Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

5 El poder del Orbe

Rápido como el viento, abrí la puerta, pasé adentro e intenté volver a cerrarla. No hubo manera: el hocico del cerbero se pilló entre el marco y la puerta, y esta se abrió en volandas. Salí proyectado al suelo boca abajo e, instantes después, el cerbero se tumbaba sobre mí, ¡literalmente! Oí su resuello chasqueante. Su peso apenas me dejaba respirar, y no estaba precisamente calmado, así que me estaba ahogando.

«¿Qué diablos hace ese aquí?» lanzó una voz incrédula. La de Korther.

Y otra decía:

«No puedo creerlo. ¡Es increíble! ¡Es él! Shokinori, ¡lo tiene él! ¡Tiene el ópalo!»

Callaron. Yo empujaba hacia arriba para tratar de respirar. Tomé una bocanada de aire y volví a caer. Korther comentó:

«Si es eso cierto, sinceramente no sé qué diablos voy a hacer con él.»

De pronto, Dakis se movió un poco, sólo un poco, pero me dejó respirar más normalmente. Alzando la vista del suelo, vi al fin a los presentes. Ante mí, estaban los pies desnudos de Shokinori, los de Yabir, los zapatos relucientes de Korther y las zapatillas blancas de Zenira. Las expresiones eran muy variadas. Shokinori tenía expresión concentrada y llevaba, en la mano, el Orbe Malva. Zenira se tapaba la boca… ¿Estaría sonriendo la endemoniada? A Yabir le brillaban los ojos. Y a Korther le relampagueaban.

«¿Se puede saber quién te ha dicho que vivía aquí?» me espetó este último.

Tragué saliva.

«Sí, señor,» jadeé. Y, bajo su mirada expectante, expliqué: «El Gato Negro me manda decir que no ha encontrado nada en el despacho.»

Traté de escapar otra vez del peso del cerbero, pero este no quería soltarme. Sólo de pensar en la bestia que tenía encima me daban mareos.

Los zapatos relucientes de Korther se acercaron.

«Según Yabir, el vínculo del Ópalo Blanco apunta a ti. ¿Alguna explicación, tal vez?»

Negué con la cabeza, confuso.

«No, señor.»

¿Por qué fiambres el vínculo del Ópalo Blanco me apuntaría a mí?

«Si alguien hace el favor de apartar al cerbero, tal vez podamos asegurarnos de que lo tiene o no lo tiene,» sugirió Korther con forzada paciencia.

Shokinori asintió y Dakis se movió como a regañadientes. Al apartarse él, mis temblores se hicieron evidentes. Korther posó una mano sobre mi hombro.

«No te muevas.»

Me registró. Sacó la navaja, los veintitantos clavos que tenía, una piedrita bonita que había encontrado junto al río Tímido, un trozo de cuerda vieja… Cuando sacó el bastoncillo negro, me dedicó una ojeada, suspiró y meneó la cabeza.

«A menos que sea esa piedra… lo cual dudo, no tiene ningún Ópalo Blanco, señores.»

Al fin, se apartó y yo conseguí sentarme. Mis ojos fueron a fijarse directamente sobre el cerbero. Ensanchó sus ollares. Ensanché los míos. Yabir insistía:

«El Orbe indica claramente que está… ¡justo ahí!» se emocionó. «Jamás había sido tan evidente.»

«Pues yo no lo veo tan evidente,» replicó Korther. «Este muchacho fue registrado después de su trabajo. No robó nada en las cámaras. Y no lleva nada en sus bolsillos.» Marcó una pausa, dejó escapar un suspiro y se giró de nuevo hacia mí. «Muchacho, quítate las botas.»

Le puse cara como diciéndole «¡pero si no escondo nada!», pero obedecí de todas formas. Me quité las botas. Korther las apartó, echó una mirada interrogante a los hobbits. Yabir había recuperado el Orbe. Meneó la cabeza y me señaló como se señala a un culpable:

«Sigue ahí.»

«Tal vez se lo haya comido,» meditó Shokinori.

Agrandé los ojos, espantado.

«¡Yo no tengo ningún ópalo!» protesté. «Fiambres, ¡lo juro! Fiambres,» repetí, mirándolos alternadamente con alarma.

Hubo un breve silencio. Entonces, dando rienda suelta a mi instinto, me levanté de un bote, listo para salir de ahí corriendo… y Dakis me volvió a tirar al suelo.

«¡Que os fumiguen!» exclamé.

