Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

19 El arte de flotar

Retiré una vieja malla y uní la nueva a la manga de mi camisa de destructor. Llevaba toda la tarde trabajando en la orilla del lago. Primero, había reducido la darganita a fibra y ahora creaba las mallas y las añadía a la ropa en los lugares más dañados.

«Estás sonriendo,» observó de pronto una voz. «¿En qué estás pensando?»

Alcé la vista. A principios de la tarde, Yodah, Yánika y yo habíamos ido a invitar a Rao y a Jiyari a un paseo por el lago y nos habíamos dado toda la vuelta. Nos había traído buenos recuerdos. Ahora, Yánika y Yodah le estaban enseñando a nadar a Jiyari —el Campeón había confesado que, para vergüenza de la ciudad portuaria de Kozera, no sabía ni flotar. Oía las risas de Yánika mientras esta, vestida con una simple túnica blanca, nadaba y se aseguraba de que Jiyari no se alejaba demasiado de la orilla. El Pixie rubio se carcajeó de pronto diciendo:

«¡Creía que estaba flotando pero estoy tocando el suelo!»

Mi sonrisa se ensanchó mientras Yánika estallaba de risa. Su aura alegre me llegaba hasta a mí. Entonces mis ojos se posaron sobre Rao, que se había acercado, pisando con cuidado los guijarros de la orilla con sus pies descalzos. Era raro verla tan relajada, me di cuenta. Se había vuelto a poner la túnica de sacerdotisa de Neeka para meterse en el lago y esta se le pegaba a todo el cuerpo.

«Estaba recordando,» respondí.

Rao se sentó a mi lado con una mirada curiosa y, tras una vacilación, le conté cómo, de niño, había propuesto a Mewyl enseñarle a reír y había acabado haciéndole reír a mi hermano. Rao resopló de risa.

«Lo hacías con buenas intenciones. Vi a tu hermano alguna vez, en mis excursiones al templo,» recordó entonces. «No parece ser del tipo muy expresivo tampoco.»

«No lo es,» sonreí.

La Pixie posó una mirada risueña sobre los tres nadadores y un brillo burlón pasó por sus ojos cuando dejó escapar:

«Al contrario que aquel. Nadie diría que un día ese kadaelfo será líder del clan Arunaeh.»

Con la misma expresión divertida, observé a Yodah mientras este posaba discretamente un alga morada sobre la cabeza rubia de Jiyari. Pronto estallaron las risas. Puse los ojos en blanco.

«No te fíes de las apariencias. Yodah conoce bien a su familia. Tal vez la conozca mejor que su padre. Le gusta conocer a fondo a las personas.» Bajé la mirada hacia mi camisa de destructor reanudando el trabajo mientras decía: «Es un verdadero amante de las mentes.»

«Ya lo veo,» afirmó Rao, pensativa. «Por eso se lo ve tan interesado en tu hermana.»

Me estremecí levemente. Mar-háï… ¿tan evidente era? Alcé los ojos hacia el lago. Jiyari se había izado sobre una roca a descansar. Yodah y Yánika nadaban juntos hacia la otra orilla. Ambos empujaban el agua con fuerza. Esbocé una sonrisa.

«Ella también parece interesarse por él.»

Rao me miró con curiosidad.

«Tal vez porque él es el primero en interesarse por ella en ese sentido.»

Le devolví una mirada divertida.

«No sabes cómo es mi hermana, Rao. Yani conoce bien el mundo y entiende bien a la gente. No solamente gracias a su poder. También ha leído y analizado mucho. Tal vez le falte teoría sobre la bréjica, pero sobre el comportamiento saijit creo que sabe tanto como Yodah, si no más. Por eso,» dije, retomando mi trabajo con calma, «sé que, decida lo que decida, lo hará bien. En esas cosas, nunca se equivoca.»

Rao jugueteaba con los dedos de sus pies, sonriente.

«Confías en ella,» murmuró. «Me recuerda a Kala y a mí. Siempre me ha fascinado la facilidad con la que entiende a la gente.»

Enarqué una ceja. Sellé la última malla de la manga y dejé caer esta inspirando el aire mientras alzaba la mirada hacia el alto techo de la caverna del templo. La luz azulada de las piedras de luna se reflejaba suavemente en el lago.

«¿Por qué Kala y no Melzar, Roï o Boki?» pregunté de pronto. «¿Qué tiene Kala de especial?»

