Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

18 Túneles y perlas

Avancé por la espuma, sintiendo a cada paso cómo aquella pasta blanca iba consumiendo mi energía recuperada hacía tan pocas horas.

Llevaba mucho tiempo en el Pozo o, como diría Rogan, muchos bongs. Creo que unos veinte. En todo ese tiempo, sólo habían pasado tres cosas notables. Primero, que cada día me sentía más impermeable a la energía parásita de la mina, como si la costumbre o la comida que nos daban le impidiera infiltrarse en mi cuerpo para drenar mis fuerzas. Segundo, que ahora éramos treinta en el Pozo: los Ojisarios habían traído a tres de golpe hacía dos semanas y luego a tres más en los días siguientes. Y, tercera y última gran novedad, Slaryn formaba parte de los recién llegados. No había llegado sola sino acompañada de dos amigos de su banda, Guel la Adivina y el Topo. Según contó Slaryn, la habían pillado merodeando por el territorio de los Ojisarios y la habían seguido hasta su refugio y atrapado junto con la Adivina y el Topo. No quiso dar más detalles. Al principio, yo creía que, si estaba tan callada, era por culpa de la energía de la caverna que la aturdía, pero luego entendí que simplemente no le apetecía hablar de lo bien que había metido la pata. Para desilusión mía, se encerró en un mutismo tan poco comunicativo como Yerris. Ambos Daganegras se observaban de lejos. Se podían contar con los dedos de una mano las palabras que habían cruzado en aquellas últimas dos semanas. A mí no me decían gran cosa tampoco. Sla se contentaba con empujarme suavemente cada vez que me acercaba y con decirme un «qué tal, shur» sin que pareciera importarle que mi respuesta fuera un «regular», un «fiambres, ¡quiero salir de este agujero!» o un «¡viento en popa!». Cuando iba a sentarme junto a Yerris, éste o bien guardaba silencio o bien me soltaba comentarios breves y fatalistas del tipo: nuestra vida no vale un clavo, shur, las perlas de salbrónix nos la han salvado por ahora, ¿pero hasta cuándo? Y, si yo le hacía alguna pregunta sobre sus vagabundeos por los túneles más lejanos, él me replicaba invariablemente un: alivia. Y yo me alejaba con cara decepcionada y, previendo que Sla no me daría más conversación que el Gato Negro, me iba junto con Rogan y escuchaba sus delirios sobre los espíritus, el Libro Sagrado y el destino triste pero glorioso y honrado de los guakos. Los demás compañeros no es que le hicieran mucho caso, más bien se burlaban de él y sus gestos teatrales, pero a mí el Sacerdote me parecía un gran guako, sobre todo porque, además de que hablaba bien, sabía escuchar y contestaba a mis preguntas y, en fin, que formábamos un buen dúo, siendo él mi guía espiritual y yo su cantador preguntón personal.

Aparte de eso, los días se resumían a esto: despertar con el bong, comer el pan mágico, ir a la pesca y dormir. Había ido sintiendo sutiles cambios con el tiempo. Por ejemplo, la luz ya no me dañaba tanto los ojos. Algo que me resultaba bastante útil, casi tanto como mi mano derecha cuando la metía en las cavidades y sacaba las perlas sin hacerme averías como los demás.

Precisamente, en aquel instante, introduje la mano en una cavidad sumergida en la bruma de luz y tanteé. Nada. Con cuidado, la retiré y seguí avanzando por el mar de luz, procurando pisar ligero la roca traicionera del fondo.

Al principio, había temido que mi mano se estropeara por culpa de la espuma y que la energía destrozara la mágara, pero pronto había constatado que esa espuma, aunque no me permitiera soltar sortilegios externos, únicamente podía resultar peligrosa para el jaipú. A Yerris le gustaba llamarla espuma vampírica y la Adivina la llamaba baba de dragón, sólo que, al contrario que la espuma o la saliva, ni mojaba ni se quedaba pegada a nuestra piel. Era como una bruma blanca y estática que cubría las paredes subterráneas, ocultando y protegiendo las cavidades donde se formaban las perlas de salbrónix.

