Página del proyecto. Los Pixies del Caos, Tomo 4: Destrucción.

3 Entendimiento

«Lo que brilla al final del túnel no es una ilusión: es esperanza.»

Sirigasa Moa, El dragón equivocó su presa

* * *

«Y yo estaba en mis primeros pinitos hacia un mutuo consenso cuando, de pronto, Drey me mordió la lengua,» contó Kala. «Y poco después, los Monjes del Viento nos pusieron un plato incomible delante, le pedí que me pasara la sal, y el muy vago no quería pasármela. No tiene paladar.»

Rao y Jiyari se carcajearon. Suspiré profundamente. Los tres Pixies llevaban unas horas hablando como cotorras antes de la cena. Kala estaba imparable: soltaba sin vergüenza alguna todos nuestros intercambios mentales y nuestros pequeños encontronazos. Y lo hacía con evidente placer.

«Se metió a Monje del Viento porque no veía razones para no hacerlo,» agregó, burlándose. «Y luego, en Doz, cuando estaba haciendo un duelo de batalla rocal con un saijit, nos entraron en la habitación unos tipos armados que nos amenazaron para que no fuéramos al Templo de Yarae y Drey… ¡se llevó un susto! Que menos mal que tiene ese Datsu porque, si no, se me muere de un ataque al corazón…»

Se rió de buena gana y continuó:

«Y lo peor, hermanos: incluso ahora que me estoy metiendo con él, ni se enfada. Se siente exasperado, pero como si estuviese pensando: menudo crío es este Kala que toma su revancha por lo mucho que me ha soportado. ¿Verdad, Drey?»

“Piérdete.”

A Kala le dio un ataque de risa y golpeó la mesilla baja con su puño diciendo:

«¡Y encima me copia las réplicas!»

“No es tuya: la dice mucha gente,” le aseguré con paciencia.

Rao meneaba la cabeza, divertida.

«Dejad ya de echaros flores,» nos recriminó. Su frente se arrugó de inquietud. «¿Dices que los Yaraga vinieron a amenazaros hasta Doz? Han cambiado más de lo que temía,» murmuró.

Asentí mentalmente.

“Deseaban proteger las Gemas de Ya…”

«Ya se lo explico yo,» me cortó Kala. «El saijit con el que hacíamos el duelo había sido contratado por el Gremio para sacar las Gemas de Yarae del templo y llevarlas a Dágovil.»

Rao hizo una mueca y afirmó con la cabeza.

«De eso me enteré hace unos días. Los Yaraga del Templo fueron asediados y acabaron…»

Kala y yo agrandamos los ojos al verla vacilar y una rabia sorda nació en Kala, desatándome el Datsu.

«¿Los masacró el Gremio?»

Rao negó con la cabeza y tragó saliva, pálida.

«No… Al parecer, cuando vieron que se estaban quedando sin agua, se sacrificaron al dios Lotus… y sellaron las Gemas.»

La estancia se cargó de pesadumbre e incredulidad. Los creyentes Yaraga del templo… ¿se habían suicidado?

«¿Qué quieres decir con que… sellaron las Gemas?» murmuró Jiyari, lívido.

Rao hizo otra mueca.

«Esas gemas sirvieron en otros tiempos para crear mágaras de guerra. En especial… sirvieron para crear los collares de los dokohis.»

No me sorprendí. Si esa reliquia había sido usada para la guerra, estando tan cerca del Bosque de Liireth no era extraño que Lotus la hubiera usado también.

«Así que de verdad los fabricó nuestro Padre,» murmuró Kala.

«Mm,» asintió Rao con incomodidad. «Eran otros tiempos. En aquel entonces, ni Lotus ni yo veíamos más que nuestro objetivo: recuperar a Boki y a Roï.»

«¿Boki y Roï?» dijeron Kala y Jiyari al mismo tiempo, desconcertados.

«Creía que sólo uno de nosotros había sido robado,» dijo Jiyari.

