Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

8 Solución

«Ah… Por aquí hay algo muy parecido al morjás de ferilompardo,» murmuró Yabir, deteniéndose en mitad de la calle.

Ya nos había llevado a varias carnicerías, así que no grité victoria. Lo observé con atención mientras alzaba un índice y lo paseaba vagamente, concentrado.

«Sí. Justo… ahí,» concluyó.

Apenas señaló, salí corriendo hacia esa dirección junto con Dakis, dejando atrás a los hobbits y a las gemelas. Estábamos en Tármil, un barrio en el que ellos no pensaban que podía esconderse la banda que me había atacado y, sin embargo, les había convencido de que «a lo mejor» se había vendido la gema ya y habían tirado los huesos al lado. No les había mencionado que el Lobito tenía un collar muy parecido al mío.

Jadeé, giré sobre mí mismo, miré entre los viandantes, fijando la cabeza hacia abajo, buscando una pequeña silueta. Tenía que estar en… Alcé entonces la vista y palidecí. Me encontraba ante un pequeño edificio con una placa de metal encima. Deletreé:

«Casa de niños expó… ¡La madre que los trajo!» escupí.

Me abalancé hacia una ventana del orfanato y pegué la nariz al cristal. Avisté siluetas sentadas en el suelo. Empujé. Aquel día, hacía buen tiempo como el anterior y resultó que alguien había abierto la ventana y había olvidado darle la vuelta a la manilla al cerrarla. Asomé la cabeza y, como una veintena de ojos se giraba hacia mí, me apresuré a posar un índice sobre mis labios. Los cachorros no dijeron nada. Alguno se tapó la boca para no reír. No había ahí ningún adulto. Busqué al Lobito. Fue fácil: al reconocerme, el rubito se había levantado y corría ahora hacia mí con la boca abierta de placer como una moneda de medio siato. Sonreí de felicidad.

«¡Ven, Lobito, ven!» lo apremié en un susurro.

Apenas llegó al pie de la ventana, lo agarré, lo saqué y me alejé a la carrera, visto y no visto. El cerbero, junto a mí, parecía casi tan contento como yo. Me detuve en cuanto me reuní con los hobbits y las gemelas. Mientras que estos me acogieron con expresiones de incredulidad, la Rubia se carcajeó y la Azulada puso los ojos en blanco y se burló:

«¿Este era el collar de huesos que buscábamos, chaval?»

Le devolví una sonrisa radiante.

«Nos has tomado el pelo,» se quejó Yabir, aún asombrado.

Posé al Lobito y me apresuré a ponerle mi pañuelo sobre la cabeza, para que no se lo reconociera por rubio, mientras contestaba:

«Era primero primordial, lo siento. Yo no le dejo al Lobito en ese antro ni por mil coronas. Ahora, vamos a por la gema. Esta vez sin tretas, lo juro. Me acuerdo de dónde me atacaron esos isturbiaos. Y sé dónde viven.»

Zalén, la Rubia, pegó un respingo.

«¿Qué? Pero Dalto nos dijo que no los conocías.»

«No, sí que los conozco,» aseguré. «El problema es que no me acordaba, porque me zamarrearon y me metieron en las narices un producto que me puso la cabeza como una peonza, pero ahora ya me acuerdo. Me acuerdo de todo. ¿Podemos ir arreando? Veréis,» expliqué mientras me ponía en marcha cuesta abajo, alejándome con rapidez del orfanato. «Esos tipos querían que les diese mi dinero. Y una vez que se lo diese, me iban a escachufar. Esos son de lo peor. Se instalaron en el Barrio Negro, pero en realidad vienen de los Gatos. Unos chiflaos. Bueno. Pues eso. No hay más. ¿De verdad los va a escachufar mi hermano?» me emocioné.

Las gemelas intercambiaron una mirada elocuente. Con tiento, Zalén preguntó:

«¿A qué te refieres exactamente con ‘escachufar’?»

Resoplé.

«Rajarlos, espiritarlos, matarlos. A eso,» pronuncié con gravedad. Y señalé una calle para tomar un atajo mientras añadía: «El Cuñao es un asesino.»

Tras un silencio, insistí:

«¿Entonces? ¿Se los va a cargar?»

La Rubia carraspeó y fue la Azulada quien contestó con serenidad:

«Se hará justicia, pequeño. Se hará justicia.»

Me mordí el labio, la miré de reojo y asentí, convencido.

«Bueno.»

Y, así tranquilizado, metí a mi pequeña tropa en los Gatos. Encontré casi enseguida el lugar donde me habían asaltado los del Cuñao, así como el sendero rocoso, pero ahí Yabir no notaba la presencia de huesos de ferilompardo. Descubrimos los huesos de varias ratas, eso sí. Y yo encontré el collar de mi estrella del Daglat. Ya era algo. Le hice un nudo para repararlo, se lo pasé al cuello al Lobito y sonreí mientras el chicuelo inspeccionaba su segundo collar con curiosidad.

