Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

18 Túneles y huidas

Durante el día siguiente no paré de darle vueltas a mi misión encomendada. Fui al Capitolio pero esta vez había un guardia en la puerta y me detuvo diciendo: no puedes entrar. Fue tan inflexible su tono que no me atreví a infringir las reglas, retrocedí y me marché. Fui a casa de mi primo al mediodía pero no estaba, así que pasé la tarde vendiendo periódicos y regresé a las seis. Nada, Yal seguía sin volver. Y como no sabía dónde estaba la nueva Fonda y no eran horas de ir a ver a Korther, fui a sentarme con el Lobito en un pretil con vistas hacia la casa de postigos verdes y me dediqué a esperar.

Hacía un día primaveral y la Explanada estaba animada. Saqué la raíz de rodaria y, mientras la mordisqueaba, bajé la mirada hacia mis botas. Por culpa de los perros de Adoya, las tenía hechas un asco. Había intentado volver a clavar la suela, pero me había salido mal el intento. Peor: había descubierto manchas de sangre. Y nada más preguntarme si era mía o del Bravo Negro me habían entrado ganas de tirar las botas al infierno. Sin embargo, recordé en el último momento que me habían costado tres dorados y me contuve.

Esperé en vano hasta las siete. Me vinieron a ver Manras y Dil dos veces, también pasó algún que otro compadre o conocido pero, cuando empezó a oscurecer, los guakos de mi banda fueron retirándose. El Lobito estaba activo: había compadrado con una chicuela de su edad, hija de una vendedora de bollos instalada justo al lado. Yo le había murmurado: apaña uno, apaña uno. Pero el rubito era tan pequeño que no me había entendido y, en vez de ir hacia los bollos, había ido hacia la chicuela. Ella le había enseñado su muñeca de trapo, él le había mostrado al Maestro y ahora los dos jugaban con gran aplicación.

Y yo, mientras jugaban, me puse cada vez más nervioso. Porque ¿y si no conseguía dar con algún Daganegra en esos tres días? Es decir, ahora sólo me quedaban prácticamente dos.

Un farolero comenzó a encender las luces, la bollera se fue con su hija y, como el Lobito las seguía, resoplé y fui a detenerlo.

«Quieto, Lobito. Que esa es la madre de la chicuela, no la tuya.»

El rubito alzó una mirada fruncida y suspiré.

«Que la bollera no te quiere, guako. Por eso, porque eres un guako. ¿Lo captas? Anda,» lo animé.

Y lo traje de vuelta al pretil. No me había aún sentado cuando vi a Manras y a Dil llegar corriendo y enarqué las cejas. ¿Pero esos no se habían largado ya para el Camastro?

«¡Espabilao!» jadeó Manras.

«¡Qué pasa, shurs!» repliqué, intrigado.

Se allegaron y, al fin, Manras explicó:

«Es el Gato Negro. Nos lo hemos cruzado en la Avenida. Dice que te avengas a La Tuerca Loca pero ya.»

Aquello me arrancó un brinco de excitación.

«¡La madre! ¿En serio? ¿El Gato Negro? ¡Qué bueno!» me alegré con un resoplido. «¡Voy!»

Y salí corriendo dejando a mis amigos con el Lobito. Yo que iba buscando a los Daganegras, ¡y resultaba que Yerris quería hablarme!

La taberna de La Tuerca Loca se encontraba a medio camino entre Las Bailarinas y la Plaza de Luna, en la frontera con los Gatos. También se la llamaba la Casa de los Artistas, porque ahí se reunía gente con estudios y muchas ideas. Muy raras veces había entrado ahí, aunque sí recordaba haber aliviado los bolsillos de algún estudiante borracho saliendo del edificio.

Llegué, empujé la puerta y entré. Venía jadeante y echando ojeadas asesinas a mis botas, porque me habían hecho tropezar una decena de veces en camino. El interior estaba animado, con un tipo que se había subido a una silla para soltar un discurso sobre no sé qué de tradiciones y ¡no, señores! Adiós normas, adiós reglas: ¡el arte ha de ser libre!

Su afirmación fue aclamada y, entretanto, yo di dos vueltas sobre mí mismo y… sonreí anchamente al avistar al Gato Negro sentado a una mesa en compañía de… ¡Sla!

La elfa oscura de pelo rojo tenía una mano posada sobre su enorme vientre. Me precipité hacia ellos soltando con emoción:

«¡Qué bueno veros!»

Slaryn sonrió.

«Salú, shur.»

«Asiéntate,» me invitó Yerris. «Antes de movernos, te invito a un trago. ¿Vino?»

Asentí. Él agarró la botella que había sobre la mesa y yo fui a pedir un vaso. Yerris colocó mi silla entre él y Sla y esta hasta me dejó escuchar cómo daba patadas el chicuelo de ahí dentro.

«De una tempestad sólo puede salir otra,» bromeó Yerris.

Me bajé a tiempo para que Sla atinara a darle un buen coscorrón al semi-gnomo.

«Tempestad, tu madre,» replicó la elfa oscura. «Yo me contentaría con que no saliera tan insensato como su padre. Fíjate, Draen, que este escalufniao se ha fracturado la pata izquierda.»

«Lesionado,» corrigió Yerris. «Eso dijo el médico. Y, precisamente por eso,» retomó, bajando la voz, «Korther necesita a otro voluntario en el túnel. Es muy fácil, tranquilo. Sólo tienes que meterte en un agujero, dejar las mágaras todo a lo largo y salir. Al parecer, no tienes opción de decir ‘no’, así que te enseño el camino en cuanto acabes el vaso y en cuanto me lo permita la princesa.»

Slaryn puso los ojos en blanco.

«Permiso otorgado.»

