Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

24 Resurrector

Finalmente, la hipótesis de que los Ojisarios habían descorchado botellas de vino para festejar las Fiestas de Pozos resultó ser la acertada: se oían cantos, vozarrones y carcajadas provenientes de una de las terrazas de los edificios que bordeaban el famoso corredor. Sólo esperaba que dentro de unos instantes los cantos no se tornasen en bramidos de alerta.

Habíamos tardado una eternidad en llegar al tejado de la casa que había al fondo del callejón. Pero al fin estábamos en territorio ojisario. Slaryn reptó por las tejas hasta topar con el muro de uno de los bloques y, envuelto en sombras armónicas, la seguí. Al principio del trayecto, la elfa oscura me había repetido a saciedad cosas del estilo: no metas ruido, no te quejes y no olvides usar las sombras exactamente como yo lo hago. Suspiré silenciosamente. A veces, parecía que Slaryn me tomaba por un crío de cinco años.

Slaryn echó un vistazo al corredor y, acuclillado entre las tejas y la pared del bloque, esperé pacientemente a que se moviera. Al fin, la Daganegra me estiró de la manga para espabilarme y la vi desaparecer debajo del tejado. Gateé y, al asomarme, vi un bulto de sombras bajar por una gotera. No metía ningún ruido. En el corredor, había dos linternas. Una bastante cercana a donde Slaryn aterrizó, otra junto a un Ojisario que montaba la guardia, en la boca del callejón.

Tras asegurarme de que el Ojisario no miraba para nuestra dirección, me agarré yo también a la gotera y comencé a descender tan silenciosamente como pude. Aquella no era mi mejor noche, y es que me dolía aún el brazo y la mandíbula por los puñetazos de Syrdio, nada grave, pero desconcentraba. Cuando posé los pies sobre el suelo, me agaché junto a Slaryn y ella me enseñó una mano como si retuviese las ganas de darme una bofetada. Me fijé entonces en que mi sortilegio de sombras se me había ido al traste. Vaya. Lo rehíce, pensé que Slaryn estaba legítimamente enfadada conmigo y agaché las orejas. Me dio un leve empellón de advertencia y se puso a bordear el corredor. Pasamos cerca de la luz de la primera linterna y Slaryn se mimetizó tan bien que me arrancó una mueca admirativa. Intenté hacer como ella —al fin y al cabo, era lo que me había pedido que hiciera. Sólo que mi intuición me dijo que mis armonías no me salían tan perfectas. Al fin, la Daganegra se detuvo ante lo que, se suponía, era la puerta que llevaba al laboratorio. Sacó una llave y agrandé los ojos al entender que, de alguna manera, había conseguido copiarla. Me aproximé tan sigilosamente como pude y, de pronto, mi pie chocó contra algo y me paralicé oyendo un leve crujido. La madre… Bajé una vista asesina hacia la piedra con la que había topado, aunque cuando la reconocí por un instante me olvidé de todo. ¡Era mi piedra afilada! Los Ojisarios debían de haberla tirado el día en que me habían capturado. Sintiendo cierta alegría por mi descubrimiento, la recogí y, como Sla acababa de abrir la puerta, me apresuré a seguir a la Daganegra como una sombra. Apenas podía creer que el Ojisario que montaba la guardia no nos había visto.

Recorrimos un pasillo y, ahí, no dejé de fijarme en que, andando, ella metía más ruido que yo… Puse los ojos en blanco. Estábamos metidos en plena casa de los Ojisarios, en peligro de muerte, ¿y yo me ponía a comparar habilidades? Espíritus…

Al de unos pasos, Slaryn se detuvo ante una puerta y sacó esta vez una ganzúa. Yo, sintiéndome un poco inútil, decidí al menos cerciorarme de que no había alarmas en la puerta. No había. Slaryn me dio un suave manotazo, se concentró y, finalmente, forzó la puerta, entró, entré y ella cerró detrás de nosotros.

Nos encontramos en una habitación totalmente a oscuras. No había ventanas. No había más que oscuridad. El sortilegio de luz que solté apenas alumbró y Slaryn me dio otro manotazo. Caray… Encendió la linterna ciega y conseguí ver una larga mesa repleta de frascos y extraños artilugios. Oí un ruido metálico justo cuando la luz iluminó el pálido rostro de un gnomo de mediana edad, barbudo y andrajoso, tendido en un jergón de paja. Sus ojos parpadearon y Slaryn murmuró acercándose con rapidez:

«Señor Wayam, ¡hemos venido a liberarlo!»

