Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

16 Gatos y ratones

Me despertó un golpeteo repetitivo en el hombro.

«¡Hey, chaval!»

Abrí los ojos y vi el rostro de una mujer con una escoba entre las manos. Me había estado dando palmaditas con esta para despertarme.

«Esto es propiedad privada, vete y arrea.»

No lo dijo con mal tono ni su expresión parecía enfadada así que asentí sin darme mucha prisa, me levanté bostezando y me estiré.

«¡Arreando, he dicho!» exclamó.

«Sí, señora,» dije.

Me alejé hasta donde estaba la escala para bajar a un corredor y, bajo la mirada guardiana de la mujer, me marché y me puse a cantar:

Pajarillo, en la mañana
ya anunciaste tu llegada,
¡ya vino el sol, ya vino el sol!
Se hizo de día y tú cantabas,
despertó el alba y tú volabas
de flor en flor.
¡Oh, pajarillo cantador!

Me pasé toda la mañana andando. Como no encontraba a Slaryn, me fui por el Barrio Negro y sus chozas laberínticas, luego crucé el Puente Negro y, por primera vez, fui a Menshaldra, la ciudad de los barqueros. Descubrí un mundo nuevo lleno de barcazas, cordajes y olores a pescado. Arrastré los pies, observando a unos hombres fuertes llevando enormes cargas hasta las barcazas y vi a un niño de mi edad gritando a pleno pulmón para decirle algo a su padre, en la otra punta del barco. Hacia el mediodía, me pagué una comida en una taberna del puerto y, tras escuchar las historias exageradas de un viejo marinero sobre no sé qué monstruo que había matado en su juventud, crucé el Puente Bravo de vuelta a la orilla principal de Menshaldra y mi mirada se posó en el lejano bosque de la Cripta. La perspectiva de meterme en él me dio alas y salí corriendo cortando por el campo, atravesé el Camino Blanco y llegué a los lindes en media hora escasa. Inspeccioné los troncos con prudencia.

¿No había dicho Yal que el bosque era propiedad de los Fal? Después de que yo le hubiera salvado la vida, Miroki no podía quejarse de que me metiera en su territorio. Sobre todo que, en la práctica, un bosque no podía ser territorio más que de los que lo ocupaban, y esos eran los zorros, las ardillas, los insectos y… tal vez los nadros rojos. Me encogí de hombros. Yo había estado viviendo en bosques más peligrosos que aquel.

Me metí sin más vacilaciones y procuré no perder la orientación, pues ya desde la Cumbre se podía adivinar que la Cripta no era un bosque pequeño. Primero, subí la cuesta hasta encontrarme encima de los Barrancos, y pude ver, más allá de los últimos troncos, la Roca de Éstergat, el río y, justo abajo, los edificios de las minas y la cantera. Le di la espalda a todo eso y me adentré en el bosque.

Los árboles no eran los mismos que los del valle: eran más bajos, pero también más gruesos y ramudos. Lo cierto es que el bosque me encantó. Encontré un tronco ancho de varios metros y no pude resistir la tentación de trepar por él. Me encontré cara a cara con una ardilla negra y le enseñé los dientes, feliz. La vi desaparecer, rápida como un rayo.

«¡Salú, salú!» le dije.

Y seguí subiendo por una rama gruesa hasta que me quedé ahí, acurrucado en el corazón del árbol, y eché una siesta reparadora de las que no recordaba haber echado en mucho tiempo. Cuando desperté, el ruido de los pájaros, insectos y hojas me fue tan familiar que me creí de vuelta en el valle. Sólo que no estaba en el valle sino en la Cripta, a unos kilómetros escasos de la capital de Arkolda.

Ignoraba qué hora sería y, pensando en ello, me di cuenta de que, hacía apenas un año, jamás me había preocupado en qué hora vivía. Tampoco me preocupaba mucho ahora, en verdad, pero teniendo a los templos dando campanadas cada media hora era difícil no darle cierta importancia.

Bajé del árbol y, en vez de tomar el camino de vuelta, seguí curioseando. Reconocí alguna planta cuyas propiedades me había enseñado mi maestro, pero por lo general me eran todas desconocidas. Llegué a un claro florido y pasé las últimas horas del día haciendo lo que había ido haciendo toda la vida: trepé a los árboles vecinos, me comí algún insecto conocido, esculpí la cabeza de un lince en un bastón que había recuperado y, de cuando en cuando, alzaba los ojos y miraba pasar las nubes. En un momento, creí reconocer el cráneo cadavérico y sonriente de mi maestro y me quedé mirándolo muy fijamente hasta que la nube cambiara y se convirtiera en una especie de seta.

