Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

20 La Capital del Agua

Cuando desperté, a la mañana siguiente, por un momento creí que por algún efecto de magia había cambiado de cuerpo y de vida.

Me encontraba tendido en una cómoda cama y la luz cálida y suave de una linterna iluminaba un cuerpo entrelazado al mío. Su tacto era suave, firme y caliente. Su piel era gris.

Cuando caí en la cuenta, recordé vivamente cómo Kala había insistido para dormir en la misma cama que su amada y suspiré recordando: me encontraba en un cuarto del albergue del Guante Rojo. Miré el rostro de Rao. Dormía plácidamente. Hasta se le escapaba un poco de baba en los labios. Sonreí y escuché su respiración. Me gustaba escuchar las respiraciones de la gente cuando dormía. Me gustaba…

Mi mano se movía inconscientemente acariciando con suavidad la piel de Rao. ¿Sería Kala? ¿Estaba despierto?

“¿Kala?” murmuré mentalmente.

No me contestó. Me turbé un poco. De modo que… ¿era yo el que estaba moviendo la mano? ¿En serio era yo?

Por alguna razón, esta vez no sentí vergüenza alguna. Tal vez porque sabía que nadie me veía. Entonces, Kala me dijo, triunfal:

“¡Lo sabía!”

Me estremecí.

“No me pegues esos sustos, Kala…”

Kala rió.

“Es la primera vez que la tocas voluntariamente por placer.”

“¿Qué dices?” gruñí.

“Que tú también la amas. ¡La amas!” Se carcajeó, exultante.

Agrandé los ojos y resoplé suavemente.

“Sacas muchas conclusiones de un simple contacto, Kala. Deja de cacarear que la amo, porque no la amo.”

Kala calló de golpe. Hubo un silencio en el que sentí su inquietud. Suspiré.

“Me cae bien pero no la amo porque no puedo amar a una persona a la que conozco desde hace apenas unos días. Es lógico.”

“Odio la lógica,” replicó Kala tras una pausa. “¿No es más fácil amarla y ya está?”

“¿Por qué te empeñas tanto en que la ame? Tú ya la amas. Leí en un libro que dos hombres que aman a una misma mujer acaban locos de celos.”

“¿Locos de qué?”

Sonreí ampliamente.

“Nada, tranquilo, tú ya estás loco de todas formas.”

“Entonces no hay problema,” me repuso Kala con tono ligero, “así que no le des tantas vueltas. Confía en mí: Rao, aunque también sea Zella, es Rao y la parte tuya que es Kala la ama tanto como yo la amo. Olvídate de la lógica.”

“Ese es tu problema, Kala, que te olvidas rápidamente de la lógica y te dejas llevar por los sentimientos…”

Se oyó de pronto unos golpes contra la puerta del cuarto.

«¡Drey! ¡Hermano!» Era Yánika. «¡Ya son las seis y dijiste que nos íbamos a las siete! ¿Estás despierto?»

Hice una mueca. ¿Las seis? Hubiera querido poder terminar las reparaciones de mi uniforme. Aunque ya me daría tiempo en la diligencia, pensé. Kala se enderezó estirándose y dijo en voz alta:

«¡Estamos despiertos, ahora bajamos!»

Bostecé. Aún dormida, Rao hizo un ademán para recuperar la manta. Kala fue a despertarla pero se detuvo en mitad de camino.

“Despiértala, Drey. Tú puedes. Ella dijo que quería vernos partir.”

Dánnelah… ¿Kala me dejaba el honor de despertar a su amada? Mascullé entre dientes una imprecación, me incliné hacia ella y posé una mano sobre su mejilla. Por un momento… por un momento muy breve me imaginé tomando la iniciativa de besarla para despertarla. Los libros hablaban de tales escenas y no me molestaba actuar de cuando en cuando como un amante comprometido… Entonces, me crucé con los ojos verdes de Samba, al pie de la cama, y olvidé de golpe mi idea. Recordé una canción que le solía recitar a Yánika cuando le costaba abrir los ojos y entoné:

Despierta, pájaro azul,
que el païsko ya está cantando,
y el vuelo ya levantando,
cantándote el buen rigú.

Rao acogió mi canto con una risa clara y abrió unos ojos azules sonrientes llenos de ternura.

«Buen rigú, Kaladrey,» dijo.

* * *

En la taberna del albergue, ya preparado para el viaje, masticaba a dos carrillos los tugrines a la plancha.

«Tienes buen apetito,» observó Rao, entretenida.