«Guárdalo bien, shur. Y a ver si te da más suerte que a mí,» le dije. Vacilé y me giré hacia Yabir. El hobbit tenía los ojos cerrados para concentrarse todo lo posible mientras empuñaba el Orbe. Con timidez, lo interrumpí: «¿Yabir?» El hobbit abrió los ojos. Ladeé la cabeza y pregunté en caéldrico: «¿Por qué buscas esa gema? ¿De verdad es valiosa?»

«Oh.» El hobbit se rascó el cuello, pensativo. «No estoy seguro. La piedra en sí no creo que tenga mucho valor pero… el símbolo energético que está grabado en él… si de verdad es el que creo que había, esa piedra puede ser efectivamente muy valiosa.» Ante mis ojos expectantes, sonrió y apuntó: «No sé cómo ha llegado hasta ti pero… si no me equivoco, esa piedra perteneció a la familia real de la ciudad subterraniense de Hílemplert.»

Pestañeé.

«¿La familia qué?»

«La familia real de Hílemplert. Los reyes que fueron destronados y masacrados hace dos años. Para gran alivio de muchos, hay que decirlo,» carraspeó Yabir. «Hílemplert está a menos de una semana de viaje de Yadibia… así que no puedo negar que yo también me alegrara de la caída de esos tiranos.» Tiró el Orbe al aire y lo recogió al vuelo añadiendo: «La piedra, sin duda, es valiosa… pero sólo para los que saben lo que es. A un joyero de Éstergat no creo que la vendas por más de cuarenta siatos. Yo puedo ofrecerte más por ella. Er…» Puso cara inquieta. «¿Estás bien, muchacho?»

Asentí con el corazón latiéndome a toda prisa.

«R-rabiosamente,» balbuceé.

Inspiré hondo y sentí muy nítidamente la mano del Lobito encajada en la mía. Pensé en esa mujer que había pagado los papeles a Palmafría con el Lobito y la gema. ¿Quién era? No lo sabía, la bruja no lo sabía, pero lo mismo venía de los Subterráneos. Y lo mismo el Lobito llevaba esa gema desde siempre, como yo con la plaquita de metal del valle. Y eso significaba que el Lobito era un rey. Bueno, no, el hijo de unos reyes tiranos subterranienses que habían sido masacrados hacía dos años. La madre. Eso sí que era… Fiambres. Eso sí que era increíble. Por supuesto, eso no lo iba a decir. Jamás. A nadie.

Pero los hobbits lo saben, pensé con un escalofrío. O lo deberían saber si realmente habían espiado mi conversación con Palmafría a través del Ópalo Negro. O bien no habían oído bien, o se habían olvidado, o no lo habían relacionado…

Ante las miradas curiosas de Yabir y Shokinori, carraspeé y me repuse. De nada servía pensar en reyes y carababhuesadas de esas. Bajé la vista hacia el Lobito, le limpié las narices y, alzando los ojos otra vez, hice un gesto vago con la mano.

«A buen seguro el isturbiao se llevó la gema al Barrio Negro. Vamos, conozco un atajo.»

Los conduje a través de las callejuelas del barrio evitando las patrullas de los moscas, llegamos a la bajada del río Tímido y a la frontera con el Barrio Negro. Pensar que me iba a meter en los mismos reinos del Cuñao me llenó de aprensión pero ¡estaba tan bien acompañado! y Yabir parecía tan dispuesto a encontrar esa gema que vencí mis temores, crucé el puente y nos metí entre las chozas del Barrio Negro.

Muy pocas veces había entrado ahí. ¿Para qué? Ahí había tabernas, pero también las había en los Gatos. Había familias obreras, como en los Gatos. Había bandas, mangantes, crápulas como en los Gatos. En fin, que era básicamente como los Gatos, sólo que en mi barrio las familias llevaban viviendo ahí desde hacía varias generaciones mientras que en el Barrio Negro se alojaban extranjeros recién llegados, tasios, vallenatos, plaareños, hombres de las marismas y algunas razas, como los ternians, que nunca habían sido del todo aceptadas como saijits.

Se suponía que Yabir me había contratado como guía, así que al principio fingí caminar con seguridad… Sin embargo, al de un rato de vagar por callejuelas embarradas y llenas de trastos, creí necesario confesar:

«Yo esto ya no lo conozco tan bien.»

