Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

16 Una ofrenda

Primero, me dirigí hacia el Camastro. Discretamente, le di varios mordiscos al bastoncillo de rodaria escondido en mi manga… Se lo había espiantado al barbero cuando no miraba. Qué diablos: era mío. Y aplacaba un poco el dolor. Había intentado acelerar la curación con sortilegios, pero para eso tenía que concentrarme y algunos, me temo, no hicieron más que avivar el dolor y amenazar con mandarme de vuelta al pozo negro. Así que me dije: bah, ya se curará solo.

A mitad de camino, Skrindwar preguntó:

«¿No sería mejor meternos más abajo?»

«Confía. Es que antes vamos a ver a la banda,» expliqué. A través de las sombras de la calle, advertí la aprensión de ambos y aseguré con desenfado: «No hay cuidao: son todos guakos honraos.»

Seguí avanzando a buen ritmo y mis guardaespaldas no protestaron. Al fin y al cabo, yo era el único en conocer la zona. Al llegar al Camastro, les dije:

«Cuidao con los agujeros y los pedregales. Vosotros pisad donde piso. Venga, calcad el paso.»

Tropezaron alguna vez, pero nada grave. Pasamos cerca de dos o tres campamentos de guakos y, al final, llegamos al refugio de los Sabios. Como era ya de noche, toda la tropa estaba de vuelta. Tenían una fogata encendida y compartían tranquilamente unas botellas de radrasia alrededor de esta. Avistando unas siluetas, el Raudo se incorporó.

«¿Quién va?»

«¡Es el Espabilao!» exclamó Damba. Al haber sido sokuata, tenía mejor vista.

«¡Salú, salú!» lancé allegándome. «Ando en plena misión de búsqueda. Estos son mis hermanos de la barbería. ¡Salú, Lobito!»

Acogí al pequeñuelo con alegría mientras el Raudo resoplaba.

«Fiambres. Buen golpe te diste en la calabaza esta tarde, tocayo, ¿no?»

Sin duda debían de haber visto la algarada por la Explanada y mi persecución.

«Un porrazo bestial,» confesé, quitándome la gorra. «A buen seguro me sale un chichón como a Manras la luna pasada. Por poco me quedo isturbiao.»

El Raudo se carcajeó.

«No se habría notado la diferencia, tranquilo.» Me dio un empellón bromista y señaló la fogata. «Asiéntate y hablamos.»

Fui a sentarme entre mis comparsas empujando de paso el sombrero del Sacerdote y Lin me pasó una botella. Tras pegarle un buen trago, le pedí a Rogan que me inspeccionara la cabeza.

«¿Sangra?»

«A ver, quita la mano, que si no no veo.» La quité y Rogan aseguró: «No sangra.»

«¿No?»

«Ya no. Está encostrao,» explicó.

«¿Por qué no haces lo mismo que hiciste con Manras?» preguntó el pequeño Possu.

Aquella pregunta atrajo miradas curiosas, pues los compadres me tenían por gran mago. Carraspeé por lo bajo, retiré la mano de la cabeza y volví a tomar un trago de radrasia. Entonces, dije:

«No es tan sencillo.»

Me creyeron. Al fin y al cabo, curar no era cosa fácil: por algo los matasanos y las brujas cobraban tanto y mataban tanto. Alcé la vista y me fijé en que el Raudo estaba en plena conversación con Skrindwar. Vaya. Agucé el oído, pero los compadres metían ruido, así que le murmuré a Rogan:

«Esta noche hay movida.»

Y me levanté con él para allegarme a mis hermanos, al Raudo y a Syrdio. Este último escupió al verme llegar.

«Espabilao. Te veo venir. Una cosa es buscar a un compadre y otro a un hijo de papá que se ha fugao. Esos siempre vuelven a casa. Se cansará de sornar en la calle. Y, si no, lo devolverá la hambre. ¿O no?»

Eso era Syrdio cien por cien. Me armé de paciencia y repliqué:

«Tú no tienes por qué ayudar. Lo único, si has visto a un niño igualito que yo pero un poco más joven, lo dices y ya está.»