«Mi hermano siempre ha sido así,» se rió Yánika, sentada junto a mí. «Es el terror de los zorfos y los tugrines.»

«Con ese régimen no engordará mucho,» resopló Rao.

«No shoy un rowbi al que hay que engordar,» me quejé con la boca llena.

«El maestro Jok,» intervino Jiyari tragando, «decía que lo mejor para crecer con un cuerpo fuerte y una mente sana era comer pan de farabrega untado con zumo de drimi.»

«Yo ya he creshido,» repliqué. «Además, eso suena a régimen de cárcel. Tu Escuela Sabia no tenía ni idea.»

«Es posible,» reconoció el Pixie rubio.

Rao se levantó y alzamos la vista, sorprendidos.

«Un momento,» murmuró. «Acabo de ver a Chihima por la ventana.»

La vi salir del albergue por la puerta abierta con andar presto, seguida de Samba. De modo que Chihima había vuelto de Arhum. Había sido eficaz. La taberna estaba tranquila y Yánika bajó la voz para preguntar con curiosidad:

«¿Cómo es Chihima?»

Mm… Me mordí un labio pensativo. ¿Cómo describir a la amiga de Rao? Fue Saoko quien respondió:

«Como un cuchillo.»

Lo miramos, suspensos. Yánika iba a pedir precisiones cuando el brassareño se levantó y se alejó sin una palabra hacia la salida. Mi hermana parpadeó. Y sonrió.

«Ha cambiado. Es más abierto que antes. ¿No, hermano?»

Le dediqué una mueca burlona.

«Es un cuchillo que está empezando a despuntarse.»

«O una rosa que está empezando a florecer,» intervino Jiyari, más bucólico.

Me terminé el desayuno con rapidez. Cuando salimos con nuestras mochilas a cuestas, vi a Saoko sentado en un pretil, afilando su daga.

«¿Has visto a Rao?»

El drow señaló una dirección con su arma.

«Se fueron por ahí.»

Enarqué una ceja. ¿Habían salido de la aldea? En cualquier caso, ya no nos quedaba mucho tiempo para las siete. Nos encaminamos hacia el establo al pie de la colina. El Gran Monje nos había reservado a Sharozza, a Bluz y a mí una reluciente diligencia del templo. En ella nos acompañarían Yodah y Yánika, pero no sólo: me había enterado, anoche en la cena, de que Mewyl y Padre estaban sólo de paso y se dirigían también hacia la capital, el uno para ir a la academia celmista por un encargo, el otro por un trabajo de construcción en las afueras de la ciudad. Total que resultó que íbamos todos a Dágovil y Sharozza se había animado a proponer que compartiéramos la diligencia. Padre había rechazado diciendo que alquilaría un anobo… pero Sharozza era persistente y le había convencido de que el gasto era inútil y que viajaría mucho más cómodo en la nueva gran diligencia del Templo del Viento.

Así que cuando llegamos a los establos, ya nos esperaban ahí Yodah, Bluz, Padre y Mewyl. Y Sombaw. Ante mi mirada sorprendida, el anciano sonrió.

«Buen rigú, Drey. Veo que te has puesto la túnica de monje. Pareces todo un destructor. ¿Verdad, Fralm?» le soltó a mi padre.

«Si sólo lo pareciera, sería un problema,» replicó este.

Sonreí interiormente ante la respuesta de mi padre.

«¿No me digas que te apuntas tú también al viaje, abuelo?»

«Oh, no,» aseguró Sombaw. «Sólo vengo a despedirme. Había olvidado lo bien que se está en esta caverna, y en la nueva casa de tu padre se está de vicio. Me quedaré unos días aquí en compañía de Teytel a echar partidas de Erlun con Dalfa y el Gran Monje. Ya que cierta persona me raptó a mi jugadora favorita.»

Se refería a Myriah. Puse los ojos en blanco.

«Los vicios matan, abuelo. Me alegro de haberte conocido. Si no fuera porque me mandan trabajar, yo también me quedaría aquí un poco más.»

«El trabajo mata, pequeño,» me avisó el viejo Arunaeh con burla.

«Y tanto,» aprobé. Si no mataba de veras, mataba tiempo seguro. Ahora que los dokohis se habían llevado los collares del fuerte de Karvil, según Padre era mejor esperar a que el Gremio los recuperase, así que mi misión familiar había quedado pospuesta y podía dedicarme plenamente al trabajo especial encomendado por aquel miembro anónimo del Gremio. No sé por qué no me sentía muy animado por ello.

«En realidad,» agregó Sombaw, «quería pedirte un pequeño favor.»

