Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

23 La unión del pasado

«Un hombre sin pasado es un pétalo en el viento.»

Sisela Dradzahyn

* * *

La estancia a la que me guió Tojira estaba en el ala residencial de la Academia Celmista. No había ahí más que sirvientes de los Rotaeda, los cuales, al contrario que Tojira, llevaban uniformes más coloridos.

Entré en la habitación quitándome las botas antes de recorrer el suelo alfombrado. En el Templo del Viento, éramos más austeros, pero los subterranienses de los Pueblos del Agua acostumbraban cubrir los suelos y paredes de sus casas con todo tipo de comodidades. Y los nahó del Gremio de Dágovil más que nadie.

Aquella estancia era grande y de techo alto. Una de las paredes estaba cubierta por una pintura mural sobrecogedora: representaba un bosque de árboles-perla parecido al de la Arboleda de Kofayura, con una decena de elfos, drows y kadaelfos de voluptuoso cuerpo reunidos alrededor de un felino peludo enorme. Sobre este, un drow imponente sostenía una piedra que emitía una luz cegadora. Era el famoso Aydjin el Conquistador, conocido por sus numerosas campañas contra los monstruos. Era uno de los grandes “Civilizadores” en la Historia de Dágovil. Pese a la luz, los bordes del muro estaban sumidos en la oscuridad y se adivinaban formas de criaturas extrañas en la penumbra.

«Aquel que sostiene la luz crea la sombra,» citó una voz a mis espaldas.

Lo había sentido venir con mi órica. Me giré con calma. El que había hablado era un drow de cierta edad, de ojos de un rojo pálido y piel desgastada y arrugada por los años. Su austera túnica negra era más bien inhabitual para un nahó. Con todo, tenía un porte que infundía respeto. Fruncí el ceño.

«¿Treyl Rotaeda?»

El viejo drow curvó sus labios en una sonrisa.

«No. Soy su padre, Trylan Rotaeda. Dejé a mi hijo el liderazgo hace tiempo.»

Eso no cambiaba un hecho: seguía siendo un nahó. Me incliné profundamente.

«Buen rigú, nahó.»

«Buen rigú, Drey Arunaeh. Pasemos a la otra estancia. ¿Te apetece una infusión de moigat rojo?»

Me encogí de hombros mientras lo seguía, franqueando una puerta corrediza. La segunda habitación estaba mejor iluminada y más amueblada. Me senté a la mesilla baja donde reposaba una bandeja con tetera, buñuelos y tazas. El nahó nos sirvió. Curioso. ¿No había ningún criado alrededor? Me estaba extrañando del detalle cuando me fijé de pronto en la presencia de una silueta forzuda y encapuchada en un rincón de la estancia. Mi órica no la había percibido antes porque ese saijit llevaba una máscara. Una máscara negra. En la penumbra de su capucha inmóvil, no se le veían ni los ojos.

Me quedé mirándolo un instante mientras Trylan comentaba:

«El otro día estuve hablando con Varivak Arunaeh de lo frívolo que está volviéndose nuestro Gremio. La mente saijit no tiene límites cuando se propone inventarse métodos de diversión. En eso, vosotros, los Arunaeh, no tenéis tantos problemas. Siempre estáis satisfechos con el momento presente, ¿verdad?»

Acepté la taza que me tendía y husmeé el aire cálido del moigat, pensando que estaría más satisfecho con el momento presente si estuviera ya de vuelta en el albergue con los demás…

«La vejez tiene en eso un efecto bastante parecido a vuestro Datsu,» agregó el anciano con una sonrisilla. «Ya no consigo tomarme en serio nada. Ni la muerte que se acerca. Supongo que, como con todo, cuanto más cerca está, más familiar te parece y mejor la aceptas.»

Tomé un sorbo de la infusión. Pese a mí, me sentía intrigado. ¿Acaso ese viejo me había invitado sólo para parlotear? Lo dudaba.

«No hablas mucho,» observó Trylan, escudriñándome con sus ojos pálidos. «Eso me recuerda que conversé con otro destructor Arunaeh en esta misma habitación hace unos cuantos años. Lústogan Arunaeh es tu hermano, ¿verdad? Amplió unas salas de la academia él solito en un par de semanas y las dejó impecables. Como dicen: fíate más de los actos que de las palabras.»

Permanecí imperturbable, tratando de recordar si Lústogan me había comentado haber trabajado ya para el Gremio. Debía de haber sido hacía realmente muchos años.

«¿Eso es azúcar?» preguntó de pronto Kala señalando un bote sobre la mesa.

Sorprendido, Trylan enarcó una ceja asintiendo y yo hice esfuerzos por no imitarlo mientras Kala se servía. Mascullé:

“Pero bueno, Kala, no es por nada pero no se pone azúcar en el moigat rojo. Eso sólo lo hacen los niños…”

“Mmpf, ¿y qué, Drey? Me gusta el azúcar.”

Y tanto… Echó no menos de cuatro cucharadas y revolvió.

“Que los dioses me amparen,” suspiré.

Tomando un sorbo, Kala le sonrió anchamente al Rotaeda.

«Está mucho mejor así. Pica como el aceite negro… ¿Decías?»

Trylan le echó una ojeada a la silueta encapuchada y enmascarada antes de posar su taza.

«Tojira me contó ayer lo que ocurrió en la sala de las Gemas de Yarae. Por lo visto resolviste el problema de la llave sin tener que usar tus sortilegios.»

Me tensé levemente. ¿Hasta qué punto sabría ese viejo…? Me encogí de hombros.

«Lo resolví, ¿qué importa cómo?»

Trylan apoyó las manos sobre las rodillas como un sacerdote de Tatako.

«No hubiera importado de no haber sucedido lo que ha sucedido este o-rianshu.»

Imprequé por adelantado.

«¿Y qué ha sucedido este o-rianshu?»

Los ojos viejos de Trylan se clavaron en los míos.

«Las Gemas de Yarae estallaron en mil pedazos.»

Buscó una reacción. Y la encontró: Kala hizo una mueca.

