Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

23 Explosivos

Con la agilidad del veterano, Nat el Bailador me tiró la billetera, la atrapé y se la arrojé a Damba. Este la hizo desaparecer bajo su camisa, realizó un gesto diciendo «me voy para casa» y, en un pacivirtud, se fundió en la muchedumbre de la Explanada. Tras echar una mirada atenta a su alrededor, el Bailador se acercó a mí con una de sus sonrisas de lobo.

«¿Nos hacemos un doble, compadre?»

Hacer un doble significaba, en nuestra jerigonza, robar algo valioso que nos permitiera pasar el día siguiente sin trabajar y hasta tal vez más tiempo. La semana pasada, habíamos apañado una tetera de porcelana en una tienda. Y la anterior me había hecho con un reloj de bolsillo, se lo había vendido por dos siatos a Yarras, el rufián de la Blanca, y había invitado a mis comparsas, al Topo y a la Adivina a comer caliente en una taberna de Tármil. Sé que Yerris se enteró, pero tan sólo me había soltado una mirada inquieta y me había dicho: ten cuidado, shur. Él que decía antaño que tan sólo el qué dirán de los Daganegras le impedía hacerse carterista… no podía darme muchas lecciones. Sobre todo que, a mi ver, era bastante más imprudente robarle algo a Korther que a un mangaplatas encopetado y distraído en plena calle.

El Bailador me miraba, interrogante. Me pasé las manos detrás de la cabeza, bostecé y asentí.

«Corriente.»

Nos alejamos juntos hasta la escalinata del Capitolio. Subí unos cuantos peldaños y oteé sobre la plaza en busca de Manras y Dil. Los había dejado con los periódicos, cerca de la comisaría central, y creí avistarlos, aunque no estaba seguro. Acababan de dar las cinco de la tarde y el lugar estaba más transitado que un día de fiesta. Y es que, en verdad, lo era casi, pues aquella misma noche empezaban las fiestas de mediados de Pozos, en las que se cubrirían las calles de guirnaldas de flores en honor a los ancestros, sus espíritus y quién sabe cuántas cosas más. Con la mirada posada en la Explanada y el mar de sombreros, solté una imprecación y dije:

«¡Bailador! ¿Recuerdas a ese granuja que casi casi me abre la cabeza con su bastón?»

«¿El de la semana pasada?»

«Ese. Creo que lo acabo de ver. Granuja malnacido… ¿Sabes por qué se me cabreó?»

Mi compañero de oficio se carcajeó.

«¡Natural que lo sé! Lo llamaste rácano por no darte limosna. Y él bien que te arreó. ¡Me dio tiempo a quitarle la billetera y aun el pañuelo!»

Se reía, recordándolo, y yo hice una mueca. Aún me parecía notar cierto dolor en el brazo donde me había dado el primer bastonazo. Una suerte que no me hubiese aporreado la cabeza, pues mi herida de hacía tres semanas acababa justo de curarse completamente. Suspiré y me arrimé a la barandilla, diciendo:

«Pero no oíste lo que me dijo antes de que me soltara. ¿Sabes lo que me dijo?»

El Bailador puso los ojos en blanco y aventuró:

«¿Tunante, bribón, garrapata, pulga muerta?»

Esbocé una sonrisa.

«Aparte de eso. Me leyó el futuro, te juro, me dijo: ¡miserable, acabarás en el Clavel un día de estos, ojalá te mates antes y te coman las ratas…! Y otras cosas parecidas. El muy isturbiao se ganó la palma de todas las maldiciones que me han echado hasta ahora. Te lo juro. Los hay que se merecen más que quedarse sin billetera, porque ¡fiambres! como me lo cruce en el Laberinto no seré yo quien sufra, te lo digo yo, ¡le tiraré una rata a la cara! Mis ancestros sean testigos de que ese granuja es un diablo sin sentimientos y…»

El Bailador me interrumpió, impaciente.

«Acorta el rollo, Espabilao. Y no saques a tus ancestros, que pareces el Sacerdote. Los diablos sin sentimientos, los hay a montones. A empezar por los Ojisarios. Y si queremos hacer algo para capturar al alquimista, antes necesitamos plata para comprarnos armas buenas, porque ahora están más alerta que nunca y no nos bastará con tirarles piedras… ni ratas. Con lo que, arreando, vayamos a hacernos el doble. Tengo una idea.»

Me mordisqueé la mejilla y lo seguí sin protestar aunque aún con ganas de echar veneno contra aquel mangaplatas cuya vista me había traído malos recuerdos. Pasamos cerca de un tenderete de manzanas, el Bailador cogió una fruta y yo, por no ser menos, hice otro tanto. Nat no era mucho mayor que yo, un año más, tal vez, no más de dos, pero llevaba robando y mendigando para vivir desde que tenía uso de razón y eran, en fin, tan naturales sus gestos que yo me preguntaba a veces si pensaba siquiera en ellos.

Llegamos ante la Bolsa de Comercio y el Bailador se detuvo.

«Espera. Pensaba montar un escenario, pero necesitamos refuerzos.»

«Damba se ha ido,» objeté.

«Ya…» Nat se mordió el labio pensativo. «Me pregunto dónde diablos estará Syrdio, aunque ese desde que te asociaste no asoma la nariz…» Me echó una mirada de reojo. «Tus comparsas podrían echarnos una mano.»

