Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

8 Diploma

Una semana después, me dirigía junto con Yálet hacia el barrio del Arpa. Mi maestro quería colocarme en una familia acomodada como paje a cambio de comida y experiencia doméstica. Para ello, me había hecho limpiarme la cara, cortarme el pelo y ponerme una camisa nueva y bien blanca. Lo seguía con ánimo, aunque no tanto como hubiera querido, pues me rompía el corazón tener que dejar a Manras y Dil para ir a servir a los mangaplatas. Yerris me habría tratado de lamebotas.

«Elassar,» dije, mientras subíamos una bonita calle empedrada. Troté para alcanzarlo. «¿De verdad no sabes cuándo va a volver Yerris?»

«No,» contestó Yal sin detenerse. «Alvon se fue de Éstergat con él, eso es todo lo que sé.»

Suspiré con tristeza.

«¿Y de verdad voy a tener que trabajar en una casa?»

Yal me echó una mirada entre aburrida y burlona.

«Anímate, Mor-eldal. Piensa que esto lo hago por tu bien. Aprenderás las buenas maneras, verás un mundo diferente al de los Gatos y esos canillitas y, en fin, que te vendrá muy bien.»

Hice una mueca escéptica y apunté:

«Eso si me aceptan.»

Yal suspiró.

«Sí, eso si te aceptan. Te advierto, si metes la pata ahora te hago leer diez veces Los caminos de Veintemberrios

Agrandé los ojos, espantado. Para enseñarme a leer los signos modernos del drionsano, Yal me había traído a la Cumbre un libro que había tomado prestado de la biblioteca de los Olmos. Y yo avanzaba a paso de caracol. Leerme diez veces eso… ¡me hubiera costado años!

«Igh…» Tragué saliva. «Eso no, elassar. Eso sí que no.»

«Pues entonces pórtate bien.»

Llegamos al final de la calle y mi maestro siguió todo recto hacia una mansión roja —todo el barrio estaba lleno de casas enormes. Estiró la cuerda de una campana y, mientras esta sonaba, se giró hacia mí:

«Por cierto, recuerda que somos primos, ¿eh?»

Asentí y agrandé ligeramente los ojos cuando la puerta se abrió y apareció un hombre moreno vestido todo de negro. Parecía un cuervo. Pero era humano. Tenía rostro puntiagudo, ojos rasgados y una expresión tétrica que no me gustó.

«Buenos días,» dijo Yálet. Se tocó el ala de su sombrero de copa alta. Mi maestro iba vestido como un verdadero caballero. «Soy Yálet Ferpades. Un amigo me dijo que esta casa andaba buscando a un muchacho como paje y quisiera…»

«De ningún modo, aquí no se busca a nadie,» nos cortó el cara cuervo.

Y nos cerró la puerta en las narices. Resoplé.

«Cara cuervo,» gruñí.

Yal me echó una mirada de advertencia y bajó la escalinata gruñendo él también.

«Maldita sea, ¿me habré equivocado de casa?» Echó un vistazo al número, negó con la cabeza y repitió: «Maldita sea.»

«Vender periódicos tampoco está tan mal, elassar,» intervine. «Si fuese ahora, me daría tiempo a coger los de la tarde y…»

Suspiré bajo su mirada exasperada. Con un gesto, me señaló que lo siguiera y me comentó por lo bajo:

«No me llames elassar en pleno día, ¿quieres?»

«Tú me has llamado Mor-eldal,» repuse.

Yal levantó los ojos al cielo y asintió, sonriendo levemente, divertido, antes de adoptar una expresión más seria.

«Mira, Draen. Yo sólo quiero que aprendas otra cosa que vagabundear por las calles e ir cantando por ahí como un duendecillo.»

«¿Qué tiene de malo eso?» repliqué. «Además, no sólo aprendo eso. También me enseñas tú muchas cosas. Las cerraduras mágicas, el Veintemberrios ese, las armonías…»

«¿Quieres bajar la voz?» resopló Yal.

Puse cara de disculpa.

«Perdón.»