«¿Estallaron de verdad?» preguntó.

¿Es que esperaba que fueran a estallar de mentira?, me burlé rechinando interiormente. Mar-háï… ¿No podrían haber esperado los Yaraga un poco más?

«Pues qué mal,» solté. «Pero tu criado acaba de decirme que Treyl Rotaeda pagaría la recompensa…»

«Y la pagará,» aseguró Trylan. «Pero entenderás que, según el contrato, las Gemas debían de quedar intactas.»

Lo observé, frunciendo los labios. Mi Datsu se desató un poco más.

«Si estallaron en mil pedazos al de unas horas… entonces no podemos haber sido nosotros,» dije. «Nuestras artes son de contacto. Destruimos en el momento, no con efectos retardados.»

«Sin duda, sin duda,» concedió Trylan. «Se pagará la recompensa. Confío en que no hablarás del triste fin de las Gemas de Yarae a tus compañeros.»

«Si no me lo hubieses dicho, no lo habría sabido,» repliqué.

«¿En serio?»

Nos miramos. Gâh… Ese viejo parecía leer los pensamientos como un inquisidor. Me ensombrecí.

«Yo no las rompí, nahó.»

Trylan se encogió de hombros.

«No, claro que no.» Retomó su taza. «Los infelices que había dentro de esas Gemas hablaron de un tal Kala hijo de Lotus antes de destruir la reliquia. Sin duda ese no eres tú.»

Mi Datsu se desató bruscamente. Los ojos de Trylan estaban tranquilos como las aguas de un lago. Los míos refulgieron como dos bolas de fuego. Kala apretó los dientes. Su miedo nació de la nada como un volcán. Tal vez acabase de recordar que estábamos en pleno territorio del Gremio…

“No seas tan miedoso, Kala,” me exasperé. “Concéntrate en beberte este moigat imbebible y déjame esto a mí.”

Demonios. Haber aceptado la invitación había sido un error. Si tan sólo me hubiese encontrado una buena excusa… Posé la taza con un movimiento pausado.

«Kala hijo de Lotus,» repetí. «¿Quién es ese?»

«Mm. No me extraña que no lo conozcas,» dijo Trylan Rotaeda con un deje inequívoco de burla. «En realidad…» tomó un sorbo, «Kala ni es su verdadero nombre, ni es hijo de Lotus. Poca gente recuerda ya esos tiempos. Yo era entonces un aprendiz runista en esta misma academia de la que me haría director años más tarde. Este ala en la que estamos ni siquiera existía. Eran tiempos más oscuros,» recordó, «en los que el Gremio no era más que una unión dispar de familias que rivalizaban entre sí. ¡Ja! Por más que queramos vender a todos ahora que el Gremio existía ya hace sesenta años, la realidad es que tan sólo pasó a llamarse así unos años antes de la Guerra de la Contra-Balanza. Así va nuestro mundo, que se dice a la vez joven porque es moderno y viejo porque es fiable. Como dijo tu tío Varivak una vez: da a los ojos lo que los ojos quieren ver y a los oídos lo que quieren oír. La esperanza calma la impaciencia y la fantasía carga con todos los pesares. ¿No somos los saijits unas criaturas increíbles? Por supuesto también lo fue Kala,» afirmó. «Una criatura que acabó con más sangre en las manos de lo que seguramente recuerda. Según parece, hasta sigue hoy destruyendo reliquias. Se cuenta que es uno de los Ocho Pixies del Desastre, al fin y al cabo.»

Callando, tendió una mano hacia el plato de buñuelos, cogió uno y realizó un breve gesto para animarme a servirme. Kala no se privó y agarró un buñuelo; yo me quedé pensativo. El discurso del viejo no tenía sentido. No lo tenía si consideraba que yo no sabía lo que eran realmente los Ocho Pixies. Pero por lo visto… pensaba lo contrario.

Posé mi taza vacía.

«Lo siento, abuelo, pero los Pixies del Desastre no existen.»

Kala me acalló metiéndose el buñuelo en la boca. Tan sólo entonces me fijé en la familiaridad con la que había tratado al nahó. Bah, Trylan no pareció ofenderse. Se encogió de hombros.

«¿No existen, dices? Drey Arunaeh, sé que tu familia es conocida por sus maneras rectas y sus conversaciones sin florituras y sé también que no habla de más. No voy a hacerte decir lo que no quieres. No soy inquisidor y puedes estar seguro de que no voy a hablar de esto con los demás: las Gemas se rompieron en pleno o-rianshu, por culpa de los Yaraga, los doscientos mil kétalos irán a tu templo, no te preocupes. Aun así, no puedes esconderme a mí la verdad. Me la enseñas claramente con tu aspecto. Y con tu mano.»

Agrandé los ojos y caí en la cuenta. Mar-háï. Había olvidado ponerme los guantes de destructor y los tres círculos de Sheyra tachados con tres líneas aparecían claramente en mi mano derecha. Tuve un tic nervioso. Al contrario, Kala parecía haberse repuesto y estar apreciando los buñuelos. Cogió otro del plato mascullando:

«¿Qué pasa con mi mano, anciano? Soy seguidor de Sheyra. Normal que tenga los tres círculos en la mano.»

«Tienes toda la razón,» sonrió Trylan. «Y, en tal caso, mis palabras han debido de parecerte las de un viejo senil, contando el pasado y mezclándolo con leyendas… Sin duda te preguntas por qué te he hecho venir hasta aquí para hablarte de ello.»

«Sin duda, nahó,» confirmé con cierta sequedad.

Nos miramos sin pestañear. ¿Qué esperaba ese anciano? ¿Y qué es lo que sabía? Con expresión casi alegre, Trylan alzó un índice y sacó un pequeño libro de su bolsillo. Lo observé con curiosidad mientras buscaba, por lo visto, una página en concreto. Al fin, leyó:

¿Quién eres tú, fantasma doble,
vela de luz y oscuridad?
¿serás mentira? ¿serás verdad?

