Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

10 La sabiduría de la infancia

«Siempre intentamos ser fieles a nosotros mismos. Sin embargo, cuando comparo mi pasado con mi presente, dejo de saber quién soy.»

Zella

* * *

Cuando Saoko y yo llegamos a la colina, estaban todos de vuelta y la alegría de ver a Orih despierta se había tornado en una inquietud evidente. Kala se deslizó hasta Chihima y Rao y preguntó:

«¿Todo bien?»

La brejista se mordía un labio.

«Más o menos. Pero Orih tiene problemas para reconocer a sus compañeros.»

Agrandé los ojos y Kala jadeó:

«¿Ha perdido la memoria?»

«No, no es eso,» negó Rao bajando la voz. «Es posible que sea sólo temporal pero… tiene problemas para identificar los rostros que ya conocía.»

Dánnelah. ¿Habrían deseado eso los científicos? ¿O esa había sido una consecuencia involuntaria al modificar su collar? De pie, vestida con una larga túnica azul de los disfraces de Rao, Orih nos miraba a todos con expresión turbada.

«Decís que sois Ragasakis… pero yo no reconozco vuestras caras,» admitió. Echó una ojeada a Rao. «Ella dice que es normal, que he perdido capacidades… ¿Es cierto?»

La pregunta sonaba más a un: ¿cómo puedo saber que es cierto? ¿Cómo puedo confiar en vosotros si no me sonáis de nada? Con dulzura, Livon le cogió las manos, las unió y dijo:

«Gargatalamedavayda. ¿Recuerdas?» sonrió cuando la vio alzar la cabeza. «Fue nuestra primera palabra inventada. Significaba…»

«Nos vemos en la cabaña,» recordó Orih con los ojos emocionados. Mar-háï… ¿No podrían haber elegido una palabra más corta para eso? Murmuró: «Livon. Así que de verdad eres tú.»

«Claro que soy yo,» afirmó el permutador, animado. «Y…» Hizo un gesto amplio hacia nosotros agregando: «Todos estos son nuestros amigos. Naylah. Tchag. Zélif. Sirih. Sanaytay. Jiyari. Y Drey.»

«No temas,» aseguró con cariño la lancera, posando una mano en su hombro. «Aquí te protegemos todos.»

Las armónicas asintieron y yo asentí a mi vez, con más energía de la esperada porque Kala se animó. Me acerqué diciendo:

«Orih. Espero que esto sólo sea temporal pero… Si no hubiese olvidado quitarte el collar en la frontera con Dágovil, no hubiera pasado todo esto. Mis disculpas.»

Me incliné, pensando que al fin podía expresar la culpabilidad que me había estado molestando desde hacía ya cuatro días. Los tomé por sorpresa a todos, por lo visto. Orih parpadeó.

«¿Y tú eres…?»

«Drey Arunaeh,» contesté irguiéndome.

La mirol se relajó y meneó la cabeza, sonriente.

«No te culpes solo. Yo fui la más tonta olvidando que llevaba el collar. Estuvimos todos impactados por lo ocurrido con los dokohis. Y habéis arriesgado vuestras vidas. Todos vosotros.» Sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción.

«¿No irás a llorar porque te hemos salvado?» masculló Sirih.

Orih sacudió la cabeza.

«Qué va… Es la luz. Hay mucha luz aquí. ¿Dónde estamos?»

Livon sonrió.

«Es la luz del sol. Mira, Orih, allá arriba. ¿Has visto? Ahí está la Superficie.»

La mirol alzó la vista, contempló el sol como si no lo hubiera visto en años, bajó los ojos y… enseñó sus dientes puntiagudos.

«¡Un gato!» exclamó. «¡Eso es un gato!»

Al verla emocionarse tanto ante un Samba atónito, los demás Ragasakis intercambiamos miradas aliviadas. Si aún estaba con ánimos de acariciar gatos, es que Orih seguía siendo la misma de siempre.