«¿Y a qué?» replicó Syrdio. «Tú mismo dijiste que el barbero era un isturbiao.»

Agrandé los ojos y, con el rabillo del ojo, advertí la incomodidad de mis hermanos. Me indigné:

«¡Yo no he dicho eso!»

«Ja. Lo dijiste,» se burló Syrdio. «¿Eh, Raudo?»

El cap prefirió no pronunciarse y yo me amosqué. Empujé a Syrdio. Este rondaba ya los catorce años y era más alto, pero bien sabía yo que esas cosas a veces no tenían tanta importancia. Más la tenían las agallas. El problema es que a Syrdio tampoco le faltaban. El guako respondió con otro empellón, burlándose:

«No me las hinches. También dijiste que era aburrido bestial, en la barbería. Así que, si no vuelve tu hermano, lo mismo es que está mejor fuera que dentro.»

«O bien que tiene problemas,» retruqué, calmándome. «Hablas sin saber.»

«Yo sólo te haré una pregunta, Espabilao,» intervino el Raudo con tono de mediador. «¿Tus padres pagan una recompensa o esto es trabajo caritativo?»

Hice una mueca, vacilé y solté:

«La recompensa la daré yo.»

El elfo pelirrojo puso cara interesada y me atrapó de los hombros para alejarnos un poco.

«¿Cuánto?»

Me encogí de hombros, inseguro.

«¿Cinco dorados?»

«Buah. ¿Cinco para veinte guakos?» resopló el Raudo. «Eso corre en una tarde.»

«Son veinticinco clavos por cabeza,» protesté. «En el Clavel, conocí a un pequeño hilandero que ganaba menos que eso y trabajaba trece horas al día. No hay que hacerse el mangaplatas tampoco. Tú eres el primero en decirlo…»

Me interrumpió la carcajada del Raudo. Este asentía, divertido.

«Corriente. Cinco siatos. Pero porque eres tú, tocayo. Voy a avisar a la tropa.»

«¡Gracias, cap!» le solté alegremente, vencedor.

Instantes después, la mayoría de los compadres dejaba el refugio con instrucciones de ir a preguntar por un niño cobrizo llamado Sarova. El Raudo se hizo el cap vago y decidió quedarse junto con Syrdio. Quise dejar al Lobito a cargo de mis comparsas, pero Manras protestó diciendo que él también quería ayudar, me asustó con que Adoya conocía el refugio del Camastro y, finalmente, vencido, mascullé:

«Vamos, corriente, haced lo que queráis.»

Y me alejé con mis hermanos, Manras, Dil, el Lobito y el Sacerdote.

«¿De dónde vas a sacar esos cinco siatos?» me murmuró Samfen.

Suspiré. De modo que había oído la negociación.

«Ni idea,» confesé. «De algún sitio. Ya se me ocurrirá. De momento, se arrea para abajo… ¡Cuidao con las piedras!»

Brinqué de roca en roca y aterricé en la calle embarrada que bordeaba el Camastro. Ahí no había farol alguno. Me mareé levemente y, pensando que eso era debido a la herida de la cabeza, volví a sacar la rodaria y la mordisqueé un poco. Me reavivó el espíritu. Rogan se avino el siguiente con el Lobito sobre los hombros y me cuchicheó:

«Oye, parecen simpáticos, ¿no?»

Sonreí. Hablaba de mis hermanos.

«Sí. Otra cultura, como diría Yabir. Pero simpáticos. Oye, Sacerdote. No sé de dónde se saca Syrdio que dije que el barbero era un isturbiao. ¿Lo dije?»

«Er… lo dijiste,» me confirmó el Sacerdote. «Pero así de paso, sin cebarte. Bah, Syrdio es así, es un isturbiao.»

«Un poco,» aprobé.

En cuanto mis hermanos y mis comparsas estuvieron a salvo fuera del Camastro, les di la espalda y me puse a caminar con Rogan calle abajo.

