Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

4 La oscuridad del Gremio de las Sombras

«Un misterio es una aventura. Un secreto es una maldición.»

Sisela Dradzahín, El gorrión de la luna

* * *

Pixies. Los conté. Habían llegado más al sentarnos todos alrededor de la mesa. Eran trece. Trece Pixies que miraban a Kala y a Jiyari con viva curiosidad. ¿Y qué había de la abuela? Tal vez porque yo pensaba en ella, Kala se giró hacia la vieja bruja y la observó con fijeza preguntando:

«¿También eres Pixie tú, bruja?»

Nema sonrió enseñando los pocos dientes que le quedaban.

«Como si lo fuera. Soy la madre de los Cuchillos Rojos. Yo los saqué a todos del laboratorio con la ayuda de Rao.»

Mientras yo asimilaba la noticia y le daba vueltas al asunto, Kala se cruzó de brazos y miró a Rao, sentada a su lado.

«No lo entiendo.»

Ella afirmó con la cabeza.

«Lo vas a entender. Es sencillo,» contó. «Los Cuchillos Rojos fueron hace muchos muchos años un grupo de maestros asesinos. Después de la Guerra Blanca, hace ya más de setenta años, se reformaron y se convirtieron en una Guardia de Élite especial que trabajaba para el Gremio. Se especializaron en espionaje y protección y dejaron de lado el asesinato. Durante la Guerra de la Contra-Balanza, sin embargo, el Gremio quiso usarlos de nuevo como asesinos y fueron obligados a acatar las órdenes. Un día, unos años antes de acabar la guerra, dos Cuchillos Rojos intentaron asesinar a Kentaley de Megus, el mayor cabecilla de la Contra-Balanza que pertenecía al linaje de los que gobernaban anteriormente en Dágovil. Fracasaron, los rebeldes los pillaron y propusieron un canje de rehenes…» Hizo una mueca. «El Gremio dijo que no y la Contra-Balanza ejecutó a los dos asesinos.»

«Nos sentimos traicionados,» intervino Nema con una sonrisa triste. «Ciertamente, de haber sido asesinos profesionales, nuestros compañeros que fallaron su misión habrían tenido la culpa. Sin embargo, no lo eran. Pedimos otra vez al Gremio que reconsiderase nuestra posición dentro de la guerra puesto que éramos mejores guardaespaldas que asesinos. Tomaron nuestras quejas por desobediencia a la autoridad y temieron una traición. Mandaron a sus esbirros, los Zorkias, contra nosotros. Eran más numerosos y nos tomaron por sorpresa en nuestro refugio… No pensábamos que el Gremio fuera capaz de traicionarnos de esa forma. Éramos además de guardias una Escuela de Élite en la que formábamos a los mejores espías y agentes de Dágovil. Teníamos una posición respetada. Pero el Gremio estaba en plena guerra interna. Y nos pilló en medio. Cuando los Zorkias atacaron, corrí hacia el jardín buscando a Li-Djan y Laag, mis queridos hijos… No los encontré y, cuando regresé adentro, sólo vi muerte. Sangre y muerte.»

Kala temblaba, recorrido de escalofríos. La vieja Nema apuntó:

«Pero, tras pasar entre los cuerpos de mi cofradía, de mi tan querida familia, me percaté de un detalle. Faltaban cuerpos. Faltaban los niños. Esos… se los habían llevado.»

Miró significativamente a sus compañeros y Kala y yo inspiramos y espiramos atropelladamente. Demonios. Había oído que el actual gabinete del Gremio se había fundado y fortalecido con el aplastamiento de las fuerzas rebeldes… pero no había imaginado que hubiese vertido la sangre de su propia gente de esa manera, y usando a los Zorkias a quienes traicionaría a su vez décadas más tarde. Ni tampoco había imaginado que el Gremio fuera capaz de raptar a alumnos e hijos de gente que había estado sirviéndolo para experimentar con ellos. Pero suponía que era del todo posible. Mi desinterés por la política simplemente me había mantenido alejado de esas verdades. Kala cerró los puños. A través de un velo, sentí cómo sus sentimientos prendían fuego como la yesca.

«Monstruos,» dejó finalmente escapar por lo bajo.

Más de uno asintió: no había mejor palabra para definir a esos lunáticos del Gremio. Fue la pequeña belarca la que tomó la palabra entonces con una voz graznante.