Creo que Rao recurrió a su conexión mental con Samba para calmar a este, porque, a pesar de tener cara de mala uva, el gato negro no se movió. Permaneció tieso como una estatua mientras Orih le rascaba las orejas. La mirol estaba radiante.

«¡Contadme! Contadme qué ha pasado. Yo sólo recuerdo que en un momento me drogaron y soñé cosas muy raras. No recuerdo más. Pero me quitaron el medallón,» se fijó, llevándose la mano al cuello. Un brillo de miedo pasó por sus ojos. «No me convertí en dokohi, ¿verdad? No hice nada malo… ¿verdad?»

«No hiciste nada,» aseguró Livon. «Estuviste durmiendo en una cápsula todo el rato. En un laboratorio con gente con bata negra que cambiaba los collares para luego venderlos. Una cosa muy rara. En fin. Los Cuchillos Rojos nos ayudaron y te sacamos de ahí. Pero no pude encontrar tu medallón. Lo siento,» se afligió.

Orih pestañeó, tratando de asimilar todas esas explicaciones desordenadas.

«No… No te preocupes, Livon. Algún día lo encontraré.» Sonrió. «¡Estoy segura! En cuanto al resto… no he entendido nada de lo que has dicho. Lo del laboratorio y los Cuchillos Rojos…»

Se lo explicamos. Concluimos hablándole de las gárgolas blancas algo «especiales» que nos habían subido hasta un túnel perdido en las alturas del Gran Lago y Orih se quejó:

«¡Conque he volado y no me he dado cuenta! Me hubiera gustado estar despierta…»

«Lo estarás cuando nos saquen de este sitio lleno de roca-eterna,» le aseguró Sirih. «Si es que vuelven…»

Echamos una mirada hacia arriba. Las gárgolas blancas habían desaparecido. ¿Habrían salido a explorar la Superficie? Considerando lo infantiles que eran Narti y Ax, sólo cabía esperar que al menos Axtayah fuera a acordarse de nosotros…

«¡Tanta historia me ha dado hambre!» dijo Orih. «¿Falta mucho para la comida?»

Jiyari empezó a sacar el material y lo ayudamos a poner la comida con ánimo, pelando tugrines y cortando drimis.

«¡Sopa de tugrines!» me alegré.

«¿Otra vez?» suspiró Sirih, sentándose en el círculo.

Jiyari se excusó argumentando:

«Es lo que mejor me sale, querida daerciana.»

«¿Querida?» se atragantó Sirih, incrédula. «¿Me estás llamando querida a mí?»

«A ti te llamo, querida daerciana,» confirmó el escribano con una sonrisa inocente y encantadora.

«Llámame querida otra vez y te tiro una drimi a la cabeza,» le espetó la ilusionista alzando el dicho bulbo.

Por la cara que puso el Pixie rubio, estaba claro que no entendía qué había de malo en llamarla querida daerciana. Me burlé:

«Tranquilo, Campeón. Sirih es así: no soporta que le suelten piropos.»

«¿Eh?» se sorprendió Livon.

«Pero le gustan,» agregó Orih con una risita.

Sonrojándose levemente, Sirih gruñó y alzó el cuchillo.

«¿Quién dice que me gustan?»

«Un buen guerrero asume sus debilidades,» terció Naylah con calma y con los brazos cruzados.

Sirih la apuntó con el cuchillo gruñendo:

«¡Qué me cuentas! ¡Al menos ayuda tú también y pela tugrines!»

«Un buen guerrero asume sus debilidades,» repitió la lancera.

Sirih agrandó los ojos y sonrió ampliamente.

«¿No me digas que no sabes pelar tugrines? Ahora que lo pienso, siempre te veo comiendo los pasteles de Yeren y Kali pero nunca te acercas a la cocina de la cofradía. Oh, oh… ¿he dado en el blanco?»

Livon intervino, bromista:

«Bueno, cada uno tiene sus debilidades, querida daerci…»

La drimi de Sirih salió directa hacia el permutador, quien permutó en el último instante y… me llevé la drimi en plena frente. Era pequeña, pero diablos… Sirih se destornilló de risa.

