Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

9 La roca-eterna

«¡Vuela! Hacia las altas nubes y los rayos de la aurora!»

Sisela Dradzahín

* * *

Los primeros en subir fueron Livon, Naylah y Perky de Isylavi, junto con Tchag. Cuando me preguntaron por qué me llevaba al científico, me contenté con encogerme de hombros y responder «lo conozco». En realidad, no era sólo por eso. Sabía que él era el encargado de llevar los collares de control a Dágovil. Mientras no fuera al fuerte de Karvil a recogerlos, estos no se venderían, o al menos tardarían en serlo.

Siguieron Sirih, Sanaytay y Orih. Esta última aún estaba dormida. Rao decía que podían ser los efectos adormecedores de la ryoba, pero Kala no recordaba que estos fueran tan duraderos…

Chihima, Rao y Jiyari fueron los siguientes. Rao ocultaba mal las ganas que tenía de experimentar el vuelo, al contrario que Samba que, agarrado a la Pixie con las garras nada más ser levantado por la gárgola, enseñaba claramente su horror. Cuando las vi desaparecer en la niebla, comprobé que los golpes de alas de Nartayah y Axtabah ya no eran tan vigorosos. Las gárgolas empezaban a cansarse.

Sólo faltábamos Saoko, Aroto, Zélif y yo. Éramos cuatro.

«Tal vez podamos subir dos en uno,» medité. «Pesas poco, Zélif, y Aroto es pequeño.»

«Pequeño, tu madre,» replicó Aroto. «Y no os preocupéis por eso: me quedo. Volar no es lo mío. Me uniré a los peregrinos y escucharé los rumores que salgan. Tranquilos. Soy un mentiroso profesional. No me pillarán. Rao está de acuerdo con esto,» agregó, como si ese fuese un argumento de peso.

Hice una mueca. No me gustaba la idea, pero no íbamos a pelearnos ahora. Si sospechaban de él, sin embargo, lo interrogarían usando grandes medios. Y con los grandes medios podían sacarle toda la verdad.

«Aroto,» dije en un murmullo.

«¿Qué?»

«Tengo la impresión de que no te caigo bien. Porque soy un Arunaeh, ¿verdad? ¿Tuviste alguna experiencia con un miembro de mi familia?»

Hubo un silencio.

«No,» contestó el ternian al fin. «No personalmente. Y eso no tiene nada que ver con que no me caigas bien. Lo que no me gusta es tu arrogancia por decir que eres más Pixie que nosotros.»

Kala dio un respingo.

«Yo no dije eso. Dije…»

«Que Zella y tú erais Pixies del Caos,» me cortó. «Nosotros, en cambio, somos Pixies de baja categoría, porque vinimos después. Pero algunos de nosotros estuvieron más tiempo que tú viviendo en un laboratorio. ¿Crees que sufristeis más? ¿Y cómo estás tan seguro? No me gusta tu desprecio.» Escupió. «No sabes cuánto se esforzó Zella para salvarte. Espero que le hayas dado las gracias. ¿O acaso crees que vive sólo para ti?»

Advertí que Zélif retenía su respiración. Ella no estaba al corriente de que los demás Cuchillos Rojos eran también Pixies, recordé. Pero las palabras de Aroto se lo habían dejado bien claro. Kala murmuró, confundido:

«¿Qué?»

Sentí que Aroto se rebullía, agitado.

«Tsk… Olvídalo. Ashgavar, eres tú el que ha sacado el tema. A mí no me importa que seas un burro cretino mientras Zella esté feliz contigo. Protégela bien. Si le pasa algo, morirás de mi mano, Kala. Puedes estar seguro.»

Su voz, habitualmente ligera y burlona, sonó ahí tan fría y amenazadora que nos recorrió un escalofrío. Kala frunció el ceño.

«No hace falta que me lo digas. Pero Rao no es débil. Ella sabe protegerse. No morirá porque, antes de que lo haga, se reencarnará. ¿Me oyes? No morirá nunca.»

Hubo un silencio sorprendido. Y entonces Aroto resopló:

«Estás majara. ¿Eso es lo que piensas? ¿Que Zella puede meterse en cualquier peligro porque, total, sabe reencarnarse? ¿Serás idiota profundo? ¿Es que no entiendes que la Rao a la que conociste no es la misma que Zella? Zella es única. Su vida es única. Su mente es única. Puede que tenga aún recuerdos de sus mentes pasadas y que por culpa de ellas tú la confundas aún con la Rao de antes. Pero no es Rao. Es Zella. ¿Me entiendes? Yo la conozco mejor que tú. Así que deja de decir estupideces. Si Zella funde su mente con otra, la Zella de hoy morirá. ¿Me entiendes? No hay milagros. Ni siquiera en esta maldita isla existen. Una mente sólo tiene una vida. Y ahora me marcho, diablos, que hablo demasiado. Buen vuelo.»

El Cuchillo Rojo se alejó en la niebla en un silencio casi completo, dejando a un Kala desorientado. Mar-háï. Suspiré.

“Kala. Aroto tiene razón.”

“¿Lo defiendes?” gruñó él.

“Corroboro, que es distinto.”

Kala no contestó. Se ensimismó, otra vez dándole vueltas seguramente al tema de las reencarnaciones. Seguía sin entender la inmoralidad de la situación. Los saijits, para él, habían sido criaturas ajenas, con las que apenas se identificaba. Y sin embargo, conmigo, había creado lazos con los Ragasakis, con los Arunaeh… tenía que poder llegar a entender solito que suplantar una mente, aunque fuera la de un recién nacido, no estaba bien. Y que a la propia Rao, pese a sus actos pasados, no le parecía bien.

