Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 3: El tesoro de los guakos.

2 Las cámaras del tesoro

Estaba caminando por la Explanada, cantando alegremente, cuando de pronto la mantícora se irguió y las fuentes se pusieron a manar sangre. Se abalanzaron hacia mí unos moscas con cepillos y me gritaron: ¡frota, frota, bribón! Y yo les hacía caso, aterrado. Llegaba Dil y me murmuraba al oído: Espabilao, que te has olvidao, tenías que apañar la Solancia, que llegaste tarde, no te preocupes, no importa, ¿tú crees que voy a morir? ¿Voy a morir?, repetía. Y un río de sangre arrastraba y ahogaba a todos mis compadres. Lo último que vi de ellos fue el sombrero de Rogan flotando en un mar rojo… Grité.

Desperté de golpe, enderezándome y agitándome. ¡Había sido un sueño! ¡Sólo un sueño! Pues vaya estupidez de sueño, escupí mentalmente. Retomé el aliento mientras escudriñaba mi alrededor.

Estaba tumbado sobre un jergón, en un cuartucho básicamente vacío. Había una ventana con barrotes por la que se infiltraba la luz del día. Sin embargo, tenía formalmente prohibido acercarme a las cortinas y aún más correrlas: nadie pasando por la calle debía verme. Probablemente porque la casa en la que estaba se encontraba en algún barrio alto… El Arpa, tal vez.

No recordaba nada de cuando me habían transportado ahí: tras dejar el piso de los Gatos e ir al Dragón Amarillo con el Bor, me había quedado dormido de agotamiento y no había sido hasta el anochecer cuando me había despertado, sacudido por un elfo oscuro embozado. Este me había traído comida y karuja y, cuando le había preguntado sosque estaba el Bor y dónde estaba yo, me había contestado: estate quieto y no te asomes a la ventana o te la rajo. Y había añadido: recuerda lo que hará el cap con tus amigos si no obedeces; mañana vendrán a buscarte.

Eran esas todas las palabras que había oído desde que me encontraba entre aquellas cuatro paredes. Tampoco había vuelto a ver a nadie. Me levanté, me estiré y pegué la oreja a la puerta. No se oía nada. Me divertí pues recitando en voz baja los nombres de los huesos en caéldrico: mi maestro me había enseñado una canción para memorizarlos. Hacía el pino mientras cantaba, andaba sobre dos manos, conversaba solo e, inadvertidamente, mi voz fue aumentando de volumen. Me di cuenta al de un rato y callé de golpe, asustado. Fiambres. ¿No se habría cabreado el elfo oscuro, verdad? Pero no, este no parecía estar en la casa. De hecho, todo parecía indicar que nadie vivía en esa propiedad. Esperaba que los vecinos no me hubieran oído.

Tampoco tuve mucho tiempo para aburrirme hasta que llegara el anochecer. Canturreaba en cuchicheos un «tuturú, la flor que cogí, tuturú, era un alhelí. Era un alhelí, la flor que cogí, y es, era, será, siempre para ti, tuturú, tuturú…». En fin, que con esas estaba cuando percibí un ruido de pasos muy ligero, seguido del de una llave en la cerradura. Callé y la puerta se abrió, dejando ver una tenue luz de linterna ciega.

«¿Es ese el muchacho?» susurró una voz.

«¿Quién va a ser si no?» replicó otra voz y, dirigiendo la luz directamente hacia mí, confirmó: «Es él.»

Los dos iban embozados, pero reconocí la voz del segundo: era Jarvik el Albino, el sirviente de Frashluc y parroquiano del Cajón. Me levanté y me acerqué.

«Salú. ¿Es la hora?» pregunté.

«Lo es,» dijo el Albino. Y rebuscó en su bolsillo. «Toma, la karuja. También te he traído pan.»

«La madre, gracias,» me alegré.

Me tragué la karuja lo primero y me zampé el panecillo en unos bocados. El último trozo me costó tragarlo por los nervios.