«¡Livooon! ¿Por qué has permutado con él y no conmigo?»

«¡Creía que iba a poder parar la drimi con su órica!» se atragantó de risa el permutador con un hilo de voz.

«¡No soy adivino!» protesté.

Zélif, Naylah y Rao reían también, acompañando a Sirih. Kala se levantó lanzando con una ancha sonrisa:

«¡Te vas a enterar!»

De la hilaridad, Livon no pudo moverse cuando Kala lo agarró por los tobillos, arrastrándolo por la hierba. Permutó de nuevo conmigo y me encontré tendido en su lugar. Le arrojé una ráfaga órica que lo tumbó a él también y gruñí con una sonrisa maligna:

«Querido Livon, eres un maldito demonio.»

Lo vi agrandar los ojos de sorpresa. Entonces, emitió un resoplido que se transformó en risa y lo imité. Mar-háï… ¿Qué estábamos haciendo ahí tumbados? ¿Y por qué sentía de pronto mi corazón más liviano? Tardamos un rato en calmarnos. Cuando retomamos nuestras tareas de cocina, el ambiente parecía mucho más ligero. Mientras la sopa borboteaba en el puchero, sobre la placa metálica, le contaron a Orih lo de los Pixies y esta se quedó sobrecogida, mirando a Saoko con fijeza.

«¿Sois dos en uno?» preguntó.

Hubo un instante de silencio perplejo. Entonces, Saoko me señaló con uno de los cuchillos que estaba afilando.

«Qué fastidio. A mí no me mires. Yo soy Saoko. Él es Drey.»

Orih inspiró y suspiró, como desanimada.

«Ah. Perdón. Todavía… parece ser que no consigo acordarme.»

Se masajeó las sienes. Zélif le cogió una mano y le sonrió con los ojos.

«Tranquila. Estoy segura de que es temporal.»

Se giró hacia Rao como preguntando: ¿verdad? Esta se encogió imperceptiblemente de hombros. No tenía ni idea, entendí.

«Tendría que hacerle pasar unos tests bréjicos para saberlo,» confesó. «Pero no lo haré sin su consentimiento.»

Orih parpadeó, vacilante, y por un momento tan sólo se oyó el agua borbollante del puchero. Entonces, contestó:

«Gracias. Pero no. No me siento mal. No quiero que nadie más se meta en mi mente. No es que desconfíe de ti,» aseguró. «Pero…»

«Lo entiendo,» la cortó Rao. «Si cambias de opinión, me dices.»

«Mm…»

No sabía qué pensar de la decisión de Orih. Ciertamente… a mí tampoco me hubiera gustado que nadie se metiera en mi mente. Nadie que no fuera Kala, obviamente. Jiyari probó la sopa y declaró:

«Lista.»

Mientras nos servíamos, Orih preguntó:

«¿Dónde está tu hermana, Drey? No la veo. ¿No está aquí contigo? Recuerdo que fue herida durante la pelea con los dokohis y…»

«Está bien,» le aseguré al verla palidecer. «Se quedó con Yodah. Ya sabes, mi… primo, del clan.»

Orih suspiró de alivio y meneó la cabeza.

«De modo que tienes otra mente dentro. ¿No es un poco duro?»

Los demás se giraron hacia mí, igual de curiosos. Teniendo que salvar a Orih y estando siempre viajando, ninguno exceptuando Zélif y Livon me había preguntado nada acerca de ello. Pero eso no significaba que no hubieran pensado en ello, entendí. Vacilé. Y Kala afirmó:

«La verdad es que lo llevamos bien.»

Sonreí.

«Dice Kala. Pero corroboro. Aunque me tiene suspenso la facilidad con que se salta los acuerdos. Le prometí cinco días libres una vez que se encontrara con Rao, pero en realidad no parece mosquearse si no cumplo el acuerdo a rajatabla. Es un buen tipo, pero le falta coherencia.»