«Durante más de diez años, estuvimos encerrados en un laboratorio. Muchos de nosotros no recordamos a nuestros padres, no recordamos nuestra familia, porque nos robaron nuestros recuerdos. Vosotros,» dijo, «no teníais recuerdos, porque os cogieron cuando erais unos recién nacidos. A nosotros, tuvieron que borrarnos la memoria para que les obedeciéramos y creyéramos realmente… que necesitábamos ser curados.»

Un dolor agudo atravesó a Kala. Curados. Era la palabra maldita que más temía el Pixie.

«¿Estás bien, Kala?» se inquietó Rao. «Si quieres que hablemos de esto otro día…»

«No,» gruñó Kala. «Quiero saber. Quiero saber cómo salieron. Quiero saber cómo te encontraste con ellos. Por favor.»

Los ojos de los Pixies los observaban, tanto a él como a Jiyari. Este estaba pálido pese a su tez bronceada, pero parecía aguantar mejor los recuerdos… porque los tenía olvidados.

“Eres demasiado sensible, Kala,” lo compadecí. “Escucha como yo. Intenta decirte que tienes el Datsu desatado…”

“Como si pudiera hacer algo así,” me replicó Kala, irguiéndose en su silla. “No quiero huir de mí mismo.”

Me quedé suspenso un instante. ¿Huir de sí mismo? Calmarse y quitarse un sufrimiento tan profundo, ¿era huir de sí mismo? Mar-háï… Estaba lejos de entenderlo.

«Antes de que acabara la guerra,» contó entonces Rao, «yo ya había dejado a Lotus, según su deseo, para reencarnaros. Sólo que… no sabía por dónde empezar. Antes de todo, huí de los desastres de la guerra. Fui a Donaportela haciéndome pasar por una escribana, falsifiqué mi diploma y trabajé haciendo copias de libros viejos. Me hice amigos que me ayudaron en mi enfermedad, estudié libros de bréjica avanzada para seguir mejorando y… un día, me decidí a poner en práctica al fin lo que sabía. Antes regresé al Bosque de Liireth con los rebeldes supervivientes. Habían pasado casi diez años desde que Dágovil proclamó la muerte del Gran Mago Negro. Hasta entonces, había estado convencida de que Padre… realmente había muerto. Sin embargo, cambié de opinión cuando escuché el mensaje que Padre me había dejado en una piedra bréjica.» Se cruzó con nuestra mirada asombrada antes de proseguir: «Ambos usábamos esas mágaras regularmente durante la guerra, por eso sé que el mensaje era suyo. Decía: ‘Boki está muriendo en su lágrima: el Gremio de las Sombras me ha propuesto ir a salvarlo y fingir mi muerte a cambio de mi conocimiento. No temas: de ningún modo voy a desvelar mis artes bréjicas.’» Vaciló y concluyó: «‘Cuida de tus demás hermanos. Salvaré a Boki aunque sea lo último que haga en esta vida’.»

Kala y Jiyari dejaron escapar una exclamación. Arpías andantes, resoplé mentalmente. Eso cambiaba las cosas. Con que Lotus se había entregado al Gremio a cambio de salvar a Boki…

«Pero entonces…» balbuceó Jiyari, «él de verdad…»

«Si el Gremio cumplió con su palabra,» lo interrumpió Rao con una llama en los ojos, «el Gran Mago Negro que murió en la hoguera era falso. Pensar en ello entonces… me devolvió la esperanza. Y me aferré a ella,» afirmó. «En 5610, reencarné a Tafaria. Dos años después, te fusioné a ti, Kala, en el Sello de los Arunaeh… y otros dos años después, reencarné a Jiyari en un huérfano que iba a ser sacrificado por unos fanáticos. Lo dejé en el umbral de una Escuela Sabia porque pensaba que así se le arreglaría el terror a las letras… pero, diablos, no funcionó, ¿verdad?» Jiyari se sonrojó y la mueca burlona de Rao se ensombreció otra vez cuando agregó: «Fue apenas una semana después cuando me encontré con Nema.»

«Mm,» recordó la vieja bruja. «Estabas muy débil, y yo que raramente hablaba con extraños… Algo en tus ojos me llevó a ayudarte. A cambio,» sonrió, «me ayudaste a encontrar a mi familia perdida.»

Rao asintió.