Oí ecos de voces y fruncí el ceño al percibir una entonación que sonaba a discordia. Tras una breve vacilación, me acerqué al ruido y avisté a dos compañeros, ambos algo mayores que yo, y ambos humanos. Eran Syrdio y el Topo. Mientras que el primero estaba de pie, sobre una roca, el otro se había metido en un recoveco del túnel y ponía cara de intensa concentración.

«¡La tengo!» exclamó entonces, apartándose del muro.

«¡Pues rápido, apronta, shur!» le soltó Syrdio sin moverse de su roca.

«¡Ya te he dado una!» protestó el Topo.

Syrdio le puso cara de desprecio.

«Y me da igual, me debes esta, si no quieres que se te caigan las barbas delante de todos.»

El Topo le miró con mala cara pero le dio la perla. No di crédito a mis ojos.

«¡Pero qué fiambres!» solté, acercándome. «Topo, ¿qué haces? ¿Por qué le das la perla?»

El Topo no contestó y, esbozando una sonrisa, Syrdio dijo:

«No te entrometas, mocoso, que esto no te concierne.»

«Mocoso tú mismo,» le repliqué.

Syrdio meneó la cabeza, se bajó de la roca y me empujó la cabeza.

«He dicho que no te metas.»

Lo vi alejarse y me mordisqueé la mejilla, tenso, antes de preguntarle al Topo:

«¿Por qué le has dado la perla?»

Mi compañero puso cara de quien dice: no lo sé. Lo cual podía significar o un «Syrdio sabe algo de mí que no quiero que se sepa» o bien un simple «Syrdio me da miedo y no sé decirle que no». Conociéndolo un poco, aposté por la segunda solución. Sacudí la cabeza y dije:

«A mí todavía me falta una. ¿Y a ti?»

El Topo se ensombreció.

«Tres.»

«Caray,» resoplé. «Pues date prisa o acabarás cayéndote redondo en camino. Todavía no eres pescador veterano, ¿recuerdas? Bah, te echaré una mano, que yo no aguanto aquí tanto como el Gato Negro pero casi. ¿Corriente?»

El Topo asintió en silencio y continuamos buscando perlas juntos. Cuando regresamos, mi compañero tenía una palidez cadavérica. Rogan nos esperaba en la boca de la caverna.

«¡Espíritus lo que habéis tardado!» exclamó. «Ya creía que los diablos os habían trincado.»

«A mí no, pero a este casi,» contesté, ayudándole al Topo a salir del mar de luz. Rogan se aproximó para darle también su apoyo. «¿Llegamos tarde para el sermón?»

«¡Qué dices!» resopló Rogan. «Si yo el sermón lo hago sólo en tu presencia, Espabilao. Total, eres el único que me escucha.»

Me carcajeé y apunté:

«La Adivina también te escucha.»

«Buah, a saber, a saber,» dijo el Sacerdote mientras nos metíamos en nuestra caverna. «Esa nunca se sabe si escucha o sueña. Además, a estas horas, fijo que ya ha entregado su alma al Espíritu de los Sueños.»

Subimos la plataforma y constaté que, efectivamente, Guel la Adivina estaba profundamente dormida. Dejamos al Topo junto a ella, recuperé las perlas de su bolsillo y di un salto ágil fuera de la plataforma para ir a añadirlas al cuenco junto con las mías. Me detuve cerca de la reja unos instantes. Recordaba que, antes, no lograba ver casi el túnel y, ahora, conseguía divisar los muros y hasta adivinaba la presencia de los primeros peldaños de la escalera, a unos cuarenta metros de distancia. ¿Sería que la luz de la caverna era más intensa y yo no me daba cuenta? No lo sabía pero, en cualquier caso, el acero negro, él, seguía tan indestructible como siempre. Cogí uno de los barrotes, me sacudí más que lo sacudí a él y le dije:

«Cabeza de burro.»

