Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

14 Desheredado

El comedor estaba tranquilo. Samfen garabateaba en una hoja con cara aplicada; Sarova torcía la boca y fulminaba su propia hoja como si tratara de averiguar un gran misterio; Mili jugaba con Nat y Lloayza en el suelo. Proveniente del local, se oía el «tras, tras» de las mordientes del barbero, que seguía trabajando. En cuanto a la señora, estaba instalada en un pequeño sillón que había junto a la cocina y remendaba ropa mientras tarareaba.

Yo, sentado al otro extremo de la mesa, cortaba unas cebollas en trozos para la cena. Lloraba como un condenao.

Cinco días. Cinco días hacía ya que estaba en la barbería, casi tan cortado del mundo como en el valle. Dos veces había padecido el castigo del mudo y otras tantas el del cinturón, todo o por mi lenguaje «grosero» o por no mantener la boca cerrada. Nada que fuera muy doloroso ni muy traumático, pero cada castigo me llenaba de perplejidad, porque nunca sabía cuándo el barbero iba a considerar que tal o tal palabra era pasable o intolerable. Las dos primeras noches, me repetía en la cabeza las palabras prohibidas por las que había recibido alguna colleja o un aviso… La lista pronto se hizo interminable y, lógicamente, acabé hartándome.

Desde hacía dos días, me encargaba yo de cortar las verduras. Y es que me había pillado el barbero dándole consejos a Sam contra sus estorbadores de los Olmos y, preguntándonos él lo que tramábamos, Samfen había asegurado que yo sólo quería ayudarle con los deberes. De ahí que el barbero hubiese replicado: bueno, pues de ahora en adelante Ashig se encargará de las tareas domésticas de las que tú te encargas normalmente y así tendrás más tiempo para estudiar, con un poco de suerte hasta consigues mejorar tus puntuaciones y sacar provecho del dinero que hemos pagado para tu matrícula.

Samfen había recibido la respuesta con una oleada de arrepentimiento y, durante los dos días siguientes, no levantó la cabeza de sus libros. Y ahí estaba ahora el gran arquitecto, manejando la pluma como un escribano.

Acabé al fin con la condenada cebolla y fui a ponerlo todo en la olla. Al ver que me movía, Yalma alzó los ojos de la costura, me miró, sonrió y dijo algo en la lengua del valle. Sarova y Samfen ahogaron unas risas. Puse cara molesta.

«No gombrendo,» confesé.

Sarova se carcajeó y Yalma se disculpó en drionsano:

«Oh. Lo siento, ya no sé en qué hablo. Decía que, si te pusieran ahora en una tragedia teatral, harías el papel de maravilla.»

Ah. Eso lo decía porque estaba llorando a moco tendido, entendí. Traté de limpiarme. Mi madre resopló, divertida.

«Un momento. No querrás llenarnos la olla de porquería. Toma, suénate con esto.»

Me tendió un pañuelo. No era de tela tan fina como los pañuelos que aliviaba a los mangaplatas, pero tampoco era como el trapo agujereado del viejo Fiks. Lo acepté, sorprendido, y me estaba limpiando tan bien como podía cuando, de pronto, oí una voz en la barbería que reconocí. No era la del barbero, ni la de un cliente mangaplatas. Era la de un niño que hacía la pregunta inocente: ¿está aquí el Espabilao?

Inspiré hondo y, preso de la excitación, tiré el pañuelo y me precipité hacia el local. Al asomar la cabeza por la puerta entornada, la alegría me invadió. De pie, en la entrada de la barbería, estaban mis…

«¡Comparsas!» exclamé.

Me avancé y ellos, pese al ¡fuera! atronador del barbero, se abalanzaron hacia mí. Dil sonreía anchamente; Manras lanzó:

«¡Afufamos del depósito! Adoya ha venido a preguntarme el nombre y le he dicho que Nat, pero me ha mirao con cara tan rara que…»

«Que le he dicho: nos ha conocido, afufamos,» completó Dil.