«Venga, andando,» me animó el Albino.

Salí y, mientras el desconocido abría la marcha, el Albino la cerró. Simplemente viendo la casa supe que no estábamos en los Gatos ni en Tármil: aquello era Atuerzo lo menos. O el Arpa. Confirmé cuando salimos: estábamos justo al lado de la muralla de la Ciudadela, arriba del todo de la Roca. No podía creer que me hubieran traído ahí a plena luz del día. ¿Tal vez existía algún pasadizo desde dentro? Era emocionante sólo imaginarlo.

Por desgracia, parecía que no existía un pasadizo para entrar en la mismísima Ciudadela: el Palacio se encontraba en esta y, para entrar en ella, nos haría falta trepar por la muralla —tarea no muy difícil, estimé, considerando que era vieja y estaba plagada de plantas trepadoras.

Nuestro guía se detuvo en la esquina de la calle, frente a la muralla, e hizo un gesto. Nos pegamos a un muro, esperando que pasara una patrulla. Hacía frío, pero estaba tan excitado y alterado que apenas lo notaba. Mientras la luz de las linternas se alejaba, contemplé la muralla a través de la oscuridad de la noche. Recordaba que, según Yerris, Yálet se había metido ahí una vez para su prueba de inserción en la cofradía de los Daganegras. Había apañado cien siatos y por ello el Gato Negro le tenía gran respeto. Bueno, ¡pues qué respeto me tendría a mí, que iba a apañar la Joya de Éstergat, nada menos, e iba a ayudar a desvalijar el tesoro del Palacio! Si es que todo salía bien.

De pronto, el Albino emitió un sonido de pájaro nocturno bastante basto. Puse los ojos en blanco, burlón.

«¿Eso era una lechuza? A mí me sale mejor,» comenté.

Recibí una colleja. Tras unos segundos, el Albino lanzó un:

«Vamos.»

Nos adelantamos hacia la muralla y me fijé en que había aparecido una cuerda colgando de esta. El Albino la cogió y me ató con rapidez, cuchicheándome al oído:

«No olvides: la Solancia, me la das a mí cuando vuelvas. Sabes lo que está en juego. Buena suerte.»

Dio un tirón sobre la cuerda y mis pies despegaron del suelo. Medio trepé medio fui ascendiendo estirado por la cuerda y llegué arriba más rápido de lo que esperaba. No bien hube pasado por encima de las almenas me recibió una mano que me hizo agacharme. Entorné los ojos y, ayudándome de la tenue luz azul de la Gema, reconocí a mi compañero y sonreí.

«Elassar,» murmuré. «Qué bueno.»

Mi primo me tapó la boca, exasperado, y realizó un gesto para que lo siguiera. Lo seguí, cada vez más seguro de que aquello iba a salir perfecto. Al fin y al cabo, no estaba solo: me acompañaban los Daganegras, ¡los ladrones más hábiles de Éstergat!

Bajamos hasta un tejado contiguo a la muralla, pasamos a otro tejado más bajo y aterrizamos en un jardín. Apenas me fijé en mi alrededor: tan sólo me concentraba en no perder a Yal de vista, en no meter ruido, en no pisar charcos… Aun así, me fijé en las luces de las fuentes, y en los azulejos brillantes de los caminitos y escaleras que subían entre jardines, ¡jardines floridos, aquí, en invierno!

Parecía otro mundo. Y eso me puso incómodo. Me relajé un poco cuando, tras rodear una de esas fuentes centelleantes, nos metimos en un bosquecillo con grandes árboles. Me recordaron a los troncos del valle, gruesos y llenos de ramas. Unos cuantos ofrecían un buen lecho para la noche. ¿Habría ardillas? Sin duda tenía que haberlas. Pero, claro, no podía asegurarme porque las ardillas jamás salían de noche.

Nos reunimos en la oscuridad con otra silueta. La de Ab.