«¿Ah, sí?» me rebuznó Kala, robándome la lengua. «Diablos. Olvídate de ese acuerdo, Drey. Hagamos otro. Me dejas cuando te lo pido y yo te dejo cuando me lo pides.»

Y yo que le había dicho que no haría más tratos con él… Mar-háï, por algo le pedía que fuera coherente. Puse los ojos en blanco.

«Un buen acuerdo pero… ¿y qué pasa si nos pedimos el cuerpo al mismo tiempo? ¿Echamos a cara o cruz?»

«O a piedra, papel o tijera,» intervino Jiyari.

«¿Piedra papel o tijera?» se interesó Kala. «¿Cómo se juega?»

«Un buen juego para resolver conflictos,» afirmó Naylah. «Se juega con tres posiciones de la mano. La piedra aplasta las tijeras, las tijeras cortan el papel, el papel envuelve la piedra…»

«¡Hagámoslo!» se entusiasmó Kala.

«Olvídalo. Ese juego requiere mover las manos, Kala,» le recordé. «Si muevo la derecha y tú la izquierda, sabremos enseguida qué hace el otro, porque estamos en el mismo cuerpo.»

Kala frunció el ceño, cayendo en la cuenta.

«Ya… ¿Pero por qué tú la derecha y yo la izquierda?»

«¿Qué importa?»

Los Ragasakis observaban nuestro diálogo con curiosidad. Orih silbó.

«Es impresionante.»

«Pero puede tener sus inconvenientes,» meditó Livon, ensombrecido. «Porque Kala tiene sus objetivos y Drey los suyos, ¿verdad?»

Kala y yo hicimos una mueca al mismo tiempo.

«Qué va, los objetivos de Drey también son los míos,» aseguró Kala. «Yánika es mi hermana, los Arunaeh mi familia, y vosotros sois mis amigos. Pero también están mis hermanos Pixies. Y Lotus, mi Padre.»

«Es una gran familia,» carraspeó Sirih.

«¿Y qué opina Drey de eso?» preguntó Zélif. «¿También quiere ayudar a Rao a atacar los laboratorios del Gremio de las Sombras?»

Vacilé. Y fue Kala quien contestó:

«No sé lo que quiere él, pero yo no quiero atacar más laboratorios. Yo sólo quiero encontrar a Lotus.»

Miró a Rao con intensidad. Esta se turbó.

«Pero… ¿y Drey?» insistió Sanaytay con voz suave. «¿Él también quiere encontrar a ese Lotus?»

Hubo un silencio. Entonces Kala masculló mentalmente:

“¿Qué pasa? ¿Por qué dudas? Si dices que tú también tienes parte del Kala de antes, entonces también es tu padre. También quieres salvarlo. ¿O no?”

Suspiré y meneé la cabeza.

«No es tan sencillo,» dije al fin. «El caso es que Kala y yo siempre tenemos que llegar a un consenso sí o sí o no avanzamos. En cuanto a Lotus… que esté en manos del Gremio complica las cosas, ciertamente, pero también me empuja más, como Arunaeh, a querer sacarlo de ahí.»

Vi cómo gradualmente los ojos de Zélif se agrandaban.

«Como Arunaeh,» repitió. Marcó una pausa. «¿Por qué no lo dices claramente?»

«Dioses…» Me pasé una mano fugaz por la frente sintiendo que mi Datsu se desataba a toda prisa. «Porque no se supone que debería decíroslo. Perdón. Pensé que ya lo habríais adivinado.»

«¿Adivinar el qué?» preguntó Livon, perdido.

«Hablad claro,» masculló Sirih.

Zélif no dijo nada. Me dejaba el honor de acabar de soltar una información confidencial de mi clan. Imprequé por lo bajo.

«¿No es evidente? Lotus fue un experto brejista que trabajó en un laboratorio del Gremio y fabricó también los collares de los dokohis en la guerra usando bréjica.»

