Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

7 Juego de venganzas

No grité. Eso no significaba que tuviera muchas esperanzas de que fueran a dejarme con vida. No les veía el rostro a través del embozo y las capuchas, pero algo me decía que esos tipos me conocían y que habían ido a por mí expresamente. ¿Sería el Albino, que me había visto hablarle a Lowen Frashluc y venía a aplicar la amenaza? No, parecía más bien ser el… Jadeé:

«¿El Cuñao?»

El que me amenazaba con la navaja confirmó:

«Muy cabal. Y tú eres el sucio mago Daganegra que nos chafó el explosivo.»

No lo negué. Me desarmaron, me quitaron el pan y el queso y me hicieron los bolsillos. Yo buscaba desesperadamente al Lobito con la mirada, pero me habían ido arrastrando por la callejuela y mis captores, junto con las sombras de la noche, me impidieron ver nada. Bueno, casi era mejor que nadie se fijara en el chicuelo…

Me metieron por un sendero irregular entre el muro ciego de una casa y la pared rocosa de la montaña. No salimos de ahí. Pese a que había consumido bastante mi tallo energético aquella tarde para reparar la cabeza de Manras, acumulé energía mórtica, la reuní con gran empeño… pero ¿para qué fiambres? No habría conseguido más que confirmar que era un sucio mago, habría aturdido a uno, habría sobresaltado a los demás y me habrían rajado la garganta sin esperar. Porque, pese a haberle dicho a Korther que no sabía si sería capaz de matar con una descarga mórtica pues… en el fondo, yo tenía casi la certidumbre de que no, no podía. Warok había muerto de sobredosis, no por mi descarga.

Me arrinconaron contra el muro y el de la navaja —probablemente el Cuñao— enseguida me agarró de nuevo.

«Conocemos el misterio de la riqueza del Raudo,» me murmuró echándome su aliento a la cara. «Al parecer, recibiste una bonita suma de dinero. Si quieres vivir, vas a tener que decirnos dónde escondes el botín.»

Se apartó y me dio entonces un rodillazo en pleno estómago. Me doblegué con un grito ahogado.

«Silencio,» ordenó.

Apreté los labios. Bueno, así que todo esto era por el dinero. Por robárselo a la banda, por vengarse tal vez, pero también simple y llanamente por el dinero. Lo malo era que, si les decía la verdad, lo mismo me escachufaban luego. Un compañero suyo me irguió de nuevo y yo tartamudeé:

«Lo tiene el Raudo. Para cogerlo, tendrás que…»

Recibí una bofetada. Escupí un diente. Un diente de leche, por suerte. Uno de los pocos que me quedaban. Entonces, el Cuñao dijo:

«Quitadle las botas.»

Uno me las quitó, las sacudió y emitió una risita.

«¿Esto son dorados o me engañan mis ojos?»

Había seis en total. Las demás, estaban en mi gorra. Las encontraron, cómo no, y me la destrozaron a navajazos. Y, tal vez esperando pescar más, me quitaron el abrigo y me lo destrozaron también. Al no dar con más siatos, el Cuñao volvió a interesarse por mí.

«¿Y bien, dónde está el resto? Sin tretas,» me advirtió.

Y, de un navajazo, me arrancó todos mis collares. Aquello, más que mi abrigo destrozado, me atascó la garganta de aflicción y fui incapaz de contestar.

«Decóralo,» soltó entonces el Cuñao.

No entendí qué significaba eso de que me decorasen hasta que uno de ellos comenzó a diñarme cuchilladas superficiales en los brazos. El Cuñao se puso a silbar suavemente.

«Sosque está, chaval, sosque está,» me recordó con una calma que me dio escalofríos.

Al fin, recuperé el poder del habla y gemí:

«¡Voy a decirlo, voy a decirlo, pero no me escachuféis…! Yo no maté a nadie de vuestro clan. Ha… hace daño,» sollocé.

El Cuñao le apartó al acuchillador y me agarró de la barbilla para levantarla. Su mano estaba enguantada. Con qué gusto se la habría mordido con todos mis dientes. Con qué gusto habría acuchillado a ese asesino ambicioso que había querido linchar al Raudo la luna pasada… Sus dedos me apretaron las mejillas mientras me susurraba:

«No voy a matarte si me dices dónde está el tesoro y abandonas a la banda del Raudo.»