Fruncí el ceño.

«Están trabajando.»

«Y sacarían mucho más si cambiaran de hábitos,» se burló el Bailador. «Si tú mismo dices que últimamente no ganan ni treinta clavos entre los dos.» Y, como yo vacilaba, insistió: «¡Venga! Si ellos se mueren de ganas de ayudarnos. Manras, al menos. El otro es más cazurro. Además, sólo servirán de distracción, descuida.»

Cedí y fuimos en busca de Manras y Dil. Los encontramos sentados en una escalinata, hablando con otros canillitas. Enarqué una ceja, divertido. ¿Trabajando duramente, eh? Iba a llamarlos cuando, de pronto, Manras se levantó con brusquedad exclamando con rabia un:

«¡Retira eso!»

Y, ante mi mirada de asombro, se tiró sobre un canillita rubio. Ambos gritaron, rodaron por el empedrado, se estiraron de la ropa, embistieron sin querer a un viandante, quien les arrimó una patada, amoscado. Pero Manras ni siquiera debió de notarlo, tan ocupado estaba en morderle el brazo al rubito… Alcanzándolos al fin, le di una colleja a Manras para que lo soltara y lo aparté mascullando:

«¡Pero qué fiambres te pasa, shur! ¿No sabes que pelearse es de isturbiaos?»

Eso, al menos, me había dicho Yal una vez, hacía tiempo, cuando me había encontrado en la Cumbre con moratones. El pequeño elfo oscuro puso cara tozuda y, como el otro canillita gemía y lloraba a moco tendido, chupándose su mordedura, se defendió:

«¡Se ha reído de mí! Me ha dicho que soy un bestia porque Dil me lee los titulares y yo no puedo leerlos.»

Nat el Bailador dejó escapar una ruidosa carcajada y exclamó:

«¡Pues el mundo está lleno de bestias entonces! ¡Deja de lloriquear, isturbiao!» le soltó al canillita rubio con desprecio. «Manras igual no sabe leer, pero morder sí sabe, ¿te diste cuenta? ¡Bicho docto, nabo cultivao!» Y le agarró a Manras del brazo diciéndole: «Ven, shur. No nos seas tan susceptible. Deja esos periódicos y avente con nosotros, que tenemos un trabajo serio que proponerte.»

Los ojos de Manras se iluminaron.

«¿De verdad?»

«De verdad,» sonrió el ladrón.

No me gustó mucho su tono. Pese a todo, le hice una señal a Dil para que nos siguiese; al ver a este cargar con todos los periódicos, carraspeé.

«Er… Dil. ¿De verdad vas a llevártelos?»

El Principito puso cara sorprendida.

«Pues… natural. Hay que devolverlos si no se venden.»

Pese a las burlas del Bailador, lo acompañamos a devolver los periódicos a la oficina de prensa y sólo cuando estuvimos de vuelta a la Explanada, sentados en un bordecillo de piedra de la Fuente de la Mantícora, Nat explicó su plan.

«Es sencillo,» dijo con tono excitado. «Vamos a hacer el truco del limosnero y despalmar una joyería. En realidad, esa joyería que veis ahí.»

Palidecí un poco y traté de leer las letras del escaparate.

«¿La joyería Canostro?»

«Cabal. Esperáis aquí, voy a buscar a un acatao mío que sabe mucho de vestir bien. Me debe una, así que se apuntará fijo. Él hace de cliente mangaplatas, vosotros entráis y pedís limosna. Mi amigo se hará el generoso, os da calderilla y, bingo, os largáis dando las gracias pero sin perder el tiempo. ¿Corriente?»

Fruncí el ceño.

«No lo capto,» confesé. «¿La limosna nos la da tu amigo?»

«¡Junto con el anillo o broche que habrá apañado, natural!» me explicó el Bailador, divertido. «Yo no voy, porque ese joyero ya me tiene fichao. Está hecho con la misma madera que el que te zurró la semana pasada, Espabilao: es un diablo sin sentimientos. ¡La hora de la venganza ha llegado!»

Lo observé con atención. Manras dijo:

«¡Me gusta! ¿Cuánto vale un anillo?»

«Dorados,» contestó el Bailador.

«¡Dorados!» se emocionó el pequeño elfo oscuro.

Le eché una mirada sombría a Manras y le lancé a Nat:

«¿Has pensado en que, si nos pillan y nos mandan al Clavel, estamos muertos? Los guardias no van a darnos sokuata.»

Los ojos del Bailador centellearon.

«No nos pillarán, será coser y cantar. Venga, no te rajes, Espabilao. Además, Syrdio me pidió que hiciéramos algo grande, porque necesita dinero rápido. Dijo que tenía un plan para sacar al alquimista.»

No me sorprendí. Yerris y Sla también tenían uno; uno no, varios. Yo había contribuido en ellos comprándole ganzúas a Korther con el dinero que me había sobrado de los cuidados para el Sacerdote. El cap Daganegra me las había vendido baratas, recordándome que si los moscas oían pronunciar la palabra «Daganegra» de mi boca adiós nuestra amistad. De eso hacía ya dos semanas. Y Yerris y Sla todavía no habían puesto en práctica ninguno de sus tan grandiosos y secretísimos planes. Suspiré.

