Página del proyecto. Yo, Mor-eldal, Tomo 1: El ladrón nigromante.

4 Los Daganegras

Pasé el día marcando el territorio sin alejarme mucho de la plaza de La Rosa de Viento y es que, con tanta calle, todavía no me fiaba de mi sentido de la orientación. Con mi piedra afilada en la mano, dibujé signos en cada esquina, para crearme puntos de referencia, hasta que un gran elfo oscuro me soltó un:

«¿Qué haces, tunante?»

Y me recordó tanto su tono al del propietario de la casa que me había echado junto con mi compañero del diente ausente que tuve la prudencia de salir corriendo y seguir marcando las calles de manera más discreta.

Cuando ya atardecía, regresé a la plaza, me senté en la fuente y me dediqué a observar a los saijits. Escuché trozos de conversaciones, pero no entendí gran cosa. En un momento, se sentó no muy lejos un elfo con un gran montón de papeles. Por cómo se movían sus ojos, entendí que aquello era como un gran libro. Curioso, me asomé para ver qué ponía y… tan sólo tuve tiempo de constatar que no entendía nada de los signos esos antes de que el saijit me gruñera:

«Aparta, mocoso.»

Me aparté y de hecho me aparté bien: di toda la vuelta a la plaza y esperé a que el elfo se fuera para regresar a la fuente.

Cuando anocheció, la plaza seguía concurrida. Por lo visto, los saijits no eran como las ardillas, que desaparecían en cuanto desaparecía el sol. Aquella noche brillaba la Luna llena y eso me serenó. Mi maestro decía que, mientras lucía la Luna, la Gema o la Vela en el cielo, uno siempre encontraba su camino.

“Las tres Lunas son el sol de la noche,” decía, “y las estrellas sus rayos.”

Las noches cálidas, solíamos salir juntos a contar las estrellas. Bueno, no sé si él las contaba, pero a mí me pedía que las contara, y que las multiplicara y compartiera con él mis cálculos. “Aprende, Mor-eldal. ¡Hasta las ardillas saben contar sus bellotas!” me decía.

Estaba jugueteando con mi pluma amarilla, distraído, cuando un humano se sentó junto a mí, en el pretil de la fuente, y comentó:

«Bonita pluma.»

Ladeé la cabeza y lo observé con detenimiento. Era joven, vestía una capa oscura y algo en sus ojos me dijo que no se había sentado ahí por casualidad.

«¿Yálet?» pronuncié, interrogante.

Lo vi sonreír y asentir.

«El mismo. Y tú supongo que eres Mor-eldal.» Confirmé en silencio, mirándolo descaradamente, y él observó: «Un nombre curioso. ¿Te lo pusieron tus padres?»

Negué con la cabeza.

«Yo no tengo padres.»

Yálet asintió con calma.

«No eres el único, no te preocupes. Dime, ¿sabes por qué Rolg te ha enviado a mí?»

Supuse que Rolg era el viejo elfo. Me encogí de hombros.

«Dijo que ibas a enseñarme y a comprarme comida buena.»

Yálet sonrió.

«Ajá. Si te portas bien, serás mi sarí, yo seré algo así como tu mentor y te enseñaré muchas, muchísimas cosas. ¿Sabes lo que significa portarse bien?»

Asentí. Eso me lo había dicho mi maestro. Lo expliqué con aplicación:

«Significa que no tengo que molestar, que no tengo que hablar cuando se me manda callar y que no tengo que hacer tonterías como comer setas que no conozco o acercarme a las serpientes.»

Él sonrió anchamente.

«No lo hubiera dicho mejor. Procura no olvidarlo y ambos nos llevaremos bien, ¿eh? Vamos, sígueme. Voy a enseñarte algo.»

Se levantó ágilmente del pretil de la fuente y yo no vacilé: guardé mi pluma amarilla en el saco y lo seguí con curiosidad. Yálet me guió a través de unas callejuelas y tuve que trotar para no dejarme distanciar. Al cabo, se detuvo en un callejón y se giró hacia mí con una mueca risueña.

«¿Sabes escalar?»

Sonreí.

«¡Y cómo! Soy un gran trepador. Cada vez que me veía mi maestro en un árbol, decía que era un inconsciente. Pero cuento con los dedos de una mano las veces que me he caído.»

Lo vi enarcar una ceja, divertido.

«Bueno. Pues aquí será preferible que no te caigas, porque el lugar adonde quiero llevarte está mucho más alto que un árbol. Ahora mira y aprende.»

Se subió a un barril, tomó impulso y se agarró a una viga debajo del tejado más bajo. En unos segundos, estaba encaramado sobre este y me miraba entre las sombras, expectante.

