Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

10 Batacazo

Afuera, venteaba, nevaba y, como hubiera dicho mi maestro nakrús, hacía un tiempo de no poner un hueso fuera.

«Te toca, Rolg,» le dije al viejo elfo.

El viejo elfo miró sus cartas rascándose la barbilla con sus largas uñas y Yálet bostezó, recostándose en su silla.

«Oye, sarí, todavía no nos has contado qué tal el día,» observó.

Hice una mueca y resoplé. Yal sonrió.

«¿Más historias con Lésabeth y el Mangaplatas?»

Suspiré.

«Si sólo fuera eso…»

«Cuenta, cuenta,» me animó Yal. «No hay nada mejor que una historia de amor en las noches de invierno.»

Le devolví una mirada burlona y dije:

«De amor nada. Lésabeth es una bruja. Yo ya se lo he dicho al Mangaplatas, pero ni caso, hasta se me enfadó. Le gusta sufrir. Hoy Lésabeth le ha dicho que es un caso perdido, un poeta fracasado y un loco, y Miroki, en vez de decirle que es una bruja arrogante y vanidosa, le ha soltado esto.» Y entoné alzando la mano como lo había hecho Miroki: «Oh, bellísima y cruel mariposa que al escaparte de mí te haces más bella.»

Yal se carcajeó.

«Espíritus, pues sí que anda enganchado.»

«Y mucho,» aseguré. «Pero es horrible. Si hasta su amigo Shudi le dice que la deje, que está haciendo un mundo de algo que no merece la pena. Buaj, un lío. Y eso no es lo peor. Hoy Shudi me ha dicho que quiere hacerme un retrato.»

Yal frunció el ceño.

«¿Un retrato? ¿A ti? ¿Y por qué?»

Me encogí de hombros.

«Dice que es original porque nunca ha pintado a ningún niño pobre. Yo le he dicho que de pobre nada, pero me ha mirado con esa cara de ¿quieres callarte ya? y se ha puesto a pintarme. Sólo espero que no sea como ese cuadro negro con telarañas, que si no da miedo.»

Yal puso los ojos en blanco y, como Rolg había jugado su carta, jugó la suya y miré mis cartas con la lengua sacada.

«Me he quedado sin reyes,» informé.

«Eso normalmente no se dice en voz alta,» apuntó Rolg, divertido.

Absorto, suspiré, eché una carta y dije:

«Pero lo del retrato tampoco es lo peor. Lo peor es que, en otoño, Miroki me dejaba más tiempo libre y ahora se ha empeñado en darme veinte mil encargos. Hasta me mandaría a buscar flores en pleno invierno si pudiera. ¿Sabes, elassar? Estoy harto de los magos y los mangaplatas.»

Yal soltó una risa ahogada.

«Se ve, se ve,» aseguró.

Le dediqué una mueca paciente y relativicé:

«Pero tampoco me va tan mal. Rux hoy me ha enseñado a dar martillazos. Hemos reparado una silla,» expliqué, con orgullo.

«¿Así que vas para carpintero, eh?» se burló Yálet. «¿Y qué tal va esa lectura sobre cuervos, amores y fantasmas?»

Sonreí.

«Arreglada. Le he dicho a Miroki Fal que no me gustaba su libro y me ha dado otro. Uno de aventuras. Y ha sido de pasar a creer que ya no sabía leer a leer casi casi de corrido, de verdad. Espíritus con los fantasmas de Miroki Fal…» resoplé, hinchando los mofletes.

Yal y Rolg se carcajearon y, fijándome en que me tocaba otra vez, gruñí y dejé las cartas sobre la mesa.

«Me ha tocado la mala fortuna esta noche,» afirmé.

Ellos también enseñaron sus cartas y Rolg sonrió.

«¡Ah! Por una vez gano yo. Bueno,» dijo, levantándose con lentitud. «El tiempo pasa y pasa y a mi edad ya no estoy para largas veladas. Buenas noches, muchachos, y felices sueños.»

Ambos le contestamos y, como el viejo elfo se iba a su cuarto, me dediqué a juntar las cartas.

«¿Sabes, elassar?» dije. «No te lo he dicho, pero me alegro mucho de que te hayas mudado a la Guarida.»

Yal sonrió.

«Me lo has dicho así como una decena de veces estas últimas cinco lunas, sarí.»

