siguientes, me dediqué a buscar un profesor dispuesto a enseñarme no sólo a mí sino también a toda una tropa de guakos. El primero fue una vieja sabia de los Gatos. Vino al refugio durante tres días, todas las tardes, a enseñarnos cosas, hasta que compré una pequeña pizarra y tizas para que nos dibujara letras y resultó que la anciana no sabía. Me hubiera amoscado si la vieja no hubiera sido un alma buena y simpática, así que le dije: gracias, abuela, pero nosotros queremos estudiar con un profesor de verdad. Y la despedí.

Largué a otros dos timadores bastante menos simpáticos antes de llegar a la conclusión de que en los Gatos no iba a encontrar a ningún saijit sabido. Entonces, me fui a Tármil.

Para entonces, mi botín había mermado considerablemente. Primero, el Raudo se había quedado con diez siatos por ser el cap. Luego, tuve que cambiar el papel moneda por dinero contante y sonante y los hombres de Frashluc se llevaron una buena tajada. Me quedaban, en total, treinta dorados. Treinta dorados para hacerme sabio.

Finalmente, pensé en mi hermano Skelrog. Él era maestro de escuela: a buen seguro sabía muchas cosas. Era primer Día-Bondad de Pajas. Tras hacerle una comisión al Matasiete, me fui directo a la Escuela del Paso, no sin olvidar pasar lejos de La Tuerca Loca, por si las moscas. La escuela estaba desierta. ¿Llegaba tarde? Iba a dar media vuelta, desilusionado, hundido bajo la lluvia primaveral, cuando avisté a dos siluetas charlando junto a la puerta de servicio de la escuela, bajo el cobertizo. Era Skelrog, con Kakzail. Tal vez alertados por mi brusca inmovilidad, ambos hermanos giraron los ojos hacia mí. Di un paso de lado, invadido de pronto por la aprensión. Si me aferraban, salú libertad. ¿De verdad merecía el riesgo hablarle a Skelrog de mis doctas aspiraciones?

«¿Ashig?» clamó Kakzail, sobrecogido.

Di media vuelta y eché a correr tratándome de desmorjao. ¿Para qué diablos iba a la Escuela del Paso si era para salir corriendo de ahí? Desmorjao.

Estaba aún en plena carrera cuando, sin previo aviso, recibí una zancadilla y fui a espatarrarme a un charco, pero unos brazos me agarraron antes de que tocara el suelo y me arrastraron hacia un callejón. Cuando alcé la mirada, quedé como muerto. Era Yal. Mi maestro tenía una expresión que no me dijo nada bueno.

«Elassar…» jadeé.

«Elassar y un infierno,» me replicó él con vivacidad. Me empujó y, mientras yo me dedicaba a recuperar el equilibrio, me siseó: «Eres el peor sarí que me hubiera podido tocar en suerte. Has avergonzado y burlado a toda la cofradía. Korther ya no puede hacer nada por ti, Mor-eldal, ¿entiendes? Te ha expulsado definitivamente.»

Agaché la cabeza. La culpabilidad me carcomía por dentro. Tras un silencio, Yal hizo un brusco ademán, alterado.

«¿No me dices nada?»

Me mordisqueé nerviosamente el labio superior, alzando y bajando la cabeza con agitación. La decepción que brillaba en los ojos de mi maestro era tan penetrante que me daban ganas de darme una bofetada.

«Korther cree saber cómo te escapaste,» añadió Yal con voz de ultratumba. «Si nos dices dónde está el… muchacho que salió contigo, te perdonará la vida.»

Levanté la cabeza con viveza. ¿Cómo demonios sabían lo de Arik?

«Afufé solo,» repliqué.

Yal apretó los dientes e inspiró para calmarse.

«Unos subterranienses andan buscándolo. Y están dispuestos a dejar el túnel intacto si les traemos al vam… al muchacho. Llevaba una capa élfica. Y sabemos que hace poco fue vendida una en los Gatos. Aún no sabemos quién la vendió, pero… no tardaremos en averiguarlo. Y si resulta que está contigo, Draen, sería la gota que colma el vaso. Mira, ese muchacho no es un muchacho normal.»

Puse los ojos en blanco y repetí:

«Ni pajolera idea de sosque estará ese guako. En mi banda, somos todos normales.»

