Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

22 La sokuata

El refugio al que nos llevó Yerris era, de hecho, casi invisible para quien no supiera que se encontraba ahí. Se trataba de un recoveco rocoso situado detrás de uno de los innumerables bloques del Laberinto. Tenía dos agujeros. Una, «la chimenea», era un mero hueco en la roca de tal vez un palmo de ancho. La otra era «la puerta», que era en realidad una fina abertura al fondo de un callejón especialmente perdido donde los vecinos tiraban todos los deshechos y trastos inservibles. El Topo y la Adivina habían tratado de adecentar un poco el hogar y habían puesto una caja de madera en la entrada para que al menos no se metieran las ratas, pero era imposible escapar del olor.

Llamé nuestro refugio la Cueva, pues, por su pequeñez y su aspecto, me recordaba a la cueva de mi maestro nakrús. Bueno, no era exactamente igual. No había cofre, ni linterna, ni tampoco ningún jergón, y la primera noche que pasé ahí, apretujado entre Manras y Yerris, me hizo desear ser como mi maestro nakrús. Él no necesitaba dormir, ni le daban arcadas por los olores, ni los músculos se le agarrotaban. Pero, bueno, como él hubiera dicho, la vida de un nakrús también tenía sus inconvenientes.

Pasamos ocho días jugando al perro y al gato con los Ojisarios. Cada vez que salíamos de la Cueva, parecíamos paranoicos. Dábamos rodeos exagerados, íbamos siempre al menos tres juntos y evitábamos pasar por las plazas de los Gatos. En verdad, no nos cruzamos con ningún Ojisario. Y eso que Yerris y Slaryn estuvieron rondando por todo el barrio en busca de nuestros compañeros del pozo. Encontraron a Syrdio y a Nat el Bailador: ambos habían vuelto con la banda del Raudo. También encontraron a la Venenos y a Damba, otro muchacho. Pero eso fue todo. Faltaban veinte. Entendía la inquietud del Gato Negro y la Solitaria: si alguno de ellos había escapado de los Ojisarios y sentía los efectos de la falta de sokuata, ¿quién sabe si sería capaz siquiera de moverse para ir a entregarse a nuestros explotadores? Yerris aseguraba que los efectos eran… muy desagradables. Bien recordaba yo la imagen del Sacerdote sobre los Espíritus del Mal que se metían en el cuerpo para desgarrarlo todo. No tenía ninguna gana de comprobarlo. Yerris nos había explicado bien claro que, en cuanto sintiéramos que nos quemaban los ojos o cualquier cosa anormal, regresáramos al refugio de inmediato. No nos había dicho dónde guardaba la sokuata y he de decir que no insistí para saberlo, no después de que él me echara una mirada penetrante asegurando que era mejor que no supiéramos nada.

No pasó ni un día en que no fui a visitar a Rogan al hospital para ayudarle a curarse con mis sortilegios. Me lo encontraba siempre durmiendo, salvo al octavo día en que pestañeó y me miró con ojos de estar totalmente en otro mundo. Le dije «salú», esperanzado, pero no me contestó y, tras verlo cerrar de nuevo los ojos, le dejé un papel en la palma de su mano. Lo había recortado esa misma tarde de un periódico. Se trataba de un bonito grabado de la Roca vista desde Menshaldra.

Me levanté.

«Arreando, shurs,» les dije a Manras y Dil.

Salimos del hospital y tomamos alegremente la dirección de los Gatos. El tiempo que llegáramos, ya estaba anocheciendo. Pese a las quejas de Manras, tomamos el camino largo para pasar tan lejos como pudimos del territorio ojisario y alcanzamos el río Tímido que brotaba de la Roca antes de meternos en el Laberinto por el lado este. Algunas callejuelas que cruzamos estaban llenas de gente de toda talla y color; otras estaban desiertas. Tras subir unas escaleras estrechas y pasar sobre un puentecillo de madera, llegamos al fin al callejón… o más bien al Corredor de la Peste, como lo llamaba Manras. Con la nariz fruncida, pasamos por el pequeño corredor tan rápido como pudimos. De haberme atrevido a abrir la boca en grande, habría soltado un «¡salú, salú!» al entrar, pero no dije nada porque, además, Yerris decía que cuanto menos nos oyesen los vecinos, mejor, que si no a lo mejor nos echaban. Apenas entré en la Cueva, oí un jadeo y entorné los ojos en la oscuridad.

