Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

7 Noche de verano

Yerris se equivocó. Alvon soportó a su sarí más de dos días seguidos. Y yo, viéndome sin guía y sin mentor, pasé los primeros días deambulando por la ciudad sin objetivo fijo, entrando y saliendo de las tabernas, vagueando en los parques y hasta pidiendo dinero, como me había enseñado a hacer Yerris, con discreción y muecas de perro mojado. Esos días, estuve observando a unos vendedores de periódicos y, dándome cuenta de que estos se hacían un buen dinero, el tercer día me acerqué a ellos y les pregunté de dónde sacaban esos papeles, a lo cual uno me contestó: ¡de la oficina! Y se mostró tan amable como para enseñármela pues precisamente iban ya a devolver los periódicos de la mañana y recoger los de la tarde.

Había, ante la oficina de prensa, un jolgorio de niños y muchachos que se divertían haciendo apuestas jugando a los dados. A uno le vaciaron los bolsillos y, como lo endeudaran de tres siatos, el muchacho se lamentó:

«Que os cuelguen, ¡mi padre me va a matar!»

Y, mientras meneaba la cabeza, soltando imprecaciones desesperadas, sus amigos, y particularmente el ganador, se reían y trataban de consolarlo con ligereza.

«¡Tranquilo, Tens! A mí me hicieron lo mismo la luna pasada,» le recordó un joven de unos doce años. «Y ¿sabes lo que hice? Me inventé que me habían atacado por la calle unos matones. ¡Papá, mamá, me han asaltado y me han robado el dinero!» exclamó.

«¿Y coló?»

«Pues sí, pero fue casi peor porque mi padre me trató de cobarde por darles todo sin defenderme. Créeme, tú dile al tuyo que te atacaron y que tú le partiste la cara a alguno pero que eran mayoría aplastante.»

«Pues ya probaré,» aseguró Tens.

Otros continuaron con el juego. Yo estuve mirando hasta que vi otra cosa que me llamó la atención: un elfo pelirrojo le acababa de empujar violentamente a un chicuelo unos metros más lejos en la Avenida Imperial. Aquello me recordó tanto a lo que me había hecho el otro día el caito amigo de Warok que, con el ceño fruncido, me acerqué para ver qué pasaba.

«¡Me debes veinte clavos!» le decía el atacante al atacado. Este último no resistía ni tampoco agachaba la cabeza, miraba hacia otro lado y hacía como si le estuviesen cantando los pajarillos al oído.

«¿Me oyes, mocoso isturbiao?» insistió el elfo pelirrojo, empujándolo.

«¡Isturbiao tú! No le pegues,» le gritó un pequeño elfo oscuro interponiéndose con cara de perro guardián. «¡Vete!»

«Vaya, vaya, Manras. ¿Le defiendes al demonio ahora? ¿No sabes tú que compadrar con esos ojidiablos es contagioso?» le lanzó el muchacho.

«¡Atranca la boca, Dil es mi amigo!» gruñó el pequeño elfo oscuro.

«Me debe veinte,» replicó el pelirrojo.

«¡No te debe nada!»

«Sí que me debe: es un diablo.»

«¡No es justo!»

En ese momento, el muchacho pelirrojo se giró hacia mí al verme tan cerca y frunció el ceño.

«¿Y tú qué miras?»

Lo cierto era que, además de interesarme por la escena, mis ojos se habían quedado intensamente fijados en la cara del pelirrojo. La tenía totalmente destrozada por una enfermedad fea. Me encogí de hombros.

«¿Por qué dices que es un diablo?»

El pelirrojo resopló.

«¿Qué por qué lo digo? Sólo hace falta mirarlo a los ojos.»

Sólo entonces me fijé en que, de hecho, el llamado Dil tenía ojos violetas casi rojizos con la pupila vertical como las serpientes. Volví a encogerme de hombros.

«¿Tú has visto ya a algún diablo? ¿No, verdad? Entonces, ¿cómo sabes que es un diablo?»

El pelirrojo enarcó una ceja.

«¿Qué? Pero vamos a ver, shur, ¿no sabes que se los llama diablos a los saijits que tienen los ojos así? Ese mocoso no es un humano: es un diablo.»

