Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

9 Brujas

Al día siguiente, llegué antes de las ocho a la mansión roja y tuve que esperar hasta las ocho y media en el salón antes de que el Mangaplatas estuviera preparado para ir a su clase. Me saludó con una sonrisa, tendió su saco con sus apuntes y otros trastos y me dijo:

«No te apartes de mí.»

Y no me aparté. El Conservatorio quedaba realmente muy cerca de la casa y tan sólo tuvimos que andar unos minutos antes de llegar ante la puerta principal. Esta era enorme.

«Parece la boca de un monstruo,» dejé escapar.

Miroki Fal me echó una ojeada con las cejas enarcadas pero no contestó, saludó al conserje y entramos en la escuela de los magos. Ahí, el trayecto fue más largo: pasamos por numerosas escaleras y pasillos, cruzándonos de cuando en cuando con gente. A veces el Mangaplatas saludaba, a veces no. Al que sí que saludó fue a otro elfo moreno que esperaba ante una puerta.

«¡Buenos días, amigo mío!» le dijo con tono pomposo. «¿No llego tarde, espero?»

«Y bien tarde, pero el profesor también, como siempre,» replicó su amigo, sonriente. Sus ojos se fijaron en mí. «¿Es tu nuevo acompañante? Vaya gracia, ¿dónde te lo encontraste, en un hospicio?»

«En absoluto, me lo trajo su primo. Y de momento estoy satisfecho con él,» aseguró Miroki Fal.

«Un humano,» apuntó su amigo. «Y, encima, cobrizo.»

«Shudi,» resopló el joven noble, «¿qué tienes tú contra los humanos y los cobrizos?»

Shudi se encogió de hombros, socarrón, y en ese momento se abrió la puerta y apareció el que, sin duda alguna, debía de ser el profesor. Era humano. Pero no era cobrizo: era alto, rubio, delgado y bastante joven.

«Buenos días, profesor,» lo saludaron los dos elfos.

Como iban a entrar, le di los apuntes al Mangaplatas y le pregunté en voz baja:

«Eh, señor, ¿qué es un hospicio?»

Miroki Fal me miró con sorpresa.

«¿Un hospicio? Un lugar donde viven niños sin familia. Mira que no saber eso a tu edad… ¿Seguro que tienes diez años, jovencito?»

Me encogí de hombros y él me tendió un papel diciendo:

«Toma, este es un mensaje. Ve a la biblioteca de endarsía, a la puerta cincuenta y seis, y dáselo a la señorita Lésabeth. Es una dama elfa con pelo rubio rizado y ojos azules, no puedes equivocarte: es única en su género. En cuanto se lo des, vuelves aquí y esperas, ¿entendido?»

Asentí en silencio y vi cerrarse la puerta del aula con una mezcla de desilusión e intriga; desilusión porque aquel día el Mangaplatas no me iba a dejar la mañana libre e intriga porque tenía un castillo entero que explorar.

Cincuenta y seis, pensé entonces, alejándome por el pasillo. Era imposible que se me olvidara el número: más de una vez le había oído a mi maestro jurar por las cincuenta y seis falanges de sus manos y pies. Y, por fortuna, los números sí que seguían escribiéndose como me había enseñado mi maestro y supuse que no me costaría encontrar la puerta. Me equivoqué. Aquel lugar me recordaba al Laberinto. No estaba embarrado, pero por lo demás era parecido.

Deambulé un buen rato por corredores de piedra desiertos hasta que encontré el número veinte. De ahí llegué al número veintinueve y pasé directo al doscientos tres. Me detuve en seco, asombrado.

«¿Pero qué es esto?» dije.

Volteé. Y me encontré con un joven mago semi-elfo que pasaba por ahí. Tenía un ojo verde y otro negro. Iba a pasar sin apenas mirarme y lo llamé:

«¡Señor! ¿Dónde está la puerta cincuenta y seis?»

El mago frenó pero no se detuvo y tuve que andar junto a él mientras contestaba:

«Está del otro lado del Conservatorio, en otra ala. ¿Buscas a alguien?»

«Sí,» afirmé. «A la señorita Lésabeth. El Mang… el… quiero decir, el señor Fal me pidió que le entregara un mensaje.»

Esta vez, el joven mago se detuvo y sus ojos de diferente color me turbaron.

«¿Lésabeth?» Lo vi hacer una mueca divertida. «Vaya… ¿Eres el mensajero de Miroki Fal? Interesante. ¿Puedo ver?» lanzó, tendiendo una mano desenfadada hacia la carta.

Fruncí el ceño, retrocediendo, pero él me arrebató el papel de las manos.

