Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

12 El portal

Los hobbits no llegaron hasta la noche. Los vi llegar yo, porque había salido a limpiar las vasijas; me quedé un rato oteando y avisté, entre la oscuridad creciente, la luz de una linterna que se aproximaba entre los troncos.

Me apresuré a asomar la cabeza por la cueva y lancé en un cuchicheo excitado:

«¡Ya vienen!»

Y salí de ahí, hundiéndome en la nieve, hacia la luz. No me alejé mucho, tan sólo hasta el primer árbol, y me quedé esperando, impaciente. Me entusiasmaba la idea de que mi maestro fuera a conocer a los sabios Baïras. Y esperaba que estos no fueran a asustarse cuando lo vieran.

Me asusté yo cuando vi que las siluetas que se acercaban eran más de dos. Había caballos. Y más gente.

Enseguida, me envolví de sombras armónicas, me acerqué y me preparaba a rodear las figuras cuando vi a Dakis girarse hacia mí y agitar el rabo… y vi el pelo azulado de Zoria. Brillaba en la oscuridad. Era increíble. Me erguí, maravillado.

«¿Cómo funciona?» solté.

Los sobresalté a todos salvo al cuadrúpedo y a Shokinori. Deshice las armonías y me aproximé botando de raíz en raíz. Aterricé ante la Azulada.

«Salú. ¿Eso es un sortilegio? Lo de tu pelo. Parece una linterna azul.»

Un brillo divertido destelló en los ojos mágicos de Zoria.

«Son las mutaciones, me temo,» contestó.

«Prefirió quedarse así a tragarse más brebajes míos,» castañeteó Dessari Wayam. Frotó las manos enguantadas entre sí mascullando: «Diablos, vagar por aquí es peor que beberse una poción de hielo.»

Sonreí. ¿Qué diablos venía a hacer aquí el alquimista?

«¡Buenas noches, muchacho!» lanzó la voz de Yabir casi en cabeza de fila. «Deduzco de esto que Dakis tiene razón y que estamos cerca de la famosa cueva.»

Me adelanté en la fila asintiendo animadamente.

«¡A un tiro de piedra! Os guío,» propuse. «Mi maestro os espera. ¿De dónde sacáis los caballos?»

La sola vista de esos robustos caballos peludos despertaba en mí recuerdos muy lejanos.

«Los alquilamos a un antiguo amigo mío que cría ponis en el valle.»

La voz, profunda, provenía de detrás de uno de los caballos. Sobrecogido, y aun sabiendo que esa voz no podía ser más que de una persona y que era lógico que estuviera ahí si el alquimista, Sarpas, las gemelas y Dalto estaban ahí… rodeé al caballo, alcé la vista hacia la figura encapuchada, vi la barba y solté un:

«Oh.»

A lo cual, mi hermano replicó:

«Tranquilo, no vengo a por ti: Yabir nos contrata como guardaespaldas.»

Habló con tono tan desapasionado que mi instinto me aconsejó mantenerme alejado. Así que jadeé un «ya…» y, dando media vuelta, me apresuré a liderar el grupo junto con Dakis. Troté en los últimos metros y fui a recoger mi sombrero de copa adentro exclamando:

«¡Ya están aquí!»

Y mientras el nakrús se levantaba lentamente del cofre y el Lobito alzaba unos ojos curiosos del libro de cuentos, volví a salir, me quité el sombrero de copa como lo hacía Rogan, con arte, y, lanzando una luz armónica para que se viera mejor, pronuncié:

«¡Saijits! Sed bienvenidos a la casa de Narsh-Ikbal, ¡el mejor astrónomo! ¡el mejor nigromante! ¡el…!»

«Mor-eldal,» protestó el nakrús saliendo a su vez. «Un poco de modestia, hijo.»

«Y mi maestro,» concluí con una ancha sonrisa.

