Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

15 Amigos, gemelos y padres

La bajada por la escala fue larga. Estábamos por la mitad y la oscuridad nos cernía cuando llamé:

«Abuelo.»

Sombaw bajaba justo antes que yo. Yo era el último.

«¿Qué, pequeño?»

«¿Estás bien?»

«¿Yo? Pues claro.»

Tan sólo se oían los ruidos de botas contra el metal. El hierro era viejo. ¿Tal vez más de cien años? Pero había barrotes que habían sido añadidos luego.

«Abuelo.»

Oí un suspiro.

«¿Qué, pequeño?»

«No soy pequeño,» gruñí.

«Y yo no soy tu abuelo,» replicó Sombaw, divertido.

Puse los ojos en blanco y descendí otro peldaño. Los demás nos habían distanciado. Sombaw, pese a bajar regularmente, tomaba su tiempo y yo no quería apremiarlo. Hice una mueca, pensativo.

«Si existía este camino para llegar al Templo del Viento tan rápido, ¿por qué usas el otro?»

«Uff,» resopló Sombaw, deteniéndose. «Por varias razones. Más de uno sabe que voy a visitar a Lanken casi todos los años. No quiero que este camino se conozca. Además… Lanken dice que ahí abajo hace un frío de mil demonios. Y a mí el frío… ya sabes. De no ser porque estáis aquí y porque mis Zatashira no vuelven, tomaría el otro camino.»

Reanudó la bajada. Asentí para mí.

«Ya veo. ¿Tus Zatashira son los mercenarios a los que contrataste?»

«Mm. Llevaba contratándolos desde hacía tres años y les pagaba bien. Eran buena gente. Por eso, me extraña que me hayan dejado plantado en el templo. Me preocupa lo que les haya podido ocurrir,» reconoció.

Alcé la mirada hacia la luz ya casi imperceptible de la habitación. Estábamos ya muy abajo. ¿Cuánto nos quedaría por bajar?

«Sin duda,» comenté, «la vida de un mercenario nunca es muy segura.»

Hubo otro silencio en el que percibimos tan sólo el ruido metálico de nuestros pasos. Oí voces abajo. Estaban muy lejos. Caray. Y Sombaw tenía razón: hacía cada vez más frío.

«Si te cuesta, me lo dices, ¿eh?» solté, rompiendo el silencio. «No te hagas el estoico.»

«Lanken apenas es más joven que yo,» replicó Sombaw. «No me voy a quedar atrás.»

«Precisamente por eso te pedía que no te hicieras el estoico,» murmuré.

«¿Qué dices?»

«Nada. Sigue bajando.»

Hubo un silencio. Entonces, Sombaw soltó:

«¿Aprendiste un poco de bréjica?»

Enarqué una ceja y agarré el barrote siguiente.

«Las bases. ¿Por qué?»

“Porque me resulta más fácil hablar así,” explicó Sombaw por vía mental. “¿Me oyes?”

“Te oigo. Pero deberías dejar de hablar y concentrarte en los barrotes.”

“Muy justo. Sólo una pregunta. Esos compañeros que tienes, ¿no los has contratado para que te defiendan?”

Sonreí. ¿Estaba otra vez con eso?

“No. Son amigos.”

Hubo un silencio que duró varios barrotes. Entonces, agregué con cierta exasperación:

“¿Te parece imposible que un Arunaeh tenga amigos?”

“¿Eh? No. Qué va. Es inusual, nada más. Yo también los tengo.”

Lanken siendo uno de ellos, adiviné. Sonreí.

“Entonces tú tampoco eres un Arunaeh normal.”

“No hay ningún Arunaeh normal,” replicó el anciano, burlón. “Somos todos diferentes. Tu abuelo Nalem y yo compartimos abuela, ¿sabes? Saverya Arunaeh. Ella solía decir: la fuerza de nuestra familia reside en que todos son uno y nadie es como todos. Después de Irshae, creo que fue la líder que más se acercó a los preceptos de Sheyra.”

Kala frunció el entrecejo. Lo adiviné algo perdido con tanto nombre. Puse los ojos en blanco y solté:

“¿Y Liyen?”