«¿Y cuál es el plan de Syrdio? ¿Comprar navajas y acuchillar a los Ojisarios?»

Mi compañero se encogió de hombros.

«No me lo ha explicado todo, pero dijo que al Raudo le parecía un buen plan.»

En el que él no participaría, adiviné. Me crucé de brazos.

«El Gato Negro ya está planeando algo y no quiero estropearle el plan. Así que no voy a meterme en la joyería. A menos que me digas dónde está la sokuata.»

La reacción fue inmediata. Enseguida, el Bailador se ensombreció y me miró con cara recelosa.

«No.»

Su respuesta me arrancó un resoplido de exasperación y me levanté.

«¡Pero, Bailador! Me conoces. Sabes que yo sé compartir. Y no le diré nada al Gato Negro si no quieres. Lo juro. Pero, imagínate, os pasa algo a ti y a Syrdio, y nos condenáis a todos.»

El Bailador me echó una mirada burlona y se levantó a su vez.

«Cabal. Por eso, más te vale protegerme las espaldas. Y ahora en serio: ¿estás con nosotros o estás con el Gato Negro?»

Nos miramos a los ojos. Casi casi nos enseñábamos los dientes. Bueno, en realidad, él esperaba a que yo bajara la cabeza o me tirara sobre él. Y yo trataba de encontrar un buen argumento. Pero no lo encontré. Tensé la mandíbula y entonces Manras intervino, interponiéndose y diciendo:

«Espabilao, ¿no irás a pelearte con él, verdad? Pelearse es de isturbiaos,» me recordó muy sabiamente.

Le solté una mirada incrédula y burlona al mismo tiempo, meneé la cabeza y lancé con dignidad:

«Eres un cobarde, Bailador. Creía que éramos amigos. Si no me dices dónde está la sokuata, es que no confías en mí. Y yo no trabajo con gente que no confía en mí. Nos vamos, shurs.»

Comencé a alejarme y, aunque vacilante, Manras me siguió. Dil, en cambio, no vaciló ni un segundo. Entonces, el Bailador me cortó el paso.

«¡Hey! Espera, Espabilao.» Estaba alterado. «Está bueno. Te lo digo. Sólo a ti. Pero, si lo dices al Gato Negro, no te lo perdonaré nunca.»

Le enseñé una sonrisa alegre.

«Corriente. Callaré como un espíritu.»

El Bailador titubeó antes de acercar los labios a mi oído y decirme:

«Está en el río Tímido, en un agujero entre la roca. A unos metros hacia abajo a partir de la Calle de los Elfos.»

Asentí, con intenciones certeras de comprobarlo pese a toda la… er… confianza que le tenía al experto ladronzuelo.

«Gracias, Bailador,» le dije y sonreí esta vez anchamente. «Vayamos a aliviar al joyero.»

El Bailador me palmeó el hombro y me lanzó una mirada turbada como diciéndose a sí mismo: fiambres, ¿desde cuándo me he hecho tan confiado?

* * *

El robo fue tan rápido que fue casi un visto y no visto. Manras, Dil y yo entramos en la joyería acicalados con finas guirnaldas de flores birladas en la Explanada y yo me puse a berrear con tono quejumbroso:

«¡Caballeros! ¡Una limosna para los niños pobres en este día santo! Tenemos hambre. Sed piadosos.»

Había tres clientes dentro de la tienda. Uno de ellos era el amigo de Nat, un tipo de unos veintitantos años, vestido de mangaplatas a tope. El joyero estaba ya con cara de ir a echarnos fuese como fuese cuando nuestro cómplice exclamó:

«¡Pobres almas!»

Tenía cara tan buena y tan inocente que, cuando me tiró las monedas y, entre ellas, un anillo, me salió del corazón un:

«¡Gracias, señor! Que sus ancestros se lo paguen.»

Y salimos de ahí tan tranquilos, sin traba alguna, con tres o cuatro clavos de limosna y un anillo que costaba dorados. Y listo. Nos fundimos los tres entre el gentío de la Explanada, nos reunimos con el Bailador y le deslicé el botín.

«¿Todo bien?» inquirió Nat.

«¡Rabiosamente!» afirmé, sonriendo de oreja a oreja.

«¡El isturbiao no ha visto nada!» se carcajeó Manras.

Dil se contentó con menear la cabeza y suspirar, como pensando: menudos amigos me han tocado en suerte.

Dejamos al Bailador afufar con el anillo y, aún animados por nuestro pequeño éxito, mis comparsas y yo nos encaminamos Avenida de Tármil abajo, deteniéndonos en cada escaparate, trotando de aquí para allá y observando despreocupadamente los quehaceres de la gente honesta.

Finalmente, tomamos el camino de regreso al Laberinto, sin olvidarnos de hacer rodeos y permanecer alerta, pues desde que los Ojisarios sabían que teníamos una reserva de sokuata se habían puesto furiosos y, tres días antes sin ir más lejos, por poco habían capturado a Slaryn y a la Adivina. Yerris incluso andaba pensando en cambiar de refugio, porque no se fiaba de que Syrdio fuera a cerrar la boca si lo pillaban y lo interrogaban.