Pasé la noche en el gran árbol donde había echado la siesta. Ahí había visto a la primera ardilla del bosque y ahí era donde me sentía más seguro. Estuve pensando mucho, aquella noche, y, como no lograba dormir, subí hasta arriba del árbol y contemplé las estrellas. Se veían muy nítidas en medio de ese gran velo negro.

«Elassar,» murmuré. «¿De verdad querías que viera esto? Éstergat es maravillosa pero…»

Pero también estaba llena de peligros, completé para mis adentros. Mi maestro nakrús quería que me hiciera amigos que tuvieran dos patas y dos manos, y bien que me los había hecho yo. Sin embargo, ahora que conocía el mundo saijit, me había atado a él de tal forma que ya no me veía salir de Éstergat ni aunque me pusieran un hueso de ferilompardo entre las manos. Separarme de Yal, de mis amigos y de ese alegre bullicio que era Éstergat me costaría tanto como me había costado separarme de mi maestro.

«Lo sabías,» dije, con los ojos fijos en las estrellas. «Sabías que me mandabas lejos para mucho tiempo y no me lo dijiste.»

Inspiré y pensé que, en el fondo, yo siempre lo había sabido. Sólo que, un año atrás, era un crío y, ahora, tenía casi once años, había aprendido a razonar y, sobre todo, había aprendido a cambiar mi destino y encontrar lo que quería. Y yo no quería abandonar a mis amigos. Manras y Dil se merecían más.

Con esta seguridad en mente, regresé al corazón del árbol, dormí como un oso lebrín y, al amanecer, me dirigí hacia Éstergat con mi nuevo bastón esculpido en mano y un andar de conquistador.

Fui directo al Laberinto. Crucé el Puente de Luna, bebí agua en la gran plaza contigua y seguí subiendo hasta los Gatos. Llegué al corredor de los Ojisarios bastón en mano, con la prestancia de aquel Héroe Mago Loco del que había oído hablar más de una vez a Miroki Fal. Me envolví de sombras armónicas y empujé la puerta donde había visto entrar la última vez a Manras y Dil. Estaba cerrada. Le di un bastonazo a la ventana y, pese a mi sortilegio de silencio, el estallido fue, a mi ver, bastante atronador. No me preocupé. Me metí adentro y cuchicheé:

«¡Manras! ¡Dil!»

Solté un sortilegio de luz armónica y… me encontré con el rostro desconocido de un humano pequeño y moreno que me miraba con los ojos parpadeantes y aturdidos. No había nadie más en la habitación.

«Fiambres,» solté.

Intensifiqué la luz, di un salto sobre el borde de la ventana y salí de ahí corriendo como una liebre endemoniada. Oí un grito detrás de mí pero, cuando los Ojisarios se enteraron de lo sucedido, yo ya estaba lejos.

Me detuve fuera de los Gatos, cerca del Jardín de Fieras. Y, recuperando el aliento, caminé junto a la orilla del río. Otro fracaso, pensé. Sólo que hubiera podido salirme peor. Mucho peor.

Me carcajeé.

Los Ojisarios empezaban a tener fuertes razones para querer sacarme los huesos. Y más que les iba a dar, me dije con decisión. Tal vez no podía sacar a Yerris del pozo, pero les iba a enseñar a esos hijos de mala madre que no se le tocaban las narices al Superviviente.

Sin embargo, necesitaba refuerzos. Creía saber dónde encontrarlos. Hacia el mediodía, después de haberme pagado una comida no precisamente barata por una taberna de Rískel, pasé por la Explanada, eché un vistazo de águila y, no viendo a nadie de mi interés, regresé a los Gatos, hasta la Plaza Lana. Ahí, avisté a una pandilla de guakos de mi edad sentada en un rincón y me acerqué. Adiviné sus muecas entre curiosas y recelosas. Planté mi bastón en tierra y dije:

«Salú.» Alguno me contestó con un breve gesto de cabeza, inquisitivo. Retomé: «Busco al Raudo, ¿lo conocéis?»

Uno de ellos, de pelo rizado y negro, se incorporó lentamente.

«Me suena el nombre. ¿Por qué lo buscas?»