Lo dejé pensar y el silencio se prolongó…

«Alguien viene,» cuchicheó de pronto Zélif. «Una persona…»

¿Sería Aroto, que había cambiado de opinión? ¿O bien tenía un problema?

«No es Aroto,» murmuró la perceptista.

Attah… ¿Qué demonios hacían las gárgolas? Sondeé la niebla densa, reprimiendo mi órica. ¿Sería un peregrino? ¿Un científico? ¿Un guardia? Saoko, a mi lado, tenía un cuchillo preparado en la mano. Oí unos pasos ligeros. Se acercaban a la entrada de la cripta, entendí. Para hacer más verosímil la evasión de los dokohis, habíamos dejado la reja abierta y supe que el recién llegado había entrado y visto al guardia inconsciente cuando oí el crujido de la trampilla al abrirse… y cerrarse inmediatamente. ¿El gas de ryoba lo habría dormido? Entonces, oí pasos salir de la cripta.

«Enhorabuena,» dijo de pronto una voz tensa.

Attah. ¿Nos habría oído? Zélif extendió un índice hasta tocarme los labios, como para decirme: silencio. El hombre no sabía dónde estábamos, entendí. ¿Tal vez había oído algún ruido sin saber exactamente de dónde venía?

Oí un paso sobre la hierba, hacia nuestra izquierda. Se había acercado a la cripta sin saber que estábamos ahí y debía de sentirse ahora algo acorralado.

«¿Sois vosotros los que habéis atacado el laboratorio?» prosiguió la voz.

No contestamos.

«¿No estarán todos muertos ahí dentro? En tal caso, no me quejo. Venía a por un inventor. El drow tenía pelo rojo. ¿No lo habréis visto?»

Hablaba de Perky de Isylavi, entendí. Ese hombre buscaba a Perky. Y, por lo visto, que lo hubiéramos matado le convenía perfectamente. ¿Un sicario? ¿Algún asunto turbio contra los Isylavi o contra el laboratorio? Lo que faltaba… No contesté, sin embargo. Eso habría revelado aún más nuestra posición. Entonces, oí las alas de las gárgolas y, mientras estas se posaban, Zélif murmuró:

«Se ha ido.»

Diablos. Suspiré. Ya sólo nos faltaba un asesino a sueldo detrás de nosotros. En fin, qué importaba. El asesino no iba a poder seguirnos ahora. Nartayah sopló ruidosamente.

«¡Uf! Hacía tiempo que no movía tanto las alas. ¿Quién toca ahora? ¡Ah! ¡Me llevo a la pequeñuela!»

Hablaba de Zélif. Estuve convencido de que, de haberle visto la cara a esta con claridad, la habría visto sonrojarse.

«Somos los últimos,» dije. «¿Vamos?»

Axtayah aproximó su cabeza a mí y me enseñó todos sus dientes.

«¡Vamos! Pero esta vez te agarras tú. Entre el narcótico, la Aspiradora y estos viajes, estoy molido. No te caigas.»

Me agarré a su cuerpo duro como la roca y carraspeé.

«Tú tampoco te caigas.»

Axtayah rió sin contestar. De reojo, vi a Axtabah revolver el cabello pincho de Saoko, interesado.

«¿Se levanta solo?» preguntó.

Hablaba de su pelo. Saoko balbuceó algo incomprensible y añadió:

«Perdón por el peso… voy cargado.»

De hecho, como siempre, el brassareño iba cargado de armas. Axtabah replicó con inesperado tono sabio:

«La fuerza de la voluntad levanta hasta las montañas.»

Lo agarró sin miramientos y despegó. Axtayah y Nartayah lo siguieron. La fuerza con la que se impulsaban en el aire me llenaba de maravilla. Sin duda, se ayudaban de órica. ¿Pero eran siquiera conscientes de ello?

* * *

Las paredes y las estalactitas de la cueva eran casi todas de roca caliza y las hileras de agua que caían de las paredes y de los recovecos formaban profundas grietas. Mientras avanzábamos por el túnel, agachándonos para evitar los techos bajos y esquivando hoyos, nos fue pareciendo cada vez más evidente que por ahí no había pasado un saijit en muchos, muchos años, si es que había pasado uno alguna vez.

Llevábamos una hora avanzando. Las gárgolas nos ayudaban a cargar con los ex-dokohis, pero no era fácil. Teníamos que hacer idas y venidas para transportar a los once subterranienses inconscientes. Y Orih todavía no despertaba.

Axtayah aseguraba que la Superficie no estaba lejos y que, probablemente, no tardaríamos ni dos horas más en llegar, incluso a ese ritmo. No me lo creía. Daguettra era una isla: teníamos necesariamente que ascender toda la profundidad del mar en la que estaba. Pero no argumenté. Estaba demasiado cansado para ello. Todos estábamos reventados. De pronto, los hijos de Axtayah exclamaron:

«¡Las lianas!»

De hecho, más adelante, numerosas lianas cubrían las paredes del túnel. Mientras Nartayah y Axtabah arrancaban cada uno una liana y se la llevaban a la boca con deleite, Sirih lanzó, extenuada:

«Por todos los demonios, ¿y si hacemos una pausa?»