Esta vez, estaba boca arriba y me salpicó la cara un río de baba. Y ya está, ya volvían mis ojos a poblarse de ardillas, de estrellas, de cabezas de mi maestro nakrús y lo ocultaban todo. El líquido cálido sobre mi piel no era saliva: era sangre… ¡No! Era agua de la fuente del valle, en verano…

«Hija, vete a tu cuarto,» dijo de pronto Korther. «Por favor. Hazle caso a tu padre.»

Se oyó el susurro de unos pasos que se alejaban con desgana. Tras otro silencio, Yabir cuchicheó en caéldrico:

«Estoy seguro, Shok. Seguro.» Y añadió en drionsano para Korther: «Yo tampoco me lo explico, amigo mío. Pero… es lo que dice el Orbe. Disculpe pero… ¿me permite?»

«Adelante, regístrelo,» replicó Korther. «Sus bolsillos están vacíos, su gorra es una gorra común y corriente, su abrigo es de lo más normal… Así que, como dice Shokinori, como no se lo haya tragado y se le haya quedado atascado en algún sitio, no veo dónde podría estar.»

Cuanto más mencionaban lo de que me había tragado el Ópalo Blanco, más me convencía de que me iban a matar, me iban a diseccionar como esos cadáveres que sacaban el Raiwano y el Bor de los cementerios para revenderlos a los médicos, me iban a destripar.

Parte de mi mente me decía: ¡No! Yabir jamás haría algo así, es un sabio, lo has oído contar historias increíbles, te ha metido escrito en una crónica, ¡imposible que te vaya a hacer daño!

Pero otra parte de mi mente también me decía: soy un guako, un maldito guako de nada, ¿qué les voy a importar yo? ¡Un grano de arena, de polvo, de ceniza!

De nuevo, se apartó Dakis. Rodé sobre el suelo, me levanté de un bote tratando, al mismo tiempo, de deshacer las armonías que me impedían ver claramente la realidad. Trastabillé a ciegas, una mano me agarró y reaccioné violentamente: solté una descarga mórtica. Creo que lo hice por algún brillo metálico que vi aparecer en mi campo de visión, como una navaja. Sólo que, cuando miré mejor, no vi navaja alguna. En cambio, sí que vi los ojos diabólicos de Korther. Estaban todavía más rojos que de costumbre y en su rostro se adivinaban las marcas negras de los demonios, a punto de desvelarse de veras… Por su expresión asesina no me cupo duda de que la descarga se la había soltado a él. Y, mientras luchaba por controlarse, el cap Daganegra me agarró por el cuello y me estampó contra el muro sin preocuparse por la elegante lámpara de un mueble que acababa de hacerse añicos en el suelo. Sentí una extraña energía en el lugar en que la mano del demonio medio me estrangulaba. Jamás lo había visto tan enojado. Ni siquiera le salían las palabras. Oí de pronto un gruñido hostil. Era Dakis. Korther me soltó y, sin dejar de darles la espalda a los hobbits, recuperó el control de su energía, sus ojos se hicieron más rosados y lanzó con voz gélida:

«¿Tocaste algo en las cámaras?»

Tardé unos segundos en entender su pregunta, porque yo esperaba más bien que fuera a matarme a palos: sus ojos expresaban ese deseo con gran claridad. Abrí la boca y, con voz quebrada, resollé:

«No, señor. Bueno, sí…»

Recibí una bofetada. Dakis gruñó otra vez, descontento. Diablos, ¡si iba a resultar que el lobo ahora estaba de mi lado! Korther me zarandeó.

«¿Qué cogiste?»

«N-nada,» tartamudeé. «No cogí nada.»

Korther me levantó la cabeza estirándome del pelo y siseó:

«Como me estés mintiendo, rapaz, te maniato y te vendo a los tasios. Quiero la verdad.»

«¡Señor!» jadeé.

Fue lo único que alcancé a decir. Al instante siguiente, Dakis se tiraba sobre Korther. No se tumbó sobre él, pero lo apartó de mí y se sentó sobre sus patas traseras, dándome la espalda y mirando al demonio a los ojos, claramente desafiante.

«La madre,» murmuré, anonadado.

«¡Por Baïra!» exclamó Yabir, precipitándose. «Lo siento mucho, señor Ixtar. Dakis no soporta la violencia…»

Mientras el joven hobbit se deshacía en disculpas, yo me dejé caer al suelo, exhausto, y me examiné un pie. Me había cortado con varios cristales de la lámpara. Los quité como pude y estaba pensando que aquel era el mejor momento para largarme cuando, de pronto, vi que el cerbero se había girado hacia mí. Nos observamos, él con curiosidad, yo reteniendo la respiración. Y, entonces, para estupefacción mía, Dakis acercó su enorme hocico a mi pie herido y le dio un lametazo. Yo bien sabía que la saliva era buena para cicatrizar. Por eso, no me moví y murmuré un:

«Gracias, Dakis.»