Solté el barrote y regresé a la plataforma, di un bote, aterricé sobre esta y me senté con las piernas cruzadas ante el Sacerdote.

«Bueno, bueno, ayer me contabas lo que le pasó al Espíritu Viajero de San Lakán,» le recordé. «Se embarcó y navegó y navegó hasta el horizonte. ¿Qué le pasó después?»

Rogan puso los ojos en blanco.

«Siguió navegando hasta el infinito. Por eso se lo llama el Espíritu Viajero, shur. ¡Vamos, olvídate de ese santo! Hoy voy a contarte lo que le pasó a un guako de hace mucho tiempo al que trincaron por robar un pan y se enfadó con el Espíritu Patrón. Te va a encantar, está en verso y todo. Me lo enseñó un viejo pocero de los Gatos. A lo mejor me falla alguna rima o eso, pero más o menos dice así. Escucha, escucha.»

Presté intensa atención y él recitó:

Me trincó la moscardía,
¡ay de mí! ¿qué he de pensar
del mundo y la compasión
si me atan por comer pan?
¡Señor panadero, tenga
por este guako piedad!
¿Piedad para el muerto de hambre?
¡No, ladrón, no hay que esperar!
Y vedlo, yendo desnudo,
a este niño desmadrado,
¡al ladrón, al ladrón!
Y largo lo persiguieron,
¡lo embargaba tal terror!
El muchacho tropezó,
cayó al suelo junto al puerto.
¡Al ladrón, al ladrón!
¡Hurra, lo hemos atrapado!
Los vecinos lo zurraron.
¡Y cómo gritó el tunante!
Al fin, lo dieron por muerto
y en el río terminó.
El chaval, aún respirando,
a una barca se agarró
y, moribundos, sus ojos
se alzan al cielo y preguntan:
¿por qué, Espíritu Patrón,
dime, por qué nací yo?
¿por qué me diste la vida
si es para robarla hoy?
Y entonces, río llorando
y le digo: sos ladrón.
Patrón, eres un truhán
y yo un gato y un buscón,
pero los que me golpearon
esos más malvados son.
Y así se durmió el pequeño
que sólo panes robó,
velado por la luz tenue
que al alba despunta el sol.
Y al alba, a las seis, un mosca,
lo levanta —¡nada pesa!
y lo lleva al corazón
del hogar que nada cura,
tras los barrotes que burlan
al bellaco y al ladrón.
Y bien, heme aquí ante el juez
y me han dado mi condena:
no saldré de este refugio
hasta que llegue la eterna.
Tal vez entonces, Patrón,
me dirás lo que he hecho mal,
a menos que tú tampoco
me lo sepas explicar.

Rogan acabó su historia con un ademán teatral y preguntó:

«¿Qué te ha parecido?»

«Bonito,» confesé. «Pero oscuro y desesperanzao. Quién sabe, a lo mejor ese guako escapó de la trena y siguió robando panes. Además, deberías ponerle música. Tipo…» Me aclaré la garganta y entoné:

¡Me trincó la moscardíiiiiaaaa!
¡Aaaay! ¡Aaaaay de mí, y no sé cuántoooo!

Rogan estalló de risa. Un compañero despertó sobresaltado, nos echó una mirada medio despierta y volvió a dormirse profundamente. Al otro lado de la plataforma, vi a Syrdio carcajearse por lo bajo y comentar algo con un vecino.

«Bueno, algo así,» concluí.

«Fijo que hasta el Gato Negro te ha oído,» se rió Rogan.

Como siempre, el Gato Negro era el único ausente. Tras una vacilación, me acerqué al Sacerdote y me incliné, murmurando:

«Hoy lo he estado siguiendo.»

Los ojos de Rogan se iluminaron.

«¿De verdad?»

