Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

22 El voto de los Yaraga

“Estoy seguro de que lo harás bien,” había dicho mi padre. Dioses de los demonios… dos horas después de empezar a tantear la llave y las Gemas, yo ya no estaba tan seguro.

El material de las Gemas era resistente y maleable, algo bueno porque era más difícilmente rompible, y malo porque se mantenía agarrada a la llave de los Rotaeda tan bien que esta no se había movido. Es más, había seguido hundiéndose unos milímetros.

«¡Maldita llave!» siseó Sharozza.

Estaba perdiendo los nervios. Los bloqueadores acostumbraban hacer trabajos bien ruidosos, eficaces y grandiosos. No les iban las tareas minuciosas como aquella. Antes de que le propinara una patada a la llave, la tranquilicé alzando una mano.

«Déjame a mí. Me toca.»

«No, me toca a mí,» intervino Bluz. «Yo… no he hecho nada todavía.»

No era cierto: había ayudado a tantear y había sido el primero en fijarse en el murmullo confuso que se oía cada vez que se tocaban las Gemas o la llave. Y había guardado la calma. Lo dejé de todas formas. No quería que se sintiese inútil en su primer gran trabajo.

El joven monje se adelantó y tocó la llave. Su mano tembló un poco. Sólo un poco. Sonreí. Estaba aprendiendo rápido a controlarse. Yo era testigo: cuando había tocado las Gemas por primera vez, había sentido como si una de esas guls de los libros me arrancara el alma y mi Datsu se había desatado de golpe. Mi jaipú, en mi interior, aún temblaba como un anobo apaleado.

Bluz siguió con nuestro plan: despegar el extraño cristal de las Gemas poco a poco, introduciendo finas láminas de papel especial entre este y la llave para evitar que siguiese absorbiendo su energía. Consiguió empujar una que ya estaba. El mayor éxito de la última media hora, me alegré.

«Es extraño,» murmuró Bluz. «Es un poco como si estuviesen hablando dentro. Son como voces.»

Alcé la cabeza. ¿Voces? Tocó las Gemas con ambas manos. Fruncí el ceño. ¿Qué estaba haciendo? Lo oí entonces aspirar una bocanada de aire.

«Drey. Sharozza. Hay… ¡hay gente ahí dentro! Están hablando, están…»

Jadeó de pronto y se tambaleó. Me apresuré a acercarme y a agarrarlo. Pero se cayó igual.

«Hey. Hey,» me inquieté, tumbándolo.

Bluz respiraba precipitadamente. La luz blanca de la sala iluminaba su rostro lívido como la caliza. Intercambié una mirada alarmada con Sharozza y ambos exclamamos:

«¡Buz!»

«¡No te mueras, novato!» le gruñó Sharozza, inclinándose sobre él.

«¡No te mueras, Buz!» balbuceó Kala.

El humano sonrió muy levemente.

«Soy Bluz, no Buz,» resolló. «Y seré novato, pero creo que he entendido por qué las Gemas no sueltan la llave. Son… los Yaraga. Simplemente… no… quieren… soltarla. Drey, Sharozza, creo… que me estoy muriendo… lo siento… Mi maestro… prometí a mi maestro que sería prudente y yo…»

Dos lágrimas corrían por sus mejillas cuando calló de pronto. Mi Datsu se desató al verlo cerrar los ojos. Sin embargo, seguía respirando. Se había desmayado. Oí pasos precipitados y alcé la mirada hacia el equipo de expertos que se acercaba. Se llevaron a Bluz lejos de las Gemas, hasta donde estaban las mesas. Lo tumbaron en una de ellas y uno de los celmistas, curandero por lo visto, se dispuso a examinarlo. Sharozza y yo lo observamos con cierta inquietud. Las palabras de Bluz me habían intrigado. Había hablado de los Yaraga, los fanáticos que se habían suicidado, ofreciendo sus jaipús a las Gemas. ¿Podía ser que las Gemas no solamente hubiesen absorbido la energía interna sino también, de alguna manera, sus mentes?

Al fin y al cabo, esa reliquia había servido para crear un programa bréjico en los collares de los dokohis pero… eran Lotus y Rao los que habían creado ese programa. Eran ellos los que habían fabricado el trazado ayudándose de las Gemas. Entonces, ¿cuál era exactamente el poder de estas?

«Vuestro compañero está muy débil,» reconoció entonces el curandero. «Un poco más y podría haber sido mucho más grave.»