«¿Guel?» soltó Manras.

Era la Adivina. Estaba tendida en una esquina, temblando. El Topo, acurrucado no muy lejos, dijo con voz débil y sombría:

«Está muy mal. Y yo… no estoy mucho mejor. Creo que es por lo de esa… sokuata. Estamos aquí desde hace horas. Sla y el Gato Negro no vienen. No vienen,» repitió. Su voz vibraba de tensión, como si estuviera tratando de ahogar el dolor.

Mi humor cayó en picado y me agaché a su lado, preguntando:

«¿Duele mucho?»

El Topo no contestó. Se contentó con echarse y soltar un largo y entrecortado suspiro. El silencio estaba cargado de expectación e inquietud. No sé cuánto tiempo pasó hasta que Manras murmuró:

«Me queman los ojos, Espabilao.»

Tragué saliva y confesé:

«A mí también.»

Y era cierto. Los ojos me ardían como si me hubiese agarrado la Fría y sentía pinchazos un poco por todo el cuerpo. La sensación fue intensificándose a medida que pasaba el tiempo. La Adivina ya no metía ruido: parecía haberse desmayado. El Topo, en cambio, repetía entre dientes:

«Tenemos que movernos. Sla no vendrá. Tenemos que movernos…»

Movernos, corriente, pero ¿adónde? La única solución era ir a ver a los Ojisarios, y estos se encontraban al otro lado del Laberinto, a tal vez media hora o más dado nuestro estado. No, me dije. El Gato Negro volvería. Volvería y nos traería sokuata. Maldito si no lo hacía…

La caída al infierno, gradual al principio, se precipitó. El dolor pasó de ser soportable a ser un verdadero suplicio. Y entonces pensé en las palabras de Rogan y realmente creí que los Espíritus del Mal se habían desatado en mi interior. Luego pensé en Rogan e, imaginándome que estaba sufriendo lo mismo que nosotros, encontré las fuerzas suficientes para arrastrarme hasta la salida y farfullar a la noche silenciosa:

«Ayuda… Ayuda…»

No sé cuánto tiempo estuve repitiendo lo mismo hasta que, no pudiendo más, viendo venir la muerte, relativicé y me dije que los Ojisarios tal vez nos hacían pescar perlas pero al menos nos daban sokuata. Una vida de minero prisionero era mejor que la muerte. Sólo tenía que levantarme, levantar a mis comparsas, salir y poner un pie delante del otro hasta… hasta los que nos habían dejado en ese estado. Si en aquel instante no hubiera aparecido Slaryn por el callejón, bien creo que habría acabado decidiéndome, pero la voz de la Daganegra me devolvió la esperanza. Sentí su mano sacudirme.

«¡Espabilao! Fiambres, ¿estáis todos…? Apártate, déjame entrar.»

Me apartó más de lo que me aparté yo. De todas formas, Sla tan sólo fue a comprobar que estábamos todos dentro y soltó:

«¿Dónde diablos está Yerris?»

Aquello arrancó de cuajo mi esperanza. ¿Cómo? ¿Slaryn no sabía dónde estaba el Gato Negro?

«Ayuda,» balbuceé. «Sokuata. Sla… el Sacerdote…»

«Diablos, no pidas confesión aún, no te estás muriendo. Voy a traeros la sokuata. Tranquilos. Yerris dice que la última vez estuvo dos días sin tomarla y sobrevivió. No tardaré.»

Tardó una eternidad en volver. Bueno, en el momento, no fui realmente consciente de que volvía ni sabía qué hacía yo aparte de sufrir. Sólo sé que me había encontrado un pequeño palo junto a la entrada y lo mordía con fiereza. Unas manos agarraron el palo y trataron de sacármelo de la boca. Lo consiguieron, me hicieron tragar algo y pronto sentí una oleada de energía invadirme, como si de repente mi cuerpo hubiera recordado cómo debía funcionar. El dolor se fue desvaneciendo, mis ojos dejaron de arderme y, poco a poco, mi mente volvió a razonar. Oí las respiraciones sibilantes de mis compañeros, parpadeé ante la luz armónica que sostenía Sla y vi a su lado al Gato Negro.

«Yerris,» jadeé. Mis manos temblaban de miedo, pero ya todo parecía haber vuelto a la normalidad.