Esos eran los primeros versos del monólogo teatral tal vez más conocido de Dágovil. Contaba la historia de Shab, un hombre cuyo corazón era bondadoso y blanco durante el rigú y negro y monstruoso durante el o-rianshu. La cita no la había sacado al azar. Puse los ojos en blanco.

«Partido en dos, alma tan noble completé.

«Ora tinieblas, ora bondad continuó Trylan con ojos más vivos, y cerró el libro. «El fantasma doble es mi obra favorita. ¿Y sabes por qué? Porque el personaje de Shab es el esclavo de la paradoja y el mayor seguidor que el dios Dézeseth haya nunca tenido. Un ser de contradicción. Algunos lo ven como una ficción, pero tales personas desgarradas por el bien y el mal existen realmente. Supongo que a los Arunaeh no os pasa eso… mientras el Datsu esté en buen estado, claro. Desgraciadamente, como en todo, ocurre que a veces se rompe, ¿verdad? Le sucedió a Lotus Arunaeh.»

Resoplé de lado. Me sermoneé: ¿por qué demonios seguía fingiendo? El anciano decía que no iba a hablar de ello con nadie y, aunque mintiera, aquella era la ocasión perfecta para sacarle información y averiguar si el Gremio retenía realmente a Lotus. ¿Qué arriesgaba? ¿Evidenciar que llevaba a un Pixie dentro? Eso el anciano ya lo había entendido y dudaba de que el Gremio fuera a meterse con un Arunaeh y a tomar represalias por unos asuntos tan viejos. Solté:

«Lotus no es muy representativo de mi familia.»

«No,» admitió Trylan. Las comisuras de sus labios se habían levantado acusadamente. «De hecho, es todo lo contrario. Se implicó en el mundo de una manera que a ningún otro Arunaeh se le habría ocurrido, ¿verdad?» Se inclinó sobre la mesa, apoyándose. «Seamos directos, muchacho. No sé cómo acabó en tu cuerpo la mente de uno de los siete hijos de Lotus, pero sé que las fusiones bréjicas dejan mucho que desear y que este tipo de ‘resurrección’ tiene incontables fallos y pérdidas de memoria. ¿Me vas siguiendo?»

«No del todo, pero sigue.»

Trylan afirmó con la cabeza.

«No te voy a negar que hoy en día la historia real de los Pixies ha sido olvidada casi hasta por los más viejos del Gremio. Al contrario, la historia más reciente de Lotus aún se recuerda pero, a petición de tu familia, sus actuaciones se ocultaron detrás de su identidad de entonces.»

«Y lo encarcelasteis haciéndole creer a mi familia que lo matasteis,» dije con calma.

Trylan enarcó una ceja.

«¿Qué te hace pensarlo?»

Beh… Le repliqué con otra pregunta:

«¿Por qué me hablas de esto a mí, nahó? Por lo que dices, conoces mejor a mi tío Varivak. ¿Por qué hablarle directamente a un Arunaeh sospechoso de ser un Pixie del Caos?»

«¡Precisamente por eso, muchacho!» rió el anciano. «Además, sólo los Pixies del Desastre se llaman a sí mismos los Pixies del Caos.»

Sus ojos chispeaban. Attah…

«Los Pixies del Caos odian el Gremio de Dágovil,» dije. «¿No te parece arriesgado meter a uno en tu habitación?»

Kala aprobó enérgicamente por vía mental. Trylan Rotaeda sonreía enseñando toda su dentadura postiza.

«¿Uno, dices?» Marcó una pausa. «Entonces ¿te consideras un Pixie?»

Resoplé.

«Mar-háï, no es lo que he dicho.»

«Pero te interesa saber qué ha sido de Lotus Arunaeh, no sólo porque sea miembro de tu clan sino también porque fue tu salvador,» afirmó.

Lo atravesé con la mirada. Tendí la mano y me serví otra taza de moigat rojo diciendo:

«Déjame adivinarlo: sabes dónde está Lotus. Incluso tal vez sepas dónde está Boki, el otro Pixie que el Gremio robó. Y quieres que haga algo por ti a cambio de esas informaciones.»

«En realidad,» admitió Trylan con calma, «sobre todo tenía curiosidad por verte y asegurarme de que Tojira no había visto mal. Su vista será mejor que la mía, pero ya no es tampoco lo que era y aceptar que los Arunaeh hayan dejado que te ocurra algo así… bueno, me costaba creerlo. Ahora bien, si realmente quieres saber dónde está Lotus…» Se giró hacia su protector encapuchado de la esquina. «Seguramente Kibo puede hablarte de ello.»

Mi atención volvió a girarse hacia el enmascarado. ¿Ese protector conocía a Lotus mejor que Trylan? Agrandé mucho los ojos, levantándome. ¿Acaso él…?

«¿Padre?» balbuceó Kala.

Al viejo le dio un ataque de risa. Siseé.

“¿Puedes dejar de soltar bobadas, Kala? Ese tipo no es Lotus.”

Y dije:

«Arpías andantes, nahó. ¿Me estás vacilando?»

Trylan seguía riéndose y tan fuerte que esperé que no fuera a darle un ataque al corazón. El encapuchado se movió de pronto y lo vi avanzar hasta mí. Me sacaba una cabeza. Entonces, se quitó la máscara, desvelando un rostro gris y cuadrado cercado de mechones azules. Cuando me crucé con sus ojos, tragué saliva. Eran rojos. Rojos sobre fondo negro como los míos. Era incontestablemente un hijo de Lotus, pero no podía ser Roï, y Tafaria era ahora una nurona, ni tampoco era Lotus, entonces sólo podía ser…

«¿Boki?»

«Soy Kibo,» me replicó con voz profunda el enmascarado. Echó una mirada inalterable hacia Trylan de Rotaeda, que se estaba calmando ya. «Dice el maestro que te hable de Lotus, así que te hablaré de él.» Y mientras Kala nos llenaba los ojos de lágrimas de emoción, el tal Kibo retomó casi como si estuviera dando un informe: «Lotus sobrevivió a la guerra y fue encerrado por la familia de los Norgalah-Odali. Lo protegí hasta que Lotus se trasladó a la Academia. Entonces decidí servir al maestro…»

«¡Boki!»