La aparición del nakrús, puesta en evidencia gracias a mi luz armónica, había dejado a los recién llegados no sé si embelesados, hechizados o aterrados. Un poco de las tres cosas, quizá. Deshice el sortilegio y, a la tenue luz de las linternas, destacaron los ojos verdes brillantes del nakrús que sondeaban a los presentes. Yabir ya abría la boca cuando mi maestro soltó:

«Bienvenidos, extranjeros. He de decir que no esperaba tanta compañía.»

Echó un vistazo elocuente al cerbero de brumas. Este agitó la cola.

«Vamos a estar un poco apretados en la cueva pero… entrad, si podéis,» propuso con ligera burla.

Y, sin más, mi maestro desapareció de vuelta en la cueva. Oí el carraspeo de Kakzail y a Dalto que decía en voz baja:

«Voy a levantar las tiendas.»

«Yo me ocupo de los caballos,» replicó mi hermano a media voz.

Yabir, entonces, inspiró ruidosamente y dio un paso hacia delante soltando en voz alta:

«¡Es un honor, Narsh-Ikbal! Un… er… honor.»

Estaba indubitablemente emocionado por hablar con el nakrús, pero también se lo notaba aprensivo. Divertido, lo estiré por la manga para animarlo a pasar y entró junto con Shokinori y el cerbero. Vacilé en el umbral y miré a los ‘guardaespaldas’. Mi hermano, Dalto y Sarpas ya se alejaban para levantar las tiendas y ocuparse del campamento; la Azulada, en cambio, intercambió una mirada con su hermana y con el alquimista y, tras unos instantes de indecisión, entró. Lo siguió el gnomo con un brillo de excitación en los ojos. Al pasar junto a mí, la Rubia me dedicó una sonrisa y me comentó:

«Apuesto que de día las vistas deben de ser magníficas desde aquí.» Ladeó la cabeza con una mueca pensativa. «Márevor Helith tiene reputación de ser un gran excéntrico… pero tu maestro parece ser más normal.»

Puse los ojos en blanco.

«Elassar es rabiosamente normal,» aseguré.

Divertida, la maga entró en la cueva. Entonces, pensé en esa historia de gema azul y de reyes masacrados y me apresuré a seguir a la Rubia adentro para, al menos, asegurarme de que los hobbits venían sólo a ver a mi maestro y no a por el Lobito.

El interior estaba superpoblado y tuve que rozar las paredes para llegar hasta el chicuelo, el jergón y las mantas. Una vez ahí, me acurruqué junto al rubito y agucé el oído a lo que se decía.

Hablaban en caéldrico, natural. Sentado sobre el tronco que había metido yo aquella tarde, Yabir se deshizo primero en fórmulas de cortesía añadiendo que ¡oh! pese a no ser un gran admirador de la nigromancia, era un ferviente adorador del conocimiento y que, sin duda, mi maestro debía ser el mayor experto de Prospaterra en cuestión de huesos. Mi maestro no lo negó. Cada cumplido que le hacía el hobbit le arrancaba en sus ojos una expresión de viva burla —aunque no sé si alguien aparte de mí era capaz de percibirla.

En un momento, las gemelas hablaron brevemente de su infancia en las tierras lejanas del oeste —ahí me enteré de que habían conocido personalmente a Márevor Helith y de que habían sido, digamos, unas niñas mimadas hijas de mangaplatas. Shokinori no abrió la boca más que para corregirle una o dos cosas a su joven compañero cuando este narró su larga búsqueda del Orbe Malva. En cuanto al alquimista, narró cómo, una vez, había estado a punto de caer en la tentación de fabricar una poción mórtica capaz de imitar los efectos del morjás de los huesos.

«Digo ‘a punto’ pero lo hice,» confesó el gnomo. «Y me salió torcido. ¡No vuelvo a tocar esas artes en mi vida!»