Cuando llegamos al callejón del Raudo, ya estaba anocheciendo y, pese a que no hacía frío, habían encendido una pequeña fogata para alumbrar. Avisté a Damba sentado sobre el barril y le pregunté:

«¿Sosque está el Bailador?»

Él se encogió de hombros.

«Ni idea. No ha vuelto todavía.»

Fruncí el ceño y, por un momento, me imaginé que algún mosca caza-guakos lo había aferrado y se había llevado el anillo, metiendo de paso al Bailador en el Clavel. Pero, no, era imposible: al Bailador casi nunca le pillaban los moscas, y menos con un botín así.

Me dispuse, pues, a esperar con Manras y Dil mientras los demás guakos jugaban a los dados, apostando clavos. Entonces, apareció el Raudo con Syrdio y el Bailador. Los tres, al verme, se detuvieron en seco. Una vocecita me dijo que algo andaba mal y lo comprobé enseguida cuando el Bailador se acercó y me empujó con ambas manos gruñendo:

«¡Traidor!»

Agrandé los ojos, perplejo.

«¿Qué fiambres?»

El Raudo intervino.

«Wow, wow, tranquilo, Bailador: vamos a ser caballeros,» dijo con calma, acercándose. «Dime, tocayo, con sinceridad. ¿Te dijo el Bailador dónde estaba la sokuata?»

Me petrifiqué y le eché una ojeada al Bailador antes de mentir:

«No.»

El elfo pelirrojo me agarró bruscamente del brazo y me acorraló contra un muro. No me dio la sensación de que se comportara exactamente como un «caballero». Me siseó:

«He dicho: con sinceridad. Él ha confesado. Y si tú no robaste la sokuata, debiste decírselo al Gato Negro en un momento para que lo hiciera.»

Lo miré, espantado.

«¿Nos han robado la sokuata?»

Esta vez, fue Syrdio quien, agarrándome del otro brazo, me lo estrujó de tal forma que dejé escapar un gemido de dolor.

«Confiesa, Espabilao: nos has traicionado.»

Negué con la cabeza, anonadado.

«¡No! ¡Mentira! He estado con el Bailador toda la tarde. Acabo de volver…»

«De alguna forma lo has hecho: ¡la sokuata ya no está!» bramó Syrdio.

Vi un destello de pánico reflejarse en sus ojos y entendí que ningún argumento razonable iba a convencerlo. Solté sin embargo:

«¡Yo no os he traicionado!»

Y forcejeé para liberarme. El Raudo se apartó, pero no Syrdio, y Manras se tiró sobre este dándole un puñetazo en el hombro y gritando:

«¡Suéltalo, isturbiao!»

Sin soltarme, Syrdio le dio un tortazo con su mano libre. Aquello fue más de lo que pude soportar. Que se metiera conmigo, bueno, pero ¿que la tomara con mis comparsas? ¡Eso ni en sueños! Con la mente sulfurada, me abalancé sobre Syrdio, arañándolo y tirándolo al suelo.

«¡Traidor!» me gritaba él.

«¡Enajenao!» le decía yo.

Para gran orgullo mío, aunque Syrdio era mayor que yo, no me ganó. Nos apartaron. El Raudo me agarró por la cintura y, pese a que yo seguía agitándome, me alzó en vilo antes de posarme unos metros más lejos con un resoplido y un:

«Ya basta. Óyeme: la hayas robado tú o no, hasta que no reaparezca la sokuata, quedas fuera. ¿Me has entendido?»

No le contesté. Le fulminé con la mirada a Syrdio, retrocedí unos pasos cercado de Manras y Dil y, con una mueca desafiante, les di la espalda a todos y me marché cojeando. El Principito carraspeó mientras nos alejábamos.

«¿No decías que pelearse era de isturbiaos?»

Percibí una pizca de diversión en su tono. Suspiré ruidosamente y me masajeé la mandíbula.

«Lo dije. Pero es que yo soy un salvaje de cuidao. Vengo de las montañas, tengo excusa.»

Y gruñí largo y tendido contra Syrdio. Tan sólo callé cuando entramos en El Cajón para pedirle a Sham la cena. Pese a que fuesen fiestas por toda la ciudad, en aquella taberna se rendía más culto a los naipes y a las cosas mundanas que a los ancestros y, como tal, reinaba el mismo ambiente ruidoso y familiar que siempre. A un mangaplatas le habría parecido aquello un antro de delincuentes; a mí, en cambio, me parecía casi una familia. Iba a cenar ahí casi todas las noches con mis comparsas y todos me trataban bien. Sin embargo, mi humor en aquel instante no era particularmente alegre y a los «¡salú, cantador!» que me soltaron algunos contesté con un desganado «salú, salú».

«¡Tienes cara de haberte tropezado con un nadro rojo, chaval!» me dijo el gran elfo oscuro mientras posaba tres platos de gachas sobre el mostrador.

Le di un codazo a Manras al verlo sonreír y agarré un plato replicando:

«De nadro rojo nada, era un gato bípedo con falanges y uñas no retráctiles.»

La taberna prorrumpió en carcajadas.

«¡Y qué palabrejas nos saca!» se impresionó el viejo Fieronillas, burlón. «¿Pero dónde has estudiado tú, en Deriens?»