Nadie protestó. Nos dejamos caer uno a uno al suelo gruñendo y bostezando. A Kala se le cerraban los ojos. Tanto que dejé de luchar para mantenerlos abiertos hasta que Jiyari anunció:

«La cena está lista.»

Tanto Kala como yo abrimos los ojos con renovada energía. Nos moríamos de hambre y fui uno de los primeros en sentarse en el círculo. Naylah fue la primera. Saoko el segundo. El olor que se desprendió del puchero cuando Jiyari quitó la tapa atrajo al resto.

«Sopa de tugrines,» dijo el Pixie rubio. «Los Ragasakis ya la probasteis en Firasa pero… es la única receta que me sé.»

La única, pero le salía estupendamente bien, me alegré. El aprendiz escribano sirvió primero a las tres gárgolas y Axtayah les previno sabiamente a sus hijos:

«Esperad a que se enfríe u os quemaréis la lengua.»

No había acabado su frase cuando Nartayah y Axtabah tendían un bol vaciado hacia el puchero entonando:

«¡Otro, Gran Chef Tugrín!»

Se habían tragado la sopa de un golpe, me impresioné. Quién diría que se habían comido tantas lianas de Zeria hacía un rato apenas. Mientras, divertido, Jiyari les servía de nuevo una porción, Axtayah contempló a sus hijos con unos ojos tan tiernos que hacía gracia verlo. Kala esperó nuestro turno con impaciencia y, cuando llegó, se llenó un bol con generosidad. Apenas Naylah probó una cucharada, dejó escapar una exclamación ahogada.

«¡Por Astera, está deliciosa!»

Jiyari le dedicó una sonrisa encantadora.

«Gracias. No he hecho nada hoy, así que… es lo mínimo que podía hacer.»

Y nos vino de maravilla. Tchag engullía con una alegría evidente. Zélif daba vueltas a su cuchara, tranquila y ensimismada, mientras esperaba que su sopa se enfriase un poco. Chihima, Saoko y Sanaytay, aunque silenciosos, masticaban con energía. Mientras llenábamos nuestros estómagos con ansia, escuchamos los desvaríos de Narti y Ax. Se divirtieron poniéndonos motes sacando nombres de personajes legendarios. A Zélif le tocó ser la Brujilla Perdida de las Cuevas del Norte, a Sanaytay la Flautista de Artiva, y a Saoko y a mí nos apodaron los Hermanos Delincuentes. Se lo pasaban como enanos.

«¡Ese es el Príncipe de Aronda!» decía Axtabah, señalando a Livon.

«Entonces, ella es la bella durmiente,» dijo Nartayah, indicando a Orih con uno de sus largos dedos. «No para de mirarla. Y está dormida, ¡como la bella! ¿Cómo hace el Príncipe ya para despertarla?»

«Mm,» meditó Axtabah, tratando de recordar. «Le decía, creo, sí, le decía: despiértate, sésamo. Y despertaba.»

«¡Tienes que probar, Príncipe de Aronda, tienes que intentarlo!» lo animó Narti.

Livon parpadeó y, siguiéndoles la corriente, carraspeó tendiendo una mano hacia Orih.

«¿Despiértate, sésamo?» intentó, vacilante.

«¡Con más ánimo!» se quejó Ax. «Tienes que sentirlo desde dentro. Un momento, Narti, ¿seguro que decía ‘sésamo’? ¿No era ‘cáñamo’?»

«No va a funcionar,» intervino Sirih, tragando su sopa. «Además, a mí la historia esa no me la contaron así. Según la versión que se cuenta en Daer, el Príncipe la despierta cocinándole una tarta de fresas.»

«¡Fresas!» se emocionó Narti.

«Pero a Orih le gustan más las frambuesas,» dejó escapar Livon. Casi parecía tomárselo en serio.

«Pues en la versión que oí,» meditó Naylah, «el Príncipe la lleva hasta el mar y, al sol poniente, baña su cabello con agua salada. Y entonces la princesa despierta.»

«¿En serio?» sonreí. «¿Con agua salada? Pues, en Temedia, oí una versión más realista. El Príncipe sube hasta lo alto de la torre y le dice a la bella durmiente: haré lo que sea para que despiertes, conquistaré un país para ti, lucharé y te haré reina y mandaré construir un trono en tu honor… Pero la princesa sigue durmiendo. Entonces el Príncipe añade: te daré cariño. La princesa mueve un párpado, y lo cierra. El Príncipe se anima: ¡te haré caso en todo, te subiré el desayuno, haré la cocina y lavaré los platos! La bella abre los ojos y dice: ahí tenemos trato, querido.»

Se carcajearon, incluido Axtayah. Sus hijos, en cambio, no parecieron pillarle la gracia.

«¿Soy la única en haber oído la versión del beso mágico que despierta a la bella durmiente?» preguntó entonces Rao. Con las piernas cruzadas, la Pixie acariciaba el pelaje de Samba. Ya había acabado de cenar.

Puse los ojos en blanco.

«Esa versión la conocemos todos.»

Livon pestañeó.

«Yo no la conocía,» confesó. «De hecho… no conocía la historia de la bella durmiente. ¿Tan conocida es?»

Meneé la cabeza. A veces olvidaba que Livon había sido criado en el monte con las cabras.

«¡Un beso!» dijo entonces Narti. «¡Eso es! El Príncipe de Aronda le decía: bésame, princesa.»

«Pero la princesa está dormida, hermana,» argumentó Ax.

«¡En eso consiste el desafío!» se rió esta agitando sus alas.

«¡Era sonámbula!»

«¡Ahí te veo listo, hermano!»