Rao bajó unos ojos oscurecidos hacia Samba, el gato negro, que acababa de instalarse sobre sus piernas cruzadas. Le rascó las orejas mientras explicaba:

«Ambos fueron robados por un agente del Gremio dos años antes de que empezara la guerra de la Contra-Balanza. Sólo que no llevaron sus lágrimas al mismo sitio. Al de cinco años de comenzar la guerra… caímos en uno de los laboratorios donde guardaban a Roï. Su lágrima había sido modificada y su mente se estaba deshilachando. Ni Lotus ni yo sabíamos si seríamos capaces de reencarnarlo en un cuerpo.» Sus ojos relampaguearon, recordando la angustia vivida. «Fue entonces cuando Zarafax, un amigo nuestro, se ofreció para llevárselo y salvarlo. Dijo que conocía una energía capaz de mantenerlo vivo.»

Zarafax, me repetí. Era ese mismo celmista del que me habían hablado los Estabilizadores del Bosque de Liireth. El que había ido a por el Espejo del Paraíso. Recordándolo también, Kala preguntó:

«¿Lo salvó? ¿Con el espejo ese?»

«¿Qué espejo?» se extrañó Rao. «Oh… El Espejo del Paraíso, ¿dices?» Sus labios se estiraron levemente. «Eso no existe, Kala. Es una leyenda. No, Zarafax se marchó diciendo que salvaría a Roï. Y no regresó.»

Hubo un silencio. De modo que Rao ignoraba como nosotros si ese Zarafax había conseguido salvarle la vida a Roï… La Pixie sonrió.

«Pero estoy segura de que está vivo. ¿Vosotros no?»

El convencimiento surgió en Kala como una llama y él y Jiyari asintieron. Mar-háï. Qué fácil era creer, pensé. Rao se ensombreció.

«Sin embargo… no sabemos dónde están ni él, ni Boki… ni Tafaria. A ella la reencarné en una nurona. Dijo que quería vivir en el agua. Ya sabéis cuánto le gustaba nadar…»

Los tres sonrieron, recordando, y fugazmente vi la imagen de un lago cristalino donde se reflejaban unas nubes blancas y donde una muchacha que colgaba de una cuerda atada a la rama de un árbol pateaba en el agua gritando muy contenta: ¡estoy nadando! ¡Estoy nadando, Padre!

«Su sueño de nadar se habrá hecho realidad,» murmuró Kala, emocionado.

«Sí… Pero ahora seguramente estará en algún pueblo submarino del mar de Afáh y cualquiera se mete ahí sin branquias,» suspiró Rao.

«En cuanto a Boki…» susurró Jiyari con los labios temblorosos.

«También está vivo,» afirmó Rao con fuerza, alzando la vista. «Está vivo.»

Otra creencia bien anclada, adiviné.

“¿Y esas Gemas de Yarae?” intervine. “No sé qué quieres decir con que han sido selladas, pero, si el Gremio se las lleva, ¿significa que podrían fabricar ellos también collares de esos?”

Rao frunció el ceño.

«No lo sé. Pero, para ello, no necesitarían sólo grandes brejistas sino también una reserva de espíritus manipulables como los utilizados para los collares de la guerra. Bueno, podrían fabricar mágaras igual de terribles utilizando otras técnicas que no conocemos. Esas gemas son una reliquia muy poderosa. Pero requieren energía interna para crear trazados muy duraderos. Los Yaraga del Templo dieron su energía vital para sellar las Gemas. No sé cómo lo hicieron, pero eso es lo que se cuenta por las altas esferas del Gremio.»

Sentí un escalofrío. Las Gemas de Yarae requerían jaipú, energía interna… dicho de otro modo, vida. De alguna forma los Yaraga del templo habían sacrificado su vida para «sellar» las Gemas… ¿Eso significaba acaso que ya no podrían ser usadas?

“¿Y Lotus las usó en la guerra? ¿Tú las usaste?”

Rao inspiró.

«Las usé. No digo que lo que hice estaba bien. Sólo digo… que en aquel entonces no razonaba igual. No conocía tan bien a los saijits. Los odiaba de todo corazón. Los odiaba…» El gato negro se rebulló y la miró a los ojos. «Pero mi última reencarnación y los recuerdos de la niña… me cambiaron. Creo. No soy… la misma Rao de antaño,» confesó.