«¡En la calle!» dije.

Sonreí al verlos todos reír de mi chanza y me dediqué a engullir las gachas, lamí el plato y, como Dil masticaba a velocidad de caracol, Manras y yo vagamos entre las mesas mirando las cartas de los que jugaban, escuchando las apuestas, los vozarrones y las pullas… Y poco a poco la modorra me invadió. Estaba yo sentado en el suelo, bostezando y acariciando a Castaña, el perro del viejo Fieronillas, cuando la puerta se abrió de golpe y entró toda una banda hablando animadamente.

«¡Está claro que hubo bronca!» decía uno. «¿Qué os apostáis a que es Frashluc?»

Y otro, un tal Loto el Manitas, anunció:

«¡Adivinad, compañía! Hay fiesta en casa de los Ojisarios. Se los ha oído bramar desde la Plaza Lana.»

Como todos preguntaban por más detalles, los dieron, pero fue poca cosa: tan sólo sabían que se había montado un lío en el territorio ojisario. Uno aseguraba que era una simple bronca entre ellos, otro apostaba sus ojos a que los de Frashluc les habían mandado una advertencia porque no pagaban suficientes impuestos, y los había que opinaban que lo más probable era que hubiesen descorchado unas botellas para festejar a sus malditos ancestros alrededor de una montaña de siatos. Yo escuchaba, suspenso, hasta que, dándome cuenta de que quedándome ahí no iba a averiguar más sobre el tema, me levanté, estiré de la manga a Dil y nos salimos los tres, rumbo a la Cueva. Ignoraba si Frashluc, ese gran cap del Laberinto, podía tener intereses para molestar al Bravo Negro —algunos incluso decían que tenía intereses para no hacerlo—, pero lo que sí sabía era que, a partir de unos rumores, los parroquianos de El Cajón se inventaban mil historias. En cualquier caso, si había habido alboroto en casa de los Ojisarios, también podía ser que Yerris y Sla hubiesen puesto en práctica su plan sin avisarnos. A menos que los guakos que estaban dentro del pozo hubiesen conseguido evadirse otra vez, pero aquella última posibilidad me parecía improbable.

En la Cueva, estaban ya la Adivina y el Topo, durmiendo a puño cerrado. Mis comparsas se quedaron dentro, pero yo salí otra vez al Corredor de la Peste sin saber muy bien qué iba a hacer. ¿Rondar de nuevo por el territorio ojisario y arriesgarme a que me pillaran? No, eso no, me dije con un escalofrío. Crucé el puentecillo de madera, bajé las estrechas escaleras e, inquieto, me senté en uno de los peldaños a esperar al Gato Negro y a Sla. Esperé un buen rato. Nada. Vale, no era tan extraño, últimamente apenas se les veía el pelo y no venían siempre a dormir con nosotros pero… diablos, si habían intentado algo y los Ojisarios los habían capturado… Me desanimé con tan sólo pensarlo. Y es que dudaba de que los Ojisarios fueran a ser muy compasivos con ellos.

Estaba tan sumido en mis pensamientos que tardé en fijarme en la abultada silueta que avanzaba por la calleja a la carrera y me levanté de un bote para evitar que me pisoteara. Por un terrible instante, creí que se trataba de algún Ojisario. Pero entonces lo oí mascullar una palabrota, vi su rostro, lo reconocí y resoplé de alivio.

«¡Gato Negro!» cuchicheé. «Creí que te habían matado.»

El semi-gnomo resolló, recuperando el aliento, antes de soltar:

«Espabilao. Necesito tu ayuda.»

Aquellas palabras me arrancaron una sonrisa ilusionada.

«¿De verdad?»

«De verdad,» confirmó.

Y me dio uno de los dos sacos que llevaba. Silbé entre dientes.

«¿Qué tienes ahí, cabezas de hidra?»

«Mágaras explosivas.» Lo miré con los ojos abiertos como platos y él carraspeó. «Te lo explico luego. Vamos.»

Atónito, lo seguí tan rápido como pude por la calleja oscura, cargando con algo que sin duda me habría espiritado al instante de haberse activado. El cielo se había cubierto y la Luna apenas iluminaba, pero por ser sokuata, veía más que suficiente para evitar los trastos, la ropa colgada y los salientes de piedra.

Yerris me condujo a un lugar peligrosamente cercano al territorio ojisario, situado algo más abajo en la vertiente. Bajamos unas escaleras desiertas que bordeaban uno de los barrancos más profundos del Laberinto. Al pie de este se elevaban edificios con terrazas. El Gato Negro se metió en un patio trasero lleno de trastos y se detuvo en medio. Murmuró:

«Esto va a ser grandioso.»