Agrandé mucho los ojos, atónito, y aún más cuando lo vi hacer un gesto de la mano. Er… ¿Se suponía que yo tenía que hacer lo mismo? De acuerdo, me dije. Venga. Tú puedes hacerlo, gran trepador. Inspiré hondo para animarme, me subí al barril e intenté alcanzar la viga pero esta estaba demasiado lejos. Vale, por ahí no había forma. Me bajé y encontré un tronco de metal algo grueso que subía y subía hasta arriba. Me agarré y comencé a ascender. Era casi como trepar por un árbol, pero en menos práctico, porque no había ramas. Llegué bajo el tejado, me así al alero y… resbalé y, de no ser porque en ese instante la mano de Yálet me aferró, me hubiera pegado un buen tortazo. El Daganegra me ayudó a subir y, pese a mi éxito dudoso, sonrió y dijo:

«No ha estado mal para un primer intento. Recuerda: lo importante es estar agarrado siempre a una buena asidera. Si no puedes subir por un lado, ten paciencia: encontrarás otro camino. Lo que no hay que hacer, obviamente, es lanzarse al vacío, ¿eh? Venga, sígueme y con cuidado.»

Lo seguí a cuatro patas por las tejas hacia un tejado más alto. Yálet no se despegaba de mí, como si temiera que en cualquier momento fuera a resbalar y caer. Subimos por balcones, atravesamos terrazas llenas de trastos y trepamos por fachadas. Definitivamente aquello no era como trepar a los árboles. Era divertido, eso sí, pero era… bueno, diferente, y más inquietante: en vez de pájaros y ardillas, encontramos en camino ratas y murciélagos.

Finalmente, tras subir y subir, llegamos a una terraza muy alta y Yálet me palmeó el hombro.

«Ya hemos llegado. ¡Bienvenido al aula del maestro Yálet y su discípulo! Está un poco descuidado, pero da igual: total, no se admiten visitas. Y ahora, gírate y contempla la ciudad, Mor-eldal.»

Me giré y solté un suave resoplido. Contemplé absorto la ciudad nocturna. Parecía un mar de luciérnagas. O un mar de estrellas, pensé, maravillado.

«Bonito, ¿eh?» Yálet alzó la mano. «Mira. Eso, ahí a lo lejos, es la Explanada. ¿Ves la cúpula esa encendida? Es el Templo Mayor. Y justo al lado está el Capitolio, con el parlamento. El barrio que está más allá es Rískel, el antro de los mercaderes, y todo eso es Tármil, el barrio de los artesanos. Eso es el río. Y más allá están las fábricas de los Canales. Ah, donde no se ven luces es el Jardín de Fieras, ¿lo ves? Ahí guardan a los animales más extraños de Prospaterra. Y, bueno, detrás de nosotros, están los dos barrios ricos. Atuerzo y el Arpa.» Señaló la parte alta de la ciudad con un vago ademán. «Yo trabajo en una taberna del Arpa. Y créeme, gano más con las propinas que me dan los clientes que con lo que me da ese tacaño de tabernero. Aquello que ves ahí, grandioso como un palacio, es el Conservatorio, donde estudian los magos. Y detrás de esa muralla, está la Ciudadela. La ciudad de los Intocables. Los nobles. Y esto,» añadió, dándole de nuevo la espalda a la Roca y mirando las casas justo enfrente con expresión solemne. «Esto, Mor-eldal, son los Gatos. Aquí me he criado yo y aquí es donde tú vas a vivir.»

Enarqué las cejas.

«¿En esta terraza?»

Pronuncié bien la palabra, pues acababa de aprenderla. Yálet se carcajeó por lo bajo.

«No. Esta terraza, no. Esto es un refugio secreto que sólo conocemos tú y yo, Mor-eldal. Tú vas a vivir con el viejo Rolg. Su casa está por ahí,» dijo, agitando la mano vagamente. «Yo te hospedaría, pero es que vivo en una pensión de Atuerzo y no puedo meterte en ella. Tranquilo, ahora mismo hay otros dos sarís que viven con Rolg también.»

«¿Son niños como yo?» pregunté.

Yálet me echó una ojeada, divertido, tal vez por mi vivo interés.

«Yerris tiene trece años y Slaryn… creo que trece también. Sla es la hija de… bueno, de una Daganegra que acabó en las redes de los guardias… Mmpf. Mira, en cuanto bajemos de esta terraza, te llevaré a casa de Rolg y podrás conocerlos a ambos. ¿Te parece?»