«¡Hey!» protesté.

«¡Quieto!» rezongó el mago, apartando la carta de mis manos. «Sólo quiero ver. Soy Jarey Edans, un amigo suyo.»

Desplegó el papel, lo leyó y vi una sonrisa iluminar su rostro. Una sonrisa que no me gustó.

«Oye, devuélveme eso,» le dije. Cogí el papel, pero él no lo soltó y lo fulminé con la mirada. «¡Suéltalo!»

Lo soltó y me gruñó:

«¡Háblame con más respeto, mocoso!»

Me dio una colleja y yo salí corriendo. Al fondo del pasillo, me giré y solté:

«¡Carababhueso!»

Y desaparecí por la esquina, a la carrera. Seguramente ese tal Jarey Edans no entendió el insulto. Sólo lo usaba mi maestro nakrús contra los buitres o los linces que se acercaban demasiado a la cueva.

Cuando encontré la biblioteca de endarsía y entré, lo primero que vi fue el reloj colgado en la entrada. Señalaba las once menos veinte. Me mordí el labio mirando las mesas y los libros, avancé y…

«Muchacho, ¿adónde vas?» Un hombrecillo con anteojos me detuvo con la mano. «Esto es la biblioteca de endarsía, no se entra así como así. ¿A qué vienes?»

Le expliqué lo del mensaje y añadí con tono quejumbroso:

«Me he perdido en los pasillos. Es que esto es muy complicado y los números no se siguen, y…»

«Lo sé,» se compadeció el hombrecillo con una sonrisilla. «No es fácil para los novatos, ni para los veteranos algunas veces, créeme. Siento decirte que la señorita Lésabeth ya no está aquí, se fue hace apenas unos minutos. La oí decir con sus amigas que iban a salir al parque de afuera. Si te das prisas, a lo mejor las alcanzas.»

Le di las gracias y eché a correr por el pasillo que me indicaba. Bajé todas las escaleras que pude y llegué al fin abajo. Salí por la puerta principal con verdadero alivio, pero apenas pude respirar pues, en ese instante, avisté a una joven elfa rubia entre un grupo de muchachas. Se alejaba por el parque que rodeaba el Conservatorio. Me precipité antes de que se me escapara y grité:

«¡Señorita Lésabeth! ¡Señorita Lésabeth!» La vi girarse y, confirmada así su identidad, la alcancé y tendí el mensaje, explicando: «Miroki Fal me ha dejado un mensaje para usted.»

Lésabeth hizo una mueca y echó una mirada a sus amigas antes de coger el mensaje. Lo desplegó y se sonrojó un poco. Y al ver que sus amigas intentaban leer sobre su hombro, plegó bruscamente el mensaje y resopló.

«Disparates,» dijo. Y, sin más, rasgó el mensaje en cuatro, lo tiró, me dio la espalda y siguió andando con sus amigas.

«¿Qué te decía, qué te decía?» le preguntaba una.

«Buah, nada, como siempre, un poema lleno de bonitos disparates,» contestó Lésabeth.

La miré alejarse con los ojos agrandados por la indignación. Dos horas paseándome por los pasillos de esa jungla de magos, ¿y total para eso? ¿para ver a esa bruja tirar mi mensaje?

«Bruja,» mascullé.

Y me agaché para recoger los cuatro trozos del mensaje rasgado. Lo recompuse sobre la hierba y traté de leer. Tardé un buen rato en descifrar las dos primeras líneas pero, cuando lo hice, me quedé patidifuso. Decían así: “Oh bella alma por quien mi alma suspira, por ti mi corazón ama y delira.”

¿Había dicho «bonitos disparates»? ¡Aquello parecía una canción de amor! ¿Y la elfa rubia trataba así unos versos tan cálidos? No me cabía en la cabeza tal absurdo.

«¡Draen!» exclamó de pronto una voz detrás de mí. «Cuando te dije que esperaras, creía que te quedarías en el pasillo, no fuera. Bueno, no importa. ¿Le diste el mensaje a Lésabeth?»

Me levanté y me metí discretamente los trozos de papel dentro de la camisa antes de girarme y contestar:

«Sí, sí, señor, se lo di.»

El Mangaplatas iba acompañado de su amigo, Shudi. Al oírme, puso cara satisfecha y vaciló.

«¿Y qué ha dicho?»

Hice una mueca y me atraganté un poco.

«Er… Pues… que qué cosas.»

«¿Que qué cosas?» se extrañó Miroki Fal.

«Sí, dijo eso: qué cosas,» carraspeé.

Ambos elfos sonrieron ante mi expresión y Miroki Fal se alegró:

«¿Lo ves, Shudi? Voy progresando.»