Yal suspiró e iba a decir algo cuando ambos oímos una voz llamar:

«¡Señor Ferpades!»

Nos giramos y vimos a un joven elfo bajar de dos saltos la escalinata de la mansión roja. Llevaba una camisa blanca holgada aún más blanca que la mía. Por cómo resollaba, parecía que había acudido a la puerta corriendo.

«Bingo,» murmuró Yal. Me sonrió y me empujó del hombro para que me acercara a la escalinata. Lo hice con una mueca no muy alegre.

«Señor Ferpades,» repitió el joven noble. «Soy Miroki Fal. Siento este malentendido, no avisé al mayordomo del anuncio que dejé. De hecho, no esperaba que nadie acudiera tan pronto. Este es el muchacho, ¿verdad? ¿Qué edad tiene?»

«Diez años,» contestó Yal. Lo dijo sin vacilar y casi me lo creí. Bueno, muy probablemente fuera cierto: mi maestro nakrús me había dicho que cumplía años hacia finales de primavera y ya estábamos en otoño. Yal continuó: «Se llama Draen, es mi primo y… de momento no tiene mucha experiencia, pero es un buen chico y, desde luego, tiene buena disposición y sabe obedecer.»

Eso también lo dijo sin vacilar, pero no me lo creí. Disposición yo tenía la que me daba la gana, qué diablos. Alcé la cabeza, orgulloso. Malinterpretando tal vez mi gesto, el elfo mangaplatas sonrió.

«Bien. Pues mire, lo voy a poner a prueba durante unos días, y si me satisface se podrá quedar más tiempo.»

«¿Se… lo queda?» soltó Yal. Esta vez no parecía creérselo ni él, pensé con una sonrisilla.

«Sí, si me satisface su trabajo,» repitió el joven mangaplatas.

«Ah. Pues perfecto,» se alegró Yal. «Oiga, sólo quisiera poner una condición. El alojamiento no será posible. Ya tiene casa y su abuelo prefiere que vaya a dormir ahí. Espero que ese no sea un problema.»

«En absoluto,» aseguró Miroki Fal. «Mientras llegue a tiempo a la mañana. Le aseguro que lo soltaré todos los días antes de las ocho de la tarde, probablemente mucho más pronto. Que tenga un buen día, señor Ferpades. Draen, vayamos adentro.»

Le eché una mirada aprensiva a mi maestro pero la expresión de este me invitó a obedecer al mangaplatas y, molesto, nervioso como un conejo que entra en la casa del lobo, pasé el umbral bajo la mirada desapasionada del Cuervo y los ojos sonrientes del Mangaplatas. Este último me guió escaleras arriba y, más rápido de lo que hubiera sospechado, mi aprensión se tornó en curiosidad. Aquella casa era inimaginable. ¡Había cada objeto más peregrino! Mi maestro nakrús, él que decía que no quería que le metiera demasiadas cosas inútiles en la cueva, como piedras bonitas o bastones esculpidos… ¿qué hubiera dicho de aquella mansión?

«Señor,» dije, mientras el Mangaplatas me guiaba por un ancho corredor. Este tenía tres puertas de cada lado, todas cerradas. Retomé: «¡Señor! ¿Qué es eso?»

Señalé un objeto dorado y grande con una forma incomprensible. Miroki Fal carraspeó.

«Esa es una obra de arte que compró mi padre hace años. Mi madre no quiso llevársela a Griada cuando se mudó mi familia, y espíritus cómo la entiendo. Es un horror. Sinceramente, ni idea de lo que es.»

Enarqué una ceja. Vaya.

«¿Y esta gente?» inquirí, señalando los grandes cuadros colgados a lo largo de todo el pasillo. «¿Ancestros?»

«Algunos,» asintió Miroki Fal, deteniéndose ante una puerta y sacando una llave. «Esta es la casa de mi tío, así que hay cuadros de sus hijos y nietos a mansalva. Pero también hay obras religiosas, con Espíritus ilustres, y obras modernas. Mira, esa la pintó mi mejor amigo. Me la vendió por apenas doscientos siatos en primavera, pero es el cuadro que más me gusta.»

