Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

13 El refugio de los Ojisarios

Tras buscar a Manras y Dil durante toda la tarde, regresé a la Guarida con las manos vacías y la impresión de haberme pateado Éstergat diez veces de una punta a otra. En cuanto entré en los Gatos, me anduve con ojo, no fuese que me encontrara con el Raudo por alguna desgraciada casualidad, pero nada, las calles estaban tranquilas y llegué al callejón sin incidentes.

«¡Salú, Rolg, ya estoy aquí!» exclamé, empujando la puerta.

Me quedé clavado en tierra al darme cuenta de que las tres sillas de la mesa estaban ocupadas. Rolg. Korther. Y un humano moreno y pálido con una mitad de la cara horriblemente quemada. Yal, por lo visto, todavía no había vuelto.

Bajo la mirada sobresaltada de los tres Daganegras, puse cara de perdón y tragué saliva.

«¿Puedo entrar?» dije.

Rolg puso los ojos en blanco.

«Pues claro, hijo, entra.»

Vacilé, porque el caso era que hubiera preferido que la Guarida no estuviera tan ocupada, pero entré de todas formas, cerré la puerta y dije:

«Salú.»

Korther sonrió y sus ojos de diablo sonrieron también.

«Salú, rapaz. Estábamos ya acabando nuestra infusión, tranquilo. ¿Qué tal te va?»

«Bien, ¿y a usted?» contesté.

Korther enarcó una ceja, divertido.

«Perfectamente. Creo que no conoces a Taryo, el famoso ladrón del Gato de Oro. Vive en Taabia pero ha venido aquí a visitarme.» Alzó una mano y pronunció con burlona ceremonia: «Taryo, te presento a Draen, nuestra nueva generación.»

La cara quemada de Taryo permaneció exenta de expresión. Sus ojos negros, sin embargo, me examinaron con rapidez. Tendió una mano, cogió su tazón y sorbió todo lo que quedaba.

«Ya hemos hablado suficiente,» declaró. «Dentro de una luna nos vemos, Korther. Un placer haber hablado con ambos.»

Enarqué una ceja y me aparté de la puerta como Taryo se levantaba y estrechaba las manos de Korther y de Rolg. Cuando el Caraquemada se fue, Korther hizo un ademán como para invitarme a sentarme e, intrigado, me senté.

«En realidad, he venido aquí para hablar contigo,» me confesó Korther.

Vi a Rolg levantarse y dedicarme una sonrisa tranquila antes de hacer un gesto con la cabeza y desaparecer en su cuarto cojeando y bostezando. Me volví a girar hacia el cap de los Daganegras estergatienses y me rasqué la cabeza.

«¿Y de qué quiere hablar?»

«Yal me dijo que trabajabas en casa de un noble, ¿verdad?»

Fruncí el ceño.

«Sí. Pero yo no le robo. Es un mangaplatas, pero no…»

«Lo sé, lo sé,» me cortó Korther. «No voy a pedirte que le robes. Ese noble es un mago, ¿verdad? Y le sigues al Conservatorio todos los días.»

«Mmsí. Es estudiante. Dentro de dos semanas se le acaban las clases y se marcha para su casa,» dije.

Korther se ensombreció.

«Ya. Eso te deja poco tiempo. Pero tú eres un chico espabilado y estoy seguro de que ya tienes bien claro el plano del Conservatorio, ¿eh?»

Agrandé los ojos, entendiendo al fin.

«¿Voy a robar algo del Conservatorio?»

Korther asintió.

«Un diamante. Una especie de semi-reliquia. La recompensa es buena: veinte siatos.»

Me quedé boquiabierto. Eso eran dos mil clavos. Y doscientos bocadillos con queso.

«¿Dónde está ese diamante?» pregunté.

Korther sonrió.

«Te gusta ir al grano, ¿eh? Bueno. El diamante lo tiene Yanaler Koscyri. Es profesora… y también es la Maga Suprema del Conservatorio. Pero no te asustes: el diamante no lo lleva encima. Probablemente lo tenga en su despacho. Según lo que he oído, es fácilmente reconocible: tiene dieciséis facetas, es transparente y, como digo, es una mágara. Sabes reconocer una mágara, ¿verdad?»