Yerris se inclinó teatralmente y me carcajeé al ver que seguían riñendo igual que siempre. Pese a todo, cuando acabé el vino y el Gato Negro me dio los clavos para ir a pagar, observé de reojo que ambos se miraban como dos tórtolos.

Para asombro mío, no salimos de La Tuerca Loca, sino que pasamos a la parte trasera del establecimiento. El tabernero no nos dijo nada, por lo que deduje que debía de ser un amigo de los Daganegras… o bien un verdadero Daganegra. Brasas. Y pensar que yo había aliviado a algunos de sus clientes…

Yerris descubrió una trampilla y bajamos él y yo hasta la bodega, desde la cual el Gato Negro desveló un pasadizo secreto en el muro.

«A partir de aquí, es seguir bajando y bajando. Te encontrarás con Ab. Él te guiará. Ese tipo se lo está pasando como un chicuelo ahí abajo con los explosivos. Procura recordarle dónde estás para que no te explote,» bromeó. Señaló unos sacos. «Llévatelos y dáselos a Ab. Son provisiones, no explosivos,» me tranquilizó. Y, como yo cargaba con los sacos, se apoyó sobre su muleta, me observó con curiosidad y agregó: «Por cierto. Me acaban de decir que el Bravo Negro murió. ¿Te enteraste?»

Me tensé un poco pero asentí con desenfado.

«Sí. Me enteré.»

«Gran provecho para los infiernos,» sonrió Yerris. Y bostezó. «Al parecer, lo mataron los de Frashluc. ¡Por una vez hacen algo útil!» Como yo tan sólo me encogía de hombros, señaló el pasadizo con la barbilla. «Será mejor que vayas. Korther quiere acabar con esto en dos días. Te espera una buena caminata,» me advirtió. «Suerte.»

Con cierta aprensión, agarré la linterna que me tendía y me metí en el túnel. Antes de que el Gato Negro cerrara la abertura, dejé escapar:

«Yerris.»

«¿Mm?»

Vacilé. No sabía qué decirle. Deseaba que él me dijera un: tranquilo, shur, ya sabemos lo que Frashluc te ha pedido que hagas, Korther no está enfadado: te ayudará. ¡Fiambres qué dulce habría sido oír algo así! Sin embargo… Suspiré, desanimado. Podía seguir soñando.

Así que, echando mis inquietudes a un lado, le dediqué una sonrisa burlona y dije:

«Me avisarás cuando nazca, ¿eh? Quiero verlo.»

El semi-gnomo negro sonrió con todos sus dientes.

«Descuida, shur.»

Sonriente, le di la espalda y me puse a bajar, linterna en mano. La puerta secreta se cerró sobre mí.

Al principio, las escaleras eran más o menos regulares, luego se hicieron cada vez menos visibles hasta convertirse en una mera pendiente. Llegué a un cruce y me detuve. Había un camino que subía y otro que bajaba. Yerris me había dicho que bajara, pero… ¿y si el que subía me llevaba de nuevo a la superficie? Entonces, podría ir corriendo al Dragón Amarillo y decirle a Frashluc: ¡ya sé dónde está la entrada del túnel!

Con ese pensamiento, tomé el camino que subía. Sin embargo, al de un rato, llegué a un callejón sin salida. ¿Sería otra puerta secreta? Tal vez, pero por más que buscara algún mecanismo de abertura, no lo encontré. Casi fue un alivio. Con el corazón encogido por los nervios, tomé el camino que bajaba.

Descendí durante un tiempo que me pareció interminable. Por momentos, me llegaban oleadas de calor que me recordaban de manera angustiosa a la mina de salbrónix. No sé cuánto tiempo llevaba bajando cuando, de pronto, se me quedó enganchada una bota y me empotré los dedos del pie en una roca. Por poco me espatarré. Refunfuñé, medité y decidí que ya estaba bien: posé la linterna y los sacos, me quité las botas y las dejé en un recoveco deseando no volver a verlas nunca más.

«Ahí os quedáis, traidoras,» les dije.

Y reanudé la marcha. El techo del túnel bajaba y subía según los trechos, pero nunca me pasó tener que agacharme. Alguna ventaja debía tener ser pequeño.

Estaba empezando a preguntarme si aquel túnel tenía fin cuando comencé a oír voces. Seguí bajando en silencio y, poco a poco, conseguí entender palabras. Era Aberyl.

«Potencia… potencia cien… no, doscientos treinta… No, esto no va. Buah, buah, buah… ¡Me estoy haciendo lío! Concéntrate, Ab…»

Tras escucharlo un rato, entendí que estaba hablando solo. Apretando los labios en una sonrisa irreprimible, me acerqué por el túnel y acabé por avistar una luz intensa que bañaba todo el lugar. Sentado sobre una roca con un cuaderno en el regazo, el demonio hablaba consigo mismo. Se había quitado el embozo que siempre llevaba, descubriendo su rostro pálido y… sus marcas. Estaba transformado. Alzó bruscamente sus ojos rojos de demonio y pareció aliviado al verme.

«Diablos, muchacho. No metes ruido. Así que te encontraron. Acércate, hay trabajo. Deja esos sacos ahí. Y coge ese.»

Obedecí sin una palabra, demasiado intimidado por sus marcas para decirle tan siquiera «salú». Y, mientras nos poníamos en marcha descendiendo aún más el túnel, Aberyl continuó echando regulares ojeadas a su cuaderno mientras mascullaba para sí. No me hizo ni una pregunta. No hubo ni un «¿qué tal por el valle?» o «¿no tendrás por casualidad algún problemón con el mayor cap de los Gatos, eh?». No, nada de eso. Porque, como bien había dicho Frashluc, les importaba un comino lo que le pudiera ocurrir a un miserable guako. Bueno, lo de miserable lo añadía yo. Porque estaba amoscao por tanto desinterés. Y, así, con la quijada apretada y el corazón endurecido, seguí a Aberyl cargando con el pesado saco lleno de mágaras explosivas.

