Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

5 Planes

«No hay pasado ni presente ni futuro para el que rompe las reglas del equilibrio.»

Lotus

* * *

A la mañana siguiente, no fue fácil convencer a Livon y a los demás para que no salieran de inmediato a por Orih. Sin pensárselo dos veces, Kala les había dicho directamente el lugar donde la mirol se encontraba muy probablemente: el Gran Lago, un lugar que se situaba entre Arhum y Dágovil. La ruta principal pasaba por ahí, ante el fuerte de Karvil, y seguía la orilla un muy corto trecho antes de volver a meterse en un túnel. No era una zona muy poblada y yo tan sólo recordaba haber trabajado ahí con mi hermano una vez, para la ampliación del fuerte. Recordaba que a nosotros se nos había asignado la tarea de alisar los suelos mientras que Draken y Lufin se habían ocupado de esculpir una imponente gárgola en la plaza de la entrada. Se contaba que, en la isla central del Gran Lago, vivía una gárgola sagrada del nombre de Axtayah a la que los peregrinos visitaban para pedir milagros. Lústogan no había querido hablarme más de esa historia y yo no había insistido pese a mi curiosidad. Aunque siempre me había quedado con la duda de si la gárgola existía o no.

«Existe,» aseguró Rao, mientras desayunábamos. «Mi abuela dice que la vio cuando fue a pedir un milagro.»

Nema la fulminó con la mirada y masculló:

«La vi. Pero no fui ahí de peregrina. No esperaba ningún milagro.»

Rao puso los ojos en blanco.

«¿Entonces a qué fuiste? ¿A sonsacarle informaciones a la gárgola? No habla, me dijiste.»

«¡No habla porque si hablase se le quedaría la voz ronca de tantos peregrinos que recibe!» intervino riendo el ternian pelirrojo con gafas negras quitando los pies de la mesa. «Pero yo os digo que habla. Una vez, oí contar a un peregrino que una niña se le balanceaba agarrándola del brazo, pidiéndole que la hiciera hermosa cuando fuera mayor. La sacó tanto de sus casillas que la gárgola le dijo: mocosa, vete a pedir milagros tontos a otra parte.»

Varios Cuchillos se carcajearon. Saoko suspiró.

«Qué fastidio. ¿Ahora vamos a ver una gárgola?»

Kala enarcó una ceja.

«¿Vamos? ¿Nos acompañas?»

El mercenario me miró con cara aburrida.

«¿Otra vez me vas a decir que me vaya? Lústogan me pidió que, una vez Rao y tú os encontrarais, no me separara de ti.»

Y parecía decidido a no separarse. O más que decidido a ello… parecía no encontrar ninguna razón por la cual no cumplir la misión que le había asignado Lústogan.

«Siempre escuchando a mi hermano, ¿eh?» intervine burlón. «¿Le has jurado lealtad o algo?»

Saoko resopló de lado y Kala se encogió de hombros ahogando mi risa.

«Qué importa. Eres bienvenido. Pero ¿por qué lo encerraste también en la celda, Rao?»

Esta tosió levemente.

«Fue idea suya. Prefería estar con los Ragasakis.»

Conque se había sentido responsable de que los Ragasakis cayeran entre las redes de los Cuchillos Rojos por culpa suya y había querido enmendarse compartiendo la pena… Sonreí. Siempre tan caballeroso, ese fugitivo de Brassaria.

«Bueno,» dijo Livon tragando su último bocado y levantándose. «¿Cuánto pensáis necesitar para prepararos? Queréis ayudarnos… pero no podemos esperar eternamente. Orih está en peligro. Si le quitan el colgante que mantiene su mente firme, se volverá dokohi, y a saber lo que podría hacer con sus sortilegios explosivos… Esos dokohis no parecen ni tenerle aprecio a su propia vida.»

Recordé al dokohi que había sacrificado su vida comiendo laibria asesina para salvar a sus compañeros del aura de Yánika y palidecí un poco.

«Cierto,» murmuré.

“Te estás saltando cada vez más alegremente el acuerdo, Drey,” me previno Kala.

“Cierto,” repetí con una sonrisilla. “Ahora me callo.”

Rao se levantó a su vez diciendo:

«Conozco la zona. Seré vuestra guía. Pero no esperéis que los demás Cuchillos Rojos vayan a ayudaros. Tienen otras obligaciones,» dijo con un tono elocuente a los demás Pixies.

Vi a varios hacer muecas. La idea de dejarla ir sola no les gustaba.

«Mi obligación es la de protegerte, rohi,» intervino Chihima apartándose del muro en el que estaba apoyada. «No importa lo que digas, te seguiré.»

Rao puso los ojos en blanco y asintió.

«Lo sé. No estaba diciéndotelo a ti, Chihima. Y también me llevaré a Samba.»

Kala y yo marcamos una pausa antes de caer en la cuenta.

«¿El gato?» preguntó Kala. «¿El negro? ¿Tanto lo quieres?»

Rao sonrió anchamente.

«Mucho. Pero no es por eso que me lo llevo. Samba es un gato de bruma. Somos compañeros de oficio.»

Kala intercambió una mirada incrédula con Livon. Caray. ¿Rao había domado un gato para hacer de él un espía? ¿En serio? Nunca había oído hablar de los gatos de bruma.