Los Ragasakis resoplamos, divertidos. Habíamos acabado de cenar y el cansancio nos cerraba los ojos, amenazando con convertirnos a todos en bellas durmientes. Cuando Jiyari insistió en que se encargaba de limpiar los boles, le sonreí:

«Harías un gran príncipe en Temedia, Campeón. Después de todo, ese Nefaistos el Impávido tal vez era príncipe.»

El humano puso los ojos en blanco.

«El Campeón del Sol, ¿eh? Esa historia de Orih… Por Tatako, había olvidado de dónde sacabas mi apodo.»

«No eres el Pixie del Olvido por nada,» sonrió Kala.

Había un riachuelo no muy lejos que se deslizaba por una pared y el Pixie rubio se alejó hacia ahí a limpiar los boles con la ayuda de Sirih. Mientras los demás se tumbaban, tratando de encontrar una posición cómoda, me fijé en que Livon se había quedado observando a Orih, absorto. Me pilló mirándolo, se sonrojó, carraspeó y se tumbó diciendo:

«Seguro que despierta mañana.»

«Seguro,» aprobé.

Las gárgolas no tardaron en empezar a roncar, no muy lejos de donde los cuerpos de los once ex-dokohis yacían, inconscientes. Finalmente, apagando su luz armónica, Sirih lanzó:

«Este ha sido un gran día de rescate. ¡Buenas noches a todos!»

«Buen o-rianshu,» dije mientras los demás contestaban a su vez.

Tan sólo nos iluminaba ya mi piedra de luna, colocada sobre una roca. Tumbado entre Jiyari y Rao, Kala trataba de dormir pese al duro lecho. Yo escuchaba las gotas de agua que caían en un tintineo suave por los resquicios de la roca. Se unían casi formando una melodía. Seguramente Sanaytay pensaría lo mismo. Esbocé una sonrisa. A ella le hubiera gustado la Caverna de Música que había al sur de Dágovil, cerca de las cascadas que rodeaban la ciudad. Ahí, las gotas caían como las notas de una partición. Incluso sin saber de música, recordaba que había sido cautivado cuando Padre nos había llevado ahí a Yánika y a mí, el mismo día en que Rao había aparecido ante mí y me había dado la lágrima llamándome Kala.

Recordé aquel día, traté de rememorar las palabras que entonces me había dicho pero estas se desdibujaban en mi memoria, y sólo quedaba la imagen de una niña de piel gris y pelo malva que me abrazaba sin previo aviso como si nos hubiéramos conocido de toda la vida… Cierto, Zella era tal vez única, como decía Aroto, pero Rao seguía viviendo en ella. Extrañamente, el pensamiento me tranquilizó. El resto poco importaba. Si Kala no sabía quién era, ¿acaso yo sabía mejor quién era yo? No. Simplemente yo tenía Datsu, era un Arunaeh y no me preocupaban unas cuestiones tan triviales. Me importaba el presente y no el pasado. El equilibrio siempre era una cuestión del presente.

Cuando oí un ronquido particularmente fuerte, esbocé una sonrisa mental. Por Sheyra. Las gárgolas eran todo menos discretas.

* * *

A la mañana siguiente, nos pusimos de nuevo en marcha. La cueva a veces se ensanchaba de tal forma que era difícil adivinar el camino que había que tomar y, en un momento, Zélif señaló un lugar diciendo que ahí había un túnel que bajaba. Marqué una estalagmita para acordarnos del lugar antes de continuar subiendo. Las gárgolas nos guiaban, cargadas con ex-dokohis. Habíamos usado las grandes lianas de Zeria que crecían contra la pared, gruesas y sólidas, para fabricar literas de tal suerte que el transporte nos resultó más llevadero. Livon y Kala cargaban con Orih mientras yo paseaba mi órica a mi alrededor deseando que mi alcance fuera tan amplio como el de Zélif. Llevábamos largo rato avanzando cuando pregunté:

«¿Cómo puede ser que podamos llegar a la Superficie en un par de horas desde aquí? El océano Mírvico es profundo.»

«No tan profundo en la costa,» dijo Zélif, meditativa.

Entonces, la pequeña faingal se adelantó en la fila, hacia la luz armónica de Sirih y las gárgolas, que abrían la marcha. La vi conversar con Axtayah y oí la estruendosa carcajada de este. Desde que había recuperado a sus hijos, la gárgola de los milagros estaba pletórica. Poco después, llegamos a un lugar más liso y sin estalagmitas y sondeé el lugar con curiosidad. El aire se había enfriado súbitamente, el suelo, rasposo, parecía casi un camino hecho por saijits, y las paredes… Agrandé los ojos y de pronto tomé control de todo el cuerpo diciendo:

«¡Esperad!»

Se pararon todos, sorprendidos. Posé a Orih con cuidado mientras Livon preguntaba:

«¿Qué ocurre?»

Me dirigí hacia una de las paredes oscuras que nos flanqueaban y posé la piedra de luna contra un trozo de roca distinto a los demás. La luz de mi piedra se refractó y efectuó un extraño zigzag dentro de la piedra transparente. Porque esta era transparente. Y no era cualquier roca. Era roca-eterna.

«¡Roca-eterna!» exclamé.