«Durante la guerra, Lotus y yo habíamos realizado un mapa de las posibles localizaciones de los laboratorios. Descubrimos y destruimos tres en esos tiempos. Pero Nema y yo estábamos solas. No podíamos entrar a la fuerza, y mucho menos equivocarnos de laboratorio. Aun así… después de oír la historia de Nema, deseaba ayudarla. Porque todos los niños de esos laboratorios eran como nosotros. Cobayas del Gremio.» Sus ojos relampaguearon y se cruzaron con los de Kala, no menos ardientes. «Finalmente, nos metimos en el laboratorio. Yo me hice pasar por una científica. Nema por mi asistenta. Mi falsificación era buena y pasamos increíblemente bien.» Sonrió con una travesura vengativa. «Sacamos a todos los pacientes diciéndoles que iban a viajar y ser curados definitivamente en otra parte. No teníamos tiempo de explicarles nada. Nos creyeron. Se subieron todos a una carreta… y nos fuimos de ahí.»

Nema sonrió anchamente.

«Y con éxito. No todos los rescatados eran hijos o alumnos de Cuchillos Rojos, pero los adopté igual. Y recuperé a mi hijo Li-Djan.» Su voz tembló muy ligeramente. «Tenía ya más de veinticinco años y una hija y un hijo, nacidos en el laboratorio, a los que los científicos habían empezado a cambiar la mente. Rao revirtió los cambios, intentó reponer el equilibrio en las mentes de todos. Se desvivió por mi gente. Por eso, cuando su muerte se acercaba a grandes pasos y me dijo que, si la ayudábamos, podría reencarnar a Melzar en mi nieto y reencarnarse a ella misma en mi nieta sin por lo tanto borrar totalmente los espíritus de estos… Li-Djan y yo aceptamos. Sin ella, todos ellos ya estarían muertos. Sin ella…»

«Sin ella, no habríamos sabido revivir a los Cuchillos Rojos,» completó el drow con morro de lobo. Sus ojos rojos me atravesaron. «Le debemos nuestros ideales y nuestras vidas.»

La belarca aprobó.

«Lo único que queremos es seguir rescatando a los cobayas del Gremio y seguir sirviendo a Rao hasta la muerte. Por eso,» paseó una mirada viva por sus camaradas y volvió a fijarla sobre Kala, «mientras tú y Jiyari estéis dispuestos a ayudarla, seréis bienvenidos.»

Kala frunció el ceño. Adiviné que tanta historia pasada le había llenado la cabeza. Observó a los trece Pixies y a la vieja, mirando con curiosidad sus distintos rasgos. Quitando a la belarca, al drow-lobo, a una kadaelfa que tenía un pelo grueso y rojizo que se movía solo y a una drow con un color de piel extraño e irregular… los demás parecían saijits normales.

Entonces, un sentimiento de tranquilidad se apoderó de Kala y este les enseñó una sonrisa torcida. Se levantó.

«Está bien. Entonces bienvenidos a bordo, Pixies. Pero que quede claro: Rao, Jiyari y yo somos tres de los Ocho Pixies del Caos. Antes de que la siguierais, ¡nosotros ya la seguíamos hace tiempo!»

Hubo un silencio. Rao carraspeó.

«Kala… Pixies del Caos o no, he pasado tanto tiempo creciendo con ellos como contigo. Son unos compañeros por los que he arriesgado mi vida.» Kala se quedó suspenso y Rao sonrió. «Ya sabes todo,» agregó levantándose. «Ahora… Jiyari, Kala, os toca decidir si queréis seguirme en esto.»

Kala intercambió una mirada con Jiyari y esperé con impaciencia hasta que contestase con tono desenfadado:

«¿Decidir? Hace tiempo que decidí que iba a salvar a Lotus. Si Lotus está en manos del Gremio, iré a por el Gremio. E iré a salvar a Orih. Y a todos los Pixies encerrados. Aunque sean saijits, no me importa. Quiero,» declaró con una sonrisa fiera, «sembrar el caos y hacerlo bien.»

Jiyari parpadeó y alzó una mano en el silencio sobrecogido.

«Esto… Echaré una mano. Al fin y al cabo,» apuntó con una sonrisilla encantadora, «me gusta sembrar flores. Mi maestro escribano decía que, en los malos tiempos, el caos florece aún más rápido que las flores de soredrips de la Superficie.»

«Y no hace falta esperar a la primavera para verlo florecer,» aprobó Rao con una sonrisa diabólica.

Los ojos de los nuevos «Pixies» nos contemplaban, suspensos. Debían de pensar: así que esos son los viejos amigos de Rao de los que tanto hemos oído hablar… Sonreí mentalmente y le dije a Kala:

“El artista botánico, la gata asesina y el destructor doble… Parecéis salidos de un cuento de hadas. De hadas negras.”

La sonrisa de Kala se ensanchó.

“Al fin y al cabo, somos Pixies.”