«Esto…» carraspeó Sirih. «Está bien. Llévate al gato si quieres. Pero ¿cuándo nos vamos?»

Hubo un silencio. Rao se desató la cuerda de comba de la cintura y contestó con ligereza:

«Vamos a ver… Tengo que sacar algún mapa de la zona y reunir la información que ya tenemos sobre el lugar. Digamos que nos encontramos a las tres, después de comer, en la salida norte. Ni se os ocurra partir sin mí,» nos avisó.

Apartó los extremos de la cuerda y comenzó a dar saltos rápidos mientras agregaba:

«Mientras tanto, si queréis ayudar, podéis ir a comprar víveres para tres o cuatro días y, si no es demasiado pedir, podéis pasaros a por pescado seco para Samba de La Imperecedera… Chihima, acompáñalos, ¿quieres? Y Aroto, tú también. Como sois extranjeros, os harán visitar la ciudad…»

«¿Eeeeh?» exclamó el pelirrojo. «¿Por qué yo?»

«Porque la conoces mejor que nadie.»

«Y lo dice la que buscó a Samba por los tejados y callejuelas de Arhum durante días enteros cuando se escapó,» se burló la bruja.

«No se escapó, abuela: tuvimos una discusión,» matizó Rao saltando. ¿Una discusión con un gato?, resoplé. «Además, de eso hace más de dos años. Las cosas han cambiado. Las tiendas han cambiado…»

«Y tu vagancia, en cambio, no ha cambiado,» constató Chihima con voz que parecía más seria que bromista. Se giró hacia los Ragasakis con unos ojos entornados. Seguía llevando el pañuelo. Era la única Pixie a la que aún no había visto la cara. «Vamos, extranjeros. Os guiaré por Arhum.»

Se lo tomaba con una seriedad loable, observé. Aroto, en cambio, mascullaba entre dientes, pero sus gestos evidenciaban su curiosidad. Deseaba conocernos.

Naylah recuperó a Astera, Zélif su saco con sus mapas, Sanaytay su flauta, Saoko su cimitarra, dagas y cuchillos… Todos se movían hacia la salida con sus sacos cuando Livon carraspeó.

«Esto… Hay algo que todavía no me habéis devuelto.»

La bruja enarcó una ceja, se giró hacia Rao, y esta parpadeó mientras seguía dando saltos con la agilidad de una liebre.

«¿El qué? ¿El dinero?»

«¿Por qué siempre me miras a mí, Zella?» protestó Aroto desde la puerta. «Yo no lo he tocado.»

«No es eso,» aseguró Livon. «Nos habéis devuelto todo. Salvo Myriah.»

«Myriah,» repitió Rao. Y agrandó los ojos. «¡Oh! Myriah, por supuesto. La chica de la lágrima. Esto… La bloqueé, así que no te servirá de nada tenerla: no puede hablarte ni oírte.»

Livon palideció.

«¿Cómo?»

«Como lo oyes. Esas lágrimas no admiten bien las inestabilidades bréjicas,» explicó Rao, brincando. «Por algo Lotus nos durmió a todos en las lágrimas. No sólo para que no nos volviéramos locos: también porque demasiada agitación en una lágrima dracónida tiene un riesgo claro. Si Myriah siguiese hablando, no duraría en esa lágrima ni unos meses más: con un desequilibrio, la bréjica se diluye y su mente se destruye. Se lo expliqué. Si la lágrima está bloqueada, podrá durar más tiempo y, con un poco de suerte, si me hacéis algún gran favor, me salváis la vida o qué sé yo, a lo mejor podría estar dispuesta a reencarnarla.»

Hubo un silencio tan sólo interrumpido por la cuerda de Rao que azotaba el aire con rapidez. Demonios. Palidecí. De modo que, después de tantos años apresada en la varadia, Myriah había acabado encerrada en la lágrima por mi culpa y resultaba ahora que estaba en peligro.

«¿Eso es… cierto?» murmuró Livon.

Zélif miraba a Rao con fijeza.

«Mm… Eso parece. Supongo que en estas circunstancias estará más segura en manos de una brejista. Gracias… por la ayuda.»

«De nada,» sonrió Rao. «Tengo cierta práctica manejando lágrimas dracónidas. No me ha costado nada.»

Livon estaba enmudecido. Todo el gozo de tener a Myriah junto a él había estallado en pedazos. Me sonrojé. De no haber posado mi lágrima contra la varadia…

«Drey. No fue culpa tuya,» dijo de pronto Livon.

¿Acaso se veía tanto en mi rostro? Kala hizo una mueca.

«Pues claro que no es culpa suya. No podía saberlo. Él es destructor, no brejista. ¿Verdad, Drey?»

Le robé el cuerpo y desvié la mirada hacia el suelo.

«Verdad. Pero lo siento de todas maneras.»

Hubo un silencio en el que sin duda más de uno pensó en lo extraño que debía resultar ser dos en un cuerpo y cambiar así de personalidades.

«¡Ragasakis!» dijo entonces Aroto alzando su mano con sus garras de ternian bien sacadas. «No nos demoremos más, por favor, y dejemos a la rana en paz saltando con su cuerda.»

«¡Te he oído, Aroto!»

El muchacho se giró hacia Rao con una sonrisa pícara.

«Pues claro que me oyes. Las ranas tienen buen oído.»

Salió con andar desenfadado y Rao trocó su expresión mohína por una sonrisilla.