El cuadro era extraño, completamente negro con cosas plateadas que parecían telarañas. Puse cara de incomprensión.

«Pero no está pintado,» dije.

Miroki Fal se quedó suspenso y se carcajeó.

«¡Por supuesto que está pintado! Es arte, muchacho. Tranquilo, tú no puedes entenderlo.» Oh, si yo estaba muy tranquilo, pensé, pero no dije nada. Abrió su despacho y entró añadiendo: «Supongo que tu primo entendió las condiciones del anuncio: a cambio de tu trabajo como paje, te daré comida, alojamiento, pero ya veo que eso no será necesario, y tal vez una propina.»

Asentí mientras él cerraba la puerta y eché una mirada a mi alrededor. Vi estanterías con libros y libros y más libros y figuras y jarrones y cortinas muy altas y blancas… Me quedé boquiabierto. Me creía en otro mundo. Yo que había visto en total cuatro libros en mi vida, y eso… Eso era una barbaridad.

«Caray,» dejé escapar. «¿Son todos de verdad?» pregunté, acercándome a los libros.

«Er… sí, no toques, ¿quieres? Siéntate. Te explicaré rápidamente lo que tendrás que hacer: es muy sencillo.»

Embelesado, me senté en una silla señorial. Mis pies estaban lejos de llegar hasta el suelo. Alcé una mirada atenta hacia Miroki Fal, sentado detrás del escritorio. ¿Qué querría ese Mangaplatas?

«Bueno,» prosiguió el joven elfo. «No sé si sabrás lo que es el Conservatorio.»

Fruncí el ceño y asentí.

«La escuela de los magos, ¿no?»

Miroki Fal asintió.

«Así es. Yo estudio ahí y resulta que no tengo paje desde hace cuatro lunas. El anterior se fugó. Y… bueno, ciertamente echo de menos un paje. Tendrás que llevar mis apuntes, hacer comisiones, enviar mensajes… Nada muy complicado. A las tardes no tengo clases así que ayudarás a Rux a preparar la comida, limpiar la casa y todo lo que te pida. ¿Entendido?»

Parpadeé. Madres de las Luces… ¿todo eso?

«¿Quién es Rux?» pregunté.

«El mayordomo, el que has visto antes,» explicó el elfo. Hice una mueca y él sonrió. «Tranquilo, no te va a morder.»

Eso esperaba… Tragué saliva.

«¿Señor? ¿Por qué el otro paje se fugó?»

Esta vez fue él quien hizo una mueca.

«Bueno… El Conservatorio a veces reserva sorpresas. Hubo un pequeño accidente durante un experimento, el muchacho se llevó un susto de muerte y al día siguiente no lo volví a ver.» Meneó la cabeza y se levantó de su sillón bajo mi mirada aprensiva. «Por eso, a ti te prohíbo formalmente entrar en las aulas. Y si te digo que puedes marcharte, te marchas, sales del Conservatorio, y regresas a la hora indicada, ¿de acuerdo?»

Resoplé. Aquello sí que era una buena noticia.

«Corriente, corriente,» dije, esperanzado. «¿Cuántas horas libres son esas?»

El Mangaplatas me miró con una mezcla de sorpresa y diversión.

«Bueno… Depende de mi agenda. Pero, cuando digo que sales del Conservatorio, sales para volver aquí y ayudar a Rux.»

Lo miré con cara aterrada.

«¿De verdad?»

Miroki vaciló y carraspeó.

«Bueno… Supongo que Rux podrá arreglárselas solo a la mañana.»

Le sonreí anchamente.

«¿Así que puedo ir adonde quiera? ¿Eh, señor? ¡Gracias, señor, qué bueno es usted!»

El joven elfo puso los ojos en blanco.

«Soy de los que opinan que hasta los pobres necesitan tiempo libre. Así que sí, podrás ir a jugar con tus amigos, siempre y cuando vuelvas a la hora indicada sin retrasos,» insistió. «Un solo retraso y nuestro trato cae al agua, ¿entendido?»