El gran cuadrúpedo agitó el rabo y vi a Shokinori, detrás, poner los ojos en blanco. Una vez el hobbit guerrero me había dicho que comunicaba con el cerbero por vía mental. Me pregunté qué se habrían dicho ahora. Korther le replicaba a Yabir:

«No pasa nada. Es este rapaz, que me vuelve loco. Disculpadme. Necesito… un vaso de agua.»

Lo vi alejarse hacia otra habitación y cerrar la puerta detrás de él sin una palabra más. Yabir tenía cara inquieta. Shokinori se me acercó teniendo cuidado con no pisar los cristales.

«Arriba, venga. Vamos a curar eso. Siempre llevo lo básico conmigo,» aseguró en caéldrico, palmeándose los bolsillos abultados.

Nos instalamos en un sofá que había ahí y él me desinfectó y vendó el pie. Mientras tanto, Yabir jugueteaba con el Orbe Malva paseándolo sobre mí y mascullando:

«Demasiado cerca. Es imposible saber. Pero está aquí. Ya lo creo que está aquí. ¿Estás seguro de que no cogiste nada, chaval?»

«Segurísimo,» afirmé.

Y, entonces, pensé en algo, pero no, no podía ser eso. Era ridículo. Yabir frunció el ceño al pasar el orbe por mi cuello.

«¿Puedo?» preguntó.

Me quité el pañuelo, descubriendo mis camisas. Yabir resopló.

«¿Qué es toda esta prendería? Pareces Shokinori.»

El aludido chasqueó la lengua. Aunque lo que decía Yabir era cierto: el hobbit guerrero, como yo, tenía una buena colección de collares alrededor del cuello. Yo tenía en total cinco: la estrella del Daglat, el colgante de la familia, el collar de conchas de Rogan, el collar de huesos de ferilompardo —también le había fabricado uno al Lobito— y la gema azul del chicuelo. Yabir se interesó precisamente por esta última.

«¿Puedo mirarla de más cerca?»

Me encogí de hombros.

«Como gustes, pero no toques.»

Se la acerqué a los ojos y Yabir la examinó con vivo interés. Tras un silencio, preguntó:

«¿La tenías también la última vez que nos vimos?»

Asentí. Y Yabir meneó la cabeza.

«Entonces no puede ser esto.» Marcó una pausa. «¿Llevas acaso algo que no llevabas la última vez?»

Vacilé y, como Yabir me miraba con atención, asentí.

«Sí. Pero no es un ópalo.»

«¿Qué es?» me apremió Yabir.

Sin decir nada, dejé caer la gema azul y cogí el collar de huesos. Yabir frunció el ceño y los examinó uno a uno. Meneaba la cabeza, con cara cada vez más extrañada.

«¿Huesos?»

Me arredré bruscamente cuando sentí que Yabir soltaba un sortilegio perceptista y le quité los huesos de las manos.

«¡No son tuyos!» protesté.

«¿Los sacaste del Palacio?» replicó Shokinori en voz baja.

Los hobbits no me quitaban la vista de encima. Puse cara molesta y asentí.

«Pero por favor no se lo digáis a Korther,» susurré en caéldrico. «Que ya está enfadado conmigo. Me dijo que no tocara nada. Pero es que era… un ferilompardo.»

Los dos hobbits se miraron con el ceño fruncido.

«Un ferilompardo,» repitió Yabir.

Y, entonces, tal vez recordando la conversación que había espiado entre Palmafría y yo, puso cara de comprensión, parpadeó, se giró de nuevo hacia Shokinori y, súbitamente, se echó a reír.

Lo miré, extrañado. ¿Y ese ahora por qué se tronchaba? La madre, yo con el pie herido, Korther en una habitación tal vez planeando mi asesinato ¡y ese hobbit a mofarse de mi ferilompardo!

Y tuvo que haber alguna conversación bréjica por ahí porque Shokinori puso cara de entender y sonrió, pensativo.

«Podría ser,» admitió.

Yabir aún se reía por lo bajo cuando fue a sentarse en un sillón. Comentó en caéldrico:

«Ya es coincidencia que justo hubiera un tesoro al lado. Pero, claro, un esqueleto de esos tiene que valer una fortuna incluso para los que no… juegan con su morjás. No es de extrañar que lo tuvieran ahí. Y por eso el Orbe Malva es tan voluble: porque huesos hay por todas partes, pero no todos los huesos son igual de poderosos. ¡Es tan evidente! ¿Por qué no se le habrá ocurrido a mi padre? Márevor Helith renunció a la reliquia cuando se arrepintió, para no volver a caer en la tentación. ¡Forzosamente tenía que tener algo que ver con la nigromancia! El Ópalo Blanco no existe: son huesos. ¡Son huesos!»