Yal me sacudió de los hombros con intensa exasperación.

«¡Pero date cuenta, Draen! Estás jugando con tu vida.»

Advertí un movimiento detrás de mi maestro y… agrandé mucho los ojos. Kakzail estaba ahí, en la boca del callejón. A saber cuánto había oído. Alertado por mi mirada, Yal volteó y se recompuso más o menos soltando un:

«Vaya. Kakzail Malaxalra. Qué sorpresa.»

Mi hermano mayor tamborileó sobre el pomo de su espada.

«¿Qué hace exactamente un funcionario del Capitolio con un guako en un callejón? O tal vez debería decir dos Daganegras.»

Resoplé.

«Un Daganegra. Yo ya no lo soy.»

Y, diciendo esto, probé rodear a mi maestro y abrirme un camino fingiendo un andar tranquilo y, entonces, salí disparado. Evité la mano de Kakzail y desaparecí calle abajo.

El objetivo de ir a salvar a Arik me mantuvo lejos de cualquier pensamiento pesimista sobre ese «estás jugando con tu vida» y la amenaza de muerte de Korther. Me metí bien profundo en el Laberinto y me aseguré de que nadie me seguía antes de regresar al refugio. No estaba Arik. Esperé con impaciencia. Vi regresar a mis comparsas y, en fin, a toda la banda. Y cada vez que llegaba un compadre, yo pegaba un bote diciendo: ¿Y Arik? Nada, no sabían dónde estaba.

Cada vez más convencido de que lo habían aferrado, me llevé un alivio de mil demonios cuando oí la voz del Raudo y avisté a su silueta acompañada de la del vampiro. Me precipité.

«¡Arik! Tienes que marcharte. El príncipe sabe que estás aquí.»

Los ojos azules del vampiro brillaron a la lumbre de la pequeña fogata.

«¿Cómo?» dijo. «¿Cómo lo sabe?»

Hice una mueca.

«Por los Daganegras. Y por la capa élfica que se vendió. Ven. Te llevaré a un sitio seguro.»

Le expliqué al Raudo lo que ocurría y, sin más dilaciones, planeamos la huida. Iríamos a la Cripta, pero para eso había que cruzar un puente. Elegimos el Puente de Luna, el más directo y el más cercano y, en unos minutos, estábamos en marcha.

Mientras caminábamos, le iba dando consejos a Arik:

«Si te encuentras con algún nadro o un lobo, te subes a un árbol. Como eres un vampiro, no te digo que no te comas bayas y setas que no conoces. Pero supongo que vale lo mismo para los animales que no conoces. Tú sigue hacia el sol poniente, hasta las montañas. Si quieres volver, yo que tú esperaría una luna lo menos, porque con lo que son los Daganegras…»

Y así, parloteé sin cesar hasta que llegamos a la Plaza de Luna. Ahí, me embocé bien la cara sin cambiar el ritmo. Ya era de noche, había dejado de llover y la Luna y la Gema iluminaban el cielo. En la oscuridad, percibí una silueta sospechosa al otro lado de la gran plaza. Cualquiera no habría reparado en ella, pero yo iba alerta. Me detuve en las sombras de un edificio y le susurré a Arik:

«Creo que están vigilando el puente.»

«¿Los Daganegras?» inquirió el vampiro.

Asentí.

«Deberíamos separarnos,» propuse. «Los Daganegras podrían reconocerme. Como digo, el bosque está todo recto, no puedes equivocarte.»

Arik asintió, tenso.

«Gracias.»

Sonreí.

«De nada. Por cierto, la piedra de tu madre. Casi la olvido. ¿Me dejas la flauta mágica? En el bosque no vas a encontrar ninguna puerta cerrada…»

«Corriente,» dijo Arik en drionsano. Aceptó la piedra con vacilación y me devolvió el collar de música. Articuló: «El Raudo me dijo: te ha tomao el pelo con ese collar. ¿Es cierto?»

Me atraganté con la saliva.

«Er… Será condenao el Raudo,» grazné. «Ese escalufniao no tiene ni idea. De todas formas, lo importante es que seamos compadres y nos hayamos ayudado, ¿no?»

Los ojos de Arik sonrieron.

