Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

14 Partidas

En los días siguientes, me sentí más inútil que una ardilla buscando una bellota en un tronco vacío. Busqué al Raudo, no lo encontré; busqué a Slaryn, en vano; espié la casa de mis comparsas y no averigüé nada; y, en fin, que di vueltas como un nakrús en busca de un hueso que absorber y no di más que con migajas. Lo mismo pasó con la Maga Suprema y el diamante. Al segundo día, conseguí meterme en la habitación, tan sólo para constatar que ahí no había ningún diamante. De modo que hice un molde de otras cerraduras de puertas privadas y me metí en sitios probablemente cerrados por una buena razón: vi un laboratorio de alquimia lleno de frascos, una habitación llena de armas y un despacho con tantas mágaras que, saturado de energías por todos los lados, me puse malo durante toda la tarde y temí que me hubiera caído algún maleficio. Afortunadamente, al día siguiente ya estaba del todo repuesto. Ya que iba de fracaso en fracaso, de paso, hice una copia de la llave de la despensa de la cocina del Conservatorio. No le dije a Rolg de dónde era, claro: se suponía que todas esas copias de llaves tenían que contribuir a mi trabajo, pero, er… bueno, un ladrón saciado siempre trabajaba con mayor alegría, ¿no?

Faltaba tan sólo un día para el final del curso cuando, al fin, di con el buen despacho. Le acababa de dar un mensaje a Lésabeth, mensaje al que la elfa rubia, por primera vez desde que la conocía, dio una respuesta rápida. Escribió en owram, en la lengua culta, así que no pude leerla, pero por su expresión supuse que no le estaba diciendo al Mangaplatas que se fuera a cazar nubes, sino todo lo contrario.

Con el mensaje bien al resguardo en mi bolsillo, comencé mi peregrinación por los pasillos. Tenía dos horas por delante para probar tres llaves. La primera era la de un laboratorio brúlico. Me metí, abrí los cajones, fisgoneé un poco por todas partes y salí de ahí tan silencioso como una sombra. La segunda llave era de un despacho en una torre… Y la sala estaba vacía. No me costó entender por qué: reinaba ahí una energía nociva. Me alejé de ahí sin apenas haber asomado la cabeza y por poco olvidé volver a activar el mecanismo de cierre mágico además de girar la llave. ¿Cuántos lugares del Conservatorio habrían quedado condenados por una catástrofe experimental? Por lo visto, unos cuantos.

La tercera llave me condujo a las habitaciones de un profesor retirado amigo de la Maga Suprema. Le había visto hablar algunas veces con esta y me había dicho: vaya, ¿por qué no probar por ahí? Y había hecho un molde de la llave. Tras asegurarme de que el pasillo estaba desierto, entré en el cuarto, me encerré en él y… me encontré con que el profesor estaba ahí dentro, durmiendo en su cama.

Durante varios segundos, no me moví ni un pelo. Luego escuché su respiración y me dije: bah, parece estar profundo. Así que, soltando los sortilegios de silencio más sofisticados que había hecho nunca, deslicé los cajones de su escritorio. Vi nada menos que tres monedas de oro en uno de ellos. Las cogí echando una ojeada prudente al viejo profesor. Seguía durmiendo.

Y, entonces, mis ojos se posaron en un objeto que había en la mesilla de noche, justo al lado. Algo transparente. Me acerqué con los ojos abiertos como platos. ¿Me engañaban mis ojos o eso se parecía mucho a un diamante? Tendí la mano derecha y lo cogí. Esbocé una sonrisa al sentir la energía vibrar en su interior. Examiné el trazado y no entendí nada. Era demasiado complejo. Conté las facetas. Dieciséis. Las volví a contar sin poder creérmelo y, cuando volví a dar con dieciséis, mi sonrisa se ensanchó. Por fin.

Un brusco ronquido me dejó pálido como la muerte. Con precipitación, metí el diamante en mi bolsillo, con los tres siatos robados, y retrocedí sin perder de vista al profesor. Solté un sortilegio de silencio para abrir la puerta tan sigilosamente como pude, la volví a cerrar con llave y activé la alarma. Como si hubiese pasado por ahí un fantasma, pensé.

Me alejé y, en el pasillo de al lado, me encontré con el gato blanco. Lo acaricié al pasar y me puse a cantar:

¡Yeyeyeyeh eh eh eh!
¡Gato, gato, gato sin colooor!
Sin colooor,
correteando,
por la oscura,
un gato guako
va paseando
por mi barrio.
¡Yeyeyeyeh eh eh eh!
El gato guako
va caminando
y va cantando
mientras la luna
lo va guiando
¡y se ha perdido!
¡ayayayay!
¿sosque estará el gato?
¿sosque estará el gato?
El gato guako
va caminando
y una luz blanca
anda buscando.
¡Y se ha perdido!
¡ayayayay!
¿sosque estará el gato?
¿sosque estará el gato?