«Buenas compras. Yo enseguida me pongo a trabajar.»

La cuerda empezó a moverse tan rápido que se dibujaba en el aire como una llama dorada. Kala se quedó mirando a la Pixie durante unos segundos, fascinado, antes de que Chihima se le pusiese en medio y dijese:

«Salimos.»

Casi recordaba a una Arunaeh de lo brusca que era.

Fuera como fuera, me daba la impresión de que los Cuchillos Rojos estaban ahora dispuestos a fiarse de los Ragasakis. Viéndolo objetivamente, tenían a un rehén, Myriah, que habían prometido salvar y les proveían a una guía para ayudarles a rescatar a Orih… No había razones por las que pensar que los Ragasakis fuesen a traicionarlos.

Las callejuelas por las que pasábamos eran igual de oscuras que la víspera, los transeúntes igual de poco recomendables y el suelo igual de irregular y sucio.

Chihima enseñó un callejón con el dedo.

«Ahí murió un hombre la semana pasada. Lo atacaron los bandoleros de Bekshop.»

Levanté una comisura de labio, graznando por dentro: ¿así nos hacía la visita guiada? ¿Listando muertos? Zélif preguntó con curiosidad:

«¿Bekshop? ¿Es un cabecilla del barrio?»

«Un cabecilla de bandoleros,» dijo simplemente Chihima.

Continuó sin detenerse. Kala miró el callejón, aún más oscuro que el resto. Creí ver un reguero de sangre seca en el suelo… Enseguida, Kala tragó saliva, empujó a Jiyari antes de que lo viese y siguió a los demás diciendo:

«Tchag, no te quedes atrás.»

El imp se apartó también del callejón con prudencia. Aroto, el muchacho ternian pelirrojo, apuntó:

«Bekshop se cree el rey del barrio desde que se hizo famosillo atracando a un burgués el año pasado. Y, cuando se enteró de que eran muy posiblemente Nema y Zella las que habían robado la casa del corregidor, le sentó mal.»

Recordé que Zella era el segundo nombre de Rao. Según ella, quitando a Nema, todos los demás seguían llamándola Zella la mayor parte del tiempo. Attah. Con que la casa del corregidor…

«Tan mal se puso la cosa,» continuó Aroto mientras avanzábamos, «que hace unos meses, en Riachuelos, los hombres de Bekshop atacaron a Ahuro, uno de los nuestros, y lo dejaron desangrándose tanto que de no haberlo visto Kenaë a lo mejor pasaba las puertas del otro mundo y nosotros sin enterarnos. Pues eso… Nos sentó fatal a todos. Esperamos a que Ahuro despertase para que nos describiese a los hombres y entonces…» Sus ojos chispearon cuando se giró. «Al o-rianshu siguiente, seis bandoleros se despertaron con tremendos cólicos y Bekshop encontró en el suelo una nota escrita con sangre de su propio brazo que decía: ‘Cuidado con los Cuchillos, Bekshop: cortan’. Y eso con la bella letra de Zella. Como lo oís. La rana se metió ahí mismo, en su cuarto, lo cortó sin que se enterara como una serpiente. Los mandamos a todos al suelo suplicante en un o-rianshu y ahora nos tienen un miedo de mil demonios.»

Hablando, retiró brevemente sus gafas y sus ojos se desviaron hacia mí y centellearon como diciéndome: ¿acaso sabes con quién te juntas, oh, gran Pixie del Caos? De hecho, no lo sabía completamente. Pero después de hablar tanto con ella aquel o-rianshu… sabía que Rao no se dejaría aplastar fácilmente. Había pasado su infancia entrenando para ser una espía experta y una luchadora de las sombras. Me lo había admitido sin rodeos: “Aún no he matado a nadie con mis manos, ni en mi primera vida, ni en mi segunda, ni en esta. Pero, si para defender a mis compañeros, tengo que cambiar eso, lo haré.” A lo cual, Kala le había contestado: “Si lo haces, entonces usa mis puños, Rao. Por algo tengo el símbolo en el dorso de la mano. Porque soy el que hace. Soy el que ensucia sus manos con esas cosas. Siempre lo he sido.” Y era cierto. Durante la fuga del laboratorio, durante las persecuciones, era siempre él el que acababa con más sangre en sus puños metálicos pero… como bien le dijo Rao, no teníamos ya puños de hierro. Éramos un destructor de roca. Y ella, en cambio, sabía manejar cuchillos, usar venenos, disfrazarse, huir de la luz y atacar desde la sombra… Como decía con cierto orgullo, era alumna de la gran Nema la Loba cuyas hazañas habían sido aclamadas entre los Cuchillos Rojos de antaño.

El tiempo que resurgiese de mis pensamientos, la conversación había derivado a la jerga barriobajera y Aroto explicaba que «mandar al suelo suplicante» era la fórmula empleada para los que al perder no tenían otra que rendirse y suplicar perdón.

«¿No tenéis de esas cosas en Rosehack?» preguntó, curioso.

«¿Jergas?» Livon se encogió de hombros. «Kali suele soltar palabras de la jerga marinera y de los nurones pero… no sé si cuenta. Loy tiene jerga de libro. Y yo de pastor, porque yo era pastor de cabras de pequeño pero… Mno, en Firasa, no hay realmente un barrio bajo como aquí. Hay algunos ladrones, pero no bandas de delincuentes como la del Bekshop ese.»