Asentí, pensativo.

«¿Por qué necesita ese diamante?»

«Ah…» Korther se recostó en su silla y sus ojos violetas centellearon. «Escucha, rapaz. Yo contrato y tú robas. De momento, no necesitas saber más. Aún eres muy joven. Cuando seas mayor, si sigues vivo, a lo mejor me ves ser más explícito. Pero no ahora.»

Dejó su asiento bajo mi mirada entre aburrida y tozuda y añadió:

«Sé prudente, no hagas preguntas indiscretas y piénsalo antes de dar un paso. Si te pillan, ni una palabra sobre los Daganegras, por supuesto. Puede que la Justicia de Éstergat sea terrible, pero nunca lo será tanto como la de los Daganegras, ¿comprendes?» Me miró a los ojos con una extraña intensidad y posó algo sobre la mesa. «En esta bolsita, tienes cera para hacer copias de llaves y cosas varias. Si tienes alguna duda o necesitas más material, díselo a Rolg. Suerte y nos vemos pronto, rapaz.»

Abrió la puerta y se marchó, dejándome con una curiosa sensación en el cuerpo. No era exactamente miedo, más bien aprensión. Y es que una cosa era espiantar unos clavos de algún bolsillo y otra cosa robar la Wada de la Bolsa de Comercio o un diamante de la Maga Suprema del Conservatorio. El caso es que no me apetecía caer en manos de los moscas.

Me levanté de la mesa y me acerqué a la puerta cerrada de la habitación del viejo elfo.

«¿Rolg?» solté. «Rolg, ¿por qué Korther necesita un diamante si ya robó la Wada?»

Esperé en silencio, convencido de que Rolg no me contestaría: jamás lo hacía cuando estaba en su cuarto, como si ahí dentro hubiese un monolito que lo llevara al otro lado del mundo. Sin embargo, esta vez lo oí decir:

«Korther no es fácil de entender, pequeño.»

La voz sonó muy apagada a través de la puerta. Me mordí la mejilla, agité la cabeza y bostecé.

«Desde luego que no. Buenas noches, Rolg.»

Me tumbé, pero me costó dormirme y oí regresar a Yal muy tarde, pasada la medianoche. Por su olor y su andar vacilante, adiviné que había salido con algunos amigos. Pasé, pues, de explicarle el nuevo trabajo que me había dado Korther y, hundiendo la cabeza entre mis brazos, acabé al fin por conciliar el sueño. Soñé con el yarack. El pájaro sobrevolaba la Roca de Éstergat soltando un chillido estridente y dejaba caer una pluma, esta vez roja. Esta caía y caía y yo corría por las calles, tratando de no perderla de vista. Aterricé en el Laberinto y me encontré de narices con Warok, quien precisamente se agachaba en ese instante para recoger la pluma roja. Una vez en sus manos, esta se transformó en una daga ensangrentada y yo me puse a gritar:

«¡Yerris, Yerris, Yerris!»

«¡Draen!»

Una mano me sacudió. Abrí bruscamente los ojos y me encontré con el rostro semi-dormido de Yal.

«¿Qué gritas?» gruñó, masajeándose la cabeza.

Me enderecé con el corazón aún desbocado.

«¡Es Yerris!» tartamudeé. «Los Ojisarios lo han matado.»

Yal dejó de masajearse la cabeza y me miró como si me hubiera vuelto loco.

«¿Qué diablos dices? Yerris se marchó. No…»

«¡Pero en mi sueño…!»

«Los sueños son sueños, Mor-eldal,» me cortó Yal resoplando.

Me paré a pensar y suspiré de alivio.

«Eso es verdad. Pero Yerris…»

«Deja de preocuparte por Yerris, sarí.»

Lo miré y sofoqué una exclamación indignada.