Miré a Sirih y a Livon. Seguían sin pillarlo. Attah… Solté secamente:

«Lotus es un Arunaeh. Rehuyó la autoridad de mi clan y se perdió pero no deja de ser un Arunaeh. Y un Arunaeh nunca abandona a otro. Lo cual no significa que vaya a dejar a Kala ir a salvarlo a ciegas como un rowbi. Esto no es algo que se pueda hacer sin el visto bueno y la ayuda de mi familia.»

«Los Cuchillos Rojos también existimos,» protestó Rao.

Esbocé una sonrisa.

«Cierto. Pero tú misma dices que no sabes exactamente dónde se encuentra Lotus. Lo tiene el Gremio, según tú. ¿Pero dónde?»

La pregunta quedó en suspense unos instantes. Entonces, Jiyari alzó su cuchara, pensativo.

«Eso me hace recordar que en Donaportela encontré un libro titulado Los Ocho Pixies del Desastre. Estaban dibujados los Siete Infernales. Pero no era un libro sobre el cuento tradicional. Las páginas estaban todas blancas. Sólo en un sitio estaba escrito… estaba escrito… esto… Gran Chamán, ¿qué estaba escrito?»

«Buena pregunta. Era una historia de gatos y rosas. Tengo que tenerlo aún por aquí…» Rebusqué en mi mochila y encontré con sorprendente rapidez el trozo de papel donde había escrito el acertijo. Lo leí en voz alta: «En la luz, caza las rosas, la palabra sigue, flota y gira. Entre la arena y la sal, el gato la atrapa, salta y mira.» Le eché una mirada interrogante a Rao. «Jiyari dice que fue Lotus el que lo escribió. Pero por más que intente entenderlo… parece un poemilla sin pies ni cabeza.»

La Pixie tosió.

«Er… ¿No habréis pasado mucho tiempo tratando de descifrarlo?»

Intercambié una mirada con Jiyari y nos encogimos de hombro.

«¿Por? ¿Tú ya lo has hecho?» pregunté. Y caí en la cuenta. «Caray. Es cierto que tú estuviste estudiando en la biblioteca de Donaportela. ¿Ya conocías el libro?»

Rao se rascó la mejilla y asintió.

«Lo conocía. Esos versos… los escribí yo. Me gustó la idea de dejar un libro sobre los Pixies en la biblioteca y, para que no estuviera totalmente vacío, le añadí unos versos. No pensaba que lo ibais a encontrar,» sonrió con culpabilidad.

Jiyari se rió. Yo meneé la cabeza, asombrado.

«¿Entonces no era un acertijo?»

«No. Fue un capricho. Perdón por la decepción,» carraspeó Rao con tono ligeramente burlón. «Además, Lotus no es del tipo de gente que va dejando indicios nebulosos por ahí.»

Aquello me dejó pensativo. Ciertamente, yo no tenía ni idea de qué tipo de gente era Lotus. Kala lo conocía mejor que yo, pero Rao… ella lo había conocido durante muchos más años. Hasta ahora, mi idea de él era la de un hombre trastornado, con un Datsu roto y una obsesión especial por salvar a los Pixies… En realidad, no lo conocía.

«¿Qué tipo de gente es?» pregunté de pronto. «Lotus. ¿Cómo es?»

Dejé a los tres Pixies suspensos. Rao ladeó la cabeza, buscando las palabras. Jiyari dijo:

«Yo sólo sé… que nos ama.»

Bueno. Eso ya era algo. Significaba que el Datsu roto no lo había dejado sin sentimientos.

«Es…» empezó entonces Rao.

Para decepción de todos, calló. Tras un silencio, meneó la cabeza.

«Él me crió en mi segunda vida. Me enseñó bréjica. Me dio cariño. Es atento. Respetuoso. Un buen maestro. Y un buen padre. Tiene manías curiosas… ¿A que sí?» Nos miró a Jiyari y a mí con una sonrisilla dulce. «¿No recordáis que, cuando estábamos en la Superficie, todas las mañanas nos decía: vayamos a rendir gracias a… y siempre cambiaba a quién? A veces eran los pájaros, otras veces los árboles, otras veces la sonrisa, otra veces la música…»

«Y el viento, y las nubes,» dijo Kala, afirmando. «Lo recuerdo.»