«Sí. Se va muy lejos,» dije. «Creo que toca todo el fondo, como buscando un agujero. Pero no creo que haya encontrado nada.»

«¿Y él no te ha visto a ti?» se extrañó Rogan.

Me encogí de hombros.

«Pues no. Tengo mis trucos. Oye, Sacerdote.»

«¿Qué?»

Inspeccioné una herida en mi pie ya casi cerrada y me tumbé sobre la madera con los brazos detrás de la cabeza.

«Pues… No sé,» vacilé.

Rogan me miró con burlona curiosidad.

«¿Qué pasa?»

Meneé suavemente la cabeza.

«¿Qué harán los Ojisarios cuando ya no encontremos perlas?»

«Aj.» El Sacerdote hizo una mueca. «Esas son preguntas insanas, Espabilao.»

«Ya, pero eso dijo el Gato Negro: que las perlas tardaban muchísimos años en formarse y que por eso la mina fue abandonada hace muchos, muchos años.» Marqué una pausa. «Me pregunto cómo sabe tanta cosa.»

«Es el Gato Negro,» dijo Rogan por toda respuesta. Y, al verme bostezar, añadió: «Bah, duérmete, que acabarás escacharrándote la mandíbula.»

Asentí, bostecé de nuevo, encontré una posición cómoda y solté:

«Dulces sueños, Sacerdote.»

Y, como de costumbre, me dormí en apenas unos segundos. Soñé con que corría subiendo la cuesta hacia la Cueva. Sentía el viento frío del valle contra mis mejillas. Olía a tierra, a hierba y a bosque. ¡Elassar!, gritaba alegremente. ¡Elassar, he encontrado el hueso de ferilompardo! ¡He encontrado el hueso de ferilompardo! Sentado sobre su cofre, mi maestro alzaba unos ojos tranquilos, apartándolos de su libro de nigromancia. Y me decía: ya has tardado, Mor-eldal…

¡Bong! Desperté de golpe y me senté en la plataforma. Fui uno de los primeros en llegar junto a la reja y pude ver avanzar al Embozao por el túnel. Una vez, le había preguntado por qué se tapaba la cara. Él me había contestado que era para protegerse de la energía diabólica. No se lo había dicho, pero yo dudaba de que fuera muy eficaz.

«¡Buenos días, pequeños!» nos saludó como de costumbre.

«¡Buenos días!» le dije con los demás. Mis manos se agarraban a los barrotes y mi mirada estaba muy fija en el saco lleno de panes. Tenía un hambre de dragón.

«¿Qué tal estáis?» preguntó el Embozao.

Recibió una algarabía de respuestas, entre las cuales las más eran positivas. Recogió las perlas y las contó. Tenía que haber ochenta y cuatro. Yo no las había contado el día anterior, siempre se ocupaban otros de hacerlo. El Embozao frunció el ceño.

«¿Qué es esto, jovencitos? ¡Faltan tres!»

Me estremeció su voz descontenta y me apresuré a retroceder con los demás. El único que no retrocedió fue Yerris. El Gato Negro miró al Embozao con cara sombría.

«Conté ochenta y cuatro,» dijo con calma. «Los tres novatos todavía sólo cogen una. No pueden coger más.»

«He contado ochenta y uno,» replicó el Embozao. Su voz era tan seca que, acostumbrado a verlo alegre y afectuoso, me asusté un poco, y no fui el único. Retomó: «Lo siento pero, hasta que no me deis tres más, no tendréis la comida. Ya conocéis las reglas. Traedme esas tres perlas rápido. Si no las tenéis dentro de una hora, habrá bronca. ¿Está claro?»

Le contestó un silencio de disgusto y desesperanza. El Embozao hizo un gesto con ambas manos.

«Las reglas son las reglas, muchachos. No es culpa mía.»