No aprendí básicamente nada nuevo aparte de eso pero, si me costó concentrarme en la conversación, no fue por mi falta de interés sino porque no paraba de repetirme: mi hermano está ahí afuera y sabe no sólo que soy un nigromante sino que fui criado por un nakrús. Él que había sido mosca, que había estado del lado de las autoridades, ¿qué pensaría de eso? Sabía que había robado, que pertenecía a una banda de ladrones, tal vez incluso supiera que yo había participado al robo de la Solancia en el Palacio, y sabía que era yo quien había provocado la muerte de Warok. Entonces… ¿qué importaba ya que supiera lo de mi maestro? Ya me despreciaba. Lo sentía. Me despreciaba y peor: ya no quería tener nada que ver conmigo.

Estaba tan turbado que, al de un rato, sintiendo la mirada curiosa de Dakis posarse sobre mí, me tumbé dándoles la espalda a todos y cerré los ojos. Me daban vueltas los pensamientos a tal velocidad que no lograba siquiera reflexionar sobre nada concreto. Y, aun así, repetidamente me vinieron los pensamientos: mi hermano me odia, mi familia no me quiere, soy un monstruo, sólo mi maestro piensa que no lo soy… Y entonces me sermoneaba y me decía: isturbiao, cien mil veces isturbiao, que estás pensando con los pies… Pero me angustiaba tanto la idea de que Kakzail hubiese dejado finalmente de intentar… bueno, de intentar demostrarme que aún podía ser parte de su familia. Claro que, ante sus esfuerzos, yo lo único que había hecho era mandarlo a cazar nubes y enviarle una descarga mórtica. ¡Cuántas veces mi maestro me había pedido que pensara antes de actuar! Y yo pensaba. Pensaba mucho. Lo malo es que, por lo visto, siempre equivocaba el tiro.

Bueno, no siempre, relativicé. Había llevado al Lobito a curarse. Y había hecho mucha cosa buena, ¿verdad? Había robado, vale, y sabía que a mi maestro eso no le gustaba mucho. ¿Qué importa?, me dije entonces con súbita viveza. ¡Mi maestro se va! Se va y no lo voy a volver a ver nunca más. Mis ojos se llenaron de lágrimas y, con mi mano mórtica, atrapé el colgante de Azlaria con fuerza…

En fin. Así de confusa estaba mi mente mientras mi maestro hablaba tranquilamente con sus invitados a un metro escaso de mí. Afortunadamente, me había pasado todo el día ajetreado, que si buscando el tronco para hacer un banco, que si jugando con el trineo y el Lobito… y el cansancio acabó por apaciguar mis desvaríos y arrastrarme en un sueño agitado.

No sé muy bien lo que soñé, pero no fue agradable y desperté empapado de sudor. Con los ojos abiertos como platos, me rebullí en la manta, aun a medias despierto, y vi una mano esquelética posarse sobre mi brazo.

«Sólo era una pesadilla,» dijo mi maestro con voz serena.

Me enderecé, recuperando el aliento. Había empujado al Lobito sin querer, pero el chicuelo no se había despertado. El interior estaba aún iluminado por la luz de la linterna, pero ya no había ahí nadie más aparte de mi maestro, el Lobito y yo. Fruncí el ceño.

«¿Sosque están los demás?»

«Durmiendo en las tiendas,» contestó mi maestro. «Y tú deberías hacer lo mismo: apenas has dormido un par de horas. Los hobbits acaban de marcharse. Ese Yabir es más curioso que una ardilla. Ha intentado sonsacarme historias pasadas… En esas circunstancias, mis agujeros de memoria me vienen de maravilla,» bromeó. «Buaj. Ni que los recuerdos de un pobre nakrús como yo merecieran acabar escritos en un libro. Prefiero estar vivo y en los huesos, que escrito y convertido en polvo.»

Sonrió, le devolví la sonrisa y pregunté:

«¿O sea que Yabir quería meterte a ti también en su crónica?»