Lo miré con curiosidad.

«¿El qué?»

«Mis Zatashira. Ya sabes, los mercenarios que tenían que traerme de vuelta. Tienen su gabinete en Dágovil. ¿Podrías pasarte por ahí? Puede simplemente que se hayan olvidado de mí como tú ayer en el bosquecillo…»

«Que no me olvidé de ti, abuelo,» resoplé. «Está bien. Me pasaré y te mandaré una carta si a tus Zatashira se los ha comido un dragón.»

«Sheyra quiera que no sea eso,» se ensombreció.

Me dio la dirección. Paseé una mirada por mi alrededor y, al toparme con Bluz, iba a preguntarle burlonamente si no se olvidaba el uniforme de destructor —se lo veía tan nervioso…— pero callé cuando vi a Rao aparecer corriendo desde la aldea. Llevaba una mochila enorme. El corazón de Kala se iluminó.

«¿Te vienes?» preguntó.

La idea de tener que separarse de ella lo había estado royendo toda la noche. Rao puso cara inocente.

«¿Crees que cabré?»

Kala le sonrió y le cogió la mano.

«Allá donde caben cinco caben seis.»

El único problema era que no seríamos seis precisamente sino diez. Le eché una mirada de soslayo a Rao y, pillándola, esta explicó por bréjica:

“Le he dicho a Chihima que, si conseguía meterme en tu diligencia, se volviese a Arhum y que de ahí Melzar y ella viajasen a la capital.”

Enarqué una ceja.

“Con que Melzar también está en Arhum ahora. Pero ¿por qué todo el mundo quiere viajar de pronto a la capital?”

Rao reguló las correas de su pesada mochila explicando:

“Con buen material, puede que consigamos más información.” ¿Buen material?, me repetí y miré su mochila con sospecha mientras ella aclaraba: “Chihima me ha traído un buen saco lleno de provisiones. No está todo lo que quisiera pero está todo lo esencial. Estando con tanto Arunaeh… dudo de que me paren en las murallas. ¿Te molesta?”

Me había tensado. ¿Me molestaba? No lo sabía. Rao pretendía aprovecharse del nombre de los Arunaeh para meter en la capital los diablos sabían qué armas y qué aparatos… Pero tenía razón: la probabilidad de que los guardias registrasen una diligencia que llevaba a cinco miembros Arunaeh era nula.

“¿Cómo pretendes sacar información sobre Lotus?” pregunté.

Rao sonrió mentalmente.

“Con discreción y paciencia, como siempre. Si me ayudas, tal vez consigamos algo.”

Sentí la esperanza de Kala crecer en su interior. Attah…

“No puedo hacer nada imprudente que perjudique a mi familia,” dije. “Pero haré lo que pueda.”

“Salvaremos a Lotus de las garras de esos monstruos,” afirmó Kala con fuerza.

“Antes de salvarlo,” le repliqué, “hay que saber si realmente lo tienen ellos y dónde. No va a ser tan fácil como meterse en un laboratorio perdido en un lago.”

Pese a todo, Kala ardía de vitalidad y confianza. Consulté mi anillo de Nashtag. Eran las siete y cinco minutos. ¿Qué demonios hacía Sharozza? Llegó a y diez acompañada de Dalfa.

«¡Perdón por el retraso!» exclamó alegremente la bloqueadora.

«No te disculpes, si yo pensaba que ibas a tardar más,» le solté, burlón. No lo decía sin razón: más de una vez la Exterminadora nos había hecho esperar a Lústogan y a mí. Y ella le pedía a Bluz que no llegara tarde…

Nos subimos todos a la diligencia. Yodah, Jiyari, Sharozza y yo nos sentamos en el banco de delante, Mewyl, Padre, Yánika y Rao en el de enfrente. Era una suerte que el interior fuera realmente espacioso, como nos lo había prometido Sharozza. Bluz aseguró que no le molestaba viajar en el banco situado al exterior, en la parte trasera —¿sería para evitar la presencia de Sharozza lo más posible? Saoko soltó:

«Yo también iré ahí.»

Me fijé en la cara alarmada del joven Monje del Viento y lo tranquilicé:

«Tranquilo. Es mi guardaespaldas personal. Tiene cara así de bandido, pero es un gran drow. Y me sale caro, tú no sabes…»

Tan caro que me salía gratis. Tras echarme una mirada impresionada, Bluz pareció sentirse más cómodo. Saoko se contentó con poner los ojos en blanco antes de subir. Era uno de los gestos más expresivos que le había visto hasta entonces.