El alquimista dejó escapar una risita que me puso los pelos de punta. Levantó sus cadenas.

«¿Y cómo?» graznó con voz gangosa. «Estoy encadenado. Ni siquiera el ácido más potente puede romper el acero negro. No podréis liberarme.»

«Sí podré,» replicó Sla, agachándose junto a él.

«No podrás.»

«Tengo sangre de hidra.»

Ahí, el alquimista guardó silencio.

«Eso puede funcionar,» admitió al cabo.

«Funcionará. Los sokuatas han sido liberados,» informó Sla en voz baja. «Y le llevaremos a usted a un sitio seguro.»

El gnomo la miró con mala cara.

«¿A casa de otro captor?»

«No. Pero usted fue quien inventó y fabricó la sokuata. Y usted será quien nos la siga fabricando hasta que nos dé un remedio definitivo. Me parece un trato justo,» concluyó Sla.

El alquimista se mordisqueó la mejilla mientras Sla sacaba esa milagrosa sangre de hidra y meneé la cabeza, incrédulo. ¿Qué tanto tenía que meditar? A lo mejor tanto encarcelamiento y tanta alquimia lo habían dejado atontado.

Lo que vi a continuación me arrancó una mueca sorprendida: tras dejar una especie de polvo negro encima de la cadena, Sla escupió sobre esta. Pero enseguida vi el resultado: al de unos instantes, el eslabón negro se quedó tan fino como un cordel y finalmente se fundió del todo.

«Increíble,» murmuró el alquimista, maravillado. «Jamás había visto sangre de hidra. ¿De dónde la sacas?»

«Del mercado negro,» contestó Slaryn. Había procedido igual con las cadenas de los pies y el alquimista pronto se vio liberado. La elfa oscura apuntó: «Díganos qué necesita para fabricar sokuata y nosotros lo llevaremos.»

El alquimista se levantó y, sin decir nada, tendió un índice hacia un frasco. Lo recogí y lo metí en mi saco. Fue dando la vuelta a la mesa y, cada vez que señalaba algo, yo lo guardaba. Hasta guardé un cuadernillo lleno de anotaciones. Y entonces se detuvo, alzó una mano, se rascó la barba y asintió.

«Eso es todo. Creo.»

«¿Cree?» jadeé.

«Mm,» confirmó el alquimista. Y se frotó los ojos. «Todo lo esencial, sí. ¿Podemos… salir ya?»

Intercambié una mirada con Slaryn. Esta asintió.

«Vamos. Sobre todo, no meta ruido. Y no se sorprenda del camino que tomemos.»

«Más me sorprenderá que consigáis sacarme de aquí vivo,» repuso el señor Wayam.

Oí claramente el suspiro exasperado de Slaryn. Lo tomó suavemente del brazo y lo guió hacia la puerta. El gnomo cojeaba y, dándome cuenta sólo entonces, resoplé.

«¿Por qué cojea?»

Mi pregunta me sonó incluso acusadora a mí. Pero es que, diablos, ¿no era ya suficientemente difícil nuestra tarea como para que, encima, el alquimista estuviera cojo? Podría ser peor, me dije: podrían haberle faltado las dos piernas. O peor aún: podría haber estado muerto.

El alquimista me echó una mirada con cara de fijarse por primera vez en mí.

«Me han rociado a golpes hace unas horas. ¿No es esa una buena razón?»

Su tono añadía implícitamente un: niño impertinente. Hice una mueca y, cuando Sla nos impuso silencio, sellé los labios. Recorrimos el pasillo de vuelta a la puerta de salida al corredor exterior. La puerta que llevaba al túnel y a la mina estaba del otro lado. Y yo no veía, francamente, cómo íbamos a cruzar el corredor hasta ella sin que el Ojisario que montaba la guardia nos viera.

Sla entornó la puerta en silencio y se envolvió en sombras armónicas antes de deslizarse afuera agarrándole al alquimista por la manga. Los seguí, cargando con el saco lleno de frascos y aparatos. Cerré detrás de mí y, justo cuando Sla acababa de abrir la puerta de enfrente con otra llave copiada, percibí un movimiento en la boca del corredor, vi a cuatro Ojisarios apuntarnos con las ballestas y grité:

«¡Corred!»

Los virotes silbaron directamente hacia mí, me tiré sobre el alquimista para empujarlo adentro y no entendí cómo diablos no me dio ningún proyectil hasta que, ya corriendo por los pasillos interiores, constaté que un virote me había desgarrado la camisa.