«¿En su crónica? ¡Quería hacerme una crónica solo para mí!» resopló el nakrús. «Me temo que se ha llevado una ligera decepción. Aunque, créeme, ese pequeño ser hubiera subido la montaña más alta del mundo para verme. La curiosidad y el empeño hacen milagros. Y de eso no le falta a ese joven Baïra. En cambio, el otro, Shokinori, creo que está hasta el cráneo de dar vueltas por el mundo.»

Emitió una risita y volvió a sentarse en el cofre. Parpadeé y, luchando contra el sueño, dije:

«Elassar. ¿Has visto a mi hermano?»

«Mno,» admitió. «No ha asomado la nariz por la cueva. Probablemente le haya causado cierta impresión mi aspecto. Pero hablaré con él mañana lo quiera él o no,» aseguró. Hubo un silencio, y entonces añadió: «Anda, duérmete, pequeño. Y no tengas más pesadillas. ¿Quieres que te cante algo?»

La propuesta me arrancó una sonrisa extrañada y, de haber estado algún compadre ahí, sin duda habría dicho que yo de pequeño nada y que no necesitaba nanas para dormir pero… ahí, estaba solo con mi maestro y el Lobito. Asentí, ansioso, volví a tumbarme y, en el silencio de la noche, mi maestro, con voz queda y serena, cantó.

Tres astros en la noche han despertado;
uno enrojece, el otro se hace nieve,
la Gema se hace añil;
mecido por las tres ninfas del aire
un nigromante alza la vista al cielo
con su cara infantil.
Anda buscando un camino de rosas
y, caminando sobre ellas, piensa:
no las consigo asir.
Todo cuanto he pisado son espinas,
las rosas torturaron más que amaron.
¿Habré de desistir?
Cuán ciega puede ser un alma cándida
aun cuando la ilumina todo entera
un mágico candil.
¿Habré entonces de abrir mi propia puerta?
Ladrón, abrió las puertas de otros muchos.
Pero la suya, esa… ¿la sabrá abrir?

Lo miré con el ceño fruncido mientras mi maestro callaba. Advirtiendo mi mirada enfurruñada, sus ojos mágicos sonrieron, burlones.

«Oh, vamos. ¿Preferías una nana de las de antaño, sencillas, bonitas, sin enredos?»

Resoplé, tragué saliva y mascullé:

«Pues la verdad es que sí. Esa no me ha gustado nada.»

«Bueno,» aceptó el nakrús. «Tienes razón. Demasiado profunda. Olvídala. En serio. Era estúpida. Allá va una canción como se debe, sencilla, bonita e inocente,» prometió.

Y entonó esta vez una nana normal. Disipando el malestar que me había creado su primera canción, me dejé llevar por su voz melodiosa y, al fin, concilié un sueño sereno y apacible.

* * *

La partida próxima de mi maestro me sumía en un estado de ánimo agitado. Al corriente de que, dentro de tres días apenas, Márevor Helith acabaría de abrir un portal mágico en la mismísima cueva, ante el espejo, Yabir acribillaba a mi maestro a preguntas, se paseaba con él hasta la roca de la estrella y ambos pasaban horas conversando, acompañados a menudo por Dakis y Shokinori.

El primer día, mi maestro intentó hablar con mi hermano. Digo «intentó» porque Kakzail apenas abrió la boca y, al de unos minutos, se inventó una excusa para alejarse del nakrús. Yo los había estado observando desde lejos y, al principio, creí que se habían cabreado, pero, cuando me allegué a él, mi maestro me reconfortó diciendo: el gladiador no teme el acero pero sí la muerte. Lo que pasaba, pues, era que Kakzail tenía miedo de mi maestro. Eso, más que hacerme gracia, me resolvió a acercarme a mi hermano para decirle que no se preocupara, que mi maestro era muy bueno… Él se contentó con carraspear un «no lo dudo» y se metió en la tienda. Pues vaya. Volví a mis asuntos: recogí leña, esculpí un lobo de madera para el Lobito y, a la tarde, le enseñé al buen nórdico lo bien que sabía trepar a los árboles. Sarpas era el único de los guardaespaldas que no parecía odiar la nieve. Es más, decía que le recordaba sus primeros nueve años de vida, allá en el norte. Al atardecer, como estaba yo encaramado a una rama baja, le pregunté con vivo interés por qué no regresaba a su casa, ya que había dejado de ser esclavo. El gigantón tatuado me contestó con su horrible acento:

«Mi familia me vendió. Querían dar comida a mis hermanos. Lo entiendo. Lo perdono. Pero ellos también me perdonarán que no vuelva. Mi hogar está allá donde está mi corazón.»

Me dedicó una sonrisa blanca y yo me contenté con menear la cabeza, sobrecogido. No me chocaba tanto que su familia lo hubiera vendido —en Éstergat la práctica no era tan rara—, lo que me extrañaba era pensar que, finalmente, su situación se asemejaba un poco a la mía, sólo que en vez de venderme mis padres me habían perdido. Interrumpiendo mis pensamientos, Sarpas añadió:

«El sol huye. Será mejor volver.»

Asentí, me solté de la rama y aterricé en la nieve.

«¿Cómo os afufasteis de Tasia?» pregunté como tomábamos el camino de regreso entre arbustos y troncos.

«Oh. Disfrazados,» sonrió el nórdico. «De payasos. Marineros. Y Monjes de la Roca. Llegamos a Raiwania y luego a Arkolda. Una gran aventura,» aseguró. Y emitió una risa profunda y tranquila, recordando la huida.

Aquella historia de disfraces despertó tanto mi curiosidad que le hice más preguntas y él me contestó como pudo, con frases vacilantes, contando cómo habían burlado la vigilancia de los guardias en Aramiés, la capital de Tasia, y cómo habían ido improvisando en el camino, esquivando las patrullas y cruzando finalmente el río For para entrar en Raiwania. Llegábamos ya al campamento cuando dijo:

«No era tan mala vida. Teníamos buena comida. Y huir significaba muerte. Pero, cuando conocimos a Zoria y Zalén, las cosas cambiaron. Quisimos libertad para ellas y para nosotros. Y la tomamos.»

Me sonrió y, llegando finalmente ante la tienda, alzó una mano y me dijo:

«Buenas noches, ushkra

Curvándose para pasar, desapareció en la tienda y me quedé ahí unos segundos, absorto, antes de alejarme cuesta arriba hacia la cueva. Sin embargo, en camino, unos murmullos atrajeron mi atención. Avisté dos siluetas, en la oscuridad creciente. Creí reconocer a mi hermano y a la Azulada y, empujado por la curiosidad, me acerqué con sigilo, llegué a un tronco no muy lejano y agucé el oído. Hablaban con inequívoca gravedad.

«Hablo en serio, Zo,» decía mi hermano. Le cogía ambas manos a la Azulada. «No confío en ese nakrús, es cierto. Pero, si tú crees que eso del monolito va en serio, confiaré en él. De verdad. Si quieres volver a casa, iré contigo… a menos que no desees que lo haga.»

Pestañeé, perplejo. ¿Ir con la Azulada… adónde? Esta meneó la cabeza y replicó con voz algo más alta:

«Era sólo una idea, Kakz. Han pasado tantos años… Ya no soy esa niña estúpida que estudiaba en Dathrun. Zalén es muy sentimental y la propuesta de Narsh-Ikbal la ha alterado. Nos ha alterado a ambas. Pensar que podría estar en Éshingra pasado mañana… es tan increíble. Pero… déjame tiempo para pensarlo, Kakz. Necesito tiempo.»

Mi hermano suspiró ruidosamente.

«Sólo tienes un día. Decidas lo que decidas, ya sabes…» Resopló y, como estallando de pronto, masculló: «¿Por qué no me dices de una vez si te importo al menos un poco?»