Hubo un silencio en el que los miré, confundido. Entonces, la puerta de la habitación se abrió y Korther reapareció. Tenía pinta más calmada.

«Perdonad,» dijo el cap. «¿Habéis averiguado algo?»

«¡Ya lo creo!» exclamó Yabir, levantándose. «El Orbe Malva ha dejado de señalar al muchacho. Parece que se había vuelto loco. Y yo con él, lo admito. Perdón, jovencito.»

Me dedicó una mueca de disculpa. Yo estaba cada vez más confuso. Cuando acababa de empezar a entender su teoría sobre eso de que el Ópalo Blanco no existía, ¿iba y le decía a Korther que el Orbe Malva ya no me señalaba? Bueno, ciertamente, no me señalaba a mí sino al collar de huesos. Huesos que yo había robado del Palacio cuando se suponía que no tenía que robar más que la Solancia. Entonces, lo entendí. Los hobbits estaban encubriendo mi falta y, de paso, encubriendo el poder del Orbe Malva. Muy discretamente, Shokinori me guiñó un ojo. Yabir concluyó:

«Definitivamente, me temo que el Ópalo Blanco no es más que una leyenda. Que el Orbe Malva funcione de una manera tan errática me apena pero… las cosas como son. Esta historia ha ido ya demasiado lejos. Creo, señor Ixtar, que ha llegado la hora de empezar a pensar en tomar ese pasadizo y regresar a Yadibia. Como acordamos, le escoltaré a mi propia ciudad cuando usted lo desee. Sólo espero que no tarde demasiado porque, ya sabe, la añoranza de nuestra tierra es… ¿cómo se dice en drionsano? ¿fuerte?»

Korther se pasaba una mano por el rostro, pillado por sorpresa.

«Er… Sí, por qué no. Digo…»

Nos observó a los tres con ojos vivaces. Entonces, lanzó:

«¿De modo que nuestro trato sigue en pie incluso sin ese ópalo?»

«Absolutamente,» afirmó Yabir. «Éstergat tiene maravillas imposibles de encontrar en Yadibia. Estoy seguro de que, si se reabren los túneles, el viaje se reducirá a unos pocos días y cualquier mercante de Éstergat será más que bienvenido en mi villa.»

«No serán mercantes precisamente baratos ni muy legales, me temo,» sonrió Korther.

Yabir sonrió a su vez.

«Tampoco lo serán los que hagan el camino contrario. Le aseguro que en los Subterráneos hay muchas riquezas. Pero también muchos peligros,» añadió con voz misteriosa.

Korther carraspeó y pareció satisfecho.

«No niego que la perspectiva me complace. Me ocuparé pues del asunto de las municiones y… les haré saber cuándo nos podemos poner en marcha. Sólo les pido, como siempre, discreción.»

Yabir se inclinó profundamente.

«La discreción misma, señor Ixtar. Dicen en mi pueblo…» Puso cara inspirada, vaciló, luchando por traducir el dicho y me echó una ojeada diciendo en caéldrico: «El bárbaro vocifera y destruye, el sabio es silencioso y construye.»

Traduje más o menos al drionsano y Korther dijo:

«La prudencia le hace honor.»

Intercambiaron algunas palabras más, con tono indiscutiblemente amigable. Yo ya no los escuchaba. Estaba ordenando pensamientos. Vale, el Orbe Malva tenía sólo un ópalo, el negro, y corriente, el Orbe Malva lo había usado Márevor Helith para buscar huesos rebosantes de morjás y así levantar a sus muertovivientes… Corriente. Lo entendía. Y también entendía que, de alguna forma, Korther iba a ayudar a los hobbits a volver a su casa por unos túneles que iban a fabricar con «municiones». Bueno. Y, lo mejor de todo, Korther no sabía lo de los huesos robados, así que no cabía el riesgo de que me los quitase. Estupendo. El único riesgo era que me escachufase por haberle soltado una descarga mórtica. Y eso no era tan estupendo.

Me abroché el abrigo, inspeccioné el vendaje alrededor de mi pie, me puse las botas, hice una mueca y me encogí de hombros. No dolía demasiado. Me levanté, recogí mis pertenencias e iba a deslizarme afuera aprovechando que nadie me hacía caso cuando me topé con Dakis. Me mordí el labio y, con mucho tiento —y mucho coraje—, tendí la mano izquierda hacia el hocico del cerbero. Se lo acaricié. Tenía pelaje negro. Lo vi que agitaba la cola y sonreí. Retiré la mano.

«Afufo pero ya,» le murmuré.