Nos dirigimos directo al Laberinto. Primero, pasamos por la Plaza Lana, pero avisté a unos compadres que se ocupaban ya de interrogar a los guakos que no dormían y, tras una vacilación y una ojeada circular, solté:

«Sigamos.»

Mis hermanos no se despegaban de mí. Aceleré el paso. Y lo aceleraron. Se los notaba inquietos. Puse los ojos en blanco y le murmuré a Rogan:

«¿Tú crees que se asustarán si los llevamos al Cajón

El Sacerdote resopló, ahogando una risa.

«Probablemente. Pero no creo que tu hermano se haya metido ahí.»

«No,» convine. Y bromeé: «Eso es para guakos avanzaos.»

Evitamos pues El Cajón y pasamos por las callejuelas ruidosas y animadas del «mercado» principal del barrio. Era un entresijo de escaleras, callejas y patios laberínticos llenos de saijits más o menos ociosos, lámparas de cálidos colores y trastos innumerables. Caía cerca del Gran Comedor subterráneo de los de Frashluc, allá donde había pasado yo varios días cantando y lustrando zapatos después del ataque del Cuñao.

En esa parte, los guakos eran moneda corriente y, aun así, a pocos les gustaba vagar por ahí. Demasiados riesgos y broncas para unas ganancias dudosas. Y, pese a todo, muchos guakos que ya no se atrevían a asomar la nariz fuera de los Gatos y no querían meterse en grandes bandas acababan ahí, trabajando en cualquier cosa que se les ofreciera. Por lo que sabía, Guel la Adivina, la sokuata amiga de Slaryn, se había hecho ahí una pequeña reputación de bruja vidente y se ganaba la vida como una campeona. Pero no todos tenían esa suerte.

Pregunté a varios guakos con los que me crucé a ver si habían visto a un niño muy parecido a mí. Todos negaron con la cabeza. Uno de ellos, un muchacho vallenato, contempló a Rogan con los ojos agrandados. Bajo mi mirada curiosa, el Sacerdote le dedicó una media sonrisa y pasó junto a mí murmurándome con diversión:

«A ese tipo lo maldije un día y se le cayó justo después un pájaro muerto sobre la cabeza. Desde entonces me tiene un miedo del santo espíritu patrón. Déjamelo, me encargo.»

Sin tocarlo, el Sacerdote se acercó tanto al vallenato que parecía tener intenciones de comérselo. El pobre muchacho escuchó sus palabras susurradas y balbuceó algo. Rogan dio un respingo.

«¿De verdad?»

El vallenato asintió y echó ojeadas nerviosas a su alrededor. Susurró otra cosa. Rogan resopló.

«Habla drionsano, maldito.»

«¿Eso era la lengua del valle?» intervino Skrindwar.

De pronto, mi hermano pronunció algo incomprensible. De esos: chkrdejredekere. El guako vallenato se quedó mirándolo unos instantes y, entonces, contestó en su idioma materno, con soltura. Como yo no entendía nada, me desconcentré, giré la cabeza y… vi a Manras meterle la mano a Skrindwar en el bolsillo. No di crédito a mis ojos. Cruzamos las miradas, le dediqué una mueca de aviso y el pequeño elfo oscuro se apartó, obediente. Enseguida, lo agarré del brazo y le mascullé al oído:

«Son mis hermanos, desmorjao. A esos no se los alivia. ¿Lo captas?»

Manras asintió con una cara inocente. Suspiré y le cogí de la mano al Lobito, quien jugaba empotrando al Maestro contra el barro. Se le había roto un brazo a este y el chicuelo me lo enseñó. Puse los ojos en blanco.

«Pues claro, si lo tratas así, normal que se quede en cachos.» Le metí el brazo esquelético en el bolsillo de su abrigo y pregunté: «¡Y bueno! ¿Va para largo la cháchara? ¿Qué dice?»

Skrindwar meneó la cabeza, alterado.