La toqué, ansioso. Era la primera vez que veía roca-eterna. Generalmente, estaba siempre cubierta por muchos metros de roca. Era la frontera de los océanos de la Superficie. Y era la única roca que reconocía el Templo del Viento como inquebrantable. Nada podía cortarla. Era la roca más sagrada de los destructores. Que tuviera la suerte de verla, aunque fuera tan sólo un trozo casi recubierto por roca sedimentaria, me llenaba de emoción. La palpé con entusiasmo. Mi Datsu amenazaba con desatarse de lo maravillado que me sentía.

«Er… Drey,» dijo entonces Livon. «¿Estás bien?»

Me giré con una ancha sonrisa y me reí.

«¡Claro! Es roca-eterna. Mirad, tocadla. Es increíble.»

Intrigados, se aproximaron para tocar la roca transparente que señalaba. Se miraron, Livon se rascó la cabeza, Sanaytay murmuró:

«Esto… ¿Roca-eterna? ¿De verdad es eterna?»

¿No sabía lo que era la roca-eterna?, me asombré. Le expliqué:

«Es la roca más resistente que existe en el mundo. Nadie ha conseguido romperla. La luz pasa a través, las energías pasan a través como si no existiese, y sin embargo nada puede destruirla.»

«Cierto,» murmuró la perceptista con el ceño fruncido. Tocó la piedra. «Siento tierra y plantas del otro lado. Agua a tal vez sesenta metros.»

«¡El océano!» exclamó Livon, con el rostro iluminado.

«Sí,» sonreí. «Y gracias a esta roca, todo se sujeta, gracias a la roca-eterna. Ni siquiera sabemos realmente todavía de qué está hecha. Algunos dicen que los Ojos de Eol se fundieron en ella. Los celmistas de la academia dicen que es tejido vivo con pura energía, pero nuestro templo llevó a cabo experimentos que dejan pensar que también hay partículas minerales y…»

«Drey,» me cortó Kala robándome la lengua. «Vuelve a la realidad: eres el único destructor aquí. Nadie te va a entender.»

Me quedé un momento suspenso. Miré las expresiones divertidas de mis compañeros. Oh.

«Vaya,» carraspeé. «Perdón. Sigamos.»

Livon asintió sonriente y, mientras levantábamos de nuevo la litera de Orih, comentó:

«Te gustan mucho las rocas, ¿eh?»

Me sobrecogí. ¿Me gustaban? A Lústogan le apasionaba destruirlas. A mí… Esbocé una sonrisa.

«Bueno… Al fin y al cabo, me crié con ellas.»

Cuando reanudamos la marcha, no pude evitar echar varias ojeadas hacia el pequeño trozo de roca-eterna que se iba alejando. Axtayah sonrió:

«¡Tranquilo! Allá adonde vamos, hay roca-eterna de sobra. Podrás verla en todo su esplendor.»

Agrandé los ojos como platos. ¿Roca-eterna de sobra? La sonrisa de la gárgola se ensanchó.

«Ya estamos casi.»

Preguntándome qué había querido decir, seguí avanzando con expectación. El camino recto nos facilitó el progreso y poco después comencé a ver luz. Una luz similar a la de las piedras de luna, pero más blanca que azul. Una luz blanca como esa, ¿podía ser…?

Desembocamos en una enorme caverna. Había un río, una colina central y árboles. Las paredes se alzaban, lisas y transparentes, formando un cono muy alto rodeado de roca —¿estaríamos ya en la isla Daguettra? En la cima del cono se filtraba luz que iba zigzagueando y propagándose hasta abajo, iluminando toda la cueva. Y esa luz era…

«¿El sol?» jadeó Sirih. «¡Es la luz del sol!»

Lo era. Entraba por la cima y corría como una cascada por la roca de las paredes. Era roca-eterna, entendí. Todo eso era roca-eterna.

Menos mal que Kala se ocupaba de avanzar porque yo estaba en total admiración. Aunque al menos, esta vez, no fui el único en quedarse boquiabierto. El lugar era hermoso.

Un enjambre centelleante de kérejats pasó cerca. Sirih juró haber visto un conejo entre los arbustos de hojas verdes, Jiyari se quedó embelesado por unas flores malvas de grandes pétalos a las que no pudimos poner nombre, Tchag persiguió una pequeña ardilla con ánimos de jugar… y, en ese remanso de paz donde se oían trinos de païskos y el arrullo del agua, las tres gárgolas echaron a volar. Las miramos mientras dibujaban círculos, subiendo cada vez más. Al cabo, Sirih gruñó:

«Muy bonito, pero si nos dejan aquí plantados, de ningún modo vamos a poder salir.»

Inspiré de golpe, entendiendo lo que quería decir. Para Axtayah, el hueco de arriba era una salida a la Superficie. Para nosotros… sólo era un cielo inalcanzable. Zélif suspiró y se giró mientras posábamos a Orih y a los demás donde las entusiasmadas gárgolas habían dejado sus cargas.

«Así que esa era la salida,» dijo la faingal, oteando con una mueca. «¿De verdad quieren que pasemos por ahí?»

La miré con curiosidad. ¿La perspectiva de echar otra vez a volar la tendría asustada? Chihima tenía la misma cara sombría y la oí murmurar a Rao:

«Rohi, rohi… ¿Nosotros daremos media vuelta, verdad?»

Los ojos de Rao resplandecían. Aquel lugar le había gustado especialmente y la idea de poder volar otra vez parecía tentarla… Carraspeé.

«¿No querías volver a Arhum, Rao?»

La vi torcer los labios en una mueca inocente.

«Sí… Pero no hay prisa. No vamos a dejar así a los Ragasakis, con todos los ex-dokohis. Además, tengo que asegurarme de que Orih está bien y… ¡no me iré antes de explorar este lugar!»