Abandonando de pronto su inmovilidad estupefacta, Kala gritó y fue a abrazar al gigante repitiendo:

«¡Boki, eres tú!»

El grandote se quedó como una columna de piedra. Su armadura ligera olía a incienso y sudor. Sentí su cabeza girarse hacia Trylan.

«Maestro…»

Estaba incómodo. Igual que yo.

«Kala, ¿quieres dejar de abrazar a los desconocidos?»

«Pero es Boki, Drey, ¡es Boki!»

Las lágrimas caían a borbotones de mis ojos felices. Imágenes de un niño callado, peludo y bondadoso asaltaban mi mente. Sentimos de pronto unas manos forzudas y enguantadas apartarnos mientras el guardia decía con persistencia:

«Soy Kibo.»

Trylan se levantó juntando ambas manos con la calma de un monje.

«Interesante. Empiezo a entender mejor tu situación, Drey Arunaeh… Dos mentes en un cuerpo es algo fascinante. Te haré una propuesta. Te diré dónde está Lotus pero a cambio tendrás que prometerme algo.»

Kala se enjugó los ojos con la manga de mi túnica de destructor e inspiró ruidosamente.

«¿Sabes dónde está Lotus? ¿En serio, abuelo? ¿Sabes dónde está?» lo urgió.

«Sí, pero tendrás que pro…»

Kala lo interrumpió con un sollozo y nos tiró al suelo. La emoción lo ahogaba y entumecía todos los miembros de mi cuerpo. Dioses, qué exagerado…

«P-Padre,» tartamudeó. «¡Quiero verlo! ¡¿Dónde está?!»

Los ojos ilusionados que levantamos hacia el viejo Rotaeda arrancaron a este una mueca impaciente.

«Por Dézeseth, es la primera vez que veo a un Arunaeh poner una cara así, Drey A…»

«Drey y un infierno,» lo corté. «Ese es Kala, yo no tengo nada que ver, estoy del todo tranquilo y te prevengo que, si tu promesa es demasiado avariciosa, no voy a aceptarla.»

Kala saltó.

«¿Que no? ¡Haré lo que sea para ver a Lotus! ¡Si te pones en mi camino, Drey…!»

«No puedo ponerme en tu camino: estoy en el mismo cuerpo,» le repliqué, «y no te sulfures ahora: estamos negociando con un miembro del Gremio, te recuerdo.»

Trylan carraspeó con evidente diversión.

«¿Qué piensa tu familia de todo esto?»

Tanto Kala como yo movimos los ojos al mismo tiempo para fulminarlo. Me levanté.

«¿Qué va a pensar? Es mi cuerpo. Nuestro cuerpo. Hacemos lo que queremos con él. ¿Y bien, nahó? ¿Cuál es esa promesa?»

Trylan me miró con aire pensativo. Kibo había dado unos pasos hacia atrás volviendo a colocar su máscara, pero se había quedado a menos distancia que antes, como si el comportamiento inestable del huésped de su maestro lo hubiese inquietado seriamente. Suspiré. Había dicho Trylan que las resurrecciones conllevaban a menudo fallos y pérdidas de memoria… Nada nuevo, pero parecía que Boki lo sufría más que los demás Pixies, pues por lo visto ni siquiera reconocía como suyo su anterior nombre —aunque, ciertamente, el que se daba ahora era una mera inversión de sílabas.

«Bien,» dijo entonces Trylan. «Seguramente conocerás a Erla, mi nieta e hija-heredera de la familia.»

«No tengo ese placer.»

Sólo sabía que habían mandado con ella a mi compañero de trabajo a escoger un anobo. El anciano pareció sinceramente sorprendido.

«Bueno… Supongo que no debería sorprenderme. Los Monjes del Viento no son particularmente asiduos a la Corte del Gremio. ¿Qué decía? Ah, sí. Erla, al contrario que su padre, tiene un espíritu aventurero y peleón. Y un gran talento para las runas. El año pasado, con sólo quince años, quedó segunda en la Copa Celmista de Dágovil.»

Su voz rezumaba orgullo. No me inmuté y, tras un silencio, prosiguió con un deje paciente:

«Erla está decidida a viajar a la Superficie para participar en el Festival de Trasta. Su padre le ha dicho que no, pero ya sabes cómo es la juventud. Erla piensa ir de todos modos. Así que yo…»

«Se lo vas a impedir,» adiviné.

«¿Impedir? ¡Soy su abuelo!» protestó él con un tono defensivo súbitamente menos formal. «Si ella quiere ir al Festival y hacer más competiciones, ¿cómo puedo negárselo? Imagínate que tienes a una nieta bellísima y absolutamente genial y que la quieres de todo corazón…»

«No puedo imaginármelo,» lo corté. «Entonces, ¿qué quieres que haga?»

«Que la acompañes. Junto con Kibo.»

«¡¿A Trasta?!» grazné, incrédulo. Era la capital de Rosehack, estaba en la Superficie, ¿en qué iba a serle útil a esa muchacha consentida un destructor de roca?

«Pagaré todos los gastos del viaje, por supuesto. ¿Aceptas?»

Miré al anciano con cara suspensa. Me dedicó una leve sonrisa.

«Si la vieras, aceptarías de inmediato, muchacho.»

Huh. ¿Ese era su mejor argumento?

«Los Arunaeh no nos dejamos influenciar tanto por las apariencias, nahó. ¿De veras no has encontrado una persona más apropiada para el trabajo?»

«De veras, créeme. Además, los Arunaeh nunca me han decepcionado. Que sepas que a cambio te ganarás mi apoyo… y no hablaré de Kala, obviamente.»

Permanecí en silencio un instante, considerando la oferta. Iba mejorando. Tener el apoyo de un miembro de la segunda familia más influyente del Gremio, aunque fuera un viejo… Trylan puso los ojos en blanco.