«Salú,» murmuré, agachándome junto a él.

Seguí la dirección de su mirada y quedé sobrecogido. Ahí, medio escondido detrás de unos arbustos, se alzaba un lado del palacio, a apenas una corta carrera de distancia. Era grande, no muy alto, pero… majestuoso. Desde los Gatos, tan sólo se veía la torre circular. Aquí, se veían las altas cristaleras, el tejado dorado, las piedras azuladas que brillaban bajo la luz de la Gema…

«De primera,» resoplé, maravillado. «¿De qué está hecho?»

Aberyl me forzó a agacharme más.

«Piedra celeste, sacada de tu misma tierra,» contestó en voz baja.

Espiré, incrédulo. ¿Habían traído piedra del Valle de Evon-Sil para fabricar el Palacio? Brasas.

«Lo menos tiene que tener mil años,» dejé escapar.

Aberyl se atragantó, burlón.

«No, hijo. El primero lo construyeron hace dos mil años, pero un derrumbamiento lo destrozó por completo hace un siglo y construyeron otro, más grande y más lujoso, para gran honor de la familia Fiedman.»

Enarqué las cejas.

«¿Los Fiedman? ¿Viven ahí?»

«Ajá. Desde que Stirxis Fiedman fue elegido presidente del Parlamento.»

«Ah, es verdad. Él lo creó. Eso lo sé,» aseguré con tono de experto. «Pues fíjate que yo conocí a un Fiedman. Shudi Fiedman. Me pintó un cuadro.»

Aberyl se carcajeó por lo bajo.

«Ya, hombre.»

Fruncí el ceño.

«¿Qué? Es cierto,» protesté. «Yal sabe que es cierto. ¿Verdad…?»

Me giré y callé al constatar que mi primo no estaba detrás.

«Se ha ido a vigilar,» explicó Ab. Y se apartó con sigilo de los lindes añadiendo: «Basta de charla. He traído tus herramientas.»

En los momentos siguientes, el Daganegra me armó con todo tipo de artilugios, consejos y avisos. Al cabo, como yo le repetía «sí, sí», «lo sé» y «ya», Aberyl calló. Nos habíamos instalado sobre una gruesa raíz a congelarnos mientras esperábamos que llegara la hora oportuna. En mi interior, se entremezclaba la tensión con una creciente excitación pues aquel día acababa de darme cuenta de que, además de salvar a mis compadres, si triunfaba, habría hecho algo que me iba a ganar la consideración de los Daganegras. Al menos un poco.

Durante un buen rato, escuché el bisbiseo de la brisa nocturna que corría entre las ramas desnudas. Entonces, murmuré:

«Ab.»

«Mm,» dijo Aberyl, distraído.

Inspiré, me mordí el labio y me lancé:

«Di. ¿Eres un demonio?»

Aberyl no contestó de inmediato y, lamentando haber sacado el tema, farfullé:

«Olvídalo.»

Lo oí resoplar de diversión.

«Difícil olvidarlo,» inspiró entonces. «Pero, por el bien de todos, vamos a olvidarlo.»

Eso se parecía mucho a una confirmación. Esbocé una sonrisa, me golpeé la frente teatralmente, fingí arrojar algo y declaré:

«Olvidao.»

Vi al demonio menear la cabeza, tal vez sonriente detrás de su embozo. Me hubiera gustado preguntarle si era cierto lo que me había contado mi maestro sobre esa energía de la Vida que estaba despierta en los demonios… pero se suponía que había «olvidao». Buaj. Tras un silencio, Aberyl inquirió:

«¿Cómo se llamaba ese maestro del valle?»

Me encogí de hombros.

«Yabir dice que a lo mejor se llama Narsh-Ikbal. Yo no me sé su nombre.»

Vi a Aberyl girar la cabeza bruscamente hacia mí.

«¿Yabir? ¿Él sabe lo de…?»

Hice una mueca y asentí.