Sonreí, dándole palmaditas a la baraja para conformar las cartas. Una larga ráfaga, afuera, hizo temblar la puerta de tal forma que hubiera jurado que había ahí detrás un dragón soplando. Cuando la puerta dejó de temblar tanto, espiré inconscientemente de alivio.

«Escucha,» dijo de pronto Yálet. «Hay… algo de lo que tenemos que hablar. Algo serio.»

Alcé la vista, intrigado.

«¿Qué pasa, elassar?»

«Bueno…» Yal vaciló, cambió de silla y fue a sentarse en la que había dejado Rolg vacía para acercarse a mí. «Verás, Mor-eldal. Korther tiene un trabajo para nosotros.»

Lo miré, maravillado. ¿El cap de los Daganegras de Éstergat, un trabajo para nosotros?

«¿Cuál?»

«Pero el caso es que, para realizar el primer trabajo, Korther quiere que le demuestres que eres capaz de llevarlo a cabo. Y te ha mandado un reto. Quiere que te metas en una casa acomodada de Atuerzo y que robes algo valioso. Es… como una prueba, para demostrarle que puede confiar en ti. Le he dicho que aprendías rápido… No sé si debería habérselo dicho tan pronto,» reconoció.

Meneé la cabeza.

«¿Qué casa? ¿Cualquiera?»

«No. Una bien definida. Yo te guiaré,» aseguró.

«¿Pero cuándo?» pregunté, sobrecogido.

Yálet me observó con atención cuando contestó:

«Mañana.»

«¡Mañana!» repetí. Y sonreí, no solamente porque me apetecía poner en práctica todo lo que me había enseñado Yálet sino porque, además, esperar un evento lejano era algo que no me gustaba. «¡O sea que mañana me convierto en Daganegra!»

Yal puso los ojos en blanco y alzó la mano apartando el índice y el pulgar.

«O al menos en un Alfiler Negro.»

Puse cara teatralmente ofendida y le di un empellón.

«¡Alfiler tu madre! Yo soy un Daganegra,» afirmé.

«¿Y dónde está tu daga?» se burló Yal. Ante mi mueca suspensa, me palmeó el hombro con aire divertido. «Tranquilo, la tendrás algún día, forjada en acero negro por el mismísimo Herrero Negro. Pero aún no. Piensa que, hasta yo, que fui un alumno ejemplar, no la conseguí hasta que cumplí los quince.»

Le dediqué una mueca burlona.

«¿Alumno ejemplar? A buen seguro sacaste tu tintero y…»

Callé bajo su mirada imperante y entendí que Rolg no estaba al corriente de lo del examen trucado de los Olmos.

«Bueno,» dije. «¿Entonces mañana robo algo? ¿Y cómo sabré que lo que robo es valioso?»

Yálet levantó los ojos al cielo.

«Lo sabrás, Mor-eldal. Eso es instinto.»

Le creí y, como él apagaba la linterna, me deslicé fuera de mi silla y fuimos a tumbarnos. El viento soplaba, se infiltraba por el callejón y pasaba silbando entre los recovecos de la casa. Me tapé bien con la manta y me rebullí. Me sentía inquieto. ¿Sería por ese trabajo de Korther? Probable. Y es que Yerris me había dicho que los moscas, siendo amigos de los mangaplatas, encerraban a los ladrones en la cárcel del Clavel. Un lugar poco agradable, según el Gato Negro. Como adivinando mi desasosiego, mi maestro me apretó brevemente el hombro diciendo:

«Lo harás bien, sarí. Confío en ti.»

Sonreí y asentí.

«Buenas noches, elassar.»

«Buenas noches, sarí,» me murmuró él.

Otra ráfaga hizo crujir la madera y, recorrido de un escalofrío, me acurruqué en mi manta junto a mi maestro. Este infundía confianza y seguridad. Al igual que mi maestro nakrús. Con este pensamiento en mente, concilié el sueño y soñé con ardillas que corrían por los árboles y con un niño que saltaba de roca en roca, bajando un riachuelo mientras cantaba a pleno pulmón.

* * *

«Gira la cabeza un poco a la izquierda, ¡eso es, eso es! Y los ojos bien enfrente… ¡No te hurgues la nariz, asqueroso mocoso! Y tampoco levantes los ojos al cielo, he dicho bien enfrente. Maldita sea, deja ya de agitarte,» se exasperó el pintor.

Miroki Fal se carcajeó.

«Si quieres lo ato a una silla.»

