Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

14 Los cuatro malditos

Tuve un sueño extraño. Me encontraba otra vez en ese desierto blanco y vacío que había visto cuando Kala había despertado, en la isla de Taey. A mi alrededor, era todo oscuridad y bruma.

Oía sollozos en algún lugar. ¿Pero dónde?

“¿Quién eres?” preguntaba.

Los sollozos se detenían entonces y una figura se fue acercando. La notaba con mi órica. Era una mera sombra con la forma de una niña.

“¿Quién eres?” repetí.

“Soy Anuhi. ¿Quién eres?”

“Yo soy Drey. ¿Qué haces aquí sola?”

“Lloro.”

“¿Por qué lloras?”

“Porque estoy sola.”

“Yo también estoy solo y no lloro,” le dije.

“Tú no estás solo,” me desengañó ella con tono acusador.

De hecho, vi cómo habían aparecido gente a mi lado. Yánika, Livon, Sanaytay, Sirih, Orih, Zélif, Naylah, Staykel, y más gente, tanta gente… Verlos a todos me dejó atónito. Ante mí, la pequeña sombra de Anuhi estaba sola. Sentí que mi corazón se oprimía un poco y, entonces, señalé algo detrás de ella.

“Tú tampoco estás sola.”

Surgieron tres siluetas. No, cuatro. Una alta. Otra que reía. Y dos viejos amables y sonrientes. Anuhi se los quedó mirando, embobada. Entonces, a saber por qué, le tendí la mano y le dije:

“Ven conmigo.”

Y añadí:

“La clave es confiar y saber tender la mano cuando se necesita.”

Ella se giró de nuevo hacia mí, tomó forma, su piel blanca, sus grandes ojos azules… Parpadeó, sonrió, dio una vuelta entera sobre sí misma y salió corriendo hacia mí. Iba a cogerme la mano. Tan sólo faltaban unos centímetros cuando sentí de pronto una descarga y todo cambió. Vi monstruos terribles, sangre por todas partes, oí gritos de muerte, y otro grito mayor, el de Anuhi, que salía de su garganta mientras el fuego la quemaba y la consumía…

Desperté, sobresaltado. Había voces a mi alrededor.

«¡Ah, ah! Ya se despierta el dormilón!» dijo la voz de Jiyari.

«Ya le ha costado, con el ruido que metemos,» se burló Rao.

«Esta zona está llena de energías,» intervino la voz de un anciano. ¿Lanken? ¿O Sombaw? «Mi predecesor decía que era como tener un Ciclo del Ruido constante. Por eso se duerme mejor. ¿A que sí, Sombaw?»

«Como un oso lebrín,» aseguró el Arunaeh soltando una queda carcajada. «¿Por qué te crees que voy a visitarte tanto? Mis problemas de insomnio desaparecen en esta casa. Será la bendición de Xoga.»

Snofiro rió.

«¡Me alegro de oírlo, abuelo!»

Me senté, confuso. Me encontraba en la gran sala, sobre el jergón. ¿Por qué no había dormido en la cama?

«Siéntate a mi lado, Drey,» me invitó Sombaw. «Ayer te quedaste dormido cuando Lanken se te puso a hablar de cómo cazaba ratas. ¿No lo recuerdas?» Negué con la cabeza. No recordaba nada. «¡Bah! No te preocupes, se tarda un poco en acostumbrarse al aire del Templo de la Verdad, incluso para un Arunaeh. Pero de todas formas necesitabais dormir. Aquel que desprecia las horas de sueño desprecia su propio cuerpo.»

«Y quien desprecia su cuerpo desprecia su vida,» intervino Lanken.

Ambos ancianos siguieron hablando de lo sano que era dormir mientras yo me sentaba y daba los buenos días bostezando. Estaban todos despiertos y desayunando. Al no haber cenado el día anterior, mis compañeros tenían gran apetito. Jiyari y Snofiro hablaban de recetas de cocina. Rao y Saoko se comían los restos de rata de la víspera sin escrúpulo alguno; al llegar a la última loncha, se miraron y Saoko desvió la vista como fastidiado. Rao sonrió, cortó la carne por la mitad y se llevó su parte diciendo:

«Lo bien repartido bien sabe. Por cierto, Kala, ¿no querrás?»