«Dice que a la mañana han venido tres muchachos de la edad de Sarova. Uno era vallenato. Ha hablado con él en lengua del valle. No le dijo su nombre, pero les oyó decir a sus compañeros que era ‘el Espabilao’. Al parecer, es un ladronzuelo mago que pertenece a la cofradía de los… Daganegras. Su descripción coincide pero… es imposible que sea él, ¿verdad?»

Tragué saliva. Muy cabal. No podía ser él, porque ese era yo.

Oh, fiambres. ¿Qué hacía Sarova disfrazándose de mí?

«La madre que lo trajo,» mascullé.

Miré de reojo a mis hermanos y luego al otro vallenato, que me observaba con extraña atención.

«Espabilao,» murmuró Samfen, sobrecogido. «Así… así es como te llaman a ti tus amigos, ¿verdad?»

Me quedé sin saber qué decir. Me giré hacia Rogan, hacia mis comparsas, bajé la vista hacia el Lobito… y, entonces, Manras me llamó con la mirada fija:

«Espabilao.»

«¿Qué?» repliqué.

El pequeño elfo oscuro señaló con el dedo sin discreción alguna. Me giré y vi, arriba de unas escaleras, a una silueta arrimada al muro. Parecía llevar ahí un buen rato. Fruncí el ceño y traté de ver sus rasgos. Entonces, solté un resoplido. Era el Bailador. Viendo que lo miraba, mi amigo realizó una señal. Quería hablarme a solas. Intrigado, lancé a los demás:

«Esperad aquí, ¿corriente? Ahora vuelvo.»

«¿Adónde vas?» preguntó Skrindwar.

«A hablar con alguien,» contesté, evasivo.

Y corrí escaleras arriba. Lo vi alejarse hacia una callejuela. No dejé de estar alerta, porque si el Bailador deseaba hablarme, así, con esas formas secretas, significaba que probablemente había sido mandado. Bien sabía que el Bailador era un guako de Frashluc. Y eso, pese a mi confianza, me hizo ralentizar el paso cuando llegué arriba y eché una mirada circundante. Aquello ya salía del mercado y la callejuela estaba desierta y sombría.

«¿Bailador?»

«Aquí,» susurró mi amigo.

Me acerqué a su sombra. Sonreí.

«Salú, compadre. ¿A qué viene tanto misterio?»

En la oscuridad, apenas nos veíamos. El Bailador me contestó al oído:

«No vayas a ver al Bravo Negro. Tu hermano no está con él.»

Sentí un escalofrío. La simple idea de que Sarova estuviera con el Bravo Negro ni siquiera me había rozado la mente. Y, sin embargo, era lógico. Sobre todo si Sarova se había hecho pasar por mí. Fiambres, cuando lo pensaba, qué isturbiao…

Entonces, las palabras del Bailador resonaron de nuevo en mi mente, como un eco, y aspiré de golpe.

«¿Sabes dónde está Sarova?»

El Bailador suspiró.

«Sí. Pero no puedo enseñarles el sitio a los que te acompañan. Sólo a ti.»

Entorné los ojos, incómodo.

«Y… ¿no puedes traérmelo aquí? Tengo tiempo.»

«No,» replicó el Bailador. «Ven ahora mismo. O no volverás a ver a Sarova. Lo tiene Frashluc. Unos isturbiaos se creyeron que eras tú y lo aferraron. No lo soltarán hasta que tú te entregues.»

Aquello me dejó a la vez aterrado y confuso.

«¿Y por qué quiere aferrarme Frashluc?»

El Bailador carraspeó.

«Porque eres un Daganegra. Frashluc anda furioso con Korther. Cree que le va a hacer explotar todos sus túneles subterráneos… Eso es lo que he oído. Pero fijo que hay más. Ven.»

Me agarró por la manga y estiró. Protesté:

«Espera, voy a decirles a los demás…»

«No,» gruñó el Bailador. «Si Korther se entera de dónde estás por mi culpa, a mí me escachufan, Espabilao. Te prometo… te prometo que, una vez ahí, te ayudaré a afufar. Lo juro. Pero ahora avente, compadre.»