«He olvidado comentarte. Erla es adoptada. Por casualidades de la vida se convirtió en hija-heredera de los Rotaeda. Ganó una apuesta contra su hermano compitiendo en los exámenes de la academia y sacó la mejor puntuación de toda su promoción. Tal es su talento. Pero, como abuelo suyo, la conozco lo bastante bien para saber que el puesto de líder del clan no haría más que estropearle la vida. Lo digo por experiencia así que… conócela, Drey Arunaeh. Tal vez tú… o Kala… podáis infundirle un poco de prudencia. Haciéndola recordar, quizá… Sé que su resurrección cambió totalmente a la persona y que Erla no es Lotus. Pero, quién sabe, un incidente o un suceso puede hacerle recordar el pasado. De interesarse por la bréjica, podría convertirse en la celmista más poderosa de todos los Pueblos del Agua. Por supuesto, confío en que guardarás el secreto sobre esto. Ella no sabe nada.»

Un silencio profundo cayó en la habitación. La ambición brillaba en los ojos del anciano. Espiré muy lentamente, tratando de calmar a Kala, aunque yo tampoco conseguía asimilar lo que acababa de decir Trylan. Según él, Erla era… Erla era… Por Sheyra, ¿Lotus se había reencarnado en una niña? ¿Y los Rotaeda la habían adoptado? ¿Qué delirio era ese? Kala dejó escapar un jadeo. Parecía a punto de precipitarse hacia la salida para ir a ver a esa nieta en el patio. Lo retuve. Necesitaba respuestas. Clavé mi mirada en el rostro de Trylan Rotaeda. Sabía que los de la Corte eran profesionales de la intriga y el engaño. ¿Me estaría gastando alguna broma? Revelarme que su nieta llevaba el espíritu del Gran Mago Negro era arriesgado.

«¿Por qué la adoptasteis?» solté.

Trylan puso los ojos en blanco.

«¿Quién no va a querer tener en su casa a un genio? No se acuerda de Lotus ni de sus conocimientos pero aprende a una velocidad increíble. Nos dimos cuenta los primeros y nos adelantamos a los Norgalah-Odali. A los cinco años ya destacaba. Es la pequeña joya de nuestra familia.»

Hice una mueca despreciativa.

«¿Por qué entonces arriesgarse a que recuerde? Dices que ella no sabe nada. Si no le habéis contado lo de Lotus, es que no quieres que se entere.»

«No quiero que se sienta perturbada por ello,» afirmó el anciano. «Pero si lograse recordar sus artes bréjicas… Teniendo en cuenta que Lotus era tal vez uno de los brejistas más hábiles de tu clan, si no el más hábil…»

«Es decir, te propones robar conocimiento bréjico a mi clan y me lo dices a la cara,» dije con calma. «¿No habría sido más útil pedirle a mi tío que le enseñara bréjica para despertar sus recuerdos?»

Trylan meneó la cabeza.

«Ya lo intenté. Varivak se negó. Dice que es inquisidor, no maestro. Y el profesor brejista de nuestra academia… no le cae bien a Erla. Es complicado. En cualquier caso, no te estoy pidiendo que hagas nada en particular. Sólo que la acompañes. Siendo la reencarnación de Lotus… no debería molestarte. Y siendo Arunaeh… estoy seguro de que aguantarás su carácter.»

Se aclaró la garganta. ¿Su carácter? Alzó una mano.

«Acabo de recordar que debo ir a presentar mis parabienes a la nueva pareja Isylavi. Habrán acabado ya la ceremonia… Buscaré el momento oportuno para presentarte a Erla. Si me dices dónde te hospedas, te mantendré al corriente.»

Kala me robó el cuerpo para protestar:

«¿No voy a ver a Lotus ahora? Dijiste…»

«Preferiría asegurarme de que no te va a mandar a tomar vientos,» lo cortó Trylan. «Conociéndola, no sería imposible.»

Huh… ¿A tomar vientos, eh? Meneé la cabeza. Si Lotus se hubiese encontrado encarcelado por el Gremio, sin duda no habría tomado la decisión temeraria de salvarlo sin el apoyo de mi familia, pero tratándose de una muchacha aprendiz de la Academia, hija-heredera de los Rotaeda… Mar-háï, no perdía gran cosa encontrándome con Erla aunque ella no recordase su vida pasada y, además, me daría una buena excusa para dejar Dágovil y regresar a la Superficie… Ya me imaginaba otra vez tumbado en la hierba verde entre Yánika y Livon, mirando las nubes. Me reí de mí mismo y solté:

«El Eslabón. Ahí me hospedaré estos días.» Trylan asintió, satisfecho. Vi venir el momento en que iba a dar por terminada la conversación y añadí: «Sólo una duda. Si ella tiene dieciséis años, Lotus se reencarnó obviamente hace menos. ¿Quién era ella antes y por qué se reencarnó Lotus?»

«¿Que por qué? Bueno… según me han contado, Lotus se resistía a hacerlo, pero lo obligaron, de alguna forma. Estaba enfermo y supongo que los Norgalah-Odali querían evitar que muriera y se perdiera con él tanto conocimiento. En cuanto a ella…» se encogió de hombros, «los dioses saben de dónde la sacaron. No me importan sus orígenes de todas formas.»

«¿Dirías lo mismo si hubiera sido un fracaso de nieta?» me burlé.

Los ojos pálidos de Trylan me parecieron de pronto gélidos cuando se posaron sobre mí.

«No hay fracasos entre los Rotaeda, joven mahí. Y si los hay, se esconden. ¿Acaso los Arunaeh no hacen igual? »

Leí en su pregunta un significado implícito que me turbó. ¿Hablaría de Yánika? ¿Del Sello? ¿O de mí? Retomó con tono ligero diciendo:

«¡En fin! Gracias por esta conversación. Hablaría más tendido, pero las responsabilidades me llaman incluso a mi edad.»

Me incliné profundamente, echando una ojeada hacia Kibo. El Pixie hacía todo para no mirarme, manteniendo una pose de guardia impecable. ¿Realmente lo habría olvidado todo? Sentía el malestar de Kala y adiviné que él tampoco sabía cómo actuar.