Asentí enérgicamente sin una palabra y él sonrió, frunció el ceño y agregó:

«Última cosa. Si veo desaparecer un solo objeto de esta casa, te culparé a ti. De modo que cuidado con lo que tocas.» Volví a asentir y él tonó: «¡Rux!»

El mayordomo tardó en llegar, y no es que cojeara como Rolg, es que andaba con mucha calma.

«¿Sí, señor Fal?» preguntó con voz seca.

«Draen será tu asistente,» declaró Miroki Fal. «Por favor, enséñale sus nuevas tareas y que a la mañana, a las ocho, esté en la puerta y listo para partir.»

Rux el Cuervo hizo un breve gesto con la cabeza y, no sin cierta grima, me levanté y lo seguí al pasillo y luego escaleras abajo. Ese tipo me daba mala espina. Sin pronunciar una palabra, me llevó al gran salón principal de la entrada y señaló una puerta cerrada.

«Esa es la despensa. No se abre,» me previno. Se alejó hacia una puerta abierta. «Esta es la cocina. Aquí tú no te metes. La comida la preparo yo, ¿me has entendido?»

Me miró tan fijamente que no contesté y me quedé clavado en tierra, intimidado. Frunció el ceño.

«¿Me oyes cuando te hablo?»

Espabilé.

«Sí, sí. No me meto en la cocina ni en la despensa. Si le entiendo rabiosamente,» aseguré.

Rux frunció el ceño aún más.

«Bien,» dijo. «Entonces coge esta escoba y pásala por el pasillo de arriba. Sin tocar nada ni abrir puertas.»

Di un pequeño bote de alegría. ¡Al fin una ocasión para alejarme del cuervo!

«Voy,» dije. Cogí la escoba y salí escaleras arriba casi corriendo. Decidí comenzar desde el fondo, donde había una magnífica y enorme ventana. Sólo que, en camino, me quedé parado contemplando los cuadros. Los había de todo tipo, retratos con señores bigotudos y señoras con sombreros estrambóticos, paisajes con muchachas bonitas vestidas todo de blanco… Y el cuadro negro con telarañas. Observé este último con curiosidad. ¿Por qué le gustaba tanto al Mangaplatas aquel cuadro sin pintar? Tras echar una ojeada hacia la puerta cerrada del despacho, tendí mi mano derecha y toqué la superficie negra. Sentí una energía extraña y me aparté de golpe. ¡Un cuadro hechizado! Por algo me había avisado Rux de que no tocara. Menos mal que mi mano derecha era relativamente impermeable a los sortilegios externos.

Me alejé con viveza, agité la mano para deshacerme de esa desagradable sensación y comencé a dar escobazos enérgicos mientras echaba una mirada por la ventana. Desde ahí, se veía el Conservatorio, un gran castillo repleto de ventanas, con los muros tan negros como la misma Roca.

«Un bastión,» murmuré.

Recordaba que, en el libro de cuentos con imágenes de mi maestro nakrús, había un dibujo parecido con la palabra: bastión. En él vivía una pequeña princesa sola y desamparada…

«Pero era valiente y, un día de primavera, salió a buscarse la vida con en el corazón un sol de alegría,» susurré, siguiendo con el cuento. Me lo sabía de memoria: mi maestro nakrús me lo había leído muchas veces y yo lo había leído solo otras tantas. Ya era frustrante darse cuenta de que la escritura de entonces no era ya la misma para nada.

Suspiré y, percatándome de que había dejado de barrer, seguí, entonando:

¡Trataratratá!
¡Barriendo se barre,
se barre barriendo,
yo barro, tú barres,
barriendo barremos!
¡Trataratratá!

Continué y estaba llegando ya al final del pasillo cuando la puerta del despacho se abrió y apareció el Mangaplatas.

«¡Pequeño!» me dijo.

Me detuve, callé y lo miré, interrogante.

«Er… Aquí, puedes cantar todo lo que quieras, pero fuera y en el Conservatorio, no lo hagas. No quiero que des la nota, ¿eh?»

Me encogí de hombros.

«¡Corriente, señor!»