Insistía tanto y con voz tan inhabitualmente suplicante que le hice caso. Al fin y al cabo, el Bailador era un gran compadre mío, me había enseñado casi todo lo que sabía sobre las técnicas bajas del robo, habíamos trabajado juntos vendiendo dientepasión, habíamos jugado a mil juegos y, en fin, confiaba casi del todo en él. Además, no era como si no me hubiese avisado: era consciente de que iba directo a la boca del lobo a sacar a Sarova y a meterme yo.

No tuvimos que andar mucho, aunque sí torcer unas cuantas esquinas. Finalmente, entramos en un callejón y nos paramos ante un viejo sentado en un barril. El Bailador le susurró unas palabras al oído. El anciano sacudió suavemente la cabeza e inclinó la pequeña vara que llevaba en la mano derecha. Vía libre, parecía decir. El Bailador me estiró de la manga e iba a seguirlo cuando el viejo me cortó el paso con la vara.

«Di, chaval. ¿Te gusta el chocolate?»

Puse cara sorprendida y asentí.

«Sí, señor. Aunque sólo lo he probado una vez.»

«¿Sólo una vez? ¡Sacrilegio!» exclamó en susurro. Y, con su otra mano, me tendió algo. «Toma. Es el mejor remedio para dar ánimos.»

Cogí lo que me daba. Lo olí. Vacilé.

«¿Es un regalo?»

El viejo contestó y, por su tono, adiviné que estaba sonriendo:

«Sin duda, hijo. Un regalo. Y ahora ve con Nat.»

Me metí el chocolate en la boca y le seguí al Bailador. Este pasó por unas escaleras exteriores que bajaban y, como recorríamos un estrecho sendero, pregunté de pronto en un cuchicheo:

«¿No era veneno, verdad?»

El Bailador soltó una carcajada ahogada.

«Qué va a ser veneno, shur. Andas más escamao que un gato. No. El viejo Bayl piensa que todos los niños, incluidos los guakos, tenemos que comer de vez en cuando chocolate. Dice que despierta la mente. Es un buen hombre. Una pena que esté anublao.»

Enarqué una ceja. ¿Anublao? El anciano no me había parecido que estuviera ciego. Pero, con los ciegos viejos, uno nunca podía estar seguro. Sabiendo todo eso, saboreé aún más los últimos restos de chocolate que me quedaban en la boca.

Subimos por una escala, atravesamos una pequeña terraza y nos metimos finalmente en una casa que se hundía en la roca. El Bailador tenía la llave de la puerta. En el interior, nos cruzamos con varias personas a las que el Bailador ni siquiera saludó. Bajamos por una trampilla y llegamos al fin… al Gran Comedor subterráneo de Frashluc. Lo reconocí enseguida. Sólo que, al contrario que la última vez, hoy estaba casi desierto. Había seis personas sentadas a una mesa y otras dos en el extremo de otra. Sentado entre el primer grupo, vi a una pequeña silueta arrebujada con el brazo manco y forzudo del Matasiete, uno de los matones, que decía:

«Y entonces, ¿adivinas lo que hice? ¡Me corté yo mismo la mano para que no me abrazara la bronca!»

Mi corazón se encogió cuando reconocí a Sarova en esa pequeña silueta temblorosa. Malditos. Dejé escapar ruidosamente:

«¡Pero qué le estás contando, Matasiete! A mi hermano no le metas cosas raras en la cabeza…»

«¡Si será el cantador!» exclamó el hombre manco con voz estentórea.

«Y el de verdad esta vez,» rió Fishka, un caito moreno barrigón. «¡Avente, avente!»

El Bailador se alejó y me echó una mirada inquieta antes de desaparecer por un pasillo. Me avine a la mesa de los seis Gatos sin borrar mi expresión malhumorada.

«Me avengo, pero le soltáis a Sarova pero ya,» exigí.

«Sí, hombre, en cuanto nos den permiso para hacerlo,» prometió Fishka. «Por ahora se queda. Nos ha contado sus tormentos y nosotros le hemos dado consejos, ¿verdad que sí? Di, cantador. ¿Has cenado?»