El elfo moreno puso los ojos en blanco y los seguí hasta casa mientras ellos hablaban de no sé qué espectáculo que daban a la noche en La Esmeralda. Miroki había invitado a su amigo a comer a casa y Rux me dejó llevarles los platos y la comida haciéndome prometer previamente que no tiraría nada. De vuelta en la cocina, aproveché un momento en que Rux se ausentó para tirar los cuatro trozos del mensaje al fuego. Y, de paso, toqué la placa metálica ardiente con un dedo de mi mano derecha para ver qué pasaba. Nada: lo retiré y la mano seguía intacta. Tan sólo noté la energía brúlica en bruto desvanecerse de golpe en cuanto rompí el contacto. Sonreí. Desde luego, mi maestro nakrús era un experto fabricador de mágaras.

«Hey, muchacho,» me dijo Rux, regresando a la cocina. «El señor Fal quiere hablarte.»

Salí al salón y, sentado con desparpajo en una de las butacas, Miroki Fal me soltó:

«Segundo encargo, pequeño. Ve a comprar un bote de tinta azul en la tienda de Rochinel, está en la Gran Galería, ¿sabes dónde está eso?»

«Sí, señor: ahí los periódicos se venden como panecillos,» contesté.

«Perfecto, pues ve con este papel y dile al encargado que ponga la tinta sobre mi cuenta. ¡Date prisa!»

Salí, corrí calle abajo y llegué a la tienda de Rochinel jadeando.

«Se-ñor,» le resollé al pelirrojo detrás del mostrador. «Quiero un bote de tinta verde.»

Le posé el papel de Miroki Fal, me llevé el bote y… me detuve en la puerta.

«Ah, que no, no era tinta verde, era…» Cavilé. «Vaya, ¿roja? ¿negra?»

No me acordaba.

«Tenemos de muchos colores, hijo,» carraspeó el tendero. «Será mejor que vayas a preguntárselo y vuelvas cuando estés seguro.»

«Ya,» aprobé. «¡Voy!»

Y, olvidando dejar el bote de tinta verde, salí corriendo otra vez calle arriba. Cuando le conté mi agujero de memoria, Miroki Fal me miró con cara exasperada.

«Dije: azul.»

«¡Azul!» exclamé. «¡Pues claro!»

Y regresé a la carrera hasta la tienda. Estaba ya llegando a la Gran Galería cuando un carruaje casi me aplastó, realicé un salto de lado de emergencia, me espatarré en el suelo y se me escapó el bote lejos. Al instante, oí un ruido de cristales y un bufido.

«¡Espíritus y demonios y todo lo que exista!»

Casualidades de la vida, aquel joven que acababa de gritar era nada menos que Warok, el Ojisario que trabajaba para el Bravo Negro. Tenía el rostro y la camisa pringados de tinta verde porque el bote se había estrellado contra el muro detrás de él. Solté una ruidosa carcajada, el elfo oscuro me vio y, levantándome con precipitación, huí, corriendo Galería adentro. Entré en la tienda en trombas.

«¡Tinta azul!» le jadeé al tendero. «Azul,» repetí, retomando el aliento.

«Ya… ¿Y supongo que el otro bote también lo quería el señor Fal?» me preguntó mientras me tendía el bote de tinta azul.

Ejem… Asentí en silencio y dije:

«Gracias, señor. Salú.»

Y me marché, pasando por la otra salida de la Gran Galería, no fuera que Warok tuviera espíritu vengativo. Lo malo era que, además de espíritu vengativo, Warok también sabía reflexionar. El maldito me esperaba afuera. Sin previo aviso, me agarró del brazo y grité:

«¡Fue sin querer, fue sin querer!»

Me miró con mala cara.

«Esto lo pagarás, mocoso. Dime, tú,» me sacudió. Por suerte, esta vez me había metido el bote de tinta en el bolsillo, que si no probablemente se me habría caído. «¿Sabes dónde está el Gato Negro?»

Negué con la cabeza.

«No sé nada.»

«Mientes,» me gruñó Warok.

«Se fue con su mentor, yo no sé nada, lo juro. Me haces daño,» le informé con toda la dignidad de la que fui capaz.

Warok me fulminó con la mirada.

«Que sepas que sé dónde vives. Y que tu vida vale menos que un grano de arena. Vas a pagarme por lo de la tinta. Y pagarás mucho más si mientes.» Me soltó con brusquedad. «Alivia.»

Me alejé masajeándome el brazo y con los ojos llenos de lágrimas. Y pensar que ese era mi primer día al servicio del Mangaplatas de la mansión roja…