Mucho más grave, me repetí. ¿Pero cómo? Si tenía los guantes con runas como nosotros y no había tocado las Gemas más que con sus manos… Oí los dientes de Sharozza rechinar.

«Volvamos,» me propuso. «Vamos a sacar esa maldita llave de una vez por todas, Drey. ¡No dejaré que Bluz se sacrifique en vano!»

Por una vez que pronunciaba su nombre correctamente, el joven monje no podía oírla. Regresamos hacia las Gemas de Yarae. Mi Datsu seguía desatado. Pero no me molestaba: no necesitaba sentimientos ahora. Toqué el lugar de contacto entre la llave y el cristal y me concentré.

Al de un rato, me percaté de que efectivamente lo que había confundido con un chisporroteo energético eran en realidad voces. Voces de hombres, mujeres y niños. Voces bréjicas. Tras escucharlas un momento y tratar de distinguirlas, llegué a la conclusión de que el tono era todo menos amigable. Era más bien insultante. Ladraban como una jauría de perros.

Examiné mi jaipú. Obviamente, no lo controlaba tan a menudo como el tallo energético. Por eso no sabía muy bien hasta qué punto estaba siendo absorbido. Pero no me daba la impresión de que estuviese en mal estado tampoco. De rodillas, junto a la llave, lancé un sortilegio bréjico hacia las Gemas.

“¡Vosotros! ¿Por qué queréis esta llave?”

Sentí una respuesta inmediata: un silencio seguido de un rugido dirigido hacia mí. ¿Habría intentado Bluz lo mismo? En cualquier caso el «ataque» topó contra mi Datsu. No supe muy bien por qué, pero parecía como si la cantidad de jaipú absorbida dependiese de la capacidad de las Gemas a establecer contacto bréjico con el ser vivo que la tocaba. Es decir, que el Datsu me protegía en cierta medida.

Esa era una buena noticia.

Ahora, me tocaba intentar hablar con esas consciencias apresadas. Si es que realmente se podía hablar con ellas. Alcé una mano para decirle a Sharozza que todo iba bien y solté por bréjica:

“Hey. Vosotros, los Yaraga. Tengo algo que deciros: a mí me importan una drimi vuestras Gemas y esa llave, pero acabáis de atacar a un compañero mío y eso no lo perdono. Os habéis refugiado en esta reliquia creyendo que estáis seguros porque nadie va a destruirla, ¿eso pensáis, verdad?” Estaban escuchando. Sonreí de lado. “Ingenuos. Si no soltáis la llave, voy a partir estas Gemas en dos y no vais a poder hacer nada contra mí porque vuestra reliquia no me afecta…”

“¿Y por qué no lo haces ahora?” exclamó una voz lejana. “¿Por qué no nos destruyes si puedes? ¡Esbirro del Gremio! ¡Nosotros sólo escuchamos los deseos de Lotus, nuestro dios!”

Se oyó un tumulto. Suspiré. Y Kala se enervó.

“¡Malditos! ¡Lotus no es un dios, es mi padre!”

Aquello generó un silencio seguido de protestas y maldiciones. Carraspeé mentalmente.

“Ahí no te ha salido tan bien tu papel de consejero espiritual, Kala.”

Marqué una pausa constatando con sorpresa la furia del Pixie. Dejó de pronto escapar un rugido bréjico que impuso el silencio en la reliquia.

“¡Me revienta!” rugió. “¡Habláis de Lotus como si fuera un ser divino! ¡Lotus no es un dios! ¡Lotus está vivo! ¡Dejad de hablar de Lotus como si lo conocieseis, banda de ignorantes!”

Soltó un jadeo de despecho. Yo me contenté con hacer otro gesto hacia Sharozza para tranquilizarla… y me di cuenta de que la Exterminadora había posado una mano en las Gemas. Por su mueca de asombro, entendí que estaba escuchando la conversación. Attah… Le dediqué una sonrisilla como diciendo: esto es todo teatro, por supuesto. Sólo que Kala estaba imparable.

“No sé cómo habéis llegado hasta el extremo de dar vuestra vida por una chatarra con energía. No puedo imaginarme peor tormento que el que viví yo, y recuerdo haber deseado la muerte para vergüenza mía, pero aquí sigo, ¡viviendo! Y todo gracias a Lotus, mi padre, que me salvó de mi ignorancia. ¡Avergonzaos! ¡Avergonzaos ante él! ¡Avergonzaos, saijits sin nombre, porque habéis atacado al inocente Buz!”