“¿El muchacho? Bueno… mi sobrino hace un buen trabajo como líder. Pero me temo que se mete demasiado en el mundo. Nosotros, los Arunaeh, debemos mantenernos siempre al margen de la sociedad. Porque las sociedades de hoy son todo menos respetuosas de Sheyra. Pero se ha convertido en un gran hombre,” opinó con innegable afecto.

Sonreí para mis adentros. Hablaba de Liyen como si apenas hubiera empezado a liderar el clan, cuando llevaba ya una buena veintena de años haciéndolo. Ya nos alcanzaba la luz de los demás que habían llegado abajo cuando solté:

«Di, Sombaw.»

“¿Qué?” dijo este restableciendo la conexión bréjica.

“¿Por qué nuestra familia se molesta en proteger este templo?”

Me intrigaba. Que Sombaw no quisiera que les ocurriera nada malo a esos cinco demonios víctimas de las circunstancias, lo entendía. Pero ¿por qué los Arunaeh, como clan, los protegían, arriesgando su reputación?

“No seas cruel, no es tan inusual,” aseguró Sombaw. “Sheyra equilibra, castiga y protege. Y a su imagen, equilibramos según nuestra balanza, castigamos los excesos y protegemos cuando es posible a quienes lo necesitan. El quién, el cómo y el cuánto se dejan en manos de cada uno. En aquella época,” agregó tras una pausa, “Royel estaba ya muriéndose y Liyen era líder de facto. Cuando le hablé de lo sucedido en el templo, decidió proteger a los cinco demonios y mandó estudiarlos. Como amigo del templo, el trabajo recayó sobre mí.”

Sentí cómo Kala se retorcía de pronto.

“¿Estudiarlos?” soltó. “¿Experimentaste con ellos?”

“Er… ¿A qué te refieres? Sólo los estudié… ¡Espera! ¿Tú quién eres?” preguntó Sombaw, confundido.

Hice una mueca. ¿Es que acaso ignoraba lo de Kala?

“Diablos, abuelo, ¿desde cuándo hace que no te pasas por la isla?”

“Er… Dos años. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso con el intruso? ¿Tienes brejistas en tu grupo?”

Noté su curiosidad. Esquivé la pregunta replicándole:

“El intruso está en mi cabeza. Pero olvídate de ello por ahora. Te lo explicaré luego.”

Hubo un breve silencio.

“Ya me tienes intrigado,” reconoció.

Sombaw posó un pie sobre el suelo y me reuní con él de un salto amortiguado con órica. Constaté que Lanken y Sawk se habían adelantado. Perky observaba al demonio velado con curiosidad. Las dos Cuchillos Rojos esperaban, tragándose su impaciencia.

«Estamos todos, Yemin,» lo animó Rao.

Una voluta de vapor salió de su boca. Ahí abajo hacía frío. Mucho frío. Nos pusimos en marcha.

Mientras avanzábamos, inspeccioné mi alrededor. La roca era todo salvo lisa. De color pálido. Eso era… Me detuve un instante por el asombro. ¡Eso era roca-fría! Sabía que era típica en las cavernas del norte de Lédek, así como en los fondos marinos del mar de Gassand, pero yo nunca la había visto en tales cantidades. Los comerciantes de los Subterráneos la usaban para conservar comida, pero ni siquiera el almacén de Loeria donde me habían metido los vampiros con la aórgona tenía tanta roca-fría como aquel lugar. Estábamos literalmente rodeados. Y lo que no era roca era hielo. Pronto nos encontramos en una caverna baja con estalagmitas y estalactitas de hielo por doquier.

Jiyari soltó un grito al resbalar con una placa de agua helada y recuperó el equilibrio de milagro apoyándose sobre Chihima. Esta llevaba como de costumbre un pañuelo negro ante su rostro pero pude ver bien sus ojos brillar de incomodidad cuando el Pixie rubio le dio las gracias.

«Er…» murmuró Yemin. Su voz se reverberó. «Tened cuidado con el hielo.»

Retomamos la marcha. El demonio avanzaba con la agilidad de quien está acostumbrado a recorrer el mismo camino. Evitaba las estalactitas casi sin mirarlas, saltaba de roca en roca para no tocar los cada vez más numerosos charcos congelados y se detenía a regañadientes para esperarnos. En un bosque de estalagmitas tan amplio y denso como aquel, estaba seguro de que, sin su ayuda, nos habríamos perdido hace tiempo.