Le eché una ojeada neutra a un Sarova muerto de miedo, miré un plato que había ahí con restos de gachas y negué con la cabeza, circunspecto.

«No.»

«¡Bueno!» se alegró Fishka. «Pues nos vas a cantar algo, a ver si te ganas la cena. Cuidao, porque si cantas mal, te encadenamos, ¿eh?»

Le devolví al barrigón una mirada refunfuñona.

«Yo creía que Frashluc me quería para otra cosa que para berrear.»

El Matasiete se levantó, irguiéndose ante mí como un ogro. No me arredré. Me agarró con su única mano y, levantándome en vilo hasta posarme sobre la mesa, de pie, lanzó:

«A cantar, guako.»

El Matasiete era de esas personas que, una vez metida una idea en la cabeza, difícilmente se la podía quitar. Pensé entonces que, si me ponía a cantar, a lo mejor se ablandaban y dejaban al menos que Sarova se marchara y accedí.

«Corriente. ¿Qué canto?»

Uno de los que estaban sentados al otro extremo de la sala bramó:

«¡Las lindas del barrio!»

Esa me la sabía tan de memoria que hubiera podido cantarla dormido. Y, como hacía tiempo que no cantaba a pleno pulmón, aproveché la ocasión. Me vino de maravilla. Modulé la voz, tal vez no como un gran cantante pero con indubitable pasión, me abstraje del comedor y mi humor subió como una flecha. Encadené con la Kartikada y luego me pidieron que cantara la de las dos tórtolas. Al cabo, me gané las gachas. Me las zampé en un pacivirtud mientras los Gatos seguían con una partida de cartas y pregunté:

«¿Puede marcharse Sarova ahora?»

Había visto a mi hermano intentar escabullirse dos veces durante las canciones, sin éxito. Por toda respuesta, recibí una colleja que despertó el dolor de cabeza y me mareé. Maquinalmente, sin protestar, saqué el bastoncillo de rodaria y me puse a mascarlo, cada vez más perplejo. ¿Por qué Frashluc había querido aferrarme? No lo sabía pero, en el fondo, tenía esperanza de que esa fuera una buena noticia. Es decir, ignoraba lo que Frashluc quería de mí, pero a lo mejor podía… no sé, tal vez pudiera hablarle del Bravo Negro y de Adoya y pedirle ayuda. Korther no me la había dado. Tal vez él pudiera dármela. El único riesgo era que Frashluc tardara días en dignarse a escucharme. Y se suponía que, si yo no iba aquella misma noche a ver al Bravo Negro, mi familia iba a hacer «pum».

De cuando en cuando, pasaba gente por el Gran Comedor. Los jugadores de cartas parecían absortos en su juego, pero bien sabía yo que guardaban siempre un ojo sobre nosotros. Eso no nos impedía hablar. Le cogí a Sarova del brazo y le dije:

«Ven.»

No me alejé mucho. Sólo lo suficiente para que los Gatos adultos supieran que esa era conversación privada. Entonces, le lancé con burla:

«¿O sea que ahora eres el Espabilao tú también?»

Sarova no despegó los labios. Su mirada directa y su expresión de guako aguerrido me hicieron sonreír.

«Y yo que creía que odiabas a los guakos,» retomé y, sonriente, aparté las manos confesando: «Me siento halagao, hermano. Es la primera vez que alguien se hace pasar por mí. ¿Fue idea de tus compadres guakos?»

Sarova desvió la mirada como abochornado y se encogió de hombros. Carraspeé.

«Y bueno, ¿te has tragao la lengua, shur?»

Divertido, le di un empellón en la cabeza y fui a sentarme contra un muro. Esperé. Al de un rato, Sarova vino a acurrucarse junto a mí.

«¿Somos prisioneros?» susurró.

Hice una mueca de desenfado.

«Bah. Mejor prisionero aquí que en el Clavel, te lo digo yo.»