«Y afufamos,» concluyó el pequeño elfo oscuro. «¡Avente! Volvamos a la calle. Vayamos a buscar al Sacerdote…»

Me estiraba de la manga, inquieto por la cara que nos ponía ahora el barbero. Y su inquietud aumentó cuando vio que yo me resistía. El barbero se interpuso, liberándome de las manos de mis comparsas. Entonces, fui yo el que quise acercarme a estos pero, tras empujar a Manras y Dil hacia la salida con un «¡fuera o llamo a la guardia!», el barbero me agarró.

«¡Suélteme!» protesté. «¡Comparsas, voy con vosotros!»

El barbero no me soltó y entendí que, si no tomaba grandes medidas, mis jóvenes comparsas se marcharían a ciegas y, si no encontraban al Sacerdote, a buen seguro se dirigirían al refugio del Raudo, y en camino caerían con Adoya y sus siete perros. Y, luego, a saber. Así que operé uno de esos trucos para escurrirse: le di una patada en la espinilla al barbero, di un tirón y me arrojé hacia la puerta que se había cerrado sola. La abrí en volandas. En el primer instante, tenía intenciones de salir pero, entonces, algo me hizo cambiar de opinión y solté:

«¡Shurs! Id a casa de mi primo y explicadle el problema. Decid que os envío yo. No vayáis a ver al Raudo. Lo…»

No pude acabar la frase. Fui estirado brutalmente hacia atrás, la puerta se cerró y recibí una lluvia de golpes. Ese castigo, al menos, lo entendía: le había pegado a mi padre, le había faltado al respeto. Había sido por una buena causa, pero eso no lo sabía el barbero. Él no conocía al Bravo Negro: hubiera sido inútil hablarle de lo peligroso que era.

El barbero estaba de un humor negro.

«Te has pasado de la raya, bergante,» me gruñó.

Me soltó tan sólo para ir a correr los cerrojos de la tienda. Se veía claramente que había tomado una decisión importante, una decisión que me incumbía a mí… ¿No iría a matarme, verdad? Me sentí en peligro y, al avistar las cuchillas, tuve una idea que me espantó. No las toqué, por supuesto, pero el barbero captó mi mirada y su humor se hizo terrible.

«Ni se te ocurra,» graznó.

Me agarró del pescuezo y me empujó sin miramientos hasta el comedor, de donde me metió en el trastero directo, encerrado con llave. Tan sólo pude entrever las expresiones sobrecogidas de mis hermanos y de mi madre antes de quedarme en la oscuridad.

Me senté y, tras un silencio, dejé escapar un:

«Fiambres.»

Al de un rato, al otro lado de la puerta, tan sólo se oían apagados ruidos de cubiertos y algún que otro murmullo. La familia cenaba. Creí percibir algún comentario sobre los estudios de Samfen y se creó un ligero revuelo cuando Xella llegó disculpándose por el retraso y diciendo que en la floristería había habido mucho trabajo. No se dijo gran cosa hasta que Samfen preguntó:

«¿Qué vas a hacer con Ashig, papá?»

«Mmpf. No son asuntos tuyos, hijo. ¿Habéis acabado? Pues id a vuestros cuartos.» Se oyó un murmullo y al barbero replicar: «Ya revisarás tu literatura mañana, Samfen. Ahora, a tu cuarto.»

El tono era inflexible. Se oyeron crujidos de sillas y el silencio se hizo pesado. El reloj dio las nueve. Aún se adivinaba una tenue luz por la rendija de la puerta, por lo que el comedor seguía ocupado. Pegué una oreja a la madera y, en el silencio, percibí un ruido, como si alguien acabara de girar la página de un libro. Entonces, la voz suave de Yalma dijo:

«Te preocupas demasiado, Arol. Está claro lo que necesita ese muchacho. Una buena dosis de disciplina y de cariño. No puedes culparlo por no haber tenido a nadie que le enseñara esas cosas.»