Vi aparecer en los ojos de Dil un destello tembloroso. De modo que sí que nos estaba escuchando y ser llamado diablo no le gustaba, como era de imaginar. Me encaré con el atacante.

«Deja ya de llamarlo diablo, es cruel. Largo o te desorejo.»

El muchacho, para sorpresa mía, sonrió.

«No te faltan agallas. ¿No ves que soy bastante mayor que tú, shur? Templa el tono. ¿Eres un guako de los Gatos, verdad?» Me dolió constatar que tenía razón: era bastante más fuerte y alto que yo, debía de tener la edad de Yerris, lo que significaba que mis posibilidades para salir victorioso de una pelea eran más bien escasas. Humedecí mis labios y asentí. «Se nota. ¿Y vendes periódicos?» Negué con la cabeza. «¿No? ¿Entonces qué haces aquí?»

«Estaba mirando,» expliqué. «Para ver cómo iba eso de los periódicos. Oí decir a uno que se ganaba quince clavos en cinco horas, y a veces más. Pero no sé cómo funciona.»

El elfo pelirrojo me miró con burla. Y de pronto, me tendió la mano.

«Me llamo Draen el Raudo, también de los Gatos,» se presentó.

Aún me daba cierto repelús darle la mano a alguien, pero Yálet aseguraba que mi mano derecha era igual que si fuese real o casi: la única diferencia era que no era tan caliente como la otra. Así que, tras una vacilación, estreché la mano de Draen y contesté:

«Yo también soy Draen.»

Draen sonrió.

«Caramba, un tocayo. ¿Sabes, shur? Quince clavos por cinco horas es una miseria. Más me gano yo mangando en los templos. Di, ¿andas con alguna banda?»

Lo miré con recelo y me encogí de hombros.

«¿Por?»

Se levantó un bullicio ante la oficina y, como los niños se agolpaban para ir a buscar los periódicos, el elfo pelirrojo inspiró por la nariz con desenfado y se encogió de hombros a su vez.

«Por nada. Salú, tocayo. Salú, diablo,» le lanzó a Dil. «¡Procura correr cuando vuelvas a casa, no vaya a ser que te atraquen!»

Y, echándonos una mirada entre divertida, bromista y burlona, se alejó por la Avenida Imperial con andar presto.

«Menudo buitre…» resoplé.

«Vamos, Dil,» le apremió el pequeño elfo oscuro al presunto diablo. «Si no nos damos prisa nos quedamos sin periódicos.»

Dil asintió como con desgana, me echó una mirada y dijo un lacónico:

«Gracias.»

Sonreí.

«De nada. Oye, ¿podéis explicarme cómo funciona esto de la oficina?»

El pequeño elfo oscuro dejó de estirarle a Dil por la manga y se mordió el labio, mirándome a los ojos. No debía de tener ni ocho años, estimé.

«Vale,» dijo de pronto. «Tú síguenos.»

Los seguí adentro hasta una ventanilla donde tuve que pagar un clavo a cambio de una plaquita de latón con el símbolo de la oficina grabado. Llegados a un sótano mal iluminado, esperamos nuestro turno para pedirle al encargado el número de periódicos que deseábamos. Cuando me tocó, yo dije:

«Veinte.»

Y el encargado me miró ladeando la cabeza.

«Tú eres nuevo, ¿no?»

«Sí, es Draen, un amigo mío,» intervino el pequeño elfo oscuro.

Enarqué una ceja y mi nuevo amigo me sonrió. Me murmuró:

«Por cierto, me llamo Manras. ¿Vendemos juntos?»

Sonreí.

«Corriente.»

Recogí mis veinte periódicos y, minutos más tarde, estábamos los tres recorriendo las calles gritando: ¡El Rumor Rojo! ¡El Rumor Rojo por un céntimo! Gritar no se me daba mal, y tampoco se me daba mal cantar y, cuando tocó el Templo Mayor las cuatro campanadas, yo ya había compuesto mis estribillos de venta:

¡Con el Rumor Rojo
me entero de todo
no hay mejor modo
pa saberlo todo
que el Rumor Rojo!
¡El Rumor Rojo!
¡El Rumor Rojo!
¡Por un clavo,
te haces sabio!
¡El Rumor Rojo!
¡El Rumor Rojo!