«Espíritus y demonios,» murmuró Yerris. Parecía aún más agotado que nosotros. «Lo siento, shurs. He sido un idiota.»

Fruncí el ceño, sin entender muy bien sus palabras, y giré la cabeza para asegurarme de que Manras y Dil estaban recuperados ya. Ambos parecían tan asustados como yo. Y es que… lo que acabábamos de vivir era una pesadilla en vivo. Sla deshizo la luz armónica y, curiosamente, no nos envolvió una oscuridad completa: afuera, ya estaba amaneciendo.

«No fue culpa tuya, Yerris,» dijo al fin Sla.

«Lo es,» gruñó Yerris. «Debí haberlo previsto. Sé cómo son esos guakos. Atacan antes de que los ataques. Y son incapaces de tener confianza en alguien. Son unos diablos.»

«Bobadas,» dijo Slaryn con calma. «Tú habrías hecho lo mismo en su lugar.»

Yerris no replicó y, cada vez más perplejo, inquirí:

«¿De qué estáis hablando?»

Yerris estaba inhabitualmente irritado. Contestó en un bufido bajo:

«De ese guako isturbiao. Syrdio. Y el Bailador. Ayer a la tarde, uno de ellos fingió estar malo. Me lo creí y fui a buscarles sokuata. Fui idiota. Me siguieron y…»

Calló y palidecí, adivinando.

«Te han robado la sokuata.»

«Cabal,» suspiró Yerris, alterado. «Muy cabal. Y ahora a saber dónde la habrán metido.»

Meneé la cabeza, confuso.

«Pero entonces… ¿cómo es que a nosotros nos has dado sokuata?»

Yerris inspiró y Slaryn contestó:

«Syrdio se la ha dado.»

«Más bien: me la ha vendido,» rectificó Yerris entre dientes. «Fiambres con qué gusto estrangularía a ese granuja besaplatas malnacido. Si lo tuviera delante… Gaaah… ¡Malditos guakos!»

Ni que él no fuera uno, pensé. Por poco sonreí, pero la noticia de que Syrdio estaba ahora en posesión de la sokuata me borró la sonrisa antes de que apareciera. Yerris seguía soltando imprecaciones y lo interrumpí, vacilante:

«Pero, Yerris… ¿qué le has dado a cambio? ¿Plata?»

La tenue luz y mis ojos de sokuata me permitieron ver la mueca del Gato Negro.

«Plata,» confirmó. «Hasta que se dé cuenta de que la plata que le demos no le compensa. Entonces dejará de darnos sokuata para seguir viviendo unos años a costa de nuestra vida. No tengo ninguna esperanza de que esa basura sea capaz de compartir tiempo de vida. Es peor que un isturbiao. Es un asesino…»

«Ya basta, Yerris,» lo cortó Slaryn. «De verdad. Llegaremos a un acuerdo. Seamos lógicos: no le conviene tener a siete, qué digo, a nueve enemigos.»

«Siete,» replicó el Gato Negro. «La Venenos y Damba se han unido a la banda del Raudo. Somos siete contra una quincena de guakos, casi todos de entre doce y quince años. Buah, ¿he dicho siete? Quita a Manras y Dil. Dan cinco. Y tú misma me dijiste que el Topo no ha dado un puñetazo en su vida…»

«Bocazas,» gruñó Slaryn. «No lo dije así. El Topo sabe defenderse, ¿a que sí?»

«¡Ya, claro, se defiende diciendo pies pa qué os quiero, jaja!» se rió Yerris. Slaryn le dio un empellón exasperado. Al contrario que la Solitaria y yo, el Gato Negro no reparó en la expresión avergonzada del Topo, y es que Yerris era tal vez un buen gato pero el tacto lo tenía por los suelos.

Puse los ojos en blanco y apunté:

«Pues a lo mejor esa es la solución: les devolvemos la moneda, apañamos la sokuata, echamos a correr y la sokuata para casa.»

«Antes tendríamos que saber dónde la esconden,» dijo Slaryn. «Y luego esperar que el Raudo no le eche una mano a Syrdio para darnos un recorrido al día siguiente.»

El Topo aventuró:

«Pero si les dejamos la mitad, tal vez…»

«Durante un tiempo tal vez se calmarían,» coincidió Slaryn. «Pero sólo durante un tiempo.»