«¿No? Supongo que no. Pero eso no lo hace mejor persona,» replicó el barbero. «Es un delincuente, querida. Y cualquier día nos despertamos con que nos ha desvalijado el cofre y ha desaparecido. Eso en el mejor de los casos…»

«Shh,» lo acalló Yalma. «Puede que nos esté oyendo ahora.»

Hubo un silencio. Y entonces el barbero afirmó:

«Mañana, lo llevaré al centro. Prefiero pagar un complemento y que lo acepten ya.»

Percibí un suspiro.

«Es una sabia decisión, supongo,» contestó Yalma.

No oí nada más. Pero me bastó. Me bastó para saber que aquellos cinco días había hecho esfuerzos por comportarme como el mejor guako… para nada. Mis padres seguían queriendo encerrarme en el centro juvenil. Me sentí traicionado, burlado, rebajado. Porque yo creía que, pese a mis diferencias, habían empezado a quererme un poco. Yo creía que si el barbero me corregía y me daba collejas era porque quería enseñarme, no porque quería prepararme para meterme en una cárcel. ¡Para eso, que me metiera en el Clavel directo! Ahí bastaba con tirar piedras a los carruajes y te metían sin pegas. Fiambres.

Eran las diez pasadas cuando la luz del comedor se apagó y me quedé completamente a ciegas. Bueno. Pues había llegado la hora de decidir: ¿me quedaba o me iba?

Cerré los ojos y pensé en mi maestro nakrús. ¿Qué me había dicho ya?

“Eso es lo más importante, Mor-eldal. Seguir siendo la persona que uno ama ser.”

Y bueno, ¿cómo podría no despreciarme después de dejar a Manras en peligro, perseguido por Adoya, siete perros y un padre malévolo? Mis hermanos estaban a salvo. Mis comparsas no. De ahí, la decisión era sencilla. Alcé la mirada hacia la puerta, oculta entre la oscuridad. Tanteé y encontré la cerradura.

Ladrón, abrió las puertas de otros muchos.
Pero la suya, esa… ¿la sabrá abrir?

Invadido por un súbito entusiasmo al haber tomado mi decisión, solté un sortilegio armónico de luz y rebusqué entre los trastos. Encontré finalmente una herramienta que podía ayudarme. Esta vez, no me esmeré mucho para preservar la cerradura, pero sí para no meter ruido. Solté unos cuantos sortilegios de silencio, trabajé durante un rato y… Clac. El pestillo saltó.

Una vez en el comedor, rebusqué en la cartera de Samfen, desgarré una hoja en blanco de su cuaderno y, sin molestarme en sacar pluma y tinta, hundí el dedo en el carbón de la cocina y escribí un: Perdón. Firmado con mi nombre: Draen. Así entenderían que no tenían que preocuparse más por la reputación de la familia: me desheredaba solo.

Me dirigí hacia la única ventana del comedor. Estaba en la parte alta del muro, porque, del otro lado, daba a un callejón situado más arriba sobre la Roca. Me subí colocando un taburete sobre una silla. El vano tenía barrotes pero, al limpiar los cristales el día anterior, me había fijado en que uno de ellos estaba roñado. Romperlo fue coser y cantar y, antes de la medianoche, estaba ya caminando por las calles de Tármil. Y no había desvalijado el cofre ni había matado a nadie. Porque yo no era un granuja, ni un asesino: simplemente era un guako libre y un Daganegra, y eso significaba que no podía quedarme encerrado. Así que: salú, salú, y a cada uno su pan y sus lágrimas.

Era noche de Día-Bondad a Día-Sagrado, no hacía especialmente frío y las calles aún estaban animadas. Me dirigí rumbo a la Explanada. No llegué directo a casa de Yal, porque en camino me encontré con Garmon y otros canillitas conocidos y, viéndolos jugar a los dados en un rincón con los periódicos bajo el brazo y muriéndome de ganas de hacer algo y desatar la lengua y mi buen genio, me allegué a ellos diciendo:

«¡Caray, Garmon, qué bueno!»