Sharozza tenía los ojos agrandados. Y yo también. Las Gemas de Yarae se habían puesto a brillar. Y a chillar por bréjica. Los Yaraga se lamentaban.

“¡Yo no quería morir!” aseguraba uno.

“¡Lotus nos dejó una misión!” decía otro. “¡Nos mandó proteger las Gemas que tanto dolor causaron en el pasado! ¡Las protegimos contra el Gremio! ¡Nadie volverá a acercarse a nuestra reliquia! ¡El Gremio no volverá a aplastarnos!”

“¡Mamá!” gritaba una niña llorando. “¡Quiero salir, quiero salir!”

Pronto se me llenó la cabeza de una algarabía atronadora. ¿Cuántos eran? ¿Cuarenta? ¿Sesenta? ¿Cien? Demasiados para entenderlos a todos. ¿Cómo es que Rao había llegado a fundar una secta tan numerosa? ¿Cómo es que la había dejado sin antes desbandarla? ¿Era cierto… que les había mandado proteger las Gemas? ¿Eran acaso realmente unos fanáticos? ¿O bien unos idealistas? ¿Cuál era la diferencia?

“¡Quiero salir!” repetían varios niños.

“¡Entonces, salid!” les replicó Kala. “¿Por qué os quedáis ahí dentro? ¡Salid!”

¿Y cómo diablos iban a salir si no tenían cuerpo? Resoplé. Kala deliraba. Era imposible intentar conversar con esa gente. Estaba desesperada, desengañada de la vida y, por las palabras que oía contra el Gremio, entendí que más de uno ahí había sufrido las consecuencias de la Guerra de la Contra-Balanza. El odio los movía con una fuerza certera: las Gemas de Yarae comenzaron a emitir un pitido perceptible en toda la sala. Varios miembros del equipo de los Rotaeda soltaron preguntas inquietas entre ellos. Los Yaraga aullaban tan fuerte que casi casi… parecía que iban a hacer explotar las Gemas. Cosa que me hubiera gustado, por un lado, porque eso habría significado que el Gremio no iba a poder usarlas para sus experimentos. Pero por otro lado me iba a quedar sin recompensa… y con la explosión tal vez no íbamos a salir de ahí tan bien parados.

Oí, de pronto, un ruido metálico bien claro y bajé una mirada incrédula hacia el suelo. La llave… había sido escupida por las Gemas de Yarae y había caído junto con las láminas de papel. No me lo podía creer. ¿En serio…?

Advertí entonces la tez pálida de Sharozza y me abalancé antes de que la bloqueadora golpeara el suelo.

«Estoy bien…» masculló.

«Mientes peor que mi hermana,» le repliqué.

La aparté de las Gemas y dejé que los demás en la sala tomaran el relevo. La llevaron a una mesa junto a la de Bluz. Sharozza gruñía.

«¡Que estoy bien, os digo!»

Recuperé la llave, la hundí en mi bolsillo y me alejé de las Gemas. Estas parecían tan vivas que tenía la impresión de que en cualquier momento podían abrir la boca, sacar la lengua y tragarme todo entero. Traté de recobrar la respiración. Me sentía débil. Pero no lo suficiente como para desfallecer. Las Gemas emitían un pitido cada vez más insorportable. Me quité la máscara para taparme los oídos con los protectores que siempre llevaba conmigo. Iba a recolocarme la máscara cuando, de pronto, uno en la sala clamó:

«¡Las runas se están rompiendo!»

Vi claramente cómo los círculos energéticos en el suelo de la sala se iban apagando uno a uno. Retrocedí con rapidez hacia las mesas y me quité un tapón del oído.

«¿Qué está pasando?» pregunté.

Tojira, el guía que nos había hecho firmar los contratos, me miró con cara lívida.

«No lo sé.»

«¡Por favor, desalojen!» gritó entonces uno que parecía ser un profesor pese a ser bastante joven.

«¡Desalojen a los heridos!» retomó un estudiante.

Varios cargaron con Bluz y Sharozza y se movieron hacia la salida mientras el resto se concentraba en rehacer los círculos de runas tan rápido como les era posible. Si no lo conseguían a tiempo… a saber lo que podían hacer las Gemas ahora que estaban tan furiosas. Un estudiante que regresaba de la entrada me soltó:

«¡Desaloja, por favor, el lugar ya no es seguro!»

Alcé una mano tranquila.

«Lo sé. Pero si las Gemas estallan, será mejor que esté ahí para protegeros. Me quedo.»

«Y yo también,» lanzó Sharozza desde las puertas.