«¡Isturbiaooos!» bramé. E impelí al alquimista soltándole toda una sarta de imprecaciones, porque el maldito cojeaba y no era el mejor momento para estar cojeando, ¡fiambres!

Por suerte, tan cojo no estaba el gnomo, pues llegamos a la puerta del túnel antes de que los Ojisarios entraran por la del corredor. Los oímos abalanzarse por el pasillo y Sla cerró la puerta gritando:

«¡No tengo nada para atrancarla!»

Y yo menos, quise replicarle, pero mi terror no me dio para tanto. Iba a seguir corriendo cuando, de pronto, el alquimista me agarró el saco, hundió la mano dentro y sacó un frasco.

«Mmno, este no es,» masculló.

Sacó otro, entornó los ojos como intentando ver en la penumbra y yo estaba ya por decirle que cantara algún réquiem porque nos íbamos a morir todos cuando, para asombro mío, estrelló el frasco contra el suelo junto a la puerta. Y salieron llamas.

«¡La madre!» tartamudeé. ¿Esos eran los frascos esenciales para fabricar la sokuata? Y un cuerno…

El alquimista salió corriendo y Sla y yo lo seguimos, lo adelantamos y llegamos a esa famosa puerta metálica que hacía bong. Y qué bofetón de muerte me llevé cuando Sla fue a estirar el batiente y no lo abrió.

«¡Atrás!» gritó.

Retrocedí sin saber muy bien por qué y, cuando vi a Slaryn sacar un disco explosivo, me apresuré a agarrar al alquimista para invitarlo a volver para atrás. La explosión me ensordeció y Slaryn tuvo que agarrarme del brazo para recordarme que teníamos a unos Ojisarios detrás entrando ya en el túnel. Habían dejado sus pesadas ballestas para saltar sobre las llamas, pero seguían teniendo sus dagas. Sin duda debían de estar perplejos del camino que tomábamos, y burlones tal vez de que pensáramos que conseguiríamos sacar al alquimista y a los guakos. No podían imaginarse que teníamos otra salida.

La puerta metálica estaba abollada y abierta. Bajamos por las escaleras con precipitación y Sla gritó:

«¡Gato Negro! ¡Nos persiguen!»

Llegamos al pie de las escaleras y pude ver la obra maestra que iba a acabar con la mina de salbrónix: las mágaras explosivas estaban dispuestas por todo el túnel. Y la puerta de acero negro ya había volado. Pese al grito de alarma de Sla, el Gato Negro nos recibió con una sonrisa de alivio.

«Buenas noches, señor Wayam. Usted no tema: saldrá de esta vivo. Corre, Sla, ponlo a salvo. Meteos por el túnel.»

«Me encargo yo de hacerlo explotar,» dijo Aberyl. Por lo visto, pese a lo que había dicho el Gato Negro, el Daganegra parecía soportar bastante bien los ataques de la espuma vampírica. Se encontraba agachado junto a una mágara explosiva, atada a un hilo que entraba directamente en el túnel. «Esto va a ser mortal,» añadió.

¡Mortal decía! ¡Requetemortal! Le estiré de la manga al alquimista y este no se hizo de rogar para seguir corriendo hacia la otra caverna. Todo estaba vacío: los guakos liberados ya debían de estar a salvo en las callejuelas del Laberinto.

«¡Gato Negro!» le gritó Sla. «Hazle caso a Aberyl: sabe lo que hace.»

Pese a todo, Yerris vacilaba y creí entender su dilema: ansiaba cerciorarse de que el túnel explotaría y dejaría de ser usable por un buen rato. Le lancé:

«¡Gato Negro, con esos explosivos se nos va a caer todo encima, corre, escalufniao!»

Y no esperé más, porque oía ya los bramidos de incomprensión de los Ojisarios que recorrían el túnel a la carrera sin tener la más mínima idea de que les rodeaba la muerte por todas partes. Invadido por la urgente supervivencia, yo tan sólo lograba pensar en correr y en no perder de vista al alquimista. Este al avistar la bruma de luz exclamó:

«¿Pero qué es este espanto?»

No pareció tan espantado pues bien que se metió por el túnel de luz sin frenar una pizca. Habíamos dado tal vez una cincuentena de pasos cuando Aberyl gritó algo y pasó junto a nosotros corriendo como una liebre. Y llegó la explosión.