Llevábamos unos veinte minutos andando cuando de pronto las estalagmitas dieron paso a un cueva de techo más alto. Había una pequeña choza a la que se llegaba subiendo unas escaleras cuidadas y talladas en la roca. Las paredes de toda la caverna estaban cubiertas de hielo y las luces que destellaban alrededor de la choza se reflejaban en ellas con unos curiosos colores turquesas fosforescentes. Parpadeé ante la cantidad de luz y observé cómo Yemin subía de cuatro en cuatro los peldaños hasta su casa. Lo seguimos con más prudencia. El aire gélido me acuchillaba a cada inspiración y por más que tratase de anular por completo el viento órico a mi alrededor, el frío seguía mordiéndome sin piedad. Al llegar al pie de las escaleras, me detuve, abrazándome. Me había puesto el uniforme de destructor y la túnica de monje y a pesar de todo seguía teniendo frío…

Ante la mirada interrogante de Rao, Kala murmuró:

«El cuerpo de saijit… es débil, Rao. No sabes lo débil que me siento ahora.»

El Pixie tenía miedo. Porque jamás había pasado tanto frío. Y su miedo me contagiaba. Mi Datsu se desató un poco más.

«Huh… ¿No me d-digas que te has quedado at-t-tascado por un poco de f-frío?» tiritó Sombaw.

Él no estaba mejor que yo, comprobé. Y eso que estaba mejor abrigado, arrebujado en su gruesa capa. De pronto, sentí una mano casi hasta caliente rozar mi mejilla helada y me crucé con la mirada de Rao. Me envió un aliento cálido a la cara mientras se inquietaba:

«Diablos, sí que estás congelado… Ahora que lo pienso, incluso antaño, el invierno no te gustaba. Ni la nieve.»

«Porque me roñaba,» sonrió Kala. E hizo una mueca. «En cambio tú, con tu pelaje, lo resistías todo, tramposa.» Se sonrieron y el Pixie apuntó: «Pero ahora no lo tienes. ¿Cómo es que a ti no te pasa lo mismo?»

«Tengo frío,» confesó Rao. «Pero los humanos y belarcos resistimos mejor que los drows.»

Sortuda… Era cierto que los kadaelfos éramos medio drows, medio humanos y ni los drows ni los kadaelfos habían resistido nunca bien al frío. Al recordarlo, me giré hacia Saoko. El brassareño tenía la piel azul inquietantemente pálida. Y Perky no andaba mucho mejor.

«Subamos,» dijo Sombaw. «Ahí dentro tal vez no haga tanto frío.»

Asentí y me dispuse a moverme. Apenas lograba sentir mis miembros entumecidos y estaba lejos de poder ayudar a Sombaw. Pero Jiyari le ofreció su apoyo. Rao y Perky subieron junto a mí. Y Chihima cerró la marcha, asegurándose de que Saoko seguía ascendiendo maquinalmente. En cuanto a Samba… el gato negro hacía tiempo que se había subido a la mochila que llevaba Rao y se había metido en ella como se mete un zorro en su madriguera. Las ventajas de ser pequeño…

Cuando entré en la choza, una oleada de calor me abofeteó, aunque tardé unos segundos en entender que era calor y no frío. Dolía igual. Casi me había olvidado ya de Rodja y fue con un respingo ralentizado que acogí el grito desgarrador de la demonio. Estaba tumbada en una cama de roca, sobre un colchón, y Lanken se atareaba a su alrededor. Me senté, preso de violentos escalofríos. Yemin le dio una manta a Sombaw y otra para que la compartiéramos Saoko, Perky y yo. Los cuatro éramos claramente los más afectados: los demás se contentaron con reunirse alrededor de la placa de calor. Esta era una mágara, y no una pequeña. Debía de haber costado una fortuna. ¿Se la habrían ofrecido los Arunaeh? Todo podía ser.

Durante largo rato, permanecí en silencio y observé lo que ocurría en la más bien reducida habitación. Otro demonio, seguramente el tal Tarkul, miraba a los recién llegados con expresión cerrada. Al contrario que Yemin, no ocultaba sus marcas demoníacas con un velo y, al verlo, Perky se quedó como paralizado. No dijo nada. Fue Jiyari el que lo tranquilizó:

«Libérate de tus prejuicios, mahí. No son demonios malos.»

«¿De… monios?» murmuró el científico, lívido.