Rao hizo una mueca, divertida.

«Menuda pregunta.»

«Menuda pregunta,» confirmó Kala con un resoplido robándome la boca. «No es que yo fuera especial. Todos lo éramos. ¿A que sí, Rao?»

La Pixie sonrió.

«Sí. Y todos lo somos. Os amo a todos y poco me importa qué tipo de amor sea. Simplemente Kala… tenía más humor que Melzar y menos mala uva que Tafaria, sin ser tan pensativo como Roï, ni tan bueno como Boki, y era sensible a pesar de no enseñarlo tanto como Jiyari.» Calló unos instantes y se encogió de hombros. «Y esa es toda la razón.»

Pero era una razón que había subsistido a dos reencarnaciones. Kala sonrió agarrándola por la cintura.

«En resumen, me amas porque soy un buen payaso delicado y travieso que no piensa.»

Rao enseñó todos sus dientes.

«Me has leído la mente.»

Kala apartó un mechón mojado de la frente de Rao. Su corazón se precipitó. Es decir, el mío. Se tocaron las manos y se las apretaron, permaneciendo así un largo rato hasta que carraspeé.

«Muy romántico, todo esto, pero todavía tengo una manga que reparar.»

Rao rió y me soltó la mano.

«Adelante. Por cierto, ¿qué es ese collar?» preguntó. «No lo tenías antes.»

Bajé la mirada hacia el collar de darshablina que había dejado sobre una roca.

«Oh. Es verdad,» dijo Kala. «Me lo dio Anuhi para que se lo diera a Roï cuando lo viéramos.»

«¿Te la encontraste?» se sorprendió Rao, inspeccionando el collar. «Parece estar encantado. ¿Te dijo lo que hacía?»

«No,» confesó Kala.

Le contó lo ocurrido con la hobbit traumada amiga de Mani y terminó diciendo:

«Le he explicado tan bien la verdad que hasta le he impresionado a Drey. Él siempre hace como que se burla, pero ya no me engaña: de verdad lo he impresionado,» rió.

Rao sonrió, divertida.

«Me hubiera gustado verlo. Y yo que pensaba que estarías aburrido viendo a Drey destruir darganita…»

«Qué va,» resoplé. «Yo terminé enseguida.»

«Llevas toda la tarde con tu darganita,» me corrigió Kala. «¿No crees que deberíamos hacer una pausa?»

Consulté mi anillo de Nashtag y mis labios se estiraron en una sonrisa sardónica.

«Diablos, es verdad. Prometí ir a ver al Gran Monje antes de la cena.»

«¡¿Qué?!» protestó Kala. «¿Es que no sabes divertirte?»

«Poner parches en mi uniforme de destructor me divierte,» le aseguré, levantándome.

Kala le dedicó a Rao una mueca de auxilio.

«¡¿En serio…?!»

Rao se carcajeó.

«¡A mí no me mires! Tú quisiste reencarnarte en un Arunaeh. Piensa,» dijo, alzando un índice y tomando la misma pose que el viejo maestro del Templo de la Verdad, «que, cuando se convive con alguien, se acaban compartiendo aficiones.»

«Me estás diciendo que voy a acabar igual de chiflado que él,» protestó Kala. «En serio, Rao. Una vez dijo que se iba a tirar de la Cascada de la Muerte, porque su hermano lo hizo. Y poco después paró una estalagmita con su órica y dejó que unos vampiros nos atrapasen. Y nada más que en la isla, se agarró al pie de la gárgola cuando salía volando. ¡Si eso no es locura! Y él me decía que sus actos eran siempre mesurados y nunca impulsivos… Deberías ayudarme a explicarle las cosas, Rao.»

Recogiendo mi saco de darganita, me burlé:

«Creía que sabías explicar las cosas muy bien. Además, estoy perfectamente en mis cabales, Kala.» Eché una mirada hacia Saoko, sentado algo más allá. «¿Verdad, Saoko?»

El drow no contestó. Kala soltó una risita sarcástica.

«¿Ves? No te contesta.»

«Eso es que no quiere mostrar que ha escuchado toda la conversación,» le repliqué con paciencia. «Es un mirón educado. Ahora mismo está pensando: qué fastidio que me dirija la palabra mi protegido, con lo tranquilo que estaba… ¿eh?» Saoko me lanzó una mirada aburrida. Le sonreí amigablemente. «En fin, será mejor que vaya. Nos vemos esta noche, en el albergue.»