Y tiré todo el polvo acumulado al primer peldaño, di un salto al segundo y seguí tirando toda la suciedad mientras tarareaba mi canción. Llegado abajo, eché una ojeada a la cocina y vi a Rux sentado a una mesa, cortando algo con un cuchillo. Alzó la vista y, para asombro mío, me sonrió. En el momento, me dio mucho miedo su sonrisa, sobre todo porque, llevando él el cuchillo, el conjunto era algo así como inquietante. Sin embargo, tras cavilar un rato sobre la cuestión, me dije que su sonrisa, pese a ser un poco tétrica, no era mala.

Y no me equivocaba. Estuve un par de horas cantando mientras pasaba la escoba y el plumero y, pese a lo que me había dicho Rux, me dejó entrar en la cocina para ayudarlo a limpiar los platos y hasta compartió conmigo los restos de sopa que había dejado Miroki Fal la noche anterior. Mientras comíamos, sentados a la mesita de la cocina, me emocioné:

«¡Qué rico está! ¿Qué es?»

«Mmpf,» dijo Rux. «Verduras, carne… Hay muchos ingredientes, por eso se llama sopa. Y no hables con la boca llena.»

Cerré la boca y, tras un silencio, acabé con mi bol y pregunté:

«¿Para qué sirven todos esos instrumentos?»

Señalé un montón de cazuelas y cucharones de diferente tamaño. Rux volvió a decir un: Mmpf. Y tras un silencio en el que lo miraba yo, expectante, contestó:

«Son sartenes, cazuelas, pucheros… ¿Es que jamás has visto tú una sartén?»

Como no sabía si la había visto o no, negué con la cabeza. Rux dijo otra vez: Mmpf. Y añadió un:

«Limpia los boles, anda.»

Me tendió el suyo y me levanté a limpiarlos. Pues a lo mejor Rux no era tan malo, pero expresivo lo era tanto como Dil o menos.

«Cuando termines, puedes marcharte,» soltó Rux.

Agrandé los ojos ante la buena noticia y por poco se me cayó el bol.

«Vuelve a las ocho en punto mañana,» agregó Rux. «Como llegues tarde, el señor Fal te desorejará.»

Dejé los boles impecables en la mesa y le enseñé a Rux una ancha sonrisa.

«¡A las ocho estaré aquí!» aseguré.

Y me fui corriendo. Justo antes de salir de la cocina, creí percibir otra leve sonrisa divertida del mayordomo.

Bajé y bajé calles hasta llegar a la Explanada. Eran apenas las tres de la tarde. Fui a la oficina y de ahí a las plazuelas donde solíamos vender el dúo trovador y el Principito. Tras una hora de vagabundeos, logré topar con mis compañeros y les bramé:

«¡Salú, comparsas!»

El pequeño elfo oscuro, al verme, sonrió y se acercó corriendo con Dil detrás.

«¿Dónde te habías metido?»

«Me encontré un nuevo trabajo,» expliqué. «En el barrio del Arpa.»

Manras se quedó boquiabierto.

«¿De verdad? ¿Con los príncipes?»

Asentí.

«Con un mago que estudia en el Conservatorio.»

«¡Madres de las Luces!» resopló Manras, impresionado.

Sonreí.

«Sí, pero, tranquilos, que en cuanto deje al Mangaplatas en el Conservatorio, luego puedo ir adonde quiera, si me dice que puedo, claro. Así que, en cuanto pueda, estaré con vosotros. ¿Qué tal las ventas?»

«Viento en popa,» aseguró Manras. «Pero ¿qué vas a hacer si no tienes periódicos?»

«¡Vender los de Dil!» respondí. «Total, siempre te sobran,» le dije al Principito. «Trae alguno. Luego te doy la mitad de la plata, porque ya he comido en casa del mago, ¿te parece?»