En ese momento, Rodja soltó un alarido que nos puso los pelos de punta a todos. Kala temblaba ya no solo de frío sino también de miedo.

“Drey… ¿Crees que va a morir?”

Me estremecí. No le contesté. Los gritos se hicieron eternos. Lanken estaba pálido. Mi cuerpo se iba poco a poco calentando. Al cabo de tal vez una hora reparé en otra alma que había en la habitación: una niña de unos dos años que acababa de aparecer detrás de la cama y se agarraba ahora al pantalón de Tarkul. Esa debía de ser la hija de la difunta Arkia. Como todos ellos, llevaba en el rostro unas marcas negras que recordaban las vibrisas de los felinos; tenía ojos rojos de serpiente y dientes puntiagudos. Las marcas me las conocía porque todos los primeros del mes de Riachuelos los aldeanos del Templo del Viento sacaban a un demonio falso todo pintarrajeado y lo perseguían hasta darle azotes con fajas cubiertas de paja. Con ese ritual, según había oído, se pretendía alejar los malos espíritus para todo el año.

La niña tenía los ojos muy abiertos. Al ver a tanta gente en su casa, debía de haberse quedado todo ese tiempo escondida detrás de su propia cama. Tarkul se agachó y pasó una mano apaciguadora sobre la melena negra de su hija.

«No tengas miedo, Twira,» le dijo con dulzura. «Son amigos de los Arunaeh. Gente buena.»

Enarqué una ceja. Era, creo, la primera vez que oía a alguien categorizar a los Arunaeh como «gente buena». Generalmente, los veían como inquisidores, leedores de mente, máquinas insensibles… Tenía gracia que esos demonios nos vieran con mejores ojos que la gente normal.

Entonces, Rodja gritó, sin aliento. Estaba roja y sudaba la gota gorda. Oí a Rao tragar saliva. Jamás en mi vida había asistido a un parto y aquello realmente no me invitaba a renovar la experiencia… De pronto, Perky se levantó, apartando la manta.

«Lo siento. Lo siento pero esto no va bien, anciano.» Se adelantó hacia la cama. «No sale con las contracciones. Hay que ayudarla a empujar.»

Con la frente sudorosa, Lanken repitió:

«¿Empujar?»

Perky resopló.

«¿Es que nunca has ayudado en un parto? Por todos los demonios,» imprecó remangándose. «Estudié medicina en Dágovil antes que bréjica. No soy un experto pero, por favor, me encargaré de esto.»

Lanken inspiró.

«¿Estudiaste medicina en Dágovil? Haberlo dicho antes…»

El viejo maestro se dejó caer en una cama vecina, exhausto, mientras Perky de Isylavi tomaba el relevo bajo nuestros ojos atónitos. Ese científico al que habíamos encontrado en un laboratorio que experimentaba con saijits… ¿iba a ayudar a una demonio a dar a luz? Los gritos se duplicaron, así que por un momento dudé de que realmente no la estuviera matando.

«Jamás,» oí decir a Rao en un murmullo. «No quiero tener hijos nunca.»

Chihima aprobó firmemente. De pronto salpicó sangre. Jiyari se volvió lívido… y se desmayó. Al verlo, Sawk, el elfocano, hizo ademán de acercarse pero yo alcé una mano tranquilizadora:

«Es normal. Es así.»

A partir de ahí, no dijimos nada más. Callamos y medio cerramos los ojos por compasión y ansia de que todo acabase. Hasta yo pensé con fuerza que, después de que Rodja y Yemin hubieran nacido demonios y sido abandonados, Sheyra no podía más que equilibrar y darles una vida feliz…

Entonces, oí otro grito. Pero ese no era el de Rodja. Era un plañido. Un recién nacido que lloraba. Kala abrió grande los ojos, anhelando verlo. El nuevo ser vivo estaba cubierto de sangre. Pero vivía.

“Un… una vida,” murmuró Kala mentalmente, maravillado.

Yemin se precipitó.

«¡Rodja!»

«Está bien,» aseguró Perky. «Diablos. Pero todavía no ha acabado. Tomadlo, alguien. Tú,» le dijo a Tarkul.

El demonio se estremeció pero se adelantó y tomó al recién nacido. Lanken preguntó:

«¿Qué quieres decir con que todavía no ha acabado?»

Perky chasqueó la lengua.