Recogió el saco de panes y se marchó. Apenas oímos el ¡bong! de la puerta metálica cuando, una niña, la Venenos como la llamaban, se golpeó contra la reja y se puso a chillar imprecaciones fustigantes contra el Embozao. Alguno intentó calmarla, otros juraron que habían traído las tres perlas y los más nos rebullimos, inquietos. Con la cara tiesa y sus orejas puntiagudas levemente trémulas, Yerris se giró, no hacia la caverna de luz como yo esperaba, sino hacia Syrdio.

«Syrdio,» llamó con voz ligeramente tensa. «Vas a ayudarme a encontrar esas tres perlas. ¿Corriente?»

El rostro del muchacho me pareció muy pálido. Lo vi tragar saliva y asentir. Cuando los vi a ambos alejarse hacia la caverna, tuve la impresión de que todo lo que hacían era simple teatro. Porque estaba casi seguro de que Syrdio tenía ya esas tres perlas en el bolsillo. ¿Pensaba tal vez que iríamos a darle un día de vacaciones por su bonita cara?

«Qué isturbiao,» murmuré.

Me acerqué adonde estaban sentados el Topo, la Adivina y el Sacerdote. El primero no parecía estar en mucha mejor forma que ayer.

«Sacerdote,» solté. «¿Qué quiere decir el Embozao con que va a haber bronca?»

Rogan hizo una mueca.

«Pues que nos van a desabrir de lo lindo si no les damos esas tres perlas. Ya pasó antes de que llegaras tú. Sólo que aquella vez ya sabíamos que no había suficientes perlas. Pensábamos, bah, ¿qué nos van a hacer? Pues resulta que vinieron con los perros y las ballestas y le dieron una paliza al Gato Negro porque ese loco se interpuso y les dijo: esta es nuestra casa, isturbiaos. Se enfadaron mucho. Y nos dijeron que no nos darían pan mágico hasta que no les trajéramos las perlas que les debíamos. Al principio, no entendimos la amenaza, ¡hasta seguían trayéndonos pan! Pero, al de unos ocho bongs… Bueno, todavía nos quedaban unas perlas que devolver porque algunos de nosotros nos hacíamos los remolones y tal y… empezamos a sentirnos muy mal, como si se nos hubieran metido los Espíritus del Mal adentro y se hubieran puesto a desgarrarlo todo. Te lo juro, un infierno. Nos dejaron así durante… no sé, tal vez dos días. Hasta que nos dieron el pan mágico de verdad y se nos pasó. Se nos quedó bien grabada la lección. Por desgracia, Syrdio vino después de eso,» añadió en un murmullo. Alzó los ojos hacia las estalactitas y tamborileó sobre la madera de la plataforma, fingiendo desenfado. «Bueno, bueno. Pero esta vez eso no va a pasar porque Syrdio… quiero decir, el Gato Negro sacará esas tres perlas antes de una hora. Por algo es el veterano del Pozo,» sonrió.

De hecho, no mucho tiempo después, regresó el Gato Negro con las tres perlas. Syrdio lo seguía cojeando. Tenía la nariz ensangrentada y un moratón naciente en el antebrazo. Nat el Bailador, que era amigo suyo desde antes de lo del Pozo, se quedó boquiabierto al verlo.

«¿Qué te ha pasado?» preguntó.

«Me he chocado contra una roca,» gruñó Syrdio.

Rogan soltó una exclamación burlonamente compasiva.

«¿No fastidies? ¿Por casualidad la roca no tendría dos orejas y bigotes de gato negro?»

Solté una risotada. Syrdio nos echó una mirada aburrida y, sin replicar, cojeó hacia la fuente de agua para ir a limpiarse. Sonriendo aún, volteé y me acerqué a la reja, donde Yerris ya esperaba, sentado sobre una roca, entre dos columnas. Eché un vistazo a sus nudillos y confirmé mi impresión: los dos se habían peleado y el Gato Negro había salido airoso. Pasé las manos entre los barrotes y mis ojos atravesaron la oscuridad. Hasta creía distinguir la puerta metálica pese a que esta se encontraba obviamente fuera de mi vista, arriba de las escaleras. Y en mi cabeza sonaba ya el ¡bong! tan esperado. Tenía un hambre…

«Shur.»