Me tiré al suelo y, curiosamente, la bruma de luz ahogó casi todo el estruendo que produjo. Eso no me impidió rasgarme las rodillas por culpa de la roca cortante. Sin pensarlo, inspiré, no encontré aire y me levanté, atragantado, tan sólo para ver el infierno desatarse en la superficie. Las piedras se caían, la luz vibraba como si estuviera quejándose de tal estrépito y, lo peor de todo, no veía a nadie.

Tras unos instantes de estar avanzando torpemente, conseguí gritar:

«¡Gato Negro! ¡Sla!»

Repetí mi llamada hasta que mi pie topó con algo blando y, con el corazón helado, me apresuré a estirar sobre el cuerpo. Para alivio mío, sentí una reacción y unas manos agarrarme. Lo tiré para arriba. Era el alquimista. Pero estaba medio desmayado.

«S-señor Wayam,» farfullé. «¿Está vivo?»

El alquimista resopló sin abrir los ojos.

«De momento. Pero dentro de poco dejará de ser cierto. Siento como si… como si la vida se me fuera como un torrente.»

Entendí su problema y palidecí. Vaya. Si no salíamos rápidamente de ahí, la bruma iba a absorberle todo el jaipú y matarlo.

«Vamos, ánimo, tenemos que salir de aquí o morirá.»

Le presté mi apoyo y avanzamos unos pasos antes de que oyese unas voces.

«¡No me mates, tengo a mujer e hijos, por favor!»

La escena que alcancé a ver al llegar a una curva me heló la sangre. A apenas unos metros de mí, vi a Slaryn y, sobre un pequeño islote rocoso cercano, estaba el Gato Negro con un disco explosivo, amenazando a un Ojisario. Y no a cualquier Ojisario, entendí con un escalofrío, reconociendo al fin la voz. Era Lof, el Embozao, el que nos traía el pan mágico todos los días y nos contaba chistes.

«¡Nooo!» rugí. «Gato Negro, ¡no lo mates!»

Dejé que Slaryn se ocupara del alquimista y corrí hacia donde se encontraba el Gato Negro.

«No lo hagas,» dije. «Es el Embozao.»

El Gato Negro me miró como si no me reconociera.

«Cabal, shur. Es el Embozao: un Ojisario desalmao que nos contaba chistes mientras nos veía sufrir.»

«No,» dije, alterado. «No lo mates. Eso es muy feo, Yerris. Por favor. No perdamos más tiempo, salgamos de aquí. El alquimista se está muriendo.»

El Gato Negro le miró a Lof a los ojos, hizo una mueca de asco y gruñó.

«Como intentes algo, te meto este disco en la boca, Lof.»

Bajó del islote y abrió el camino mientras yo me apresuraba a ayudarle a Sla con el alquimista. Viendo que el jaipú se le iba a grandes tirones y sabiendo que aún nos quedaba un buen trecho para salir de ahí según el Gato Negro, entendí que no llegaríamos a tiempo. Y estaba ya a punto de caer en la más profunda desesperación cuando se me ocurrió que yo podía hacer algo. Le agarré el brazo con ambas manos y me concentré mientras avanzábamos. Como transformar su propio morjás en jaipú me hubiera requerido una concentración que no podía tener visto cómo estaban las cosas, me dediqué a transformar el mío y a enviarle ondas de jaipú. Me sirvió haber absorbido el morjás de esos huesos que había recogido en el túnel de huida y, al de un rato, el alquimista recuperó cierta compostura.

«Impresionante,» lo oí murmurar.

Palidecí, esperando que no sacara demasiadas conclusiones sobre lo que acababa de pasar. ¿Era acaso nigromancia usar el morjás de los huesos para devolver vida a un ser que aún no estaba muerto? No lo creía yo. A eso se lo llamaba curar, no revivir. Por eso, cuando vi que Lof nos seguía, detrás, con cara más muerta que viva, le tomé la mano y le ayudé de la misma forma. Tal vez no me apliqué tanto pero, en todo caso, el Embozao consiguió seguirnos con más vigor.

El camino hasta el agujero me pareció eterno. Estaba ya pensando que Yerris se había perdido cuando este se detuvo, tanteó la pared a través de la luz y asintió.

«Por aquí.»

Nos metimos en la luz y penetramos en una caverna por un agujero más bien estrecho. Tanto que me costó hacer pasar el saco lleno de frascos. A saber cuántas cosas del todo prescindibles me había hecho meter ahí el alquimista…

Respiramos de alivio cuando dejamos atrás la espuma vampírica.