Yabir no pareció decepcionado ni sorprendido. Estaba demasiado concentrado con el Orbe para hacerme caso, de todos modos. A decir verdad, los demás tampoco parecían haberme oído. La Rubia observaba su alrededor con expresión entre impactada y apenada. La Azulada escudriñaba los rostros de los habitantes con los que nos cruzábamos, como si adivinara sus secretos más hondos —esa era al menos la impresión que daba cuando te miraba con esos ojos centelleantes. En cuanto a Shokinori y Dakis, parecían estar absortos en una conversación mental. Finalmente, me pregunté si siquiera uno del grupo me había hecho caso. Buaj. Bajé una mirada hacia el Lobito y, viéndolo agotado de andar tanto, me lo subí a los hombros, arrancándole una sonrisa entusiasmada. Ralenticé entonces el ritmo y dejé que Yabir pasara delante. Él, al fin y al cabo, era el que nos guiaba ahora.

Bajamos aún más la cuesta hasta llegar a una zona prácticamente llana aunque igualmente repleta de chozas y mercadillos y con escasos edificios de verdad. Entonces, Yabir se detuvo, se giró y dimos media vuelta, volvió a detenerse al de un rato y resopló.

«Shok, échame una mano, ¿quieres?»

Y le dio el Orbe Malva. Shokinori se concentró a su vez. Tras unos instantes, el hobbit guerrero meneó la cabeza.

«No lo sé. Sé distinguir el morjás de una planta del de un hueso, pero no un hueso de gallina de un hueso de gahodal. No soy un…» me echó una ojeada elocuente y concluyó: «experto.»

Aquello le hizo ladear la cabeza a Yabir y, en un súbito arranque, el joven Baïra recuperó el Orbe y me lo tendió.

«Toma. Intenta tú. Está activado. Mira a ver si consigues algo. Yo estoy perdido.»

La propuesta me dejó anonadado y a la vez encantado. Cogí el Orbe. La última vez que lo había tenido entre las manos en la Fonda, había notado el vínculo hacia el Ópalo Negro, nada más. Esta vez, no noté la presencia de un vínculo, sino de muchos más. Muchísimos. Por lo visto, aquella reliquia se podía activar de diferentes maneras. Una para el Ópalo Negro, otra para buscar huesos. Sonreí al percibir la explosión de morjás proveniente del collar del Lobito. Me concentré y traté de encontrar otras fuentes. Encontré la mía, por supuesto, y la de mis compañeros, pero la de estos era mucho menor. Cuando me fijé en otras reservas de morjás, mi sonrisa se ensanchó. ¡Era tan maravilloso! A mi maestro le habría encantado algo así. Le habría dejado boquiabierto y todo. Pude sentir el morjás de un hueso de pollo, abandonado debajo del barro, el de una carcasa de rata muerta un poco más lejos, el de un… ¿saijit? Me estremecí y miré hacia la dirección apropiada, hacia una casa… No, detrás de esa casa. Invadido por una insana curiosidad, me avancé con el Lobito en los hombros. Al llegar a la esquina, vi un montoncito de tierra justo al pie de la casa. Alguien había dejado recientemente unas flores encima. Una tumba, entendí. Tras tragarme el susto, dejé escapar un resoplido, me giré hacia mis compañeros con una gran sonrisa y exclamé:

«¡Esto es una pasada!»

Me eché a reír, eufórico, posé al Lobito y salí trotando con él por otra callejuela. ¡Cuánto morjás, cuánta comida para mi maestro! Me puse a explorar la zona, arrobado, extasiado por cada descubrimiento. Un anciano sentado en el umbral de su casa me miraba ir y venir con expresión curiosa mientras yo recogía huesos, los desenterraba y los admiraba y, tras enseñárselos a Yabir, me los metía en los bolsillos y continuaba la caza. ¡Era tan maravilloso!

«¡Y este, y este!» exclamé, sacando un enorme tibia carcomido que debía de haber pertenecido a un buey o algo parecido. «¿Lo has visto, Lobito? ¡Mide casi como tú!»

Al cabo, Shokinori intervino con un fuerte carraspeo.

«Muchacho.» Me giré. La Azulada cuchicheaba con Yabir, la Rubia se reía sola por lo bajo y Shokinori me miraba con cara burlona. Este último retomó en caéldrico: «Nunca habría imaginado que un hueso pudiera ser causa de tanto alborozo y me alegro, pero me temo que Yabir no anda buscando patas de buey.»

Por un segundo, me quedé suspenso. Y entonces me carcajeé y asentí, tirando el hueso.

«Pues claro, corriente, ya voy. Voy a por ellos. Ya sé dónde están,» aseguré alzando el Orbe.

Y me puse en marcha. Dakis trotaba a mi lado, los demás me seguían, ¡me sentía el rey de la expedición! Por eso procuré concentrarme y asegurarme de que lo que el Orbe Malva me indicaba eran realmente los huesos de ferilompardo que yo había llevado aquellas dos últimas semanas. Lo eran, estaba seguro, eran hermanos de los huesos que llevaba el Lobito.