«Para hablarle. ¿No sabéis dónde se lo puede encontrar?» El guako negó con la cabeza y, tras una intensa vacilación, solté: «Si me ayudas, te doy un dorado.»

Los ojos del muchacho brillaron más de desconfianza que de codicia. Replicó con cara altiva:

«Yo no vendo a la gente por un dorado.»

«¿Pero qué vender ni qué chanfainas?» me exasperé. «Sólo quiero hablar con él.»

El muchacho meneó la cabeza, me dio la espalda y volvió a sentarse con sus compadres. Suspiré bajo sus miradas que decían explícitamente un: vete. Me fui. A veces no era fácil comunicar con los demás guakos. O bien te daban abrazos y te enseñaban mil trucos, o bien pasaban de ti y desconfiaban. Entendí que el haber hablado de dorados no había sido mi mejor jugada. Los guakos tal vez fuéramos pícaros, ladrones, aprovechadores y burladores, pero teníamos dignidad y ninguno se dejaba sobornar así como así.

Bueno. Como decía mi maestro nakrús, no existía cosa más imposible que el no cometer nunca errores. Aunque, como bien decía también, no era esa una razón para acumularlos. Y yo bien que me las arreglaba para hacer todo lo contrario en el valle…

Estaba caminando por un corredor, sumido en mis pensamientos, cuando capté de reojo una sombra roja que pasaba al final de la calleja y me sobresalté.

«¡Sla!» grité.

Me puse a correr, doblé la esquina y frené de golpe al ver la silueta con capa roja que se alejaba. Era una capa, no pelo. Desilusionado, avancé arrastrando los pies y el bastón, formando una zanja zigzagueante por el corredor embarrado. Estaba saliendo del barrio siguiendo el río Tímido que bajaba cascadeando hasta el río Éstergat cuando vi aparecer una panda de cuatro jóvenes. Se dirigían directamente hacia mí. Reconocí al Raudo y, no sabiendo muy bien si alegrarme de verlo o sentirme asustado por tal avance intimidante, me paré y esperé a que me alcanzara con sus tres compañeros.

«Salú,» me dijo.

«Salú,» contesté.

El elfo pelirrojo se cruzó de brazos y me miró de arriba abajo.

«Me han dicho que me andabas buscando. ¿Qué hay, tocayo? ¿Quieres ajustar cuentas o confesarte?»

«Nada de eso,» repliqué. «Quiero saber si tienes noticias de tus amigos que desaparecieron.»

El Raudo me echó una mirada sombría.

«No me seas granuja. Tú sabes lo que les pasó. Los mataron. Está claro.»

«Yo no sé lo que pasó,» gruñí. «Y quiero saberlo. Los Ojisarios son unos diablos. Esta mañana, les he reventado una ventana,» lo informé. «Y, esta noche, voy a hacerles rabiar todavía más. Si quieres ayudarme… estaría bien.»

En sus ojos, vi reflejarse sorpresa, incredulidad y luego un atisbo de respeto mezclado con burla.

«Estás bien loco si crees que me voy a meter en territorio Ojisario para vengarme,» dijo al cabo. «No voy a arriesgar mi vida para recuperar unos cadáveres. Entiéndeme, shur, en los Gatos, están los gatos cachorros como nosotros y los leones como esa banda, o la de Frashluc. Y ahora, Espabilao, si lo que pretendías era tenderme una trampa para que los Ojisarios me cogieran a mí también, has fracasado estrepitosamente.»

Lo miré, anonadado y profundamente herido.

«¿Pero qué fiambres?» exclamé. «Yo no te tiendo trampas, ¿me oyes? Soy honrao.»

Mi tocayo me puso cara de disculpa.

«Tal vez digas la verdad. Pero vas a darnos tu dorado de todas formas, shur. Por las molestias.»

Inspiré una bocanada de aire y cometí otro error: le di la moneda con demasiada presteza. Aquello, sin duda, evidenció que tenía más. En vez de coger la moneda, me agarró la muñeca y, con la otra mano, me dio un golpe donde yo tenía cogido el bastón. Me desarmó, uno de sus compañeros me sacó todo el dinero del bolsillo y yo protesté:

«No es justo, tocayo. Yo soy un buen guako,» aseguré con una rabia impotente.

El Raudo recuperó todo el dinero y, sin soltarme la muñeca, dijo con calma:

«Yo también lo soy, shur. Y entre hermanos se hacen favores. Yo me he cruzado medio barrio para ir a verte. Y tú me lo recompensas. Es todo justicia.»