Entró de nuevo y caminó hasta mí. Apenas se le notaba que estaba sin fuerzas. Puse los ojos en blanco y le repliqué en voz baja:

«No hagas más de lo que puedas. Lústogan no me lo perdonaría.»

Los ojos de la bloqueadora refulgieron.

«Y yo no me perdonaría si alguien muriese por nuestra culpa. No sé por qué has empezado a decirles todo eso a esos Yaraga, pero parece que no les ha gustado.»

«Al menos la reliquia escupió la llave,» me justifiqué, sacándola de mi bolsillo.

Esta pesaba bastante. El aro y la varilla eran negros pero la otra extremidad tenía un brillo de un verde azulado. La volví a meter en el bolsillo dentro de mi túnica, volví a ajustarme la máscara y me puse en posición detrás de dos runistas mientras Sharozza se colocaba al lado opuesto. Fijé mi mirada sobre los cristales rojos de las Gemas. Sus puntas se habían vuelto blancas y refulgían casi como el sol iluminando el techo de la sala en un abanico de luz.

Reprimí una mueca tensa.

“La que has liado, Kala.”

* * *

Estuvimos así un tiempo interminable: los runistas rehaciendo los círculos que las Gemas rompían y Sharozza y yo manteniendo el trazado de un escudo órico listo para ser activado en caso de emergencia. Al cabo, entendí que los runistas no podían más. Capté más de una mirada sombría. ¿No me estarían echando la culpa por haber estropeado las Gemas? Entonces, uno se levantó soltando:

«Esto es inútil. Las Gemas no se están calmando. ¿Qué hacemos, profesor?»

Los ojos del aludido brillaban de aprensión. ¿Aprensión? Miedo, más bien. Ignorábamos de qué eran capaces las Gemas en ese estado. En todo caso, tenían pinta de absorber el jaipú con todavía más eficacia. Incluso alcanzaban aspirar el jaipú presente en las runas de contención, destruyendo estas. Tras un silencio tenso en el que tan sólo se oía el chisporroteo energético de las Gemas, lancé:

«Dejad que compruebe algo.»

Me avancé ante las miradas atónitas de los runistas. El joven profesor protestó tendiendo una mano hacia mí:

«¡Es peligroso…!»

Ignorándolo, seguí avanzando, llegué ante las Gemas y engañé mi Datsu para que se desatara todo lo posible. Nunca lo había forzado tanto voluntariamente. El caso fue que la cantidad de jaipú absorbida bajó drásticamente. Alcé una mano hacia el cristal. Vi el reflejo de mis ojos destellar, más rojos que las Gemas.

Cuando mi mano enguantada tocó la reliquia, una ráfaga bréjica acometió contra mí. Por los altibajos en las voces, daba la impresión de que las almas de los Yaraga se agitaban en su prisión. No las de todas: las más eran voces de niños. Los mayores trataban de calmarlos. Solté:

“Yaraga. ¿Conocéis a Rao?”

En medio del lamento de los niños, oí un silencio profundo. La voz de un hombre respondió:

“¿La conoces tú?”

De modo que la conocía. O bien no la relacionaba con su dios Lotus o bien no sabía que era ella la que había creado a los dokohis con el verdadero Lotus. Fruncí el ceño y, sin contestar, lancé:

“Las Gemas crearon a los dokohis. Me preguntaba de dónde sacaban a esos famosos Espectros de la Angustia indispensables para los collares. Pero no fueron capturados, ¿verdad? Los ‘espectros’… los crean las Gemas. A partir de los saijits que se meten en ellas. ¿Me equivoco?”

Observé cómo los Yaraga se habían acallado, incluidos casi todos los niños. El pitido de las Gemas desapareció. Que nadie rebatiese mi teoría me hubiera seguramente afectado de no ser por el estado actual de mi Datsu.

“Si es eso cierto,” proseguí, “entonces, o bien las mentes en las Gemas se deterioraron al ser transpuestas en los collares, o bien lo hicieron antes. En tal caso, con el tiempo, vuestras mentes irán pareciéndose a las de los espectros, seréis incapaces de recordar por qué estáis ahí dentro y no podréis proteger las Gemas por las que os sacrificasteis. Para colmo, el Gremio os usará para crear tal vez nuevos collares. Un triste final.”

Me alcanzó una oleada bréjica que no conseguí entender. ¿Un sentimiento? ¿Incomprensión, tal vez?

“Los has destrozado, Drey,” dejó escapar entonces Kala, alarmado.