«¡Tú lo sabías! Sabías que Yerris estaba en Éstergat y no me lo dijiste.»

Yal frunció el ceño.

«No me preguntaste por él y no pensé que la noticia de su traición fuera a hacerte ningún bien.»

«¡Yerris no ha traicionado a nadie!»

Yal hizo una mueca de dolor y se frotó la frente.

«Vaya… Sí que lo ha hecho, sarí. Nos traicionó. Desde el principio, fue un traidor. Te lo explicaré,» masculló. «Yerris es en realidad un huérfano que recogió el Bravo Negro para amaestrarlo desde pequeño e infiltrarlo en nuestra cofradía haciéndolo pasar por un niño sin banda. Durante tres años Yerris actuó como agente doble. Créeme: los Ojisarios no le harán ningún daño, es de los suyos. Lo que me gustaría saber es cómo es posible que tú estuvieras enterado de los rollos que tenía él con… ¡Madres de las Luces!» Se puso pálido y me miró de pronto con alarma. «¡No me digas que ese granuja te metió con él en el Laberinto!»

Lo miré, indignado, y me levanté de un bote.

«¡Granuja, tu madre! Yerris está en peligro, lo ha dicho Slaryn. Él no tiene la culpa de nada. El granuja es Warok. Y el Bravo Negro. No Yerris.»

Yal emitió un gruñido. Se levantó, vaciló, cayó de rodillas junto al cubo de agua y hundió la cabeza. La sacó chorreante de agua.

«Mucho mejor,» resopló y se levantó echando sus mechones hundidos para atrás. Sus ojos estaban ahora completamente despiertos. «Bueno, sarí. No sé de dónde te sacas que Yerris está en peligro, pero no me extraña que sea el caso: cuando se juega con fuego, uno acaba quemándose y, cuando se vive metido en el Laberinto con gente de esa, te puede pasar cualquier cosa. Y, ahora, dime. ¿Vas acaso a arriesgar tu vida para ayudar a un tipo que dio a los Ojisarios todas las informaciones que sacaba de nuestra cofradía? Nos ha puesto en peligro a todos. No digo que sea culpa suya: lo educaron para que nos espiara. Seguramente ni siquiera pensó que lo que estaba haciendo estaba mal.»

Eso era mentira, pensé. Más mentira que el Palacio Invisible. Lo miré con cara sombría y dejé escapar:

«Yerris quería ser un Daganegra, uno de verdad, pero Warok no le dejaba. El Gato Negro no quería traicionarnos. Lo hacía porque tenía miedo…»

Callé, pues en ese instante Yal me cogió de los hombros con brusquedad.

«Tú lo sabías,» masculló. «¡Espíritus, lo sabías!»

Me sacudió y, atónito, mi única reacción fue la de mirarlo con los ojos muy abiertos. Yal enseguida me soltó y, agitado, echó una ojeada rápida hacia la puerta del viejo elfo antes de declarar en voz baja:

«No vuelvas a hablar de ese gnomo, ¿de acuerdo? Y no lo busques. Los Ojisarios son muy peligrosos, ¿me entiendes? Como te pille metiéndote en el Laberinto, te digo adiós muy buenas, Mor-eldal. ¿Me has oído?»

Sus ojos me miraban con tal fijeza que desvié los míos hacia el suelo.

«¿Me has oído?» insistió Yal.

Asentí.

«Sí, elassar.»

Lo oí suspirar ruidosamente. Entonces se oyó una campanada y me palmeó el hombro.

«Caramba, son las siete y media ya. Será mejor que vayas rápido al Arpa. Anda, alegra esa cara. Piensa en esos a los que llamas comparsas. Seguro que te necesitan más que Yerris. Venga, ve.»

Me sonrió, pero en sus ojos brillaba un destello de inquietud. Inspiré y, no menos agitado por la conversación, recogí mi gorra, me guardé la bolsita que me había dado Korther la víspera, me puse el abrigo y las botas y le solté al fin:

«Salú, Yal, buen día.»