Apenas di un paso cojeante hacia la puerta de atrás, oí la voz de Korther decir:

«De ningún modo, rapaz. Te quedas aquí hasta que haya acabado contigo.»

Eso no me sonó muy bien pero, cuando Dakis emitió un gruñido sordo, le aseguré en voz baja:

«No hay cuidao.»

De todas formas, se suponía que había ido ahí a pedir diez siatos. Así que esperé con paciencia. Yabir y Shokinori se inclinaron al fin hacia Korther, este los acompañó hasta la salida y le dediqué una mueca de saludo al cerbero, que ahora me caía de pronto bastante bien. Y mientras Korther salía a su vez, enfrascado aún en una conversación con Yabir, avisté un pequeño rostro asomar por un pasillo. Era Zenira. Al verme, se quedó suspensa. Finalmente, se adelantó, contempló los cristales por el suelo y preguntó:

«¿Es verdad que tenías un ópalo?»

Puse los ojos en blanco.

«No. Equivocaron el tiro total.»

Zenira se mordió el labio, echó una ojeada hacia la puerta de entrada e inquirió:

«¿Dónde vives?»

Enarqué las cejas pero contesté sin reparos:

«En el Laberinto.»

Zenira se cruzó de brazos y se detuvo a unos pasos de mí.

«¿Y a qué escuela vas?»

Resoplé, riéndome.

«A la del Laberinto, natural. ¿Y tú?»

Zenira frunció el ceño, como preguntándose si me estaba burlando de ella. Contestó:

«A los Olmos. ¿Conoces?»

«Natural. Estuve ahí de paso, una noche, hace tiempo,» contesté.

Zenira agrandó los ojos. Y, entonces, se me ocurrió una idea.

«Oye, ¿tú sabes escribir?» La vi asentir con sorpresa y me lancé: «¿Podrías escribir una carta por mí?»

Zenira resopló.

«Pero ¿tú no sabes escribir?»

«Sí, sí, natural que sé,» repliqué con dignidad. «Pero es que es importante que la carta se pueda leer. Y eso yo… me sale todo muy desarticulado. Me lo dijo un maestro. Entonces, ¿lo haces? Serían diez palabras y poco más. Te pago un dorado,» añadí como la veía vacilar.

Zenira me miró con extrañeza.

«¿Un dorado? ¿Cuánto es eso?»

Me carcajeé ante su ignorancia.

«Un siato, shuriña. Un dorado es un siato. Entonces, ¿va?»

De pronto, la puerta se abrió y Zenira murmuró aprisa:

«Mañana es Día-Sagrado. Espérame pasado mañana en los Olmos a las cuatro y media.»

Esbocé una sonrisa.

«De la tarde, imagino.»

Zenira tan sólo me respondió con un resoplido elocuente y, cuando Korther salió del vestíbulo y llegó al comedor, la semi-elfa, rápida como una ardilla, ya había desaparecido en su cuarto. La expresión de Korther se ensombreció al verme. De pie, junto a una pared, agaché la cabeza y murmuré:

«Lo siento, señor. No lo hice queriendo. Se me fue. No lo controlé. No sabía ni siquiera que era usted. Lo juro.»

Korther no dijo nada. Sacó una escoba, amontonó los cristales, encendió una linterna y, finalmente, preguntó:

«¿Eres capaz de matar con eso?»

Parpadeé bajo su mirada impasible. Le puse cara de que no sabía. Mi respuesta no pareció gustarle. Suspiró.

«En fin… A veces me pregunto si no te burlas de mí, rapaz.»

Negué con la cabeza, aturdido.

«No, señor. Le juro que no.»

Korther me observó, escéptico. Y realizó un vago ademán.

«Buaj. Cuanto antes desaparezcas, mejor. ¿Vienes a por tus siatos? Pues te los voy a dar todos y te los dejo a tu buen recaudo. No quiero que vuelvas a esta casa. Nunca, ¿me entiendes? Ya te mandaré buscar si tengo un trabajo para ti. Sígueme.»

La idea de que me diera los quinientos y pico siatos que me quedaban no me alegraba especialmente, pero no me atreví a protestar. Lo seguí hasta un despacho. Nada de lo que había en el despacho de la Fonda estaba ahí. De hecho, el decoro cambiaba completamente. Estaba todo mucho más limpio y aireado.

Korther me hizo un gesto para que me quedara en el umbral, rodeó su escritorio, se agachó, abrió lo que debía de ser la caja fuerte y, tras posar unas cuantas monedas blancas sobre la mesa, la volvió a cerrar.

«Veintisiete coronas y tres siatos,» declaró al fin. Empujó mi dinero sobre la mesa. «Todo para ti, rapaz. Procura no gastártelo como un imbécil.»