Llegamos a un lugar donde el túnel se convertía en un mero agujero por el que había que ponerse a reptar. Ahí, Aberyl me dijo:

«Posa el saco. ¡Con cuidado, chaval! Veamos, veamos.»

Sus ojos brillaban de excitación. Fue sacando del saco las mágaras y cuando quise ayudarlo chasqueó la lengua.

«Tú, quieto, hijo. No me desordenes mis mágaras. Estoy pensando…»

Lo dejé pensar durante un buen rato hasta que, aburrido ya, lancé:

«¿Ya has pensao?»

Aberyl frunció el ceño y alzó un índice para imponerme silencio mientras colocaba las mágaras y las ataba una a una a unos hilos. Al cabo de un rato, volvió a tocar cada mágara y sonrió, inspirando.

«Bueno.» Alzó una mirada hacia mí y señaló un lugar. «¿Sabes lo que es eso?»

Alterné entre la roca y el Daganegra varias veces antes de decir:

«¿Roca?»

«Rocaleón,» anunció Aberyl como si me estuviera presentando una piedra preciosa. «Es una roca subterraniense que renueva el aire. Debemos de estar a unos seiscientos metros de profundidad. Y… justo ahí, según los planos, a unos cuarenta metros como mucho, hay un túnel. Un túnel que lleva a los Subterráneos. Nos hará falta aún una de esas bombas taladradoras. ¿Ves el agujero que dejó la otra? Esas bombas son las mejores. El Artificero las vende a un precio de locos, pero… diablos, son incomparables. ¡Bueno!» Se cubrió el rostro con el embozo y realizó un ademán. «Adelante. Coge la primera mágara y sigue avanzando arrastrando las otras adentro hasta que yo te grite: para. Entonces, retrocedes y vas colocando las mágaras, una sobre el techo, otra sobre el suelo, una sobre el techo, y otra sobre el suelo y así, de manera que el hilo esté siempre tenso. ¿Entendido?»

Asentí tragando saliva e hice lo que me pedía: cogí la mágara que me tendía, me acurruqué junto al agujero, metí la cabeza y… pregunté:

«No lo hagas explotar mientras esté dentro, eh?»

Oí el resoplido de Aberyl.

«No digas bobadas y ve. Si te pasa algo ahí dentro, haz tornar tu luz armónica en luz roja.»

Agrandé los ojos, alarmado.

«¿Luz roja? ¡No sé hacer luz roja!»

«Pues venga, ¿el pequeño nigromante no sabe hacer luz roja? Me cuesta creerlo. Ve,» se impacientó Aberyl. «Todo saldrá bien.»

«Fiambres,» repliqué, lacónico.

A regañadientes, comencé a reptar por el agujero arrastrando los explosivos. Me pregunté qué pasaría si me escachufaba ahí. Frashluc no se molestaría en matar a mi familia, ¿verdad? A menos que sí se molestara, quién sabe. Podía pensar que me había afufado. Y es que ¿quién iba a imaginarse que me había escachufado en un agujero a seiscientos metros debajo de la Roca?

Empujado por el miedo, hice todo lo posible para no perder mi concentración ni un segundo. Cuando Aberyl gritó ¡para! yo comencé a retroceder, colocando una mágara arriba, otra abajo, y así hasta que, al fin, salí del agujero, con las rodillas y los codos ensangrentados y las manos temblorosas. Se me había vuelto a abrir la herida del brazo.

«¿Puedo irme ya?» pregunté.

Aberyl me echó una ojeada incrédula.

«¿Irte? ¡Pero si acabamos de empezar!»

Inspiré. Y me armé de paciencia.

Finalmente, entendí qué era lo que quería decir Aberyl con que acabábamos de empezar. Tras hacer explotar el pequeño agujero, Aberyl volvió a pedirme que hiciera otra vez lo mismo. Volví a entrar en el agujero tres veces. El túnel se iba ensanchando y, en las pausas, había que sacar rocas, hacer limpieza y, de paso, medio asfixiarse con la polvareda.

Acabé reventado y, cuando el túnel fue lo suficientemente alto y ancho para permitirle entrar a Aberyl, me tumbé en el suelo cuan largo era. Me dolía todo el cuerpo y la cabeza me punzaba de fatiga. Tan sólo alcancé moverme un poco para agarrar la cantimplora, bebí todo lo que quedaba y, ensangrentado, polvoriento y agotado, cerré los ojos y caí dormido.

Aberyl me sacudió.

«Hey. Hey, muchacho. Levanta y regresemos arriba.»

Me resistí y le dije: no… Él insistió. Sin pensarlo, le lancé una leve descarga mórtica para que me dejara en paz. Y me dejó en paz. Al fin. Muerto a la realidad, regresé al mundo de los sueños.

Desperté oyendo un estruendo. Al principio, creí que Aberyl había continuado explotando la tierra sin mí. Pero, por más que lo busqué, no lo encontré. Me había dejado una linterna y esta seguía brillando. Me levanté con los músculos agarrotados, empapado de sudor, y aterrado. Y es que el estruendo no se detenía. La tierra vibraba. ¿Acaso se me iba a caer el túnel encima?

Recogí la linterna e iba a salir corriendo cuando, de pronto, se oyó un ¡BRANG! ensordecedor y empezaron a caerse rocas del techo. Di un bote para evitar una, la linterna se estampó contra otra y me quedé a ciegas, acurrucado contra un muro.

Oh, fiambres, fiambres, ¡fiambres! Se me escapó un lamento de terror. Me cubría la cabeza como podía y cerraba los ojos con fuerza. Entonces, la tierra dejó de temblar y, reemplazando el estrépito, vino un fuerte sonido chasqueante, como cuando Dakis respiraba pero en más potente. Abrí un ojo… y creí haberme vuelto loco.