«Ya pensaba que os habíais quedado sepultados,» nos acogió Aberyl. Su silueta embozada se erguía junto al túnel de salida. «Venga, gnomo, te pondrás bien, arriba.»

Pero el alquimista se había espatarrado en la roca y graznaba cosas incomprensibles. Sentí un escalofrío. Sólo faltaba que se hubiera vuelto loco y…

«Arriba,» repitió Aberyl.

Entre el Gato Negro y él, ayudaron a meterse al alquimista en el estrecho túnel y avanzaron a trompicones mientras Sla abría la marcha, iluminándoles el camino. Le estiré de la manga al Embozao y este trastabilló detrás de mí, aturdido.

Desde la entrada del túnel, la luz vampírica no me había parecido tan lejana. Pero el camino inverso me pareció largo, muy largo, porque yo ya quería salir de ahí, regresar con mis comparsas y dormir a pata suelta.

«Cuidado con las mágaras,» dijo Aberyl entonces. «He puesto todas las que quedaban. Supongo que no queríais guardar alguna de recuerdo, ¿no?»

El Gato Negro, gruñendo bajo el peso del alquimista, replicó:

«Fiambres, no. Que se destruya todo el túnel, la mina y esa espuma y todos sus santos muertos.»

Aberyl me dedicó una mirada sonriente por encima del hombro y asintió.

«Entonces, sea.»

Estábamos ya llegando. Y yo por poco no empujaba a Aberyl detrás con las ganas que tenía de salir ya de una vez. Empezaron a salir. Aberyl dio un salto ágil abajo y sacaron al alquimista medio en volandas; yo puse un pie sobre la caja de madera e iba a estirar al Embozao para ayudarlo cuando, de pronto, este tropezó con el hilo.

«¡Cuidado con el hilo!» exclamó Aberyl. Se precipitó para desenmarañar a Lof pero, cuando tocó una mágara, sus ojos destellaron de terror. Dio un bote hacia atrás y se desgañitó: «Fiambres, ¡a cubierto! ¡Corred!»

Y él corrió. Quise imitarlo, pero con las prisas tropecé en los peldaños improvisados. Yo trataba de recuperar el equilibrio cuando creí ver, como un relámpago, a una silueta familiar que se detenía junto a la esquina mientras Aberyl la empujaba hacia atrás, y entonces… todo explotó.

Fue tan rápido que tardé un buen rato en entender lo sucedido. El Embozao se tiró sobre mí, yo grité, recibí algo que me dejó medio inconsciente, dejé de gritar y me atraganté con el polvo. Tosí y oí gritos lejanos. Las rocas habían salido disparadas. Por eso yo no entendía cómo podía ser que siguiera vivo, a menos que… Con una mano que apenas podía mover, toqué la del Embozao. Este me cubría entero… y no se movía. Su jaipú se había volatilizado.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Lof me había salvado la vida. Se había sacrificado por mí. Pero… ¿por qué? Mi cuerpo, ahora, temblaba violentamente. Sentí que alguien me quitaba el peso muerto de encima y que me extraía de entre el amasijo de rocas. Tosí de nuevo, miré mi mano derecha y, viéndola algo rasgada, desaté las pocas energías que me quedaban para sanarla. No era plan que, después de haber sobrevivido más o menos a todo, me pillaran los saijits con una mano muertoviviente… Me agarraron dos brazos fuertes y traté de sostenerme en pie, pero una pierna me fallaba. Bajé la vista, la vi ensangrentada, y luego alcé la cabeza y reconocí el rostro tan familiar.

«Elassar,» murmuré.

Si me dijo él algo, no lo oí. Mis oídos zumbaban. Giré la cabeza hacia el túnel. Había desaparecido. Ahora tan sólo había un montón de rocas.

Yal intentó hacerme avanzar pero, cuando entendió que no podía más que cojear, me levantó, murmuró otra vez algo, creo, pero no supe qué, y se alejó del patio tan rápido como pudo. En mi mente, seguían retumbando las piedras y oyéndose la explosión una y otra vez… Y seguía sintiendo al Embozao tirado sobre mí como un escudo. Como diría el Sacerdote, que sus ancestros lo acojan como a un hermano.

* * *

* * *

Nota del Autor: ¡Fin del tomo 1! Espero que hayas disfrutado con la lectura. Para mantenerte al corriente de las nuevas publicaciones, puedes seguirme en amazon: echar un vistazo al sitio web del proyecto.