Tragué saliva, cerré los ojos, volví a abrirlos y murmuré:

«Está en la Cripta.»

Hubo un breve silencio.

«¿Qué cripta?» replicó el Cuñao.

«La Cripta,» repetí.

Hubo otro silencio, seguido de un resoplido incrédulo.

«¿El bosque? ¿Me estás diciendo que te fuiste hasta la Cripta para esconder el dinero? La madre. ¿Cuánto hay?» interrogó.

No vi razón alguna para mentirle.

«Veinte blancas.»

El Cuñao emitió un gruñido.

«¿Sólo?»

Esta vez, fui yo el que resopló de incredulidad.

«¿Cómo que sólo? Son cuatrocientos do…»

Mi cabeza golpeó contra la piedra. Vaya. El Cuñao siseó:

«Ya sé hacer mis cálculos, idiota. La Cripta es enorme. ¿Dónde metiste el dinero? ¿En el borde?»

Negué con la cabeza.

«Más adentro,» mentí. «A mí no me asustan los bosques. No lo encontraréis nunca.»

«Pues natural,» ironizó el Cuñao. «Bekel. Amánsalo.»

Me alarmé. ¿Como que me amansara? Lo comprendí cuando un tipo me empotró un trapo en las narices. ¿Respiro? ¿No respiro? Al final, natural, tuve que respirar. Los ojos, la garganta y los pulmones me ardieron. Con pánico, protesté:

«Dijiste que no me ibas a matar.»

«Y no lo he hecho, idiota,» me replicó el Cuñao.

Como un terrible mareo me invadía, me derrumbé. Antes de sumirme en la inconsciencia, lo oí añadir burlonamente un:

«Aún.»

* * *

Desperté con un ¡bong! metálico igualito al de la mina y creí sacar de pronto la cabeza de la espuma vampírica, amodorrado y vaciado de mis energías. Tenía al Lobito dormido encima, había ruidos de voces y la cabeza me daba vueltas. Aturdido, mareado, me enderecé empujando al chicuelo con suavidad y traté de situarme.

Me encontraba en una sala llena de escritorios y gente que pasaba con cara atareada. Moscas. ¡Eran moscas!

Pestañeé, atónito. No recordaba cómo había llegado ahí. No recordaba nada de nada. No, sí, me dije. Recordaba que le había comprado una naranja al Lobito, y este ya no la tenía. Pero eso no tenía importancia. No estando nada menos que en una comisaría.

Lo más increíble era que no estaba detrás de los barrotes: simplemente me habían dejado ahí tumbado, junto a una pared, como si no hubieran sabido qué hacer conmigo.

Tan desconcertado estaba que, por hacer algo, me dediqué a despertar el morjás del Lobito. Ya no lo necesitaba, normalmente, porque con el morjás que aspiraba del Maestro y de su collar, tenía morjás despierto de sobra pero… De pronto, fruncí el ceño y bajé la mirada buscando mis… ¡collares! No estaban. ¿Me los habrían espiantado los moscas? No lo recordaba. Mi mente no funcionaba correctamente. Decidí no ponerme nervioso, me serené y alcé la vista hacia los uniformados. Estos pasaban sin verme, algunos me echaban tan sólo una ojeada. Nadie me hacía caso. Bueno. Pues lo mismo es que podía salir, entonces.

Recogí al Lobito dormido y di unos pasos hacia una puerta abierta. Iba descalzo. Antes tenía botas. ¿Dónde estaban mis botas? Y mi abrigo, recordé. También tenía abrigo. Lo que sí que tenía ahora eran vendas en los brazos. ¿Por qué me habrían vendado los brazos? Había sangre en las camisas. Debía de haberme caído por algún sitio o…

Cuanto más intentaba recordar, más me daba cuenta de que mis esfuerzos eran inútiles y dejé de intentarlo. Me fijé entonces en dos moscas que me miraban. Seguí avanzando, pero con ese andar de cangrejo cauteloso que no sabe muy bien hasta qué punto está autorizado a moverse.

Entonces, uno de los moscas, un caito pelirrojo, se acercó y me cortó el paso.

«Muchacho, me gustaría hacerte unas preguntas. Si no te importa,» dijo, señalándome una silla.