Los encontré tirados descuidadamente en el barro, al lado de una gran puerta de almacén. De hecho, ahora estábamos en una zona de almacenes. Me acuclillé, recogí uno a uno los huesos, los conté y asentí. Estaban todos. De modo que… Alcé la vista y eché un vistazo a mi alrededor, súbitamente alerta. Si los huesos estaban ahí, eso significaba que el Cuñao había pasado por ahí con su banda. Retrocedí y dije:

«Estos son los huesos. Pero ni idea de dónde está la gema. Deberíamos marcharnos.»

«No hay nadie,» argumentó Yabir.

Meneé la cabeza y aseguré, nervioso.

«Sí que hay.» Señalé el almacén junto al que había encontrado los huesos. «Ahí dentro hay huesos.»

Yabir hizo una mueca.

«¿Vivos?»

Le eché una curiosa mirada.

«Los huesos viven. Pero no puedo saber si los saijits que hay ahí dentro están vivos. ¿Nos vamos?» insistí.

Me sentía cada vez más nervioso. Aquel lugar estaba desierto y silencioso, el cielo se estaba oscureciendo y estábamos en territorio enemigo. Afirmé con apremio:

«Yo afufo.»

«Espera,» intervino Yabir. «¿Crees que ese Cuñao vive ahí mismo? Esto es un almacén, no una casa.»

Puse los ojos en blanco.

«Tiene muros y tejado. Es una casa. No digo que viva aquí el Cuñao pero fijo que…»

Callé al advertir de pronto una silueta moviéndose entre dos muros. Desapareció detrás de un edificio. Dakis gruñó. No lo aguanté más y repetí en una exclamación ahogada:

«¡Yo afufo!»

Agarré al Lobito y salí corriendo tan rápido como pude. Dakis me adelantó. Corríamos por entre los almacenes, de espaldas a la Roca, de suerte que en unos minutos topé al fin con la calle más baja del Barrio Negro, junto al único templo del barrio y el Puente Rida. Esa zona estaba ya iluminada por faroles, había gente andando y, aunque no me sentí mucho más a salvo, me relajé, recuperé el aliento y posé al Lobito al llegar ante el puente.

«¿Sosque se han metido los demás?» mascullé, echando un vistazo inquieto atrás.

Dakis agitó el rabo. No parecía muy preocupado. Me rasqué la cabeza, oteando a través de la oscuridad creciente. Tal vez el cerbero tuviera razón con no preocuparse, pensé entonces. Al fin y al cabo, tanto los hobbits como las gemelas eran celmistas, magos poderosos, y —salvo Yabir— todos llevaban armas. Me mordí el labio y murmuré:

«No soy un gallina, ¿verdad?» Me giré hacia el cerbero y repetí: «¿Verdad?»

El cerbero, por supuesto, no contestó. Me hubiera gustado poder oír sus pensamientos por bréjica. Por desgracia, yo de esas artes mentales no tenía ni idea.

Meneé la cabeza y seguí esperando, cada vez más nervioso. Entonces, vi aparecer a Shokinori corriendo. Supo enseguida dónde estábamos, se dirigió directamente hacia nosotros y soltó en caéldrico:

«¡Muchacho! Ve corriendo a la Plaza de Luna a ver si encuentras a Kakzail y dile que llame a la policía.»

Agrandé los ojos, muriéndome de curiosidad.

«¿Qué ha…?»

«¡Ve!» me cortó Shokinori. «Os espero aquí.»

Dejando al Lobito a su cuidado, salí disparado, crucé el pequeño puente y recorrí el Camino del Puerto tan rápido como pude. ¿Por qué fiambres Shokinori quería que mi hermano llamara a la policía? ¿Habría pasado algo malo? No tuve tiempo de inquietarme de veras. Pasé ante el Hipódromo animado, evité las carrozas y los mangaplatas que paseaban, y, finalmente, llegué a la Plaza de Luna sin resuello y, girando la cabeza en todos los sentidos, busqué a los gladiadores. Para alivio mío, no tardé en avistarlos, en medio de la plaza. Iban armados igual que la primera vez que los había visto, en El Cajón. Ni uno llevaba uniforme de mosca. También estaba el alquimista, comiendo un bollo de pinta exquisita. Hablaban tranquilamente entre ellos: los interrumpí llegando en trombas.

«¡Dice Shokinori que llaméis a la policía!»

Por un segundo, los cuatro hombres se quedaron suspensos. Entonces, Kakzail se puso nervioso como una pulga.

«¿Qué ha pasado?»