Asentí mordisqueándome la mejilla y me dediqué a meterme el dinero en los bolsillos, perfectamente consciente de que salir a la calle así era una imprudencia. Dejé cinco coronas en la mesa, el equivalente de cien siatos, y expliqué:

«Esto es para el Gato Negro y para Sla. ¿Se lo puede dar?»

Korther se aclaró la garganta con paciencia.

«Se lo daré cuando lo vea. ¿Algo más?»

Negué con la cabeza.

«No, señor.»

El cap puso cara pensativa.

«Si aprendieses a no encadenar las tonterías, rapaz, sería un gran paso. Lo hiciste muy bien en el último trabajo. Procura no estropear el efecto, ¿eh? Y ahora alivia antes de que me des otra razón para colgarte de las orejas. Largo y no vuelvas por aquí, ¿está claro?»

Tragué saliva, asentí y me largué por donde vine. Tan sólo cuando cerré la puerta trasera, reflexioné sobre las palabras de Korther y sonreí. ¡Me había hecho un cumplido! No había dicho que lo había hecho «bien» en el Palacio. ¡Había dicho que lo había hecho muy bien! La madre, pues claro que lo había hecho muy bien. Me había salido que ni pintao. Porque yo era Mor-eldal, el gran Daganegra, el ladrón de las reliquias. Y el ladrón de huesos.

Crucé el pequeño jardín sonriendo de oreja a oreja. El Templo Mayor dio las siete de la tarde. Caray, y el Raudo que me había dicho que regresara con los diez siatos a las seis… Buaj, y qué más daba, que se esperase. No me iba a meter prisas, encima.

Salí del sendero bordeado de setos, dejé Atuerzo atrás y caminé por las calles de Tármil. No me atrevía a andar muy rápido, y menos a trotar, porque las monedas habrían metido aún más ruido. Y, además, por culpa de mi pie, cojeaba.

Pese a mi cojera, no regresé al Laberinto. Había llegado a la conclusión de que tenía que esconder esas coronas en algún sitio seguro. Y, por supuesto, cuando buscaba un sitio seguro, el único que me venía enseguida en mente era la Cripta. Iban a ser dos buenas horas de caminata cojeando, pero merecerían la pena. Y al infierno con las prisas del Raudo.

El único problema era que, para ir a la Cripta, había que cruzar el río. Ya había caído la noche por completo cuando llegué al Puente Astrania, junto al Parque de la Tarde. Me arrimé a un árbol, espié el lugar y aproveché que pasaba un grupo algo numeroso por el puente para cruzarlo a mi vez sin que el guardia en su garita nos echara más que una mirada aburrida. Atravesé la zona de los almacenes, de las fábricas, llegué a los campos abandonados junto a las minas, subí los Barrancos y, al fin, me metí en el bosque.

Hacía tanto tiempo que no iba a la Cripta y el bosque estaba tan distinto en invierno, con los árboles deshojados, que no estaba muy seguro de estar tomando la dirección correcta. Buscaba el árbol grande donde ya había pasado dos veces la noche aquel año. El problema es que aquella noche no había ni Gema, ni Luna, ni Vela y tan sólo tenía las estrellas para guiarme. Pero eso podía arreglarlo, me dije. Solté un sortilegio de luz armónica y sonreí. Los celmistas lo llamaban «ilusiones», «magia tramposa», pero de ilusiones nada: las armonías eran lo mejor. Siempre y cuando las tuviera bajo control, claro.

No sé cuánto tiempo estuve errando entre troncos hasta que pensé que me estaba yendo demasiado lejos y di media vuelta. Mi cojera iba empeorando y, al de un rato, como no encontraba el árbol, me traté de desmorjao por haberme ido tan lejos y no confiar en la banda. Pero, también, ¿quién confiaba en que unos guakos te iban a respetar cuatrocientos cuarenta y tres siatos? El santo espíritu patrón, tal vez, pero no yo. Y, fiambres, eran compadres míos, natural, pero había que ser realista.

Finalmente, decidí elegir un árbol más cerca de los lindes, encima de los Barrancos. Trepé a unos cuantos, buscando recovecos, no queriendo dejar las monedas enterradas, porque eso se veía y sabía que había gente que se aventuraba de noche en el bosque de los Fal en busca de leña. Tenía que ser un buen escondite. Lo encontré, en el agujero de un árbol. Saqué una mano llena de telarañas. Estupendo. Metí ahí todo salvo dos coronas y tres siatos, que escondí en mis botas y mi gorra. Bajé, busqué varios puntos de referencia y asentí, satisfecho. Palmeé el bienaventurado tronco.