«Realmente no sabes nada, anciano.» Y sonrió. «Son gemelos. Rodja, un pequeño esfuerzo más. Puedes hacerlo.»

Verlo animar a la demonio fue el colmo. Sonreí, sin embargo. Parecía que el científico realmente sabía lo que hacía. Y de hecho, al de otra hora, salió el segundo recién nacido. También era niño. Y berreaba más alto que el primero. Yemin lloraba de alegría. De hecho, todos lloraban de alegría, incluidas Rao y Chihima. Los únicos en ser menos expresivos fuimos Sombaw, Saoko y yo. Pero sonreímos anchamente.

«Esto… ha sido toda una experiencia,» resoplé.

«Mm. Gemelos,» murmuró Sombaw. «Qué recuerdos.»

Le eché una mirada interrogante y él se encogió de hombros, molesto.

«Vamos… ¿Es que no te conoces la genealogía de tu clan, Drey? Yo tuve un hermano gemelo.»

Arqueé las cejas y traté de recordar el árbol genealógico…

«Ya… Se llamaba Seketh, ¿verdad?»

Sombaw ahogó una risa.

«No. Seketh fue el Cuarto Sellador del clan. Mi hermano gemelo se llamaba Lotus.»

Sentí que se me caía un yunque en la cabeza. Rao hipó. La Pixie se lo quedó mirando como si lo viera por primera vez. Hacía más de treinta años que no veía a Lotus y adiviné que estaba tratando de reconocerlo pese a todo. Sombaw carraspeó.

«Realmente no te conoces nuestra genealogía… Y parece ser que Lotus es más conocido que yo,» agregó en un murmullo.

Me miró con los ojos entornados.

“¿Qué diablos has contado a esta gente, Drey?”

Hice una mueca.

“Nada que no supieran ya. El único en no saber nada es Perky.”

Nuestras miradas se giraron hacia el científico que sonreía anchamente viendo a los dos recién nacidos, ya limpios, acunados entre los brazos de la madre. Uno llevaba las marcas negras de los demonios. El otro no. ¿Significaría acaso que no era demonio? ¿O que todavía no le habían salido las marcas? Rao se levantó.

«Será mejor que nos movamos. No es por nada, pero les estamos llenando la casa.»

Al oírla, Rodja soltó con voz ronca:

«No es ninguna molestia. Ver tanta vida… me alegra mucho.»

«Pero estás cansada,» intervino Perky con tono de médico. «Será mejor que descanses. Por favor. Estos pequeñuelos ya se ocuparán de cansaros hasta hartaros,» sonrió.

Mientras él soltaba instrucciones de base a los padres, nosotros nos levantamos y nos pusimos de nuevo las mochilas a cuestas. Tarkul se avanzó hacia nosotros con su hija en brazos.

«No puedo más que agradecer la ayuda de vuestro compañero. Y la ayuda de vuestra familia, mahis.»

Realizó una pequeña inclinación hacia Sombaw y hacia mí. Su expresión seguía igual de cerrada, pero supuse que era porque llevaba rasgos de drow. La pequeña Twira, en cambio, tenía toda la pinta de ser una mestiza felrin, medio drow y medio elfo de la tierra. Nos miraba con grandes ojos castaños. Tendió una mano hacia un mechón malva de Rao y esta sonrió.

«Es color natural. Me llamo Rao. ¿Tú cómo te llamas?»

«Twira,» contestó la pequeñaja.

«¿Rao?» repitió Tarkul, sobrecogido. Ante nuestras miradas intrigadas, meneó la cabeza. «No es nada.»

«Es algo,» lo desengañó Rao. «Nunca he conocido a nadie que llevara mi nombre. ¿Te suena de algo?»

Tarkul suspiró, incómodo.

«Bueno… Es que es imposible que tú seas la Rao de la que me hablaron. Tendría que tener ya más de setenta años.»

Rao, Jiyari y yo intercambiamos miradas alteradas.

«¿De la que te hablaron?» repitió Lanken, acercándose. «Yo nunca te he hablado de eso.»

Tarkul se puso esta vez indudablemente nervioso.

«No es nada,» repitió. «De veras.»

«¿Qué te dijeron de esa Rao?» replicó Rao.