“¿Nos vamos a ir así, sin decirle nada a tu hermano?” pregunté.

Kala vaciló. Y para sorpresa mía respondió:

“Ya hablaremos cuando viajemos a Trasta. Dijo que él también vendría…”

Se dirigió hacia la salida con andar recto. Imposible, pensé. ¿Esperar, Kala? ¿Desde cuándo era tan paciente? ¡Teniendo a un Pixie ante él…! Como sospechaba, no pudo contenerse. Se giró en el umbral de la puerta corrediza y fijó unos ojos intensos en la máscara del gran saijit.

«Boki. Tal vez no recuerdes nada… pero te haré recordar. Te lo juro por el Sueño de los Pixies.»

Enmascarado como estaba, no pudimos ver su reacción. Kala se alejó y esta vez recordé ponerme los guantes. Si Trylan había comparado mi aspecto con el de su sirviente, seguramente lo harían los Norgalah-Odali. Quién sabe, tal vez ya lo había entendido Zenfroz, el comandante de los Zombras… Sólo esperaba que el que lo supieran no tuviera graves consecuencias.

Cuando bajé al patio de la Academia, no vi a Bluz en ningún sitio ni a ninguna muchacha con vestido azul. De modo que Erla ya debía de haber escogido el anobo. ¿Acaso ya estaba preparando su viaje hacia Trasta? Mientras caminábamos entre las estatuas de los Cuatro Inventores, directos hacia el portal, meneé la cabeza.

“Lotus, una hija-heredera, y Boki, un guardia de los Rotaeda. Sheyra equilibra las cosas de una manera extraña, ¿no crees, Kala?”

El Pixie enarcó una de nuestras cejas. Y se detuvo en seco en medio de la plaza.

“¿Equilibrar?” repitió. “No. No existe el Equilibrio si Lotus no puede recordar. No existen los dioses si mis hermanos no saben que lo son. No existen los sueños si uno los olvida.” Cerró los puños enguantados con tanta fuerza que nos dolió a los dos. “No existimos si no sabemos lo que somos. Por eso me preocupa tanto Boki, Drey…”

Nuestra visión se llenó de puntos negros mientras Kala desataba un río de emociones caóticas.

“¿Qué quieres decir?” me inquieté.

“Boki,” murmuró mentalmente. “Boki ha perdido el vínculo. Cuando toco a un hermano, siempre siento algo. Un vínculo que nos ata. Lotus lo creó antes de meternos en las lágrimas. Se lo pedimos nosotros, junto con los círculos de Sheyra. Pero el vínculo de Boki no lo he sentido…”

“Espera un momento,” lo corté incrédulo. “¿Me estás diciendo que Lotus creó un vínculo bréjico entre vosotros y que se activa cuando os tocáis? Eso es nuevo. ¿Qué clase de sortilegio es ese?”

“¿A mí me lo preguntas?” masculló Kala. “Yo no tengo ni idea de esas cosas. Si me hubiese fundido contigo y hubiese aprendido bréjica, a lo mejor sabría hacer lo mismo que Rao y Lotus.”

“Tranquilo, no habrías podido. Ni siquiera sabes leer,” me burlé.

Kala gruñó. Teniéndolo en mi mente, percibí su estado de ánimo de inmediato y resoplé.

“¿No irás a ofenderte?”

No me contestó y reanudó la marcha por el patio. Se había ofendido. Attah… Añadí:

“No saber leer no es malo, Kala. Cada uno tiene sus cualidades, y el no saber hacer algo también puede ser una ventaja.” Marqué una pausa. “Vamos, Kala, no te enfades, es ridículo. Por eso querría a veces que mi Datsu te alcanzara a ti también, así dejarías de comportarte como un niño. Mar-háï, ahora deberías estar alegre: vamos a ver a Lotus sin tener que sacarlo de ninguna jaula del Gremio, si acaso escapar de la vigilancia de su padre. A Rao seguro que le entra una decepción de mil demonios, con todos los artilugios que ha metido en la ciudad… ¿Kala?”

Llegábamos ya al portal y había notado un cambio en el ánimo del Pixie. Entrecerré un ojo.

“¿Me estás escuchando, Kala?”

Los labios se nos torcieron en una mueca burlona.

“Mmpf. No. ¿Para qué? Sólo decías tonterías. Ya sabes que yo no me ofendo tan fácil.”

Menos mal que yo tampoco me ofendía… Kala no añadió nada y me dejó incluso mover el cuerpo sin protestar. Diablos, ¿en qué estaría pensando? En Lotus o Boki y su vínculo perdido, quién sabe. El caso es que estaba inhabitualmente meditativo.

Acababa de pasar el portal cuando sentí un repentino aire moverse a mi derecha: una mano me agarró del brazo y me estiró. Recuperé el equilibrio mientras veía a cuatro anobos entrar en la Academia a toda prisa. Menudos acelerados… Iba a mirar a mi salvador cuando, súbitamente, uno de los cuatro jinetes me llamó la atención. Una muchacha, sobre un anobo de raza rojinegra, llevaba un vestido azul. Kala inspiró, suspenso, al ver de refilón el rostro sonriente y joven de la kadaelfa. Sus dos trenzas entrelazadas, de un azul safiro, estaban surtidas de alhajas plateadas. Por un instante, volví a ver la imagen de Lotus con su máscara blanca… y sonreí, deteniendo a Kala antes de que hiciera ninguna tontería.

“Si la llamas Padre, te juro que no le echo sal a mi comida durante un mes,” lo previne.

Kala se quedó inmóvil, pero replicó en voz alta:

«Mi salvador vale toda la sal del mundo.»

A mi lado, Saoko me echó una mirada aburrida.

«Qué fastidio. No soy tu salvador.»

Le dediqué una amplia sonrisa.

«Perdón, pero sigo pensando que vales toda la sal del mundo, Saoko. Sin ti los dokohis me habrían empalado, Kala no habría encontrado a Rao y los anobos me habrían aplastado… ¿Cómo supiste que estaba aquí?»