Sacó una moneda de diez clavos y me la metió en la palma de la mano.

«Para que no te desanimes,» apuntó. «Un consejo: deja a los Ojisarios, estés con ellos o los estés mareando, es lo mismo. Lo digo como un amigo. Salú, tocayo.»

Metió la mano en su bolsillo, como contando las monedas al tacto, retrocedió, dio media vuelta y se marchó con evidente satisfacción, seguido de sus compadres. Y encima se llevaba mi bastón.

«Será granuja…» mascullé.

Lo único que me habían dejado, además del rombo de plata, era la piedra afilada. Percibí la mirada curiosa que me echaba un viandante —que seguramente había visto toda la escena—, le puse cara de ¿tú qué miras? y me volví al corazón de los Gatos. Esta vez sí que no sabía qué hacer. ¿Seguir mareando a los Ojisarios? Acabarían por pillarme. Pero si tan sólo pudiera saber dónde habían metido a Manras y Dil… Warok había dicho que los iba a hacer trabajar más duro. ¿Pero trabajar en qué y dónde?

Me metí en un callejón, me escondí detrás de una pila de cestas y me puse a pensar. Recordé las palabras del maestro nakrús: arrojo y valía. Y una mezcla de excitación y terror me fue invadiendo poco a poco a medida que se iba afirmando mi decisión.

* * *

Me agaché detrás de un barril, envuelto en sombras armónicas. Un hombre montaba la guardia en el callejón. Por lo visto, mis visitas los habían puesto en alerta. Alcé la vista hacia las terrazas, pero no vi a nadie. Lo cual no significaba nada.

Mi plan era sencillo y ya estaba medio cumplido. Primero, había arrancado un trozo de papel de un viejo periódico tirado, me había instalado en una terraza de los Gatos junto a un montoncito de carbón y, por primera vez en mi vida, había escrito una carta. Bueno, más bien era una frase. Y esperaba que fuera comprensible, porque no me había atrevido a volver a la Guarida a recoger mi libro de Alitardo para comparar los signos. Mi frase decía así: «Entregad al Gato Negro en la Plaza Lana o digo todo a los Daganegras.» Lo cual podía perfectamente haber quedado como un: Dar Gato Negro Plaza Lana o hablar dagas negras. O algo peor todavía. Por eso, por si acaso, había dibujado un gato negro, una oveja con un montón de lana, una boca y una daga negra. Todo era mucho más entendible.

En realidad, mi plan podía ser un fiasco. Sobre todo si, al leer la frase, los Ojisarios pensaban: ¿y qué diablos les va a decir ese mocoso a los Daganegras? Aunque peor sería si decían: ¿qué diablos son estos garabatos?

También podía ocurrir que los Ojisarios se mostraran en la Plaza Lana sin el Gato Negro. Era lo más probable. Pero, entonces, si sólo había uno, a lo mejor podía hablar con él, convencerlo para que me dijera… no sé, algo. Por lo menos que Yerris y mis comparsas canillitas estaban bien.

En el momento en que el vigilante me daba la espalda mascando su hoja de humerba, posé muy discretamente el trozo de hoja sobre el barril. Recogí una piedra del suelo y la dejé encima. Sólo esperaba que no lloviera durante la noche. Di media vuelta y me fui a la Plaza Lana a dormir. No era el único guako en instalarse ahí, aunque era uno de los pocos en instalarse solo. Me puse tan cómodo como pude, sobre mi jergón de tierra y caí profundamente dormido.

Desperté cuando alguien me pisó las costillas con su bota y me iluminó el rostro.

«Es este.»

Reconocí la voz. Era la de Warok. Algo frío me tocó la garganta y tragué saliva al entender lo que era.

«Como hagas ruido, te desangro,» me previno Warok en un cuchicheo.

Me levantó y no apartó la daga en un solo momento. No dije nada. Estaba demasiado aterrado. ¿Cómo diablos podía ser que los Ojisarios se atrevieran a amenazarme en la Plaza Lana, con tanto guako en ella? Debo decir que ni siquiera se me había ocurrido una posibilidad tan cruel. Y me sentí un poco estúpido.

Percibía los ojos de los guakos posados sobre nosotros. Fingían estar dormidos, pero yo bien sentía que no lo estaban todos. Warok me apartó del muro contra el que me había tumbado y me forzó a caminar a tumbos a través de la plaza. Nos acompañaban otros tres. Dos iban delante y otro detrás. No había escatimado en escolta, esta vez. Busqué una escapatoria. Y no vi ninguna durante todo el trayecto.