Cantaba, doblando esquinas y recorriendo pasillos, en dirección del aula donde Miroki Fal estudiaba deserranza. Según me había explicado una vez, la deserranza era el arte de las fuerzas óricas. Gracias a ellas, él era capaz de levitar; sin embargo, cuando le dije «¡a ver, señor, a ver!», se negó a hacerme una demostración. Decía que la energía órica era peligrosa y muy poderosa y también que los grandes expertos sabían hacer monolitos de verdad que te llevaban de un lugar a otro casi instantáneamente. Recordaba que mi maestro, una vez, me había contado la desventura de un nakrús inconsciente que había tenido que cruzarse toda una cordillera para recuperar su brazo, que se había quedado en camino. Un horror. Por fortuna, las personas capaces de hacer tamañas locuras eran pocas.

Esperé pacientemente a que Miroki saliera del aula y, cuando lo vi aparecer, reparé en las profundas ojeras que tenía. Concentrado como estaba yo en robar el diamante, aquellos últimos días apenas me había fijado en el Mangaplatas… Y la verdad es que últimamente estaba un poco raro, como muy desanimado, así que, decidido a cambiar eso, me apresuré a sacar la respuesta de Lésabeth y se la di.

«Es de la señorita Lésabeth, señor,» le dije alegremente.

Para sorpresa mía, un brillo melancólico pasó por los ojos de Miroki Fal cuando leyó la nota. Shudi, el pintor, leyó por encima de su hombro y resopló.

«¿Al teatro? ¡Espíritus, eso es mejor que un baile, Mir! Alégrate, hombre, ¿qué te pasa?»

Miroki no contestó. Con lentitud, se metió el mensaje en el bolsillo y bajó las escaleras. Shudi fue tras él y yo, colocándome bien el saco, los seguí. Cuando salimos del Conservatorio, Shudi soltó:

«¿Vas a decirme de una vez qué te pasa? Últimamente estás extraño.»

Miroki Fal suspiró largamente.

«Es mi padre. Está dispuesto a arruinarme la vida y forzarme a casarme con Amelaida Arym.»

Shudi se atragantó.

«Madres de las Luces… ¿Quién?»

«¡La hija del gobernador de Taabia!» exclamó Miroki. Se golpeó la frente. «Para él, esos son asuntos políticos. Él no tiene ni idea de lo que es el romance. Es una persona desalmada. ¡Lo único que le interesa es el poder! ¿Te das cuenta, Shudi? Mi vida arruinada. Lésabeth es mi vida. ¿No lo entiendes?»

«Er… Sí,» suspiró Shudi. «Lo entiendo.» Volvió a suspirar y le dio una palmadita compasiva sobre el hombro. «Vamos, Mir. No te desanimes. Lésabeth es hija de los Satrepasos. No tiene mala familia. Tal vez…»

«No,» lo cortó Miroki con un gruñido bajo. Y se detuvo en seco en medio del parque que rodeaba el Conservatorio. «Mira, Shudi. Le mandé un magescrito a mi padre pidiéndole permiso para casarme con Lésabeth.»

«¿Qué?» tosió Shudi. «¡Pero si ni siquiera se lo has preguntado a ella!»

Miroki esbozó una débil sonrisa.

«Sí que lo he hecho. Me… la encontré en… hum… en el Hipódromo, el Día-Sagrado pasado. Estuvimos paseándonos juntos por el Bosque de Kamir y… le pedí la mano y me dijo que sí. Fue maravilloso.»

Su rostro se entristeció y meneó la cabeza.

«Pero mi padre me contestó anteayer. Y todavía estoy asimilando lo que me dijo. En fin, Shudi. Olvídalo. Estos son asuntos de familia. No vale la pena que te preocupes.»

Su amigo le echó una mirada inquieta mientras reanudaban la marcha y, tras un silencio, le soltó:

«Habla con él cuando vayas a Griada. Seguro que hablándole cara a cara…»

«Déjalo, Shudi,» lo interrumpió Miroki, espirando. «Déjalo.»

El pintor no insistió, se separaron en un cruce y seguí al Mangaplatas hasta la mansión roja sin decirle ni mú. Esa historia de casamientos me dejaba perplejo. Por eso, al cabo, cuando entramos, pregunté:

«¿Y por qué no se casa con Lésabeth y ya está?»