Íbamos a decirle al cochero que ya podía ponerse en marcha cuando Dalfa se adelantó hasta la ventanilla y, para sorpresa mía, me entregó un sobre diciendo:

«Es una carta para Rayel de Isylavi. Por favor, cuando acabes con el otro trabajo, entrégasela en mano. El asunto te concierne. Que el viaje os sea leve y el trabajo fructuoso, mahis. ¡Cochero!»

La diligencia se puso en marcha y me quedé con las ganas de preguntarle por qué demonios el Gran Monje me empleaba como mensajero. Diablos, ¿por qué decía que el asunto me concernía? Yo nunca había tenido nada pendiente con los Isylavi… En fin.

Pronto vi desfilar ante mis ojos los luminosos árboles-perla de la Arboleda. Extrañamente, hubiera querido quedarme más tiempo en el templo…

«¿Recuerdas, hermano?» soltó de pronto Yánika. «La vez que estuve en Dágovil, Padre nos enseñó las cascadas.»

Sonreí. Era cierto. La zona suroeste de Dágovil estaba llena de cascadas que caían directamente del techo. Se la llamaba comúnmente el Sumidero o la Caverna de Música, porque el agua al chocar emitía un sonido especial.

«Había arcoiris morados y dorados por todas partes,» recordé. «Es verdad que no has vuelto a Dágovil desde entonces. Tenías cuatro años. No creo que te acuerdes de mucho.»

«Bueno…» meditó mi hermana ensimismada. «De la estatua que hizo el abuelo, sí. El Dragón Negro de la plaza. Tú también te acuerdas, Rao, ¿verdad? Fue ahí donde le diste a Drey la…»

Yodah debió de decirle algo por bréjica porque de pronto el aura despreocupada de Yánika se sobrecogió y mi hermana acabó con un atropellado:

«Esto… Donde…»

Nuestro padre dejó escapar un resoplido.

«Oh, oh,» sonrió Sharozza. «Es verdad que me dijiste ayer que ella y tú os conocisteis en Dágovil, Drey. Pero… creía que se llamaba Zella, no Rao.»

Yánika se puso roja, su aura se llenó de malestar y sentí cómo la diligencia daba un bandazo. Diablos… sólo faltaba que los anobos perdieran los nervios por su aura o que se le escapasen las riendas al cochero.

«Me llamo Raozella, en realidad,» explicó Rao con tono tranquilo. «Por eso, a veces se acorta el nombre. Pero llámame Zella, por favor.»

«Ya-náï,» se negó Sharozza, «te llamaré Raozella. Es bonito y, además, no sé tú pero yo no soporto cuando me cortan el nombre y me llaman Shar o Sharo o Rozza. Rompe el ritmo del nombre. Lo elegí yo misma cuando tenía diez años, entendéis.»

Era una costumbre típica por Dágovil el dejar que los niños, al cumplir los diez, se cambiaran el nombre si así lo deseaban. Suspiré silenciosamente de alivio al comprobar que Sharozza se había tragado las palabras de Rao. Raozella. Oculté mi sonrisa mirando hacia la ventanilla. El nombre de «Rao» no es que fuera en sí revelador de su identidad… pero más valía ser precavidos.

«O sea que antes tenías otro nombre,» le soltó Yodah a la bloqueadora. «¿Se puede saber por qué lo cambiaste?»

«Porque el anterior era demasiado florido.»

«Florido, ¿eh?» me interesé. «No me lo digas. ¿Era ‘Simella’?»

«No,» gruñó. «A mis padres les gustan los nombres de flores de la Superficie. A mi hermana mayor la llamaron Clivia. Y a mi hermano menor Crocus.»

Kala soltó una carcajada que ahogué yo con poco éxito.

«No te rías, Gran Chamán, la clivia y el crocus son flores bonitas,» apreció Jiyari. «Había algunas en Firasa. Las dibujé. Pero creo que he perdido el cuaderno…» dijo, rebuscando en su desordenada mochila.

«Mm,» se animó Yodah. «Si es una flor de la Superficie… ¿No sería ‘Siseliada’? Leí que es una flor muy útil y hermosa.»

«Desafortunadamente no era Siseliada,» sonrió Sharozza, halagada pese a todo.

«¿Gwinalia?» propuso Yánika. «Es la flor de la suerte.»

«Ojalá me hubieran puesto ese nombre,» suspiró Sharozza.

Alcé un índice.

«Ya sé: Cekartrosia. Tiene un veneno letal altamente corrosivo…»

Recibí el golpe de Sharozza en pleno pecho y ambos estallamos de risa.