Ante mí, más o menos en el lugar donde habíamos estado explotando la roca, se había abierto una gran brecha hacia abajo. Y en esa brecha, había luz. Y con esa luz, pude ver el enorme hocico de un… de un…

De un dragón.

Tenía escamas entre terrosas y doradas, y su aliento era cálido y apestaba a mineral hasta tal punto que asfixiaba. De todas formas, yo apenas me atrevía a respirar. Estaba petrificado.

Unos insectos luminosos rondaban las escamas del dragón, pero a este no parecían molestarlo. Tras husmear unos instantes por el agujero, agarró una gran roca entre sus colmillos y mascó. ¡Bang! Salieron disparados trozos de roca.

Tenía que moverme. El problema era que estaba medio sepultado por las rocas. Ninguna me aplastaba realmente: habían caído de bies, dejándome el espacio justo para no espiritarme. Pero iba a necesitar tiempo para salir de ahí… y tal vez también ayuda.

Me dio un ataque de tos y traté de ahogarlo. El dragón, sin embargo, no pareció oírme. Siguió mascando y, de pronto, chocó brutalmente la cabeza contra una pared. La tierra volvió a temblar con violencia, me cayó una roca casi en la cabeza y me tapó completamente la vista.

Tras un tiempo que me pareció interminable, la tierra dejó de temblar. Traté de salir de debajo de los escombros, en vano. Estaba atrapado y temía mover mal una roca y que esta me aplastara. Quería gritar, quería pedir auxilio, pero no sabía hasta qué punto el dragón podía oírme. Así que, al de unos cuantos intentos frustrados por liberarme, me quedé acurrucado en mi sepultura. Ahora, aguzaba el oído y no oía nada. Era como si hubiese soñado al dragón. Pero, en el momento, había parecido tan real…

Pasó una eternidad antes de que oyera de nuevo ruido. Desperté —no realmente, porque era imposible dormir en esas condiciones— y oí algo parecido a una lluvia de piedras. Y luego una explosión. El horror me invadió. ¿No irían a activar mágaras sin saber dónde estaba yo, verdad? Y qué les importaba, me dije con dolor.

Hubo otra serie de explosiones antes de que pudiera percibir al fin unas voces y luego un:

«Espíritus misericordiosos, ¡no puedo creerlo!»

«¿Qué?» replicó otro.

«El túnel. Está abierto. Pero… esto no ha podido hacerlo un terremoto, ¿no crees?»

El primero que hablaba era Aberyl. El segundo era Korther. Este último respondió con un resoplido bajo y lanzó:

«Ese rapaz nos habrá revolucionado hasta su último suspiro. A lo mejor fue él el que echó abajo el túnel.»

«Kor, no se bromea con esas cosas,» protestó Ab.

«Cierto, era lo suficientemente listo para no tirarlo con él dentro,» reconoció Korther. «Vaya, qué tontería. Pobre muchacho… En fin. ¿Qué estás haciendo?»

«Buscando su cuerpo.»

«Espíritus. ¿Debajo de todas estas rocas? Podría estar en cualquier sitio.»

Entonces, pese a que tenía la garganta requeteseca y no estaba consciente más que a medias, conseguí emitir un sonido, un mero gemido atragantado.

«¿Has oído eso?» exclamó Aberyl.

Oí unos pasos torpes por los escombros y Korther graznó:

«Espíritus y demonios, es imposible.»

«¿Tú también lo notas?» preguntó Aberyl.

«No estoy seguro,» replicó Korther.

Empleando mis reducidas energías, solté un sortilegio de luz. Me salió un churro, creo, pero Aberyl exclamó:

«¡Ahí!»

Las rocas rodaron, algo liberó mi brazo derecho y percibí luz a través de mis párpados. Los abrí y vi aparecer los rostros borrosos de Korther y Aberyl.

«Está vivo,» se alegró Aberyl. «Ayúdame, Kor. No te hagas el remolón.»

«Espera un momento,» lo detuvo Korther. «Sólo tengo una pregunta que hacerle. Mor-eldal. ¿Puedes oírme? Eso espero, porque necesito una respuesta. He oído que acabaste en las manos de Frashluc otra vez. ¿Hablaste del túnel? Di simplemente sí o no.»

No lo dudé: dije la verdad. Y murmuré un:

«Sí.»

«Diablos,» imprecó Korther. «Dame una sola razón para sacarte de aquí vivo, rapaz.»

Ahí, fui incapaz de darle nada. Me dolía la cabeza, tenía sed, estaba muriéndome, fiambres. No estaba como para pensar en nada lógico.

«Déjate de bobadas, Kor,» siseó Aberyl.

«No,» replicó Korther. «Esto es serio. No voy a sacarlo si no me da una razón para hacerlo. Sólo una, rapaz. No debe de ser tan difícil. Piénsala.»

Despegué los labios, inspiré y tartamudeé al fin:

«Vivir. Agua.»

«Ya,» resopló Korther, exasperado. «Me refería a una razón para que te perdone tu nula lealtad.»

«Maldito seas, te ha dado una razón: ahora ayúdame,» le espetó Aberyl. «No querrás que se muera por tu culpa.»

Me liberaron, no sin gran esfuerzo, y tuvieron que sacarme de ahí en brazos porque no podía tenerme en pie. Me recostaron contra una roca y Aberyl me dio de beber. Comentaba:

«Has tenido una suerte de mil demonios, muchacho. Y, vaya, parece que la vía está libre. Ahora habrá que poner rejas de acero negro para que no se nos metan bichos indeseables… ¿Has dicho algo, chaval?»

Asentí y farfullé:

«Dragón.»

«¿Dragón?» repitió Aberyl, perplejo.

Pestañeé y afirmé de nuevo:

«Dragón.»

Entonces, Korther lanzó una imprecación.