Lo miré, expectante. Pero el Gato Negro no añadió nada, posó su saco de mágaras explosivas y se acercó a la pared rocosa de tal vez unos treinta metros de alto. Trepó temerariamente un trecho y oteó unos instantes antes de dejarse caer con agilidad y contar en voz baja:

«Durante mis exploraciones por el pozo, encontré un agujero escondido por la luz. Ese agujero lleva a una caverna oscura, sin espuma vampírica. Y a partir de ahí, hay dos túneles. Al fondo de uno, hay una puerta de acero negro cerrada que lleva los espíritus saben adónde. Pero lo más curioso es que al final del otro túnel se ve la luz del sol. Tú no sabes la alegría que me llevé cuando lo descubrí. Apenas se veía, pero diablos, después de pasarme tanto tiempo dando vueltas y más vueltas por los túneles de la mina, ¡voy y encuentro un trozo de luz del día! Y, para colmo, después de apartar todas las rocas sueltas que pude, vi…» Realizó un movimiento de barbilla hacia las terrazas sumidas en la oscuridad de la noche. «Esto.» Me sonrió. «Me ha costado un buen rato reconocer el lugar. Pero ahora no me cabe ni la más mínima duda. Hace unos días, reconocí a la misma anciana en un balcón. No me cabe ni la más mínima duda,» repitió.

Yo lo miraba boquiabierto. No podía creer que hubiera guardado eso para él y no nos hubiera dicho nada.

«Traté de agrandar el agujero,» continuó el Gato Negro. «Pero fue imposible. Y me dije: salú libertad, me quedaré en este pozo hasta mi muerte. Pero, entonces, ese joven amigo tuyo nos trajo las llaves, salimos y… Sla y yo estuvimos buscando el agujero desde fuera. Lo encontramos. Y, bueno, ahora, vamos a explotarlo. Y vamos a sacar a nuestros compañeros de la mina. Y acabaremos con esos granujas de Ojisarios de una vez por todas.» Marcó una pausa y se giró hacia mí. «Hey, shur. ¿Qué me dices de eso? ¿Te has tragado la lengua?»

Me aclaré la garganta.

«No, no. Es que… Vaya, es… increíble, pero… Gato Negro, no sé si acabo de entenderlo. Hacemos un agujero y sacamos a los guakos, ¿cabal?»

«Cabal,» aprobó el semi-gnomo.

Meneé la cabeza, posé mi saco junto al suyo con mucho cuidado, me acerqué a la pared y volteé.

«Pero, Yerris, los Ojisarios siguen teniendo al alquimista. Si no nos capturan ellos, acabaremos yendo a verlos nosotros. Syrdio y el Bailador han perdido la sokuata que tenían.»

Yerris puso los ojos en blanco y, al no verlo aterrado por la noticia, sospeché.

«¡La madre! ¿La has apañado tú?»

«La ha apañado Sla,» dijo Yerris. «Por si la necesitan los guakos que están metidos en el pozo. Y no te creas todo lo que te dicen esos isturbiaos: la sokuata que tenían escondida ahí no era ni la mitad de lo que me dio el alquimista. Deben de tener aún unas cuantas pastillas escondidas a los cuatro vientos. Debí haber hecho lo mismo antes de que me la espiantaran a mí, lo sé, pero estaba demasiado ocupado ayudando a Sla para sacar dorados y pagar estos explosivos… como para preocuparme por dos guakos isturbiaos. En fin. Las cosas como son.»

Espiré bruscamente.

«Podríais haberme pedido ayuda antes. Soy un Daganegra. Sé aliviar a los mangaplatas.»

«¿Sacando clavos de sus bolsillos?» se burló Yerris. «Las mágaras explosivas son caras, shur. No se compran a base de trucos de carterista.»

Me defendí:

«Robé la Wada y un diamante. Esos no son trucos de carterista.»

Yerris giró la cabeza hacia mí y dejó escapar una carcajada baja.

«Bueno. Eso es diferente,» concedió. «Pero, de todas formas, los explosivos están aquí, y gracias a ti: recuerda que tú le diste a Sla las ganzúas para sornear una casa. Yo me encargué de la compra. Cada uno su papel, shur. Y, ahora, a trabajar.»

Se puso a apartar todos los trastos que había junto al muro, probablemente para no hacerlos volar cuando activase la mágara. A mí seguía sin convencerme el plan.

«Yerris. ¿Y el alquimista?» insistí.

«No te preocupes por eso,» dijo el Gato Negro con tono burlón.

«¿Y cómo no me voy a preocupar?» repliqué con viveza. «Sacamos a los guakos de la mina, corriente, ¿pero para qué? ¿Para volver a la mina al día siguiente?»

«No,» dijo el Gato Negro, posando una pila de cestas a mi lado. «Simplemente los Ojisarios no podrán mandarnos de nuevo a la mina, porque esta dejará de existir.»

Quedé sobrecogido y, entendiendo lo que se proponía el Gato Negro, dejé escapar un ruido atragantado.

«La madre… Lo capto.»

«¿Sí? No creo que todo,» me dijo Yerris con tono divertido. «Porque, si todo va bien, antes de hacerlo explotar todo, Sla y tú vendréis con el alquimista por el túnel. Sois buenos armónicos. Lo sacaréis de su laboratorio junto con sus aparatos para fabricar la sokuata. Ningún Ojisario esperará que el alquimista huya por el túnel porque, para ellos, por ahí no hay ninguna escapatoria.» Sonrió. «Es factible. Puede salir todo bien… o puede que no. Pero, a estas alturas, no se pierde nada por intentar algo. ¿No crees, shur?»

Apenas vacilé antes de asentir. La idea de tener algo que hacer me daba alas.

«Corriente. O sea que yo trabajaré con Sla. ¿Dónde está ella?»