Al recibir la mirada alentadora de Lanken, Tarkul bajó levemente la cabeza y confesó:

«Fue hace ocho años. Llevábamos ya unos años viviendo en este sitio y no en el templo, sin tener que escondernos más cuando había visitas… Llegó un hombre y bajó hasta aquí.»

El maestro del templo agrandó los ojos.

«¿Hablas de Zarafax?»

«Ah, sí. Ese es el amigo del filósofo que ayudaba a traer demonios al templo,» nos explicó Sombaw. Iba a añadir algo pero se detuvo al ver nuestras expresiones. «¿Pasa algo?»

«¿Que si pasa algo?» soltó de pronto Jiyari con un resoplido. Se rió, incrédulo. «¡Claro que pasa! Precisamente andábamos buscando a Zarafax. Él…»

Rao lo acalló con un gesto.

«¿Qué os dijo Zarafax?»

Tarkul vaciló. Lanken apuntó:

«Ya que habéis visto que los demonios no son siempre terribles, daré por supuesto que no buscáis a Zarafax por nada malo.»

Rao puso los ojos en blanco.

«Claro que no. Zarafax era un buen amigo de mi padre.»

Tarkul jadeó.

«Tú…» El demonio posó a Twira con unas manos que temblaban ligeramente. «Es imposible. A menos que tú también…»

«Has oído hablar de Roï,» lo interrumpió ella con suavidad. Sus ojos llamearon. «¿Verdad?»

Roï, me repetí. Ése era el Pixie del Caos que, según Rao, había sido robado por el Gremio y reencontrado por Lotus en un laboratorio en plena guerra de la Contra-Balanza. Constatando que la lágrima dracónida había sido alterada con sortilegios, Lotus había llegado a la conclusión de que no sería capaz de reencarnarlo y había dejado a Zarafax encargarse de salvarlo. Y resultaba que esos demonios del Templo de la Verdad conocían a Zarafax…

Tarkul sostuvo la mirada de Rao como si tratara de leer su mente. Asintió maquinalmente.

«Por favor, salgamos.»

La idea de dejar aquel lugar bien caliente no me decía nada, pero la curiosidad por saber lo que nos iba a contar ese demonio me llevó a seguirlos a todos afuera. Dejamos a la pareja feliz de demonios con sus gemelos dormidos. Perky nos siguió, intrigado, habiendo oído la conversación a medias. Me pregunté si Rao lo dejaría ir así o volvería a probar borrarle los recuerdos… En fin, arreglaríamos el problema más tarde. Ahora, la atención de Rao, Kala y Jiyari estaba puesta enteramente sobre Tarkul. Este había salido sin siquiera abrocharse la camisa. ¿Es que no sentía el frío? Demonio tenía que ser…

«De hecho, he oído hablar de Roï,» dijo entonces. «Zarafax me habló de él. Hace ocho años, me dijo… que no era un alma tan caritativa como creíamos. Que si se pasaba la vida buscando niños demonios abandonados para salvarlos, era porque había cometido un crimen al reencarnar a alguien llamado Roï en el cuerpo del primer demonio recién nacido recogido por el templo.» Con el entrecejo fruncido, admitió: «También me dijo que Roï era como un hijo para Lotus. Y que Lotus Arunaeh era un gran amigo suyo. Le prometió que salvaría a Roï. Dijo… que la mágara en la que estaba metido había sido alterada por gente con malas intenciones y que sólo la Sreda, el jaipú despierto de los demonios, podía salvarlo.»

Paseó una mirada por la pequeña comitiva y se rascó el cuello, molesto.

«Ese día, hace ocho años, Zarafax venía a por Mani, nuestro hermano mayor. Sólo que él… ya se había ido hacía tiempo. Yo sólo tenía diez años cuando lo vi por última vez. Le encargó a Arkia que se ocupara de todos nosotros.» Un surco se cavó en su frente. «Zarafax parecía preocupado cuando se marchó. No lo volvimos a ver a él tampoco.»

Hubo un silencio. Yo trataba de moverme para no quedarme congelado y me costaba concentrarme en su historia. Por suerte, Rao hablaba por mí.

«De modo que Zarafax reencarnó a Roï en un demonio,» musitó la Pixie. «¿Y dices que ahora Roï se hace llamar Mani?»