Se acordaban del Espabilao, natural, y me acogieron con alegría. Pasé una buena hora con ellos, una hora que despertó mi mente después de una luna pasada en los montes y cinco días haciendo el hijo obediente. Pero entonces, el grupo se dispersó, entre los que tenían que vender sus periódicos restantes so pena de castigo y los que los iban a devolver a la oficina de prensa. Seguí a estos últimos hasta la Explanada y me despedí de ellos.

Bueno. Pues sólo me quedaba cruzar la plaza y entrar en casa de Yal. Ya la había visto dos veces en las dos semanas que habían seguido el robo de la Solancia. Sabía perfectamente dónde estaba.

Me avancé por la enorme plaza silenciosa, evitando los faroles para no llamar la atención de los agentes, y me detuve ante la puerta de la casa. Todas las ventanas estaban oscuras. Tras una vacilación, llamé. Se suponía que había un portero. No vino a abrir. Llamé más fuerte. Nada. Alcé la mirada hacia la ventana de Yal e intenté trepar por las piedras…

«¡Hey, tú!» lanzó una voz a mis espaldas.

Fiambres. Me solté, aterricé y avisté a un mosca que se acercaba. Afufé. Me traté de isturbiao al de unos segundos. ¿Qué podía hacerme el mosca? No había hecho más que trepar un poco por un muro, ¿no? El mosca sopló en su silbato y, en unos instantes, me apareció un mosca delante. Frené de golpe en una calle vecina a la Explanada, me giré y… viéndome atrapado, protesté:

«¡Yo no he hecho nada!»

Esperando que aquello fuera a desconcentrarlos, salí disparado, esta vez rumbo a la Explanada. Logré escurrirme de los brazos abiertos del mosca. Y… zas, sentí de pronto una descarga. Al principio, creí que el mosca había usado una mágara, luego pensé en el amuleto de Azlaria y quedé sobrecogido hasta que me dije: no, es una mágara. ¿Verdad? Mi inseguridad me costó cara: los moscas me aferraron.

«¿No sabes que a estas horas los niños buenos duermen en sus casas?» me preguntó uno de ellos, el más alto. «¿Dónde vives?»

No despegué los labios. Una cosa era despertarle a Yal a la una de la mañana y otra despertarlo acompañado por unos moscas. Si hubiese tenido plata, a buen seguro estos me habrían dejado marchar. Pero nada, no tenía ni un clavo.

Algo en mi actitud y en mi silencio les hizo entender a mis captores lo esencial. El más alto lanzó:

«Esta noche la vas a pasar en el calabozo si no contestas, pequeño.»

No esperó mi respuesta, que de todas formas no vendría: me empujó hacia la Explanada y me la hizo cruzar entera hasta la comisaría central. Estuve a punto de decirle: conozco el camino. Habría quedado como el santo espíritu patrón. Pero un atisbo de prudencia me contuvo.

Entré, pues, en la comisaría, donde me preguntaron el nombre. Les dije: Draen. Y cuando me pidieron el apellido les contesté:

«No tengo.»

No insistieron. Ni siquiera me registraron. Me metieron en el calabozo y se olvidaron de mí. Con desenfado, lancé:

«Salú.»

Y fui a sentarme en una plaza libre. Había cinco borrachos, un anciano vallenato con pintas de vagabundo y un guako poco menor que yo. Me senté al lado de estos dos últimos, me bajé la gorra sobre los ojos y me acomodé con intenciones de dormir. Los borrachos voceaban entre ellos y olían a demonios, pero había dormido en peores condiciones. Tras un rato, el guako murmuró:

«Me llamo Davik.»