«No lo sé,» admití. «He encontrado los huesos en los almacenes del Barrio Negro. Pero, entonces, Shokinori me ha dicho que te diga que llames a la policía.»

Mi hermano resopló y, tragándose con visible dificultad las preguntas, lanzó con premura:

«Vamos.»

Se precipitó hacia la comisaría que había en la plaza y yo ralenticé para quedarme fuera mientras Dalto y Kakzail entraban. Aguardé con Sarpas y el alquimista. El gigante me dedicó una mueca inquieta.

«¿Zoria y Zalén tienen problemas?» preguntó.

Me encogí de hombros.

«No lo sé. Es que… es que afufé antes con el Lobito y Dakis, y Shokinori vino después. Pero no se lo digas a mi hermano. Yo no soy un cobarde,» aseguré.

Sarpas esbozó una sonrisa y meneó la cabeza sin contestar. El alquimista puso los ojos en blanco y acabó su bollo antes de afirmar:

«Lo creo. Si lo fueras, no te habrías metido en la mina a salvarme como un héroe. Qué tiempos aquellos, ¿eh?» sonrió.

Las palabras del gnomo fueron para mí curiosamente reconfortantes. Porque eran ciertas. Yo, Mor-eldal, no era un cobarde: era un guako prudente. Mi maestro habría estado orgulloso de mí: ¡por una vez había sido prudente!

Instantes más tarde, salían de la comisaría Kakzail y Dalto seguidos de tres moscas y, por cómo hablaban con uno de ellos, deduje que este era un amigo. Se subieron a un carruaje a toda prisa y, para consternación mía, vi el momento en que se iban a olvidar completamente de mí. Entonces, Kakzail me echó una ojeada y gruñó.

«Sube, vamos, rápido.»

Me subí con una mezcla de excitación y horror. Excitación porque finalmente no me veía dejado a un lado; horror porque la última vez que me había subido a un coche de moscas había sido con destino al Clavel. Los caballos se pusieron al trote rápido antes de que lograra encontrar un sitio y, finalmente, perdí el equilibrio y caí sobre el regazo de Sarpas. Kakzail me impidió levantarme.

«Aquí estás perfecto. Dime, ¿les ha ocurrido algo a Zoria y Zalén?»

«Que digo que no lo sé,» repetí. «Yo no vi nada. Shokinori vino hasta el Puente Rida. Ahí nos espera. A mí tampoco me ha explicado nada.»

«Se suponía que no debían meterse en problemas,» masculló Kakzail.

El tráfico en el Camino del Puerto lo puso de un humor aún más negro. Y gruñía: cómo les haya ocurrido algo, me vuelvo loco, de verdad que me vuelvo loco, ¡pero apartaos! ¡Policía! ¡Esto es urgente! Cosas del estilo soltaba mi hermano. Por suerte, siendo un coche de moscas, las carrozas se apartaban y pronto cruzamos el Puente Rida. Shokinori nos acogió diciendo en drionsano con un horrible acento:

«¡Por favor, seguidme!»

Me apeé de un salto, recuperé al Lobito y, esta vez sí, los gladiadores y los moscas se olvidaron completamente de mí. El que parecía ser el jefe mosca interpeló a una pareja de guardias de la calle principal para reclamarlos como refuerzos y los ocho guerreros desaparecieron Barrio Negro adentro, siguiendo al hobbit. Tan sólo el alquimista se quedó en el carruaje de policía con el conductor. Pero yo me moría de curiosidad y no pude quedarme a esperar ahí. Por eso, salí corriendo tras los guerreros con el Lobito en brazos. Traté de no dejarme distanciar, pero no era fácil. El único que parecía hacerme un poco de caso era Dakis. El cerbero me seguía como mi sombra entre el entresijo de casas, trastos y lonjas.

Cuando llegué ante el almacén donde había encontrado los huesos, oí la voz barítona y sarcástica del jefe mosca adentro del edificio.

«¿Con que no sabíais que era ilegal, eh? Lo siento, joven, pero no me lo trago. Permíteme recordarte que ignorar la ley no exime de su cumplimiento. ¿Dónde está vuestro cabecilla?» ladró.

Me detuve junto a la puerta entornada y asomé la cabeza. Una viva luz armónica iluminaba todo el interior. Este estaba lleno de tiestos con plantas. Dientepasión sin duda. Y un joven de unos quince años junto a un muchacho de mi edad se encontraban arrodillados con las manos detrás de la cabeza mientras los moscas inspeccionaban el lugar y el jefe los interrogaba. Kakzail cuchicheaba animadamente con la Azulada y esta parecía estar burlándose de sus inquietudes.

De pronto, la Rubia apartó los ojos de su sortilegio de luz y se giró hacia mí.

«¡Draen! Entra, entra. Dime, ¿reconoces a alguno de estos?»