«Salú, árbol. Guárdame bien las blancas.»

Cojeé dando un rodeo, recogí un palo resistente y tomé el camino de vuelta a Éstergat pensando que, aun así, si un mosca me llegaba a detener y registrar, iba al Clavel directo. Ningún guako normal se paseaba con cuarenta y tres siatos en el bolsillo. Iba a ser necesario cambiar las blancas por dorados y a buen seguro los cambistas se llevarían una buena tajada. Puse los ojos en blanco. Jamás había pensado tanto en el dinero como desde que me había convertido en mangaplatas.

Volví por el mismo puente y, cuando llegué al Laberinto, estaba agotado, muerto, requetereventado. Arrastraba el pie herido mientras avanzaba por las callejuelas ayudándome de mi palo. A esas horas los Gatos honrados todavía estaban despiertos y las luces de las ventanas iluminaban tenuemente mi camino. Llegué al refugio sin haberme cruzado con una sola patrulla de moscas. En la callejuela, ante la entrada, había dos guakos. Entorné los ojos. Una cosa buena era que, al tomar el remedio, la vista no se me había empeorado, con lo que los antiguos sokuatas seguíamos viendo mejor que nadie. Así, reconocí al Raudo y a Syrdio.

«¡Salú, compadres!» solté.

«¡Y mira quién viene!» masculló el Raudo. «Son casi las doce, isturbiao. ¿Qué fiambres hacías?»

Solté un sortilegio de luz armónica e hice una mueca. El Raudo tenía un ojo morado y Syrdio tenía el brazo remangado y vendado. Había pasado por ahí una tormenta y yo me la había perdido. Por no decir que hubiera podido evitarla. Pero entonces habría perdido toda la plata.

Me apoyé sobre el bastón. Tal vez porque me veía en mal estado a mí también, el cap no se me tiró encima para desfogarse. Carraspeé.

«Vaya, os han arreao de lo lindo.» No pude evitar sonreír. «¿Con quién te liaste?»

El Raudo resopló.

«Unos isturbiaos. ¿Traes los dorados?»

«No, traigo una blanca,» repliqué. Hubo un silencio. Y apunté: «Te la doy, pero ya no me pidas más, porque no te doy más.»

El Raudo emitió un gruñido.

«Apronta, tocayo.»

Me apoyé en un muro, me quité la bota del pie herido y le di la moneda. Apenas se la di, el Raudo lanzó:

«¿Por qué has tardado tanto en volver?»

Me encogí de hombros.

«Estoy cojo.»

«Ya, hombre, eso ya lo veo, pero siete horas para ir a ver al Daganegra y volver, no cuela, shur. ¿Adónde fuiste?» insistió el elfo.

«¿Y qué importa?» retruqué con tono mordaz. «No pude volver antes, qué quieres, no es culpa mía si te metes en líos…»

«¡Hey, hey, hey! Tú no me hablas en ese tono, tocayo,» me previno el Raudo. «Yo no me he metido en ningún lío. Ha sido el Bailador.»

Agrandé los ojos.

«¿El Bailador?»

«Sí. Se la han metido doblada,» explicó, bajando la voz. «A veces, Nat es un genio. Pero otras veces patina bestial. No te digo nada y te lo digo todo.»

«No lo entiendo,» confesé. «¿Qué ha hecho?»

El Raudo se movió, nervioso, echó una mirada hacia el refugio y bajó aún más la voz.

«Ahora está sornando. Al parecer…»

Syrdio le dio un empellón.

«¡La madre, pero qué le vas a contar!» siseó.

El Raudo chasqueó la lengua, irritado.

«Es mi tocayo y yo le cuento lo que me sale de las narices. Ándate.»

Syrdio bufó por lo bajo pero se alejó de unos pasos. El Raudo masculló una imprecación y retomó en un susurro:

«Al parecer, unos ladrones le quisieron reclutar al Bailador. O fue lo contrario más bien. Ya sabes que Nat anda enganchao pero brutal a la karuja y esa no se la dan de balde los de Frashluc. Así que necesita plata. Pues bien, la historia salió mal. Cuando le dijeron lo que iban a robar y cómo lo iban a hacer, el Bailador se rajó. En vez de rajarse al principio, ¿sabes? Se rajó al final. Y, sin él, los murcios no podían entrar. Así que les chafó el plan total. Y, ahora, él está abochornao como si hubiera escachufao a alguien, ¿sabes? Le piden plata y él dice que se va a tirar del barranco, que está desesperao. Dice que es un gallina y blablablá… Syrdio y yo ya le hemos intentado sacar esas ideas, pero lo único que ha funcionado ha sido la botella de radrasia, se la he metido en el morro y no la ha soltao. Sornando, ya te digo, y para un buen rato.»