No me molesté en alzar la gorra, ya había observado brevemente al sujeto: era un pequeño elfo de la tierra, de orejas especialmente grandes y aspecto de haber vivido en la calle desde que había sabido ponerse sobre sus dos patas. Y, aun así, no parecía familiarizado con el entorno del calabozo. Contesté:

«Draen el Espabilao.»

Lo oí aspirar aire.

«¡Te conozco!» cuchicheó. «Eres el que salvó a los sokuatas, ¿no? De la banda del Raudo.»

Alcé la gorra un instante para mirarlo y emití un simple «mmm» afirmativo. En el fondo, estaba halagado. Que me conocieran guakos a los que yo no conocía era a la vez inquietante y agradable para mi amor propio. Con entusiasmo, me preguntó:

«¿Por qué te han aferrao?»

Esbocé una sonrisa. Un «por guako vagabundo» habría sonado demasiado típico. Así que respondí:

«Porque se me fue la lengua. Ya sabes lo sensibles que son los moscas. Unas damiselas con oídos finos. ¿Y a ti?»

Con el rabillo del ojo, vi a Davik morderse el labio y cavilar antes de contestar:

«Porque apañé algo.»

«¿En serio? ¿Qué apañaste?» le pregunté con burla.

«Un… un reloj de mangaplatas,» dijo.

Sonreí, porque estaba claro que el guako estaba mintiendo para que lo viera yo con buen ojo. Realicé un gesto de reconocimiento y lo encomié:

«Ele, guako. Los mangaplatas no necesitan parlos. Total, no curran y no les falta la bucólica. Porque, que le hubieras afanao una gallina a una borda de pobres, eso va rabiosamente mal. Pero ¿un reloj de mangaplatas? Va rabiosamente bien. Lo esencial en esta ocupación es tener principios, fiambres.»

Davik asentía a todo lo que le decía. También era cierto que lo que decía era rabiosamente interesante y cierto. Y qué bien volvían a salirme todas las palabras prohibidas y con qué gusto las pronunciaba. Al fin volvía a ser yo, Mor-eldal, y no el guako falsamente redimido que, por tener la oportunidad de conocer a la familia, había soportado horas enteras de aburrimiento bestial.

Al cabo de un rato, le dije:

«Di. ¿Sabes quién es el Bravo Negro?»

«El… Natural, el Bravo Negro, sí, es el diablo de la mina y los sokuatas,» dijo Davik. «Todo el mundo conoce la historia. Un amigo mío dice que los sokuatas sois mutantes.»

«Ya estamos curaos,» aseguré. «Bueno. ¿Y qué más sabes de ese diablo?»

El elfo se encogió de hombros.

«Nada.»

«¿Y el tipo con los siete perros? Adoya. ¿A ese lo conoces?» interrogué.

Un borracho cayó de su banco y se carcajeó ruidosamente soltando imprecaciones. Davik asintió, ensombreciéndose.

«A ese sí. El otro día sus sabuesos se me tiraron encima. Mira, todavía me quedan marcas.»

Las vi y también entendí más fácilmente su aspecto desastrado. Tenía la ropa desgarrada en un montón de sitios.

«Rayos y brasas,» resoplé. «¿Y qué te hizo Adoya?»

El elfo meneó la cabeza.

«Nada. Cuando me vio la cara dijo ‘estúpidos perros, no es él’, y se fue. Creí que iba a acabar devorao. Dice un compadre mío que ya lo han hecho, que esos diablos ya se han comido a niños. Tienen dientes enormes.»

Permanecí absorto y preocupado. Tras un silencio, Davik agregó, vacilante:

«Me preguntó una cosa.»

Giré bruscamente la cabeza hacia él.

«¿Qué?»

«Que si conocía a un guako llamado Manras.»

Me tensé.

«¿Y qué le dijiste?»

«Pues que no lo conocía. Y me preguntó otra cosa,» confesó.

«¿Qué?» lo apremié.

Davik me miró con curiosidad.

