Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

12 Tierras de engaño

«Que las arpías me rapten,» dejé escapar, jadeante.

«¿Qué ocurre?» se inquietó Rao, unos cuantos pasos detrás de mí.

Llevaba como tres horas cavando roca, abriéndonos paso hacia abajo, y no habíamos dado con ningún túnel, y ahora…

«Una caverna,» anuncié.

«¡Al fin!» se alegró Rao.

Kala también se alegró y grazné. ¿Es que estaba ciego?

«No os emocionéis tan rápido,» gruñí, tanteando la roca. «Estamos a unos siete metros de altura del suelo. Y no sólo eso. La caverna esta… apesta a cadáver.»

A mis espaldas me respondió un sobrecogido silencio y me giré. A la luz de la piedra de luna, pude ver a Rao, agachada en la zona asegurada. Chihima y Saoko acababan de acercar el cuerpo dormido de Perky. Jiyari aproximaba las mochilas, pero ahora se había quedado como paralizado.

«¿Qué quieres decir?» preguntó Rao, vacilante.

«Apenas veo algo,» confesé. «Pero hacer un agujero más grande podría ser una mala idea.»

«Yo no oigo nada,» dijo Chihima.

Hubo un silencio. Estábamos en un aprieto. Acabábamos de desembocar en una caverna donde tal vez nos esperaba una manada de monstruos y…

«No podemos seguir cavando eternamente,» dijo Rao. «Estás empezando a cansarte.»

Hice una mueca. Tenía razón. Había estado cavando a través de rocas particularmente duras y, aunque mi tallo energético seguía en relativo buen estado, yo estaba agotado.

«Entonces… ¿Salimos?» preguntó Jiyari.

La idea de salir a un cementerio de carroña no me llamaba nada.

«Samba irá a explorar,» dijo entonces Rao. «¿Puedo acercarme, verdad?»

«Está asegurado,» confirmé. «Pero creo que no me has oído. Estamos a siete metros…»

«De altura, lo sé. Lo he oído, tranquilo.» Me dedicó una sonrisilla mientras se acercaba y enarboló su cuerda de saltar. «Esta cuerda puede extenderse siete metros perfectamente. Es una cuerda de ithil particularmente extensible.»

La observé mientras ataba un peso a un extremo de la cuerda. Entonces, sin temor alguno, el gato negro se agarró a este y, con la ayuda de Rao, pasó por el agujero y fue bajando. La Pixie murmuró:

«Dice que la caverna apesta. Y dice que no es una caverna. Es un cañón. Pero no parece que haya nada arriba. El corredor se extiende por ambos lados…»

Dio un súbito respingo. Me inquieté:

«¿Qué pasa?»

«Nada, es Samba,» masculló malhumorada. «Ha gritado como un idiota diciendo que ha visto a un unicornio. Es que antes se ha reído bastante de ti, Kala, por creer que existían. Su sentido del humor es realmente malo.»

Kala hizo una mueca.

«Ya veo. ¿Pero está bien?»

¿Quería acaso que le confirmase que no había visto a un unicornio?, pensé, burlón. Rao asintió suspirando.

«Más o menos. Dice que apesta más que la sopa de tugrines… Ops, perdón, Jiyari, si no le gusta tu sopa es porque es carnívoro, a mí me gusta…»

«Ningún problema,» aseguró el Pixie rubio.

«Hay carroña vieja y nueva,» agregó Rao. «Nueva de unas horas.»

Palidecí. De modo que realmente había algún monstruo por los alrededores…

«Hacia la izquierda, es un callejón sin salida,» continuó Rao.

Diablos…

«¿Y a la derecha?» preguntó Chihima.

Obviamente, por ahí había una salida. De algún sitio tenían que venir las presas muertas.

«A la derecha…» comenzó Rao. Entonces inspiró de golpe y exclamó: «¡Samba!»

Me tensé. ¿Le habría asustado con otra broma o esta vez sería real? La imagen de un unicornio de ojos negros con el cuerno sangriento me vino a la mente, acompañada de un maullido de horror. Cuando supe de dónde venía, resoplé:

“Kala, ¿en serio te lo crees?”

“¿El qué?” replicó el Pixie, molesto.

«No lo oigo…» balbuceó Rao. «¡No oigo a Samba!»