Cómo no, al Principito le pareció muy bien. Todo lo que no fuera dar la nota o hacer gamberradas le parecía siempre muy bien. Así que pasé las últimas horas de la tarde con ellos, fui a cenar medio bocadillo de queso a La Rosa de Viento y, aún masticando el último bocado, troté directamente hasta el Callejón. Tras asegurarme de que nadie pasaba por la calle contigua, me concentré, uní el jaipú a mi entorno y me envolví en sombras armónicas. La verdad es que me salían bastante bien, sonreí. Agarré la gotera sin apenas mirarla, trepé por ella y aterricé en el tejado en silencio. Caminé por este y fui subiendo, apoyándome siempre en los mismos salientes, con la rapidez que se adquiere con la costumbre.

Al fin, me icé por encima del muro de la terraza y llegué a la Cumbre. Aún no era del todo de noche, no había mucho farol encendido y, en el cielo, se avistaban las estrellas. No siempre se veían. Por eso, me tumbé boca arriba para verlas en toda su hermosura. Aquella noche, era Luna negra, pero un cuarto de Gema descollaba ya, allá por las afiladas agujas más altas de la Roca. Alcé un índice y tapé la Gema de forma que se viera tan sólo un aro de luz azul alrededor. Luego dejé caer la mano, bostecé y oí un:

«¿Duro el primer día de trabajo?»

Giré la cabeza y vi la silueta de Yal aparecer por encima del muro de la terraza.

«¡Elassar!» dije, enderezándome. «¿Sabes que el Mangaplatas me va a llevar al Conservatorio?»

Yal se acababa de sentar, recostándose contra el muro, y desvió bruscamente la mirada de las estrellas.

«¿Qué dices?» resopló.

«Lo que digo. Que es un mago estudiante y que quiere que yo le haga comisiones allá dentro,» expliqué.

Hubo un silencio. Yal tosió ligeramente.

«Eso no lo decía el anuncio,» gruñó. «Ahora entiendo por qué no ha cogido a ningún criado noble…»

«¿De verdad es peligroso el Conservatorio?» inquirí.

Yal cruzó las piernas, carraspeando.

«No si permaneces lejos de sus experimentos. Seguramente tu maestro ya te avisó de los peligros de las artes celmistas.»

«Para sí mismo, sí, no para los demás,» dije, extrañado.

«Pues pueden ser peligrosas,» afirmó Yálet. «La alquimia en particular. Esta primavera sin ir más lejos, no mucho antes de que llegaras, hubo una explosión en toda un ala del Conservatorio. Salió un humo verde muy denso que se veía desde los Gatos. Hubo varios intoxicados graves. Hum. Dime, ese Miroki Fal no será alquimista, ¿verdad?» se preocupó.

Meneé la cabeza, inquieto.

«No sé, no me ha dicho. Pero me ha dicho que yo no entraré en las clases.»

«Y más te vale hacerle caso,» apoyó Yal y dijo más alegremente: «Por cierto, por cierto, ¿sabes que he sacado el diploma?»

Aspiré una bocanada de aire.

«¡Qué bien!»

Yal asintió, como absorto.

«He estudiado como un mago y los espíritus saben que me merezco ese diploma. Si no fuera por Korther no habría llegado al examen medio dormido… En fin,» carraspeó y alzó la cabeza. «A lo que vamos, sarí. Dime, ¿qué hicimos ayer?»

«Ganzúas, trampas y ganzúas,» recité con una mueca teatralmente aburrida y sonreí. «¡Y armonías!»

«Precisamente,» dijo Yal, levantándose. «Hoy vamos a ponerlas en práctica de verdad. ¿Te apetece?»

Lo miré, anonadado, y me puse de pie de un bote, entusiasmado.

«¿Vamos a robar cosas valiosas?»

«No, esta noche no vamos de ladrones: vamos de fantasmas,» sonrió mi maestro.

Y, con agilidad, comenzó a bajar de la Cumbre. Lo seguí.

«Cuidado donde metes los pies,» me dijo, cuando me vio aterrizar junto a él sobre un tejado.

«Yo tengo mucho cuidado,» aseguré.

«Un movimiento falso a estas alturas significa la muerte,» me replicó él, muy serio.

Suspiré, porque empezaba a repetírmelo tantas veces como mi maestro nakrús lo de los esqueletos gruñones.

«Sí, elassar.»