No me moví de sitio. Estaba aterrado ante la idea de meterme a identificar culpables. ¿Yo, un guako, iba a bufar a los moscas? Eso hubiera sido un golpe mortal a mi dignidad, incluso tratándose de una banda enemiga. Me crucé con la mirada del joven traficante y lo vi agrandar los ojos. Me había reconocido. Eso significaba que sin duda pertenecía a la banda del Cuñao, había estado en la reyerta de la Calle del Despeñadero y… quizá también hubiese estado presente cuando me habían «decorado». Sin embargo, yo no lo reconocí y me apresuré a decir:

«No, señorita.»

Iba a retroceder, pero Dalto me agarró del brazo y me metió adentro.

«No te escaquees. Esto es importante. ¿De verdad no los reconoces? ¿Ninguno de ellos es de esa banda que te atacó?»

Me mordisqueé el labio y negué con la cabeza. ¿Por qué mentía? Por dignidad. Porque sabía que ni el joven ni el chaval habían sido los que me habían decorado. Tal vez lo hubieran visto. Pero no lo habían hecho. Y esa era una diferencia esencial. Yo quería ver muerto al Cuñao, no a unos guakos que sin más trabajaban para él regando plantas. Por eso, viendo que iban camino del trullo, quise echarles una mano.

«Esos son esclavos del Cuñao fijo,» dije. «Ellos no tienen la culpa. Lo de las plantas, fijo que no sabían. Yo tampoco sabía hasta hace poco que era ilegal. Por aquí, no se sabe mucho de leyes,» expliqué. «Porque no nos enseñan.»

El jefe mosca me contemplaba con una mirada sombría mientras, a unos escasos pasos de mí, Kakzail espiraba y murmuraba un:

«Lo que faltaba.»

Los dos jóvenes traficantes me miraban, esperanzados. El menor exclamó:

«¡Es cierto! No sabíamos nada. No sabíamos nada de nada. ¡Estábamos encerrados!»

El jefe mosca le dio una colleja.

«Ya basta de burlas,» le gruñó. «Para que quede claro, ignorar la ley no exime de su cumplimiento. Y ahora andando.»

Los forzaron a levantarse y, mientras estos salían, oí al jefe mosca comentarle a Kakzail con tono burlón:

«Finalmente, tu querida reina estaba estupendamente, ¿eh? Cazando traficantes, espada en alto. Y menudos traficantes: ¡un almacén entero, nada menos! Tal vez deberíamos contratarla…»

«Ni se te ocurra,» replicó Kakzail. «Somos un grupo de mercenarios: se nos contrata en grupo.»

El mosca sonrió, divertido, le palmeó el hombro y se alejó a ocuparse del asunto pendiente. Pasó cerca de mí y me echó una mirada de esas que parecían decir: tienes suerte esta vez, bribón, pero como te pille… Me agarré más fuerte al Lobito y me alejé hasta la Rubia.

«¿Y la gema?» inquirí.

La maga meneó la cabeza con dulzura.

«Me temo que la encontraremos antes preguntando a todas las joyerías de Éstergat. Esos desdichados decían que no sabían nada,» comentó, echando una mirada afuera.

Y, apoyando una mano en mi hombro con un gesto casi tan maternal como Taka, me empujó suavemente hacia la salida. Ahí en la calle, todo estaba oscuro y no había nadie. No se había acercado ni un curioso por miedo a ser interrogado. Guiados por Dakis, tomamos la dirección de la calle principal siguiendo de lejos a los arrestados y, en camino, Zalén me murmuró:

«¿Por qué los has defendido?»

Su tono de voz reflejaba curiosidad. Me encogí de hombros sin saber qué contestar y ella se burló amablemente:

«¿Tal vez finalmente ‘escachufar’ sea un remedio demasiado drástico?»

Alcé unos ojos curiosos hacia ella.

«¿Qué significa drástico?»

«Mm… radical, violento,» explicó la maga con serenidad.

Asentí, pensativo, pero discrepé:

«No para el Cuñao. Ese es igual que el Bravo Negro. Si vuelve a atacarme, le meto una que se la van a recordar sus ancestros.»

Caminamos unos instantes en silencio. Yo estaba ya pensando en el hambre creciente que habitaba mi estómago cuando la Rubia preguntó:

«¿De verdad serías capaz de hacerlo con sangre fría, pequeño? Quitarle la vida a alguien. Destruir una mente. Es algo horrible.»

Sus palabras susurrantes me pusieron la carne de gallina, fruncí el ceño, incómodo, y, al cabo, recordé cómo el Cuñao le había lanzado al Raudo aquella bola explosiva. De haberse activado en mi mano, me habría escachufado. ¿Cómo podía el Cuñao haber aceptado hacer algo así? Era horrible. Sí, era horrible. Con el corazón encogido, farfullé muy por lo bajo:

«Es que tengo miedo, señorita.»