Atontado como estaba, no reaccioné enseguida y él me empujó suavemente hasta el asiento. Me instalé sin soltar al Lobito y el mosca se sentó sobre el borde del escritorio que había justo delante. Me miró con cara amigable.

«Te hemos rescatado de un buen lío, muchacho. Unos canallas te estaban transportando en un saco de harina. No sé qué querían hacer contigo, pero nada bueno, me temo. Por desgracia, huyeron antes de que pudiéramos ponerles la mano encima.»

Marcó una pausa. Yo trataba de recordar… ¿Un saco de harina? En mi vida recordaba haber sido metido en un saco de harina. El mosca retomó:

«¿Sabes quiénes te atacaron? ¿Hablaste con ellos?»

Fruncí el ceño y negué con la cabeza.

«¿No hablaste con ellos?»

Me encogí de hombros y bajé la mirada hacia el Lobito. Me pesaba la cabeza como una roca… El mosca resopló.

«¿No te habrás quedado mudo como el chiquillo, verdad?»

Tragué saliva y, al fin, murmuré un:

«No, señor.»

«Bueno,» se alegró el caito. «Entonces dime, ¿qué pasó?»

Pestañeé. ¿Por qué ese mosca me pedía precisamente lo que no sabía?

«No sé, señor, no sé lo que pasó,» contesté.

Sabía que, por defecto, debería haber estado asustado y tenso al ser interrogado por un mosca. Sin embargo, curiosamente, me sentía relajado. ¿Tal vez porque no me culpaban de nada? A menos que fuera porque ese mosca realmente tenía cara simpática. O bien porque había recibido algún golpe en la cabeza y me había vuelto idiota. Idiota, me repetí, sobrecogido. Alguien me había llamado así hacía no mucho tiempo, ¿verdad? Y el golpe de cabeza, sí, eso también me sonaba de algo… Manras había recibido un golpe en el cráneo haciendo el isturbiao.

«De modo que no sabes quiénes te atacaron,» concluyó el caito pelirrojo.

Negué otra vez con la cabeza y pregunté:

«¿Puedo irme ahora?»

La mueca del mosca me dio mala espina y esta vez sí que me tensé un poco. Suspiré.

«¿Me habéis aferrao?»

«No que yo sepa. ¿Tengo razones para hacerlo?» replicó el mosca.

Fruncí el ceño y negué de nuevo con la cabeza, poniéndole cara de: no, señor agente, yo estoy limpio como un recién nacido. El caito espiró con aire cansado.

«No me reconoces, pero sé quién eres, pequeño. Eres el hermanito de Kakz. Verás, se me acaba el turno dentro de media hora y, después de esta media hora, vas a acompañarme. Mientras tanto, te quedas aquí e intentas acordarte de esos tipos que te atacaron. Si sabes quiénes son, no sirve de nada encubrirlos.»

Lo miré con expresión desconcertada mientras el mosca se alejaba. ¿Pero quién fiambres era ese? Era cierto que ahora que lo decía me resultaba familiar. Pero no conseguí caer en la cuenta. ¡Me sentía tan perdido!

Menos mal que tenía al Lobito. No es que el chicuelo fuera a orientarme mucho, pero con él por lo menos no estaba solo. Reconfortado por este pensamiento, me quedé dormido ahí, sentado en la silla, vencido por una profunda modorra.

Cuando desperté de nuevo, supe enseguida que ya no estaba en la comisaría. Maldita la manía que tenía la gente con moverme de sitio. Bostecé y… me encontré con los grandes ojos verdes de Dakis. ¡La madre que lo…! Me enderecé bruscamente, espantado, e iba a retroceder cuando recordé que había decidido que el cerbero era un amigo. Tragué saliva y murmuré:

«Salú.»

El cerbero me sonrió. Alcé la vista hacia el salón, los sofás y la mesa llena de artilugios. Había gente ahí. Yabir y Shokinori, así como la Azulada, la Rubia, el alquimista, Kakzail, el gigantón con tatuajes y… el caito pelirrojo. Por supuesto. El mosca ese era uno de los dos compañeros gladiadores de mi hermano mayor.