«Sí. Supongo,» convino en caéldrico. «¿Sabes? Si no fuera por el príncipe… me habría quedado.»

La confesión me arrancó una sonrisa.

«Natural,» dije en drionsano. «Hasta los vampiros necesitan compadres.» Le palmeé el hombro y señalé con la barbilla a un grupo de gente que se dirigía hacia el puente. «Arremézclate con esa tropa y pasarás como un espíritu.»

Arik inspiró, asintió y, entonces, se puso a andar hacia el puente. Se detuvo al de unos pasos simplemente para decir:

«Salú.»

Mi sonrisa se ensanchó.

«¡Salú, salú! Cuídate.»

En ese instante, tuve la curiosa impresión de que yo había tomado el lugar de mi maestro nakrús y Arik el mío: yo me quedaba en casa y él se iba a explorar el mundo.

Mientras el vampiro comenzaba a cruzar el puente entre la gente, rodeé la plaza para acercarme y asegurarme de que el joven vampiro llegaría al otro lado sano y salvo. No dejé de vigilar de reojo al que me había parecido sospechoso. Ahora no me lo parecía tanto. Estaba relajado, fumando una pipa junto al puente. Cuando perdí de vista a Arik, me dije: hora de irse. Y di media vuelta, justo a tiempo para ver a dos siluetas acercarse directamente a mí. Una de ellas me resultó familiar. Boté como un ardilla y eché a correr por el dique que bordeaba el río. Uno me cortó el paso atajando por otra calle y cambié de trayectoria, pero el otro me cerraba la vía de escape. Estaba atrapado. Salté a bordo de una de las barcazas amarradas ahí. Había varias filas y pude seguir corriendo por las barcazas. Si tan sólo conseguía llegar hasta el canal junto a la Cárcel del Molino, tal vez pudiese darles el esquinazo.

Mis pies, descalzos, apenas metían ruido sobre las cubiertas de madera. Las botas de mis dos perseguidores, ellas, eran bien audibles. Ahora que recordaba las palabras de Yal, no me cabía duda de las intenciones de esos tipos. Iban a matarme. Korther estaba harto de mí, lo había traicionado demasiadas veces, lo que había hecho era imperdonable. Me habían echado de la cofradía y yo conocía el lugar de la nueva Fonda, sabía que Korther, Aberyl y Rolg eran demonios y, para colmo, era un monstruo nigromante… En fin, que les sobraban razones para matarme.

Tuve rabiosamente suerte: justo pasé por una barcaza-taberna con una fiesta de boda y logré escabullirme entre la gente. Afufé bordeando el canal y me encontré con unos chavales de la pensión del Bello-Lado a los que conocía. Les dije:

«¡Salú, me persigue la moscardía, por favor, cubrid!»

La muchachada entendió y, mientras retomaban su carrera de corchos diaria, uno me prestó su abrigo, intercambiamos la gorra, me restregué la cara con cenizas y quedé irreconocible. De reojo, vi a mis perseguidores continuar la carrera por una calle, a voleo. Estaba casi seguro de que uno de ellos era Aberyl.

Tras quejarme a los muchachos del Bello-Lado sobre lo cargantes que eran los moscas con los guakos, les dije:

«Os debo una, camaradas. Ya sabéis, si algún día queréis comprar algo por el mercado allá en los Gatos, hago de intermediario y os hago una rebaja. Preguntad por el Espabilao. Soy famosillo por la zona.»

Jugué un poco con ellos a los corchos, no fuera que los Daganegras regresaran. Y de hecho regresaron, pero no nos hicieron más caso a la vuelta que a la ida. Entonces, cuando pensé que ya estaba a salvo, retomé mi abrigo y mi gorra, me despedí y regresé por un camino indirecto hasta los Gatos.

Cuanto más me acercaba al refugio, más se arremolinaban los pensamientos en mi mente y más volvía el miedo a presionarme. Porque sabía que, si los Daganegras no me habían pillado aquella noche, me pillarían dentro de dos, tres, cuatro días tal vez, y si era para escachufarme al de tan poco, casi casi debería haberme ido con Arik.

Llegué, pues, al refugio temblando y, como los compadres querían saber si la huida había salido bien, todos se fijaron en mi estado.

«¿Lo pillaron?» se inquietó el Raudo.