Era Yerris quien me llamaba. Lo miré con curiosidad y topé con sus ojos azules evaluadores.

«¿Puedo pedirte un favor?»

Entorné los ojos, intrigado.

«Natural,» dije.

«Yo no puedo vigilar y buscar una salida al mismo tiempo. Vigila a Syrdio, ¿quieres? Si hace algo malo, no te metas: tú simplemente me lo dices.»

Sonreí y asentí.

«Pues claro. O sea que de verdad buscas una salida. ¿Has encontrado algo?»

Él sacudió la cabeza y suspiró.

«No. Nada de nada. Pero, aunque encontrara algo, no podemos huir así como así. No sin la sokuata.»

Fruncí el ceño y me acerqué.

«¿La sokuata? ¿Qué es eso?»

Yerris hizo una mueca como pensando: no debí haber dicho eso. Mi curiosidad se avivó e insistí:

«¿Qué es?»

El Gato Negro echó una ojeada a los demás. Estos estaban todos en la plataforma, esperando el retorno del Embozao.

«Esto no se lo digas a nadie,» murmuró. «¿Corriente?»

Asentí y me senté junto a él, expectante.

«Quiero tu palabra de Gato,» exigió el semi-gnomo.

Sonreí y, como hacía Rogan algunas veces, levanté mi puño hasta el pecho y dije:

«Palabra de Gato, no diré nada.»

Hubo un silencio y esperé pacientemente a que, por fin, Yerris me dijera algo más que un: estamos condenados. En voz muy baja, reconoció:

«No es que sea realmente un secreto. Más bien que no me gusta hablar del tema. Verás, los Ojisarios llaman sokuata a lo que meten dentro del pan mágico. La sokuata es lo que nos ha convertido… en esto.» Vaciló bajo mi mirada perpleja y retomó: «Es una poción de mutación. El alquimista que la inventó… metió la pata hasta el fondo. Los Ojisarios lo apresaron hace, no sé, como medio año tal vez, no tengo ni idea. El caso es que estuve encerrado en una celda de su laboratorio a finales de invierno y… fui el primero en probar su poción. Me cambió. Nos ha cambiado a todos. Hay cosas que puedo hacer ahora y que no podía hacer antes. Es imposible que no lo hayas notado. Nuestro jaipú es… diferente. Resistimos más a las energías exteriores. Una vez, el alquimista me dio una descarga energética con una mágara. Y el sortilegio rebotó. Apenas me afectó.» Inspiró, absorto, y concluyó en un susurro: «Eso es la sokuata, shur: un producto salido de la imaginación de un alquimista profundamente idiota. Podría parecer hasta práctico y ventajoso si no la necesitáramos para vivir. Lo que oyes. El alquimista me lo dijo tal cual: si muero, morirás. E hizo que fuera así aposta, créeme: sabe que cuando dejen de necesitarlo los Ojisarios se desharán de él. Por eso… se las arregló para que nuestros cuerpos mutantes necesitaran su sokuata para seguir funcionando. Sin ella, nos morimos, shur. Sin la sokuata, todo se convierte en un infierno. Y, si huimos sin ella, estamos muertos. Escachufaos. Espiritaos. Como prefieras. Muertos,» repitió.

Tragué saliva mientras asimilaba todo eso. Coincidía con la historia de Rogan. A través de esos panes, los Ojisarios nos habían hecho tomar un producto mágico para permitirnos pescar perlas en aquella mina y, para colmo, resultaba que éramos ahora dependientes de ese producto para seguir viviendo. Tuve la impresión de que los barrotes de la reja se hacían más gruesos e infranqueables.

«Fiambres,» murmuré. «Pero… pero, Yerris, todo eso que dices… ¿es cierto?»