Ocho personas en total. Eran muchas personas, pero no encontré a la que buscaba. Me levanté, paseé la mirada por toda la habitación y, sin escuchar ni una palabra de la conversación que tenían los mayores, comencé a agitarme, miré debajo de un armario, debajo de un sofá y, durante todas mis exploraciones, Dakis me siguió con curiosidad. Al cabo, tal vez viendo mi creciente desazón, Kakzail preguntó con un resoplido:

«¿Qué te pasa ahora?»

Me giré hacia mi hermano con gran turbación.

«El Lobito,» farfullé. «¿Sosque está?»

«¿Quién?» inquirió Kakzail, perplejo.

Entonces, lo miré con horror.

«¡El Lobito!» repetí golpeando el respaldo del sofá. «¡Me habéis quitado al Lobito! ¡Lo habéis abandonao!»

No podía creerlo. ¡Me habían quitado al Lobito! El pánico me paralizaba. Fue el caito pelirrojo quien intervino:

«Creo que habla del chicuelo que vino luego, cuando esos sinvergüenzas lo abandonaron y se dieron a la fuga. Tranquilo, muchacho. Nadie ha abandonado a tu pequeño amigo. Lo meterán en un orfanato y buscarán a su familia si tiene. No hay razón para sulfurarse,» aseguró.

¿Que no había razón para sulfurarme? ¡Y un cuerno! Me abalancé hacia la puerta. No fue Dakis quien me impidió llegar hasta ella, sino Kakzail. Mi hermano me agarró del brazo y me siseó:

«Ni se te ocurra mandarme tu descarga de magia negra.»

Agrandé los ojos y le hice caso: no le mandé ninguna descarga. Pero forcejeé como un diablo. Utilicé varias técnicas que me había enseñado mi primo y otras que me habían enseñado mis compadres y otros Gatos… Ninguna funcionó del todo. Acabé con las muñecas prisioneras detrás de la espalda.

«Desde luego no hace falta preguntarle si está bajo de fuerzas,» lanzó el alquimista, riendo, desde un sofá. «¡Qué sería si se bebiera una poción de energía!»

«Mejor será no probar,» resopló Yabir.

Los miré a ambos con el ceño fruncido. Un momento, ¿cómo es que los hobbits conocían al alquimista? Kakzail me agarró del pescuezo con una mano y me lanzó:

«¿Vas a estarte quieto?»

Asentí. Qué remedio. El barbudo me soltó y añadió con aspereza:

«Piensa que, si no hubiera estado Dalto esta noche para salvarte, probablemente a estas horas estarías muerto.»

Fruncí el entrecejo y le eché una ojeada al caito pelirrojo. Luego me fijé en la luz que entraba por las ventanas. Era luz del día. De modo que me había pasado toda la noche durmiendo. ¡Y el Lobito a saber dónde estaba ahora!

Alcé una mirada de desafío hacia mi hermano. Sin embargo, al cruzarme con su expresión cerrada, recordé lo de la descarga mórtica y la jugarreta que le había hecho el Bor hacía media luna y juzgué prudente cambiar de actitud. Y como no estaba de humor para decirle «¡salú, hermano, qué bueno verte!» y menos para decirle «lo siento», callé y me dediqué a inspeccionar los vendajes de mis brazos. Se me habían deshecho algunos durante el forcejeo y, al ver los cortes, quedé sobrecogido. Esos cortes… sabía quién me los había hecho, ¿verdad? No habían sido los moscas. Ellos insultaban, daban palizas, te metían detrás de los barrotes, pero no te decoraban. No te decoraban, me repetí, aturdido. Una impresión de angustia me invadió. Decóralo, había dicho uno. Y me habían decorado con la navaja. Sí, ¿pero quiénes? No lo sabía y eso era lo que más me perturbaba.

«Hey… ¿Te encuentras bien?» preguntó Kakzail observándome con el ceño fruncido.

Los demás hablaban pero sus voces sonaban a mis oídos como sílabas desarticuladas. Espabilé, me centré y asentí en silencio. Tal vez viéndome poco comunicativo, Kakzail resopló y, sin una palabra, se alejó por la habitación. Deslicé una ojeada hacia la puerta, suspiré y, al desviar la mirada otra vez hacia los presentes, me topé con los ojos centelleantes de la Azulada. Me tensé y, entendiendo que mi hermano esperaba algo de mí antes de devolverme la libertad, rodeé los sofás mientras Dessari Wayam hablaba de no sé qué planta maravillosa que había comprado hacía años y que venía de los Subterráneos. Kakzail había ido a servirse una copa de vino. Me detuve a su lado y me mordí el labio, nervioso. No sabía qué decirle. Abrí varias veces la boca, la cerré, me mordí la lengua, me rasqué furiosamente la cabeza…

«Señor Malaxalra,» dijo de pronto Yabir, levantándose. «¿Me concede el derecho de preguntarle algo a su joven hermano?»