Aroto puso cara maravillada.

«¿En serio?»

«No puede haberlas,» afirmó Naylah, agarrando bien a Astera, «¿y por qué? Porque Firasa está bien protegida por los Caballeros de Ishap, por las Guardias de los comerciantes, y por los Ragasakis.»

Invocó el nombre de nuestra cofradía con un tono que dejaba entender que los Ragasakis no se quedaban a la zaga. Sirih intervino:

«No te creas que toda la Superficie es tan hermosa como Firasa, subterraniense. Mi hermana y yo venimos de Daer. Imagínate tu barrio en cuadruple, qué digo, multiplícalo por diez. El Abismo de Daer es toda una capital dentro de otra. Y es mucho más peligrosa, créeme. ¿Sabes esos señores que cuelgan los cadáveres de los criminales o los ponen en jaulas hasta que se los coman los cuervos? Pues, allí, hacen eso los caciques de los barrios. No hay ley en esas calles más que la suya. Se construyen palacios en medio de sus reinos de basura. Uno, recuerdo, hizo venir cerberos de Arecisa y mercenarios que eran como esos perros, y los soltaba a todos los que lo molestaban. La capital de Daer, la otra, la Blanca, alzó sus murallas hasta veinte metros de lo aterrorizada que está del Abismo. Por eso, tu barrio no es más que una pálida imitación,» se burló.

Attah… Como lo presentaba la daerciana, su hogar de origen parecía un verdadero infierno. ¿Tan peligrosa era Daer? Sanaytay se había puesto lívida pero no dijo nada. Sirih estaba demasiado metida en su papel de barriobajera experimentada para darse cuenta de ello. Sintiéndose como si lo hubiesen retado, Aroto se animó a contar acontecimientos truculentos de su barrio. Pero, como tan sólo llevaban tres años instalados en Arhum, se le acabó rápido. Algún ajuste de cuentas, alguna pelea entre traficantes, alguna trifulca, una muerte accidental, otra de un idiota persistente, el muerto de la semana pasada y… ahí se acababa todo. Sirih ponía los ojos en blanco.

«Si será que los traficantes dagovileses tienen miedo de los Zombras,» se burló.

«¡No es eso!» protestó Aroto. «¡A los Zombras yo los…!»

Rápido como el relámpago, Chihima le pisó el pie con fuerza y el ternian saltó gritando de dolor.

«¡Que te parta una roca!» aulló.

«Cuida tu lengua,» lo previno Chihima. «Ya estamos fuera del barrio.»

De hecho, habíamos llegado a una zona más luminosa y aireada donde la roca del techo no rozaba las cabezas de las puertas. Había tiendas, talleres y la calle se había ensanchado. La gente con la que nos cruzábamos estaba ocupada en sus honestos trabajos sin sentirse aterrorizada por el oscuro barrio vecino. Arhum estaba muy lejos de ser como la capital de Daercia que nos describía Sirih.

En un momento, tras pasearnos por el mercado, me fijé en que Chihima nos había dado el esquinazo. ¿O bien nos seguía a distancia? A menos que hubiese ido a comprar el pescado seco para Samba a La Imperecedera… Fuese como fuese, le dije a Kala:

“Oye, Kala, estamos cerca de La Piedra de Luna. Reik me dijo que se las arreglaría solo para salvar a sus compañeros de Makabath, pero… sólo quiero preguntar al yorusha si lo ha visto. ¿Te molesta?”

Kala fingió un mohín.

“No.”

Ya se ponía en marcha. Lo detuve.

“Kala,” me exasperé. “Al menos avisa de que te vas.”

Como los Ragasakis estaban algo desparramados por el mercado, el Pixie se giró hacia la que estaba más cerca: Sanaytay. La flautista se había quedado a contemplar un escaparate con laúdes.

«Sanay.»

La flautista se sobresaltó, algo poco común en ella pues generalmente oía venir a la gente de lejos. Debía de estar muy concentrada en los instrumentos. Divertido y sonriente, Kala le golpeteó el brazo con una familiaridad a la que yo no me habría atrevido.

«Soy yo, no te asustes. Quería decirte que voy a La Piedra de Luna. Si preguntan, diles que vuelvo enseguida.»

«¿La Piedra de Luna repitió la flautista, confusa. «Claro…»

«Gracias,» le sonreímos.

Y nos alejamos con paso rápido del mercado. Pronto avistamos el cartel de la posada. La calle estaba movida. Cuando empujamos la puerta de la taberna, me impactó como siempre la paz que reinaba en ese establecimiento finamente decorado a lo yorusha. El elfocano atendía a unos clientes con voz serena y melodiosa y nos adelantamos hasta a la barra para esperarlo. Se nos acercó enseguida un joven vestido en una larga túnica tradicional yorusha. Parecía el tabernero en versión joven y supuse que sería su hijo. Mientras me evaluaba con la mirada saludó:

«Buen rigú, ¿qué deseas?»

«¿Y a ti qué te importa lo que desee?»

A punto estuve de carcajearme por la réplica de Kala. El joven yorusha se había quedado sin habla y se giró hacia Kaxen, como pensando: papá, aquí tenemos a un cliente problemático, ¿puedes venir…? Pero, cuando el tabernero me vio y se acercó, lo tomó por sorpresa diciendo:

«¡Drey Arunaeh! Buen rigú, mahí. Buen rigú.»