El Gato Negro puso los ojos en blanco y meneó la cabeza.

«Olvídalo, shur. No vale la pena pensar en ello. Es sólo que… bueno, supongo que es mejor que te hable yo de pociones de mutación en vez de que ese Sacerdote empiece a meterte ideas sobre maleficios, hechizos y brujería…»

«El Sacerdote no hace eso,» protesté.

Yerris sonrió.

«Bueno. En cualquier caso, espero no haberte desmoralizado. Todavía no se lo he dicho a Sla. Como parece enfadada conmigo, no me atrevo, que a lo mejor me desoreja.»

Levanté una comisura del labio superior, extrañado.

«¿Enfadada contigo? ¿Sla?»

«No me dice ni mú.»

Resoplé.

«Tú tampoco.» Marqué una pausa y solté entonces lo que tenía en el corazón: «Los dos estáis tan extraños que parece que os ha caído un rayo en la cabeza. Y tú me largas cada vez que vengo a hablarte, lo cual es un poco injusto porque yo, el año pasado, te hacía caso y tú no callabas. ¿No lo has notado?»

Yerris me echó una mirada sorprendida, desvió los ojos hacia donde estaba Slaryn, hablando con la Adivina, y esbozó una sonrisa.

«Vaya… Pues a lo mejor tienes razón,» admitió. «¿Sabes, shur? Lo que sí que he notado es que en un año te has convertido en un Gato guako puro y verdadero. Aún me acuerdo de cuando me decías: ¡Yeeeerris! ¿Qué es esta cosa con patas y cuernos? ¡Un buey, shur! ¿Y esa seta negra enorme que lleva esa señora en la mano, eh, Yerris? ¡Un paraguas!» Nos carcajeamos y él tiró una de las perlas de salbrónix antes de recuperarla al vuelo. Tras un silencio, soltó: «Por cierto, ¿qué tal le va a tu mentor?»

Hice una mueca.

«Se marchó a Kitra por un trabajo. Pero a lo mejor dentro de poco está de vuelta y…»

«Y se dará cuenta de que se ha quedado sin sarí,» completó el Gato Negro. Se encogió de hombros. «¿Qué quieres, shur? Es dura la vida del guako y no extrañará a nadie que hayas desaparecido de la noche a la mañana. Yal es un tipo con la cabeza sobre los hombros. Llegará pronto a la conclusión de que estás muerto, te llorará un tiempo y seguirá con su vida. Y nosotros seguiremos pescando perlas y comiendo sokuata hasta que un día no encontremos perlas y entonces el Bravo Negro nos olvidará, dejará que nos muramos de hambre y condenará de nuevo la mina habiéndose enriquecido más que el Capitán Farragoso con la máquina fabricadora de oro.»

Ante mi expresión aterrada, sonrió y, alzando un índice y un pulgar con gesto burlonamente religioso, pronunció como rematando una oración:

«Paz y virtud.»

Su sonrisa se ensanchó, meneó la cabeza, divertido, y añadió:

«Tal vez sea esa la solución: aceptar nuestra condena y vivir con ella. Al fin y al cabo, ya vivíamos condenados allá arriba, sólo que de manera distinta. Y podríamos estar peor. No hace frío, tenemos un lecho más suave que la piedra y unos túneles tan bien iluminados que ni siquiera tenemos miedo de que se nos apague la antorcha… En fin, ¡el paraíso!» exclamó, riendo.

Lo contemplé con los ojos redondos. Justo en ese momento, sonó un ¡BONG! y el Gato Negro se levantó con agilidad concluyendo:

«¡Y además nos traen el desayuno a casa!» Me enseñó una sonrisa bromista. «Levántate, gran príncipe, que la mesa está servida.»

Resoplé y una sonrisa estiró mis labios. Por fin el Gato Negro estaba de mejor humor. Tal vez fuera debido a un atisbo de locura… pero, fuera como fuera, me alegraba.