Los ojos de Rao chispearon.

«¿Esta noche? Pareces un extereño.»

Los subterranienses llamábamos extereños a los que vivían en la Superficie. Puse los ojos en blanco.

«Influencia de los Ragasakis, supongo.»

«Eso me hace pensar,» dijo de pronto Rao ensimismada mientras yo daba ya un paso alejándome de la orilla. «Allá, en la montaña hueca de roca-eterna… era la primera vez que veía el cielo en esta vida.»

Su tono nostálgico me sobrecogió. Entonces, Kala me tomó el cuerpo, se arrodilló detrás de ella y la abrazó.

«Lo prometimos, ¿recuerdas?» murmuró. «Que veríamos de nuevo las nubes juntos.»

Bajo nuestra mano, noté cómo el corazón de Rao se aceleraba de golpe. Alzó su mano y la posó sobre la nuestra con dulzura.

«Lo acabo… de recordar.»

* * *

Pasé por la casa de Padre para dejar la fibra de darganita y pude ver a Sombaw, sentado solo en el salón, con un tablero de Erlun ante él. Parecía estar jugando solo, pero yo sabía que no era el caso. Tras escuchar mi historia, el anciano había mostrado tal curiosidad por Myriah que Rao no había podido más que permitirles a ambos conocerse. “Pero sólo por una tarde,” había insistido. Sonreí. Sombaw estaba a fondo en su partida y adiviné que Myriah debía de estar exultando de felicidad. Si algo tenían en común esos dos era su pasión por el Erlun.

Cada loco con su tema, me burlé, cerrando la puerta con suavidad.

Tomé la dirección del Templo del Viento. El Camino Azul estaba desierto y, en el templo, apenas me crucé con gente en los pasillos. Aún no había terminado la Feria de Dágovil y, entre los monjes que habían aprovechado el momento para tomarse vacaciones y los que estaban cumpliendo una misión, no quedaban en aquel lugar más que los viejos y los aprendices.

Me detuve ante la puerta de la sala principal. Ya no estaban los dos guardias de la última vez. ¿El Gran Monje habría encontrado un sitio más seguro para el Orbe del Viento? Esperaba que fuera el caso. Llamé a la puerta entreabierta y asomé la cabeza. Vi al Gran Monje hablando con dos de sus miembros sentados de espaldas a mí.

«¡Drey!» soltó el Gran Monje. Su rostro se aclaró. «Cierra la puerta y acércate. Estaba esperándote.»

Me incliné.

«Perdón por la espera.»

Cerré la puerta y me adelanté. Enseguida reconocí a los dos monjes. El primero era el joven Bluz, antiguo aprendiz de Draken. El segundo, o más bien la segunda, era Sharozza la Exterminadora. La humana me acogió con una amplia sonrisa.

«Hola, Drey. Nos volvemos a ver más pronto de lo que creía,» me saludó. «¿Te sirvieron los guantes?»

Se refería a los guantes que me había comprado por pura generosidad en Arhum. Me arrodillé a su derecha aprobando:

«Son de buena calidad.»

Los ojos de la bloqueadora sonrieron, bien abiertos.

«Me alegro. Como verás, ser la Gran Bloqueadora de Dágovil conlleva sus inconvenientes. Me han encomendado una misión especial y me gustaría tener a al menos un ayudante. No puedo negar que estaría más tranquila teniéndote a ti a mi lado. Ya sé que Buz tiene buena madera, pero no tiene tanta experiencia como tú. Aunque, claro, si hubiera estado Lústogan habría sido mejor…»

«Sharozza,» la interrumpió el Gran Monje con inusual suavidad. Caminó ante nosotros con las manos recogidas detrás de la espalda. «Si no dejas a los nuevos hacer nada, nunca tomarán experiencia. Tú también fuiste joven.»

«¡Hey! Sigo siendo joven, Gran Monje,» protestó Sharozza. «Pero tienes razón. Tal vez Buz se muestre útil. Pero Drey se viene con nosotros.»

«Soy Bluz,» murmuró el joven humano por lo bajo.

Fruncí el ceño.

«Un momento. Si se trata de un trabajo, antes de aceptarlo tengo que saber de qué va.»