La historia me dejó un amargo sabor de boca. Estaba agotado, pero aquello me reavivó de golpe.

«Caray. No me dijo nada,» murmuré.

«El Bailador no dice gran cosa a nadie,» resopló el Raudo. «Se le confesó a Syrdio porque lo encontró hipando en un rincón. Ya te digo yo que está como medio ahogao. Da pena verlo. Tú también eres buen compadre suyo, Espabilao. Si se te ocurre algo para animarlo, ya sabes.»

Asentí, aún impactado.

«Natural,» susurré.

Hubo un silencio. Y, entonces, el Raudo añadió:

«¿Dónde estuviste?»

Puse los ojos en blanco.

«Caray, qué pesao. El refugio de los Daganegras cambió y tuve que buscarlo. No hay más.»

El Raudo me arrebató el bastón y lo comparó con el suyo.

«¿Que no hay más, eh?» se burló. «Pues fíjate. Un palo de estos sólo lo encuentras en la Cripta, shur.»

Hice una mueca de fastidio.

«¿Y? ¿Qué pasa? Me gustan los árboles.»

El Raudo se carcajeó por lo bajo y me sacudió fraternalmente por el hombro.

«Ya lo creo. Te tengo calao, tocayo. O sea que el cap ese te lo despachó todo. Oye, si te pasa algo, sería tonto que se quedara la plata enterrada.»

Me irrité por su sugerencia.

«Que esa plata no es tuya, Raudo. Que es para el Lobito y sólo para el Lobito.»

«Bueno,» aceptó el elfo. «Pero mejor que nos la corramos nosotros que los moscas, ¿no?»

Emití un gruñido y, apoyando el buen pie sobre la roca junto a la entrada, me deslicé torpemente sobre el borde. Una vez ahí sentado a horcajadas, me giré hacia el cap, que se había arrimado al muro, burlón, y lancé:

«Di, tocayo, ¿sobró algo para embuchar?»

«Mno, pero si quieres apronta y te traigo algo,» propuso el cap. «Así aprovecho y cambio la blanca por dorados.»

Enarqué una ceja. Eso sí que era una sorpresa, que el cap se ofreciera a ir a comprarme el sustento. Me animé.

«Bueno,» acepté y le di quince clavos para una hogaza entera.

El Raudo hizo ademán de alejarse, pero regresó de pronto como recordando algo.

«Por cierto, Espabilao. Hay algo que no te he contado. Te va a alegrar, tú que siempre le insistías. Es Rogan. Que se ha metido en plena batalla cuando han venido esos isturbiaos. Le he dicho esta vez: hey, Sacerdote, última vez que te lo pregunto, pero si te dijera que eres de la banda, ¿dirías corriente? Y ¿sabes lo que me ha contestado?»

Mi corazón latió de esperanza y emoción.

«¿Qué?»

El Raudo se carcajeó.

«¡Pues que corriente! Ese tipo es más raro… pero, por eso mismo, va bien en la banda.»

Me dio una palmada en el hombro y se marchó con Syrdio a buen ritmo. Pronto sus dos siluetas desaparecieron entre las sombras de la noche.

Meneé la cabeza, sonriente, y alcé la mirada hacia el cielo estrellado. Llevaba muchos días sin hacer gran cosa: no robaba, no mendigaba, ni siquiera me molestaba en salir mucho de los Gatos más que para decir salú a los compadres trabajadores, a Yum y a algún que otro conocido. Lo que sí hacía todos los días era ir a escuchar las historias del Manco a la tarde, en la Plaza Lana, y cenaba en El Cajón todas las noches —¡la alegría que me llevé al saber que el tabernero Sham había sido liberado del Clavel por falta de pruebas! El resto del día, hacía gamberradas con mis compadres y le soltaba frases sabias al Lobito como lo había hecho mi maestro nakrús conmigo. En definitiva, aquellas dos semanas había hecho estrictamente lo que me venía en gana. Y le había tomado gusto rabiosamente. Y, con esto, no entendía por qué el Bailador se empeñaba en meterse karuja en el cuerpo si lo arruinaba. Mañana, lo llevaré a gamberrear con nosotros, me prometí. Le compraré un bocadillo en Las Bailarinas para chuparse los dedos, y le compraré raíz de rodaria para que se le calmen los nervios, y no le dejaré escabullirse a hacer carababhuesadas. ¡Pues iba yo a dejar que esos mercantes se la jugaran a un compadre! Nunca.

Y así, determinado, cerré los ojos y esperé la cena mientras, a lo lejos, repiqueteaban las campanas de la medianoche.