«¡Un dragón de tierra! Pues claro. Yabir dice que muchos de los túneles de las profundidades son cavados por los dragones de tierra. Jamás se me habría ocurrido que pudieran llegar tan arriba… Ahora que lo pienso, ese puede ser un problema mayor,» añadió, meditativo.

«Quieres decir que el túnel que estamos haciendo probablemente no dure ni dos tardes,» se decepcionó Aberyl.

«Bueno,» suspiró Korther. «Le preguntaré a Yabir. Seguro que hay maneras de ahuyentar a los dragones de tierra. De momento, volvamos para arriba. No vaya a ser que vuelva.»

La sola perspectiva de volver a encontrarme con el dragón me dio fuerzas para levantarme. Traté de ignorar el dolor y trastabillé hacia lo que me pareció ser el camino de vuelta. Oí un carraspeo detrás de mí.

«Creo que será mejor que te lleve, chaval,» intervino Aberyl. «Al menos durante un trecho. Con una condición,» añadió como se detenía junto a mí. «Que prometas no soltarme nunca más una descarga mórtica. Si lo haces, adiós amistad.»

Lo miré, titubeante. ¿Amistad? ¿Qué amistad podía tenerme si les acababa de decir que los había traicionado?

Asentí, sin embargo, y, como Aberyl me subía sobre su espalda y yo me agarraba a él, sentí de pronto la urgencia de justificarme:

«Amenazó con matar a mi familia. La del barbero.»

Korther pasó delante y pareció ignorarme. Sin embargo, al de un buen rato, soltó:

«Amenazar es fácil. Pero piensa, chaval, que Frashluc no tomará nunca tantos riesgos. Matar a unos guakos amigos tuyos sería una pérdida de tiempo y matar a un barbero y su familia en Tármil… un riesgo inútil. Lo más probable sería que te matara a ti y punto.»

Fruncí el ceño. Sus palabras me sonaron falsas. Sabía perfectamente que Frashluc era capaz de matar a quien fuera si lo deseaba. Y sólo la duda —que ahora era casi certidumbre— de poder condenar a mi familia si no hacía lo que me pedía me volvía como una marioneta en sus manos. Era bochornoso, pero no podía evitarlo. Y me hería que Korther quisiera restar importancia al apuro en el que estaba metido.

Tras un silencio interrumpido por las respiraciones entrecortadas de los dos demonios, pregunté:

«¿Qué día es?»

«Mmpf. Quinto Día-Mozo,» jadeó Aberyl. «Llevas metido aquí abajo desde hace un día y medio.»

Tragué saliva. De modo que aún no se había acabado el plazo de tres días. Todavía podía ir a ver a Frashluc.

El ascenso se hizo interminable. Al de un tiempo, Aberyl me bajó y tuve que seguir andando. El agua me había despejado la mente pero seguía dolorido. Apenas podía mover el brazo derecho y cojeaba de una pata. Todo por ese condenado dragón de tierra.

Korther y Aberyl precisamente habían estado hablando de los dragones, pero ahora llevaban un buen rato callados, resollando y sacando regularmente las cantimploras porque hacía un calor de mil demonios ahí abajo. No tanto como en la mina de salbrónix, pero casi.

Llegamos al cruce y, en vez de tomar la dirección de La Tuerca Loca, tomamos la otra por donde yo no había logrado salir. Avisté, mientras nos alejábamos del cruce, a una silueta sentada en las sombras y supuse que sería un Daganegra que hacía de vigilante.

En un momento, Korther aceleró el paso y me esforcé por no dejarme distanciar, sobre todo porque quería ver cómo hacía para abrir el pasadizo… No pude descubrirlo: apenas llegó Korther, la roca giró y el camino se abrió. Cuando lo alcancé, ayudado de Ab, desembocamos en una sala subterránea llena a rebosar de… libros.

«La madre,» dejé escapar, sobrecogido.

La puerta se cerró y, ahí donde había habido un gran agujero, ahora tan sólo se veía una estantería con volúmenes de aspecto viejísimo. De no haber estado agotado, habría preguntado qué era ese lugar, pero en mi estado simplemente me dejé llevar. Subimos una trampilla y tuvieron que ayudarme para llegar hasta arriba. Zapa: otro cuarto raro. Ahí, guardados por dos Daganegras tranquilamente sentados a una mesa, había un montón de armarios cerrados. Estuve a punto de preguntar por lo que había dentro, pero me contuvo pensar que, cuanto menos supiera, menos podría decirle a Frashluc.

Estábamos recorriendo un pasillo cuando Korther abrió de pronto una reja con una gran llave y dijo:

«Entra, chaval. Llamaré a Rolg. Sabe algo de medicina.»

Cuando eché un vistazo adentro, me tensé. Era un cuarto sencillo, con un camastro y un baúl. Me recordaba a… una celda. Sacudí la cabeza.

«Estoy bien, señor. Yo, con que me dejéis volver con mis compadres…»

Korther chasqueó la lengua y sus ojos de diablo refulgieron.

«Dime, rapaz. ¿Cuál es la probabilidad de que, en mitad de camino, vayas a visitar a Frashluc?»

Me quedé clavado. Mi reacción habló por mí. Korther suspiró ruidosamente.

«Por eso, rapaz, vas a quedarte aquí unos días, hasta que decida qué hacer contigo. Entra.»

Mi mente se puso a trabajar frenéticamente. ¡Unos días! No podía quedarme unos días. Tenía que salir ya o Frashluc pondría en práctica su amenaza. Sacudí la cabeza con energía.

«No, señor, por favor…»

Los ojos de Korther brillaron de incredulidad.

«Sí, hombre, por favor deja que os traicione a todos,» ironizó. Realizó un ademán autoritario hacia la celda. «Entra.»