Asentí y me arrimé al muro, contemplando la ciudad, fascinado. Empezaba a pensar que mi maestro había tenido razón echándome de su cueva. ¡Tenía tanta cosa que aprender, tanta cosa nueva que explorar! Alcé una mano y señalé unos altos edificios muy juntos y repletos de terrazas que descollaban de los Gatos.

«¿Y eso qué es? ¿Los Gatos también?»

Como yo, Yálet se había apoyado en el muro. Levantó la vista para ver qué señalaba y la Luna iluminó su mueca.

«Eso… es el Laberinto. Forma parte de los Gatos, es el centro del barrio, pero…» Vaciló. «Será mejor que no te metas por ahí. Es un lugar peligroso. Como esas setas y serpientes, ¿entiendes?»

Puse los ojos en blanco.

«Claro. ¿Y eso de allá?»

Señalé una parte a la izquierda, llena de chozas bajitas.

«Ese es el Barrio Negro. Y más abajo en el río está Menshaldra, la villa de los barqueros. ¿Ves esas luces de allá? Son las del Puente Bravo. Y ahí, todo recto, aunque no lo veas, está el bosque intocable de Éstergat. Todo el mundo lo llama la Cripta, a saber por qué. Nadie tiene derecho a cortar un sólo árbol del bosque. Es propiedad de los Fal, una familia noble.»

Señalaba la oscuridad completa, más allá del río, y traté de ver, pero no vi nada. Un bosque, pensé. Era reconfortante saber que había uno tan cerca.

«¿Qué significa cripta?» pregunté.

«Huh. Es un lugar donde… bueno, donde se entierra a los muertos. Tranquilo,» añadió con voz ligera. «No salen de ahí espectros ni nada de eso. Como mucho habrá algún oso o algún lobo. El año pasado salió de ahí un nadro rojo, de esos dragonzuelos que corren mucho y explotan cuando mueren, ¿ya has visto alguno? ¿No? Pues tengo que tener aún el grabado que salió en el periódico. Te lo enseñaré.»

«¿Qué es un grabado?» pregunté.

Yálet se quedó como suspenso.

«Un grabado es un dibujo.»

«Ah. ¿Y qué es un periódico?»

«Espíritus, bueno… Un periódico es un… un montón de papeles con noticias escritas dentro,» contestó él, carraspeando.

«Vale. Gracias,» dije. «¿Y qué son los Espíritus?»

«Brasas…» murmuró Yálet pasándose una mano por la frente. «Los Espíritus… Mira, Mor-eldal, eso mejor se lo preguntas a un sacerdote, ¿eh?»

Me mordí el labio y asentí. Decidí no preguntarle qué era un sacerdote.

«¿Así que el bosque es peligroso?»

Yálet meneó la cabeza y me sonrió.

«No mientras tú te quedes aquí en los Gatos.»

Hice una mueca y desvié los ojos hacia los incontables edificios de los Gatos. Soplaba un viento frío y me estremecí. Rompí el silencio.

«Antes has dicho que una Daganegra acabó en las redes de los guardias. ¿Quiénes son los guardias?» pregunté.

Lo vi levantar los ojos al cielo y ahogar una carcajada.

«Lo que faltaba. ¿Sabes lo que es un policía? ¿No? Madre mía. En los Gatos los llaman los moscas. ¿Tampoco? Bueno, sarí,» inspiró, mirándome bien. «Los guardias son los que vigilan y arrestan a los que hacen cosas que no deben y los meten en una cárcel, un sitio con barrotes del que no puedes salir. ¿Entiendes?»

Asentí.

«Sí.»

Más o menos, añadí interiormente, pero eso no lo dije, porque tenía la impresión de que mi ignorancia supina lo tenía un poco desesperado.

«Rolg me dijo que venías del valle,» retomó Yálet tras un silencio. «Dijo… que estuviste viviendo con un anciano.»

«Sí. Pero me echó,» admití, súbitamente sombrío. Posé la barbilla sobre mis manos, con los ojos fijos en la ciudad, y expliqué: «Él quería que me marchara a vivir con vosotros, para que aprendiera cosas. Lo echo de menos,» confesé en voz baja. «Pero él no quiere que vuelva hasta que… hasta que encuentre a un ferilompardo.»

Yálet arqueó una ceja.

«¿Un ferilompardo? Un momento,» dijo de pronto. «Rolg me dijo que ese maestro estaba muerto.»

Abrí la boca, la cerré e hice una mueca.

«Pues… Es que no está muerto realmente.»