«¡Mis padres tienen mal gusto pero no tanto!»

«Ya sé,» dijo Yánika. «¡Trésila! Tiene propiedades tranquilizantes…»

«¿Propiedades tranquilizantes, Sharozza me atraganté, riendo. «¡Si consigue poner nervioso hasta a mi hermano!»

Sharozza se carcajeó y confesó con voz aguda:

«¡Pues ha acertado, me llamaron Trésila!»

Su risa redobló cuando Yánika rió a su vez. Se nos desató el Datsu a los Arunaeh. Sólo Mewyl parecía tener las marcas rojas del Datsu en su estado casi normal. No sonreía. Aunque tampoco mi padre lo hacía. Este meneaba la cabeza y le murmuró a Mewyl:

«¿No te lo dije? Nos van a dar el viaje.»

Me crucé con su mirada y le dediqué una sonrisilla burlona. ¿Acaso esperaba que era posible pasar un viaje tranquilo con Sharozza? Al desviar los ojos, me fijé en cómo Yodah observaba a Mewyl de reojo. Parecía estar preguntándose: ¿cómo, si ni siquiera Yánika puede hacerlo reír con su aura, vamos a hacerlo reír nosotros?

El viaje siguió alegremente. Sharozza hablaba por los codos. Conversó sobre tantas cosas que se me olvidaron casi todas. Le habló sobre todo a Rao: su curiosidad por conocerla era evidente. Así que Rao no paró de contestar mentira tras mentira. Por sus respuestas rápidas y tranquilas, parecía como si se hubiese entrenado antes y me pregunté si de hecho no sería el caso.

«Me crié en Donaportela,» dijo en un momento. «No soy de buena familia, me temo, pero… bueno Drey dice que los Arunaeh no se preocupan mucho por esas cosas.»

«No,» concedió Sharozza con una mueca. «Se preocupan por otras.»

Hubo un silencio en el que tan sólo oímos el traqueteo de las ruedas de la diligencia. Afuera, se empezaban a ver las luces de Blagra. A partir de ahí, dependiendo del tráfico, nos quedarían unas tres o cuatro horas de viaje.

«Si no es mucha indiscreción, Raozella,» dijo entonces Sharozza —como si se preocupase por su indiscreción… «¿desde cuándo os conocéis?»

Resoplé echándole a la Exterminadora una de esas caras sumamente pacientes que ella conocía bien. Rao puso cara pensativa.

«Mm… Desde hace setenta años. Más o menos.»

Dánnelah. Y Rao iba y decía la verdad. Yodah se sostenía la frente con la mano y advertí un temblor en sus labios. Esta vez fue Sharozza la que resopló y masculló:

«Está bien, ya me callo.»

No duró ni tres minutos callada. Pero al menos dejó de perseguir a Rao. Eso sí, se le escaparon más de una vez frases crudas de esas tan suyas susceptibles de herir a cualquiera que no fuera un poco cerrado como un Arunaeh. Del estilo: «Por cierto, ¿y ese gato, de quién es? ¡Es más feo que un rubio!». Jiyari se lo tomó bastante bien, pero Samba se pasó una buena media hora asesinando a Sharozza con la mirada. En comparación, Saoko y Bluz allá afuera guardaban un silencio perfecto.

Habíamos pasado la posta del Villal y quedaba tal vez una hora para llegar a Dágovil cuando me fijé en que llevábamos un buen rato en silencio. Mewyl leía. Padre dormitaba. A mi lado, Sharozza consultaba un pequeño cuaderno. Sentado al extremo opuesto de mi banco, Jiyari dibujaba y, por sus repetidos movimientos, entendí que estaba retratando a Mewyl, Padre, Rao y Yánika. Me entró curiosidad por ver el resultado. En cuanto a Yodah, me daba la impresión —aunque podía estar equivocado— de que estaba hablando por bréjica con alguien. Por las caras… tenía que ser con Rao. ¿Estarían hablando de Pixies? ¿De Lotus? Parte de mí hubiera querido unirse a la conversación… pero ¿para qué, en verdad? Ya sabía más o menos todo lo que sabía Rao.

Fuera como fuera, el viaje había sido productivo para mí: al fin había acabado de reparar mi uniforme dejándolo impecable y hasta más resistente que el inicial. Ahora estaba medio mirando por la ventanilla a los viajeros y carruajes que iban en el otro sentido medio analizando el diamante de Kron en mi bolsillo. Todavía mis esfuerzos no habían tenido ningún efecto, pero no me rendía. Cerré los ojos un instante y apliqué una fuerza órica muy fina pero potente en una faceta. Analicé el resultado. Nada. No había cambiado. Pero no me rendía, me repetí.