Lo miré a los ojos y, para mostrar mi desacuerdo, retrocedí. Aberyl estaba justo detrás de mí. Comencé a acumular energía mórtica en mi mano y la levanté… El problema era que el brazo lo tenía medio dormido y Aberyl me agarró del codo antes de que pudiera tocarlo. Siempre podía soltar la descarga sin usar la mano mórtica, pero a través de mi piel la potencia se reducía mucho. Ab me sacudió siseándome:

«Eso no, maldito diablo. Hazlo y te corto la mano.»

Le puse cara de desesperación, pero su rostro no se suavizó. Me empujó adentro y, apenas me soltó, dio un bote hacia atrás por si las moscas y la reja se cerró. A la vez abatido y contrito, vi a Korther girar rápidamente la llave en la cerradura antes de apartarse.

«No intentes salir de aquí, rapaz. No lo conseguirías. Y, si lo consigues y te vas, mataré a toda tu familia.» Puso los ojos en blanco. «Ves cómo yo también puedo soltar amenazas. Vamos, alégrate. Estás vivo. Y te hemos salvado la vida. Muestra un poco de gratitud. Te enviaré a Rolg.»

Se alejaron por el pasillo y yo me quedé detrás de los barrotes con ganas de empotrarme contra estos hasta que se doblaran ellos o yo.

Apenas oí la puerta del pasillo cerrarse, me acerqué a la cerradura y la inspeccioné con un sortilegio perceptista. No era una cerradura de las que se podían forzar fácilmente, y menos sin ganzúas. Inventarié mis haberes: unos pantalones desgarrados y ensangrentados, la camisa convertida en un guiñapo, un amuleto de nakrús, un collar de música… Vaya. Recordaba haber metido un clavo en uno de los tubos de la pequeña zampoña. ¿Seguía ahí? Miré y lo saqué, triunfal. Si los muros hubieran sido de ladrillo, la evasión habría sido más fácil… pero el caso es que eran de roca dura. Y, como estaba en una celda subterránea, no había ventanas.

Bueno. Abrí el baúl. Tenía una manta dentro, así como una camisa de tela basta, en buen estado, de talla adulta pero qué importaba: esa me la apañaba en cuanto encontrara alguna forma de salir de ahí. Oí una puerta abrirse y me tensé. Vaya. Unas botas claquetearon y se acercaron y, a la lumbre de la antorcha colocada en el corredor, vi pasar a un Daganegra embozado. Me echó un vistazo pero no se detuvo y pronto dejé de oír sus pasos.

Me había sentado formalmente en el camastro. Volví a levantarme y estaba otra vez junto a los barrotes cuando, de pronto, avisté una forma en el corredor. No era mucho más alta que yo y llevaba una capa que se mimetizaba extrañamente bien con el ambiente. Caminaba con vacilación y, al avistar movimiento viniendo de mi celda, se detuvo en seco. Nos miramos durante unos extrañísimos segundos en silencio. ¿Quién era ese niño? ¿Qué hacía ahí? ¿Espiar, tal vez? Lo curioso era que, por alguna razón, se me ocurrió que aquella silueta que había visto en el cruce subterráneo no había sido otro que… él.

Un ruido de botas nos sobresaltó y, de pronto, sentí el miedo del muchacho. Se agitó y, entonces, se abalanzó hacia mi reja y, como por magia, la abrió, se deslizó adentro y me dio la espalda como para volver a cerrar la reja. Alargué el cuello, asombrado.

«¿Cómo lo has hecho? ¿Tienes la llave?» susurré.

El muchacho no me contestó y se contentó con hacerse a un lado de suerte que alguien pasando por el corredor no pudiera verlo. Me miraba con tal intensidad que creí bueno murmurarle:

«Tranquilo, yo no bufo.»

Como él no decía nada, me acerqué a la reja e hice una mueca al reconocer a Rolg. Me aparté de golpe y abrí el baúl.

«Métete aquí,» le siseé al muchacho. «El que viene va a venir a curarme. ¿No me oyes? Que te va a ver.»

Los pasos se acercaban y el muchacho seguía sin moverse. Al fin, en el último momento, decidió hacerme caso y cerré la tapa justo a tiempo. Rolg se detuvo un instante ante la reja.

El viejo elfo llevaba la misma capa verde oscura de siempre, tan similar a la de mi maestro nakrús que, ya desde el primer día en que lo había conocido, me había inspirado entera confianza. Me había llevado un buen susto cuando, la primavera pasada, lo había visto convertido en demonio, pero, al contrario de lo que él había temido, nuestra relación no había sufrido grandes cambios… aparte de que apenas lo había vuelto a ver desde entonces, entre la mina, la cárcel y los espíritus sabían cuántos enredos más.

«Hola, muchacho,» me dijo tras un silencio.

Sonreí, nervioso, y traté de no mirar el baúl.

«Salú, Rolg.»

El viejo elfo sacó una llave y abrió la reja. De modo que el muchacho del baúl sí que la había cerrado. ¿Pero cómo?

«Me alegra volver a verte, muchacho,» dijo Rolg, cerrando detrás de él. «Siéntate y quítate esos harapos. ¿Te duele algo en particular?»

Resoplé. ¿Estaba de guasa? ¡Me dolía todo! Medité unos instantes y asentí al fin:

«El brazo. Todavía sangra un poco.»

«Siéntate,» repitió Rolg.

Venía con una bolsa, de la que sacó una pequeña vasija, la llenó de agua y, mientras yo obedecía y me quitaba la ropa, el viejo elfo encendió una linterna que llevaba y se instaló en el camastro para inspeccionarme. Bien sabía yo que de medicina no sabía mucho: él mismo me lo había dicho. Pero, así y todo, me ayudó a limpiarme las heridas, me vendó la mordedura del perro en el brazo derecho pues aún estaba muy fea y, cuando le hablé del golpe en la cabeza, emitió una risita incrédula.