No aterrizamos en el Callejón sino en un lugar diferente y, en cuanto puse los pies sobre la tierra, Yal se alejó. Tuve que correr para alcanzarlo.

«¿Adónde vamos?» pregunté.

«Sígueme y verás.»

En vez de bajar la cuesta, la subíamos. Pronto, topamos con unas anchas escaleras que marcaban el fin de los Gatos y el principio de Atuerzo. Cruzamos el Parque de las Piedras y, cuando vi a mi maestro agacharse detrás de un arbusto, lo imité.

«Un guardia nocturno,» explicó Yal en voz baja.

Tras unos instantes, vi pasar al susodicho con su linterna por el parque oscuro. Con la otra mano, fumaba pipa. Se detuvo un momento junto a un banco para volver a encenderla y luego continuó. En cuanto desapareció, Yal se levantó y cruzó la calle hacia un gran edificio. Fruncí el ceño antes de preguntar:

«¿Y este sitio?»

«La Escuela de los Olmos,» contestó Yal en un cuchicheo. «Aparte del conserje, está todo vacío. Por aquí. Usa las armonías.»

Trepó rápidamente por encima del portal. Sonreí y lo seguí, entusiasmado ante la idea de visitar el lugar donde Yal había estado estudiando durante tres años. Cruzamos un patio empedrado envueltos en sombras armónicas. La primera puerta, la abrió Yal con una llave y, ya en el interior, me murmuró con diversión:

«La copié usando cera. Ven.»

Recorrimos un pasillo lleno de puertas, pero no abrimos ninguna de ellas y Yal me guió al tercer piso directo por unas escaleras. Sabiendo exactamente adónde iba, mi maestro se paró ante una puerta y tendió una mano hacia la manilla sin tocarla.

«Dime si hay una trampa,» me pidió.

Me encogí de hombros y plaqué mi mano derecha sobre la puerta. Oí a mi maestro resoplar, y es que aún no se había acostumbrado a que las trampas mágicas antirrobos no reconocieran mi mano como a una intrusa. Noté una energía y asentí.

«Hay.»

Lógico, si no, Yal no me habría pedido que la buscara.

«Pues desactívala,» me invitó.

Me concentré, examiné el trazado de la trampa y lo reconocí: era uno de los que me había enseñado Yal. Localicé rápidamente el detonador, rompí los lazos a su alrededor y… Me detuve.

«¿La desactivo o la deshago?»

Yal se carcajeó por lo bajo.

«La desactivas, sarí, queda mucho más profesional que deshacerla. Cuando salgamos, volverás a activarla y así nadie sabrá que alguien ha pasado por aquí.»

«Pues está hecho, entonces,» lo informé.

Él lo verificó girando la manilla y lo vi tan tranquilo que pregunté:

«¿No pasa nada si nos pillan, verdad?»

«Er… Sí, sarí, sí que pasa. Pero no nos pillarán, tranquilo, me conozco este lugar de memoria.»

Entré detrás de él y un olor a papel me embargó. La luz de la Gema iluminaba tenuemente el interior y ahogué un grito de sorpresa.

«¡Aquí hay más libros que en casa del Mangaplatas!»

«Baja el tono, Mor-eldal,» gruñó Yal.

«Perdón, perdón,» murmuré mientras me alejaba entre las estanterías.

Corrí hasta el fondo, luego regresé por otro corredor y, como Yal no me había dicho que no tocara, pasé la mano por encima del lomo de cada libro. Tras un rato de estar fisgoneando, vi a mi maestro con un libro abierto y una luz armónica encendida y me acerqué.

«Elassar,» murmuré. «¿Están todos escritos?»

La sonrisa de Yal apareció en todo su esplendor.

«¿Los libros?» Asentí. «Pues claro, sarí. En las bibliotecas sólo hay libros escritos.»

Asomé la cabeza para ver qué libro estaba mirando.

«¿Y ese qué cuenta?»

«Cosas de historia,» replicó Yal. Y lo cerró antes de volver a meterlo en la estantería. Lo oí mascullar: «Cuatro mil trescientos sesenta y ocho.»