Hubo un silencio entre nosotros. La sala estaba animada por las carcajadas y exclamaciones ocasionales de los jugadores de cartas. Entonces, Sarova soltó:

«Cantas bien.»

Enarqué las cejas.

«Vaya. Bueno, la verdad es que esta vez me he vendido barato. Otras veces me llevaba patas de pollo y cada plato que parecía de rey. Estos de Frashluc tienen buen saque. Sólo hay que ver al gordo ése de ahí. Pero he caído en hora de penuria, parece,» suspiré.

Lo vi esbozar una sonrisa y añadí bajando el tono:

«La salida más directa, shur, está al fondo de la sala a la izquierda. Hay un pasillo. Una puerta. Y una casa. Y luego sales a una calle y bajando y bajando llegas a la Calle del Despeñadero, ya sabes, justo sobre el Hipódromo. El problema es que probablemente haya ojos guardando. Tendrás que evitarlos.»

Sarova asintió con la cabeza. Parecía bien despierto y avispao. Estupendo.

«Si consigues afufar,» proseguí, «ni se te ocurra decir dónde has estado. Con Frashluc no se bufa, ¿lo captas?»

«Yo no bufo,» afirmó Sarova con dignidad.

Sonreí.

«Bueno.» Vacilé y agregué: «Si no quieres volver a la barbería, ve al Camastro, arriba de los Gatos, por donde las rocas, y pregunta por el Raudo. Dile que vienes de parte del Espabilao. Te dejará sornar con la banda. ¿Va?»

Sarova asintió nerviosamente y dijo:

«Va. Pero… ¿y tú? ¿No vas a salir de aquí?»

«Tengo asuntos,» expliqué.

Un brillo de curiosidad nació en los ojos oscuros de Sarova y lo veía a punto de preguntar algo cuando, de pronto, Fishka exclamó:

«¡Hey, guako! Allégame ese saco que hay ahí, ¿quieres?»

Si el saco hubiese estado en la otra punta de la sala, habría dicho: sí, hombre, claro. Y habría encontrado una manera para sacar a Sarova de ahí, tal vez usando armonías. Pero el caso es que el saco estaba a diez pasos del barrigón. Resoplé.

«Allégatelo tú, vago.»

Sin embargo, cómo el barrigón amenazaba con patearme el trasero, me levanté y fui a darle el saco. Me arreó de todas formas una buena colleja.

«Respeto a los mayores, mocoso,» me espetó.

Me tambaleé, titubeé… La cabeza me retumbaba. Fishka resopló, asqueado.

«Rayos. ¿Esto es sangre?»

El gordo tenía la mano ensangrentada. De modo que había vuelto a sangrar. Curiosamente, la sola idea de que tuviese sangre en la cabeza y que esa sangre que había en la mano del barrigón era mía me causó tal impresión que, de golpe, se me fue la mente al diablo.

Cuando desperté, lo hice con la lengua en fuego. Caray. ¿Otra vez? Me habían metido pimienta de Lezia en la boca. Frashluc y sus métodos para espabilar a la gente…

Tenía la cabeza a presión. Porque me la habían vendado. Y ya no me encontraba en el Gran Comedor sino en… una habitación de piedra con dos hombres encadenados y otro, de pie, ante mí, con una antorcha. Era el Albino, el gran amigo del viejo Frashluc. A los dos prisioneros no los conocía. No había ni rastro de Sarova.

«Hola, chaval,» me dijo el Albino con calma. «Me temo que eres el siguiente al que vamos a interrogar. ¿Puedes levantarte?»

Pestañeé, jadeando aún con la boca ardiente.

«Agua,» balbuceé.

«Arriba te daré agua,» me dijo el Albino.

«¿Y quién se supone que es ese muchacho?» intervino uno de los prisioneros, el que era elfo oscuro. Como el Albino no contestaba, añadió: «A Frashluc se le están aflojando los tornillos, Albino. ¡Interrogarnos de esa manera…! Hijos de perra. Cuando nuestros cofrades se enteren de esto…»

«No, Zarguik,» replicó el Albino. «Es vuestro cap el que tiene un problema en la cabeza, no Frashluc.»