«No debería tardar en llegar. Le… ha ido a comprar una mágara de silencio a Korther. Envolveremos la mágara explosiva en ella, así tal vez no despertemos a todo el vecindario. Además, esperaremos a los fuegos artificiales de las fiestas de Pozos: empiezan a las once y duran unos cuantos minutos. Idealmente, nadie se enterará.»

«Pues sí que vais preparados,» me impresioné.

«Natural, somos Daganegras,» lanzó Yerris con cierto orgullo.

Enarqué una ceja, gratamente sorprendido.

«¿Korther te perdonó?»

Yerris se atragantó.

«Arr… No, no exactamente. Pero le he hecho unas cuantas promesas y… al menos no me ha clavado su daga negra en la garganta.»

Tragué saliva. Consolador.

«Ya viene,» añadió el semi-gnomo en un murmullo. «Pero ¿quién diablos es el otro?»

Me giré y vi a las dos siluetas que bajaban por las escaleras. Se oían rumores lejanos de fiesta en la ciudad, pero donde estábamos todo estaba silencioso. Slaryn llegó al pequeño patio y nos alcanzó, seguida del encapuchado. Este me resultó familiar.

«In-cre-íble,» jadeó la elfa oscura. «Korther nos ha dado una linterna ciega, una mágara de silencio y hasta nos manda a un mirón. Y, por si fuera poco, nos ha propuesto un sitio seguro para esconder al alquimista. Al final va a resultar ser altruista y todo.»

Yerris emitió una risita escéptica pero no se atrevió a comentar nada por la presencia del mirón, quien se acercó tendiendo una mano.

«Aberyl, para serviros, guakos. ¿Yerris, verdad? En mi última visita, no eras más que un rapaz, aunque sigues siendo tan negro como yo blanco.»

El joven Daganegra le estrechó la mano a Yerris con energía y hasta me la dio a mí. Y como yo se la cogía, percibí su leve respingo y la ojeada que le echó a mi mano antes de soltarla… Palidecí. ¿Habría notado algo raro? En cualquier caso, no lo comentó y declaró con ligereza:

«He venido a dejar mi nombre en la Historia. A partir de esta noche, todos me conocerán como a Aberyl el Héroe de los Guakos. ¿Así que la entrada está por ahí?» inquirió, echando una ojeada interesada hacia la pared rocosa.

Yerris y yo intercambiamos una mirada y sonreímos. Aberyl, desde luego, parecía contento de poder ayudarnos.

«Está a unos tres metros de altura desde abajo,» informó Yerris. «Si explota todo como tiene que explotar, la parte de abajo del túnel quedaría a menos de un metro de altura, creo. Lo que me pregunto es por qué, teniendo una salida tan cercana, los mineros de antaño hicieron otro túnel más lejos y no abrieron este.»

«Mm… Interesante,» dijo Aberyl. «¿Y ya sabéis cómo funcionan los explosivos?»

«Conocemos el funcionamiento,» contestó Slaryn. «Pero no he hecho ninguna prueba.»

Aberyl asintió, pensativo.

«En eso puedo ayudaros.» Posó una mano sobre el saco de explosivos y preguntó: «¿Puedo?»

Yerris vaciló e hizo un ademán.

«Adelante.»

Aberyl deshizo la cuerda, abrió el saco y pescó en él un extraño artilugio circular. Pese a mi curiosidad, no me atreví a acercarme. Como decía mi maestro nakrús: no acerques el cráneo al quebrantahuesos si puedes evitarlo.

«No tienen mala pinta,» aprobó Aberyl. «¿Se las comprasteis al Artificiero, verdad? Oí que estuvo de paso por la ciudad. Vende caro, pero de momento nunca me ha fallado ninguno de sus artículos. ¿Cuántas hay?»

«¿En total? Unas cien,» contestó el Gato Negro.

Aberyl resopló y, de pronto, se carcajeó y su carcajada, ahogada por el embozo, me resultó un poco tétrica.

«¡Cien! ¿Y a qué esperáis para hacer volar la Roca?» preguntó con ánimo.

Yerris carraspeó.

«Va a volar la mina, no la Roca…»

Aberyl emitió un gorjeo divertido y, para horror nuestro, tiró la mágara al aire antes de recogerla al vuelo.

«Cien aparatos de estos… debieron de costaros un ojo de la cara.»

El semi-gnomo masculló algo por lo bajo y dijo:

«Nos costó bastante, sí. Y, ahora, ¿quieres dejar de juguetear con eso?»

«Ops.» Aberyl atrapó de nuevo la mágara y soltó: «Perdón. Tienes razón. Se acabó la cháchara: manos a la obra.»

Vino entonces un inquietante proceso en el que ayudé a enredar en un hilo cinco discos explosivos. Cuando Aberyl dijo que estaba todo perfecto, Yerris trepó hasta el dichoso agujero, fijó la hilera de discos tal y como se lo pidió el Daganegra y, justo cuando volvió a bajar, sonó un ¡bum! y me tomó tanto por sorpresa que pegué un bote creyendo que las mágaras se habían activado solas.

«¡Relaja el nervio, señor barbián!» se rió Sla. «Son los fuegos artificiales.»