Hubo un silencio. Entonces la Adivina intervino:

«Gato Negro. ¿Cuánta plata te han pedido?»

Yerris tosió, molesto.

«Bueno… dice que la dosis está a un dorado. Así que la próxima vez… dijo que tendríamos que traerle dos cada uno.»

Conclusión: Yerris no había podido pagar y se había comprometido por todos nosotros. Hubo un silencio mientras asimilábamos la noticia. Un dorado a la semana era algo factible si nos lo trabajábamos. Pero no dejaba de ser una canallada.

«Hay que sacar a ese alquimista sea como sea,» dejó escapar Slaryn.

Asentimos en silencio. Sin embargo, la idea era muy bonita pero ponerla en práctica era un suicidio. Por no decir que, si dejábamos a los Ojisarios sin alquimista, nuestros compañeros que habían sido devueltos al Pozo nos iban a maldecir hasta sus últimos estertores.

Tras otro largo silencio, me fijé en que, pese a la sokuata, la noche pasada en vela nos había dejado rotos y, finalmente, relegando las preocupaciones para más tarde, imité a mis comparsas, volví a tumbarme y bostecé… antes de enderezarme de golpe y exclamar:

«¡La madre de tus ancestros! ¡Rogan! ¡Rogan no tiene sokuata!»

Me levanté tan rápido que me choqué con un trozo de techo más bajo y me di un señor golpe que me hizo ver las estrellas.

«¡Rayos, shur! No te aceleres,» resopló Yerris, agarrándome del brazo. «Sólo falta que te descalabres solo.»

Después de haber sufrido como un condenado durante toda la noche, era sorprendente cómo un simple golpe me arrancó un verdadero mar de lágrimas, pero estas no sólo eran debidas al dolor.

«¡Yerris! Tienes que ayudarme, tengo que llevarle a Rogan la sokuata. Dime dónde está ese escalufniao, que le voy a pisotear las orejas como no me dé sokuata. ¡Dime dónde está!»

Yerris suspiró y asintió.

«Quédate aquí, Espabilao. Enseguida vuelvo.»

Me negué en rotundo y salí con él, sosteniéndome la cabeza. Hasta me había hecho una herida, constaté. Mis manos tenían sangre.

«Fiambres. Menuda carababhuesada,» grazné, intentando tragarme las lágrimas.

Al final del callejón, el Gato Negro se detuvo para echarle un vistazo a mi herida, hizo una mueca y dijo únicamente un:

«Fiambres.»

Tomó una dirección y lo seguí tan bien como pude. Cada paso me hacía retumbar toda la cabeza. Pese a que el Laberinto empezaba a ser terreno conocido para mí, me perdí un poco con tanta callejuela, sobre todo que no andaba en condiciones de fijarme mucho por dónde íbamos. El cielo se iba aclarando y, pese a ser aún muy pronto, ya había obreros que tomaban el camino de las fábricas, aunque el ambiente estaba aún silencioso y adormecido. Llegamos finalmente a un callejón algo ancho donde unos guakos dormían a pata suelta. El Raudo, sin embargo, estaba despierto y sentado sobre un barril, limándose las uñas con una navaja. Al vernos acercarnos, el elfo pelirrojo no se movió, pero no nos quitó el ojo de encima. Cuando estuvimos a unos pocos metros, soltó con calma:

«¿Tú otra vez, Gato Negro? Salú, Espabilao.»

Había tratado de limpiarme las mejillas lo mejor que había podido, pero la voz me sonó un poco temblorosa cuando dije:

«Salú.»

El cap de la banda ladeó la cabeza, alternando su mirada entre ambos, mientras Yerris declaraba:

«Tengo que hablar con Syrdio.»

«Si es para hablar de negocios, eso se hace conmigo,» advirtió el Raudo. Y se bajó al fin del barril, metiéndose la navaja en la manga con una habilidad certera. «¿Se trata de la sokuata?»

«Es para el Sacerdote,» expliqué. Carraspeé para darle un poco más de firmeza a mi voz: «Está en el hospital y es posible que ahora mismo esté pasando por los infiernos. Tengo que ir a salvarlo.»

El Raudo asintió con cara comprensiva.

«Ya veo. ¿Quieres que te ayude, eh? Pero, diablos, ¿qué te ha pasado en la cabeza? ¿No le habrás apaleado tú, isturbiao?»