¿Que los había destrozado? Miré mi mano enguantada contra el cristal. ¿Se refería a emocionalmente?

“Es el objetivo,” dije entonces. “Dieron sus vidas para que las Gemas no volvieran a utilizarse y acabaron siendo usados por estas. Está bien que lo entiendan. Animar a la reliquia a aspirar jaipú es contraproducente. Lo mejor que pueden hacer es intentar destruir las Gemas desde dentro.”

Oí voces detrás de mí. Había más gente en la sala, inquiriendo nuevas. No me desconcentré. Un Yaraga lanzó:

“¿Destruirlas? Sin duda tú no estás con el Gremio o te estás burlando de nosotros… Si de verdad conoces a Lotus… dile que nosotros esperamos sus órdenes. Dile que no nos molesta haber dado nuestras vidas para proteger las Gemas. Era nuestro voto, nuestra promesa. Dile que compartimos su sueño desde lo más hondo.”

“¿Su sueño?” repitió Kala, intrigado. “¿Os habló de…?”

“El Sueño de los Pixies,” explicó el Yaraga. “La armonía del caos. Hemos caminado en la senda para una vida mejor, contra la oscuridad del Gremio y sus mentiras. Y contra el uso de las reliquias. Muchos de nosotros hemos sufrido persecuciones sin ser siquiera simpatizantes de la Contra-Balanza. Nos encontramos en medio del conflicto, un conflicto que siguió royéndonos por dentro incluso después de la guerra… Pero no nos resignamos. Seguiremos caminando hasta el final. Y destruiremos las Gemas cuando llegue el momento. Por eso, si sabes dónde está nuestro dios… por favor, dile que no es culpa suya si morimos. Fue nuestra decisión conjunta.”

Sentí que había gente que se acercaba detrás de mí. Tosí levemente, respirando con dificultad. Si con «nuestro dios» el Yaraga se refería a la Rao disfrazada de Lotus…

“Se lo diré,” prometí. “Si realmente sois capaces de destruir estas Gemas desde dentro, entonces os lo dejo en vuestras manos: destruirlas ahora me pondría en una situación delicada. Firmé un contrato.”

“¿Puedo conocer tu nombre, compañero?” preguntó entonces el Yaraga.

Compañero, decía… ¿A qué venía esa familiaridad? Hice una mueca, indeciso.

“Kala,” dijo el Pixie. “Soy Kala.”

En ese preciso instante, unas manos me agarraron para apartarme de las Gemas.

«¡Drey!» decía la voz de Sharozza. «¡Estás loco! ¿Qué haces apoyando la frente contra el cristal? ¡Cabeza de anobo!»

¿Había apoyado la frente contra el cristal? Ah, sí. Había sido para oír mejor a los Yaraga, ¿no? Alguien me quitó la máscara sin miramientos. Gruñí.

«Sharozza… No me maltrates. Estoy bien.»

«Mientes peor que tu hermana,» me retrucó la bloqueadora, vengativa, mientras me arrastraban unas manos lejos de las Gemas.

Mi jaipú realmente había sufrido, me fijé. Era extraño. Hubiera jurado que no había sido para tanto… Pero ahora que mi cuerpo reposaba sobre una camilla, la fatiga me aplastó como una roca, mis brazos cayeron a ambos flancos como dos sacos de arena y entreabrí los párpados creyendo levantar dos yunques. Me crucé con la mirada inquieta de Sharozza.

«¿Se han… calmado?» pregunté con un hilo de voz. «Las Gemas.»

Un brillo furioso refulgió en los ojos de la Exterminadora mientras me seguía por el pasillo sin prestar atención a los portadores.

«Eso parece. Pero, diablos, realmente caí en tu trampa, maldito. Parecías tan seguro de ti mismo que pensé que sabías lo que hacías. ¡‘Dejad que compruebe algo’, ja! ¡Y resulta que ni siquiera te estabas enterando de que te estabas cayendo contra el cristal! Tengo unas ganas de daros una buena bofetada, a ti y a Bluz. Me retengo por los pelos, que lo sepas. Que Bluz metiera la pata, lo puedo entender porque es Bluz. Pero tú, Drey, ¡Lústogan te enseñó! Le hablaré de esto, no te libras y… bueno, no quiero marearte, hemos cumplido el trabajo pese a todo más fácilmente de lo que imaginaba, los doscientos mil kétalos son nuestros…» Sus ojos violetas destellaron de satisfacción y se ensombrecieron enseguida fulminándome. «Pero no vas a llevarte ni un kétalo, ¿me oyes? Tu parte y la mía irán directas al templo por la deuda de Lúst. No sonrías, te vas a desmayar. Tan mal no estás, ¿verdad? Maldito, ¡quiero sacudirte! ¿Qué clase de imagen estamos dando? ¡Vamos tres destructores a un trabajo para uno, y caen dos! A mí la vergüenza ya no me asusta, pero el Gran Monje, ¡el Gran Monje, Drey! ¡Si algo te llega a ocurrir, me destierra, en serio, me manda a cazar doagals por los túneles!»