Advirtiendo su error de etiqueta, su hijo se inclinó a su vez sonrojándose y se apresuró a dejar a Kaxen el honor de atenderme. Tras haberme oído decir la víspera que estaba sin kétalos, este se cuidó mucho de ofrecerme un vaso de zorfo y me informó:

«Si buscas a Sharozza de Veyli, siento decirte que se marchó muy pronto a la mañana para el Templo del Viento.»

«No la busco a ella,» aseguró Kala. Observó al elfocano con intensidad. «Me preguntaba si había alguien que había pasado por aquí buscándome. Un saijit.»

Resoplé mentalmente.

“Por piedad. Lo dices como si aquello pudiera ayudarlo a diferenciarlo de los demás saijits. Precisa un poco, Kala.”

“¿Y qué le digo, que es un Zorkia?” me espetó.

“Para eso, mejor cierras la boca,” mascullé. “¿Es que no sabes describir?”

“¡Los saijits sois todos iguales!” replicó Kala con ligero desprecio. “Pero lo intentaré.”

Abrió la boca. Antes de que dijera nada, Kaxen aspiró:

«¡Por los Cinco Caminos de Yorusha, lo siento! Ahora lo recuerdo, mahí. Anoche vino un hombre a dejar un mensaje para ti. Ah. Aquí está,» dijo tras buscarlo un rato.

Me lo dio y Kala deshizo el sello sin mirarlo. Se quedó escudriñando el mensaje como el analfabeto que era.

“¿Qué pone?” preguntó.

“Si fijas tanto la mirada en la primera letra difícilmente voy a saberlo,” repliqué. “Déjame un rato.”

“Los ojos sólo,” concedió.

“Que sean los ojos,” suspiré.

Me los dejó y leí el mensaje. Pese a algunas faltas gramaticales, estaba relativamente bien escrito —tal vez gracias al templo que le había enseñado de niño y del que había huido. Decía así: «Hola, Kaladrey. Me he encontrado a un amigo y me ha invitado a que me siente en su banco a la sombra a hablar de los viejos tiempos y pensamos en la mejor manera de invitar a otros compañeros para alegrar la charla. Aquí pues se separan nuestros caminos. Buen viaje, salud y a por todas, como dicen los Zombras.» Pestañeé. Y releí el mensaje. Dánnelah. ¿Quería decir lo que creía que quería decir? Por lo que se entendía leyendo entre líneas, el Zorkia había…

“No entiendo nada,” dijo Kala. “Pero me alegro de que, por una vez, la carta no sólo vaya dirigida a ti…” marcó una pausa, “también me alegro de que se haya encontrado a un amigo.”

Sonreí mentalmente.

“Y un amigo de los buenos. Y tal vez no sea el único.”

“Mmpf. ¿Qué quieres decir?”

Destruí la carta y la reduje a migajas, reprimiendo una sonrisa mientras contestaba:

“Por lo que dice en su carta, parece ser que nuestro buen comandante se ha metido a Zombra con la ayuda de un antiguo Zorkia para tratar de liberar a sus compañeros de Makabath. Aunque algo arriesgada, no es mala la idea.” Mis labios se estiraron irresistiblemente cuando añadí: “Pero no me imagino a Reik llevando el uniforme de Zombra.”

Kala contempló la situación y se encogió de hombros.

“Como dice Rao, más mata la gripe que un dragón. Mejor atacar por dentro que por fuera. Y más a salvo. Fue lo que dijo, ¿no? Seguro que Reik hace todo lo posible para llegar a su objetivo. Hagamos lo mismo.”

“Mm,” aprobé. “Cierto. Hagamos lo mismo.”

Me giré hacia Kaxen y le dije:

«Gracias, yorusha. La próxima vez que me pase por Arhum, reservaré un cuarto en La Piedra de Luna. Permíteme decirte que he viajado por todos los Pueblos del Agua y esta es una de las mejores tabernas que conozco.»

El tabernero se quedó asombrado por mi insólito cumplido y se inclinó profundamente.

«Me honras, mahí. Como decimos los yorusha, que la salud y la felicidad os acompañen en los Cinco Caminos, a ti y a tu familia.»

Recordé que la última vez que había estado ahí le había preguntado por esos Cinco Caminos y me había explicado que eran los caminos del sabio Yorusha para alcanzar la más alta integridad moral.

«Confianza, Ritmo, Pureza, Crecimiento y Espíritu,» cité, acordándome. «Los Caminos que permiten separarse del cuerpo, ¿eh? Todavía los recuerdo.»

Que lo hiciera maravilló obviamente al yorusha, pero seguramente no llegó a pensar que un Arunaeh como yo se los tomara en serio. Incliné la cabeza y me alejé hacia la puerta bromeando mentalmente:

“Hey, Kala. Si tenemos aquí un espíritu que se separó del cuerpo, eso significa que somos sagrados como Yorusha. Somos sabios. ¿Suena bien, eh? El sabio Kaladrey…”

La idea me llenaba de diversión. Kala carraspeó retomando el cuerpo.

“Y Rao me llama tonto a mí…”

Afuera, nos esperaban Saoko y Chihima, el uno fastidiado de mi pequeña escapada, la otra con su bolsa de pescado seco.