Manras me copió y, en unos días, acabamos formando un dúo canillita mortal. Por los parques, por las plazas, siempre se nos oía pasar, gritando, cantando, descargando periódicos y recogiendo clavos. Y es que Manras se animaba a imitarme en todo y, es más, su apoyo me incitaba a improvisar, a hacerme el mayor y el sabido: casi casi no se notaba que apenas unas lunas antes no recordaba lo que era una casa o una barra de pan. Dil, él, era menos dispuesto a imitarme; no es que le cayera mal ni nada de eso, es que, según Manras, el Principito era un pasota de primera. Cuando cantábamos, él nos miraba a veces como si nos hubiéramos vuelto locos, otras veces ponía los ojos en blanco o se rascaba la cabeza y se adelantaba como a regañadientes hacia un caballero para tenderle un periódico casi sin abrir la boca. Y es que, así como Manras era un cachorro tan activo como yo, Dil era un oso lebrín adormilado, simpático pero, sin duda, pasota y callado hasta decir basta… ¡todo lo contrario que el Gato Negro, desde luego!

Precisamente, unas dos semanas después de que comenzara mi trabajo como canillita, al ver que Yerris no volvía, le pregunté a Rolg cuándo regresaría mi guía y compañero y el viejo elfo me contestó que, por lo que había oído, Alvon se lo había llevado a una misión fuera de Éstergat. Lo primero que pensé fue que se lo había llevado para salvarlo de ese Bravo Negro. Casi le pedí confirmación a Rolg, pero recapacité y me dije que hubiera podido meter la pata. Además, un juramento era un juramento. En cualquier caso, quedé impresionado de que Yerris fuera a cumplir trabajos con su mentor, aunque, tumbado solo en la Guarida, sentí también una soledad a la que ya no estaba acostumbrado. Y pensé: a ver cuándo Yal acaba sus estudios y vuelve a hacerme un poco de caso. Creo que, si hubiera sabido dónde vivía Yálet, habría ido a visitarlo para molestarlo un poco, aunque fueran unos pocos minutos… Eso no lo habría descentrado tanto como para quitarle ese diploma, ¿verdad? Suspiré, acaricié con mi mano derecha mi pequeño colgante de plata y agucé el oído para tratar de percibir la respiración de Rolg del otro lado de la puerta, en vano. Casi se diría que, cuando el viejo elfo desaparecía por esa puerta, desaparecía del mundo. ¿Qué habría detrás de esta? No sé por qué, algunas noches me imaginaba que había ahí algo peligroso y me costaba conciliar el sueño. Y esa era una de esas noches. Solo, en el cuarto, me sentía en peligro, exactamente como cuando viajaba por los bosques. Y eso era algo que jamás me había pasado con mi maestro porque sabía que él jamás necesitaba dormir, que estaba siempre vigilando y que estaba allá afuera, contemplando las estrellas y repeliendo con su sola presencia los monstruos de las montañas.

«Ferilompardo,» murmuré. «Tengo que encontrar un ferilompardo.»

Y así podría volver a ver a mi maestro. Con este pensamiento en mente, conseguí, al fin, conciliar el sueño.

* * *

«¡Terremoto en Veliria! ¡El Noticiero Nocturno! ¡El Noticiero Nocturno pregoné.

Era día de fiesta, el primer Día-Bondad de la luna de Alegrías en que se festejaban las vendimias, y las calles estaban llenas a rebosar de gente. El mejor día para un canillita: las ventas iban mejor que bien. El único inconveniente era que aún no había encontrado ninguna palabra que rimara con nocturno y que hiciera un bonito estribillo, pero a la gente tampoco parecía importarle.

Vi una mano enguantada tenderse con dos clavos, di el periódico y recogí las monedas exclamando:

«¡El Noticiero Nocturno! ¡Terremoto en Veliria!»

Manras se detuvo junto a mí, jadeante.

«Caray, Espabilao, ¿sólo te queda uno?»

«Y a ti diez, veo,» dije. «¿Qué te pasa, shur?»

Manras se encogió de hombros, sombrío.