Kala estaba aún igual de dormido que yo y negamos con la cabeza. Para gran alivio mío, pues me habría resultado difícil tragar carne de rata nada más despertar. Me contenté con unos zorfos secos y constaté, al tender la mano, que mi muñeca ya no me hacía daño. Chihima tenía la boca llena de pan cuando murmuró:

«Rohi, rohi.»

Señaló con un gesto de barbilla la esquina con los biombos, de donde acababa de aparecer la niña encapuchada de ojos azules de ayer. Anuhi. Enseguida, recordé el sueño y me sentí incómodo al notar cómo Anuhi posaba su mirada sobre mí. No la desviaba. ¿Acaso se le había quedado atascada la ilusión?

«Parece que le has gustado,» sonrió Lanken. «Saluda a la gente, Anuhi.»

La «niña», que tal vez no lo era, se acercó y dijo:

«Buen rigú.»

No apartaba su mirada de la mía. Kala tragó saliva y contestó:

«Buen rigú.»

«Perdón,» dijo Anuhi. «En el sueño… pensé en cosas malas. ¿Lo viste, verdad?»

Agrandé los ojos y Kala se turbó profundamente.

«¿De qué hablas?» replicó.

Sus ojos no parpadeaban.

«Tú no lo sabes. Él lo sabe.»

Hablaba de mí. ¿Cómo diablos había conseguido adivinar que éramos dos en uno? Resoplé.

«Descuida. He tenido sueños peores. Pero… ¿de modo que te metiste en mi sueño? ¿Sabes de bréjica?»

«¡Anuhi!» protestó Lanken con tono de reproche. «Te dije que no hicieras eso. No te preocupes, mahí, no es bréjica propiamente dicho. Es, como digo, el aire que hay en este templo. Está cargado de energías dársicas, un poco como durante los ciclos climáticos del Ruido. Por eso, los sueños son más profundos y llegan a veces a compartirse.»

«¿Compartirse?» se atragantó Rao. «¿Qué demonios?»

«Compartir sueños con otros que duermen cerca no es un fenómeno tan atípico,» aseguró Sombaw. «Cuando el lugar es propicio, la bréjica se forma sola, de manera natural. Los sueños de los unos y los otros se unen y comparten. No hay que sacar muchas conclusiones de un Sueño del Ruido porque la mente de uno altera el sueño del otro. También se dice,» agregó alzando su cuchara, «que los que comparten un mismo sueño quedan atados por un lazo especial y que, sobre todo, no deben hablar de él en voz alta porque significa que la confianza que los une acabará por ser traicionada.»

Hubo un silencio absorto. Los demás se miraban, incómodos. ¿Habrían compartido sueños ellos también? Entonces carraspeé.

«No me seas teatral, abuelo. Por cierto: tu cuchara estaba llena de cereales.»

Estaba, porque al levantarla Sombaw las había echado todas al suelo.

«Ops.» El viejo Arunaeh parpadeó. «Es difícil fijarse en todo cuando uno habla.»

«Y que lo digas. Ya las recojo,» aseguré.

Con unas pequeñas corrientes de aire bien precisas, formé un montoncito. Snofiro se emocionó.

«¡Eso es genial!»

Oí la risita aprobadora de Anuhi. Intercambié una mirada con Rao y sonreí levemente. Con otro sortilegio, levanté los cereales en una pequeña espiral que subió más alto que la cabeza de la niña. Entonces volvieron a bajar. Los ojos de Anuhi y de Snofiro destellaban de maravilla. Parecía como si Anuhi cambiase instintivamente su imagen según sus emociones con la misma facilidad que si fuera su verdadero rostro. Sawk, el elfocano, se había quedado boquiabierto.

«Dicen las Viejas Escrituras que el viento era el mayor amigo de Xoga,» apuntó Lanken. «¿Qué opinas tú del viento, mahí? ¿Lo ves como a un amigo? ¿O como a un instrumento?»