Kala la observó con detenimiento. Tuvo que entender que el hecho de haberse reencarnado en una niña de cuatro años no había sido sin consecuencias, tuvo que entender que Rao temía que el haber cambiado afectase en algo la confianza de Kala… pues sonrió y dijo:

«Yo tampoco soy el mismo Kala de antaño. Pero te quiero igual que antes. Confío en ti igual que antes. Quiero estar junto a ti igual que antes. Si tú deseas lo mismo… es que no hemos cambiado tanto.»

Los ojos azules de Rao brillaron a la luz de la linterna que iluminaba el cuarto.

«No sabes cuánto necesitaba oír esas palabras,» reconoció.

Hubo un silencio cargado de emoción. Entonces, Jiyari alzó el índice.

«Si yo, que he olvidado casi todo acerca de nuestro pasado, sigo siendo Pixie, entonces vosotros también lo sois. Que de eso no os quepa duda. Y ahora, Rao… Dijimos que íbamos a soltar a los Ragasakis antes de cenar. ¿Por qué tardar tanto?»

Enseguida Kala se irguió al oír hablar de los Ragasakis. ¿Es que se había olvidado de ellos de tanto parlotear?, resoplé. Rao hizo una mueca.

«Por lo que he entendido… ellos saben lo de los Pixies.»

Kala enarcó las cejas.

«¿Y?»

«¿Cómo que y?» resopló Rao poniendo los ojos en blanco. «No podemos soltarlos sin estar seguros de que no van a traicionarnos. Si el Gremio se entera de que seguimos vivos… nos perseguirá de nuevo para matarnos. ¿No lo entiendes?»

«Lo entiendo,» aseguró Kala, apesadumbrado. «Lo entiendo… Pero los Ragasakis no van a traicionarnos. Son amigos nuestros. Libéralos, Rao. Habla con ellos y libéralos.»

Lo felicité silenciosamente.

«¿Que hable con ellos?» Rao suspiró. «Ya los he interrogado. No los he tratado mal, pero tampoco les he dado la impresión de ser una amiga, Kala. Y Zélif desconfía de mí más que ninguno. Ignoraba que te hubieras atado tanto a ellos en tan poco tiempo,» admitió.

Nos miramos a los ojos. Y ella volvió a suspirar, agarró al gato negro por los sobacos y lo posó en el suelo antes de levantarse con ligereza.

«Está bien. Venid conmigo. Hablaré con ellos.»

La Pixie había abandonado su vestido por unas calzas ajustadas y una túnica negra y sencilla y me recordó en ese instante a una acróbata de feria. Agarró de paso su cuerda de comba dorada y blanca y se la ató a la cintura antes de abrir la puerta de su habitación. La seguimos. Pasamos por delante de dos Cuchillos Rojos que nos siguieron a su vez con el andar certero de unos bandidos aguerridos. Uno de ellos era la arquera que nos había hablado en la callejuela. La que no fallaba una flecha. La bruja la había llamado Chihima… Cuando Kala y yo nos cruzamos con sus ojos azules, vimos tanta frialdad en ellos que nos estremecimos al mismo tiempo. Kala entornó los ojos y la ignoró, girándose para bajar las escaleras. En la planta baja, Rao se detuvo ante un tapiz cubierto de motivos de hiedra, paiskos volando y zorfos bien redondos. La arquera se adelantó, apartó el tapiz y descubrió una puerta disimulada. Sacó una gruesa llave y abrió.

«¿Vas a liberarlos, rohi

Reprimí un resoplido al oírla usar el apelativo que los habitantes de los Pueblos del Agua empleaban exclusivamente para los grandes sacerdotes y sabios sagrados. Rao decía que los Cuchillos Rojos los consideraban a ella y a Melzar como a unos semi-dioses pero… diablos, ¿realmente se lo creían?

«Los amigos de Kala son mis amigos, Chihima,» dijo Rao. Le sonrió. «Tranquila. Me aseguraré de que no causen problemas.»