Le hablaba a Kakzail. Este, por lo visto, no esperaba tan extraña pregunta.

«Er… Por supuesto. Claro,» contestó mi hermano. «Es todo suyo.»

El subterraniense sonrió, realizó una leve inclinación y se giró hacia mí.

«Buenos días, Draen. Verás, anteayer me enseñaste una piedra azul que llevabas y, en el momento, estaba tan focalizado en lo del Ópalo Blanco que no me di tiempo a reflexionar sobre ello pero… si no es mucha molestia, ¿podría verla otra vez?»

La solicitud me arrancó una mueca de extrañeza. Negué con la cabeza y, al ver que Yabir se ensombrecía como decepcionado, expliqué:

«Es que ya no la tengo.» Y, molesto, pasé al caéldrico para preguntar con voz vacilante: «Oye, ¿no les has contado lo del robo, verdad?»

Yabir se quedó suspenso. Desde su sillón, Shokinori rió por lo bajo y soltó en caéldrico:

«¿Sabes, muchacho, que el señor Wayam y las señoritas Zoria y Zalén saben hablar caéldrico tan bien como tú?»

Aquello me mató. No supe dónde meterme. Así que me quedé quieto observando la reacción del alquimista y las gemelas. Al primero pareció divertirle la situación. La Rubia tosió delicadamente. La Azulada no se inmutó.

«De modo que,» retomó Yabir en drionsano, «ya no la tienes. ¿La vendiste, tal vez?»

Tragué saliva y dije:

«No. La perdí anoche. La tenía anoche, estoy seguro. Pero, cuando desperté en la comisaría, adiós collares. Pero todos, los cinco.»

Tan sólo pensarlo me ponía de humor triste. Yabir tenía el ceño fruncido.

«¿Te los robaron los que te atacaron?»

«No lo sé,» admití.

Yabir se rascó el cuello, meditativo.

«¿De dónde la sacaste?»

«¿La piedra azul?» pregunté y, como él asentía, iba a contestarle: del Lobito. Pero, por alguna razón, me retuve. Miré al hobbit con los ojos entornados y repliqué: «¿Qué importa de dónde la saque?»

Kakzail chasqueó la lengua.

«Ashig, no se habla con ese tono a la gente.»

Puse los ojos en blanco, sin poder creer que me estuviera dando una lección de educación, yo que era el guako más educado de la Roca después del Sacerdote —según palabras de este. Aun así, rectifiqué y opté por mentir:

«La encontré en un árbol.»

Shokinori se carcajeó.

«¿En un árbol?» repitió Yabir, incrédulo.

Asentí, sonriente, e, inspirado, me lancé:

«Uno muy grande. Le crecían plumas, en vez de flores, y se le caían, porque lo encontré en otoño, así que yo recogí una antes de que se estropease, ¿sabes? Y le dije: ¡princesa, tesoro mío, flor hermosa de mi viiida, a rescatarte me avengo! Así le canté. O le cantuve, como dice Lin. Y se transformó en gema. ¡Pero anoche!» exclamé, «esos trolls me la espiantaron y se llevaron también mis huesos. ¡Pero no os apuréis, porque les sacaré los sesos cuando los tenga entre mis garras de dragón!»

En cuanto callé, me di cuenta de que, de tanto escuchar las historias del Manco en la Plaza Lana, me había salido la vena de contador. Y, la verdad, no me había salido mal, sólo que… tal vez no lo había hecho en el momento más apropiado. Esas cosas se hacían con los compadres, no con los mayores. Así que, bajo la mirada pasmada de mi hermano, me apresuré a añadir:

«En realidad, la encontré en el suelo. En una calle.»

Y, agitado, me golpeé la frente, me giré hacia la mesilla donde estaba la botella de vino con la que se había servido Kakzail y la cogí soltando:

«Puedo, ¿verdad?»