Consultó otro libro y murmuró:

«Satranina. Cuatro mil trescientos sesenta y ocho.»

Lo contemplé, perplejo.

«¿Satranina? ¿Y eso qué es?»

«Un polvo blanco, un sedante fuerte,» contestó Yal distraídamente. Y volvió a meter el libro en su sitio antes de dirigirse hacia la puerta. «Ven, sarí, y no metas ruido.»

Lo seguí, cada vez más desconcertado. Volví a activar la trampa en la puerta de la biblioteca y esta vez bajamos las escaleras hasta la segunda planta. Yal inspeccionó una puerta maciza diferente de las demás y entonces me hizo un gesto de la mano y susurró:

«Desactívala, que lo haces muy bien.»

Esta vez, me costó más, porque el trazado no era ninguno de los que Yal me había enseñado, pero lo conseguí y Yal me pasó una mano afectuosa por la gorra.

«Dentro de un año te veo durmiendo bajo tapices de oro, sarí.»

Puse los ojos en blanco y lo seguí adentro. Esta vez, no encontramos libros sino montañas de carpetas y papeles posados sobre varios escritorios. Con presteza, Yal rebuscó entre varias pilas y, de pronto, cogiendo una, se sentó en una silla con un suspiro.

«Te enseñé a leer el nombre de Yálet, ¿verdad?» me murmuró. «Pues entonces coge esto.»

Me dio un tercio de la pila y yo, cada vez más anonadado, solté un sortilegio de luz, pero este se me apagó casi enseguida. Me concentré y volví a soltarlo. Lo que vi en esas hojas me hizo fruncir mucho el ceño. Era como un formulario impreso con notas escritas a mano. Traté de leer la primera línea que había arriba, en gordo:

«Ex… Examen… de… ¿teontía?»

Meneé la cabeza y Yal me ayudó:

«Teología, sarí.»

«¡Oh! Claro.» Entorné los ojos y volví a soltar un sortilegio de luz. Ese todavía no lo tenía muy dominado. Iba a seguir leyendo cuando Yal alzó tres hojas juntas como un trofeo y exclamó en un murmullo:

«¡Os tengo! Deja de buscar, sarí, ya las tengo.»

Sacó entonces todo un aparejo, incluida una pluma, la untó en su tintero y, muy concienzudamente, se dedicó a añadir signos. Lo oí murmurar: Cuatro mil trescientos sesenta y ocho. Satranina. Y alguna cosa más.

«Ya está,» sonrió. Renovó su luz armónica que se iba deshilachando y secó la tinta de su hoja. Yo lo miraba, atónito. Guardó el tintero, puso la pila en su sitio y dejamos el despacho igual que como lo encontramos. Aún asimilando lo que había hecho mi maestro, reactivé la trampa, Yal se aseguró de que lo había hecho correctamente y, una vez en el patio, trepamos por el portal y no tardamos en tomar el camino de vuelta hacia los Gatos. Tras un largo silencio, resoplé.

«Elassar… Dijiste que habías aprobado.»

Yálet me echó una mirada burlona.

«¿Y no lo he hecho?»

Sonreí y me eché a reír.

«¡Rabiosamente sí!»

Yal resopló, divertido, me pasó un brazo por los hombros y pronunció:

«Y tú también, sarí, lo has hecho mejor de lo que esperaba. Va a ser cierto eso de que estás más atento que un búho.»

Mi sonrisa se ensanchó y él añadió, más serio:

«Oye, no quiero que pienses que soy un tramposo empedernido. Lo que he hecho lo he hecho por una buena razón. Verás, Korther me pidió la noche anterior al examen que fuera a verlo. Nunca tuve realmente un mentor particular pero… él me enseñó a usar las armonías y… bueno, no podía negarme a ir. Es el cap. Lo malo es que por su culpa no pude casi pegar ojo en toda la noche. De no ser por él, habría aprobado sin trampas, créeme.»

Yo asentí, dejándole bien claro que sus razones me parecían más que legítimas. Me sonrió y me palmeó el hombro.

«Te acompaño hasta la Guarida.»