Sharozza parloteó durante todo el camino hasta la enfermería. Afortunadamente, dejé de oírla cuando, exhausto, me quedé súbitamente dormido.

* * *

Estaba en una barca. Sobre el mar negro de Afáh. Pero no había techo, no había caverna: allá arriba tan sólo había una infinita tormenta. Las olas se enfurecían, escupiendo espuma. El viento rugía. Mi barca zozobraba y yo salía despedido. ¿Yo? No, no estaba solo. Estaba con Kala. Ambos agarrábamos con todas nuestras fuerzas un tronco mientras la corriente nos arrastraba hacia lo hondo de un remolino, hacia la muerte…

Qué extraña era la muerte. No se me había ocurrido que pudiera ser así de movida. Estaba llena de órica. Era una muerte destructora, sonreí. Uno de esos tornados de los que hablaban los libros.

“¡No quiero morir!” se desesperaba Kala. “¡Quiero salir! ¡Quiero vivir!”

Lo sermoneé:

“No te agites, Kala. Todo va bien.”

“¡¿Todo va bien?!” repitió el Pixie, incrédulo. “¡¿Todo va bien?!”

¿No me creía? Las aguas estruendosas retumbaban en nuestros oídos. Kala se aferró a mí sacudiéndome y… oí un grito:

«¡Mahí, mahí, despierta!»

Abrí los ojos como un autómata y me encontré con la mirada inquieta de un joven humano de pelo rizado. Parpadeé, desorientado.

«¿Quién eres?»

Su rostro se transformó en un cuadro de perplejidad.

«¡Bluz, soy Bluz!» contestó.

Ah. Claro. Me enderecé sobre la cama y eché un vistazo a la sala. Tan sólos las linternas de la entrada iluminaban tenuemente el lugar, pero con mis ojos de kadaelfo distinguí sin dificultad la fila de camas. A juzgar por las enormes cristaleras que se alzaban a mis espaldas, entendí que nos encontrábamos en la enfermería de la Academia Celmista de Dágovil. Me sorprendió el desorden a mi alrededor. Las mantas y almohadas de las camas estaban tiradas en el suelo, junto con pequeños objetos: boles de madera, una jarra de agua que no se había roto de milagro al caer… Hice una mueca. Otra vez había usado órica mientras dormía.

Reparé finalmente en los dos enfermeros junto a la puerta. Tenían cara asustada cuando se acercaron.

«¿Te encuentras bien, mahí?» preguntó uno de ellos.

No, no me encontraba bien. Me sentía débil y amodorrado. Kala señaló el desorden con un gesto vago:

«Que conste que yo no he sido. Ha sido el viento de la tormenta.»

Enarqué una ceja. Conque el Pixie había tenido el mismo sueño. Que yo supiera, era la primera vez que ocurría. Bluz rió por lo bajo.

«Eso es hacer que un sueño se haga realidad. No sabía que tuvieras ese tipo de problemas, mahí.»

Casi parecía alegrarlo. Alcé la mano y consulté mi anillo de Nashtag. Eran las dos. Para Dágovil, acababa de empezar el o-rianshu. Lo que quería decir que había dormido unas seis horas. Le eché una ojeada cansada a Bluz. Ahora que mi órica se había calmado, el humano se había tumbado de nuevo, exhausto. Por lo visto, nuestro jaipú todavía no se había recuperado.

«¿Sacasteis… la llave?» preguntó con voz ronca.

Cerré los ojos bostezando.

«Sí. Aunque no sé cómo. Creo que los Yaraga perdieron los nervios un momento y las Gemas la escupieron.»

«¡Los Yaraga!» exclamó Bluz, haciéndome abrir los ojos de nuevo. «Entonces, ¿es cierto que…?»

«Ni idea. Es lo que dijiste tú. Tal vez no fueran voces reales,» mentí. «El caso es que las Gemas se calmaron y recuperamos la llave. Hemos completado el trabajo. Cobrarás tu parte.»