Iba a llevármela al morro pero Kakzail me la quitó de las manos gruñendo:

«No, no puedes, bribón. ¡Eres increíble! Finalmente, Padre y Madre van a tener razón. Lo del centro juvenil es una excelente idea. Mejor que te manden ahí, antes de que acabes apuñalado en el Laberinto o en los trabajos forzados.»

Lo miré, aterrado, herido y confuso. ¿Un centro juvenil? ¿Y eso qué era? Tras un silencio, Yabir carraspeó educadamente.

«Una última pregunta, si no es mucho pedir. ¿Por qué decidiste apellidarte Hílemplert cuando todavía no sabías que eras un Malaxalra?»

Yo estaba aún asimilando lo del centro juvenil adonde me quería mandar mi familia y respondí con una mueca sombría:

«No sé. Querían un apellido, y yo les di uno.»

«¿Pero por qué Hílemplert?» insistió el Baïra.

Meneé la cabeza, confundido.

«No lo sé.»

La mirada intensa de Yabir me estaba poniendo nervioso. Y la de la Azulada todavía más. Y a Kakzail se lo veía superado y, peor, estaba enfadado conmigo. ¡Espíritus, cómo quería salir de ahí! Quería marcharme. Quería ir a buscar al Lobito. Quería volver con mis compadres. Estuve a punto de estallar y gritarles: ¡quiero salir! Pero Kakzail no me habría hecho caso. Entonces, se me ocurrió una idea.

«¿Por qué buscas esa gema?» dije y, sin dejarle a Yabir tiempo para contestar, añadí: «Te la regalo. Vamos a buscar mis collares con el Orbe. Y si encontramos mis huesos, te regalo la gema. Lo juro. Todo tuya. Pero tenéis que llevarme con vosotros.»

Yabir parpadeó.

«¿Llevarte con nosotros? ¿A Yadibia?»

Me carcajeé, retomando mi buen humor.

«No, a Yadibia no. A buscar los collares. Tú tienes el Orbe, yo me conozco los caminos. ¿Vamos?»

«Ni hablar,» siseó Kakzail.

Se desinfló mi entusiasmo y suspiré de desazón. Acababa de tener una idea genial —no tanto para buscar mi collar de huesos como para buscar el del Lobito— y mi hermano me la chafaba. ¡Un mosca tenía que ser…! Yabir me dedicó una mueca de disculpa. Levantándose de uno de los sofás, Zoria, la Azulada, intervino:

«La idea no es mala, Kakz. Yabir quiere encontrar esa gema y creo que está más que dispuesto a contratarnos como mercenarios para obtenerla, ¿verdad?» El joven hobbit puso cara sorprendida pero asintió enérgicamente como diciendo: bueno, ¿por qué no? Zoria agregó con satisfacción: «Será provechoso para todos. Además, de este modo, daremos con esos bandidos que atacaron a tu hermano.»

Kakzail la miró, incrédulo.

«¿Hablas en serio? Pero… tú me pediste que dimitiera de mi trabajo porque era un peligro para lo poco que me pagaban. ¿Y ahora quieres que me meta a zurrar a esa gentuza?»

La Azulada esbozó una fina sonrisa.

«Lo estás deseando. Y Yabir pagará mejor, ¿verdad?»

El joven hobbit abrió la boca, echó una ojeada de disculpa a un Shokinori sombrío y aseguró:

«¡Por supuesto! Será un placer contrataros a todos para encontrar esa gema. Incluido al muchacho. Creo que sabe más sobre esta ciudad que todos nosotros juntos,» opinó.

Aquello me llenó de orgullo. Kakzail hizo una mueca, resopló, se giró hacia el nórdico tatuado y el caito y soltó:

«Sarpas, Dalto… ¿qué opináis, amigos? Es una locura, ¿verdad?»

El gigantón sonrió y asintió.

«Tan locura, creo, como huir de Tasia, amigo. Encerrar a los raptores de niños es muy correcto. Me gusta la idea,» admitió con su horrible acento nórdico.

El caito pelirrojo sonrió a su vez y aseguró:

«Si hubieras visto cómo esos tarados tiraron a tu hermano en ese saco de harina, no lo dudarías ni un segundo, Kakz. Sabes que estamos contigo.»