* * *

En un rincón muy profundo, sabía que aquello era un sueño: las cápsulas cilíndricas, los cristales, el líquido azulado, y las figuras enmascaradas. Eran borrosas, más negras que blancas, distantes y numerosas. Al alzar la vista hacia mí, una decía:

«Mar-háï. Este ya se ha curado del todo. Habrá que enterrarlo.»

Yo pateaba y gritaba, pero en aquel líquido ni siquiera me oía a mí mismo. Entonces, el Datsu se me desataba y me quedaba inmóvil, como muerto, como una roca fría, y pensaba: las rocas no se entierran: ya están en el suelo. No me enterrarán, aún no estoy curado, no me enterrarán…

Una oleada cálida y serena me llenó la mente.

“Despierta,” dijo una voz.

Era lejana, era tenue, pero me agarré a ella.

“No tienes por qué tener miedo,” insistió la voz suave. “Despierta.”

“¡Despierta de una vez, Drey!” agregó otra voz de malhumor. Esa no era para nada suave. Era la de Kala.

En aquel momento, me fijé en que tenía los ojos abiertos, pero no veía nada, porque la habitación estaba a oscuras. No pasaba eso en los cuartos de los adinerados, acostumbrados a adornarlos con pequeñas piedras luminosas, pero aquello eran los barrios bajos. Los hogares eran sencillos. Ni siquiera todos tenían techo para protegerlos de los doagals y demás monstruos…

«No sé en qué demonios está pensando, pero parece que se ha calmado,» dijo la voz de Rao.

Sólo en ese momento caí en la cuenta de que estaba tumbado en el lecho de Rao y que nuestras frentes se tocaban… Una tenue luz apareció por la rendija de la puerta y alguien llamó. ¿Sería ya la mañana?

«¡Rohi, rohi!» dijo una voz inquieta en el pasillo. «¿Su-sucede algo?»

Rao suspiró.

«¡Tranquila, Chihima! No pasa nada. Se ha caído la mesilla de noche, eso es todo. ¿Qué haces despierta a estas horas?»

Hubo un silencio y un brusco:

«Estoy de guardia. Rohi,» agregó.

Con la tenue luz, empezaba a distinguir la puerta y la silueta de Rao tendida a mi lado.

«¿Qué, Chihima?»

Un breve silencio.

«Estoy aquí si me necesitas.»

«Lo sé.»

Ni se la oyó alejarse, pero noté que la luz se hacía más tenue. Yo hice una mueca.

«¿He tirado la mesilla?»

«Se te ha descontrolado la órica,» explicó Rao. «Kala dice que no es la primera vez que te pasa.»

Y podría haberle hecho daño a Rao sin querer, me percaté, preocupado. Eso pasaba porque Rao había invitado a Kala a compartir la mejor cama de la casa. Dudaba de que quisiera repetir la experiencia… Y, sin embargo, lejos de alejarse, Rao se había acercado, me había calmado por bréjica y extraído de mi pesadilla. Me avergoncé.

«Lo siento.»

Kala bufó.

«Deberías. Ya va la segunda vez que me robas la palabra…»

«Kala,» protestó Rao, apartándose. «No son momentos para atenerse a acuerdos tontos.»

«¿Acuerdos tontos?» se sorprendió Kala. «Él me debe cinco días. Me los prometió. Y como Arunaeh cumple con sus promesas.»

Vi una chispa. Entonces, la luz de una vela comenzó a iluminar el cuarto. Rao vestía, como única ropa, unos pantalones cortos igual de negros que sus prendas de ayer. Me fijé en el pequeño tatuaje rojo que llevaba en su hombro derecho. Estaba compuesto de la Espiral de Neeka, la Doncella del Bienestar, y de tres triángulos que la señalaban desde tres direcciones, como pétalos… o cuchillos. En su piel gris, el símbolo de los Cuchillos Rojos resaltaba. Rao advirtió nuestra mirada pero no comentó nada sobre su tatuaje y se giró hacia el estropicio con un mohín lamentándose:

«Mi taza favorita… No pises por ahí,» me avisó. «Se ha roto la linterna. Está lleno de cristales.»

«La has hecho buena, Drey,» me gruñó Kala. «Y no sabes qué estruendo has metido. Los gatos han bufado como si se cayera el mundo, has asustado a Rao, y su taza favorita…»

«No importa,» aseguró Rao. «Iré a por una escoba.»

«No es necesario,» intervine. «Puedo limpiarlo. Si me deja Kala.»

Rao se detuvo a medio camino de la puerta, vio la expresión fruncida de Kala y sonrió:

«Le diste cinco días pero no dijiste que tuvieran que ser seguidos, ¿verdad?»