“¿Drey?”

Abrí los ojos al oír la voz bréjica. Me extrañé:

“¿Yánika?”

Que yo recordase, era la primera vez que me hablaba por vía bréjica sin que estuviese entrenando con Yodah. La conexión parecía estable. Sonreí mentalmente.

“Has mejorado con la bréjica.”

“Eso intento. Con Yodah aprendo mucho. Di, hermano…”

Sentía turbación en su aura desde hacía un buen rato, ese tipo de turbación que tenía cuando le daba vueltas a las cosas. Contesté con calma, como siempre:

“¿Qué, Yani?”

“Bueno… Se me hace tan raro viajar con tantos miembros de la familia en una diligencia,” confesó.

Sentí una serena emoción invadirme. Era cierto que Yánika jamás había tenido tanto contacto con su familia como últimamente. Y ahora, la consideraban como la heredera de la Selladora, había ayudado a reparar el Sello, se había encontrado como maestro brejista a ni más ni menos que al hijo-heredero y por primera vez había podido asistir a una cena formal en el Templo del Viento.

“Me gusta y a la vez me da miedo, hermano,” admitió. Jugueteaba con una borla de su capa oscura, como distraída. “Yodah…” Me erguí al oír el nombre. “Cree que acabaré siendo capaz de controlar mi poder.” Calló un instante. “Pero yo no lo creo.”

Fruncí levemente el ceño.

“Ya te lo dije, Yani. Haces lo que puedes. El resto no es culpa tuya…”

“Esto es diferente,” murmuró. “Cuanto más aprendo… va a peor.”

Callé, suspenso.

“¿Qué quieres decir?”

Yánika se mordió el labio y miró por la ventanilla hacia un ropavejero que avanzaba llevando a cuestas una cantidad impresionante de ropa vieja. El aura comenzó a ensombrecerse seriamente y el ropavejero se encorvó, súbitamente desanimado.

“Yani…” me inquieté.

Mi hermana apretó la borla con fuerza y repitió:

“Va a peor.”

“No va a peor,” intervino de pronto Yodah, uniéndose a la conversación bréjica. “No sé de qué hablabais, pero me lo puedo imaginar. Yánika: es normal que cuanto mejor manejes la bréjica más se refuerce tu aura, pero también sabes controlarla mejor, y eso…”

Calló al recibir un aura llena de frustración que nos abofeteó a todos. La conexión bréjica se cortó y mi hermana la restauró dejando escapar:

“Quería hablar con mi hermano, no contigo.”

Yodah palideció. Pero asintió, comprensivo.

“Perdón.”

Y cortó su conexión bréjica. El aura de Yánika, sin embargo, no mejoró. Se sintió mal por haberle hablado así a Yodah. Mi hermana siempre era sincera y decía lo que tenía en mente. Pero se sintió mal de todas formas. Noté claramente cómo la diligencia ralentizaba y cómo el cochero imprecaba afuera contra sus anobos.

“No pienses en ello, Yani,” me apresuré a decirle. “Mar-háï, Yodah no tiene por qué meterse siempre en nuestras conversaciones. Está bien ponerlo en su sitio de cuando en cuando.”

“Bien hecho, hermana,” agregó Kala, positivo.

Creo que ahora todos en la diligencia habían entendido que estábamos manteniendo una conversación por bréjica: el aura de Yánika los había alarmado a todos. Afuera, los anobos se habían parado del todo y el carruaje detrás nuestro gruñía. El aura de Yánika se llenaba de un creciente pavor. Conocía esa sensación: yo mismo la había experimentado en la isla cuando mi familia había bloqueado mi Datsu para analizar a Kala. Era un miedo a dejarse llevar. Era un terror a tener miedo. Era un círculo vicioso, una contradicción. Tenía que sacarla de ahí antes de que…

De pronto, Yánika cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Rao. El aura desapareció bruscamente. Kala se heló. Aspiré una bocanada de aire, confundido. ¿Qué…?

«Se ha dormido,» constató Rao en un murmullo, sorprendida.

¿Se habría desmayado por la tensión? Iba a precipitarme cuando Yodah se levantó de un bote y se arrodilló frente a Yánika posando una mano sobre su frente. Maldijo.

«Attah… Le dije que esa técnica sólo la usase cuando realmente lo necesitase. En serio, tío,» le dijo a Mewyl con aire inocente, «tiene el nivel necesario para desmayarse a voluntad.»