«¿Cómo dices?» preguntó la Rubia.

No me había oído. Suspiré.

«Nada. Que… que tengo hambre, señorita.»

Percibí la media sonrisa de la Rubia, iluminada ya por los faroles de la calle principal. Alzó una mano hacia el alquimista que nos esperaba junto a los policías, enfrascado en una conversación con el conductor, y contestó:

«Eso se puede arreglar. Hay una taberna justo ahí, después del Puente Rida. Dan comida bastante buena. En cuanto lleguen los demás, nos vamos para allá. ¿Te parece?»

Sonreí y asentí.

«Sí, señorita. Muchas gracias. ¿Le invita también al Lobito?»

Eso, natural, daba a entender que a mí también me invitaba gratis… ¿verdad? La sonrisa de Zalén se ensanchó.

«Por supuesto.»

No tardaron en llegar los gladiadores, la Azulada y los hobbits. Aceptaron enseguida la idea de ir a cenar a la taberna elegida por Zalén y, como todos hablaban animadamente en camino, los seguí apenas escuchándolos y arrastrando al Lobito detrás. Este aún tenía al Maestro consigo, para alegría mía pues tener que volver a fabricarle el muñeco me habría costado toda una mañana, sobre todo para buscar los huesos, a menos que…

Me mordí el labio, recordando algo: seguía teniendo el Orbe Malva metido en el bolsillo, entre mi reserva de huesos. Lo saqué discretamente mientras caminaba detrás de los mayores y lo inspeccioné. Ya no señalaba vínculos. ¿Cómo se activaba? Si tan sólo supiese cómo hacerlo… Pero, fiambres, si Yabir sabía, ¿cómo no lo iba a conseguir un nigromante, eh?

Así animado, me concentré, tanteé el complejo trazado y toqué los hilos un poco al tuntún. Oí de pronto un resoplido y Shokinori volteó. Se había llevado una mano al cuello —¿donde guardaba el Ópalo Negro, tal vez?— y tendió la otra mano hacia mí.

«Devuelve eso, muchacho.»

Estábamos ya casi ante la taberna, un bonito edificio luminoso de mangaplatas. Me detuve y contemplé la mano del hobbit, molesto. No pude evitar hacerme el tonto.

«¿Que devuelva el qué?» pregunté.

Yabir se giró a su vez y carraspeó al entender el problema.

«No es tuyo, hijo. Ese Orbe pertenece a la Gran Biblioteca de Yadibia.»

Me ensombrecí. No era justo. El Orbe Malva había sido fabricado por un nakrús, un nigromante, y era lógico que estuviera en posesión de otro nigromante, ¿no? Tal vez viendo en mi cara que buscaba argumentos, Shokinori insistió tendiendo la mano. Mi hermano siseó.

«Ashig. Devuelve eso.»

Miré al barbudo a los ojos y, como vi que se acercaba, devolví la piedra malva a Shokinori. Se me rompió el corazón. Y se me empañaron los ojos, pero me tragué las lágrimas, apreté los dientes y… no lo aguanté, recogí al Lobito y me fui.

No me persiguieron enseguida y pensé, por un momento, que en realidad les importaba un cuerno lo que hiciera con mi vida. Les había ayudado a buscar los huesos, y ya no podía ayudarlos. Así que me olvidaban. Lo de siempre, ¿verdad? Pero, entonces, cuando ya estaba subiendo la cuesta del Hipódromo hacia la Calle del Despeñadero, Kakzail me alcanzó.

«Draen.»

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre de verdad. Bueno, más bien el nombre con el que todos salvo él y Samfen me llamaban. Posé al Lobito, me giré y miré a mi hermano acercarse entre las sombras. La luz de un farol distante me permitió ver su semblante, pero no conseguí adivinar gran cosa sobre su estado de ánimo.

«Te dije: si te vas con esa banda, adiós familia. ¿Recuerdas?» preguntó.

Asentí mecánicamente. Oía el rumor del río Tímido bajar la Roca, así como las voces lejanas en el Camino del Puerto. Y la brisa invernal que me arrancaba escalofríos. Y una campana. Una carcajada sorda… Y un suspiro. El de mi hermano.

«Rectifico,» dijo entonces. «Puedes irte ahora. Voy a darte un día. Un día para que decidas. Si mañana a la noche no has venido a verme, nuestros padres, Skelrog… y yo dejaremos de hacer cualquier esfuerzo por ti. Padre mandará a la policía que te arresten si te ven, dando una descripción sobre ti, como lo manda la ley, pero no irás a la barbería ni a una escuela: irás al depósito. Como cualquier guako vagabundo.» Marcó una pausa y añadió: «Si vienes mañana, si confías en mí, te trataré como a un hermano, haré todo lo que esté en mis manos, y Padre y Madre también.»