Aquello me mató. ¿Cómo que no debían ser seguidos? Sólo faltaba ahora que Kala empezara a darme largas diciendo tonterías como «ah, pero mientras dormías, te dejaba el cuerpo» o «ahora comemos, mastica tú». En cualquier caso, me había propuesto para limpiar el cuarto y, sin más protestas de Kala, reuní con órica todos los cristales de la linterna hasta los más diminutos, en un pequeño montón. Finalmente, recogí a mano los trozos de la taza de Rao y los posé sobre la mesilla.

«Tal vez… se pueda recuperar,» sugerí.

Rao puso buena fe en ello y tratamos de recomponerla. Al juntar pedazos, constaté por qué decía que era su taza favorita. Llevaba caras de gatos sonrientes dibujados en ella. Huh… Conocía a una mirol a la que le hubiera encantado. Rao echó de nuevo los trozos en la mesilla.

«Bah. Es inútil. Me dibujaré otra. O le pediré a Jiyari que me la dibuje. Dijo que le gustaba dibujar, ¿no?» Leyó a través de mi expresión y me sonrió. «En serio, no importa. ¿Me has visto tú cara de materialista? Los Cuchillos Rojos tenemos nuestra manera de ver el mundo, y una de nuestras lecciones dice: no busques nunca el dinero ni el poder ni otras cuestiones materiales pues estas nunca te buscarán, respeta tu juramento y no confraternices con nadie más que con los Cuchillos. Ni siquiera con las tazas.»

Dijo lo último como si formara parte de la lección. Sonreí, Kala se apaciguó y Rao rió quedamente antes de volver a tumbarse en la cama agregando:

«Limpiaremos mañana.»

La vimos bostezar, recostada, con las manos detrás de la cabeza. Parecía haber olvidado el incidente. Kala se relajó y se tumbó a su vez, alzando los ojos hacia el techo. Yo pensaba en mi órica descontrolada. Kala pensó en voz alta:

«Espero que no sigas esas lecciones al pie de la letra porque… yo no soy un Cuchillo.»

«Y yo no soy un tenedor.»

Hubo un silencio. Entonces los dos se carcajearon violentamente en la cama. Suspiré mentalmente ante el escándalo. Tenían un humor simple. Muy simple.

Tras un largo silencio, Rao giró la cabeza para constatar que Kala y yo seguíamos con los ojos abiertos. Preguntó sin embargo:

«¿Estás despierto?»

«No, estoy durmiendo,» contestó Kala.

Volvieron a reírse. Mar-háï, sonreí. Parecían críos.

«Di,» retomó Rao tras otro silencio. «¿Con qué soñabas?»

«¿Yo? Con que estábamos todos en la Casa de los Ragasakis y nos sentábamos a comer los pasteles de Kali. Deberías probarlos algún día: están para chuparse los dedos.»

«Ya…» Esbozó una sonrisa. «Me refería a Drey.»

Kala se ensombreció y, tras una vacilación, lanzó:

«Lo sentí sólo un poco. No era nada agradable… Díselo, Drey.»

Me dejaba libre paso. Dudé por dos razones: primero, porque Kala se mostraba demasiado permisivo con nuestros acuerdos para mi gusto; segundo, porque mi sueño iba a despertar malos recuerdos en ambos.

«Era una pesadilla,» dije. «Kala tiene razón. No era nada agradable.»

«Cuéntame,» dijo Rao, girándose sobre la cama y mirándome a los ojos. «Si llego a entender mejor tus pesadillas… tal vez pueda ayudarte. Soy brejista.»

Mantuve su mirada durante unos instantes antes de suspirar y girar la cabeza hacia el techo.

«Estaba en el laboratorio, en una de esas cápsulas cilíndricas.» Callé un segundo para constatar que Rao había agrandado los ojos. Me esforcé por continuar: «Una Máscara Blanca venía a mí y decía que ya estaba curado y que iban a enterrarme. Y yo intentaba protestar, pero nadie me oía. Me sentía atrapado. Mi Datsu estaba desatado… y a pesar de eso o tal vez por eso mi sueño no terminaba nunca. Al final, me despertasteis.»

Hubo un largo silencio. Al de un rato, Kala giró la cabeza y constatamos que los ojos de Rao se habían llenado de lágrimas. Kala pegó un respingo de la sorpresa y la angustia, y le tomó una mano.

«¡Rao! Drey, maldito, ¡la has hecho llorar!»

«Ella insistió,» protesté.

Rao meneó suavemente la cabeza.