Marché corriendo cuesta arriba y cruzaba el Parque de las Piedras cuando recordé que no había comprado el periódico.

«Fiambres,» mascullé.

Torcí hacia el Juzgado Central, seguro de encontrarme con algún canillita que llevara El Estergatiense frescamente imprimido. Y, zas, encontré a Manras y Dil, ni más ni menos.

«¡Pero dónde os habíais metido!» exclamé, acercándome a ambos.

Se habían colocado abajo de la escalinata que llevaba al juzgado. El pequeño elfo oscuro me saludó:

«¡Salú, Espabilao! ¿Ya no vas con el mago?»

«Sí, sí, si hasta puede que llegue tarde. ¿Es El Estergatiense? Pues dame uno. Luego te doy los clavos, que ahora no tengo. Oye,» añadí mientras Manras me daba un ejemplar. «¿Dónde estuvisteis ayer? Os busqué por todas partes.»

Vi a Dil hacer una mueca silenciosa. Manras explicó:

«Es que nos mudamos de refugio. Ahora vivimos en una casa de verdad.»

Fruncí el ceño.

«¿En el Laberinto?»

«Natural,» contestó Manras.

«Y… ¿con el Bravo Negro?» pregunté en voz baja.

Manras negó con la cabeza.

«No. A mi padre casi nunca lo veo.» Tendió un periódico a un señor que pedía uno y recogió los clavos antes de preguntarme: «¿Vienes a la tarde?»

«Pues claro,» dije y alcé mi periódico. «¡Nos vemos!»

Salí corriendo Avenida Imperial arriba y llegué a la mansión roja unos minutos tarde, pero Miroki Fal siempre bajaba de su cuarto más tarde, así que ni se enteró.

«¡Salú, señor!» lo saludé cuando lo vi aparecer en las escaleras. Él me había enseñado que los caballeros no decían «salú». Y yo le había enseñado lo contrario.

Cargué con su saco de apuntes y tinteros y lo seguí hasta el Conservatorio a buen ritmo. Cruzábamos ya la puerta principal del edificio cuando el noblecillo me dijo:

«Voy a invitarla al baile de final de curso,» declaró, sonriente. No necesité que me precisara de quién estaba hablando: de Lésabeth, por supuesto. Sacó la carta y me la tendió. «Dame ese saco y sal corriendo, no vaya a ser que otro le pida lo mismo y se me adelante.»

Levanté los ojos al cielo y me fui trotando escaleras arriba hacia el ala de los curanderos. Me conocía ya el lugar al dedillo y, como me sabía de memoria la agenda de la elfa rubia, la encontré en un pacivirtud. Estaba atendiendo a una clase en un aula abierta. Los alumnos eran pocos, no eran más de diez, y menos mal porque el profesor tenía una vocecita tan menuda que tenían que inclinarse hacia él alrededor de la mesa para oírlo. El profesor de energía endársica era miope, medio sordo y estaba medio en la Luna: ni se enteró de mi presencia. Me deslicé junto a Lésabeth y le di la carta. Con un curioso brillo en los ojos, la elfa cogió la carta y la desplegó bajo la mesa. Ya me alejaba cuando me soltó un:

«¡Chsss!»

Regresé con un suspiro y ella me cuchicheó:

«Dile que es imposible porque ya voy con mi primo Jarey.»

Volví a suspirar. Eso le iba a chafar el día a Miroki… Y a mí no me gustó más, pues su primo Jarey Edans me caía mal. Una vez, en otoño, me había soltado un ¡mocoso vagabundo! Y, hacía apenas unas semanas, me lo había cruzado y había amagado con quitarme el ramo de flores para Lésabeth. Por suerte, yo tenía buenos reflejos y me había escabullido, no sin dejar algún pétalo en camino.

El profesor de endarsía seguía con su baja y monótona letanía. Me alejé y, como de costumbre, me puse a deambular por los pasillos. Sin embargo, esta vez, tenía un objetivo preciso: el ala donde residían los magos. Ya me había aventurado por ahí más de una vez y, estuviera prohibida o no la entrada, llevaba ya casi ocho lunas en el Conservatorio y nunca nadie me había dicho nada. Me había convertido en algo así como el niño con el que todos se cruzaban y al que nadie veía realmente.