Kakzail puso los ojos en blanco, esbozó una sonrisa con aire convencido y, ante mis ojos agrandados como platos, se puso las manos en jarras y lanzó con fiereza:

«A por esos granujas.»

«¡A por ellos!» afirmaron sus dos compañeros con ánimo.

Miré a los tres gladiadores, boquiabierto, y entendí entonces plenamente lo que significaba eso de ir a buscar la gema. ¿Estaba soñando o realmente los gladiadores y las gemelas iban a calentarles las orejas a…? ¿A quién?, me dije, suspenso. ¿Quién fiambres me había atacado anoche?

Por más que lo intentaba, no conseguía acordarme. A lo mejor me empezaba a pasar como a mi maestro nakrús con sus agujeros de memoria y… Algo en las manos de Yabir atrajo mi atención y dispersó mis pensamientos. Era el Orbe Malva. Yabir lo había activado y estaba buscando una fuente potente de morjás. Me acerqué, lleno de esperanza.

«¿Lo encuentras?»

El hobbit fruncía el ceño, concentrado.

«No lo sé. Creo que tengo algo no muy lejos.»

«¡Entonces, vamos!» apremié, sobreexcitado. «¡Vamos!»

Kakzail me detuvo agarrándome del brazo.

«No tan raudo, Ashig. Antes, vas a escucharme. Si te separas de alguno de nosotros, si vuelves con esa banda tuya, lo lamentarás. Lo lamentarás, y mucho. Ya no vale ningún ‘lo siento’ ni ninguna lagrimita. Si haces el tonto esta vez, dejaré de tratarte como a un hermano y pasaré a tratarte como a un pilluelo traidor y ladrón. Si te vas, adiós familia. ¿Entendido?»

Me quedé mirándolo, sobrecogido. ¡Su voz sonaba tan seria! No lo dudé, sin embargo, porque ahora sólo había una posible respuesta, así que afirmé:

«Corriente.»

Kakzail siguió escudriñándome como buscando alguna pizca de picardía en mi rostro. Tal vez la encontró, o tal vez no; en cualquier caso, suspiró y dijo:

«¡Bueno! Pues propongo, reinas mías, que empecéis a buscar la localización de ese collar de huesos junto con nuestros invitados y, mientras tanto, nosotros nos preparamos y cuidamos de vuestro padrino. A la noche, si no lo habéis encontrado, quedamos en la Plaza de Luna y cambiamos las tornas.»

El alquimista resopló.

«¡Buaj, cuidar de mí! Siempre cuidando de mí, joven gente. ¿Sabéis qué? Me voy a ir a Yadibia con estos buenos Baïras, a ver si me dejáis un poco en paz…»

«¡Dejarte en paz, ni lo sueñes!» exclamó la Rubia con tono socarrón. «No te vas a librar tan fácil de tus dos guardaespaldas. Eso es lo que tiene ser el mejor alquimista de Háreka.»

Como los presentes se ponían a parlotear de manera entrecruzada, los unos hablando de armas, otros de huesos y otros de pociones, aproveché el descuido de Kakzail para tomar un trago de la botella de vino. Sólo uno, para darme ánimos, para calentarme, y para recordar. Me senté en el suelo y, viendo que Dakis venía a tumbarse junto a mí, lo acaricié y me murmuré en caéldrico:

«Recuerda, recuerda. Recuerda, Superviviente.»

Pero, al tiempo que me apremiaba, mi mente se ponía a pensar en la amenaza de Kakzail. Él me había pedido que me alejara de mis compadres, ¿y yo le había dicho corriente? ¿Cómo había podido decirle corriente? ¿Cómo pretendía cumplir una promesa tan ridícula? Pero, si no la cumplía, entonces me quedaba sin familia. Kakzail me renegaba por traidor, mis padres me renegaban por ladrón, sinvergüenza, irresponsable, idiota… Idiota, idiota, me dije, de pronto. Agrandé los ojos y me masajeé la cabeza sintiendo bruscamente un extraño dolor.

«Ya sé hacer mis cálculos, idiota,» murmuré. «La Cripta es enorme. La Cripta es enorme,» repetí.

Eso es lo que había dicho el de la navaja. La Cripta es enorme. Y él no sabía dónde se escondía mi tesoro. ¿Pero quién? Inspiré hondo. Y entonces recordé.