«Estoy bien.» Sonrió pese a las lágrimas. «Gracias, Drey, por contármelo. Por lo visto, también compartís algunos recuerdos.»

Agrandé los ojos.

«¿Recuerdos?»

Kala frunció el ceño.

«Bobadas. Yo no recuerdo nunca haber oído a alguien decir que iba a enterrarme,» protestó.

«Entonces,» reflexionó Rao, «es que no compartís ese recuerdo. Parece ser que la mayoría los tienes tú, Kala. Pero algunos se los ha quedado Drey. Aquel… es real. Lo recuerdo. Un día, desperté y vi que no estabas en tu cápsula. Al parecer, te roñaste demasiado y te mandaron a la sala de recuperación. Pasaste ahí muchos días. Tenías diez años. Eso lo recuerdas, ¿verdad?»

La revelación le dejó a Kala más atónito que a mí, pero por poco. Hacía tiempo que había aceptado que parte de la mente de Kala no había podido ser sellada por Madre y que había fusionado conmigo… pero creía que los recuerdos habían sido todos sellados.

«Háblame de cómo se rompió el sello que mantenía encerrado el espíritu de Kala hasta hace poco,» dijo Rao. «Dime cómo despertó y lo que ocurrió en la isla. Háblame de lo que te hicieron los Arunaeh.»

Por un momento, no supimos a quién se dirigía. Entonces, entendí que nos hablaba a los dos. Porque pese a mi afirmación de ser Drey Arunaeh, para ella… los dos éramos Kala.

Fuese como fuese, ambos nos pusimos de acuerdo para contar más detalladamente lo acontecido en la isla. Cuando Kala quiso mencionar el Sello familiar roto, yo intenté impedírselo argumentando:

«Kala, esos son asuntos de los Arunaeh.»

«Y asuntos míos,» repuso Kala. «Si son asuntos míos, también son asuntos de Rao…»

«Ya-náï,» lo corté. «No son asuntos tuyos ni míos: son asuntos del clan. No son sólo nuestros. Hablar de ello iría contra el equilibrio de Sheyra.»

«Lo entiendo,» dijo Rao, pensativa. «Lotus me habló mucho de Sheyra. O todos los Arunaeh salen de la balanza o ninguno, ¿eh?»

«Exacto.»

«Buah, ¿y si yo hablo de ello?» dijo Kala. «Tampoco es nada del otro mundo. Un Sello roto…»

«Que no está roto,» lo corté.

«Déjalo, Kala,» intervino Rao. «Sé que el Sello se rompió. Lo vi con mis propios ojos cuando te ayudé a fundirte en él. No voy a meterme en los asuntos de los Arunaeh…» Me cogió la mano con dulzura acariciando los círculos de Sheyra tatuados en esta con una extraña nostalgia añadiendo: «Los Cuchillos Rojos somos iguales en eso: no desvelamos nuestros secretos fácilmente. Bueno… Lotus me dijo una vez que los Arunaeh ni siquiera hablarían bajo tortura.»

«Puede ser. Prefiero no experimentarlo,» dije, divertido.

Rao sonrió y agregó más seria:

«Por lo que me habéis dicho, es posible que los Arunaeh intentasen extender el Datsu a la mente de Kala. Pero no lo han conseguido, ¿verdad? ¿Puedo ver?»

Me alarmé. Enterarme de la posibilidad de que mi familia hubiese intentado cambiar mi Datsu durante mi estancia en la isla para que este protegiera a Kala no me impactó tanto como la petición de Rao. “¿Puedo ver?” ¿Sería acaso capaz de ver algo?

Como no decía nada, Rao tendió una mano, se giró y la colocó sobre mi frente. Por un instante, nuestros ojos se cruzaron a la luz de la vela. Entonces, ella cerró los párpados y serpenteó hacia mi mente. Debería haberse quedado en la barrera del Datsu al toparse con esta, pero al de un instante la noté en el interior. No sabía qué hacía pero… increíblemente había pasado la barrera del Datsu. ¿Cómo? Hasta Yodah y Liyen habían tenido que bloquearlo para poder entrar con seguridad y leer mi mente. Entonces… ¿cómo?

“Tranquilo,” me murmuró Rao por bréjica. “No hago nada malo. Sólo quiero ayudarte.”

Me sentía sin defensas e inquieto. Mi razón me decía que ignoraba quién era Rao en realidad. Sabía que Kala había crecido con ella y la amaba, recordaba algunas escenas de antaño… Pero en su primera reencarnación, había participado en una guerra y había ayudado a Lotus a crear unos collares monstruosos. Y en su segunda reencarnación… quién sabe cuánto había cambiado. Ella misma había reconocido que no era la misma Rao. Entonces… ¿cómo podía confiar en ella?