Yálet enarcó las cejas y, como yo no decía nada más y desviaba la mirada hacia las luces de los lejanos faroles, me revolvió el cabello y dijo con ánimo:

«Anda. No te pongas sombrío. Si de verdad ese maestro y tú vivíais solos en las montañas… ¿sabes? Creo que te hizo un gran favor echándote. Si no lo hubiera hecho, nunca habrías visto Éstergat. Y nunca habrías visto esto,» añadió, haciendo un amplio ademán hacia el paisaje nocturno. «Vamos, voy a enseñarte tu nueva casa. Pero antes: cuidado con la bajada.»

Lo vi pasar por encima del muro hacia el tejado de abajo y sonreí. Ese saijit me caía bien. Y, aún mejor, parecía que yo le caía bien a él. Y aún mejor que mejor: era mi nuevo maestro. Me mordí los dedos, sonriente.

«¡Hey, Mor-eldal! ¿Qué haces?»

Ups. Me apresuré a pasar por encima del muro y destrepé lo trepado. Cuando hubimos puesto al fin los pies en el callejón, Yálet apuntó:

«¿Sabes? Deberías cambiar de nombre. Mor-eldal es demasiado… extraño. Todo el mundo se fijaría en él. ¿Qué te parece si te llamamos…?» Meditó unos segundos bajo mi mirada expectante y soltó: «Draen. En Éstergat los hay a montones. Y es un buen nombre. ¿Te gusta?»

Sonreí. Mi maestro no solía preguntarme mi opinión por nada. Cuando me había llamado Superviviente, desde luego, no me había preguntado a ver si me gustaba. Asentí, sintiendo que Yálet acababa de hacerme un regalo.

«Sí. Me gusta. Yálet también es un buen nombre,» añadí.

Él me echó una ojeada burlona.

«Llámame Yal y yo te llamaré Draen, ¿de acuerdo?» Asentí y él me sonrió. «Venga, andando.»

Lo seguí por callejuelas hasta que llegamos a un callejón lleno de trastos. La casa de la derecha estaba en bastante peor estado que la de la izquierda. Yal se dirigió hacia esta última, subió por unas escaleras de madera y empujó la puerta.

Había luz en el interior. Cuando entré detrás de Yal, vi un cuarto más o menos igual de grande que el de la casa de Hishiwa. Había cuatro jergones, una mesa, unos taburetes y algún trasto más al que no supe poner un nombre.

«Vaya, parece que Yerris y Slaryn no están,» dijo Yal con el ceño fruncido.

«Últimamente no se les ve casi el pelo,» masculló una voz. Me giré y vi al viejo elfo salir de la habitación contigua. Apartó un embozo que lo protegía del frío y la luz de la linterna iluminó su rostro arrugado y tranquilo. Me sonrió. «Bienvenido a la Guarida, muchacho. Te hablaría de todas las tareas domésticas y reglas de esta casa, pero me temo que hay algo mucho más urgente que hacer.» Posó una pila de ropa sobre la mesa y señaló un enorme cubo lleno de agua. «Límpiate en el barreño, tienes una jaboneta y una esponja justo ahí al lado. Quiero que frotes hasta que se te vea la piel, ¿eh? Y luego ponte esto,» dijo, dando una palmada seca a la ropa. Asentí, enmudecido, porque no estaba seguro de haberlo entendido todo. Lo vi poner los ojos en blanco. «Yal, hijo, tengo que hablar contigo un momento.»

Yálet me dedicó una sonrisa para animarme a hacer lo que me pedía Rolg y yo me acerqué al barreño. Me detuve ante este, eché una mirada de auxilio hacia la habitación contigua, pero la puerta se cerró justo en ese momento. Bueno. Pues me tocaba arreglármelas solo. Me quité mis pieles de conejo, cogí la jaboneta y la esponja y las miré un rato antes de hundirlas en el agua. Agrandé los ojos al ver la espuma blanca. Lamí la jaboneta y…

«Beeej…» solté.

Escupí, me limpié la boca con el agua y luego me dije que sería más sencillo meterme en el barreño, así que me metí, me senté y comencé a frotar como había dicho el viejo elfo. Cuando salió Yal de la habitación, estaba frotando un pie. Me miró y sonrió.

«Bueno, sarí, creo que vas bien encaminado. Ahora empiezas a parecerte a un humano. Pero ¿sabes? la esponja también se usa. Mira, te voy a frotar la espalda, que eso no es fácil. Trae y levántate.»

Cogió la esponja y la jaboneta y comenzó a frotar.

«Vaya. Tienes una bonita cicatriz aquí en el brazo,» observó Yal.

«Me la hizo un lince el verano pasado,» expliqué.

«¿Un lince?» se extrañó Yal. «¿Y saliste vivo?»