«Que si conocía a un niño cobrizo de unos diez u once años llamado Draen.» Me sobresalté y él agregó: «Yo le dije que había mucho guako cobrizo en el Laberinto pero que no conocía a ninguno llamado Draen. Yo no bufo.»

Me pregunté en ese momento si me había encubierto queriendo o simplemente no sabía antes de verme que yo era un humano del valle. Bah. Davik parecía ser un guako honrao y bien recto, así que le dediqué una sonrisa cómplice.

«Así se hace, compadre.»

Pese a todo, la idea de que Adoya me estuviera buscando me dejaba perplejo. ¿Qué tenía yo que ver con el Bravo Negro? Aparte de que le había chafado la fortuna y la mina de salbrónix, pero a eso habían contribuido también Yerris, Sla, Aberyl y, en fin, un buen puñado de Daganegras.

A menos que… Palidecí. A menos que Adoya le hubiese revelado al Bravo Negro que era yo el que había matado a Warok. En ese caso… Fiambres. En ese caso, estaba condenado.

Korther, me dije. Él podía ayudarme. Pese a mis jugarretas, el cap Daganegra no querría ver a un sarí escachufado por un isturbiao como el Bravo Negro, ¿verdad? Sólo que no podía ir a su casa a plena luz del día. Y además Korther me había pedido que no volviera a su casa blanca. Pero, si nadie me veía, ¿qué podía importarle?

Tomé mi decisión. Me levanté, me acerqué a la reja y tartamudeé a un mosca que pasaba por ahí:

«Señor. Me siento muy mal.»

«Pues aprende a sentarte, chaval,» me replicó él con burla.

Conté hasta veinte. Y volví a repetir mi queja. Y otra. Y otra. Hasta que, de pronto, me tiré al suelo sacudido de espasmos y emitiendo ruidos de estrangulamiento. Tan sólo duró unos instantes, para que todos se enteraran. Y entonces, me quedé quieto, como inconsciente.

Por un instante, temí que fueran a dejarme ahí hasta el alba y, en consecuencia, mi teatrillo no habría servido de nada. Pero no: al fin, un mosca abrió la reja, me sacaron de ahí y me transportaron. Me posaron sobre algo duro. Tal vez una mesa, o una camilla de esas de madera. Esperé y, no oyendo nada, entreabrí los ojos. Me habían dejado solo en una habitación a la espera del médico. Fantástico.

De una ojeada, inspeccioné las ventanas. Había dos. Una grande, con barrotes. Y otra que, por ser tan pequeña, estaba libre. Es más, no tenía ni cristal. De un bote, dejé la camilla, cogí una silla que había, me subí, me icé por el agujero y, bingo, ya estaba fuera, en una callejuela junto a la comisaría. Sonreí, bastante orgulloso de mi jugada, y salí corriendo cuesta arriba, hacia Atuerzo. Era la dirección que menos esperarían que tomara, la de los barrios ricos.

Crucé la Calle Artesanal, pasé junto al Templo Mayor y llegué junto al Tribunal de Justicia. Lo rodeé. Atravesé la Avenida Imperial tan discretamente como pude y, momentos después, recorría el jardín trasero de la casa de Korther.

No llamé enseguida. Merodeé por la veranda, de ventana en ventana, y, viendo que todo estaba oscuro en el interior, iba a volver junto a la puerta, tratando de convencerme de que Korther no iba a estrangularme por mi visita intempestiva, cuando de pronto oí un susurro de hojas detrás de mí y… me pegué al muro y me envolví de sombras armónicas.

«Demasiado densas,» dijo de pronto una voz apagada.

Tenso, escudriñé los arbustos y las plantas trepadoras. ¿Quién…?

«Las armonías,» explicó la voz. «Demasiado densas. Y las has usado demasiado tarde. Aún te queda mucho por aprender, sarí.»

Agrandé los ojos, incrédulo.

«¿Elassar?»

La silueta se desató de un lugar diferente de donde me había parecido que venía la voz. No me confié hasta que, a la luz de la Luna, reconocí el rostro de Yal.