Negué la cabeza y protesté:

«Dijiste que me mandarían a un centro juvenil. Eso no es tratarme como a los demás. No quiero que me encierren. No estoy loco. No soy un asesino.»

Callé como Kakzail se agachaba ante mí y aseguraba:

«Y nadie piensa que estés loco, Ashig. Simplemente… aún te falta aprender mucho y nuestros padres no pueden dedicarte todo el tiempo que necesitas. Trabajan. Tienen que alimentar a la familia. Por eso piensan que lo mejor para ti es que aprendas la buena conducta en un centro especializado. Durante unas pocas lunas tal vez, no más, hasta que los profesores piensen que has dejado las malas manías atrás. Créeme, chaval. Nuestros padres sólo quieren lo mejor para sus hijos. Todos sus hijos. Incluido tú. Si no consiguen darte un futuro, no será por culpa de ellos. ¿Me entiendes?»

Tragué saliva y volví a asentir. Kakzail carraspeó.

«Tengo la impresión de que, si te dejo ir ahora, no vas a volver… Pero he decidido confiar en ti. Ya no eres un crío. Espero que sepas elegir correctamente. Elijas lo que elijas… no podrás volver atrás.» Marcó una pausa y se incorporó añadiendo: «Piénsalo bien, Ashig. Piénsalo. Ya sabes que yo soy muy malo para dar charlas, así que… sólo te digo que me entristecería mucho que no vinieras a verme mañana.»

Me palmeó el hombro, me dedicó una sonrisa ladeada y, sin más, me dio la espalda y se alejó. Y yo seguía tan callado como una tapia. Sin embargo, en mi interior, se libraba una batalla de mil demonios. Mis compadres contra mi familia. Mi presente contra mi futuro. Qué complicado sonaba eso, ¿eh? Pero era exactamente eso.

Me alejé cuesta arriba y el Lobito me siguió. Caminaba arrastrando los pies, como si estuviera arrastrando alguna pesada cadena. Al cabo, llegué a la Calle del Despeñadero y me acurruqué al pie del bordecillo de piedra que daba al barranco. Sin pensarlo siquiera, agarré al Lobito y este, que al contrario que yo era muy calmado, se sentó obediente junto a mí. Entonces, hundí la cabeza entre mis brazos y cerré los ojos con la cabeza en fuego. ¡Kakzail era tan bueno! Y Samfen lo era también. Y Skelrog, el maestro. Por deducción, mis padres también tenían que serlo. Y los demás. Toda mi familia era buena gente. ¡Y querían que aprendiese, me ofrecían un futuro! Y, cuanto más lo pensaba, más corrían las lágrimas por mis mejillas. Porque mis compadres, ellos, también eran buena gente. Y ellos eran toda la familia que había tenido hasta ahora, quitando a Yal y a Rolg. Eran mis hermanos. La sola idea de dejar para siempre a Manras y a Dil, al Sacerdote, al Bailador… me desgarraba por dentro. Corriente, Kakzail decía que se iba a sentir triste si yo no aparecía mañana por su casa, ¡pero ahora yo me sentía mucho peor que eso! Porque no sabía qué hacer, porque hiciera lo que hiciera se me iba a ir la felicidad al traste.

El Lobito se inquietaba por mí e intentaba hacerme jugar con el Maestro, en vano. Yo no levantaba cabeza. De pronto, sentí una nariz fría y un aliento de perro y, sin mirar siquiera a Dakis, me arrodillé, le abracé el cuello y seguí llorando.

“Deja de llorar, Mor-eldal. No sirve de nada.”

La voz de mi maestro nakrús resonaba en mi cabeza. Era tan nítida que, por un momento, pensé que era el cerbero de brumas el que me hablaba. Pero no, eran las armonías. Era mi maldita cabeza que me hacía jugarretas otra vez.

«Estoy perdido, Dakis,» sollocé. «¿Por qué la gente siempre te pide que elijas entre dos cosas? ¿Por qué no se puede vivir sin elegir? Odio elegir,» tartamudeé.

Estaba perdido. Deseaba marchame, dejar todo aquello e ir a… ir a… Una idea afloró y me tranquilicé casi de súbito. Me encantó la idea. Me embelesó. No conseguía llegar a una conclusión, entonces ¿por qué no pedir consejo? Y sólo conocía a una persona que podía darme el consejo ideal.

Me aparté del cerbero y me limpié los ojos, sonriente. Había encontrado la solución. Eché una ojeada al Maestro con el que el Lobito jugaba y espiré de alivio.

«Voy a volver a casa.»