«Lo próximo será que un diablo te tire del barranco,» bromeó. «Si fuese supersticioso, creería que algún espíritu maligno te ha poseído, hijo mío. En fin. Te he traído una pequeña botella de radrasia para que se te vayan todos los males. Ya sé que a Yal no le gustaría el método… así que esto queda entre nosotros, ¿eh? Voy a traerte algo de comer.»

Me palmeó el hombro, sonriente, se levantó y yo hice otro tanto.

«Rolg,» solté.

De no ser por el muchacho del baúl, hubiera deseado que el viejo elfo se quedara un poco más… pero ahora que tenía una pequeña esperanza de poder salir de ahí, la impaciencia me carcomía y, en vez de preguntarle un «¿ya te vas?», me contenté con decir:

«Gracias.»

El viejo elfo me miró con cara seria.

«¿Sabes, pequeño? Ahora mismo estaba recordando el día en que te encontré, en el manantial de la Plaza Gris, con un hueso entre los dientes.» Sonrió. «Aquel día pensé: este niño tiene algo especial, será un gran Daganegra. En lo primero no me equivoqué. En lo segundo… aún te queda mucho por demostrar.»

Bajo su mirada que requería una respuesta, asentí nerviosamente y, como él abría la reja y la volvía a cerrar, inspiré y solté con cierto fervor:

«Todos tenemos algo especial. Mis compadres, al menos. Todos son unos grandes guakos. Y ellos no son Daganegras. Y les va bien la vida. No se tienen que meter en un túnel a escachufarse debajo de las rocas. No tienen que meterse en un palacio a apañar cacharros. No tienen que trabajar para nadie. Son libres.»

Callé y Rolg, tal vez sorprendido por mi arrebato, se quedó silencioso unos instantes, ante los barrotes. Entonces, suspiró.

«Por lo visto, me equivoqué,» dijo al fin. «Lo siento, pequeño. No debí haberte recogido aquel día.»

Y, con esto, se marchó, dejándome con un amargo sabor de boca. Entendí que lo había herido, pero no entendí por qué. Mis palabras no habían sido más que pura verdad.

Pero tal vez las suyas también eran ciertas.

No, me dije. Eso era falso. Porque, sin Rolg, no habría conocido a Yal y nada más pensar en esa posibilidad me daba escalofríos… Oí un pequeño toque y di un bote. ¡El baúl! Fui a abrirlo y el muchacho salió de ahí. Le susurré, expectante:

«¿Puedes volver a abrir la reja como lo has hecho antes? ¿Puedes ayudarme a salir?»

El muchacho era moreno, de piel muy pálida y ojos azules casi tan claros como los de Yerris. Iba embozado así que no le veía bien la cara. Realizó un rodeo extraño, como para alejarse de mí, y, temiendo que fuera a irse sin mí, le corté el paso.

«¡Hey! No te vas sin mí, amigo. Dime algo. ¿Eres mudo? Yo me llamo Draen. ¿Y tú?»

Percibí su suspiro y, al fin, graznó algo entre dientes. No entendí ni papas.

«La madre, ¿no hablas drionsano? Eso es imposible. ¿De dónde…?»

Callé de pronto. Ciertamente, ¿de dónde venía ese muchacho? Si huía de los Daganegras, no sabía drionsano y estaba cubierto de tierra… Pasmado, dejé escapar en un tartamudeo:

«Imposible. ¿Vienes de abajo? ¿D-de los Subterráneos? Pero… ¿te perseguía el dragón o algo?» Marqué una pausa y solté en caéldrico: «¿Ahora me entiendes?»

El muchacho había estado agachando la cabeza, como absorto, pero cuando pasé al caéldrico la alzó bruscamente y sus ojos destellaron.

«¿Hablas la lengua de la tierra?» dijo.

Su voz era estridente y sonaba rayada. Me puso la carne de gallina.

«La hablo,» confirmé, alegrado de que me entendiera. «Decía, ¿vienes de los Subterráneos?»

Lo vi asentir con tiento, como si no estuviera muy seguro de entenderme. Preguntó:

«¿Conoces alguna vía por donde se pueda salir de este territorio?»

Fruncí el ceño.

«¿Salir de…? Pues no. Es que yo entré por abajo. Pero puedo ayudarte. Si consigues abrir esa reja como lo has hecho antes. Puedes hacerlo, ¿verdad?»

El muchacho emitió un suspiro agudo y replicó:

«Puedo. Pero no necesito ayuda.»

Ensanché las narices, contrariado.

«Pero yo sí,» le retruqué. «Me han encerrado aquí y no tengo una maldita herramienta. Ayúdame a salir y te ayudaré yo. Ahí afuera, nadie habla caéldrico. Yo lo hablo porque tuve a un maestro que me enseñó. Además, eso de que no necesitas ayuda es mentira. ¿O no te acabo de ayudar justo ahora metiéndote en el baúl?»

Ja, ahí lo había pillado. El muchacho subterraniense me miró a los ojos con una fijeza tal que hasta me pregunté: ¿es que no necesita pestañear?

«De acuerdo,» dijo al fin. «Me llamo Arik.»

Sonreí y contesté pomposamente agarrándome la gorra:

«Draen el Superviviente Espabilao, a tu servicio. ¿Vamos?»

«Espera,» me dijo Arik. «Antes, tenemos que intercambiar un objeto muy importante. Así se hacen los tratos de verdad. Yo te presto esto. Perteneció a mi madre.»

Me tendió una piedra negra redonda con unas manchas blancas. Sobrecogido y molesto, pregunté:

«¿Un objeto muy importante?»

Arik asintió con extrema gravedad. Tragué saliva. El único objeto importante que tenía era el collar de Azlaria. Pero también tenía el collar de música, y Arik no tenía por qué saber que no era tan importante para mí… Haciendo teatro como el buen guako corrido que era, apreté los labios, puse cara vacilante y, al fin, me quité el collar de música diciendo:

«Me lo dio mi maestro antes de irse. No lo pierdas, ¿eh?»