Miré al Mangaplatas con aprensión hasta que entendí que bromeaba. Resoplé y fijé mis ojos en los de Shudi Fiedman. Ese elfo pintor mangaplatas me estaba hartando.

«¡Así!» exclamó el pintor, entusiasmado. «No te muevas.»

Dio varias pinceladas en su lienzo y…

«¡Los hombros bien rectos!»

Tensé la mandíbula y me armé de paciencia. Inmóvil como mi maestro, pensé. Él lograba quedarse horas inmóvil sobre su cofre. Lo malo es que, de tanto estar de pie sin moverme, me mareaba y, al cabo, cuando ya el sol del atardecer iluminaba la sala de pintura, desistí y me senté en el suelo cruzando las piernas.

«¡Serás vago! Levántate,» me ordenó Shudi.

«Estoy cansado,» me quejé.

El pintor resopló y me ignoró, de modo que supuse que ya no me necesitaba y, en un momento en que parecía muy inmerso en su cuadro, gateé hasta la salida y me escabullí de la habitación. Miroki Fal se había marchado ya a casa y, como era ya tarde, di por sentado que no esperaría que yo regresara. Así que abrí la puerta principal de la casa de los Fiedman y, por cortesía, grité:

«¡Buenas tardes, señor Fiedman!»

Y salí de ahí trotando, con la esperanza de que el pintor no me llamaría de vuelta. Aquel día, no me sentía muy fino. Me dolía la cabeza, algo que no me solía pasar. Y también se me cerraban los ojos, como si no hubiera dormido en días. Cuando llegué a la Guarida, tenía la impresión de haber recorrido treinta kilómetros. No estaban ni Rolg ni Yal, así que, sin más, me tumbé en el jergón y caí pesadamente dormido.

«¡Draen! ¡Despierta!»

Pestañeé y vi a mi maestro de pie, junto a la puerta. Ya era de noche y estaba todo a oscuras.

«Rápido, arriba y en marcha. Hoy vas a realizar tu primer trabajo. Andando,» insistió con tono ligero.

Me enderecé y me levanté, frotándome el rostro. Me sentía fatal. No recordaba haberme sentido nunca tan mal. Traté de espabilar, salí con Yal y acepté el juego de ganzúas que me tendía. Las guardé debajo de mi abrigo y lo seguí como un fantasma alelado.

«Estás muy silencioso,» observó Yal al de un rato. «Venga, anímate. Seguro que te sale todo bien.»

Emití un gruñido. Fui incapaz de saber adónde fuimos. Sólo entendí que la casa estaba cerca del Parque de las Piedras y de la muralla en ruinas que rodeaba el barrio de Atuerzo. La casa se alzaba en medio de un jardín con arbustos desnudos que parecían como grandes arañas negras cubiertas de nieve. Yal se detuvo junto a un árbol del Parque y me murmuró:

«Esta es la casa. Hay dos puertas, la principal y la de la servidumbre, que está en la otra fachada. Hoy hay un baile en la Ciudadela y los que viven en la casa no están. Volverán dentro de dos horas como mínimo, aunque estate al tanto, porque seguramente estará algún criado y habrá alguna mágara antirrobo. Vamos, Mor-eldal: sorpréndele a Korther y trae algo de valor. Suerte.»

Asentí, aturdido, y farfullé:

«No me siento bien, elassar.»

«Bah, tranquilo, lo duro es empezar; una vez que estés dentro, te parecerá como un juego. Venga,» me animó. «Y recuerda todo lo que te he enseñado.»

Me alejé arrastrando los pies pero me detuve al avistar a un sereno que pasaba por la calle. Retrocedí hasta esconderme detrás de un árbol. Y luego seguí con la cabeza en fuego.

«¿Qué diablos me pasa?» murmuré débilmente.

Hubiera querido preguntárselo a Yálet, pero mis manos ya estaban agarrándose al muro. Trepé torpemente, entré en el jardín y caminé, golpeándome la frente con los nudillos.

«¿Qué te pasa, Mor-eldal?» gruñí.