Llegamos al corredor sin haber pronunciado una sola palabra. Warok me metió en la misma habitación donde me había llevado hacía dos días. Uno de los embozados que acompañaban a Warok, el más bajito, sacó algo de su bolsillo mientras un recién llegado, también embozado, encendía una linterna y decía:

«Un momento.»

Me acercó la linterna de tal forma que cerré los ojos y, sintiendo que la hoja de la daga oprimía mi cuello con más firmeza, solté un gemido aterrorizado.

«Ya basta, Warok,» gruñó el hombre de la linterna. «Suéltalo.»

Hubo un silencio y la voz del de la linterna se hizo muy fría cuando repitió:

«Suéltalo.»

Warok me siseó al oído:

«Ya ajustaré cuentas contigo en otro momento.»

Y me soltó. Permanecí inmóvil durante unos segundos y, entonces, retrocedí ante las cinco siluetas y topé con el muro. En mi mente, volvía a ver la tinta verde sobre la camisa de Warok, la descarga mórtica, la ventana rota y el mensaje que había dejado y me decía: espíritus, con tanta trastada que les he hecho, ¿cómo me van a perdonar la vida esos enajenaos? Viendo venir mi hora, mi instinto de supervivencia apartó mi dignidad a un lado y me acurruqué en el suelo, queriendo mostrarles que yo no era más que un niño, que no les estaba amenazando, que por favor tuvieran piedad.

«Levanta,» me gruñó el de la linterna.

Me levanté con los ojos anegados por las lágrimas.

«¿Conoces al cap de los Daganegras?» preguntó el Ojisario.

Tragué mis lágrimas y tartamudeé:

«Sí, señor.»

«Korther, ¿verdad? Vosotros lo llamáis Korther.»

«Sí, señor,» repetí.

«¿Qué le has dicho a Korther sobre nosotros?» inquirió el Ojisario.

Sacudí la cabeza.

«Nada, señor. Lo juro. Hace semanas que no lo veo. Sólo lo he visto tres veces en total. Casi no lo conozco. No sé nada. El mensaje lo dejé porque quería saber si Yerris estaba bien…» sollocé.

Hubo un silencio. Y uno de los otros dos comentó:

«Es un Daganegra. Tal vez sería menos arriesgado pedir un rescate.»

El de la linterna resopló.

«¿Un rescate? Muy desencaminado vas, Lof, si crees que Korther va a pagar un céntimo por un mocoso que arriesga la vida para salvar a un traidor de su cofradía.» Marcó una pausa y, pese a la luz que seguía cegándome un poco, creí ver un destello en sus ojos oscuros. Alzó un brazo y le metió a Lof algo en la palma de la mano. «Lleváoslo y que no le vuelva a ver el pelo. Tranquilo, muchacho: no vas a morir.»

«Entonces habrá que pedirle al alquimista que fabrique una dosis más, supongo,» carraspeó Lof.

«Y más que fabricará si se lo pido,» replicó el de la linterna. «He dicho: lleváoslo.»

Dejó la linterna a otro Ojisario, dio media vuelta y salió. Tras un breve silencio, Lof se adelantó y me puse a temblar aún más.

«Traga esto,» me ordenó. «Traga.»

Tragué sin ni siquiera masticar. Acto seguido, Lof se dedicó a registrarme y constató que tenía los bolsillos completamente vacíos a excepción de una moneda de diez clavos y mi piedra afilada. Me quitó las botas y las inspeccionó, como buscando algo.

«¿Dónde está la mágara que utilizaste contra Warok?» preguntó al fin.

Yo sentía un efecto extraño invadirme y tardé un buen rato en entender qué quería decir Lof con su pregunta. Ellos creían que había usado una mágara para dejar a Warok inconsciente, al escaparme la última vez.

Mentí en un farfulleo:

«Se rompió. La tiré.»

Me creyeron, creo. Aunque no por ello el destello en los ojos de Warok se hizo menos criminal. Un profundo sopor se apoderaba de mí y titubeé, balbuceando:

«Espíritus, ¿qué me vais a hacer?»

Caí pesadamente al suelo, con la impresión de que el mundo se convertía en un torbellino negro que me arrastraba muy, muy lejos. Lo último que oí fue la voz desapasionada de Warok, quien dijo:

«Me encargo yo de llevarlo al pozo.»