«La madre,» dejé escapar. «¿Qué fiambres…? ¿Sosque están mis comparsas?»

La pregunta pareció desconcertarlo. Obviamente, él debía esperar más un explosivo: ¡Yal, qué bueno verte! Pero es que su presencia en casa de Korther me dejaba perplejo. Realicé un ademán nervioso.

«Mandé… mandé a mis comparsas a tu casa. ¿No los has visto?» pregunté.

Yálet resopló, deteniéndose junto a mí en la veranda.

«Pues no. No los veo desde que vinieron hace una luna a decirme que te habías ido a ver a tu maestro en el valle. Debo admitir que nos dejaste a todos, er… bastante sorprendidos,» carraspeó. «Rogan pasó a verme cuando regresaste. Veo que la barbería no te ha durado mucho.»

Suspiré.

«Ya…» No supe qué decir sobre el tema, así que tras un silencio expliqué: «Quiero hablarle a Korther.»

«Mmpf.» Yal se arrimó al muro junto a mí, sondeando la oscuridad. «No está. Precisamente me ha encargado que me quedara para no dejar sola a su hija. Es la primera vez que me pide un favor así. Últimamente, el cap anda muy ocupado.» Marcó una pausa y añadió: «Entremos.»

Había salido por una ventana que había detrás de la esquina de la veranda. Nos deslizamos adentro y él cerró. Cuchicheó:

«No metas ruido. Zenira está durmiendo.»

Habíamos aterrizado en la sala de la cocina. En la casi total oscuridad, Yal me guió hasta un asiento y se sentó ante mí.

«He oído fragmentos de lo ocurrido en el valle,» murmuró. «Pero sólo fragmentos. ¿Qué pasó?»

Sonreí y, poniendo a un lado por un momento mi preocupación por mis comparsas, le narré lo ocurrido en cuchicheos. A él podía contarle todo. Hasta le conté mis miedos y mis inquietudes. Al fin y al cabo, aunque tuviese tan sólo dieciocho años, era mi segundo maestro. Y el único que me quedaba al alcance de la mano. Incluso le enseñé el amuleto de Azlaria.

«Lo peor,» le murmuré finalmente, «es que no sé si la descarga que he sentido ha sido por culpa del mosca o del colgante.»

Divertido, Yal meneó la cabeza en la oscuridad de la cocina.

«Bueno, supongo que es mejor pensar que de ambas cosas. ¿De modo que el Bravo Negro anda buscando a Manras?»

Asentí, ensombreciéndome.

«Y también me anda buscando a mí.»

Hubo un silencio. Y entonces un sorprendido:

«¿A ti? Diablos. ¿Y por qué?»

Me quedé suspenso. Vaya. Es verdad. Yal no sabía la historia de Warok. Me puse nervioso y dije:

«No sé. Pero me quiere escachufar. Adoya anda preguntando por mí.»

Yal se frotó la frente, claramente alterado.

«Vamos a ver, Mor-eldal. ¿Para qué diablos iba a querer matarte el Bravo Negro?»

Me quedé paralizado en la silla, sin saber qué decir. Tras un silencio, Yal insistió con una pizca de real inquietud en la voz:

«¿Por qué, sarí?»

Tragué saliva e iba a contarle la verdad cuando, de pronto, oímos un crujido. Al instante siguiente, Yal estaba levantado y salió de la cocina. Tropezó con una pequeña silueta que soltó un gritito de sorpresa.

«Voy a… a buscar agua,» se excusó Zenira.

Enarqué una ceja y, seguro de que la semi-elfa ya sabía que Yálet tenía compañía, no me molesté en ir a esconderme. Con gran naturalidad, Zenira encendió una linterna y fue a servirse un vaso de agua al grifo —es que las casas de Atuerzo eran muy modernas y tenían grifo. Iba en camisón y, cuando sus ojos castaños se cruzaron con los míos durante apenas un segundo, murmuró:

«Hola.»