Avancé, pues, sin temor por los pasillos, me encontré con el gato blanco de la Maga Suprema y me detuve diciéndole:

«Miau.»

Ni siquiera se giró: el felino tenía la mirada perdida a través de la cristalera, hacia los innumerables tejados de Éstergat. Aquel día el aire estaba muy diáfano y se veía con nitidez el bosque de la Cripta. Apoyé los codos sobre el poyo de la ventana y dije:

«Algún día iré ahí, aunque Yal diga que es peligroso, ¿sabes? Seguro que hay ardillas, y no como las grises del Parque de las Piedras. Ardillas negras y pardas como las del valle.»

El gato blanco seguía ignorándome con total soberbia. Suspiré y tendí una mano para acariciarlo. Al contrario que la mayoría de los gatos de mi barrio, aquel se dejaba acariciar y hasta a veces se dignaba a ronronear. Sólo tenía que tener cuidado con usar la mano izquierda porque la otra no le gustaba: la primera vez que lo había tocado se había puesto a bufar.

Pasó un mago por el pasillo y esperé a que desapareciera por la esquina antes de soltar:

«Salú, gato. Vigila la ciudad, yo vigilo tu casa.»

Y, de paso, le robaba un diamante a su dueña, pensé. Continué por el pasillo hasta que llegué ante lo que, según sabía, eran las habitaciones de la Maga Suprema. Asegurándome de que no se oían ruidos de pasos acercándose, toqué la puerta con mi mano derecha en busca de sortilegios. Encontré uno en la cerradura, sin sorpresas. Tendría que desactivarlo si quería realizar una copia de la llave. Me pasé un buen rato observando su trazado, temiendo en cualquier momento meter la pata y activar la alarma sin querer. Al cabo, conseguí desactivarla, realicé un molde con la cera, metiéndola en la cerradura, aguardé con impaciencia, di varias vueltas sobre mí mismo, agucé el oído y, al fin, recuperé el molde… Y, en vez de activar de nuevo la alarma, solté un sortilegio perceptista por la rendija de la puerta. Mis dotes en la materia dejaban que desear y, en cuanto topé con algo, mi sortilegio se rompió. Tan sólo esperé no haber activado ninguna alarma.

«Prudencia, Mor-eldal,» me murmuré.

Y restablecí los vínculos de la alarma de la cerradura antes de reanudar mi paseo diario por los pasillos: una pequeña visita al perro del conserje, un gran saludo al cocinero —que, según el humor, me daba un panecillo, un «sal de aquí, bergante» o un plato de caldo exquisito— y, por supuesto, una bajada épica por la larga barandilla reluciente de la sala de entrada —de esa nunca me olvidaba, era muy divertido y, además, me recordaba a cuando mi maestro y yo bajábamos la cuesta nevada junto a la Cueva gritando sobre el trineo que él me había fabricado.

Cuando dieron las once campanadas, ya estaba formalmente esperando ante la puerta del aula del Mangaplatas. Adiviné correctamente: cuando le dije que Lésabeth no iría con él al baile, Miroki Fal se llevó las manos a la cabeza.

«¡Demonios ancestrales!» exclamó. Y se golpeó la palma con un puño, gruñendo: «¡Ese Jarey Edans…! Seguro que lo ha hecho queriendo.»

«Vamos, Mir, serénate,» se burló su amigo Shudi Fiedman. «Sólo es un baile. Y Jarey no es un pretendiente: es su primo. Y encima es feo.»

Me carcajeé ante el argumento y bajamos los tres por las escaleras hasta la salida. Miroki no estaba de humor para parlotear y, pese a los sabios consejos de su amigo, no se quiso animar y regresamos a la mansión roja en silencio. Lo dejé subir por las escaleras con la lentitud del triste enamorado, posé el saco sobre la mesa y me apresuré a entrar en la cocina. Husmeé el aire.