«Bueno… Mani jamás dijo que se llamara de otra forma.» Tarkul se encogió de hombros. «Zarafax dijo que las reencarnaciones no son nunca completas. Es decir, no le entendí muy bien, pero es posible que Mani no sea Roï realmente. Él nunca dijo que recordara nada de su vida pasada.» Hizo una mueca y murmuró: «Zarafax también dijo que Roï pertenecía a un grupo de niños que sufrieron mutaciones forzadas… Y que Rao era la mayor y la que los cuidaba a todos.» Cuando Rao asintió levemente, agrandó los ojos. «Entonces es cierto. Él me pidió que, si un día venías aquí a preguntar por Roï, te dijera que cumplió con su promesa.»

Una fina sonrisa estiró los labios de Rao.

«La cumplió,» repitió. «Entonces Roï está vivo.» Se giró hacia nosotros radiante. «¡Está vivo!»

Lo decía la que nos había afirmado que de ningún modo Roï podía estar muerto. Kala le devolvió una sonrisa victoriosa y se giró hacia Tarkul preguntando:

«¿Dónde está?»

El demonio se encogió de hombros.

«De verdad que no lo sé. Se fue, dijo, a buscar demonios. Dijo que quería hablar con Zarafax. Y que quería también salvar a los que, como nosotros, fueron abandonados por ser diferentes. Mani es un demonio responsable. Nos cuidó a todos casi como un padre cuando éramos niños. Le debemos mucho.»

«¿Desde cuándo se fue?» preguntó Jiyari.

«Hace mucho. Catorce años…»

«Quince años,» lo corrigió Yemin saliendo de la choza. «Ya casi van quince años desde que se marchó nuestro hermano mayor.»

Los ojos del nuevo padre brillaban de felicidad.

«Gracias por todo. De verdad,» le dijo a Perky con voz trémula de emoción. «Gracias por todo. De haber salido mal esto… no sé qué habría hecho sin Rodja.»

Perky sonrió y le palmeó el hombro.

«Cuídala lo mejor que puedas.»

«¡Lo haré! Y si…» agregó girándose hacia Rao, «si algún día encuentras a Mani… dile que seguimos pensando en él, por favor.»

Rao sonrió, tendió las manos y le cogió la suya, sorprendiéndolo.

«Lo haré. Cuida de tu familia, Yemin. El saber que consideráis a mi hermano como a un hermano dice mucho de vosotros. Raramente he caído en generalizaciones y admito que juzgué demasiado rápido a los demonios. Por favor acepta mis disculpas por haberte asustado.»

Yemin negó con la cabeza, sonrojado.

«N-no fue nada. Y no puedes tomarnos como ejemplos de demonios porque… nosotros nunca hemos visto a más demonios que nosotros. Y Zarafax.»

Rao dio un respingo.

«¿Zarafax? ¿También es un demonio? Imposible,» resopló. «No tenía las marcas.»

Tarkul sonrió, divertido.

«Hay demonios que no son capaces de controlar la Sreda y la tienen siempre desatada. Como nosotros. Zarafax los llamaba los táhmars. En cambio, él y Mani, son yirs. Las transformaciones de los yirs son más leves, pueden controlar la Sreda y hacer desaparecer los rasgos más visibles. Y eso es, básicamente, todo lo que sabemos nosotros acerca de los demonios.»

«¿No tenéis curiosidad por conocer a otros como vosotros?» pregunté, temblando de frío.

Tarkul y Yemin intercambiaron miradas y se sonrieron.

«No,» contestaron al mismo tiempo.

«Estamos bien así,» asintió Yemin.

«Somos Monjes de la Verdad,» agregó Tarkul. «Irónicamente, ahora que han nacido los gemelos, resulta que hay más monjes demonios que no demonios. Tiene gracia.»

Sonreí. Lanken puso los ojos en blanco.

«¡Y bueno, muchachos! Los tiempos cambian. Quién sabe si dentro de unas décadas los demonios no se convertirán en los nuevos saijits modernos. Los muchachos aprenden a una velocidad que me maravilla. Dentro de poco, tendré que dejarles la plaza de profesor.»

Yemin se carcajeó.

«¡Exageras, maestro! Aún necesitamos tus enseñanzas. No te quites mérito. Si me disculpáis,» agregó. «Voy a ver cómo están.»

Desapareció choza adentro con primor. Solté:

«Otra pregunta, Tarkul. ¿Tampoco sabéis dónde está Zarafax?»