Negué con la cabeza y me froté el pecho, como si así pudiese acabar con el miedo.

«No. Él se fue. Casi me pillan a mí.»

«¿Los Daganegras?» preguntó el Sacerdote.

Asentí maquinalmente y farfullé:

«Me quieren escachufar. Debería… ir a entregarme. Total, me lo merezco.»

El Raudo emitió un resoplido y me cogió por los hombros, sacudiéndome.

«No seas isturbiao. No te vas a entregar. Asiéntate y respira, tocayo.»

Me senté pero repetí con más fervor:

«Voy a entregarme. Le he traicionado a mi primo. Era mi maestro. Soy un miserable. Todo por el isturbiao de Frashluc. Lo odio, lo odio, ¡lo odio!»

Descontrolado, me arañé a mí mismo hasta la sangre. Quería arrancarme los ojos. Quería vivir y, al mismo tiempo, quería morir. ¡Quería que me dejasen en paz! Me apartaron las manos. Aullé de desesperación. Y me calmaron haciéndome embuchar droga. Me quedé en babias aunque, cuando el Lobito vino a verme, lo abracé con dulzura y le balbuceé una nana hasta que se durmiese. No pegué ojo en toda la noche y, por si se me ocurría ir a entregarme a hurtadillas, volvieron a darme una dosis de dientepasión.

Cuando desperté, hacia el mediodía, estaba aún grogui. Como sabían que, conmigo, no necesitaban trabajar para comer, Manras y Dil se habían quedado en el callejón a holgazanear. A menos que fuera porque el Raudo les había pedido que me vigilaran. Estaban ocupados jugando a la lucha de pulgares. Apenas levanté la cabeza: volví a arrebujarme en mi manta y me hice el dormido. Pasados mi arrebato desesperado y mi estado apático, ahora mi mente despertaba poco a poco. Ya no tenía miedo: buscaba una solución. Mi maestro nakrús decía que ante un problema, antes de resignarse, siempre había que buscar una solución. Así que dediqué las horas siguientes a buscar una. Al de un momento, Manras vino a estirarme de la oreja diciendo: ¡Espabilao!, sabemos que estás despierto. Puse los ojos en blanco, me enderecé, comí un resto de lentejas con pan y pasé la tarde con mis comparsas y el Lobito.

Como sabía que la víspera mi arranque había impactado a mis amigos, hice un esfuerzo por desatar mi buen humor y enseñarles que no me había vuelto loco. Y es que, tal vez hubiera traicionado y decepcionado a seres queridos, pero aún tenía a otros compañeros que me querían bien, que no estaban enfadados conmigo y que deseaban verme jugar con ellos. Así que mandé a cazar nubes mis inquietudes por el futuro y jugué con mis compadres.

Estábamos ocupados dibujando en la pizarra con las tizas —y yo le estaba diciendo a Manras «isturbiao, que no se escupe para borrar, que se frota con el puño, que eres un isturbiao»— cuando asomó una cabeza por el callejón y di un bote.

«¡Bailador!»

Lo acogimos con alegría y él se acercó y se sentó con una curiosa expresión en el rostro.

«Me han contado lo de ayer,» dijo. Bajó unos ojos atentos hacia mi brazo derecho enrojecido por mis arañazos de anoche y se encogió de hombros, sonriente. «Iba a proponerte algo, pero ya veo que vas mejor.»

Lo miré con avidez.

«¿Proponerme algo? ¿Qué?»

Mi amigo volvió a encogerse de hombros.

«Bueno… Me han propuesto algo para mantenerte alejado de los Daganegras. ¿Te interesa?»

«¿Si me interesa?» exclamé, anonadado. «¡Rabiosamente!»

El Bailador continuó:

«Llevar mensajes por los túneles de Frashluc, correr como un desenfrenao, romperte el cuello, limpiar las casas prohibidas, hacer de perro faldero… ¿Te sigue interesando?»

Asentí enérgicamente: ante la muerte, cualquier alternativa de ese estilo era buena. El Bailador sonrió anchamente.

«Genial. Entonces, ¿nos asociamos?»

Alzó la mano. Con el corazón vibrando de alivio y buen ánimo, se la choqué afirmando:

«¡Nos asociamos!»