«Isturbiao tú mismo,» gruñó el Gato Negro. «El guako se pegó solo, yo no apaleo a mis compadres. Mira, sólo quería decirte una cosa, Raudo: te crees muy listo aprovechándote de nosotros como lo hicieron los Ojisarios, pero esto no durará. Sacaremos al alquimista. Y vuestra sokuata nos traerá sin cuidado. Y a tus amigos sokuatas les haré pagar, ¿me oyes? Les haré pagar muy caro.»

Su hostilidad me impactó y asustó al mismo tiempo, pues meterse con el Raudo de esa manera y en su propio refugio no era una idea muy prudente. El cap puso cara teatralmente impresionada.

«Qué vengativo. Mira, yo sólo estoy protegiendo a mis compadres. Tú no querías decirles dónde estaba la sokuata. Entiendo que ahora ellos no te lo digan a ti. Porque ellos también son rencorosos.» Echó una mirada a su banda. Varios se habían despertado y levantado, sin acercarse. Retomó: «Resulta que me queda una dosis aquí, en mi bolsillo. Y se la voy a dar a mi tocayo gratis. Porque soy un guako compasivo.» Metió la mano izquierda en su bolsillo y me tendió una pequeña pastilla negra. La observé con curiosidad y, cuando fui a cogerla, el Raudo la apartó ligeramente añadiendo: «Las demás que vayan para ti y el Sacerdote también podrías tenerlas gratis… con una condición.»

Fruncí el ceño.

«¿Cuál?»

El Raudo le echó una mirada de bies al Gato Negro antes de pasar un brazo sobre mis hombros y alejarme un poco diciendo por lo bajo:

«No se me ha olvidado que este invierno te enseñé unos cuantos truquillos para desvalijar y tal, y te las arreglabas de maravilla, me acuerdo, ¿te acuerdas?»

Como asentir me daba dolor de cabeza, contesté un:

«Natural.»

Él sonrió.

«Natural,» repitió. «Y como me he enterado de que eres Daganegra… Bueno, siendo tan muchacho, no iré a pedirte que apañes la Corona de los Caídos, pero quiero ofrecerte un trato. Métete en mi pandilla y dame la mitad de tus ganancias. A cambio, como digo, doble ración de sokuata gratis y hasta un buen refugio donde dormir y no… el vertedero donde os ha metido el Gato Negro.» Sonrió con burla. «¿Qué me dices?»

La propuesta sonaba muy tentadora. Mi mirada se deslizó subrepticiamente hacia los bolsillos del Raudo, tan cercanos. ¿Habría ahí más pastillas de sokuata? Desvié los ojos de nuevo hacia el rostro lleno de cicatrices del elfo y vacilé, tratando de entender, pese a mi cabeza y mi cansancio, todo lo que me proponía mi tocayo. En otras palabras me decía: avente, compadre, a mi banda y asóciate. Y eso significaba también un: desherédate del Gato Negro y la Solitaria y mándalos a cazar nubes. Meneé la cabeza y dije:

«No puedo. Yerris es amigo mío.»

El Raudo enarcó una ceja.

«¿Y eso qué tiene que ver?»

Titubeé.

«Pues… que no puedo dejarlo.»

Mi tocayo puso cara escéptica.

«¿No será más bien que te da cosa ganarte la vida bailando?»

Le puse cara tozuda.

«Y un cuerno, no es eso. A los mangaplatas yo les limpio los bolsillos sin mover una ceja. No, es más bien que…» Me encogí de hombros y, como tenía toda su atención, la aproveché. «Tengo otro trato. Uno mejor. Tú me das la sokuata gratis. Cuatro raciones. Para mí, el Sacerdote y mis comparsas canillitas. Y, a cambio, yo me asocio, pero sólo de día y te juro que te avendrán muchos más beneficios que pérdidas. Pero no le digas ni una palabra al Gato Negro o a la Solitaria, ¿corriente?»

El Raudo me miraba ahora con cara pensativa.

«De momento, me convence. Corriente. Si el Gato Negro se entera, no será por mí. Aunque creo que ya sospecha que hemos llegado a un acuerdo, tocayo. Hoy te doy día de descanso por lo de tu cabeza. Pero, mañana, nos vemos en la Explanada, en la mantícora, a las once. No llegues tarde.»