Y, para sorpresa mía, en vez de contestar «salú», contesté:

«Hola.»

La vi llevar el vaso a los labios. Me pregunté si había estado escuchando nuestra conversación. Había hablado en voz baja, ¿verdad? Sí, la mayor parte del tiempo, pero a veces podía habérseme escapado alguna frase más alta. Y si hubiese oído algo sobre un nakrús y un nigromante… Korther sabía, vale, pero eso no significaba que le hubiera hablado de ello a su hija. Entonces, súbitamente, una pasmosa posibilidad me atravesó la mente. No tenía nada que ver con la nigromancia, tenía que ver con… Oh, diablos, pensé, horrorizado. Si Korther era un demonio, ¿podía ser que Zenira también lo fuera?

Jamás de los jamases al pensar en ella, al verla, se me había ocurrido tal posibilidad. Y, sin embargo, ¡era tan evidente! Por un momento, nos quedamos mirándonos como dos estatuas. Entonces, ella sonrió, dejó el vaso y dijo:

«Buenas noches.»

«Buenas noches,» dije con la voz atragantada.

Me echó una curiosa mirada y, cuando ya pasaba el umbral, se giró diciendo:

«Por cierto. Mañana tengo un examen de geografía. Deséame suerte.»

«Oh. Natural. Suerte,» le repliqué, extrañado. Y, recuperando mi compostura, solté a lo guako: «Sombra a manta, shuriña.»

La vi sonreír y se marchó de nuevo a su cuarto. Cuando oí la puerta cerrarse, dejé escapar todo el aire de mis pulmones. Yal se carcajeó por lo bajo.

«Como te oiga Korther llamarla shuriña te saca de aquí a patadas, sarí. En fin. Creo que será mejor que te vayas. Antes de que vuelva Korther. Esa historia de Bravo Negro… Le hablaré del tema. Pero, en serio, Mor-eldal, no creo que sea para tanto. Evita entrar en el Laberinto. Dile lo mismo a Manras. Y no os pasará nada, ¿me oyes? No tienes por qué tener miedo.»

Fruncí el ceño y, pese a mi decepción por que no se tomara el asunto tan en serio como quería, que insinuara que tenía miedo me empujó a ser reservado y aseguré:

«Corriente. No tengo miedo. Sólo pensaba que Korther podía… Bueno. No importa. Me voy.»

Yal asintió con energía.

«Ven mañana, a la tarde, a mi casa. A las seis. Te invito. Quiero presentarte a alguien. ¿Vendrás?»

«Natural,» resoplé. «¿A quién me tienes que presentar?»

«Bueno. A una amiga. Como le he hablado un poco de ti, quiere conocerte. No te asustes…»

«Que no me asusto,» lo corté, suspenso. «Pero… esa amiga, ¿es la dama con la que ibas al teatro?»

Percibí la ancha sonrisa de Yal en la oscuridad.

«La misma.»

Le devolví la sonrisa.

«Fiambres.»

Yal carraspeó.

«Sí. Bueno. Cuídate, sarí, ¿eh?»

Asentí, le palmeé el hombro e, instantes después, estaba fuera. Tomé el rumbo hacia el Camastro con los pensamientos agitados. ¿Por qué Yal no me creía cuando le decía que el Bravo Negro quería matarme? Porque, obviamente, no sabía que yo había matado a su hijo. ¿Y por qué me sentía tan torpe cuando me encontraba con Zenira? Diablos. Eso era incapaz de explicarlo.

Meneé la cabeza, confuso, e, inspirando hondo, aceleré el ritmo, pasando por las callejuelas más sombrías de Éstergat. Llegaba ya a los Gatos cuando me asaltó otra pregunta inquietante: ¿qué haría si, de pronto, aparecía Adoya con sus siete perros y me los tiraba encima?

Esa era una pregunta para dar pesadillas.