Los tres estaban emocionados, sumidos en el pasado, aunque dudo de que Jiyari lo recordase realmente. Pero tal vez recordaba los sentimientos.

Estaban así de ensimismados cuando se oyó de pronto un ronquido y nos giramos todos hacia los ex-dokohis tendidos. Alarmados, nos aseguramos de que todos seguían inconscientes y entendimos que el que estaba roncando era Perky de Isylavi, el científico. Rao le había dado otra dosis de satranina aquella mañana, pero ya volvía a despertarse. Parpadeó y balbuceó:

«¿M-Madre? Déjame un poco más… tengo sueño…»

«Claro, duerme todo lo que quieres,» sonreí. «Pero come un poco antes.»

Así, aproveché su media inconsciencia para hacerlo beber agua y algo de sopa. Después de eso, Rao se ocupó de quitarle cualquier atisbo de memoria reciente y lo volvió a dormir. Cuando el drow pelirrojo cayó de nuevo en un profundo letargo, la Pixie preguntó:

«¿Quién es este hombre para ti, Drey? Todavía no sé por qué lo hemos llevado con nosotros.»

«Es porque Drey lo conoce,» explicó Kala.

«Es más complicado,» aseguré, sentándome de nuevo en el círculo con los demás. «Ese hombre es Perky de Isylavi. Es el hermano mayor de un Monje del Viento.»

«Aunque no lo fuera,» intervino Livon. «Lo oí claramente. No es mal tipo. No como los demás científicos. Tiene las ideas poco claras, eso es todo. ¿Verdad?»

Su capacidad comprensiva no dejaba nunca de asombrarme. Sonreí.

«Creo que lo has resumido bien.»

«Me pregunto por qué alguien lo ha mandado matar,» meditó Zélif. «¿Será porque él era el encargado de vender los collares?»

Me encogí de hombros y Rao dijo:

«Los Isylavi son una gran familia de Dágovil. Pero en Dágovil los asesinatos políticos son poco comunes. Es extraño.»

«Entonces, ¿qué?» preguntó Sirih. «¿Crees que algún rival rencoroso se ha ido hasta la isla de la gárgola para matarlo? Es un poco forzado.»

Lo era. Zélif miró a Rao con curiosidad.

«¿Tienes una idea de quién era?»

La Pixie jugueteó con un extremo de su cuerda de saltar y meditó:

«Hay varias posibilidades. Una de ellas es que ese hombre que os habló junto a la cripta fuera un dokohi.»

Kala y yo inspiramos de golpe. ¿Un dokohi?

«¿E iría en realidad a por los collares?» entendió Zélif.

«Diablos,» murmuró Livon. «Tiene lógica.»

«Para ti todo tiene lógica,» lo pinché. «Pero no tenemos ninguna seguridad de que fuera un dokohi. Por cómo hablaba, me pareció muy saijit.»

«Los dokohis tienen parte saijit,» dijo Naylah. Algo, en su tono, nos hizo girarnos todos hacia ella con una mezcla de curiosidad e inquietud. Teniendo en cuenta que ella misma había sido dokohi durante toda su infancia… era la que más lo había sufrido. Y estaba ahí, sentada junto a Rao, la ayudante del creador de los collares…

«¿Has… recordado algo?» se atrevió a preguntar Orih.

La lancera meneó la cabeza y retiró unos largos mechones plateados detrás de sus hombros.

«Os dije que ese dokohi, Kan, me entrenó y me enseñó a manejar una lanza.»

Sus dedos acariciaron su arma, tendida a su lado en la hierba violácea. Livon afirmó:

«Nos lo dijiste. Más o menos.»