Me miró con una expresión tan aterrada que no me dejó dudas sobre lo mucho que quería a su gato de bruma. Para arreglar las cosas, Kala se aterró con ella y, al ver a Rao tratar de abrir más grande el agujero con sus propias manos, golpeó la roca con el puño. Por suerte, no usó órica, pero empleó tanta fuerza que nos recorrió un dolor fulgurante por todo el brazo. Attah… ¿El muy listo nos había torcido la muñeca? Eso parecía.

«¿Qué tal si me dejáis que lo abra yo?» gruñí.

Aquello serenó ligeramente a Rao. Volvió en sí de su angustia y se apartó lo suficiente como para dejarme ensanchar la abertura. La roca se estrelló abajo con un estruendo que, si la o las criaturas del lugar estaban durmiendo, con seguridad las había despertado.

Rao buscaba un asidero para dejar agarrada su cuerda. Se la tomé de las manos.

«Bajad. Yo agarro la cuerda. Podré bajar amortiguando la caída con órica. Una vez abajo, no os precipitéis. No sabemos si realmente le ha ocurrido algo a Samba. Tal vez esté simplemente demasiado lejos de tu alcance.»

Rao no replicó: se puso a bajar por la cuerda con la agilidad de un mono. Chihima la siguió apenas su rohi puso los pies en el suelo del corredor. Las vi a ambas moverse entre la carroña, iluminando su camino con su piedra de luna…

«Demonios andantes. Les dije que no se precipitaran,» mascullé.

El siguiente en bajar fue Saoko. Llevaba a Perky de Isylavi y, teniendo en cuenta que estaba ya cargado de armas, apenas lograba retener el peso. Además, mi muñeca derecha, aunque no estaba totalmente inútil, me dolía.

«Tengo… ¿tengo que bajar yo también?» preguntó entonces Jiyari.

Era una pregunta estúpida y se lo hice saber al girarme hacia él. Pero mi expresión cambió al ver la suya, extrañamente pálida a la luz azulada de mi piedra de luna.

«¿Te asustan las alturas?» pregunté.

El Pixie rubio soltó una risita nerviosa.

«Ya me asusta la sangre, ¿por qué me asustarían también las alturas? Tonterías. Ya viste, en el Aristas, cómo bajé en el levanta-cargas…»

«Te agarrabas a las cuerdas como si la vida te fuera en ello,» asentí. «Lo recuerdo.»

Jiyari carraspeó.

«Estoy bien, de veras.»

Su tono de voz no era muy convincente. Lo vi ponerse la mochila a cuestas y agacharse junto al agujero con suma lentitud. Trataba de no mirar hacia abajo.

«Tú puedes, hermano,» lo animó Kala.

Jiyari forzó una sonrisa, se desmelenó el cabello rubio, se limpió las manos sudorosas en la túnica y las tendió hacia la cuerda de ithil. Temblaban un poco. Suspiré.

«¿Sabes? Podría bajarnos a los dos juntos con órica, si prefieres. No me cuesta nada.»

Los ojos negros de Jiyari enrojecieron un poco cuando me miraron.

«Yo…» balbuceó. «Yo…» Tragó saliva y, para asombro mío, agarró con firmeza la cuerda y afirmó: «Yo también puedo hacerlo. Es suave,» se sorprendió, al tocar la cuerda. Y me miró con una nueva resolución en los ojos. «A Nefaistos el Impávido, Campeón del Sol, no le asustan las alturas. Voy a bajar. No me caeré. Lo juro por Tatako. No me caeré porque…»

Sin previo aviso, la roca sobre la que estaba cedió. Al instante siguiente, todo se derrumbaba. Kala estaba demasiado asombrado para reaccionar. Yo, con el Datsu desatado, no dudé. Me proyecté con órica cañón abajo, hacia un Jiyari que caía como un tronco. Lo agarré y frené nuestra caída. Sin embargo, íbamos ya a una velocidad de mil demonios y la roca, arriba, seguía derrumbándose. Suponiendo que Saoko estaría a nuestra derecha, en la dirección donde habían desaparecido Rao y Chihima, traté de desviar las rocas que nos caían hacia nuestra izquierda al tiempo que frenaba la caída… Chocamos contra el suelo, ni muy violentamente ni muy suave tampoco. El dolor me cegó por un momento. Mis oídos zumbaban por el estrépito. La peste que reinaba en ese lugar me abofeteó de pleno.