El brassareño torció los labios y señaló algo con la barbilla del otro lado de la ancha avenida. Enarqué una ceja, curioso, y miré. Ahí, había una taberna con una terraza cubierta de cristaleras transparentes. La reconocí: era el ala norte de La Vanganisa. Desde una ventana, vi a Yánika alzar la mano hacia mí y, seguramente fue mi imaginación, pero creo que percibí su aura jovial desde ahí. Al acercarme con Saoko, constaté que se encontraba con Yodah y otros numerosos comensales… Casi todos miraban en dirección a una persona, en cabeza de mesa: Perky de Isylavi. El drow pelirrojo alzaba una copa a sus invitados y se giraba risueño hacia una humana. Ambos iban vestidos con túnicas naranjas, símbolo de la unión. Sonreí anchamente. Así que finalmente el científico había llegado a tiempo para realizar su sueño.

Entré en la taberna, y esta vez Saoko no me siguió: adiviné que, de todas formas, los guardias, en la puerta, no lo habrían dejado entrar con tantas armas. Cuando llegué a la sala, el discurso de los novios ya había acabado y la gente estaba de pie, conversando en pequeños grupos. Me avancé hacia Perky y le deseé buena fortuna con formalidad. El científico inclinó la cabeza, radiante, y se giró hacia su esposa, quien charlaba un poco más lejos con voz alegre. Tuve la impresión de que ni siquiera me reconoció. Debía de estar realmente abrumado.

Me alejé, buscando a Yánika y Yodah entre tanto rostro —había tanta gente en la sala que apenas conseguía distinguir el aura de mi hermana. Estaba rodeando una mesa y un gran tiesto con una planta exótica cuando me topé con el maestro Draken sentado en su silla de ruedas. Llevaba una copa en la mano. Sonreí interiormente y me acerqué saludándolo:

«Creo que es la primera vez que te veo con una copa en la mano y no con una botella, maestro.»

Draken me dedicó una mueca burlona.

«Siempre tan oportuno. Así que tú también estás aquí. Me han comentado que estuviste trabajando para el Gremio y que te has llevado una bonita recompensa. Paga mejor esto que los trabajos con esos cazarrecompensas, ¿eh?»

Me encogí de hombros pensando que el dinero ganado iría directo a pagar la deuda de mi hermano, de lo cual no me arrepentía: más me molestaba no haber destruido aún el diamante de Kron que me había dado. Una voz a mis espaldas soltó entonces:

«¡Drey!»

Me giré y vi a Pargwal de Isylavi pasar junto a mí. El joven Monje del Viento me murmuró:

«Me alegro de que estés recuperado. La tarea no era fácil.»

Lo decía con sinceridad. Entendí que había oído hablar de nuestra aventura con las Gemas de Yarae. El asunto lo interesaba, lógicamente: él había sufrido los efectos de esa reliquia durante más tiempo. Parecía repuesto, sin embargo, aunque su piel oscura de drow estaba algo pálida. Le respondí con una sonrisilla.

«¿Quién es el mejor entonces?»

Pargwal agrandó levemente los ojos y, de pronto, soltó una carcajada.

«¿Quieres echar otra batalla rocal?»

«Si te aburres,» acepté. «Voy a quedarme en la capital unos días. Por cierto, dale las gracias a tu madre por la sopa. Estaba riquísima.»

Pargwal se carcajeó.

«¿También has tenido que beber de eso? Por los dioses, si supieras la de sopas revitalizantes que nos hacía de pequeños… Por algo me ordené en el templo. Me pregunto cómo mis hermanos siguen vivos.»

«¡Te he oído, hijo ingrato!»

Una drow vestida en un elegante y portentoso atuendo se detuvo junto a nosotros y asestó un golpe de abanico a Pargwal. ¿Huh…?

«Madre…» protestó Pargwal. «Estaba bromeando… o no,» añadió muy bajito.

Los ojos rojos de Rayel de Isylavi se posaron sobre mí. Me incliné.

«Gracias por la poción revitalizante de anoche, nahó.»

Rayel abrió y agitó su abanico afirmando:

«No hay de qué. Mi hijo tiene ya pocos amigos, no iba a dejar que perdiera a uno.» Pargwal torció el gesto mientras ella continuaba: «¿Debes de ser Drey Arunaeh, verdad? Veo que los rumores sobre tu extraña apariencia son ciertas. Esa mutación… ¡parece interesante! ¿Afecta hasta tu Datsu? ¿O es sólo apariencia? Y esos ojos… ¡Ho! Tu amigo es intrigante, Pargwi.»

Rayel de Isylavi era sin duda una alquimista nata, interesándose por mi caso con tal franqueza… Pargwal abrió la boca con claras intenciones de rescatarme. Hablé antes.

«Por fortuna la mutación no afecta mi Datsu. Gracias por el interés, nahó. Por cierto, el Gran Monje del Viento me pidió ayer que te entregara una carta. Si no es mucha molestia entregártela ahora…»

Saqué la dicha carta de mi mochila y se la tendí. Rayel le pasó el abanico a su hijo y, para sorpresa mía, abrió la carta ahí mismo. La leyó en unos segundos, alzó la vista hacia mí y un brillo de diversión pasó en sus ojos llenos de condescendiente benevolencia.

«En la postada, el Gran Monje encomienda al portador de la carta la tarea de asegurarse de la buena salud de Pargwal y os pide a ambos que sigáis en contacto. Parece que quiere que forméis un equipo. ¿Qué opinas, Pargwi?»

Sin esperar respuesta, Rayel recuperó su abanico y se marchó haciendo un simple gesto de cabeza. Tragué saliva. ¿Equipo…? ¿Se refería a un equipo de destructores? Lústogan y Sharozza habían formado uno, hacía años, como muchos jóvenes destructores; era algo común para llevar a cabo misiones pero… Ese viejo entrometido… estaba claro que quería atarme a un equipo para evitar que me fuera de nuevo a la Superficie con los Ragasakis. Tch.