La pregunta pareció dejar a la Azulada a la vez perpleja y nerviosa. Farfulló:

«¿Qué? ¡Claro que me importas, Kakz! Eso ya lo sabes.»

«¿Y cómo quieres que lo sepa?» refunfuñó Kakzail. «Yo te canto como a una musa y tú jamás me dices nada. Te amo, Zo, eso ya lo sabes porque te lo dije… te lo he dicho muchas veces. Y tú pareces decírmelo con los ojos, pero jamás me lo has dicho en voz alta, así que ya empiezo a dudar, ¿sabes? No me lo tengas en cuenta pero empiezo a decirme que a lo mejor te hace gracia que un guerrero inculto como yo intente conquistar tu corazón.»

La Azulada emitió una risita y vi cómo Kakzail se petrificaba.

«Mi corazón,» murmuró ella. «Ese ya lo has conquistado, Kakz. Desde hace mucho tiempo. Ya me conoces. Hablar no se me da tan bien como a mi hermana.» Vaciló. «Si me dejas… demostrártelo de otra forma, tal vez…»

Calló. Los vi besarse y sonreí anchamente desde mi escondite antes de fruncir el ceño y cavilar sobre lo que se habían dicho. ¿Qué significaba eso de que mi maestro les había propuesto a las gemelas volver a casa? Para ellas, volver a casa era… regresar a sus tierras del oeste, a Éshingra y eso… Agrandé mucho los ojos. Caray. O sea que el nakrús les había propuesto cruzar los monolitos con él. ¡Y mi hermano estaba dispuesto a seguir a Zoria si decidía marcharse!

Anonadado, me apresuré a alejarme de ahí y regresar a la cueva. Mi maestro había salido a contemplar las estrellas y encontré al Lobito subido al cofre, con el Maestro de juguete entre las manos. Le revolví el cabello y le lancé:

«¿Tienes hambre? ¡Pues vamos a preparar la cena!»

Encendí la fogata en la entrada, calenté las lentejas y, durante todo ese tiempo e incluso antes de dormirme, no paré de darle vueltas a la idea de que Kakzail pudiera decidir marcharse adonde el ratón y el gato se saludaban. Mi maestro decía que ese trayecto por los monolitos le iba a ahorrar lunas de viaje, que iba a recorrer muchos, muchísimos kilómetros en unas horas escasas… ¡Y pensar que mi hermano tal vez fuera a marcharse con él!

Pese a una noche agitada, desperté al alba igual que siempre y vi a mi maestro, de pie, ante el espejo, tal vez comunicando con Márevor Helith por vía bréjica. Cuando me vio enderezarme, giró la cabeza hacia mí y me declaró con tono jovial:

«¡Buenos días! ¡Adivina, muchacho! Cambio de planes. Márevor dice que el monolito va a estar listo dentro de tres horas máximo. Ve a avisar a los demás y diles que nadie entre en la cueva hasta que haya dado permiso. Llévate al Lobito, ¿quieres?»

Sin saber muy bien cómo tomarme la noticia, me vestí apresuradamente, vestí al Lobito, lo agarré y salí de ahí con precipitación. Llegué ante las dos tiendas. Dalto y Shokinori estaban afuera, sentados junto a la fogata. Alzaron hacia mí miradas curiosas. Les solté de un tirón:

«¡El monolito va a estar listo dentro de unas horas! Eso ha dicho mi maestro. Y también que nadie entre en la cueva hasta que diga que se puede entrar.»

Tras un silencio suspenso, Dalto se levantó y, sin una palabra, entró en una de las tiendas. De la otra, salió Dakis, se estiró, abrió su gran hocico en un bostezo y echó ojeadas sombrías a la nieve. Shokinori sonrió y comentó en caéldrico:

«Con un poco de suerte antes del mediodía nos ponemos en marcha y volvemos a unas tierras más hospitalarias.»