Me quedé suspenso mientras los cereales retomaban su lugar en un pequeño montón, sobre la mesa. Miré al viejo maestro. ¿Me lo preguntaba en serio?

«Mar-háï,» dejé escapar. «Nunca he pensado en ello. Aprendí a usar las fuerzas óricas, no a controlar los vientos, abuelo. Una fuerza órica… es la presión ejercida en una dirección. Si se aplica sobre el aire, lo moverá. Si se aplica sobre la roca, intentará romperla.» Me fijé en que todos escuchaban ahora con atención y me sentí algo incómodo. Me encogí de hombros. «Bah. La fuerza órica forma parte del equilibrio. Desde el martillo que empuja un clavo hasta el techo que se derrumba sobre nuestras cabezas. No diría que es una amiga, porque no siente. Y tampoco es sólo instrumento, porque ya existe en la naturaleza.»

«Oh-oh. Tu joven pariente habla claro, Sombaw,» aprobó Lanken.

«Pero entonces, si no tiene amigos,» intervino Anuhi con voz súbitamente triste, «¿está sola?»

Me quedé sobrecogido, recordando el sueño. Kala tomó la palabra rascándose el cuello.

«¿Sola? ¿Qué va a estar sola si está por todas partes?»

Anuhi no parpadeaba. Estaba pensando. Entonces, sonrió.

«¡Entonces está contenta!»

Snofiro rió.

«¡Sin duda debe de estarlo!»

Me retuve de recordarles que una fuerza difícilmente podía estar contenta o triste. Había leído una vez en un libro que los argumentos técnicos mejor se dejaban de lado en las conversaciones mundanas.

«¿Dónde está Perky?» pregunté.

«Está durmiendo,» contestó Rao.

“No he usado satranina, ya no me queda,” aseguró por vía bréjica. “Tampoco le he borrado los recuerdos. Hacerlo más veces podría empezar a tener consecuencias a largo plazo. Creo que, por tanto meterme en su mente, las energías soporíficas de este lugar tienen más efecto sobre él… Será mejor que salgamos de aquí cuanto antes.”

Asentí, aprobador. Aunque a una parte de mí le hubiera gustado quedarse ahí un poco más. De hecho, el ambiente del Templo de la Verdad me estaba empezando a gustar, sus cuatro habitantes y Sombaw eran simpáticos, y no tan raros considerando que vivían tan apartados de todo. Pero la que más me llamaba la atención era Anuhi. No sabía nada sobre ella. Meneé la cabeza. En fin, ¿qué me importaba el pasado de esa ilusionista con apariencia de niña, fuera quien fuera? No es como si no tuviese otros asuntos en los que pensar.

“Drey, ¿estás escuchando la conversación?” me preguntó Kala. Me sobresalté y constaté que de hecho la mesa estaba ahora animada por una conversación más seria. Kala resopló con paciencia. “Ya sabía yo. Están hablando del camino. Lanken está triste de que nos vayamos tan pronto, Snofiro dice que todavía no les hemos contado nada sobre el mundo, Anuhi no ha dicho nada, Sombaw dice que a lo mejor se va con nosotros.”

Me erguí de golpe.

“Er… Gracias por el resumen.”

“Me debes una,” sonrió Kala mentalmente. “Estate más atento a tu entorno, Drey. A veces se te va el alma al viento y te pierdes cosas importantes.”

Puse los ojos en blanco.

“No lo olvidaré.”

Entonces, Kala se giró hacia Sombaw y preguntó con inquietud:

«Abuelo. Ya llevamos al enfermo a cuestas y va a ser duro también llevarte a ti. ¿Crees que podrás caminar? Estás tan viejo…»

El Arunaeh se atragantó con su saliva y Lanken le dio unos golpecitos ahogando la risa.

«Xoga bendecida, los jóvenes de hoy son directos, ¿eh?»

Sombaw se golpeó el pecho tosiendo.

«Y tanto… Es cierto que soy viejo, Drey, pero sé caminar todavía. Si es que no vamos muy rápido.»