Recogí un puñado de nieve y me regué la frente. Aquello, por lo menos, me espabiló. Llegué a la entrada principal y, recordando a tiempo que debía ser discreto, me retuve de chocar la cabeza contra la puerta para reposarla un poco. La posé, pero con sigilo, y saqué una ganzúa. Como todavía no tenía mucho callo, solté un sortilegio perceptista para hacerme una idea de la cerradura. Y constaté que la puerta estaba atrancada. Suspiré, me alejé, rodeé la casa y fui hasta la puerta de la servidumbre. Esa la conseguí forzar, desactivando previamente una alarma. Antes de empujarla, solté un sortilegio de silencio y no se me dio tan mal: la puerta al entornarse no emitió ruido alguno. Entré, cerré detrás de mí y, al ver una silla justo al lado, me senté pesadamente. Temblaba de frío y tenía ganas de vomitar. Pero ¿por qué?

«Vamos, Mor-eldal,» gemí por lo bajo.

Tras un rato, me levanté y caminé hasta algo que parecía ser un salón. Y encontré unas escaleras. Subí tan silenciosamente como pude. Abrí una puerta al azar y me metí en el cuarto. En cuanto oí unos ronquidos me dije: no. Metido a medias en el mundo de los sueños, volví a salir y me dirigí hacia la habitación del fondo. Esa estaba cerrada con llave. Y tardé un buen rato en abrirla incluso ayudándome de mis sortilegios perceptistas. Cuando lo conseguí, me aseguré de que el cuarto estaba desierto. Encendí una luz armónica muy tenue y… me senté en medio de la habitación.

«Busca, busca,» murmuré. Me tumbé sobre la cómoda alfombra y, pese a que mi tallo energético ya estaba bastante consumido, solté otro sortilegio perceptista. Armarios, sillas, espejos… Ja, ¡como si así fuera a encontrar las joyas de los propietarios! Antes mi tallo energético se volvería loco y me dejaría apático.

Suspiré, e iba a deshacer el sortilegio cuando, de pronto, percibí algo justo debajo de mí. Un hueco. ¿Era acaso posible que…?

Rodé sobre la alfombra hasta salir de ella y la enrollé, dejando ver las tablas de madera del suelo. Ahí había algo. Metí nerviosamente las uñas y logré separar la madera y levantarla, descubriendo el agujero. ¿Un saquito? Sí, era una pequeña bolsa y lo que había ahí dentro sonaba a dinero. Pensé que, si el propietario había escondido eso ahí, es que tenía valor, así que me lo metí en el bolsillo, volví a poner la tabla, desenrollé la alfombra y… Oí un crujido de madera en el pasillo.

«Costillas y clavículas,» farfullé en caéldrico.

Retrocedí hasta la cama con la intención de esconderme debajo de esta, pero luego pensé que si eran los propietarios acabarían por encontrarme. Los ruidos de pasos se acercaban. Estaba ya resignándome a acabar en el Clavel cuando, de pronto, vi algo detrás de una ventana. Una rama. Y estaba cerca. Abrí los batientes con rapidez y, justo cuando la manilla de la puerta se giraba, salté y me agarré a la rama. Me apoyé sobre todo con mi mano derecha, que esa resistía a todo, me envolví en sombras armónicas y, olvidando por un instante mi malestar, recuperé mi instinto de trepador de árboles y en un abrir y cerrar de ojos estaba abajo. Oí un grito agudo de mujer aterrada.

«¡Un Espíritu del Mal! ¡Socorro! ¡Un fantasma!» se desgañitó.

Salí corriendo, trepé por el muro y me metí en el Parque de las Piedras sin frenar casi. La sangre martilleaba frenéticamente contra mis sienes.

«¡Draen!» oí alguien cuchichear.

Me paré con la respiración sibilante.

«¡Elassar! ¡Me han visto!» tartamudeé.

Lo oí imprecar y lo vi salir con rapidez de su escondite.

«¿Cómo que te han visto?»

«Una mujer. Pero me ha confundido con un fantasma,» espiré.

Yal suspiró ruidosamente.

«A los Gatos, rápido.»

Me agarró del brazo y salimos del Parque de las Piedras. Bajamos las escaleras y, en unos instantes, estábamos metidos en un callejón lleno de trastos. Yo temblaba y castañeteaba.

«Elassar…» murmuré.

«Espera,» me dijo Yal.

Llamó a una puerta y, no bien me hube apoyado contra el muro helado, Yal me agarró por el abrigo y me metió adentro. Había mucha luz. Y hacía un calor asfixiante. Pero yo seguía teniendo frío. Sentado en una butaca, ante la chimenea, había un elfocano de pelo castaño, cejas escamosas y ojos violetas con la pupila achatada como el Principito. Como hubiera dicho la gente: era un diablo. Llevaba ropa oscura y, entre las manos, tenía una daga completamente negra.