El hobbit tendió una mano para rascarle las orejas al cerbero y yo, como no sabía muy bien qué hacer, me senté sobre el tronco roto junto al fuego y me dediqué a esperar. Quería moverme, ir a ver qué estaba haciendo mi maestro en la cueva, preguntarle si todo iba bien… pero, en la práctica, no hice nada más que esperar, esperar… hasta que vi a los gladiadores y las gemelas salir de las tiendas con los sacos preparados. Me levanté con un temor sordo y los miré ajetrearse. Estaban desmontando la tienda. Yabir y el alquimista no tardaron en aparecer con sus sacos bien llenos. Los gladiadores hablaban alegremente entre ellos en tasio, así que no les entendí nada. Al cabo, cuando hubieron plegado todos los trastos, me atreví a acercarme y a preguntar con timidez:

«¿Os vais todos?»

Kakzail me echó una ojeada y asintió.

«Nos vamos,» confirmó.

Siguieron ajetreándose y, sintiendo que molestaba ahí en medio, regresé con el Lobito junto a la fogata. El temor iba haciéndose cada vez más intenso. Se iban todos, pensé. Se iban todos por el monolito y yo me iba a quedar solo con el Lobito. Sólo una cosa no me cuadraba: el equipaje lo estaban colocando de nuevo sobre los ponis, y esos ponis eran demasiado gordos como para pasar por la estrecha entrada de la cueva. Si el monolito iba a aparecer en la cueva, ¿cómo iban a meter a los ponis dentro?

Estaba aún tratando de resolver el misterio cuando, de pronto, los hobbits y las gemelas alzaron la vista y se giraron al mismo tiempo hacia la entrada de la cueva. Siguiendo la dirección, vi a mi maestro salir y alzar una mano… Al fin. Me levanté y me allegué a él antes que nadie. Lo miré a los ojos, interrogante. Demasiado impactado por todo lo que estaba ocurriendo, no me salían las palabras.

«Listo y seguro,» declaró mi maestro con jovialidad. «Unos amigos de Márevor me han ayudado a transportar el cofre. En cambio, el espejo tendrá que quedarse aquí. No te acerques a él bajo ningún concepto, ¿eh? O podrías romper el monolito.»

Ladeé la cabeza para mirar el interior de la cueva y dejé escapar el aire de mis pulmones. Ahí, junto al espejo, se alzaba un extraño arco lleno de energía chispeante. En medio, no se veía más que oscuridad. Una oscuridad más negra que la noche. Bueno. Así que eso era un portal de teletransportación… Daba escalofríos sólo mirarlo.

«¿No habéis cambiado de opinión?» preguntó entonces mi maestro viendo que los demás se acercaban a la cueva. Sonrió. «Veo que no. De modo que seremos cuatro en atravesar el monolito.»

Jadeé. ¿Cuatro? Miré los rostros de todos. Yabir ponía esa cara nostálgica del que renuncia a una gran aventura y, por la ojeada entre burlona y aburrida que le echó Shokinori a su compañero, deduje que ellos no formaban parte de esos cuatro. La Azulada tenía el semblante solemne y mi hermano dio en ese instante al nórdico una palmada en la espalda. Le dijo algo en tasio, este contestó sonriendo. Yo no entendía nada y me repetía cada vez más nervioso: ¿pero quién fiambres se va?

Lo descubrí finalmente al fijarme en los sacos que llevaban el alquimista, la Rubia y Sarpas. Los demás los habían dejado junto a los caballos. Eso me hizo recordar que yo había dejado al Lobito junto a la fogata ya apagada y, despreocupándome por un instante del gran evento, oteé para asegurarme de que estaba bien. Lo estaba: el chicuelo avanzaba a trancas y barrancas por la nieve, hacia nosotros. Se espatarró. Poniendo los ojos en blanco, me apresuré a ir a rescatarlo y, cuando regresé, vi a las gemelas abrazarse una última vez antes de que el gran nórdico cogiera suavemente a la Rubia por la cintura y pasaran adentro de la cueva.