Zarguik, me repetí. ¿Había dicho ‘Zarguik’? Pese a la pimienta y mi atontamiento, caí al fin en la cuenta y agrandé los ojos. ¡Pues claro! ¡Zarguik! Recordaba que Yálet me había hablado de un tal Zarguik apodado el Besajoyas. Era un experto robando joyería valiosa a la alta sociedad, y todavía nunca lo habían pillado.

De modo que… Tragué saliva, contemplando a los dos hombres encadenados. De modo que esos dos saijits eran Daganegras. Y los habían interrogado. Vale. Pero… ¿interrogado sobre qué?

«Levántate, chaval,» insistió el Albino.

Bajo las miradas curiosas de los Daganegras, espabilé y me levanté. El Albino posó sobre mi hombro una mano y, mientras me rondaban en la cabeza mil preguntas confusas, me guió fuera de la celda.

Mi confusión no se aplacó cuando, en vez de darme un vaso de agua, el Albino me dio uno de radrasia. Me había llevado arriba, a una pequeña sala donde se encontraba también otro hombre de Frashluc. Ambos comenzaron a hacerme preguntas, pero yo los interrumpía repitiendo: ¿sosque está mi hermano? ¿Qué hora es? Quiero agua, quiero agua…

El Albino, viendo que no paraba de repetir lo mismo, contestó finalmente a mis preguntas: a Sarova lo habían liberado y era la una de la madrugada. Hasta me trajo un vaso de agua. Cuando dejé este vacío, fue el otro hombre el que reanudó el interrogatorio:

«¿Quiénes son esos hobbits con los que viajaste de Onkada a Éstergat?»

Era, creo, la tercera vez que me lo preguntaba. Sin embargo, yo apenas lo oí. Me repetí: ¡la una de la madrugada! Y Adoya sin duda debía de estar esperándome en el callejón de los Ojisarios quién sabe con cuántos perros…

«Quiero hablar con Frashluc,» solté con firmeza.

Mis palabras le arrancaron una mueca fruncida al hombre de Frashluc. Expliqué:

«Tengo un problema. Y, si Frashluc me ayuda, os digo todo lo que sé.»

Al fin y al cabo, tampoco sabía gran cosa y nada de lo de los túneles abiertos hacia los Subterráneos podía ser tan importante como la seguridad de una familia entera. Tan sólo pensar que al amanecer Adoya podía hacer explotar la barbería me llenó de horror y mi respiración se precipitó.

«Lo digo en serio,» insistí.

«Mm,» meditó el Albino. Se acercó a la silla donde estaba sentado yo y se apoyó sobre el respaldo inquiriendo: «¿Qué tipo de problema es ese?»

Les expliqué el lío con Adoya y el Bravo Negro, les dije a media voz que querían matar a mi familia y, al cabo, el Albino preguntó:

«¿Y cómo quieres que Frashluc solucione el problema?»

Me mordisqueé los labios con nerviosismo, puse cara de que no sabía y que por eso pedía ayuda y el Albino caviló:

«Eliminarlos sería una solución. Y ninguna gran pérdida para el mundo. ¿Te conviene la solución?»

Lo miré a los ojos, me turbé, mi corazón se aceleró y, para horror mío, asentí en silencio. Sí, sí… me convenía. El Albino sonrió.

«Bueno. Quieres al Bravo Negro y al de los perros muertos y a tu familia sana y salva. A cambio, hablas y aceptas trabajar exclusivamente para Frashluc. Piensa que Korther te perdonó mucho, pero no va a perdonarte esto. Así que es… tu vida por la de tu familia. ¿Te parece un trato justo?»

Me sentía hipnotizado por sus ojos rojos de albino. En mi mente, creí escuchar de nuevo la voz de Adoya decirme: “Tu vida no vale las vidas de un barbero y su honrada familia.” Y, convencido de ello, sin más vacilaciones, asentí.