Naylah alzó los ojos hacia Rao, frunció el ceño y retomó:

«Ahora estoy segura: Kan trabajaba para Zyro. En aquella época, al menos en el grupo en el que estaba… eran todos luchadores muy hábiles. Dokohis de primera generación, como se llamaban a sí mismos. Dokohis de la guerra. Tal vez tú los conociste,» agregó, clavando sus ojos dorados en los de Rao.

La Pixie hizo una mueca molesta, pero no replicó. Recordé en ese instante cómo la lancera había jurado venganza contra el Mago Negro que había fabricado los collares… Naylah agarró a Astera y me tensé. ¿Acaso…?

«Ahora que he visto ese laboratorio,» dijo con calma, «y esos científicos con máscaras… creo entender qué era lo que Kan quería decir con que el objetivo de su existencia era masacrar máscaras y salvar a sus prisioneros. Llevábamos todos el comando grabado en nuestros collares. Yo misma lo sentía, pero nunca acabé de entender lo que significaba. No me equivoco, ¿verdad, Rao? Usasteis a los dokohis para destruir laboratorios del Gremio de las Sombras.»

Ante nuestras miradas silenciosas, Rao asintió. Sus ojos estaban alerta.

«Lotus decía: nuestros enemigos serán nuestros aliados. Al principio, sólo permitíamos poner collares a los guerreros del Gremio que caían en nuestras manos. Más tarde, la guerra nos superó y nos contentamos con fabricar collares y dárselos a los dirigentes rebeldes de la Contra-Balanza para que los pusieran en uso.»

Su tono, aunque sombrío, no revelaba amargura alguna. Jugueteé con mi bol vacío, pensativo. Seguía sin entender cómo un Arunaeh había podido caer en el juego político y en la guerra. Bueno, sí lo entendía: todo había sido por el Datsu dañado de Lotus.

«Una pregunta técnica,» dije. «¿Cómo cerrabais los collares?»

Rao me echó una mirada de soslayo, divertida.

«Nosotros no lo hacíamos. Ya sabéis que en la Contra-Balanza había celmistas hábiles. Antiguos miembros del Gremio o de la Academia de Dágovil. Uno de ellos era herrero de energía aríkbeta.»

«¿Conoces su nombre?» preguntó Naylah con voz algo brusca.

Rao hizo una mueca.

«Mi memoria no es tan buena…» Se cruzó con mi mirada escéptica y protestó: «En serio. Lotus y yo lo llamábamos el Herrero. Pero casi nunca lo veíamos. No recuerdo el nombre. Ashgavar imprecó entonces. «¿Acaso estáis pensando que es el mismo que está uniendo los collares para Zyro? No lo es.»

«¿Por qué?» preguntó Livon.

«Porque el Herrero murió a manos del Gremio,» afirmó Rao.

Hubo un silencio. De modo que tenía que haber otro herrero.

«¿Sabes cuántos collares fabricasteis en la guerra?» preguntó Zélif.

El tono suave de la líder de los Ragasakis aligeró curiosamente bien el ambiente. Rao se encogió de hombros.

«Teníamos otros asistentes, así que no conozco el número preciso. En total… ¿tal vez unos ochocientos?»

Ochocientos, resoplé mentalmente. Rao agregó:

«Sé que no aprobáis lo que hizo Lotus ni lo que hice yo, pero ¿acaso fue más terrible que lo que se hace normalmente en una guerra? Esa época, la tengo algo borrosa en mis recuerdos. Un poco como tú, Naylah. Piensa… que no soy realmente la misma que entonces.»

«Es fácil quitarse responsabilidades,» replicó la lancera. «Yo asumo los crímenes que cometí siendo dokohi. Así actúa una Ragasaki.»

Se miraron las dos con intensidad. Mascullé:

«Asumid todo lo que queráis pero ni tú eres ya una dokohi, ni Rao es la Rao de su vida anterior, ni las circunstancias son las mismas. Como decía no sé qué poeta, hablemos del pasado si ayuda nuestro presente, no hablemos de él si lo entorpece.»

Orih y Livon me miraron, impresionados. Rao esbozó una sonrisa. Kala me aplaudió:

«¡Bien dicho, Drey!»