«¿Qué hay, Rux?» le solté.

El mayordomo sonrió con esa sonrisa tétrica que, con el tiempo, me había ido pareciendo un poco más simpática.

«Sopa de puerros para ti, pequeño.»

«No te molestes,» dije, viendo que se iba a levantar. «Me sirvo yo.»

Siempre era mejor servirse: Rux, sea porque era rácano, miope o de apetito exiguo, llenaba los boles como para alimentar a un gorrioncillo. Miroki no se quejaba, pero yo no era tan conformista. Me puse, pues, un bol bien lleno y me instalé con ánimo.

«¿No tengo que quedarme a la tarde, verdad?» pregunté.

Rux carraspeó e hizo deslizar una hoja sobre la mesa.

«Tenemos que ir a hacer compras.»

Resoplé.

«¿Otra vez? ¡Pero si ya fuimos la semana pasada!»

«Las cosas se acaban, muchacho,» replicó el mayordomo.

Suspiré y media hora más tarde ya estábamos bajando la cuesta hacia el mercado de la Explanada. Yo llevaba dos grandes cestas, Rux otra y las iba llenando de tienda en tenderete y de tenderete en tienda. En un momento, percibí el movimiento de una mano en una de mis cestas y exclamé:

«¡Atrás, ladrón!»

Me giré para ver una silueta salir corriendo entre la gente con nada menos que el paquete con la carne que acababa de comprar Rux en la carnicería. Y lo peor es que lo reconocí: era Draen el Raudo. Al oír mi grito, Rux me alcanzó con el ceño fruncido.

«¿Qué ocurre?»

«Pues… que me han robado,» confesé, molesto. «Estaba la carne aquí y, de repente, zas, desapareció. He visto a alguien salir corriendo.»

«Cien mil demonios… ¿Qué aspecto tenía?» inquirió.

Meneé la cabeza.

«No lo sé, señor.»

Rux frunció aún más el ceño y suspiró.

«Bueno, esto no le va a gustar al señor Fal. Iré a comprar más carne. Y tú procura que no te roben más cosas o creeré que te las roban con tu consentimiento, ¿mm?»

Su insinuación me dolió y lo miré con cara sombría mientras se alejaba hacia la carnicería. Me coloqué de espaldas a un muro con mis dos cestas y observé mi alrededor con recelo. Como el Raudo se atreviera a mostrar la cara… No la mostró, para fortuna suya, y pensé con un suspiro que seguramente ahora estaría muy ocupado comiendo la carne.

Después de las compras, Rux me hizo desenvainar todos los frijoles que había comprado y, sólo hacia las cuatro, conseguí escabullirme antes de que me diera otra tarea y salí disparado hacia la oficina de prensa. A esas horas, el periódico de la noche tenía que estar a punto de ser distribuido y Manras y Dil sin duda estarían ahí. Me los encontré ahí, pero con un aspecto tan desastrado y con cara tan tensa que me llevé un susto.

«¡Comparsas!» los llamé. «¿Qué os pasó?»

Llegué hasta ellos y Manras se pasó una manga por los ojos.

«Brasas, ¿pero qué lloras, shur?» me preocupé.

Como Dil muy pocas veces explicaba las cosas, fue el pequeño elfo oscuro quien respondió al fin con una voz temblorosa:

«Nos acorralaron. Y nos empujaron. Y nos llamaron de todo.»

Me sulfuré.

«¿Quiénes?» Antes de que contestara, solté: «¿Mi tocayo?»

Manras asintió y Dil apuntó sombríamente:

«Y otros. Estábamos cerca de la Explanada y nos vinieron. El Raudo dice que perdió a dos amigos por culpa de Warok.»

Manras añadió:

«Ha dicho que le digamos a mi hermano que, si lo pilla en el Laberinto, le raja la garganta.»