«No es algo que se enseñe a la ligera de todas formas,» replicó Mewyl.

Yodah estaba claramente nervioso y las marcas rojas de su Datsu se desataron. Aquello provocó que las mías también se desatasen. Por Sheyra, ni siquiera sabía que existiera una técnica bréjica para inducir un desmayo…

«¿Conlleva riesgos?» pregunté.

En ese momento, la diligencia dio un tumbo y reanudó la marcha en el Gran Túnel. Mewyl se encogió de hombros.

«Toda técnica conlleva riesgos. El mayor es que haga mal el sortilegio y caiga en un coma. Teniendo en cuenta que tu hermana no estaba en un estado emocional precisamente adecuado para trazar sortilegios…» Echó una mirada elocuente a Yodah. «Enseñarle una técnica así para resolver situaciones como esta no me parece una decisión acertada.»

Con el Datsu bien desatado, el hijo-heredero asintió y confesó:

«No pensé que fuera a usarla. Ella me lo pidió porque no confía en sí misma. Tal vez fue un error enseñársela.» Tras un silencio tenso, su rostro se aclaró un poco y se apartó de Yánika. «Creo que está bien. Pronto despertará.»

Más le valía estar en lo cierto…

«¿Qué demonios le has dicho, Drey?» preguntó Sharozza.

Meneé la cabeza. Yánika no había perdido los nervios ni por algo que yo hubiera dicho ni por Yodah, sino por el miedo a su aura. Había pasado años teniendo bien asumida su aura como algo natural intrínseco a ella… pero ahora la asustaba. ¿Por qué? ¿Qué significaba eso de que se estaba reforzando? Aprender bréjica… ¿acaso no le convenía?

«Aprender bréjica fue decisión suya, Drey,» dijo entonces Padre, adivinando mis pensamientos. «Si aprende a manejarla bien, puede que aprenda a controlarse.»

Lo miré, impasible. No repliqué. Intercambié posiciones con Rao y me senté entre Padre y Yánika, ayudando a esta a tumbarse y reposar su cabeza. Permanecimos callados. Sólo Kala metía ruido mental: le pasaba cuando pensaba demasiado. Para tranquilizarlo, aproveché y rehice las trenzas de Yánika a mi manera. A la tercera, Kala se apuntó y lo dejé pelear con los mechones mientras yo vigilaba la respiración de mi hermana. ¿Por qué le había pedido a Yodah que le enseñase una técnica con riesgos tan grandes? ¿Por qué estaba tan asustada? No lo sabía pero, si de algo estaba seguro, era que últimamente había estado repetidamente separado de ella…

Prometimos protegernos, ¿recuerdas? pensé respirando al compás suyo. No tienes por qué tener miedo de ti misma, hermana.

Con suavidad, Kala acabó la trenza y colocó el anillo de oro. Estaba perfecta. Sonreí mentalmente.

“Aprendes rápido, Kala,” lo encomié.

No tardamos en dejar el Gran Túnel y, al desembocar en la gran caverna de Dágovil, entró por las ventanillas abiertas una densa humedad cálida. Fue en ese momento cuando Yánika despertó. Sentí el aura incipiente que se formaba a su alrededor y bajé la vista.

«Yánika.»

«Al fin despierta,» se alegró Sharozza.

Mi hermana estaba confundida.

«¿Me he dormido?»

Enarqué una ceja. ¿Es que no recordaba haberse desmayado voluntariamente? ¿Amnesia ligera, tal vez? Olvidé mi preocupación y sonreí.

«No pasa nada. Ahora estás bien despierta y justo en el buen momento. Estamos llegando. Dentro de poco nos alejaremos del río y vamos a poder ver la Caverna de Música.»

El aura de Yánika se sobrecogió.

«¿Se ve desde aquí?»

«Y se oye,» aseguré.

No tardamos mucho en llegar al lugar del que hablaba. La diligencia se apartó del río Bufanda que rodeaba casi toda Dágovil, pasando por una ancha ruta bien lisa bordeada de campos y criaderos de rowbis. Y, durante un breve momento, apenas unos minutos, alcanzamos a ver entre dos grandes columnas iluminadas por linternas, la luz violácea y dorada de las cascadas de Dágovil. El ruido estruendoso nos persiguió más tiempo. El aura de Yánika irradiaba maravilla.