«Fue Dakis, el cerbero,» expliqué. «Reconoció la energía mórtica de mi mano. Esos tipos son Baïras. Saben una porrada de cosas.»

«Mm… Sin duda,» murmuró Aberyl. Se colocó mejor la capucha. «Dime, chaval, por curiosidad. ¿No se te ha ocurrido nunca renunciar a esa mano?» Lo miré, atónito, mientras él meditaba: «A menos que tengas otras partes del cuerpo que…»

«No,» lo corté, horripilado. «Es mi mano. Renunciar… pero qué fiambres dices…»

«Más bajo, hijo,» me interrumpió Aberyl.

Me mordí los labios con una mueca de disculpa que seguramente él no pudo ver. En ese momento, las campanas de un templo dieron las doce y me tensé de nuevo, sentado sobre mi raíz. Aberyl se levantó.

«Olvídalo. Era sólo una pregunta. ¿Lo tienes todo?»

Me incorporé, tanteando torpemente mis bolsillos.

«Creo… que sí.»

Aberyl marcó una pausa.

«¿Estás listo?»

Inspiré y mandé las aprensiones a cazar nubes antes de afirmar:

«Rabiosamente.»

«Bien. Y… supongo que recuerdas esas lecciones de ‘si canto, muero’, ‘huyo si me ven, callo si me pillan’,» recitó Aberyl con calma.

Emití un leve gruñido ofendido.

«Lo sé,» aseguré. «Yo lo único que canto son versos. Pero, de todos modos, no me verán y no me pillarán.»

Aberyl posó una mano burlonamente orgullosa sobre mi hombro.

«Esa es la actitud, chaval. En marcha.»

Lo seguí hasta el escondite de Yal, los oí cuchichear y entonces Aberyl se sumió en una sutil bruma armónica y me empujó suavemente hacia delante. Nos acercamos al Palacio con andar más bien tranquilo. No había guardias fuera. Llegamos junto al muro azulado del Palacio y Aberyl cambió las armonías. No pude ver bien el resultado desde mi perspectiva, pero, si alguien del exterior hubiera mirado el muro, probablemente no habría visto más que piedra azulada del valle.

Aberyl me condujo hasta el famoso ventanuco con un barrote vertical y otro horizontal. El Daganegra me izó para que yo usara la sangre de hidra, saqué un frasco de agua para activar los efectos y el hierro forjado comenzó a derretirse. Lo hice derretir en cuatro sitios y, en dos minutos como mucho, retiré la cruz de hierro. No había trampa mágica ahí: era un simple ventanuco del ala de la servidumbre. Con cuidado, me deslicé adentro y aterricé tan silencioso como un gato sobre una mesilla. Desde dentro, volví a colocar la cruz de suerte que no se viera que había pasado alguien por ahí. Hecho esto, agucé el oído y entorné los ojos en la oscuridad. Estaba en un trastero. Tal y como esperaba Korther. Bueno. Inspiré y me dije: rápido.

Rápido pero sin errores, rectifiqué entonces. E, impresionándome a mí mismo por mi calma, me instalé en una silla para rociar la ganzúa con el extraño producto amarillo que, según Korther, me ayudaría al menos a neutralizar unas cuantas trampas. Ignoraba de dónde lo había sacado pero sin duda debía de haberle costado una fortuna. Claro que el botín compensaría. Me dirigí hacia la puerta y la tanteé. No noté ninguna trampa. Fruncí el ceño, indeciso. La examiné mejor. Al cabo, probé girar el pomo. Abierto. Bueno.

Todo recto hasta el fondo, me repetí mientras hacía lo que pensaba. Derecha. Todo recto hasta unas escaleras que suben…

Estaba todo silencioso. Una extraña excitación me invadía poco a poco mientras avanzaba por un largo y ancho pasillo desierto. Había enormes cuadros colgados en las paredes y a cada paso la suave alfombra acariciaba mis pies callosos. Me sentía como un gato furtivo que, por una noche, se coronaba rey de aquel lugar. Y mi poder, mi arma más preciada, era mi sigilo.