Me sonrojé.

«Parezco un egocéntrico aplaudiéndome a mí mismo…»

Mis compañeros se carcajearon. Entonces, vimos una sombra dibujarse en la colina y alzamos los ojos todos al mismo tiempo para ver a las tres gárgolas aparecer por la cima del cono. Bajaron agitando sus alas con tal fuerza que no tardé en sentir el aire moverse en toda la caverna cónica. Orih estaba boquiabierta.

«¡Qué alas tan grandes!»

«Si no se estrellarían,» carraspeó Sirih. «Ya han tardado.»

Pero habían vuelto, sonreí. Se posaron creando un remolino de aire que acalló por un momento los trinos de los païskos.

«¡Hola, hola!» dijo Narti.

«¡Hola, hola!» dijo Ax.

Los ojos negros de Axtayah se cerraron en una curva risueña mientras nos tendía una gran hoja verde, replegada y rellena.

«Os traemos frambuesas.»

Los ojos de Orih se iluminaron. Entre el gato y las frambuesas, estaba pletórica y no parecían preocuparle ya las secuelas que hubieran podido dejar los científicos en su mente. Mientras las dos jóvenes gárgolas se apresuraban a beber los restos de la sopa de tugrines, Zélif hizo preguntas a Axtayah sobre la isla de Daguettra. Al parecer, la cima del cono descollaba, rodeada de precipicios.

«Os ayudaremos con placer a llegar hasta la costa,» dijo Axtayah. «Aunque este sí que será mi último favor, porque, como dije, ya he dejado de ser la gárgola de los milagros.»

«Tranquilo: no es ningún milagro que sepas volar si eres una gárgola,» le hizo notar Sirih.

Axtayah sonrió.

«Dicho así, tienes toda la razón, joven saijit. Aunque el más pequeño favor puede ser un milagro para otro. Puesto que vosotros no sabéis volar y yo sí, si yo os hago volar, ¿no es ese un milagro?»

Se estaba echando flores solo, me reí interiormente. No necesitaba a un Pixie en su cabeza para aplaudirse. En ese momento, me fijé en cómo Narti y Ax, formalmente instalados en la hierba, miraban a la bella durmiente Orih comerse la última frambuesa. Las dos jóvenes gárgolas salivaban con una envidia descarada.

«Ahora que lo pienso,» dijo Zélif, girándose hacia Axtayah con curiosidad. «Leí una vez algo sobre el culto a la infancia de las gárgolas blancas pero… ¿Es cierto que las gárgolas sólo son consideradas adultas a partir de los cincuenta años?»

Axtayah soltó una risotada.

«¡Me honra ver que tienes conocimiento sobre nuestra especie, pequeña! Aunque eso sólo es cierto para nosotras, las gárgolas blancas. Nartayah tiene dieciocho y Ax veintidós. Teniendo en cuenta que vivimos hasta los doscientos años, ¡mis hijos todavía tienen tiempo de madurar! Supongo que a vosotros os parecerá raro no ser considerado adulto hasta los cincuenta pero, para nosotras, la sabiduría de la infancia es esencial. Su luz debe persistir toda la vida. Por eso, cuanto más larga la infancia, más sabia la gárgola. Eso decía mi abuelo.»

«¿Oh, oh?» me interesé girándome hacia el permutador. «Te preveo un buen futuro, Livon. A los cincuenta, serás sabio.»

Livon resopló.

«¿Todavía te vengas por lo de la drimi? Creía que los Arunaeh no erais vengativos.»

«No lo somos,» aseguré sonriente. «Estaba siendo sincero.»

Sirih se carcajeó. Y Livon me puso una cara protestona.

«¿Y qué si sigo siendo un niño hasta los cincuenta?»

«Ya estaría bien que consiguieras dejar de serlo algún día,» apunté.

La risa de Sirih redobló. Y Livon sonrió anchamente taladrándome con la mirada.

«Querido Drey, eres un maldito demonio.»