Yo bullía por dentro. Si hubiese podido bufar como los gatos, lo hubiera hecho. ¿No le había avisado al Raudo que, si tocaba a mis amigos, le sacaría los huesos? Bueno, pues no le iba a sacar los huesos, pero algo iba a hacer, de eso no me cabía duda.

Viendo la expresión expectante de mis amigos, puse cara determinada y solté al fin:

«Vosotros no le digáis nada a Warok. El Raudo no sabe con quién se mete. Warok es peligroso y podría hacerle daño. Hablaré con mi tocayo,» decidí. «Le pondré las cosas bien claras. Sólo decidme una cosa, shurs: en esa nueva casa a la que os habéis mudado, ¿hay más gente que Warok y vosotros viviendo?»

Manras se encogió de hombros.

«Natural. Hay gente.»

«¿Cuánta?»

«Pues… ayer vi a algunos, no sé cuántos.»

«¿Cinco? ¿Diez?» propuse.

«Seis,» dijo Dil.

Seis. Caray.

«¿Y van armados?»

Dil asintió en silencio mientras Manras me miraba con extrañeza y se mordía los dedos.

«Y… ¿había un semi-gnomo negro entre ellos?»

Ambos negaron con la cabeza. No supe si sentirme aliviado o todo lo contrario.

«¿Podéis enseñarme dónde está la casa?»

Manras asintió.

«Sí, pero mi hermano nos dijo que nada de visitas, así que no puedes entrar.»

«No entraré, sólo quiero ver la casa sin que tu hermano me vea. ¿Sabéis una cosa? Voy a ir a buscar al Raudo a ponerle las cosas claras. Lo encuentre o no, nos vemos en el Parque de la Tarde a las diez, ¿corriente? Y me enseñáis la casa.»

Manras consintió, boquiabierto.

«¿Qué le vas a decir al Raudo?»

Sonreí y le empujé suavemente la gorra.

«Que a mis amigos no se les toca, y se lo voy a probar,» afirmé. «Salú.»

«¡Salú, pero ten cuidado, Espabilao, que es más grande que tú!» me dijo Manras.

«¡Como si midiera veinte metros!» le repliqué.

Y me fui cuesta arriba. Di varias vueltas por la Explanada antes de aburrirme y tomar el camino de los Gatos. Entré en la Guarida y llamé a Rolg. Nadie me contestó. Dejé la bolsita con el molde de la llave de la Maga Suprema y volví a salir. Di un respingo y sonreí al ver aparecer a Rolg por el callejón.

«¡Rolg! He dejado el molde en la mesa, ¿tengo que llevarlo a algún sitio?»

El viejo elfo se acercó cojeando y meneando la cabeza.

«Deja, hijo, ya me ocupo yo. Mañana a la tarde te doy la llave hecha. ¿Adónde vas?»

«A vender periódicos, que no tengo un clavo. Si llego tarde, dile a Yal que no se preocupe.»

Rolg enarcó una ceja y asintió.

«Cuidado con lo que haces, pequeño.»

Asentí enérgicamente y me marché. Estuve vendiendo periódicos durante un par de horas antes de encontrar otra vez a Manras y Dil saliendo de una taberna de Rískel. Me uní a ellos y nos hicimos las tabernas de toda la calle: yo me ocupaba de cargar con los periódicos mientras Manras entraba con el «último» ejemplar en el local y lo vendía poniendo cara de Espíritu Bondadoso. Había anochecido hacía muchas horas cuando, decidiendo que ya habíamos vendido suficiente, devolvimos los periódicos restantes a la oficina y emprendimos el camino de los Gatos. Esta vez, en vez de guiarlos yo, eran ellos quienes me guiaban. Nos adentramos en el Laberinto, me hicieron pasar por unos corredores estrechos, subimos escaleras, atravesamos varias terrazas llenas de trastos y bajamos por una escala antes de que Manras se detuviera y me cogiera por la manga.

«Esa es.»

Me señalaba una puerta entre tantas que había en un corredor desierto.

«Así no parece, pero es grande, y hasta hay sitios a los que Dil y yo no podemos ir,» me reveló en voz baja.