Ese último punto parecía ser el más importante en ese momento. Kala sonrió.

«Por algo de niños te llamábamos Rao la Exploradora.»

Ella parpadeó.

«¿En serio? No lo recuerdo.»

Nos miramos. Y entonces Kala se encogió de hombros.

«Bah. Hace ya mucho tiempo.»

De hecho, que lo hubiera olvidado no significaba nada. Mientras Zélif, Naylah y las armónicas se alejaban con ánimo de explorar la zona, Livon se arrodilló junto a Orih y, tras una vacilación, dijo:

«Rao… ¿No podrías hacer algo por ella? ¿Ayudarla a despertarse?»

Rao asintió.

«No es normal que no haya despertado. Estoy segura de haber desconectado todos los vínculos del collar antes de que se lo quitase Drey… Me ocuparé de ella,» prometió.

Tras observarla un momento cómo posaba la cabeza de la mirol sobre sus rodillas y se concentraba en su bréjica, me giré hacia Livon. Este tenía la mirada fija en el rostro de Orih, esperando ansiosamente que se moviera, parpadeara o dijera algo. Rao suspiró y abrió los ojos para fulminarme con la mirada.

«Kala. Drey. Me estás poniendo nerviosa. Vete a ver tu roca-eterna y déjame en paz.»

Sólo entonces me fijé en que estaba pateando la tierra repetidamente con mi pie derecho. Le dediqué a la Cuchillo Rojo una mueca de disculpa.

«Ah… Perdón. Ya te dejo tranquila.»

«Acompáñalo, Jiyari. Y Livon. Y tú, Saoko. No vaya a ser que se pierda.»

Kala gruñó y masculló por lo bajo:

«Ya no me pierdo, diablos…»

Mientras lo decía, vi pasar fugazmente la imagen de Kala, de niño, caminando por unos túneles y llamando a voces a sus compañeros Pixies… Al final el pequeño golem metálico se quedaba parado, aterrorizado, ante un río, se acurrucaba y luchaba contra las lágrimas hasta que Rao y los demás lo encontraban. Reprimí una sonrisa, preguntándome si el recuerdo de haber luchado eficazmente contra las lágrimas era cierto o era deformación voluntaria del pasado.

“Drey, no te rías,” gruñó Kala. “¿Te has perdido tú alguna vez? ¿No, verdad? No sabes lo mucho que se sufre cuando uno no sabe ya dónde está su casa.”

Resoplé mentalmente de incredulidad viendo otras imágenes desfilarse por mi mente.

“Demonios, Kala… ¿Cuántas veces te perdiste?”

Kala apretó los dientes y no replicó. Mientras yo reprimía mal una sonrisa burlona, nos alejamos colina abajo con Livon, Jiyari y Saoko, directos hacia la roca-eterna que rodeaba ese remanso de paz. A Livon se lo veía sombrío e intenté preguntarle por cada planta verde que veíamos para hacerle pensar en otra cosa. Ni siquiera el pastor de cabras sabía reconocerlas todas. Había una mezcla de vegetación subterránea y de la Superficie, pero eran todo plantas muy extrañas. En un momento, pasamos al lado de unos champiñones enormes que nos llegaban hasta la cintura.

«Esos son daohnyns,» dijo de pronto Saoko señalando una de las setas. «En Brassaria, son una plaga.»

Me fijé entonces en que la seta, de hecho, no lo era. Simplemente se mimetizaba. En realidad, tenía dos piernas blancas bien juntas.

«¿Son peligrosos?» pregunté.

Saoko me echó una mirada y se encogió de hombros.

«Si te tocan con sus toxinas, puede pasarte cualquier cosa. Yo una vez estuve alucinando durante días por respirarlas. Tuve suerte. Morir de asfixia es más típico.»

Kala se pegó un susto. Al vernos alejarnos de las setas con alarma, los labios del drow se estiraron levemente.

«Los daohnyns de Brassaria son mutantes por culpa de las energías inestables que hay ahí. Estos no creo que sean tan peligrosos. Además, son lentos y sólo sueltan sus toxinas para defenderse.»

Jiyari estaba pálido. Resoplé.

«Mar-háï, haberlo dicho antes.»

«Mantenerse alejado de lo que uno desconoce es la primera ley de supervivencia,» replicó Saoko.

Livon, Jiyari y yo lo miramos, sorprendidos de verlo tan parlanchín.

«¿Estuviste alucinando durante días?» preguntó entonces Livon, curioso. «¿Qué clase de alucinaciones?»

El drow torció la boca en una mueca y su mano se posó sobre la empuñadura de su cimitarra mientras decía:

«Alucinaciones. Cosas que ves y no son ciertas.»

Eso nos lo aclaraba todo… Sin embargo, no insistimos. Estábamos llegando ante la roca-eterna cuando Saoko dejó escapar:

«¿Ya habéis tenido alucinaciones vosotros?»

Dánnelah… Era la primera pregunta personal que Saoko se atrevía a hacernos desde que lo conocía. Pese a las ganas que tenía de volver a palpar la roca-eterna, ralenticé, intercambié una mirada con Livon y confesé:

«Yo no. El Datsu teóricamente no creo que me proteja de sensaciones erróneas como esas pero… Supongo que los Arunaeh somos menos propensos a tenerlas. Ya me entiendes.»

«Entiendo.»