«Que tengo la garganta que no grita. Mi hermano me va a desorejar…»

Le puse una mueca compasiva. Manras tenía la mala suerte de tener a un hermano que se quedaba con todo lo que traía. Vivía con Dil, en el Laberinto, pero yo jamás había ido a verlos ahí: no solamente Manras decía que su hermano no permitía visitas sino que además no me apetecía toparme con Warok en camino.

«Mira,» le dije al pequeño elfo oscuro. «Yo puedo darte un poco. Me quedan treinta clavos. Si quieres te doy quince. Con lo que queda ceno y desayuno, tranquilo. A mí nadie me va a desorejar.»

Manras me miró con los ojos agrandados.

«¿En serio?»

«En serio y en drionsano,» aseguré, metiéndole las monedas en la mano. «Toma. ¿No sabes que los compadres se ayudan entre ellos? Pues eso. Pero esto lo hago porque tienes la garganta mal, ¿eh? Otro día no cuela.»

El pequeño elfo oscuro sonrió anchamente y me saltó al cuello con todos los periódicos.

«¡Gracias, Espabilao!»

Sonreí y puse los ojos en blanco. Un vendedor de periódicos había pasado a llamarme Espabilao por componer mis estribillos y hacerle competencia y el mote se había quedado. Le golpeé amistosamente a Manras con mi periódico.

«De nada, shur. Oye, a cambio, te quedas con mi periódico, que yo me voy a cenar y para casa. ¿Dónde está el Principito?»

Lo avisté junto a un farol encendido, tendiendo un periódico a una opulenta señora.

«¡Vaya! ¿Será verdad que está vendiendo más que tú?» me impresioné. «Bueno, bueno, salú, Manras, ¡nos vemos mañana!»

«¡Salú!»

Me alejé, pasé detrás de Dil y le estiré la gorra.

«¡Buenas noches, Principito!»

Este me echó una mirada entre exasperada y divertida antes de colocar de nuevo su gorra y hacer un gesto casi imperceptible a modo de saludo.

Salí corriendo Avenida de Tármil abajo, me metí en los Gatos sin frenar casi y, entrando en La Rosa de Viento, le solté al tabernero:

«¡Señor tabernero, quiero arroz!»

Y el tabernero me puso arroz. Por primera vez desde que estaba en Éstergat, aquellas últimas semanas, me sentía Gato de verdad, pues me ganaba el jornal, como antaño me lo ganaba en las montañas cazando conejos, sólo que ahora, en vez de cazarlos directamente, cazaba monedas de plata. Sonreí mientras masticaba mi arroz y, girándome hacia un numeroso grupo variopinto que cantaba festejando el Día de las Alegrías, me acabé el plato con rapidez y me acerqué para escucharlos, entusiasmado.

«¡Muchacho!» me dijo un hombre, viéndome ahí parado entre su silla y la de otro. «¡Canta con nosotros, venga, hay que festejarlo!»

«Es que no me sé la letra,» dije.

«¡Pues bien rápido la vas a aprender, es sencilla!»

La letra era tan sencilla que la aprendí, de hecho, muy rápido y acabé gritando con ellos. Tenía la garganta ya algo ronca por lo de El Noticiero Nocturno pero, por lo visto, que se cantara bien o mal no importaba gran cosa. En un momento, le estiré la manga a Fiks, el viejo obrero que me había pedido que me uniera a ellos, y le señalé una botella.

«¿Eso qué es?»

En realidad, sabía perfectamente lo que era, pero me hice el tonto aposta y mi táctica funcionó: Fiks me miró con los ojos agrandados.

«¿Cómo? ¿No sabes lo que es el vino, hijo?»

Me encogí de hombros.

«Yo vengo del valle, señor, ahí no hay de eso.»

«¿Nunca lo has probado? ¿Y quieres probarlo?»

«¡Rabiosamente!» exclamé con una sonrisa.

El obrero sonrió meneando la cabeza.

«¡Pues a buenas horas vienes! ¡Dábel! Apronta el vino, que el chicuelo tiene sed.»

Y en verdad que la tenía, así que tomé varios tragos largos antes de que alguien se carcajeara:

«¡Ese rapaz te va a secar la botella, Fiks!»

«¡Menudo tragón!» dijo otro, riendo.

El viejo obrero me quitó la botella de las manos a la fuerza y exclamé alegremente:

«¡Vaya, cómo quema!»

Fiks resopló.