Los anobos avanzaban con renovado ánimo y la diligencia se acercó pronto de nuevo al río antes de dirigirse hacia otras cascadas menos intensas que las del Sumidero. Aquellas formaban la Cortina que rodeaba la capital desde el sur. No por nada Dágovil era llamada la Capital del Agua. El aire rebosaba humedad y calidez, pues había por encima de la ciudad un enorme lago de magma ardiente que calentaba constantemente el agua que se filtraba hasta abajo. Era ese mismo lago el que causaba las erupciones del volcán Tormag de la Superficie entre Derelm y Trasta.

La diligencia pasó a través de la Cortina por debajo de los Arcos de Piedra, sin mojarse. Los arcoiris monocolores surgían del agua como contrafuertes, azulados por la luz de las piedras de luna.

Avanzamos a paso de gueladera siguiendo una caravana hacia las puertas principales de la capital. Al no ser una ciudad tan comercial y neutra como Kozera, Dágovil había sufrido históricamente más guerras y saqueos que la habían empujado a construir las murallas más imponentes de todos los Pueblos del Agua. Decían que eran aún más gruesas y resistentes que las de Temedia, algo que Yánika y yo habíamos podido comprobar en nuestros viajes. Pegada a la ventanilla, mi hermana sonreía sola de expectación contemplando las chozas y huertos que poblaban la zona que recorríamos ahora entre la Cortina y la muralla. Al menos había recobrado su buen humor.

Seguíamos atascados en el tráfico cuando Yánika pegó un respingo.

«¡Se me acaba de ocurrir una jaysha!» La miré, sorprendido, mientras ella recitaba:

En los arcos de colores,
entre agua, vida y olores,
la más hermosa ciudad.

Yodah aprobó:

«Nada mal.»

Yánika sonrió ampliamente.

«Además esta vez sí que es una jaysha, ¿verdad, Yodah? No he puesto ningún verbo.»

Así que en eso consistían las jayshas, entendí. Le revolví las trenzas, burlón.

«Enhorabuena, Yánika. Creo que has superado con creces a tu maestro.»

Yodah carraspeó mirando hacia el techo de la diligencia mientras aseguraba:

«No me sentiré aludido.»

Sonreí. Al fin, llegamos a la muralla y nos detuvimos. Se oyeron voces. La puerta de la diligencia se abrió y un guardia apareció, nos echó un vistazo, agrandó los ojos al ver tanto tatuaje Arunaeh y se inclinó cerrando de nuevo.

«¡Todo en orden!»

Con los Arunaeh, siempre estaba todo en orden. El cochero puso de nuevo en marcha los anobos. Avanzó poco a poco en el tráfico de la ciudad hasta la plaza de diligencias. Entonces, se detuvo. Ya habíamos llegado. Nos apeamos y yo me estiraba para desentumecerme cuando Padre pasó ante mí y me dijo:

«Quiero hablar contigo un momento.»

Arqueé las cejas. No era usual que mi padre quisiera hablarme en privado. Mientras los demás proponían encontrar una buena posada para comer todos juntos antes de separarnos, los seguimos por la calle animada a varios metros de distancia. Las casas de Dágovil eran como las recordaba: sencillas y más grises que coloridas. Muchas no tenían más de dos pisos. Por eso la capital se extendía tanto.

Al de un buen rato, miré a mi padre de reojo. No decía nada. Decidí ser paciente. Al fin y al cabo, un Arunaeh sabía ser paciente.

Estábamos llegando al final de la larga avenida principal cuando Sharozza señaló una taberna. Ya se habían decidido, o más bien la Exterminadora había decidido. Fue entonces cuando Padre soltó:

«Nunca he aceptado ese tipo de trabajos, pero entiendo que este es tu primero oficial como Monje del Viento.»

Lo miré, expectante. ¿Querría acaso darme consejos? Con su habitual expresión cerrada, agregó:

«Estoy seguro de que lo harás bien.»

Entró detrás de los demás en la taberna, dejándome con una extraña sensación en el cuerpo. Era la primera vez que Padre mostraba confianza sobre mis habilidades. Antaño se contentaba con un simple ‘hazlo bien’, si es que decía algo. Normalmente ni siquiera estaba ahí para decirme nada. Pero, bueno, yo mismo siempre había considerado que lo lógico era que un destructor hiciera su trabajo bien y que no necesitaba aplauso ni ánimo alguno. Me tragué mi sorpresa y sonreí, siguiéndolo adentro.

«Yo también estoy seguro de que harás tu trabajo de construcción perfectamente, Padre.»

Giró la cabeza, sorprendido. Lo vi esbozar una sonrisa irónica.

«Gracias por los ánimos, hijo.»

Sonreí anchamente.

«Igualmente, Padre.»