«Bueno…» Me rebullí, molesto, porque acababa de recordar que esa historia no podía contarla. Si me había salvado del lince, había sido gracias a un sortilegio nigromántico: le había soltado una descarga mórtica y se había asustado. Tras un silencio, dije: «Tuve suerte.»

«Ya lo creo,» resopló Yal mientras seguía frotando con energía. «Bueno, al menos en Éstergat no tendrás que luchar con linces. Mira, Rolg dice que te explique un poco cómo funciona su casa. Las reglas son pocas, pero hay que respetarlas. ¿Me escuchas?»

«Mucho,» aseguré.

«Bien. La primera regla es: no meter aquí a nadie que no sea de la cofradía. La segunda: hacer todo lo que te diga Rolg. La tercera: no entrar en su habitación. Y eso es todo. ¿No ves qué sencillo?» Se alejó unos pasos, levantó un pequeño cubo lleno de agua y, sin previo aviso, me lo echó todo encima de la cabeza. Solté un grito y él se carcajeó. «Eres tan poco amigo de los baños como yo a tu edad. Pero este era imperativo, créeme, o esos guardias de los que te he hablado habrían acabado retirándote de la vía pública y metiéndote en uno de esos refugios en el que no querrás acabar ni muerto. Ahora sécate con esto y a vestirte. Mañana a la noche vendré aquí a por ti, así que procura estar en casa. Trata de llevarte bien con Yerris y Slaryn, ¿mm? Seguro que te enseñan muchas cosas, tú hazles caso. Buenas noches, sarí,» me dijo, palmeándome el hombro.

No sé qué me entusiasmaba más, si la perspectiva de conocer a esos dos sarís o la de volver a ver a Yal al día siguiente. Contesté, sonriente:

«Buenas noches, elassar.»

Yal me miró con sorpresa, ya junto a la puerta.

«¿Elassar? ¿Qué significa eso?»

Ops. Me encogí de hombros y expliqué:

«Maestro. ¿Puedo llamarte así? Es que… yo a mi maestro siempre lo llamaba elassar.»

Yal enarcó una ceja y esbozó una sonrisa.

«Mm. Haz como quieras. Hasta mañana, sarí.»

«¡Hasta mañana, elassar!»

Su sonrisa se ensanchó. Cerró la puerta detrás de él y yo me apresuré a vestirme porque no hacía precisamente calor en el cuarto, y menos con el pelo mojado. Estaba poniéndome la camisa cuando Rolg salió de la habitación cojeando.

«¿Qué te parece tu nueva casa, muchacho?»

«Muy bonita,» aseguré. «Es más grande que la que tenía antes. Aunque aquí también hace frío.»

«Por eso te he traído una manta. Aquí tienes.» Rolg me dio la manta y señaló un jergón con un ademán. «Ese es para ti. ¿Te importa si tiro esas pieles? Huelen peor que una alcantarilla. Hasta el mendigo más harapiento las tiraría. Anda, túmbate y a dormir, que seguro que estás cansado y si no lo estás, hagas lo que hagas, no metas ruido: te advierto de que, cuando me despiertan antes de que se levante el sol, siempre me levanto del pie izquierdo y no querrás averiguar lo que significa eso.» Me sonrió con aire burlón. «Buenas noches, pequeño.»

«Buenas noches, Rolg,» le dije con alegría. «Y muchas gracias por… por la jaboneta. Sabe horrendo, pero es muy bonita. Y gracias por la ropa y la manta. Y por el jergón, está mejor que el que tenía en las montañas.»

Los ojos del viejo elfo destellaron de diversión.

«Me alegro.»

Me cubrí con la manta y vi a Rolg llevarse la linterna al cuarto. Cerré los ojos, luego los volví a abrir y contemplé la habitación gracias a la tenue luz de la Luna que conseguía infiltrarse por la ventana. ¡Cuántos ruidos lejanos, cuánto rumor extraño! Oí los crujidos de madera bajo los pasos cojeantes del viejo elfo en el cuarto de al lado, unas voces en el callejón y… De pronto, la puerta se abrió en un susurro casi inaudible y entraron dos siluetas. Eran dos niños.

«Es la última vez que voy contigo al teatro,» le cuchicheó la chica al muchacho.

«Qué exagerada,» le replicó el otro en un murmullo.

No dijeron más. Se tumbaron en sus jergones y no supe si decirles algo o no. Decidí al final que no, porque Rolg a lo mejor estaba durmiendo ya y no quería despertarlo. Así que escuché la respiración de Yerris y Slaryn, me serené convenciéndome de que estaba durmiendo en casa amiga y, recordando esos bocadillos prometidos, me dormí apaciblemente.