No habíamos usado nuestras competencias de destructores, pero bueno, eso no tenían por qué saberlo los demás. La sonrisa en el rostro de Bluz desapareció de pronto.

«Sé que es ridículo,» murmuró, «pero no me siento con derecho a aceptar ningún dinero de la recompensa. No hice nada. Yo…»

«Bobadas,» lo corté, cerrando los ojos de nuevo. «Nos ayudaste más de lo que piensas. Tendrás tu recompensa.»

«Esto… No es por molestar,» carraspeó uno de los enfermeros. Entreabrí un ojo. Era una humana de largos cabellos rubios. Me tendía un bol. «Os traemos un remedio que os revitalizará. Tenéis que beberlo ahora.»

«Vuestro jaipú sufrió más de lo que parecéis daros cuenta, mahis,» intervino su compañero. «Un poco más y…»

«Os recuperaréis más rápido bebiendo la sopa,» lo cortó ella con una sonrisa profesional. «La acaba de preparar Rayel de Isylavi para vosotros. Bebedla de un trago y pasará muy bien.»

¿Isylavi?, me sorprendí. Los Isylavi eran conocidos por sus destructores, no por sus cocineros. Entonces, recordé unas palabras que había dicho Perky en la caverna del Templo del Viento. Su madre era alquimista. Me enderecé, tomando el bol, y escudriñé el líquido dorado y cálido. ¿Sería ella la que…?

Bluz se había llevado ya el bol a los labios y se atragantó con una mueca de repugnancia irreprimible. Y pasará muy bien, nos había dicho la rubia… ¿Tan asquerosa era esa sopa? Levanté el bol y bebí. Kala se atoró con el primer sorbo.

“¿Qué es esto?” se deprimió.

El sabor era, de hecho, repugnante. Era como si Rayel de Isylavi hubiese averiguado lo que realmente le había pasado a su hijo en el laboratorio del Gran Lago y hubiese decidido deshacerse de mí…

Recibí la ojeada expectante de Bluz. Si la bebes, la bebo, parecía decirme. Mmpf. Mi Datsu se desató y seguí bebiendo pese a Kala. El líquido era cálido, picaba como las dridollas y mató mi hambre tan eficazmente como un buen plato de tugrines. Acabé el bol y se lo devolví a la enfermera.

«Gracias por los cuidados. Será mejor que nos vayamos ya…»

«Lo siento, pero no es posible,» dijo la enfermera con firmeza. Volvió a colocarme la manta que había salido volando mientras explicaba: «Tenemos órdenes de cuidaros hasta que vuelva el curandero a examinaros. La sopa os va a hacer dormir otra vez de todas formas.»

Enarqué unas cejas de decepción. Hubiera preferido dejar la Academia y dormir en el albergue…

Bajo los ojos vigilantes de los enfermeros, Bluz acabó la sopa con el rostro rojo y la boca en fuego y devolvió el bol balbuceando algo inintelegible. Un profundo sopor fue invadiéndome todo el cuerpo. Attah… Había pensado en ignorar las consignas del curandero, pero con ese brevaje… se me pasaron las ganas.

Los enfermeros se habían alejado para reorganizar lo que yo había desordenado con mi órica. Mascullé por lo bajo:

«Me sentía mejor sin la sopa.»

«Y yo,» gimió Bluz. «Esto no es revitalizante para nada…»

«Y que lo digas,» aprobó Kala.

Hubo un silencio. Bluz tosió.

«Mahí. ¿Puedo preguntarte algo?»

«Llámame Drey.»

Bluz vaciló.

«¿Estás seguro, mahí? Eres un Arunaeh y yo no soy más que…»

«Un compañero de trabajo,» lo corté. «Para serte sincero, a los Arunaeh nos traen sin cuidado los títulos. No somos lo que nos llaman sino lo que hacemos, así como el equilibrio es lo que es y no lo que se dice que es.» Parpadeé y fijé la mirada en el techo blanco. ¿Qué le estaba contando al novato? Bostecé. «Baj… Llámame como quieras. ¿Qué querías preguntarme?»

Bluz permaneció en silencio un instante. Fue demasiado tiempo. Si se decidió a hacerme su pregunta, yo ya estaba lejos, durmiendo como el agua en un lago.

Ni siquiera soñé. Cuando desperté, me sentía del todo repuesto. Un saijit en bata azul y blanca de curandero oficial del Gremio tenía una mano posada sobre mi pecho. Sentí una caricia energética. ¿Estaría examinando mi jaipú? Me crucé con sus ojos, haciéndolo estremecerse levemente.