«Pues yo sí que tengo,» protestó Kala, casi con orgullo. «Por ejemplo, para ayudarme a dormir, me imagino que estoy bañándome en un lago de aceite. Pero no me estoy bañando de verdad.»

Pusimos todos los ojos en blanco y le robé la lengua diciendo:

«A eso se le llama imaginación, no alucinación, Kala.»

Frunció el ceño. Saoko se giró hacia Jiyari y este sonrió.

«¿Alucinaciones, eh? Cuando estoy borracho, suelo ver cosas completamente absurdas. Solía,» rectificó alzando el puño. «Ya no bebo. Pero, una vez, recuerdo, confundí a la hija del tabernero con una rosa de verdad y quisé recogerla.» ¿Re… cogerla? Kala y yo nos carcajeamos ruidosamente hasta atragantarnos y Jiyari resopló, continuando: «Y pesaba, tú no sabes cómo. Movió una mano, que para mí era una hoja, y zas, me dio en toda la cara… No te rías, Gran Chamán: salí particularmente mal parado de esa.»

«¡Lo imagino!» Nos reímos de buena gana y agregué: «Aunque hubieras podido caer peor.»

«Huh… No dirías eso de haberla visto,» carraspeó Jiyari. «En fin… ¿Y tú, Livon?»

Ante nuestra mirada inquisitiva, el permutador se rascó el cuello.

«¿Yo…? Bueno. Una vez, Baryn y yo fuimos…»

«¿Baryn?» repitió Saoko, frunciendo el ceño.

«Es verdad,» se sorprendió Livon. «Tú no lo conoces. Es un monje yurí de nuestra cofradía. Una vez, íbamos viajando por los montes cuando él me pidió que fuera a recoger setas. La mayoría las recogí bien, pero se me coló una intrusa, por lo visto…»

Se sonrojó.

«Y la metisteis en el puchero,» concluí. «¿Estaba rica?»

El rubor de Livon se intensificó.

«No lo recuerdo bien,» confesó. «Aquella noche… no sé muy bien lo que pasó. Vi hasta a alguna cabra mía aparecer ante mí.»

Me mordí la lengua para retener la risa. Saoko permanecía serio.

«¿Qué viste?» lo invitó a seguir.

«Mm,» meditó Livon. «Vi a mis padres.»

Jiyari y yo agrandamos los ojos, poniéndonos serios de pronto.

«Lo sé, están muertos y no me acuerdo de ellos, pero los vi,» aseguró el permutador. «Nunca he soñado con ellos. Y esa fue la única vez que los vi. Mi madre tenía el pelo igual de azul que yo y era una drow muy alta, mi padre era un humano y, por alguna razón, llevaba una toga de las que se ponen los de Korame, ¿sabéis? Todo muy colorido. Iban andando hacia atrás y me dijeron: Livon, Livon, aunque la malasuerte te acorrale, eres un chico con suerte, avanza y no te pares. No me paré. Cuando espabilé, estaba a un buen kilómetro de distancia del campamento. Baryn no se movió pero dijo que estuvo hablando con dríadas del bosque. Es un milagro que no me despeñase por ningún barranco… y que la seta no fuera mortal.»

«Un chico con suerte,» dijo Saoko.

Sonreí anchamente girándome hacia el drow.

«Hoy estás de humor bromista, Saoko. ¿No te habrás comido alguna seta rara?»

El brassareño resopló de lado y no contestó. ¿Qué clase de alucinaciones habría tenido él al aspirar las toxinas del daohnyn? A saber. Habíamos llegado ante la pared de roca-eterna. Esta estaba lisa y limpia, sin roca sedimentaria alguna que la cubriese. Me arrodillé y tendí mis manos hacia ella. Sentía su energía. Quería entenderla. Quería saber por qué el Templo del Viento nunca había logrado analizar la composición de la roca-eterna. Al inclinarme, la piedra de juramento alrededor de mi cuello salió detrás de mi camisa y reflejó la luz del sol.

Oí unos gritos de monos no muy lejos. ¿Monos? O tal vez timedinos. Quitando las bestias de las minas, mis conocimientos en zoología eran más bien restringidos. Mientras Livon y Jiyari inspeccionaban el lugar y hablaban tranquilamente entre sí, Saoko se sentó sobre una roca, silencioso, y yo me concentré.

“¿Qué es lo que buscas?” preguntó Kala.

Mm… ¿Qué era lo que buscaba? No lo sabía. Quería… Fruncí de pronto el ceño y olvidé la pregunta de Kala. Aquel material… Inspiré de golpe. Primero, entendí que no era roca, o al menos no roca sola. Segundo, entendí que la roca-eterna realmente estaba viva. Y tercero…

«Por Sheyra,» murmuré.

Inspeccioné la roca-eterna más a fondo, pero lo que iba descubriendo no hacía más que confirmar mis sospechas. Las líneas de mi Datsu brillaron en mis brazos, negras y rojas. Kala empezó a preocuparse y se apartó mascullando:

«¿Qué haces, Drey? ¿Intentas destruirla?»

«Por Sheyra, no,» repliqué con el corazón algo acelerado. «Aunque quisiera, no podría. La roca-eterna tiene su propio equilibrio. Algo que no reposa en nada, ni en aire, ni en roca, ni en agua… Cuanto más la miro, más me doy cuenta de que debería haberlo entendido. Soy un idiota. Y me dicen que soy un buen destructor, y un cuerno. Sólo soy un idiota.»

Hubo un silencio. Livon y Jiyari me habían oído y se acercaron, intrigados. Fue Saoko el que preguntó con calma:

«¿Por qué eres un idiota?»