Oí un zumbido de moscas. ¿O eran kérejats? Sí. Los kérejats siempre iban a por la sangre. Sólo que esos no emitían luz. Debían de ser kérejats de sueño. Al contrario que los kérejats normales, que se contentaban con chupar un poco de sangre y ayudaban a cicatrizar la herida, los kérejats de sueño eran verdaderos depredadores: inyectaban un producto que les permitía seguir alimentándose cuanto quisieran y se empachaban con la sangre. Eran asquerosos.

Espanté los insectos con un remolino órico. Me apoyé primero sobre mi mano derecha, pero la muñeca me dolía, la caída no la había mejorado y el dolor que sentí antes de que se me desatara todavía más el Datsu me hizo entender que cuanto menos la moviera mejor. Me enderezaba con el codo izquierdo cuando oí un rugido grave y lejano que reverberó en el corredor. Parpadeé. ¿Y eso qué había sido? ¿Un dragón? Vi a Saoko aproximarse con tiento entre los escombros y las carroñas y gruñí.

«Por todos los demonios, lo siento.» Me senté. «La roca… no la verifiqué correctamente.»

Saoko respondió con un gruñido inarticulado. Tosí, porque con las prisas no había tenido tiempo de apartar el polvo y lo había respirado de pleno. Me giré.

«Jiyari. ¿Estás bien?»

El Pixie rubio estaba tendido a mi lado. Lo sacudí. Nada. Kala empezó a temblar.

«¡Jiyari!»

«Un momento.» Le di la vuelta y confirmé mi sospecha. «No está herido. Se ha desmayado por la sangre de la carroña, eso es todo.»

El bicharraco que teníamos debajo de nosotros había sido devorado casi entero, pero adiviné sin dificultad lo que había sido: un anobo. Con que los depredadores comían nada menos que anobos. La posibilidad de que estuviéramos enfrentándonos a un dragón de dardos o algo peor me iba pareciendo cada vez más probable cuando me fijé en las marcas de dientes dejadas en los huesos y cambié de opinión: aquello parecía ser causado por una manada de lobos o cerberos. Lo cual no era mejor…

Alcé una mirada hacia Saoko. Ambos teníamos cara fastidiada. Sin sorpresas, pues teníamos a dos cuerpos inconscientes y no podíamos dejarlos ahí para ir a ayudar a Rao y Chihima o los kérejats de sueño los freirían a picaduras. Me levanté con dificultad entre huesos que crujían, trozos de carne podrida y un enjambre de kérejats que zumbaba a nuestro alrededor. Una vez en pie, sentí un leve mareo, pero me repuse rápido, agarré a Jiyari y, con la ayuda de Saoko, lo arrastré lo más lejos posible de las carroñas hasta donde yacía Perky. El drow pelirrojo estaba todavía dormido. Esperaba que aspirar satranina tantas veces seguidas no le fuera perjudicial.

«¿Has visto la cuerda de Rao?» le pregunté a Saoko.

Este hizo una mueca. Mi piedra de luna se había caído entre los escombros y, por la luz, fue fácil encontrarla. La cuerda fue más difícil. Probablemente se había distendido y los diablos sabían dónde podía estar…

«Saoko. ¿Puedes hacerme un favor?» pregunté. «¿Podrías ir a ver si Rao y Chihima están bien?»

El brassareño resopló de lado.

«Ellas se fueron. Ya volverán.»

Kala lo fulminó con la mirada.

«¿No has oído antes el rugido? ¿Y si les ha atacado un dragón?»

«Entonces, ya se las habrá comido,» replicó Saoko con voz neutra.

Kala inspiró precipitadamente, aterrado. Nuestros movimientos eran lentos. Las piedras, al caer, me habían raspado en más de un sitio y los kérejats del sueño se estaban poniendo las botas. Los rechacé de nuevo con mi órica y mascullé:

«Tranquilo, Kala. Vamos a ir con calma, sacaremos al Campeón y al científico antes. No querrás que les pase algo malo a ellos también. Rao y Chihima son Cuchillos Rojos. Sabrán defenderse.»