No lo entendía, a decir verdad, pero tampoco traté de entenderlo. Tan sólo sabía que, por alguna razón, la Rubia había decidido volver a su casa mientras que la Azulada había decidido quedarse. En cuanto al alquimista, bueno, tal vez esperara así huir definitivamente del Bravo Negro y buscar mejor fortuna en una tierra nueva.

Acuclillado junto a la entrada con el Lobito, los vi cruzar el monolito negro como en un sueño. Primero el alquimista, luego Sarpas y Zalén juntos. Y, entonces, vino la hora de que se marchara mi maestro. Sólo de pensarlo se me encogía el corazón hasta que me hizo realmente daño por dentro. Quería pedirle a elassar que viniera conmigo, pero sabía que eso era imposible. Él debía asistir a una reunión de muertovivientes y yo debía volver al mundo de los vivos.

Mi maestro sondeó a los presentes, su mirada mágica se posó durante largo rato sobre la Azulada, comunicando sin duda por vía bréjica, y entonces asintió lentamente con su cráneo y centró toda su atención sobre mí. Tendió una mano esquelética.

«Ven aquí, hijo mío. No llores.»

Tan sólo entonces me fijé en las lágrimas que se me habían escapado. Me incorporé y le cogí la mano a mi maestro. Con la otra, él me subió la barbilla. Sus ojos verdes me parecieron más grandes que nunca.

«Arrojo y coraje, Mor-eldal,» me dijo. «Recuerda que velo sobre ti. Quería decirte: gracias. Cuando te encontré, allá abajo, en la tormenta de nieve, no pensaba que me cambiarías tanto. Pero lo has hecho. Has conseguido despertarme de nuevo y arrancarme de estas montañas. No es poca cosa, créeme. Sólo un pequeño nigromante como tú sería capaz de semejante hazaña,» bromeó. Me puso en la palma de la mano un bonito hueso de ferilompardo y sus ojos se oscurecieron, emocionados. «Te eché de la cueva cuando no eras más que un crío y ahora… empiezas a serlo un poco menos,» sonrió.

Inspiré ruidosamente y no encontré nada que decir. El Raudo tenía razón diciendo que las despedidas eran ridículas. Porque, no teniendo tiempo para decirlo todo, te quedabas como bloqueado, deseando tener un siglo para pensar en una respuesta. Por eso, cuando vi al Lobito que se deslizaba a gatas adentro de la cueva, aproveché la distracción, me apresuré a encerrarme en mi actitud guaka bien guaka y agarré al chicuelo del cuello del abrigo lanzando:

«¡Por ahí no, desmorjao! que te vas a los Espíritus saben dónde y luego te comen los dragones.» Y, como si nada, sin casi mirarlo, añadí un: «Salú, elassar. Suerte con la reunión.»

Con el rabillo del ojo, vi a mi maestro sonreír, alzó una mano de saludo hacia los demás y entró en la cueva. Con los ojos exorbitados, agarrado al Lobito como a una cuerda colgando de un precipicio, vi a mi maestro detenerse ante el monolito y erguirse con majestuosidad. Entonces, dio un paso y las tinieblas lo devoraron.

Ya está. Elassar se había ido. La realidad ocupó mi mente durante largo rato y tuvo que venir Kakzail a apartarme de la entrada de la cueva para que espabilara. Su rostro expresaba una extraña felicidad.

«Vamos, Ashig. Tenemos que bajar todo lo posible antes de que se nos venga la noche encima.»

Lo seguí sin protestar. Largo tiempo después de que nos hubiéramos puesto en marcha, seguía aún viendo a mi maestro cruzando el portal negro. Y, en mi puño, apretaba con fuerza el hueso de ferilompardo.