«Pero bueno, ¿quién te ha enseñado a beber así? ¡No es agua de fuente, hijo! Ándate y vuelve a casa o adonde sea antes de que te caigas redondo. Que sepas que en las fiestas religiosas se acaba alegre, no borracho. ¡Hay que ver estos jóvenes…!»

Me revolvió el cabello, me devolvió la gorra que se me había caído y me empujó suavemente hacia la salida. Le dediqué una amplia sonrisa y me carcajeé.

«¡Gracias, Fiks!»

Vacilé, me choqué contra un perro y retrocedí. Salí a la Plaza Gris, tambaleante y con la mirada muy brillante. Por suerte, la Guarida no andaba extremadamente lejos, que si no me hubiera quedado a medio camino. En las calles, me crucé con siluetas imprecisas y, extrañamente, pensé que menos mal que le había dado el resto de monedas a Manras, porque ahora, si me atracaban, se iban a llevar un chasco. No estaba ya muy lejos de casa cuando me paré a mirar el cielo y vi estrellas muy vivaces.

«¡Cuéntalas, Mor-eldal, cuéntalas!» exclamé. «Una, dos, tres, cuatro…»

Seguí contando con cada paso que daba hasta que llegué al callejón. Subí las escaleras, conté los peldaños y fruncí el ceño.

«¿Veinte? Imposible.»

Volví a bajar y subir las escaleras, conté y me salieron seis. Eso era más lógico. Iba a empujar la puerta cuando esta se abrió de golpe y una luz me dañó los ojos.

«¿Draen?» lanzó una voz sorprendida.

Pestañeé y, al ver a mi maestro con los ojos agrandados, me carcajeé.

«¡Salú, elassar!»

Y canté:

Dame la mano,
hermano,
sigue el camino
y canta conmigo:
¡Viiiva el verano!
¡Viva el otoño!
¡Viva el Daglat y los Cien Espíritus!
¡Y viva el vino!

Perdí el equilibrio y por fortuna la barandilla previno mi caída.

«Por los Cuatro Espíritus del Alba,» murmuró Yálet, incrédulo.

Me agarró de la mano y me metió adentro. El ruido de la puerta al cerrarse me sonó tan fuerte como si me hubiera caído un rayo en la cabeza y solté un «Au,» seguido de una risita.

«Rayos y brasas, ¿puedes explicarme cómo diablos has acabado así?» me preguntó Yal.

«El cómo es bastante evidente,» dijo Rolg con diversión.

El viejo elfo estaba sentado a la mesa con un papel entre las manos. Lo saludé con un gesto de mano y una sonrisa y me giré hacia Yal, pero tenía que levantar tanto los ojos que me mareé, volví a bajarlos y, viéndome libre de movimiento, titubeé hasta mi jergón.

«Bah, déjalo, hijo,» añadió Rolg. «Es Día de las Alegrías.»

«¡Día de las Alegrías!» repitió Yal, anonadado, mientras yo me tumbaba, tarareando. «¡A su edad yo no hacía esas cosas!»

«Los tiempos cambian, hijo…»

«¡Sí, claro! En seis años van a cambiar. ¿Sabes qué? Creo que mi sarí ya ha aprendido de los Gatos todo lo que tenía que aprender hasta ahora. Lo que voy a hacer es encontrarle un trabajo donde no se me pierda. No quiero que acabe como algunos que me conozco yo, que de Daganegras tienen más bien poco. ¿Me oyes, Draen? ¡Draen!»

Abrí un ojo y lo vi agachado junto a mí, mirándome con expresión… ¿inquieta? ¿sonriente? ¿espantada? No tenía ni idea. Sonreí y dije:

«Sí, sí, elassar.»

«Y más te vale trabajar duro,» continuó Yal.

«Sí, sí. ¡Oye, Yal!» exclamé de pronto. «¿Qué tal el di-hip-ploma? ¿Eh?»

«Er… Dentro de cuatro días tengo los exámenes,» contestó Yálet. «Y ahora duerme, sarí. Esta noche no hay lección, obviamente. Yo no enseño mi arte a los borrachos.»

Bostecé e iba a decirle otra vez un «sí, sí» pero, antes siquiera de abrir la boca, caí dormido como un tronco.