El demonio sacudió la cabeza y Lanken intervino:

«Zarafax venía a menudo antaño con Ralen, el filósofo del que os ha hablado Sombaw. Pero dejó de venir cuando Mani cumplió cinco años. Regresó hace ocho años… y no volvió.»

Vaciló y Rao lo apremió:

«¿Dijo algo? ¿Algún indicio?»

El maestro del templo suspiró.

«No. No lo dejó. Pero su alma no estaba en paz, eso lo sentí. Tal vez haya ido en busca de Mani. Ciertamente, me gustaría saber si Mani sigue bien. Ese muchacho… nunca ha sido muy sociable. Pero, de algún modo,» sus ojos oscuros sonrieron, humedecidos, «de algún modo me parecía que él hubiera sido mi perfecto sucesor.»

Tarkul agrandó los ojos, asombrado.

«Maestro…»

Entonces, Saoko carraspeó y lanzó:

«¿Está lejos la salida de este infierno?»

Su pregunta directa rompió con toda la magia de la confesión de Lanken pero me alivió comprobar que con ella todos se animaban. De ningún modo iba a poder aguantar en ese agujero helado por mucho más tiempo.

«Os guiaré hasta la salida,» propuso Tarkul.

«Entonces os vais,» aprobó Lanken. «Un placer haberos tenido aquí. Y muchas gracias, muchacho,» le dijo a Perky, palmeándole el hombro.

El drow pelirrojo se arredró un poco, molesto. Como mahí, no debía de estar muy acostumbrado a tratos tan familiares, sospeché, divertido.

«Ha sido un placer…»

«Ayudar a dar la vida sin duda es un acto maravilloso,» sonrió el anciano. «Pasaros cuando queráis. Viejo amigo,» agregó, estrechándole la mano a Sombaw.

«Viejo maestro,» sonrió el anciano Arunaeh. «Cuando nos volvamos a ver más te vale que estés listo para la última partida de Erlun. No voy a esperar eternamente y desde la tumba no podré mover las fichas.»

Lanken sonrió anchamente.

«Me dices lo mismo todos los años. Buena vuelta. Y no te resfríes.»

Sombaw se sorbió la nariz.

«Procuraré,» gruñó. «Dale un saludo a Anuhi. Vamos, juventud, en marcha.»

Tras despedirnos de Lanken, de Sawk y de los demonios, nos pusimos en camino siguiéndole a Tarkul escaleras abajo. Cuando llegué al pie de estas, Sombaw me echó una ojeada elocuente y me soltó por bréjica:

“Drey. No sé si me he enterado de todo en esta conversación sobre Zarafax y Roï… pero sin duda si es lo que creo tienes mucho que contarme.”

Asentí con tranquilidad.

“Lo sé.”

Mientras nos metíamos en el bosque de estalagmitas y estalactitas de hielo, sonreí levemente.

“Tú también tienes cosas que contarme, abuelo.”

“¿Yo?”

“Mm,” aprobé animadamente. “Si eres el hermano gemelo de Lotus… tuviste que conocerlo bien.”

Sombaw marcó una pausa en su avance y me echó un vistazo antes de reanudar la marcha con prudencia.

“Éramos como uña y carne,” contó. “Incluso cuando empezamos a trabajar como inquisidores apenas nos separábamos. Sin embargo, un día, Braban, nuestro padre y líder, le mandó a Lotus una misión. Una misión que lo cambió por completo,” murmuró.

“Infiltrar un laboratorio del Gremio de las Sombras,” adiviné.

Sombaw gruñó mentalmente.

“Así es. Y no cualquier laboratorio. ¿Sabes, muchacho? Un saijit, incluso un Arunaeh,” alzó la cabeza hacia una estalactita, ensimismado, “no sabe cuán frágil es hasta que lo descubre en carne propia.”

Sentí un escalofrío mientras añadía con melancolía:

“Y un saijit, incluso un Arunaeh, no se da cuenta de lo importante que es para él una persona hasta que la pierde.”

De repente, lo vi patinar y tendí una mano rápida para evitar que se resbalara. Masculló y rió.

«Por Sheyra, cada vez me distraigo más fácil. La vejez no perdona.»

Sus ojos estaban curvados en una sonrisa alegre. Su Datsu desatado palpitaba, sin embargo, en su rostro.