«¿De qué va ir?» rió Sharozza. «De destrucción. Nadie va a pagar a un destructor doscientos mil kétalos por cantarle una nana.»

Me quedé sin habla. ¿Doscientos mil, decía? ¿Doscientos mil kétalos para un destructor? Aunque fuéramos tres, la cantidad era astronómica. Ni siquiera cavando el Gran Túnel habíamos sacado tanto.

Sharozza dejó escapar una risita burlona.

«El demonio se ha tragado la lengua. Seguramente habrás pensado que esos doscientos mil podrían ayudar a tu hermano, ¿o no?»

Para pagar los dos millones que debía al templo, sin duda pero…

«Attah… ¿qué piden pues? ¿Que hagamos un pozo hasta los abismos infernales?» pregunté.

El Gran Monje intervino:

«Esta mañana he recibido una carta firmada por una persona importante que busca a un destructor de gran habilidad. Promete doscientos mil kétalos y define el trabajo como un secreto de estado.»

No oculté mi mueca.

«Le tengo alergia a esos trabajos,» confesé. «¿Por qué hablarme de esto? Si el cliente sólo pide a un destructor…»

«Lo hago por seguridad,» me cortó el Gran Monje. «Para eso quiero que vayáis tres. He preparado una carta en la que explico las medidas de seguridad de nuestra Orden y el cómo un trabajo con una recompensa tan alta requiere siempre la presencia de tres destructores… Y te pido, Drey, que seas uno de ellos.»

Fruncí el ceño.

«¿Cuánto tiempo llevará este trabajo?»

Sharozza se encogió de hombros.

«Al parecer, un día.»

Resollé.

«¿Doscientos mil kétalos por un día?» Me giré hacia el Gran Monje. «¿De qué va esto, abuelo?»

El anciano suspiró.

«Sé lo que estás pensando: doscientos mil por un día es un desequilibrio, Sheyra no se siente cómoda con eso, voy a rechazar y me vuelvo con mis compañeros cazarrecompensas a vagabundear por el mundo.» Gruñí, sonrió y apuntó con seriedad: «Te pido que lo consideres. Sharozza quiere aceptar. Está empeñada en ayudar a tu hermano a pagar esos dos millones que debe al templo. Por otro lado, rechazar este trabajo podría tener consecuencias diplomáticas.»

Imprequé.

«Habla claro. Esa persona importante pertenece al Gremio.»

Sharozza asintió.

«Eso es evidente. Su nombre, en cambio, tendremos que seguir ignorándolo. El Gran Monje no quiere soltarlo.»

«El cliente pide máximo secreto,» replicó este. «En Dágovil, os encontraréis con un contacto en la taberna La Vanganisa que os dirá qué hacer. No pongas esa cara, Drey, es uno de esos trabajos poco agradables pero que acaban rápido. Estoy seguro de que lo llevaréis a cabo sin problemas y podréis disfrutar de los últimos días de la Feria y de una bonita suma de kétalos… quitando la parte que se lleve el templo, claro.»

Así que hasta llegar a Dágovil ni siquiera sabríamos lo que teníamos que hacer…

«¡Destruiré cuanto me pongan delante!» aseguró Sharozza.

«Así me gusta, los ánimos altos,» aprobó el anciano. «La cena estará lista dentro de poco. Podéis retiraros.»

Me levanté y me dirigí hacia la salida con los dientes apretados. De no ser porque Sharozza estaba tan empeñada en ir, y de no ser porque ese era el primer trabajo que me asignaba el Gran Monje desde que formaba oficialmente parte de la Orden… sin duda, de no ser por todo eso, habría dicho: Ya-náï.

“Es una buena cosa,” comentó entonces Kala.

Me esperaba que dijese cualquier cosa salvo eso.

“¿Una buena cosa? ¿Trabajar para el Gremio?”

“Bueno… Tal vez logremos averiguar algo sobre Lotus en camino, ¿no crees?”

Suspiré ruidosamente. Claro, Kala pensaba en Lotus. No veía muy bien cómo un trabajo de destrucción iba a ayudarnos a descubrir algo sobre Lotus, a menos que tuviéramos precisamente que ampliar el lugar donde lo tenían encerrado, de lo cual dudaba… Estaba ya en el pasillo cuando recibí una fuerte palmada en la espalda.