Miroki Fal me miró como si mirara a través de un fantasma y, sin abandonar esa cara absorta, volvió a sacar el mensaje de Lésabeth, soltó un suspiro desgarrador y se fue escaleras arriba. Cualquiera entendía a los mangaplatas. Dejé el saco y, antes de que Rux me dijera nada, salí de ahí como el viento. Tomaba por sentado que, si no comía en la casa, nadie podía decirme que no cumplía con mi deber.

Corrí por las anchas calles del Arpa sin despegar mi mano de mi bolsillo y del diamante. De camino, me crucé con tres jinetes de policía que se dirigían hacia el Conservatorio a buen trote. Ya lo saben, concluí.

Me forcé por no acelerar el ritmo y me repetí una de las lecciones de Yal: actuar natural, actuar natural… Mi tensión se redujo al llegar a Atuerzo y cayó en picado cuando llegué a los Gatos. Vi a Fiks, de lejos, en la Plaza Gris, y lo saludé con un:

«¡Salú, Fiks!»

El viejo obrero, que estaba conversando con unos amigos, giró la cabeza cuando yo ya estaba saliendo de la plaza. Seguí bajando hasta la Guarida y… me fijé en que alguien me seguía. Me detuve en seco ante el callejón de la casa de Rolg, giré la cabeza y agrandé los ojos.

«¡La madre!» exclamé.

Era Adoya, el Ojisario, e iba con uno de sus perros que, de no estar atado con una correa, me habría venido directo. Oí su ladrido seco y reaccioné rápido como una ardilla: salí corriendo por el callejón, abrí la puerta y la cerré con un sudor frío. La atranqué con la barra y corrí las cortinas del todo y…

«¿Sarí?»

Pegué un grito y un bote y volteé. Yal estaba sentado en su jergón, cosiendo una camisa. Bueno, ahora más bien estaba medio levantado. Fue a la ventana y yo exclamé:

«¡No lo hagas!»

Aún se oían los ladridos del perro en el callejón. Yal apartó las cortinas y frunció el ceño.

«¿Quién es ese tipo?»

Los ladridos, ahora, se alejaban. Farfullé:

«No lo sé. Su perro se me quería tirar encima.»

No le dije la verdad porque… bueno, si se la decía entera hubiera sido admitir que me había metido en el Laberinto contra su consejo. Ya no se oían los ladridos. Solté un suspiro de alivio, recuperé la silla junto a la puerta y me senté antes de constatar algo extraño. ¿Qué hacía Yal en la Guarida a esas horas?

«¿Hoy no trabajas?» pregunté.

Yal gruñó apartándose de la ventana.

«Ese tipo me daba mala espina. Si te lo vuelves a cruzar, cambia de acera.»

«Sí, sí, y de calle, descuida, pero ¿y la imprenta?»

Yal se volvió a sentar en su jergón con una mueca.

«Me despedí. El patrón no paraba de pedirnos horas extras y encima me quería bajar el sueldo. Lo he mandado a cazar nubes.»

Sonreí.

«¡Bien hecho!»

Él puso los ojos en blanco y añadió, más serio:

«Además, Korther me ha dado un nuevo trabajo. Nada muy arriesgado pero… tendré que estar fuera de Éstergat durante un tiempo.»

Aquello me dejó patidifuso.

«¡No!» protesté. «¿Y yo?»

Yal se carcajeó y me devolvió una mirada burlona.

«¿Cómo que y tú? Korther sólo ha pagado una plaza en la diligencia, no dos, así que te quedas en Éstergat. Además, ya tienes un trabajo, que yo sepa,» carraspeó.

«¡Ja! Ya no,» aseguré. Y saqué mi diamante como un trofeo. «Lo encontré en el cuarto de un viejo que roncaba, ¡tan sencillo como eso!»

«Esconde eso,» resopló Yal, echando una ojeada a la ventana. «Espera, no, dámelo. Se lo daré a Korther antes de partir.»

Se lo di y me senté junto a él en el jergón, mirando cómo seguía cosiendo.

«¿O sea que te vas hoy? ¿Tan pronto?»

«La diligencia parte mañana a la mañana. Bah. Cuanto antes me vaya, antes volveré. Se trata de entregar un objeto a un Daganegra de Kitra.»

«¿Y eso dónde está?» pregunté.

Yal me miró como si le hubiese preguntado lo que era un árbol.

«Kitra es la capital de Raiwania, sarí.»

Me golpeé la rodilla.