«Yo…» carraspeó Pargwal. Por lo visto la noticia lo había dejado tan sorprendido como a mí. «Supongo que… si lo propone el Gran Monje, no me queda otra que aceptar.»

¿Qué clase de aceptación era esa? Resoplé.

«No es nada personal, Pargwal, pero no tengo pensado aceptar trabajos de destrucción en los meses venideros.»

«¿Eh…? Er… Yo tampoco,» aseguró Pargwal cruzándose de brazos. «Tengo pensado hacer como Perky, aprovechar la juventud y casarme. Sí. Aunque todavía no sé con quién…» Le echó un vistazo al recién casado que charlaba, algo más lejos, y sonrió. «¡Mar-háï, Perky, ese sortudo! Esa chica no tendrá una fortuna, pero es un verdadero encanto. ¡Recemos para tener tanta suerte, Drey…! Aunque…» Me miró con curiosidad. «Oí decir que tú ya andabas conociendo a gente.»

Sin duda, se refería a Rao. Las nuevas volaban como los paiskos. Puse los ojos en blanco. No supe qué contestarle. Por suerte, en ese momento, Perky llamó a sus hermanos porque quería sacar una imagen fija con esos aparatos recién inventados que algunos llamaban capturadores. Los grupos se rompieron y al fin pude acercarme a Yánika y Yodah, junto a las cristaleras. Mewyl se había unido a ellos; debajo del brazo, llevaba dos libros con el sello de la biblioteca de la Academia. No parecía haber llegado a la fiesta por voluntad propia y adiviné que el hijo-heredero lo había arrastrado ahí de alguna forma. Este último me echó un vistazo general.

«Es la primera vez que veo a un Monje del Viento con túnica y guantes de destructor en una boda,» soltó.

Me eché una ojeada, sorprendido. Ahora me fijaba. Yánika sonrió ampliamente.

«¡Le va muy bien!» aseguró. «Hermano, ¡es la primera vez que iba a una boda! Fue casi como si hubiese entrado en el panteón de los dioses. El sacerdote del templo hablaba con rimas. ¡No sabía que las Escrituras Sagradas de Mahúra pudieran ser tan bonitas!»

«Acabas de confesar que ni te las has leído,» me burlé.

Yánika avanzó los labios, divertida.

«Apuesto a que tú tampoco. ¿Qué tal el trabajo?»

Sonreí y puse las manos en los bolsillos de mi túnica contestando:

«Perfectamen…»

Callé de pronto al notar un objeto metálico alargado en mi bolsillo izquierdo. ¿Y eso? Al sacarlo para mirarlo, palidecí. Era la llave, la reliquia de los Rotaeda que había sido liberada de las Gemas. Recordaba haberla metido ahí en la sala de las runas pero…

«Arpías andantes,» dejé escapar en un murmullo ahogado. Yánika y Yodah alzaron las cejas al mismo tiempo, Mewyl me miró expectante, y cuchicheé: «¿Por qué me pasa esto? Me metí la reliquia en el bolsillo por reflejo. Se me olvidó completamente…»

«Has metido la pata,» se rió Kala.

Qué bien se desinteresaba ese maldito… Yodah tendió la mano.

«¿Puedo verla?»

Me la cogió y me fijé en cómo su Datsu se esparcía más en su rostro. Me sonrojé. Diablos. ¿Pero por qué nadie se había dado cuenta antes? Una reliquia no era simple chatarra… De pronto, para asombro mío, Yodah metió la llave en su propio bolsillo y dijo con calma:

«Todo va bien. Esto es nuestro.»

¿Nuestro? Intercambié una mirada atónita con mi hermana y el hijo-heredero de nuestra familia explicó por vía mental, girándose hacia la animada sala:

“El Gremio nos dijo que había sido perdida durante la guerra. Nunca la había visto, pero sólo puede ser lo que creo: la Llave de la Mente. Lleva el símbolo de Sheyra en la varilla, ¿no te has fijado? Es nuestra,” afirmó. Y sus labios se curvaron. “Seguramente por eso no te habrán dicho nada: porque pensaron que la habías reconocido y no la querías soltar. Ya que saliste de la Academia, apuesto a que tus clientes eran los Rotaeda, ¿verdad? Dudo de que le hayan dado mucho uso a esta reliquia… Se cuenta que sólo Dahila, la Quinta Selladora, sabía usarla correctamente. Pero creo que nos va a venir de maravilla.” Le dedicó una sonrisilla a Yánika y me miró con divertida satisfacción. “Qué curiosa es la vida, ¿eh?”

Lo miré un momento sin reaccionar. ¿Así que los Rotaeda habían olvidado la reliquia adrede? ¿Porque creían que yo la había reconocido…? De pronto, Yánika se echó a reír.

«¿De verdad no sabías que te la estabas llevando, hermano?»

Se desternillaba de risa y los invitados de Perky, ya alegres, empezaron también a reírse, unos más abiertamente que otros. Puse los ojos en blanco con el Datsu ligeramente desatado.

«Yani… Menos mal que no estamos en un entierro.»

En ese momento, oímos un resoplido y Yodah y yo nos giramos bruscamente hacia Mewyl. Su expresión, por un segundo, no nos dejó dudas: ¡había reído! Enseñé todos mis dientes y dije:

«He ganado la apuesta.»

«Ha sido Yánika, no has sido tú,» protestó Yodah.

«Se ha reído por lo del entierro.»

«¿Cómo lo sabes?»

«Porque se rió justo después, » intervino Kala, apoyándome.

Sentí un impulso de confianza hacia el Pixie. En la sala, seguían oyéndose risas, pero Yánika ya se estaba recuperando y nos miraba, intrigada. Yodah declaró:

«Preguntémoselo. Tío Mewyl…»

Nos fijamos entonces en que Mewyl se había alejado, seguramente aburrido por nuestra apuesta de la infancia. Intercambié una mirada con Yodah y resoplé de lado:

«Pues gana Yánika.»

«¿Gano el qué?» preguntó esta, desconcertada.

La miramos ambos con curiosidad. ¿Qué deseo nos pediría?