«Válgame la Oscuridad,» murmuró.

Me inquieté seriamente y me enderecé.

«¿Algún problema? ¿Mi jaipú tiene algún problema?»

Una sonrisa burlona se pintó en los labios del curandero. Apartó la mano.

«Estás en plena forma. La juventud es milagrosa. También tu compañero está repuesto.»

Me alegré. Bluz estaba desayunando con apetito. ¡Tugrines! Me dedicó una sonrisa con la boca llena diciendo:

«¡Que aproveche!»

Cogí mi propia bandeja sin dilaciones. Eran las catorce horas, media mañana para Dágovil. No recordaba haber dormido tanto ni tan bien. Bluz tampoco, por lo visto: hasta tenía las rayas de la almohada grabadas en una mejilla. El desayuno me supo de maravilla. Reposé el bol de zumo de zorfos vacío, alcancé mi chaleco y lo revestí junto con mi túnica de monje. El curandero se había alejado hacia otra habitación con los dos enfermeros, por lo que entendí que ya estábamos libres. Tanteé mi bolsillo para asegurarme de que aún llevaba mi diamante de Kron y mi piedra de luna y eché una mirada por las cristaleras hacia el patio de la Academia. Había más gente que el día anterior y unos cuantos carruajes aparcados. Apagada por los cristales, se percibía la música lejana de la Feria. Me preguntaba dónde se habría ido Sharozza. Seguramente a casa de su familia. Asentí para mí.

«Salgamos, Bluz.»

Apenas me giré, sin embargo, me fijé en la silueta que había entrado en la enfermería. Reconocí al drow con túnica oscura y cinturón blanco de inmediato. Era el guía del día anterior, Tojira. Hoy llevaba el gorro bien a la vista, evidenciando su pertenencia a la Casa de los Rotaeda. Se inclinó ante nosotros.

«Perdón por la intrusión, pero la puerta estaba abierta y parecía que estabais a punto de salir. Pensé en informaros de las novedades.»

«Se agradece,» dije. «¿Dónde está Sharozza?»

Tojira se enderezó contestando formalmente:

«Sharozza de Veyli regresó a la casa familiar. Le hemos mandado un mensaje para informarla de que ambos estáis bien. Treyl Rotaeda os comunica que habéis completado vuestro trabajo y que el Templo del Viento recibirá la recompensa prometida en breve.»

Esas eran buenas noticias, me alegré. El secretario agregó:

«Bluz Ansihra. La hija-heredera de la familia, Erla Rotaeda, tiene un favor que pedirte. Quiere elegir una nueva montura entre los anobos que acaba de comprar la familia. Los Ansihra son conocidos por su maestría en la materia. Está en el patio. ¿La ves? Ahí,» señaló por la ventana mientras Bluz miraba, boquiabierto, «Erla es la de vestido azul. Sería un gran favor para ella si pudieras aconsejarla…»

«¡Por mi honor, la ayudaré en lo que pueda!» aceptó Bluz, sonrojado. «¡Voy de inmediato! ¿Vienes, Drey?»

Sonreí de lado al comprobar que había elegido finalmente llamarme por mi nombre. Adiviné que no lo entusiasmaba tanto el ver las monturas como ver a la tal Erla Rotaeda. Parecía conocerla sin obviamente conocerla personalmente. ¿Tan famosa era?

«Lo siento, pero paso. Volveré directo al albergue,» dije.

Ni loco iba a quedarme hablando con los cortesanos del Gremio… Bluz tragó saliva. De pronto, la seguridad lo había abandonado por completo. Puse los ojos en blanco, exasperado.

«Anda, vete ya, ¿a qué esperas?»

Se fue casi corriendo. Sólo faltaba que se tropezase con algún peldaño de las escaleras y volviera directo a la enfermería… Cuando dejé de oír sus pasos, me giré hacia Tojira. Algo en su expresión me arrancó súbitamente una mueca de sospecha: ¿podía ser que lo del anobo a escoger se lo hubiesen sacado de la manga para alejar a Bluz? Si tal era el caso… Mi Datsu se desató un poco. Carraspeé y di unos pasos hacia la salida soltando:

«Bueno, me alegro de que todo haya salido bien, ya me voy…»

«Drey Arunaeh.»

Fruncí el ceño y me giré a regañadientes. Cuando el secretario alzó sus ojos rojizos hacia mí, parecían casi como muertos.

«Mi maestro quiere hablarte.»