De pronto, vi una silueta observándome y me detuve en seco, aterrado… hasta que entendí que ahí no había nadie. Era una estatua. Sólo una estatua. La madre.

El susto me había hecho olvidar mi etapa del recorrido y tuve que recitármelo otra vez desde el principio para seguir. Izquierda, todo recto… Las puertas por las que pasaba no tenían trampas. Lógico: lo más probable es que sólo las tuvieran las puertas de entrada y las que guardaban cosas de valor, como el tesoro y la Solancia.

Estaba llegando precisamente a la zona que se metía ya en el interior de la Roca cuando oí unas voces y busqué desesperadamente un escondite. Estaba aún en ello cuando vi aparecer la luz de una antorcha al final del pasillo. Me tiré al suelo y rodé debajo de un banco. No era precisamente el mejor escondite pero… es que el lugar no se prestaba mucho. Como las voces se acercaban, me envolví de sombras armónicas. Me repetía con pánico: si me pillan, la armo. Si me pillan, la armo.

Pasaron a buen ritmo y dejaron de nuevo el pasillo en sombras. Tan sólo después, como un eco, me vino un trozo de la conversación. Habían hablado de no sé qué fábrica que había explotado en la zona de los Canales y afirmado que «esos malhechores» se merecían la muerte como en los buenos tiempos. Y, al final, uno había mencionado a Miroki Fal. ¿De verdad había dicho «se van a casar en primavera»? ¿De verdad Miroki Fal se iba a casar? Quedaba por saber si era con la bella elfa Lésabeth pero… Bueno, en cualquier caso, el Mangaplatas seguía vivo. Lo único que me impidió alegrarme de la noticia fue pensar que, si, de haber estado ahí Miroki Fal, me hubiese pillado debajo del banco en ese instante, habría llamado a los guardias de inmediato. Porque, romántico o no, era y seguiría siendo siempre un mangaplatas.

Espabilé, salí de mi escondite y me apresuré a continuar con mi tarea. Ya me imaginaba a Yal y a Aberyl rebulléndose afuera y preguntándose qué tontería habría hecho ahora el pequeño nigromante… ¡pues ninguna aún!

Por poco dejó de ser cierto eso cuando toqué el pomo de una puerta y fui a abrirla. Se resistió. Cerrada. Y además con trampa, me fijé. Saqué la ganzúa y vacilé. ¿Hasta qué punto había testeado Korther ese líquido neutralizador? ¿Y si no funcionaba? Tras maldecirme varias veces por mi indecisión, guardé de nuevo la ganzúa, tendí mi mano mórtica y me dediqué a desactivar la trampa a la vieja usanza. Era compleja, diablos, sí que lo era. Pero se parecía a una que ya había desactivado durante mis lecciones. Sólo que esta iba vinculada a algo… algo poderoso que la vigilaba. La Solancia, a todas luces.

Sin dejarme tiempo para alimentar mis temores, me concentré y finalmente desactivé la trampa sin alterar el vínculo de la Solancia. Forcé luego la cerradura y me metí en lo que Korther llamaba la «zona prohibida». Buaj, como si el resto del Palacio no lo estuviese también…

Seguí el recorrido. Abrí otra puerta y llegué a lo que Korther llamaba el «arco», un pasillo semicircular que rodeaba la sala con las cámaras del tesoro. Había antorchas encendidas. Volví a cerrar la puerta con un sortilegio de silencio y agucé el oído. Oí un ronquido. Sonreí sin poder creer mi suerte. Caminé rozando el muro de la derecha y vi a un elfo gigante armado sentado en una silla, dormido. Fui un poco más allá para asegurarme de que no había más guardias en el pasillo y, entonces, agarré un tercer frasco, saqué un pañuelo y lo llené de satranina. Hecho esto, me deslicé junto al roncador y posé el pañuelo con delicadeza, no queriendo despertarlo. Y no despertó. Tras unos instantes, retiré el pañuelo y estimé que el tipo no despertaría ni aunque le gritara ¡salú! al oído. Le sonreí y proseguí con mi recorrido.