Solté un resoplido de alivio seguido de unas imprecaciones ininteligibles. Aquello de las explosiones no me gustaba. Y es que, francamente, hubiera preferido que mi maestro estuviera ahí para levantar una pequeña armada de esqueletos y mandarlos a tirarse encima de los Ojisarios. Fijo que alguno se moría de un ataque al corazón y que los demás salían corriendo como ardillas aterradas.

Volví a la realidad cuando vi a Aberyl cargar con la mágara de silencio y girarse hacia nosotros. Nos hizo un gesto de la mano.

«Apartaos, que esto es mortal.»

¿No, en serio? Eso me había quedado bien claro desde el principio. Recogimos los sacos, fuimos a posarlos lejos y, finalmente, nos quedamos los tres ocultos detrás de la esquina del edificio contiguo. Como Yerris asomaba la cabeza, no queriendo perderse el suceso, Sla le agarró de la camisa con exasperación.

«¡Gato Negro!»

«Sólo quiero ver,» protestó él.

«La curiosidad mató al gato,» replicó Slaryn. Vaciló y añadió: «Anda que si no funciona…»

El Gato Negro se giró y sonrió, acercándose mucho a ella.

«Funcionará, princesa,» murmuró. «Tiene que funcionar.»

Los contemplé con los ojos redondos. La madre… ¿No irían a besarse justo cuando iba a explotar todo, no? De pronto, Aberyl apareció por la esquina a la carrera, chocó contra el Gato Negro y lanzó:

«¡Tapaos los oídos!»

Y es que, pese a la mágara de silencio, la explosión se oyó, incluso con los oídos tapados. Segundos después, aún se oían rocas y piedras rodar. Me aparté del muro del edificio, tambaleante, y, antes que nadie, asomé la cabeza. Se había levantado una impresionante polvareda y tosí mientras me acercaba. Lancé un sortilegio perceptista y sonreí ampliamente al notar que ya no había obstáculo. El túnel estaba abierto.

«¡Vía libre!» solté.

«Cuidado, shur,» me lanzó Yerris cogiéndome del brazo y estirándome para atrás. «Podría ser que alguna mágara no hubiese explotado.»

Retrocedí con él pero, tras esperar un rato y constatar que ni venían los vecinos ni explotaban más cosas, decidimos acercarnos. Los fuegos artificiales ya habían terminado y, en el pequeño patio, reinaba el silencio. Cuando oí a Aberyl asegurar que los cinco discos habían sido vaciados de su energía, me icé ágilmente por el agujero y solté un sortilegio de luz armónica. El túnel era tan estrecho y bajito que cualquier saijit no hubiera sido capaz de pasar por él. Di unos pasos adelante y, llegando a una leve curva que daba el túnel, creí entonces percibir una luz lejana, allá en el fondo. ¿Sería la espuma vampírica? Tenía que serlo.

Iba a dar otro paso adelante cuando mi pie derecho le dio una patada a algo. Curioso, me agaché e inspeccioné el objeto. Era un hueso. Y parecía ser muy viejo. Por una cuestión de reflejo más que de necesidad, sorbí el morjás y, mientras lo hacía, mi otra mano topó con otro hueso.

«Caray, ¿esto qué es, un cementerio?» murmuré.

«¡Draen!» cuchicheó Yerris.

Me llamaba desde la boca del túnel y, viéndolo intentar subir el saco de explosivos con cuidado, dejé los huesos y me precipité hacia el Gato Negro para ayudarlo. Una vez arriba, Yerris soltó:

«Bueno. Primero, sacaré a todos los guakos y luego colocaré los explosivos. Aberyl no creo que pueda seguirme a través de la espuma vampírica: hay que andar así y todo un buen rato para llegar a la caverna. Pero todo saldrá bien, tranquilo. Tú ve con Sla, a por el alquimista. Dentro de dos horas, a lo sumo, estará todo listo.» Como yo asentía, me agarró del brazo y me susurró: «Hey. Ve con mucho cuidado. Los Ojisarios tal vez no hayan conseguido cazarnos hasta ahora, pero, si te pillan en su territorio, te escachufan, ¿me oyes? Y no olvides, shur: si le pasa algo a Sla, me lo pagarás.»

Me estremecí al sentir su mano apretarme el brazo con más fuerza y meneé la cabeza.

«No te amosques, Gato Negro. Yo hago lo que puedo.»

Yerris suspiró, me soltó y me palmeó el hombro.

«Lo sé. Arreando y buena suerte.»

Esbocé una sonrisa, le palmeé yo también el hombro, apoyándome sobre él para levantarme, y me deslicé afuera. Aberyl acababa de colocar dos cajas de madera debajo del agujero, para formar una pequeña escalera. Apartó una piedra, le dio una patada a otra y, bajo mi mirada curiosa, se frotó las manos apuntando con calma:

«Asegurar el camino de huida es esencial.»

Asentí y, recordando que Yal me había dicho una vez algo parecido, solté:

«Yal dice que, para un buen ladrón, no hay ida sin huida… No, espera, que no hay huida sin ida. Dice que…»

Sla me agarró resoplando.

«¡Vamos, shur! Tenemos asuntos.»

La seguí sin protestar, atravesando las sombras de la noche, y creí oír detrás de nosotros a Aberyl soltar un tranquilo:

«Buena suerte.»