«Porque…» sonreí con la mirada fija en la roca-eterna, «acabo de entender que la roca-eterna y la varadia son una misma cosa. Myriah estaba metida en roca-eterna, los dioses saben cómo. Y la roca-eterna… es como Sheyra.»

Los demás se quedaron sin habla. Mi sonrisa se ensanchó y volví a tocar la roca-eterna con emoción agregando:

«¡Myriah estuvo metida durante más de un siglo en el más profundo equilibrio que existe en este mundo!»

“¿Te has vuelto loco, Drey?” se preocupó Kala.

Me serené mientras el Datsu seguía desatándose y me giré hacia mis tres compañeros. Livon estaba boquiabierto. Entonces, inesperadamente, Tchag surgió de entre la hierba con una piedra en la mano y la arrojó contra la roca-eterna. Se oyó un sonido seco. Fruncí el ceño.

«Tchag,» me sorprendí. «¿Qué haces?»

El imp se acercó dando una voltereta, agarró otra piedra y la arrojó, otra vez contra la pared. Finalmente, se subió al hombro de Livon y señaló con el índice la roca-eterna…

«¿Intentas romperla, Tchag?» probé entender. «Olvídalo: es imposible.»

«No,» dijo Livon, intrigado. «Intenta decirnos otra cosa. ¿Verdad, Tchag? La roca-eterna… ¿es peligrosa?»

El imp se balanceó, abrió la boca haciendo un visaje, saltó y se abalanzó hacia mí. Me golpeó el pecho de pleno, me miró con sus grandes ojos negros y, en el momento en que me daba cuenta de que, con su hábil pie, había sacado el diamante de Kron de mi bolsillo, se alejó rápido como una ráfaga y arrojó su pieza recién adquirida contra la roca-eterna. En vez de emitir un ruido seco, el diamante de Kron rebotó sin un ruido, acompañado de una efímera distorsión de la luz. Nos quedamos todos patidifusos mirando a Tchag. En vez de exasperarme por su robo, medité:

«El diamante de Kron interactúa con la roca-eterna de manera diferente a las demás piedras. ¿Eso es lo que quieres decirnos?»

Marqué una pausa ante la pose expectante del pequeño imp y nos miramos los cuatro, suspensos… Entonces, Livon agrandó los ojos y murmuró:

«Pero ¿cómo lo sabías, Tchag?»

Este agitó enérgicamente la cabeza, sonrió, y se encogió de hombros. Caray. Ciertamente, si Tchag sabía que el diamante de Kron operaba diferente sobre la roca-eterna, es que ya había tenido ante él previamente ambos elementos juntos. Livon se agachó junto a él.

«¿Has recordado algo? ¿Algo de tu pasado? ¿La bruja Lul? ¿Los dokohis?»

El imp suspiró. Abrió la boca y, por un momento, todos creímos que se iba a poner a hablar. Pero no pudo. No es que no quisiese, entendí. El brillo de exasperación en sus ojos lo dejaba claramente ver. Simplemente no conseguía hablar. Al cabo de varios intentos fallidos, bostezó como cansado.

Oímos una voz llamarnos y nos giramos. Sanaytay corría hacia nosotros y su prisa nos alarmó a todos hasta que la oímos bien claro decir:

«¡Livon! ¡Orih ha despertado! ¡Ha despertado!»

Los ojos de Livon se iluminaron. Kala sonrió. Mientras Jiyari y Livon se apresuraban a volver hasta la colina, recogí el diamante de Kron y Kala se movía ya hacia la colina cuando lo detuve.

“Un momento. Sólo quiero comprobar algo.”

Pese a sus protestas, conseguí regresar hasta la roca-eterna sin tropezarnos y verifiqué el lugar donde el diamante había chocado. Seguía igual de liso. Mmpf. Pues claro. La roca-eterna era inquebrantable. Ni siquiera el diamante de Kron podía romperla. Y, sin embargo, ¿qué había sido esa distorsión de luz? La roca-eterna sin duda había sido alterada, aunque de manera muy fugaz. Con curiosidad, coloqué mi diamante de Kron contra la pared y noté enseguida cómo esta se curvaba hacia dentro ligeramente… como para evitar el contacto con el diamante. Tras unos cuantos intentos, confirmé: la roca-eterna respondía al diamante de Kron esquivándolo. En mis años de aprendiz, Lústogan nunca me había hablado de tal fenómeno. ¿Lo sabría el Templo del Viento? Probablemente, pero tal conocimiento no era muy útil de por sí. Me crucé con la mirada de Tchag y le dediqué una sonrisa torcida.

«Ni se te ocurra volver a robarme el diamante, bicho gris.»

«¿Bicho gris? Mira quién habló.»

Agrandé los ojos. Pero no había sido Tchag el que había hablado, sino Saoko. Me giré hacia él. El drow esperaba unos metros más lejos. Resoplé enderezándome con las manos en los bolsillos.

«Oye. Te noto menos fastidiado que de costumbre, ¿sabes?»

Él me miró con cara de fastidio.

«Desengáñate. No estar fastidiado también es un fastidio. ¿Vamos?»

Sonreí y asentí con firmeza.

«Vayamos a ver a Orih.»

Y si era posible le pediría a Rao que hablara con Myriah y le preguntase cómo demonios había acabado un trozo de roca-eterna encima de una montaña… y por qué ella había permutado con lo que había ahí dentro. Ahora más que nunca, quería saberlo.