* * *

Nos habíamos despertado tarde y cuando terminamos de empaquetar los víveres eran ya la una. Comimos con Aroto en una tienda de comida rápida que le recordó a Livon a su tienda favorita de El Parat de Firasa. El Cuchillo Rojo y el permutador compartían gustos, por lo visto, y también maneras de comer: más que masticarlas, aspiraban las alargadas pastas como si fueran aire. Se retaron a comer tres platos seguidos y acabaron los dos quejándose de dolores de tripa; Tchag se burló de ellos con muecas silenciosas. Pese a todo, Kala tampoco se quedó atrás. Comió dos porciones. Y tan bien le cupo que empecé a preguntarme si por tener dos mentes en un mismo cuerpo no éramos más glotones que la media. Echando otro vistazo a Livon y Aroto y a sus platos, me relajé y me dije que estaba lejos todavía de alcanzar esos extremos.

Tuvimos que darnos prisa para llegar a la hora al lugar acordado, al norte de Arhum. Notaba que los Ragasakis, en particular Zélif, deseaban hablarme a solas. Pero yo no hice ningún esfuerzo para facilitárselo. Primero, porque no quería saltarme más de lo debido el acuerdo con Kala. Segundo, porque temía que me hicieran preguntas sobre mi posición en el asunto… y todavía no la tenía clara yo mismo. Lo único que sabía era que íbamos a salvar a Orih y que Rao nos iba a ayudar. Y eso era lo esencial de momento.

Llegamos a la plaza de las caravanas, algo movida, y paseamos la mirada buscando a Rao y a Chihima. Esta última se había marchado antes de la comida para prepararse.

«No parece que hayan llegado,» observó Aroto. Dio una vuelta entera sobre sí mismo como si estuviera bailando y se detuvo echando una carcajada incrédula. «Ahora las veo.»

«¿Dónde?» preguntó Kala.

El joven ternian me dedicó una sonrisa de lado.

«Adivina.»

Desconcertados, Kala y yo escudriñamos con más atención a la gente que pasaba. Entonces, Zélif resopló.

«Son ellas.»

Miraba a unas sacerdotisas de Neeka, Doncella del Bienestar, a unos pasos escasos de distancia. Iban vestidas con la túnica blanca característica con el símbolo de la espiral dibujado en la parte superior y el lazo de seda dorado alrededor de la cintura. Llevaban el pelo suelto cargado de decoraciones coloridas. Exactamente como las sacerdotisas de Neeka. Pero no lo eran. Rao tendía un platillo a la gente mientras Chihima decía:

«Por la Grandeza de Neeka, una limosna, por la peregrinación de sus doncellas…»

Se detuvieron ante nosotros y Chihima, con un rostro desvelado de joven kadaelfa del todo normal, me miró a los ojos con burla.

«Por la Grandeza de Neeka,» repitió.

«Por la grandeza de tu audacia,» replicó Aroto, depositando una piedra en el platillo con gesto teatral. «Cualquier día Neeka os manda un rayo de bienestar por vuestras demostraciones de fe.»

Rao recogió la piedra con una mueca.

«Y a ti te partirá un rayo por tu falta de generosidad. Rácano.»

«¿Qué diablos estáis haciendo?» intervino Sirih.

Rao miró a los Ragasakis y sonrió anchamente.

«Entrenamos. Como teníamos tiempo de sobra, decidimos crearnos una historia…»

«Es ridículo,» murmuró Naylah.

«¡Es impresionante!» se maravilló Livon.

La mirada de Kala se desvió hacia el gato negro que acababa de aparecer entre ambas sacerdotisas. Samba se estiró. Parecía un gato negro normal y corriente pero, según Rao, no lo era. Nos cruzamos con sus ojos verdes algo amarillentos. Rao le dio el platillo a Chihima y recogió el gato diciendo:

«Este es Samba. Creo que todos aquí no lo habían visto. Os lo presento.»

«¡Encantado!» sonrió Livon.

Kala y yo observamos al permutador con curiosidad. Lo decía en serio… Entonces, Kala se adelantó y tendió una mano estrechando la pequeña pata del animal.

«Estoy deseando trabajar contigo, gato.»

Rao se carcajeó mientras Samba ponía una cara que me recordaba extrañamente a la expresión de fastidio de Saoko.

«¡En marcha!» dijo entonces Rao, posando a Samba. «Cuento con vosotros para que mi hermana y yo lleguemos al final de nuestra peregrinación. Aroto, he cambiado de opinión: tú también te vienes.»

«¡¿Queé?!» exclamó el ternian. «¡Pero no me he preparado!»

«Tranquilo: Neeka provee el bienestar a quienes la sirven fielmente,» se burló Rao.

En cuanto le dio la espalda, Aroto sonrió de oreja a oreja, prueba de que no estaba tan en contra de su nueva misión. Chihima le dio un saco bien abultado diciendo:

«Esto es tuyo.»

«¿Mío?» resopló Aroto, cargando con el saco. «¿No me digáis que habéis puesto lo vuestro aquí dentro? ¡Traidoras!»

Rao se hizo la sorda. Había bastante gente que salía de Arhum hacia Dágovil y recordé que la capital estaba en plena Gran Feria. No tuvimos problemas para pasar la guardia, que se ocupaba más de los que entraban en la ciudad que de los que salían de ella. Pronto la diligencia que seguíamos se distanció, dejándonos solos en el camino, cercados de campos hundidos y alejadas estalactitas.