Porque has dado tu palabra, pensé. Era tan sencillo como eso. Pero sólo la había dado con la condición de que Rao no hiciera nada que fuera contra mis principios. Y ahí… Bueno. No la había rechazado. Sin embargo, no esperaba que una brejista no Arunaeh fuera capaz de atravesar el Datsu.

Era una intrusa.

Mi Datsu se desató solo y respondió a la intrusión expandiéndose por toda mi mente. Sin que yo hiciera nada, agarró la bréjica de Rao y la mandó afuera, como un ratón indeseado.

Rao aspiró una bocanada de aire y se apartó. Durante largo rato, guardamos silencio. Entonces, ella dijo:

«Supongo que es mejor así. Perdón por asustarte, Drey.»

«Ha sido el Datsu el que te ha echado, no yo,» carraspeé, queriendo dejarlo claro. «¿Dónde aprendiste a pasar a través del Datsu de esa forma?»

«Bueno… Recuerda que Lotus fue mi maestro. Durante mi anterior vida, no dejé de aprender. Quería enseñarle a Lotus que una niña cobaya como yo también era capaz de ser una gran celmista. Y quería ayudarlo como fuera. Quise hasta repararle el Datsu. Pero nunca fui capaz de hacerlo. Es una de las maldiciones del estudioso: cuanto más aprendes, más te das cuenta de lo poco que sabes y de lo peligrosas que son las consecuencias.» De pronto, el gato pelirrojo saltó sobre la cama y Rao resopló al recibir todo su peso. «Caray… ¡Brasa! Pesas como un hawi.»

Brasa ronroneó. Tras acariciar su pelaje de fuego, la Pixie agregó:

«He notado algo al meterme en tu mente. No algo en ti, Drey, sino algo en Kala.»

«¿Algo en mí?» preguntó Kala, curioso.

«Mm,» asintió Rao. «Te sientes turbado, perdido y frustrado. Y creo entender por qué. Parece ser que lo que me has dicho esta tarde no lo has asimilado tú mismo, ¿verdad?»

Kala parpadeó, confuso.

«¿Qué quieres decir? ¿Qué he dicho esta tarde?»

Samba, el gato negro, se subió a su vez en el borde de la cama y Rao le rascó la barbilla, contestando:

«Cuando dije que yo no era la Rao de antaño. Ahora… » Giró sus ojos azules hacia mí. «Tú también dudas de ser el Kala de antaño porque Drey posee parte de este, ¿verdad?»

Kala se quedó inmóvil.

«Estás alterado,» prosiguió Rao. «Pero no deberías estarlo. Somos quienes somos. No tenemos por qué ser los mismos de antaño. Y pensar demasiado en ello no nos llevará a ningún sitio…»

Kala se enderezó bruscamente en la cama, espantando a los gatos, que salieron malhumorados con el pelo erizado. Nuestro corazón latía con rapidez. Me inquieté… pero preferí no intervenir. Tras un silencio, Kala gruñó:

«Somos quienes somos, ¿eh? ¿Por qué no me desperté antes, Rao? En la teoría… Drey y yo… deberíamos ser la misma persona. ¿Por qué no funcionó la fusión?»

Conocía las respuestas así que… ¿para qué preguntaba? Suspiré mentalmente. Kala estaba perdiendo los nervios. No se lo eché en cara. Despertarse tras décadas de sueño y tener que compartir el cuerpo de otra persona no era algo que pudiera aceptar cualquiera. Y Kala, por lo visto, todavía no lo había aceptado.

«¿Quién soy?» murmuró. «Dime, Rao, ¿quién soy si no soy Kala?»

Noté su súbita angustia y aflicción. Entonces, los brazos de Rao, cálidos y seguros, nos abrazaron. Sentí su frente contra mi espalda y la oí murmurar:

«Eres Kala. Por eso te quiero tanto, ¿por qué si no?» Me abrazó con más fuerza. «No tengas miedo. Estoy contigo.»

Kala respiraba entrecortadamente. Tan sólo ahora se daba cuenta de que los Pixies tal y como habían sido antaño ya no existían. Pero a Rao no le importaba. Cuando sentí que se iba calmando, entendí que las palabras de Rao tenían efecto. Del enfado y la aflicción, pasó a una conmoción más positiva. Tan evidente era su estado de ánimo que Rao se relajó a su vez.