Los ojos azules de Arik sonrieron.

«De ningún modo.»

De ningún modo, me repetí. Hablaba como un adulto. Intercambiamos los objetos y Arik sacó algo de su capa. Una vara metálica. La introdujo en la cerradura, giró y, al instante, esta se abrió. Jadeé.

«¿Cómo demonios…?»

Arik me hizo señal para que lo siguiera pero, antes de salir, murmuré un:

«Espera.»

Y fui a recoger la camisa del baúl. Salí al pasillo aún poniéndomela y seguí a mi nuevo compañero. Todavía no podía creerme que ese muchacho viniera de los Subterráneos. Por desgracia, no era el mejor momento para hacer preguntas y me centré en que ningún Daganegra nos pillara. Llegados al final del corredor, subimos unas escaleras algo largas y nos topamos con una puerta maciza. Pegué el oído a esta y sentí la vibración energética de una alarma en la cerradura. Tendí la mano derecha con dificultad y, en unos instantes, desactivé la alarma. Entonces, le murmuré a Arik:

«¿Puedes abrirla?»

El muchacho probó con su bastoncillo metálico y lo vi concentrarse. Una mágara, entendí. Activaba la vara y esta, de alguna forma, conseguía hacer saltar el pestillo… ¡El sueño del ladrón!

Giramos la puerta y descubrimos una especie de gran trastero. Había gente al otro lado. Envolviéndome en sombras armónicas, pasé, dejé pasar a Arik y volví a cerrar la puerta activando de nuevo la alarma, con estilo. Para que no dijera Rolg que no podía ser un gran Daganegra, ja.

Nos deslizamos entre los cajones y los trastos y nos quedamos luego estáticos hasta que los dos Daganegras que hablaban empujaran algo en el muro. Este, para maravilla mía, pivotó y se abrió una salida. Otra salida. Fiambres con los pasadizos secretos…

El muro se cerró de nuevo y nos quedamos a oscuras. No podía hacer ninguna luz armónica. Tanteamos, llegamos hasta el muro mágico y murmuré:

«¿Tienes una idea de cómo…?»

Callé cuando se oyó un chasquido y el muro giró. Una mano me agarró y me sacó a un pasillo bien iluminado. Se oían voces a una extremidad. Salimos disparados hacia la otra. Entramos en una habitación y suspiré de alivio cuando vi que estaba vacía. Me precipité cojeando hacia una ventana y eché un vistazo. ¡Bingo! Estábamos en la primera planta. Posé la mano sobre el pomo e iba a buscar alguna alarma cuando oí que las voces se acercaban por el pasillo. Fiambres. Con gestos frenéticos, giré el pomo de la ventana, la abrí sin que pareciera haber activado nada mortal y, ya a horcajadas sobre el poyo, me giré hacia Arik… y fruncí el ceño. El muchacho subterraniense estaba como tetanizado.

«¡Arik!» siseé.

Oí una risa en el pasillo. ¡Se acercaban! Me incliné, agarré a Arik y lo espabilé arrastrándolo hacia la ventana. Al fin se movió un poco y salimos. Sin embargo, apenas doblamos la esquina, Arik emitió un graznido ahogado y me preocupé.

«¿Arik? ¿Estás bien?»

No contestó pero, como todavía estábamos muy cerca de la cuna de los Daganegras, decidí que lo más urgente era alejarnos.

No tardé mucho en orientarme: nos encontrábamos en la frontera entre los Gatos y Tármil. No muy lejos de la barbería. No le solté a Arik y, sabiendo que si los Daganegras iban a buscarme sería tomando la dirección de los Gatos, fui rumbo a la Avenida de Tármil. Por la posición del sol, la tarde acababa de empezar y aún me quedaban horas para llegar al Dragón Amarillo. En la Avenida, con toda la gente, no destacaría para nada con mi camisa de adulto que me llegaba a las rodillas: era un guako y punto. Lo malo era que precisamente los Daganegras andarían buscando a un guako.

Tras echar varias ojeadas a la capa y a las botas de Arik, cambiando de pronto de opinión, lo metí en un callejón y le dije:

«Cambiemos de ropa. Por una hora. Sólo una hora. La necesito,» insistí.

Y como Arik no decía nada y sondeaba el cielo con los ojos muy abiertos, tendí una mano para tomarle prestada la capa. Le quité el embozo… y me quedé de piedra. Debajo del embozo había… Mi corazón se puso a latir a toda prisa. Como si le hubiera dado una descarga, el muchacho salió de su estado atontado y me echó una mirada asesina antes de cerrar la boca y cubrirse con presteza.

Jadeé. Debajo del embozo, había visto dos colmillos. Los humanos no tenían colmillos. Ningún saijit, que yo supiera, los tenía. Eso sólo podía significar que…

Que Arik era un vampiro.

Súbitamente, el muchacho se tiró sobre mí y me acorraló contra el muro con sorprendente fuerza. Con su voz estridente, siseó:

«No puedes traicionarme: hemos hecho un trato.»

Lo miré, horrorizado, y tartamudeé:

«N-no v-voy a traicionarte. Nunca. Lo juro.»

Para mis adentros, pensé: ¡acabo de afufar de casa de los Daganegras con un vampiro de los Subterráneos! Nada más y nada menos. Vaya, antes habría acabado saliendo con el dragón de tierra. ¿Por qué?, me lamenté. ¿Por qué siempre tenían que pasarme cosas tan raras? Debía de ser ese espíritu maligno en el que no creía Rolg pero en el que yo empezaba a creer con cada vez más ahínco. En un murmullo ahogado, repetí:

«Lo juro. No diré nada.»