«¿Cultivan arroz?» preguntó Livon, curioso.

Rao contestó:

«Esos son campos de colnarellas. Son legumbres.»

«¿Oh-oh?» se interesó Sanaytay. «Nunca he oído hablar de ellas. ¿Sólo crecen aquí?»

Rao puso cara de no estar segura.

«Pues…»

«Crecen en todos los Pueblos del Agua, si no me equivoco,» intervino Jiyari. «Son buenas y nutritivas y en mi Escuela Sabia se la llamaba la comida santa. Pero en realidad la colnarella tiene fama de ser comida de pobres. Así que apenas se exporta, creo.»

«Habló el escribano,» se impresionó Aroto. «Deberías aprender más acerca de la colnarella, Rao: se dice que sus intrincadas ramas hundidas en el agua son el paraíso de las ranas.»

Rao fue a darle un empellón, que el ternian evitó de un salto burlándose:

«¡Pero mirad, que la sacerdotisa se enfada!»

Oí el suspiro de Saoko. El drow de pelo pincho andaba a mi izquierda, en el borde del camino, dándole patadas de cuando en cuando a una piedra. Las sacerdotisas avanzaban a buen ritmo pero los Ragasakis las seguían sin problemas. Al de un rato, dejamos la caverna con los cultivos y nos metimos en un túnel ancho por donde pasaba la ruta principal hacia el noreste. Acabábamos de cruzarnos con una diligencia y un grupo de viajeros sobre anobos cuando Sirih preguntó:

«¿Cuánto tardaremos en llegar al Gran Lago?»

«Bueno… Por mis mapas, he calculado que unas cuatro horas,» contestó Zélif. «El túnel es bastante recto, pero baja y sube unos cien metros de altitud. Al menos nos ahorraremos la gran bajada que hay justo después del Gran Lago, hacia las Dunas de Nácar: ahí caen cien metros casi en picado,» aseguró.

Los Ragasakis intercambiaron miradas divertidas.

«¡Contigo no nos perderíamos ni en un laberinto, maestra!» se alegró Livon.

Zélif sonrió y apartó un mechón rubio de su rostro diciendo:

«Pues claro, ¿qué clase de líder sería si perdiera a mis cofrades? Aunque…» Los ojos de la líder de los Ragasakis vigilaron la reacción de Rao cuando agregó: «Una vez en el Gran Lago, me pregunto qué es lo que vamos a hacer. Creo que es el momento para hablar de ello.»

«¿En serio?» meditó Rao girando la cabeza un instante. «Mm… No me gusta. ¿Sabes por qué? Porque hasta los túneles tienen oídos. Hablaremos de ello cuando estemos llegando ahí.»

Noté la exasperación de Zélif.

«Recordarás que soy perceptista,» dijo entonces. «Si hubiese alguien más a nuestro alrededor, lo sabría. Sanaytay lo oiría. Drey lo sentiría respirar. Nos habrás tomado por sorpresa ayer, pero no somos aventureros tan desarmados como piensas. Hemos venido a rescatar a una de los nuestros de las manos de gente poderosa y agradecemos tu ayuda pero, por Zarbandil, no vamos a seguir un plan sin haberlo analizado antes.»

Su tono no era tan hostil como hubiera podido serlo, pero era decidido e inflexible. No iba a dejar que Rao nos llevara a todos a ciegas sin explicarnos nada antes. Esta suspiró.

«Está bien.» La Pixie se giró en medio del túnel bien recto y caminó hacia atrás decidiendo: «Os daré una pista. Los dokohis entran por la puerta pequeña del fuerte y parten en barca hacia las sombras del lago. ¿Y eso qué significa?»

Le señaló a Aroto y este hizo una mueca.

«¿Que le dan de comer dokohis a la gárgola?»

Rao se echó a reír de buena gana.

«¿La gárgola come… saijits?» se espantó Livon.

Las carcajadas de Rao duplicaron, tanto que más que de sacerdotisa de Neeka ahora parecía la residente de un manicomio. Se atragantó y Kala suspiró alcanzándola para darle unos golpecitos en la espalda.

«Di, Rao,» lanzó Sirih. «¿Te estás burlando de nosotros?»

La Pixie negó con la cabeza retomando aire.

«Qué… qué va. Sois vosotros los que me hacéis reír, no es culpa mía. Que yo sepa la gárgola no come saijits. Vamos a ver: si llevan a los dokohis por barca a un sitio, es que ese sitio no es fácilmente accesible o no es accesible por otra ruta que el lago, porque os recuerdo que el lago está totalmente rodeado de roca quitando la parte del fuerte de Karvil, ¿me seguís? Ese sitio tiene toda la pinta de ser uno de los laboratorios del Gremio. Sabéis: esos sitios de avance tecnológico.»

Un laboratorio. Tenía lógica y coincidía con la teoría de Yodah: el Gremio estaba recuperando collares para retransformarlos a su antojo.

«¿Avance tecnológico?» repitió Naylah con el ceño fruncido.

«Experimentos, mutaciones,» dijo Aroto con tono extrañamente neutro. «Ese tipo de avances.»