«¡Es verdad! Leí hace poco un artículo en el periódico sobre las Grandes Fiestas Kitrenses. Parece que se montan espectáculos muy grandes que hacen venir a gente de toda Prospaterra. Debe de ser impresionante. Bueno, ¿y qué objeto es ese que tienes que llevar?»

«Huh,» tosió Yal, divertido, «Eso no lo voy a decir. Oye, ¿te importa ir a comprarme un bocadillo de algo? Es que tengo un hambre de dragón.»

«Yo también,» apoyé levantándome de un bote. Y como vi que me tendía unas monedas, alcé una mano, solemne. «¡No! Invito yo.»

Quité la tranca de la puerta, eché un vistazo prudente a la calle y, no viendo a ningún perro, respiré, más sereno. Fui hasta La Rosa de Viento y pedí con las manos a ambos lados de la boca:

«¡Señor tabernero, dos bocadillos con queso!»

«¡Enseguida, señor cantador!» me replicó él, divertido. «¿Tienes compañía hoy, eh?»

«¡Un dragón que canta más que yo!» afirmé señalándome el estómago.

Los bebedores más cercanos se carcajearon y más de uno enarcó las cejas cuando posé la moneda de oro sobre el mostrador, y es que un guako con una moneda de oro… era sospechoso. Pero bien poco le importaba al tabernero de dónde la sacaba. Me dio los bocadillos y el cambio y me dijo:

«Que aproveche, rapaz.»

Le saqué un bocado a mi comida y salí de la taberna muy ocupado en masticar. Cuando llegué a la Guarida, ya había terminado mi parte.

«Diablos, ¿de La Rosa de Viento se quejó Yal cogiendo el bocadillo. «Su pan es más seco que el polvo. Yo siempre compro las cosas en Las Bailarinas. Sale más caro pero es un manjar.»

«Buah, buah. Quisquilloso,» le solté. «¡Está riquísimo!»

«Seco como la leña seca,» replicó Yal, sonriente.

«Mangaplatas,» lo llamé.

La sonrisa de Yal se ensanchó y se comió el bocadillo sin más quejas. Tras ayudarle con sus preparativos, que eran pocos, pasé la tarde con él jugando a cartas hasta que declaró que tenía que marcharse a la Fonda. Me despedí de él y, horas después, cuando regresó y me encontró tumbado boca abajo en mi jergón, releyendo El bienaventurado vallenato Alitardo y su cordero Venidero, me echó una curiosa mirada.

«¿No te has movido?»

Me encogí de hombros.

«Pues no.»

Él sonrió, se dejó caer en una silla, puso las botas sobre otra y declaró:

«Korther ha dicho que te dará los siatos según se los vayas pidiendo y que, si te apetece, puedes comprarle material a precio reducido. Ha dicho que…» Puso los ojos en blanco imitando la voz de Korther: «El rapaz tiene buena madera.»

Esbocé una sonrisa y entonces fruncí el ceño.

«¿Cómo voy a ir a pedirle los dorados si no sé dónde vive? No me acuerdo de dónde está la Fonda.»

«Mmpf. Está en un callejón, en la Calle del Hueso. Korther no vive realmente ahí, pero es ahí donde se le habla. Rolg te enseñará, si no lo encuentras.» Jugueteó con la baraja de cartas y agregó: «Ahora que el Fal va a acabar las clases, supongo que te quedarás sin trabajo.»

«Sí, se va a Griada dentro de una semana,» contesté girando una página de mi libro. «Encontraré otro trabajo. Descuida, ya me conozco los trucos. Soy Gato corrido.»

Yal no contestó. Cuando alcé los ojos, lo vi que tenía cara pensativa. Regresé a mi lectura pero apenas leí una frase antes desviar de nuevo los ojos.

«Elassar.»

«¿Mm?»

«¿Cuánto tiempo vas a estar en Kirta?»

«Kitra,» me corrigió.

«Eso. ¿Cuánto tiempo?»

«Ya te lo he dicho, un tiempo. Una luna. Qué sé yo. Se tarda ya más de una semana en llegar allá en diligencia y probablemente me quede un rato en la ciudad.»

Me mordí el labio.

«¿Y es peligroso?»

«¿Peligroso? Qué va. ¿El viaje? Por el Camino Imperial ya no hay casi nunca bandidos. Está muy controlado,» aseguró. «Por Raiwania, ni idea.»

Me enderecé.

«¿Y en Raiwania hablan drionsano también?» Él asintió y yo me levanté. «¿Y podría haber monstruos que ataquen a la gente?»

«Dragones, nadros rojos, mantícoras, arpías… Nada de lo que preocuparse,» contestó él con burla.