«¡Hacía tiempo que no trabajábamos juntos!» se entusiasmó Sharozza. «Alegra esa cara: ¡seguro que nos lo pasamos bien!»

Me cogió del brazo con familiaridad ante los ojos redondos de Bluz. Lo despidió a este diciendo:

«Mañana a las siete en los establos, muchacho. No olvides nada, no llegues tarde ¡y ve a hacer la mochila antes de la cena!»

«¡Sí, mahí!» contestó Bluz. Parecía un soldado hablando a su sargento…

Puse los ojos en blanco mientras el joven destructor de pelo rizado salía corriendo hacia su cuarto.

«¿No crees que lo infantilizas un poco? Sólo tiene dos años menos que yo.»

Sharozza ladeó el cuello alzando una mirada maliciosa hacia mí.

«Me gusta cuando me hacen caso. Además, al contrario que tú, se le ve en la cara al chaval que todavía quiere que le manden. No me quejo. Mejor tener a un novato obediente en los talones que a un novato moscardón insolente. Por cierto, Drey,» agregó casi sin recuperar el aliento —virábamos en un pasillo hacia el refectorio. «¿Qué tal tu diosa? Y no me refiero a Sheyra, me refiero a la chica con la que te vi en Arhum. No tuve tiempo de preguntarte pero… ¿dónde la encontraste?»

Me mordí la lengua al recordar cómo Kala había presentado a Rao como a su diosa.

«Er… En Dágovil capital.»

Era cierto. La primera vez que la había visto yo había sido en Dágovil, hacía años, cuando me había devuelto la lágrima dracónida. Los ojos de Sharozza estaban encendidos de curiosidad y yo desvié la mirada resoplando de lado. Me vino a salvar un aura alegre.

«¡Hermano, Sharozza!»

Nos separamos y giramos para ver a Yánika correr por el pasillo. Su aura resplandecía de orgullo.

«¡Jiyari ha aprendido a flotar! Mañana tendrás que verlo.»

Me ensombrecí de golpe. Mañana…

«Lo siento, Yani. Mañana tengo que ir a Dágovil por un trabajo.»

El aura de Yánika marcó un cambio brusco y se llenó de decepción. Yodah la alcanzó y me miró con una ceja enarcada.

“¿Trabajo de destrucción?”

“Y uno raro que todavía no sé ni de qué va,” suspiré mentalmente. “Si hubiese sabido que Yánika se pondría así…”

Yodah sonrió y soltó en voz alta:

«En Dágovil también hay lagos. Y baños termales. ¿Verdad, Yani? Os acompañamos. De todas formas, quería enseñarle la Feria a Yánika. Y ahora que lo pienso la familia Isylavi me mandó una invitación para asistir a la boda de su primogénito en la capital. Normalmente no acepto, pero dadas las circunstancias…»

Agrandé los ojos.

«¿No será la boda de Perky?»

«Er… Demonios,» se sorprendió Yodah cayendo en la cuenta. «Pues debe de ser la suya.»

No sabía que Perky era hijo primogénito… Sharozza sonrió con sus ojos violetas bien abiertos.

«¡Una boda! Odio las bodas,» confesó. «Son aburridas, tradicionales y rimbombantes. Pero ¡será un placer viajar con vosotros!»

Ya entrábamos todos en el refectorio cuando la bloqueadora me agarró la manga murmurando:

«Oye, oye, Drey. Me estaba preguntando. ¿No hay un título específico para llamar al hijo-heredero de tu clan?»

Le devolví una mueca desconcertada.

«¿Un título? No realmente. Los Arunaeh no somos muy aficionados a los títulos. Pero le puedes poner un apodo, no te cortes: hasta los nombres de rocas valen. A mí me apodó Lutita en su tiempo,» confesé.

«¿Lutita?» se extrañó Sharozza.

Yodah nos había oído y al sentarse en su silla reservada me dedicó una expresión guasona.

“Esa palabra me trae recuerdos sobre cierta apuesta.”

“¿Te habías olvidado?” le reproché.

Yodah alzó la vista hacia la entrada. Ahí llegaban Sombaw, Padre y Mewyl. Este último asentía secamente a algo que le decía el Gran Monje. Yodah emitió una risita mental.

“No. Yo no olvido. Ni me rindo fácilmente.”

Intercambiamos una mirada traviesa.

“Yo tampoco.”