Ya veía venir el viaje a paso de gueladera… Rao se levantó.

«Vamos a prepararnos, entonces. Maestro, gracias por la hospitalidad.»

«Era lo mínimo que podía hacer después del susto que os pegó Anuhi,» sonrió Lanken. No mencionó el susto que nosotros les habíamos pegado a ellos al desembocar por un lugar al que no llegaba ningún túnel.

Rao y Chihima se alejaban ya para los cuartos. Sombaw me dio un leve codazo.

«Di, Drey. Esas muchachas parecen atletas. ¿Trabajan con el drow, verdad? Tienes buen ojo para contratar mercenarios. Parecen profesionales.»

Las dos estaban en el umbral de la puerta y sin duda debieron de oírlo. Puse los ojos en blanco levantándome y Kala contestó:

«Todos son mis amantes.»

Me quedé a cuadros. Más incluso que Sombaw, creo.

“¿Cómo que tus amantes?” lo espeté, incrédulo. “¿Por qué hablas en plural?”

“¿Y por qué no?” replicó Kala. “A Chihima empiezo a quererla porque cuida muy bien de Rao, siempre está atenta a todo y, aunque no hable mucho, siento un corazón tierno en ella. Y a Saoko…”

“Demonios andantes, alto ahí o me da un mal,” lo interrumpí antes de que dijera que Saoko tenía también un corazón tierno. “¿Pero tú sabes lo que es un amante, Kala?”

“Alguien al que se ama. ¿O no?” se irritó Kala.

Me golpeé las mejillas con ambos puños. Ignorando las miradas atónitas de los monjes, farfullé una disculpa y me alejé de ahí directo a los cuartos. Oí a Lanken comentar:

«Por Xoga. Los jóvenes de hoy, ¿eh?»

Sombaw aprobó con un resoplido. Pasé ante Rao y Chihima sintiendo la sangre subírseme a la cabeza. Y continué mientras trataba de explicar a Kala:

“Tienes que tener más cuidado con las palabras que usas. ‘Amigos’ hubiera sido más acertado. ¿Ves la diferencia?”

“No.”

Sentí su irritación. Ralenticé el paso suspirando.

“Con un amigo, pasas tiempo con él y te lo pasas bien. Con un amante…”

“Pasas tiempo con él y te lo pasas bien,” replicó el Pixie. “¿Cuál es la diferencia? Amo a Rao más que a los demás. Eso no significa que no ame a los demás. Y no me fastidies con tu etiqueta. Sé que me la ibas a sacar.”

“No lo iba a hacer,” aseguré. De pronto, me detuve en la esquina de un pasillo, riendo por dentro. “Mar-háï, ¿le has visto la cara a Saoko? Se ha quedado como un pez con la boca abierta. Ya que ni siquiera quiere que lo llame amigo, ¡y tú vas y lo llamas amante…!”

Reprimí mal una súbita carcajada, apretando el puño contra mi boca. En ese momento, sentí una corriente de aire acompañado por ruidos de pasos. Apareció una silueta en la esquina del corredor perpendicular. No me dio tiempo a esquivar. Colisionamos. Por prudencia, empujé al recién llegado con fuerza órica y el hombre fue proyectado hacia atrás y cayó al suelo pesadamente. El viento había apartado el velo que llevaba sobre su rostro, enseñando una expresión de asombro profundo. Vestía ropa usada y desteñida pero cálida. Mientras volvía a colocarse el velo dejó escapar un grito de auxilio gutural:

«¡Maestro!»

No había acabado de llamarlo cuando Rao se interpuso entre él y yo con una daga en la mano, tensa como una cuerda de arco. Chihima se le unió. Di un respingo.

«¡Rao! ¡Chihima! ¿Qué hacéis?»

«¿No le has visto la cara?» siseó Rao. «Es un demonio.»

Me quedé sin aliento. Lo decía en serio… ¿Un demonio? ¿Uno de verdad? Ciertamente, había visto unas marcas negras sobre su rostro, pero había creído que eran tatuajes como yo los tenía. Lanken llegaba a la carrera con Snofiro y Sawk detrás.