«¿El rapaz del valle, verdad?» inquirió el cap.

Yal asintió, Korther me sonrió y me dijo:

«Buenas noches. Y enhorabuena por tu primer trabajo. ¿Todo fue bien?»

Abrí la boca y tartamudeé algo incomprensible. El cap me miró con cara curiosa.

«Er… ya. Tranquilo, no te voy a morder. Has robado algo, supongo, ¿no? Si no lo has hecho, no te preocupes, me conformo con que hayas entrado en una casa y hayas salido con el pescuezo intacto. Acerca, acerca,» añadió cuando me vio sacar el saquito que había robado.

Me lo quitó suavemente de las manos y lo vació sobre su palma. Sacó cinco canicas negras. Oí a Yálet carraspear:

«Er…»

Pero Korther, él, examinó las canicas con interés.

«Muy curioso,» murmuró. «Te sorprenderá saber que tu aprendiz ha robado perlas de salbrónix, Yal.»

Oí a Yal suspirar de alivio, como si hubiese temido que esas perlas de verdad hubieran sido simples canicas.

«Escucha, rapaz,» añadió el cap, mirándome a los ojos. Sus ojos violetas y reptilianos me parecieron muy grandes. «¿Qué me dices si te las compro por cinco siatos, eh? Te las compro por cinco.»

Yo, que no estaba como para pensar, murmuré:

«Corriente.»

Korther frunció levemente el entrecejo.

«No tienes buena cara, rapaz.»

Vi su mano tenderse hacia mí y, por un atisbo de prudencia, retrocedí y me tambaleé. Esta vez, Yal me miró con más detenimiento a la luz del fuego y un destello de inquietud apareció en sus ojos oscuros.

«¿Sarí? Sarí, ¿te encuentras bien?»

Negué con la cabeza y farfullé:

«Elassar, quiero volver a casa.»

Sentí su mano helada sobre mi frente y lo oí resoplar.

«Por los Cuatro Espíritus del Alba, ¡estás hirviendo!»

«Quiero volver a casa,» repetí.

«Diablos, llévatelo, Yal, y mételo en la cama,» suspiró Korther. «Y cuídalo bien porque quiero que dentro de diez días esté listo.»

Lo miré con los ojos medio cerrados y balbuceé sin fuerzas:

«¿Listo para qué, señor?»

El elfocano me sonrió.

«Listo para robar la mayor joya de Éstergat.»

Lo miré a los ojos, pestañeé y, de pronto, me mareé y devolví todo lo que tenía en el estómago, ahí, sobre el suelo de la Fonda de los Daganegras. Y hasta le salpiqué las botas al cap. La sonrisa de Korther se había transformado en una mueca petrificada de repugnancia. Lo vi tragar saliva. Yo escupí, apoyándome en las tablas con los brazos temblorosos. La boca me quemaba.

«Espíritu Patrón,» farfulló Yal, agachándose junto a mí. «Perdón, Korther. Está enfermo…»

«No pasa nada, llévatelo,» lo cortó el cap. «Más te vale que te pongas bien, muchacho. Largaos.»

Yal recogió la gorra que se me había caído, me la puso y me levantó con ambos brazos sin aparente dificultad. Me agarré a su cuello como pude. Mi mente zozobraba y volvía a zozobrar sin cesar. Oí el ruido de una puerta al cerrarse. Y luego un ruido rítmico de botas que crujían en la nieve.

«¿Por qué no me dijiste nada, Mor-eldal?» resopló Yal mientras avanzaba, agarrándome firmemente.

Gemí y, tras un silencio, pregunté:

«¿De verdad estoy enfermo?»

«De cuidado,» afirmó Yálet con un resoplido.

«Nunca lo he estado,» sollocé. «¿Voy a morir?»

Su breve silencio me transportó a ese mundo lleno de espíritus y ancestros de los que hablaban los sacerdotes de los templos. ¡Y yo que ni siquiera conocía a mis ancestros…! Invadido por el espanto, esperé la respuesta de Yal con ansiedad. Por fortuna, no tardó en venir.

«No, sarí,» susurró mi maestro. «Claro que no, qué ideas. Yo te cuidaré. No te vas a morir.»

Me besó la frente. Convencido absolutamente de que mi maestro me decía la verdad, cerré mis ojos en fuego y me sumí en un profundo delirio.