Me revolvió el cabello y yo solté un «au» de dolor. Pronto me alejé con el Gato Negro bajo las miradas ora indiferentes ora curiosas o burlonas de los compadres del Raudo. Caminamos por las callejas estrechas, en silencio. Yo, con el dolor de cabeza, no estaba como para hablar por voluntad propia. Tras un rato, Yerris soltó:

«Te vas con él, ¿verdad?»

En su voz, percibí un atisbo de decepción. Puse los ojos en blanco.

«Fiambres no. Sólo hemos hablado, nada más.»

El Gato Negro me miró de reojo, molesto, y me sentí molesto a mi vez. Pero es que no me veía para nada diciéndole: oye, Yerris, descuida, es que ahora voy a asociarme con el Raudo, pero sólo un poco, ya sé que no te cae bien, pero, piensa, él tiene la sokuata ahora, no sería plan de enemistarnos con él, ¿eh? Suspiré y me reafirmé en mi opinión: mi trato era un trato de supervivencia, no una traición.

Cuando estuvimos fuera de los Gatos, el Gato Negro se despidió de mí diciendo:

«Voy a ver si encuentro a… más compañeros del pozo. Estoy seguro de que hay más aquí fuera. Salú, shur.»

No se me pasó por alto su despedida un poco seca, aunque tampoco le di mucha importancia. Durante mi trayecto hasta el hospital de la Pasionaria no pensé más que en mi cansancio y mi cabeza. A medio camino, me fijé en que había olvidado la gorra en la Cueva. Al pasar por la Explanada y cruzarme con la mirada fruncida de un mosca, reparé en mis manos ensangrentadas y, temeroso de atraer demasiado la atención, me apresuré a limpiármelas en una fuente y pasarme agua por la herida. Cuando llegué al hospital, había amanecido ya del todo y el sol iluminaba toda la parte baja de Éstergat. Crucé la sala principal, saludé al kadaelfo que estaba de secretario aquella mañana y pasé directamente a la gran sala donde se encontraba Rogan. La escena que vi me dejó muy pálido. Dos enfermeros estaban junto a la cama del Sacerdote, tratando de calmarlo. Rogan deliraba, soltaba gritos inarticulados y otros que entendí muy claramente.

«¡Confesión, confesión, quiero morir!» decía.

Me precipité hacia la cama y, al verme, pareció serenarse un poco. Graznó con tono desgarrador:

«Espabilao, mátame, por el amor de tus ancestros, mátame…»

Viéndolo más calmado, uno de los enfermeros se alejó y, aproveché que el otro giraba la cabeza durante un instante, para meterle a Rogan la pastilla de sokuata en la boca.

«Traga, Sacerdote, traga,» le murmuré.

Le cogí la mano y vi cómo, poco a poco, su rostro se distendía, sus ojos se hacían menos brillantes y, entonces, sus labios se movieron. Balbuceó:

«Es-Espíritus.»

Lo dijo con tan poca fuerza y espiró tan largamente que creí que acababa de soltar su último estertor y me traté de hijo de mala madre por no haberle insistido al Gato Negro para que, al menos, me diera por adelantado una dosis de sokuata para el Sacerdote. Quién sabe si su crisis, sumada a la herida en el costado, no habría sido demasiado para un solo cuerpo. Pero el Sacerdote tenía aguante y, cuando, al posar la cabeza sobre su pecho, oí los latidos de su corazón, el alivio me llevó a no protestar cuando el enfermero me pidió que me fuera, por favor, que iban a cambiarle el vendaje a mi amigo. No querían que me quedara a ver, así que me alejé, no sin antes asegurarme una segunda vez que el Sacerdote dormía ahora profundamente. No llegué muy lejos. Salí del hospital, arrastré los pies por el parque y, como no tuve el ánimo de hacerme tan larga caminata para regresar a la Cueva, me subí a un árbol de tronco bajo y gruesas ramas, me acurruqué procurando posar con cuidado mi cabeza entre mis brazos, y cerré los ojos, respirando con tranquilidad. Y así, mecido por los rumores de la ciudad, el canto de unos pajarillos y la suave brisa de verano, caí dormido en un largo sueño. Y soñé con un niño nigromante salvaje, inocente, ignorante y feliz que, de vuelta en el valle, trepaba por los troncos de sus amigos los árboles y cantaba riendo: karilón lu, karilón lu, el verano ha llegado, yo lo alabo y lo canto, karilón lu, karilón lu…