Puse los ojos en blanco pero, aunque sabía que bromeaba, sus palabras me hicieron tomar una decisión. Me acerqué, me quité mi colgante de plata y se lo di.

«Toma. Ya sé que eso de los amuletos es una tontería… pero te protegerá de todas formas de las mantícoras. Y te dará buena suerte. A mí me la dio cuando viajé por las montañas. Ah, pero, cuando vuelvas me lo devuelves, ¿eh?»

Yal me miraba con cara divertida.

«Vaya, Mor-eldal. Gracias. Aunque no creo que… Bueno, de acuerdo, me lo llevaré. Gracias,» repitió.

Le sonreí.

«De nada.»

Regresé a mi jergón y, tras constatar que Yal se ponía el colgante y lo examinaba con curiosidad, seguí leyendo a Alitardo y su cordero. Rolg regresó poco después. Lo oí hablar afuera con la vecina de enfrente, y es que, desde hacía unas semanas, teníamos a unos nuevos vecinos. El mendigo de la casa en ruinas había sido desalojado y, tras rehabilitarse la vivienda, se había instalado una anciana con su nieta y su pequeño bisnieto. Al recién nacido se lo oía berrear casi todas las noches. Sin embargo, cuando vi a Rolg entrar con unas madalenas en las manos, pensé que lo compensaba con creces la generosidad de la abuela.

«¿Es para nosotros?» pregunté, entusiasmado.

Rolg sonrió.

«Quería agradecernos el haberle echado una mano la semana pasada con la mudanza. Dejadme al menos una, para que las pruebe, ¿eh?»

Las posó sobre la mesa, le di un bocado a una y solté una exclamación de placer. Me precipité hacia la puerta, la abrí y, viendo que la anciana elfa oscura estaba junto a su ventana regando unas flores, solté:

«¡Gracias, abuela, están muy buenas!»

Ella me contestó con un gesto de la mano y una sonrisa. Regresé a la mesa habiendo ya hecho desaparecer el resto de mi madalena y cogí otra. Entre los tres, no dejamos ni una migaja y, sentados a la mesa, pasamos una agradable velada charlando. Hablamos mucho sobre Kitra y Raiwania. Bueno, más bien ellos hablaban y yo escuchaba, porque de historia y política no tenía ni idea. Al parecer, Arkolda y Raiwania habían sido, antaño, un mismo país, pero una querella los había dividido más de medio siglo atrás. Ambas eran repúblicas parlamentarias, al contrario que el reino norteño de Tasia, donde además las razas no tenían todas los mismos derechos. Tasia era, según sabía, el vecino malquisto de ambas repúblicas: la prueba era que yo conocía varias canciones donde se los llamaba hijos de perro, tiranos e infieles, pues así como Arkolda y Raiwania rendían culto al Daglat y sus ancestros, Tasia adoraba a la Diosa de la Roca y, precisamente por ello, ansiaba retomar sus antiguas posesiones en la Roca Sagrada de Éstergat.

Cuando Yal me pilló bostezando, sonrió y declaró:

«Será mejor que vayamos a dormir. Además, mañana tendré que levantarme muy pronto. Si pierdo la diligencia, Korther me desoreja.»

Le dimos las buenas noches a Rolg, apagamos la linterna y, tumbados ya en nuestros jergones, le murmuré a Yal:

«Elassar.»

«¿Mm?»

Me mordí el labio y pregunté en voz baja:

«¿A ti también te encontró Rolg?»

Hubo un silencio. Recordaba que, la única vez que le había preguntado cómo se había hecho Daganegra, hacía ya mucho tiempo, Yal había eludido la pregunta. Y temía que esta vez tampoco me contestara.

«No,» dijo entonces Yal. Se giró sobre su jergón y espiró. «No. Él no me encontró. Pero me crió desde que tuve diez años.»

«¿Entonces fue Korther?» pregunté.

Yal resopló suavemente.

«Tampoco. No. Simplemente… mis padres ya eran unos Daganegras. Murieron intentando dar con un pretendido tesoro escondido en el Valle de Evon-Sil. La codicia los perdió,» murmuró.

Casi casi lamenté haber sido tan curioso. Tendí una mano y le apreté brevemente la suya, como para impedir que cayera en tristes recuerdos. Tras un silencio, susurré:

«Elassar. Tienes mi collar, ¿verdad?»

«Oh. Claro, sarí,» contestó él. «Si hasta me lo he puesto para no olvidarlo. No lo voy a perder.»

Asentí, sonreí, me rasqué la cabeza y cerré los ojos, deslizándome poco a poco hacia un sueño sereno.