Mi argumento lo hizo tragarse la impaciencia, aunque no la inquietud. Busqué durante un rato la cuerda hasta que la encontré, atascada entre los escombros. Allá arriba, el túnel que había cavado tenía toda la pinta de haberse derrumbado… Caray. Por lo visto, no lo había asegurado tan bien. Ya imaginaba a Lústogan fruncir el ceño y decirme: “Un túnel que se derrumba no es un túnel: es una chapuza.” Me sonrojé y me dije que al menos no se había derrumbado sobre las cabezas de todos.

Tras reajustarle a Jiyari su bufanda, le di unos manotazos que lo espabilaron. Sin una palabra, nos alejamos, Saoko y yo cargando con Perky, Jiyari trastabillando detrás. El olor a sangre seguía siendo fuerte y, al de un rato, cuando Jiyari cayó de rodillas, entendí que estaba a punto de desmayarse de nuevo. Pero no podía ayudarlo y cargar con Perky al mismo tiempo.

«Vamos, Jiyari,» jadeé. «Estamos casi.»

De hecho, una luz viva refulgía al final del cañón. Jiyari se levantó y caminó con nosotros los últimos pasos. Desembocamos en una gran caverna de suelo color arena roja. Parecía uno de esos corrales con gradas reservadas para un público. Ahí abajo, había un campo circular muy parecido a los de las arenas del Imperio de Arlamkas que describían los libros. ¿Habría sido construido? ¿O sería el efecto del agua cayendo del techo…? Cuando miré hacia arriba y no vi más que oscuridad, sentí cierto malestar. Había algo ahí que no cuadraba. Pero no hubiera sabido decir el qué.

«¿Por dónde han ido?» preguntó Kala, girándose con agitación.

Me fijé en que la respiración de Perky de Isylavi se había hecho más irregular. Mascullé entre dientes. Se estaba despertando y Rao se había llevado la satranina.

«Saoko. Posémoslo. Está despierto.»

De hecho, el científico parpadeaba. Su mirada se posó primero en mí, luego en Saoko y luego en Jiyari. Se enderezó, confuso, paseó unos ojos perdidos por la caverna y se agarró la cabeza con ambas manos como si estuviera a punto de desfallecer. Se golpeó las mejillas. Pensaba que estaba soñando, entendí.

«Lo siento: esto es la realidad,» le dije. Y me presenté: «Ya nos conocemos. Soy Drey Arunaeh. Estaba buscando una mina de darganita con mis compañeros cuando te hemos encontrado vagando por un túnel y soltando disparates. Por poco no te reconozco. ¿Puedes levantarte? Estoy harto de tener que transportarte y andamos con prisas.»

El científico fruncía la nariz.

«¿Drey Arunaeh?» repitió. La simple palabra ‘Arunaeh’ pareció tranquilizarlo. Se levantó mascullando: «¿Por qué olemos tan mal?»

«Porque hemos pasado por un lugar apestoso,» repliqué. «Me alegra ver que ahora tienes la cabeza en su sitio. ¿Nos sigues?»

No esperé a que me contestara: di un paso y salté abajo del primer escalón… El suelo estaba más alto de lo esperado, tropecé y caí contra algo blando. Pestañeé, asombrado. Todo, a mi alrededor, había cambiado. Ya no me encontraba en una caverna circular con gradas, sino en un campo de flores. Había tanta luz que me cegaba. Sentí la frescura de una brisa, pero no había fuerza órica. Kala jadeó:

«¡Drey…! ¿Qué está pasando? No veo a los demás. ¿Tú los ves? ¡Jiyari!» llamó con voz potente. «¡Jiyari! ¿Me oyes?»

“Calla,” le solté mentalmente. “Déjame pensar.”

Contemplé una flor magnífica de pétalos grandes y dorados y, mientras la admiraba, me dije: esto no puede ser real. En todo caso, si no estábamos en el mismo sitio, era que nos habíamos teletransportado. ¿Algún desviador órico? ¿Sería por eso que Samba había desaparecido del alcance de Rao tan de repente?

Entonces, me fijé en que mi cuerpo se había levantado y daba vueltas sobre sí mismo como buscando a alguien en vano en ese campo bañado de luz. Mascullé:

“Kala. ¿Qué diablos haces? No te muevas.”