Me giré hacia él en la oscuridad. Arriba, en el cielo, brillaba la Luna, pero sus rayos llegaban muy tenues y apenas se adivinaban las formas de los objetos que me rodeaban.

«¿Sitios secretos?» murmuré. «¿Y no habéis ido a ver, ni siquiera para curiosear?»

«Mi hermano me desorejaría,» susurró Manras, y añadió: «Oye, es mejor que no te quedes aquí, o te pillarán.»

Asentí y los empujé a ambos por el corredor.

«Sornad bien, shurs.»

Manras se alejó pero Dil vaciló y preguntó en un murmullo:

«Espabilao… ¿quién es ese semi-gnomo negro?»

Hice una mueca y contesté aún más bajo:

«Un amigo mío que trabajaba para el Bravo Negro. Creo que Warok le ha hecho una jugarreta. Desapareció hace dos lunas.»

Dil vaciló unos segundos más antes de alejarse murmurando:

«Buenas noches, Espabilao.»

Me pegué a un muro cuando la puerta del refugio se abrió, iluminando el corredor. Entraron mis dos compañeros y la calleja volvió a quedarse a oscuras. Tras unos instantes, me acerqué con sigilo y agucé el oído. Percibí voces y, armándome de coraje, pegué la oreja a la puerta.

«… una miseria!» siseaba una voz.

«¡No es culpa nuestra, nos robaron!» exclamaba Manras.

Oí un golpe seco y un gemido y me puse lívido.

«¡Basta de excusas baratas! ¿Sabéis qué? Olvidaos de los periódicos. A partir de mañana, os quedáis aquí y vais a trabajar de verdad. Ya lo veréis, mocosos inútiles.»

Oí una carcajada.

«Vamos, chaval, ¿no irás a meter a tu propio hermano en el pozo?»

«¿Por quién me tomas, sinvergüenza?»

«Ja. Por lo que eres: el hijo predilecto del Bravo Negro. No te molestó meterle al gnomo…»

«¡Atranca la boca, Lof!»

Dijo algo más pero, en ese momento, oí un ladrido y di un bote alejándome de la puerta. Se acercaban unos perros en el corredor, dirigidos por una alta silueta. Salí corriendo y los ladridos redoblaron. Escalé por una gotera tan rápidamente como pude y oí un grito abajo. La puerta se abrió en volandas y una linterna iluminó el corredor. Envolví sutilmente de sombras mi rostro y seguí trepando. Aquella casa era muy alta. Si me caía, me moría del golpe.

«¡Quieto! ¡Baja de ahí, araña cuadrúpeda!» me gritó una voz abajo.

«¡Que se callen tus malditos perros, Adoya!» bramó Warok.

Sus voces se hicieron imprecisas y llegué al fin arriba. Era una terraza, no un tejado. Eché una mirada abajo. Ya no se veía nada. Retrocedí unos pasos para alejarme del borde y eché un vistazo hacia los edificios que subían por la Roca. Una cosa buena del Laberinto era que la mayoría de las casas se tocaban, así que me alejé de terraza en tejado y de tejado en terraza sin tocar el suelo una sola vez hasta que estuve fuera del corazón de los Gatos. Una vez en el suelo, anduve con pies de plomo y no me relajé hasta que me metí en el callejón de la Guarida, y aun así, los pensamientos que me vinieron entonces no ayudaron.

El pozo, había dicho Warok. ¿Qué pozo? ¿Dónde había metido a Yerris? ¿Y qué iban a hacer ahora mis dos mejores compadres?

«Fiambres,» dejé escapar.

Debería haberles dado los clavos que tenía, tal vez así Warok no se habría enfadado tanto. Pero no lo había pensado.

«Fiambres,» repetí.

Subí las escaleras y empujé la puerta en silencio. Todo estaba oscuro. Yal ya estaba durmiendo. Me quité la gorra, las botas y el abrigo y me tumbé sin hacer ruido. Antes de cerrar los ojos, volví a soltar muy bajito un:

«Fiambres.»