«¡N-no le hagáis daño! Por favor,» suplicó el anciano, muy pálido. «No va a haceros nada.»

Rao no se movió. Me sentía incómodo al ver lo poco que Chihima y ella habían necesitado pensar para interponerse entre el demonio y yo. Como si yo fuera un niño indefenso al que hubiera que proteger… Pero, diablos, en cierto modo, en caso de agresiones ellas sin duda se las arreglaban mejor.

Mirando por encima del hombro de Rao, entreví al demonio caído al suelo. Temblaba. Muy lentamente, se inclinó hasta que su frente velada tocara la madera. Al ver que las Cuchillos Rojos se relajaban muy levemente, Lanken se envalentonó y pasó junto a ellas hasta arrodillarse junto a su protegido.

«Yemin. ¿Eres Yemin? ¿Qué ocurre? ¿No viste la señal en rojo? Subir hoy no era una buena idea…»

«M-maestro,» balbuceó el demonio sin levantar la cabeza. «Necesito tu ayuda. Es Rodja. Ella… ella ya… Por favor. Tarkul no sabe más que yo. Prometiste salvarla…»

Lanken se había vuelto aún más pálido si cabe.

«Y lo haré.» Se giró hacia nosotros y se levantó. «Perdón por este incidente pero…» se encaró con Rao, «no podemos dejar que os vayáis sin que nos prometáis silencio sobre esto. Sé que Drey no hablará, porque su familia protege este templo. Si sois amigos suyos,» solté un carraspeo interior, «entonces no querréis mancillar el nombre de los Arunaeh,» afirmó Lanken.

«Sería una mala idea,» aprobó Sombaw desde la entrada de la gran sala, haciéndonos girar la cabeza. El viejo Arunaeh se adelantó con calma diciendo con voz serena: «A cambio permitidme que os cuente una historia. Seré breve porque las circunstancias lo exigen. Espero que, cuando la haya terminado, entendáis que los demonios no son monstruos como los describen tantas leyendas. Son simples saijits con un jaipú algo más activo en el cuerpo, nada más.»

Rao frunció el ceño.

«Una vez vi a un demonio, anciano. Sé de qué son capaces. Pero bueno. Estás intentando convencernos de que este demonio es diferente. ¿Por qué lo sería?»

Sombaw negó con la cabeza.

«No estoy intentando convenceros de nada. Y este demonio no es diferente. Los demonios, como digo, son saijits con un jaipú mutante. Hoy en día, son tan pocos que hay gente que hasta duda de que hayan existido. Pero a veces ocurre que una pareja,» dijo posando sus ojos dorados sobre Yemin, «tiene la sorpresa de engendrar a un niño con marcas negras, ojos rojos como los de las serpientes, dientes afilados como los de los miroles. Que unas madres saijits normales den a luz a un demonio es raro, pero ocurre. Y, en esos casos, la mayor parte de las veces se guarda en secreto. Se abandona. Se le quita la vida que aún no ha vivido.»

Sentí un escalofrío. Sombaw retomó:

«El Templo de la Verdad fue, en su tiempo, una prolífica escuela de genios armónicos, sabios y filósofos. Hace treinta y tres años, uno de estos encontró precisamente a un demonio recién nacido abandonado ante un altar de Xoga, a la altura de Blagra. Entonces el Gremio todavía no había retirado las estatuas de Xoga de los caminos. El filósofo recogió al niño y lo llevó a su templo, donde el maestro le dio cobijo, dispuesto a descubrir la verdad sobre la naturaleza de los demonios. ¿Y qué descubrieron? Que el muchacho crecía y no daba señal alguna de violencia. Así que el filósofo siguió salvando niños demonios. En total, salvó a cinco. El mayor se marchó para seguir con el legado de su salvador. Los otros cuatro,» dijo, girando una mirada vivaz hacia Lanken, «siguen viviendo cerca de este templo y nunca han causado ningún problema. El maestro del templo de entonces les prometió paz y cariño. Una promesa que su sucesor sigue cumpliendo. Y una promesa que yo, Sombaw Arunaeh, quiero seguir ver cumpliendo. Pues esos demonios no han hecho nada malo.»