“¿Y por qué no?” retrucó él. “Rao podría estar aquí…”

“O tal vez no. Escucha. No sé si realmente nos hemos teletransportado a otro sitio pero lo que sí sé es que la brisa de este campo de flores no es real. Son armonías. Deja que compruebe algo.”

Me agaché y toqué la hierba. Se plegaba como algo real. Pero no había morjás en ella. Tracé un sortilegio órico y lo desaté. Las hierbas y las flores, que deberían haber sido dobladas por el viento, siguieron meciéndose en la brisa irreal. De modo que la armonía sólo se deformaba cuando había contacto material con la ilusión. Mi órica pasaba a través. Confirmé al fin:

“Son todo ilusiones.”

“¿Todo?” murmuró Kala, impactado.

“Todo.”

Hasta el ruido suave de la brisa, el roce de la hierba, el bisbiseo de los insectos… Todo eran armonías. ¿Pero dónde nos encontrábamos? ¿Acaso la caverna que había visto antes había sido real? ¿O era también una ilusión? Mar-háï, y yo que había saltado abajo del escalón tan alegremente… Aquel día iba acumulando los errores.

Paseé mi órica a mi alrededor. Si tan sólo hubiese estado Zélif conmigo, habría podido entender en un instante qué sucedía. Yo necesitaba más tiempo. Busqué las respiraciones de mis compañeros pero, antes de que pudiera localizarlas, oí un súbito grito desgarrador que me puso los pelos de punta.

«¡Ayuda!» gritó una voz. «¡Soy Jiyari! ¡Ayu…!»

Se oyó un crujido de huesos y un alarido. Una oleada de pavor invadió a Kala y, casi al mismo tiempo, mis sentimientos desaparecieron mientras mi Datsu se desataba atropelladamente.

«Ji… ya… ri,» articuló Kala, sin apenas poder hablar.

Nuestro corazón latía a toda prisa. Traté de regularlo. Traté también de calmar mi cuerpo. De nada servía un cuerpo aterido por el horror. No cuando lo que quería era moverme para ayudar a Jiyari… Entonces, obviando sus tembleques, Kala se movió. Y se abalanzó por el campo de flores a toda prisa. Protesté:

“Kala, con más calma, si no te importa, esto no es prudente.”

No me escuchó. Bullía de furia y dolor. Conseguí hacer que no se tirase en un profundo hoyo y que no se empotrase contra un muro que no veíamos. Perdimos el equilibrio y Kala se levantaba otra vez, trémulo, cuando oímos otro grito.

«¡Ayuda! ¡Soy Drey! ¡Ayu…!»

Hubo otro crujido de huesos acompañado, esta vez, de un ruido atragantado y un bufido que retumbó tan fuerte que Kala arrugó el rostro y se encogió, tratando de proteger nuestros oídos mientras gritaba a pleno pulmón. Su agitación no me ayudaba a pensar, pero la llamada de auxilio me resultó extraña de inmediato. Que era Drey, decía. Pero ese era yo. Tardé unos instantes más en caer en la cuenta. Desde que habíamos aparecido en el campo de flores, Kala había pronunciado dos nombres. El de Jiyari. Y el mío. Y unas ilusiones no podían saber que yo estaba en el mismo cuerpo que Kala.

El alivio me invadió.

“Kala. Jiyari no está muerto. Es todo una ilusión. Sólo una ilusión,” insistí al ver que Kala seguía perdido en una tormenta de emociones.

Era inútil. Mis palabras se estampaban contra un muro de roca-eterna. Kala se agitaba, avanzaba a cuatro patas por un suelo de tierra surtido de rocas puntiagudas. Sólo mi órica y mi uniforme de destructor nos protegían de un accidente tonto.

Suspiré. Qué remedio. Levanté un torbellino de viento con intenciones de romper los sortilegios armónicos a la fuerza. Por un momento, el campo de flores se hizo borroso, la luz perdió intensidad, el sonido de los insectos se convirtió en un chirrido estridente. Cuando mi ráfaga murió, las armonías se estabilizaron, se restauraron como por sí solas y todo volvió a ser como antes. No, no todo, corregí: había aparecido una figura entre la hierba alta que se alzaba unos metros ante mí. Al verla, Kala se detuvo. Era Rao. Estaba tarareando y bailando con una expresión de pura felicidad en el rostro. La contemplé, enmudecido.

¿Era una ilusión o era la real?