Kala se giró hacia ella.

«Dices que no sabemos quiénes somos realmente, entonces… quiero aprender a conocerte. Volver a conocerte.»

Rao me dedicó una ancha sonrisa de lobo.

«Esa es la actitud. Aunque tú no tienes mucho que contarme: no has cambiado nada. Sigues siendo el pequeño Kala llorón y de buen corazón.»

«¿Llorón?» protestó Kala, sorbiéndose la nariz. «No estoy llorando. Y claro que tengo muchas cosas que contarte: al fin y al cabo, la infancia de Drey también es un poco la mía aunque no la haya vivido directamente.»

«Hoho. ¡Entonces, hablemos!»

Tumbados, a la luz tenue de la vela, ambos pasaron horas hablando en voz baja. Kala contó nuestra infancia con los Arunaeh y los Monjes del Viento; Rao contó su infancia con los Cuchillos Rojos y sus intensos entrenamientos. Mencionó algo sobre técnicas secretas, habló de Chihima presentándola como a una hermana con la que había crecido y aprendido, confesó que hasta los diez años de edad se había hecho llamar Zella, como la nieta de la bruja, pero que cuando había ido a devolverme la lágrima, en Dágovil, había entendido que se sentía más Rao que Zella.

«Todos los meses viajaba al Templo a espiarte,» admitió. «Quería saber lo que hacías. Quería saber si algún día recordarías tu pasado.»

Todos los meses, me repetí, asombrado.

«Pero, entonces, los agentes dagovileses nos localizaron,» contó Rao.

Tres años atrás, habían tenido que abandonar su refugio antes de que vinieran los Zorkias y se habían escondido en Arhum.

«Y apenas unos meses más tarde, los Zorkias fueron masacrados por los Zombras y estos se convirtieron en los nuevos perros del Gremio. ¿Irónico, eh?» dijo Rao con una mueca. «Pero los Zombras no son mejores. Más bien al contrario. Se creen mejor protegidos por el Gremio, pero al cabo son mercenarios como lo fueron los Zorkias. Actúan como cerberos y sólo ven el dinero que se les paga el Muérdago. La gamella, la llaman, como si se considerasen ellos mismos como animales. Pero el Gremio los paga mejor que a los Zorkias, ya te digo: algunos no dan un palo al agua y se emborrachan y juegan durante toda la semana con su generosa ‘gamella’.»

«Parece que los conoces bien,» observó Kala.

«Mmpf. Y cómo. Me hice pasar por agente Zombra una vez y los pude ver de cerca.»

Kala y yo nos sobresaltamos.

«¿Qué? ¿Te hiciste pasar por un Zombra?» exclamó el Pixie.

Rao sonrió, juguetona.

«Formaba parte del entrenamiento.»

«Pero si te hubiesen pillado…»

«Me habrían torturado y ahorcado. Lo sé. Pero a la nieta de la líder de los Cuchillos Rojos no le pilla nadie,» fanfarroneó. «No he entrenado por nada durante tantos años. Tenemos un objetivo, Kala. Y ese, antes que sembrar el caos, es salvar a los Pixies y rescatar a Lotus y Boki. No es un objetivo sencillo. No es algo que se pueda hacer del o-rianshu a la mañana pero… es posible.» Torció los labios y alzó un índice sabio. «Más mata la gripe que un dragón. Si queremos luchar contra un enemigo que nos supera en número, es necesario infiltrarlo, sacarle las debilidades como tú le sacas puntos flojos a las rocas, Drey, y recabar información para golpear en el buen sitio sin ser golpeados. Y para eso…» sus ojos chispearon, «me he preparado todo lo que he podido.»

En ese momento, me recordó a Zélif, con su tranquila manera de anticipar y planear… Sólo que los ojos de Rao llameaban como dos zafiros. Pese a sus auto-proclamados setenta y dos años, llameaban con la inocencia de la juventud.

«Todo esto toma tiempo,» agregó, «así que si Jiyari y tú tenéis a una Ragasaki a la que salvar, id a salvarla. Os acompañaré.» Miró mi expresión suspensa y afirmó: «Sé adónde la han llevado. Al mismo lugar donde han encerrado a otros dokohis capturados.»

Inspiré. No se me había ocurrido que Rao pudiera saber tanto sobre el Gremio. Si ella sabía dónde habían llevado a Orih, tal vez supiera también dónde se encontraban los collares. Tal vez fuera el mismo sitio…

«¿Dónde?» pregunté ansioso antes que Kala.

Rao vaciló. Y entonces dijo:

«El Gran Lago.»