Sentí los escalofríos de los demás. Mientras reanudábamos la marcha por el túnel, Zélif meditó:

«¿Cómo piensas llegar a la entrada de ese laboratorio si sólo se puede ir por barca? Según el mapa, el lago está rodeado de roca salvo por una zona estrecha donde se encuentra el fuerte. Nos verán.»

Rao sonrió.

«La cartógrafa habló. Pero en los mapas no figuran todos los elementos. Por ejemplo, no figura el hecho de que el Gran Lago está constantemente bañado en la niebla. No nos verán.»

Hubo un silencio en el que tan sólo resonaron los pasos de doce saijits en el túnel. Tenía razón, me dije. Recordaba la niebla de aquel lago: era húmeda y cálida, pero sobre todo, era densa. Pregunté:

«¿Y cómo cruzaremos el lago?»

Kala no me recriminó por mi intervención porque él también quería conocer la respuesta. Rao se encogió de hombros.

«Como no sabemos en qué estado estará vuestra amiga, no podemos ir sólo nadando. Habrá que ir en barca.» Echó una ojeada hacia los Ragasakis agregando: «En la orilla del fuerte, hay en total tres barcas. Al menos hace unos meses había tres. Una para los peregrinos que van a la isla de la gárgola y otras dos, en el fuerte, que se usan para conectar con el laboratorio.»

«¿Y vamos a robar una de esas?» gruñó Sirih. «Se darán cuenta enseguida.»

Rao asintió.

«Cierto. Por eso, compraremos el pasaje hasta la isla de la gárgola. Nema dice que ahí había barcas viejas. Iremos al laboratorio desde ahí. Para la vuelta, no podremos volver todos juntos con Orih desde la isla con los peregrinos: el barquero cobra por cada pasajero y, si llevamos a alguien más sin billete, se dará cuenta y avisará. Y no sólo eso,» admitió. «Podría haber ahí más dokohis a los que salvar.»

«¿Más?» murmuró Livon. Intercambió una mirada concentrada con Tchag. «Caray… Entonces, ¿cómo hacemos? Drey puede destruir sus collares, pero entonces se desmayarán para varios días…»

«Eso puedo arreglarlo,» aseguró Rao. «Recordad que ayudé a Lotus a fabricar esos collares. Sé cómo funcionan. Pero no los destruiremos.»

Kala frunció el ceño.

«¿No los destruiremos?»

Rao negó con la cabeza.

«No tendremos tiempo de hacerlo y de explicarles todo a la gente. Lo haremos una vez a salvo. Mientras tanto, me contentaré con controlarlos temporalmente con un sortilegio bréjico a través del collar.»

«Controlarlos,» repitió Zélif enfriándose. «¿En serio?»

Rao entornó los ojos.

«Pensadlo. A vosotros no os conviene que Dágovil se entere de que una cofradía de Firasa se ha infiltrado en uno de sus laboratorios. A los Cuchillos Rojos tampoco nos conviene ser descubiertos. Por eso,» señaló el saco abultado que llevaba Aroto, «os pondréis lo que hay ahí dentro si es que queréis pasar desapercibidos como nosotros. Una vez junto al Gran Lago, llegaremos en grupos divididos. Somos un grupo demasiado numeroso. Discreción ante todo.» Sus ojos centellearon. «Vamos a hacerles creer que fueron los dokohis los que organizaron la evasión. Nosotros somos peregrinos, nada más.»

Hubo un silencio en el que noté impresión del lado de los Ragasakis. Entonces, Sirih carraspeó.

«Muy bonito, pero… no nos has dicho quién va a ocuparse luego de los dokohis.»

Rao se encogió de hombros.

«Nosotros, los Cuchillos, nos ocuparemos de llevarlos a la orilla. Una vez en el túnel principal, volveremos a Arhum con ellos mientras los controlo y una vez ahí tú, Kala, les quitarás los collares. En cuanto a vosotros, Ragasakis, Kala se ocupará de liberar del collar a Orih en el mismo laboratorio, meteréis a vuestra amiga en el grupo de peregrinos suplantando a uno de nosotros y normalmente no deberíais tener problemas. Y… este es más o menos el plan de ida y de vuelta. El resto va a tener que ser improvisación: no conocemos el lugar. Sabemos que hay una decena de científicos ahí metidos y al menos un par de guardias y que han entrado por lo menos cinco dokohis, pero no estuvimos vigilando todo el rato. Pueden ser más, pueden ser menos, dependiendo de lo que hacen con ellos. En fin, ya sabéis todo.»

Y más de lo que esperaba, reconocí. Zélif escudriñaba a Rao con la mirada.

«Todas esas informaciones, las tenías ya desde antes,» observó. «Tenías pensado infiltrarte en ese laboratorio. ¿Por una vieja venganza?»

Los ojos de Rao llamearon cuando miraron hacia atrás.

«¿Vieja venganza? No, Zélif. Esto no es una venganza. Es el Sueño de los Pixies. El sueño de la paz. Y el sueño de Sheyra.»

Inspiré de golpe, sobrecogido ante sus últimas palabras. ¿Qué tenía que ver Sheyra en todo esto? La vimos acelerar el paso, fielmente seguida por Samba, y Zélif murmuró:

«¿Un… sueño? ¿De qué habla?»

«No lo sé,» dijo Livon cerrando los puños mientras aceleraba también, «pero, si con ella salvo a Orih, la sigo hasta donde sea. ¿Y vosotros?»