Terminó su historia con una sonrisa triste. Snofiro estaba sombrío. Sawk, el elfocano, asentía, perdido en el pasado. ¿Y Anuhi? La busqué con la mirada… y no la encontré. ¿Adónde habría ido? Fuese como fuese… attah, en la vida se me había ocurrido que mi familia estuviera protegiendo unos demonios. Hasta ahora, jamás había pensado en lo que eran esas criaturas. Me las había imaginado un poco como vampiros con cuernos, qué sabía yo… ¿Y decía Rao que había visto uno? Mi mirada se posó de nuevo en el demonio velado, inmóvil sobre el parqué. Según el Príncipe Anciano, los demonios eran los enemigos jurados de los vampiros. Pero con los saijits nunca se habían llevado bien tampoco…

Lanken rompió el silencio.

«Yemin,» posó una mano sobre el hombro del demonio velado, «es mi protegido y lo protegeré con mi vida. No le hagáis daño a mi familia.»

Sus ojos envejecidos por el tiempo se encendieron, inflexibles. Sentí el tremor de Kala y creí entender por qué: ese viejo le recordaba a Lotus tratando de defender a los Pixies. Estos eran monstruos, según los científicos. Eran seres que no merecían vivir más que como cobayas, así como esos cinco seres abandonados no merecían vivir por ser demonios…

Tomándome el cuerpo, Kala se adelantó, pasó entre Rao y Chihima y se arrodilló ante el demonio.

«Rodja. ¿Es tu amada?» preguntó.

Yemin parecía estar como paralizado. Alcanzó a mover imperceptiblemente la cabeza a modo de asentimiento.

«Está embarazada de mí,» susurró. «Hace dos años, Tarkul embarazó a Arkia, no le pidieron ayuda a Lanken y ella murió dando a luz. Por eso… por eso necesita la ayuda del maestro. No quiero que muera. Por favor, si podéis ayudarme, entonces haré lo que sea. Dejaré que me matéis por ella, lo que sea, pero ayudadme…» Volvió a posar la frente contra la madera dura del suelo. «¡Os lo suplico!»

Estaba tan preocupado por Rodja que hasta parecía dispuesto a aceptar la ayuda de unos extraños. Lanken añadió como a regañadientes:

«Si no interferís… prometo enseñaros un camino que os llevará a la caverna del Templo del Viento antes del o-rianshu.»

Rao emitió un gorjeo impresionado.

«Oh, oh. Ahí tenemos trato. No diremos ni una palabra sobre tus demonios, tranquilo,» sonrió. «¿Por dónde se va?»

El viejo carraspeó, mirándola como tratando de descubrir si Rao era sincera o no.

«Por el mismo sitio al que voy. Al fondo de ese pasillo,» señaló la dirección de donde había venido Yemin, «hay una sala con una trampilla. Tengo que reunir ciertos instrumentos antes de bajar. Por favor, preparaos y bajaremos juntos si no tardáis mucho. Yemin, espéranos. Sawk, acompáñame. Sabes lo que necesitamos.»

El elfocano y el maestro del templo se movieron. El demonio permaneció inmóvil mientras murmuraba las gracias. Rao carraspeó.

«No hace falta que te quedes ahí parado, demonio.»

«Eso es verdad,» intervino Snofiro. «Ven conmigo. Te daré una infusión de la que ha sobrado. Te tranquilizará un poco. Verás cómo todo irá bien. Rodja es fuerte. Venga, ánimo.»

Levantó al demonio amablemente y lo guió hasta la cocina. Los demás fuimos todos a nuestros cuartos. Mi mochila estuvo lista en un abrir y cerrar de ojos. Perky de Isylavi se acababa de despertar.

«Vamos, Perky,» le dije. «Dentro de poco estaremos en el Templo del Viento. Tal vez encuentres a tu hermano Pargwal ahí. Seguro que él sabrá ocuparse de ti mejor que yo.»