Ya estaba casi. Conté las puertas y caí sobre la que, se suponía, tenía que ser la que llevaba a las escaleras, a la reja y, al fin, a la Solancia. Toqué la puerta con mi mano… y enseguida di un bote hacia atrás. La madera estaba a rebosar de energía. No sólo se trataba de las cerraduras: todo estaba cubierto de trazados energéticos. Y, por supuesto, estos estaban vinculados a la Solancia.

Me mordisqueé los labios. Eso… no lo había previsto Korther. Pero él me había advertido de que probablemente me llevaría algunas sorpresas. “Un buen ladrón sabe improvisar,” me había dicho. Bueno. Pues me tocaba improvisar, pero no tenía ni idea de cómo deshacer una trampa tan grande.

Tanteé las cerraduras con los ojos agrandados por la desesperación. No sabía qué hacer. ¡No sabía qué hacer! Me iba a cantar el gallo antes de que hubiera entrado en la sala. Y mis compadres…

Me paré en seco. Acababa de toparme con un trazado familiar. Agarrándome a mi pequeño descubrimiento, me forcé a dejar de vacilar y a actuar. Entendí que iba a ser imposible desactivar algo así: tenía que deshacerlo, romperlo a lo bruto y, para eso… Bajé la mirada y saqué el frasco amarillo. Si de verdad podía neutralizar los sortilegios, me iba a venir de perlas.

Decidí finalmente confiar en Korther, sólo que no usé su producto exactamente como él me lo había dicho. Neutralicé el encantamiento de la puerta empapándolo con el pañuelo y, mientras hacía mi trabajo de limpiador, deshacía lazos y más lazos energéticos. Lo deshice todo menos los lugares que estaban vinculados a la Solancia. Y luego me dediqué a desactivar estos últimos. Eran cuatro en total, uno en cada cerradura y otro en la parte superior de la puerta. Desactivé los primeros, pero el otro… pues es que no llegaba. Estaba demasiado alto. Con una mueca, sin vacilar siquiera, me dirigí hacia el guardia dormido, lo tiré de su silla y me traje esta junto a la puerta. Entonces, al fin, dejé una puerta más o menos inofensiva. Sólo me faltaba forzar las cerraduras.

Forcé una. Forcé otra. Pero la tercera se hacía la remolona, no quería saltar, no quería hacerme caso… Perdí paciencia, saqué una nueva ganzúa, la cubrí muy levemente de sangre de hidra, escupí en ella y la metí aprisa en el agujero. Bingo. Instantes después, abría la puerta y bajaba las escaleras hacia la sala de la Solancia. Estaba tan cerca… Y sentía una energía poderosa en aquel lugar. Una energía que me decía: ¡afufa, desmorjao! Pero no afufé.

Avancé hasta la reja, el último obstáculo entre la Solancia y yo. No me cupo duda de que era aquel objeto plateado en forma de pirámide posado sobre un pedestal. La magia refulgía por fuera de la reliquia y hasta emitía un extraño sonido parecido al bong de la mina, pero en más sordo. Fiambres. Eso no se le había ocurrido a Korther. Si la Solancia metía ese ruido, era como apañar una armónica y ponerse a tocarla mientras la robabas… Pero qué importaba mientras me daba tiempo a mí a dársela al Albino. Luego, que Frashluc la tirara al río si le entraba en gana.

Rompí la reja con la bendita sangre de hidra y me adelanté en la sala. Era circular. En el centro, estaba la Solancia. Y alrededor, detrás de unas rejas, se encontraban las cámaras del tesoro. Había cuatro en total y todas estaban llenas de riquezas amontonadas, oro blanco, joyas de colores, mágaras, objetos de todo tipo. Me daban escalofríos sólo de mirar todo eso y pensar: ¿para qué? ¿para qué encerrar tanto dinero?