«No necesito que nadie se ocupe de mí,» protestó el drow pelirrojo, levantándose. «¿Qué hacía mi cuaderno y el frasco dormidor en tu saco?»

Me detuve en el umbral y le dediqué una mueca burlona.

«¿Has estado rebuscando en mis cosas? En fin. No pretendía robártelos. Simplemente te los estaba guardando. ¿Así que es un frasco dormidor? ¿Cómo funciona?» pregunté con curiosidad.

Perky frunció el ceño, confundido.

«Pues… se abre. Siempre llevo uno encima por si me ataca gente. Mi madre los fabrica. Es alquimista. Y… pues eso. ¿Por qué diablos estoy aquí?»

Suspiré, hundí una mano en mi bolsillo y le tendí una carta sellada.

«La llevabas cuando te encontramos. Tal vez eso conteste a tus preguntas. En cualquier caso, ahora será mejor que nos movamos.»

Al ver que se quedaba mirando la carta con intenciones de abrirla y leerla, me alejé agregando:

«A menos que quieras que te dejemos solo en esta casa perdida.»

«¡Espera!» exclamó Perky.

Al oír los pasos precipitados detrás de mí, sonreí. Pronto nos encontramos todos en la habitación donde estaba la trampilla. Sombaw llevaba una mochila ligera y había recogido su larga melena blanca con un lazo. Snofiro era el único que no llevaba nada.

«Maestro,» dijo, «¿estás seguro de que no quieres que os acompañe? ¿Ni para llevar algo?»

«No, Snofi. Esto puede que se alargue y alguien tiene que cuidar del templo.» Lanken le palmeó el hombro. «Te haré llamar cuando nazca.»

Los ojos de Snofiro se encendieron de curiosidad.

«¡Gracias, maestro!»

Sawk tomó la delantera con los instrumentos medicinales y se asió a la escala. Desapareció en medio de la oscuridad. Lo siguieron el demonio, Lanken, Saoko, Rao y Chihima. Perky se agarró a la escala. Paseé la mirada a mi alrededor por la pequeña habitación.

«¿Y Anuhi?» inquirí.

Sombaw negó suavemente con la cabeza.

«A saber.»

Entorné los ojos con un súbito pensamiento.

«¿No me digas que ella también es…?»

«Mmpf. No,» me desengañó Sombaw poniendo los ojos en blanco. «Que yo sepa, es saijit normal. Tiene algún trastorno mental, eso es todo. Vio muchas cosas horribles. Es una niña de la guerra.»

Una niña de la guerra, me repetí. ¿De la guerra que había acabado hacía treinta años? De modo que no me equivocaba: Anuhi no era una niña. Tenía más de treinta años.

Vi a Jiyari estrechar la mano de Snofiro con energía.

«¡Ha sido un placer conocerte, Snofiro! No sé cómo saldrá, pero intentaré poner en práctica tus recetas de cocina. Por Tatako, lo juro.»

El aprendiz sonrió de oreja a oreja.

«Aún sólo eres un muchacho: estoy seguro de que, con un poco de práctica, te convertirás en un gran cocinero. Me alegra siempre conocer a gente nueva. ¡Aunque en este sitio no suele pasar a menudo!» admitió con una carcajada. Alzó una mano. «Rezaré para que Xoga te guíe en el camino correcto. ¡Un verdadero placer!»

Jiyari bajó la escala con una sonrisa feliz en los labios. Tan sólo quedábamos por bajar Sombaw y yo. Le eché un vistazo al anciano. Y lancé con burla realizando un ademán caballeroso:

«Los viejos primero.»

Sombaw puso los ojos en blanco.

«Oí decir que los jóvenes que insisten en envejecer a los viejos son los que más temen la muerte. No soy tan viejo.»

«¿Cuánto?»

El anciano tuvo un tic nervioso y sus arrugas se tensaron.

«Baj. Ciento tres años.»

Me carcajeé. Considerando que la esperanza de vida por los Subterráneos eran unos cien años, ya había pasado la línea. Pese a todo, seguía teniendo cierto vigor. Se agarró bien a la escala y comenzó a bajar mascullando:

«Maldita juventud…»