«Mangaplatas,» murmuré.

Abrí todas las rejas de las cámaras con tanto cuidado como con la puerta de arriba y sin atreverme a entrar en ellas. Pero tenía que entrar, porque Korther quería que buscara el Ópalo Blanco. ¡Sí, hombre! ¿Y cómo se suponía que tenía que encontrarlo? Fijo que había montones de ópalos, ahí dentro, y diamantes, y… y… ¡brasas!

Inspiré hondo para calmarme y, con la impresión de entrar en los mismísimos infiernos, crucé el umbral de una cámara. No toques nada, decía Korther. Pues, mira, gran cap: es imposible no tocar nada. Estaba todo demasiado lleno.

Bueno, ¿y si le decía que lo había buscado por todas partes y no lo había encontrado? Hubiera sido una posibilidad, mucho menos aterradora que la de volver sin la Solancia. El problema era que… yo también deseaba encontrar ese ópalo, básicamente para Yabir, para enseñarle que la leyenda era cierta. Pero por más que revolvía el lugar, por más que soltaba sortilegios perceptistas entre todas aquellas riquezas, no encontraba nada.

Hasta que, súbitamente, tropecé con una cuerda de extraños colores, me espatarré e hice caer un tapiz que cubría el fondo de la cámara en la que estaba. Pero, en vez de descubrir un muro desnudo, descubrió un agujero… Y me encontré cara a cara con el hocico de una bestia enorme. Era un esqueleto, afortunadamente. Pero ¡qué esqueleto!

Me enderecé y tendí una mano hacia el hocico, maravillado. De todos los tesoros que había ahí, ese era el mejor. Tal vez pensaba eso porque yo era un nigromante, no sé, pero… ¡caray! Jamás había visto una criatura como esa. Parecía un dragón. Sólo que no tenía cola, comprobé, cuando hube dado un rodeo exhaustivo a la bestia. No dejé de tocarla ni un instante: sus huesos eran una mina de morjás. La emoción me embargaba. A buen seguro eso era un ferilompardo. ¡Tenía que serlo! Y si no lo era, era igual, mi maestro iba a dar botes de alegría cuando le… cuando…

La realidad me impactó como un cubo de agua helada. No estaba en el valle, no estaba con elassar: estaba en el Palacio de Éstergat robando la Solancia. Y tenía que darme prisa.

Renuncié al Ópalo Blanco, me rellené los bolsillos de los huesos más pequeños que encontré y le dediqué una mueca de disculpa al ferilompardo, o… bueno, lo que fuera esa criatura. En caéldrico, le dije:

«Lo siento, amigo. Te llevaría entero con mi maestro, pero es que eres muy grande. Si fueses más pequeño, lo mismo te habría hecho andar y todo. Pero eres muy grande.»

Le abracé la cabeza con las lágrimas en los ojos, le di un beso y le murmuré:

«Salú.»

Y, dándole la espalda, me dirigí hacia el pedestal. La Solancia zumbaba como un enjambre de abejas. Su zumbido me estaba dando dolores de cabeza. Me detuve. El pedestal era alto y tuve que trepar. Me agarré al fin a un borde, me icé y me senté justo al lado de la pirámide plateada. La contemplé con una mezcla de fascinación y temor. Según la teoría de Korther, la reliquia no reaccionaría al contacto de mi mano derecha. Buscaría algún rastro de jaipú a través de la mágara que envolvía mis huesos… y no encontraría más que energía mórtica. Bueno, esa era la teoría. En ese momento, me hubiera gustado saber si era peligroso tocarla a secas, fuera con la piel o tirándole simplemente un escupitajo.

Pero no tenía tiempo para experimentos, de modo que hice lo que Korther me había dicho que hiciera: toqué la Solancia con la mano derecha.

Y pensé que el infierno caía sobre mí.