El otro Cuchillo Rojo pasó primero con una linterna. Chihima cerró la marcha. Los escalones eran pequeños y profundos y avanzábamos con cuidado. Al llegar abajo, creí divisar la pequeña silueta de Tchag antes de que esta desapareciese entre los barrotes de una celda, hacia las sombras. El Cuchillo encendió otra linterna, más grande, que iluminó el lugar, incluida la celda. Pude ver sin problemas a los cinco Ragasakis. Se habían levantado al oírnos y Livon lanzó, esperanzado:

«¡Drey!»

Kala dejó escapar en un murmullo de leve reproche:

«No tienen ni jergones, ni comida, ni agua. Rao…»

«Ha sido sólo un día,» lo cortó ella con ligereza. «¡Vamos! No te pongas así. Si no pueden sufrir un poco por nuestro encuentro…»

«No era necesario. Si les hubieses pedido que me dijeran que estabas en Arhum, habría ido a verte.»

Ambos se miraron. Y entonces Rao sonrió.

«Los Cuchillos Rojos tomamos métodos seguros.» Se giró hacia los Ragasakis y alzó una mano. «Perdón por las molestias. Kala, Jiyari y Drey dicen que sois sus amigos, así que os dejaré libres.»

«¡Por fin!» se alegró Livon.

«Ya era hora,» masculló Saoko.

El drow tenía la misma cara hastiada de siempre, y los mismos pelos electrificados de siempre. Me pregunté por qué demonios él también estaba dentro de la celda. ¿Es que Rao por defecto encerraba a todos los desconocidos?

«Antes de que os marchéis, creo que te debo una explicación, Zélif,» agregó Rao.

La faingal apenas se inmutó. Dio un paso hacia los barrotes diciendo:

«Estaría bien, de hecho. Si es que eres la misma que contrató a mis padres hace diecinueve años.»

Rao se rascó el cuello.

«Bueno, la misma es mucho decir, todos cambiamos con el tiempo, y yo en especial he cambiado bastante pero… Tengo recuerdos de esa época. Verás. Aquel año, encontramos la reliquia que buscaba y luego, en el camino de vuelta, nos atacaron unas mílfidas… y tus padres murieron. Si te quité los recuerdos, fue para no verte sufrir.» En parte, al menos, corregí mentalmente. «Tal vez no debí hacerlo.»

Era imperceptible, pero con mi órica constaté que Zélif temblaba un poco. La vi tragar saliva. Y Naylah preguntó con voz tensa:

«¿Le quitaste los recuerdos sin pedirle permiso?»

Rao hizo una mueca. Zélif alzó una mano para apaciguar a la lancera.

«Si lo que dices es cierto, sólo puedo poner en cuestión tu manera de consolar a la gente… Pero supongo que tus intenciones eran buenas.»

Su voz no sonaba del todo convencida. Rao aseguró enérgicamente:

«Fue un accidente. Lo juro por mi sangre.»

Su juramento le arrancó a Kala una leve mueca. La impaciencia de este crecía. Zélif dejó de pronto escapar:

«Estuve años preguntándome qué demonios había pasado. ¿No podrías haberme dejado una nota diciéndomelo?» Masculló algo inintelegible ante las miradas sorprendidas de los Ragasakis y agregó más firmemente: «Qué importa el pasado ahora. Sólo para que quede claro: ni se te ocurra tocar las mentes de mis cofrades, incluida la de Drey. Entonces… ¿nos liberas?»

Rao vaciló y me echó una mirada interrogante como preguntándome: ¿en serio se lo toma todo tan bien? Kala estaba agitado… ¿Qué le pasaba ahora? Reprimí un suspiro, que se transformó en un gruñido vibrante en la garganta de Kala. Para sorpresa mía, este soltó de pronto su impaciencia y se adelantó hacia los Ragasakis hasta golpearse con los barrotes.

«Dejad de hablar, maldita sea, el pasado es el pasado. Confío en los Ragasakis, Rao. Y no me gusta verlos encerrados. ¿Dónde está la llave? Si no me dais la llave, le pediré a Drey que rompa estos barrotes. ¿Dónde está la llave?»

Attah… Se agarraba a los barrotes como un niño inquieto. Tras recibir una señal por parte de Rao, la arquera sacó otra llave y se adelantó hacia la puerta de la celda. La giró emitiendo un seco ruido metálico. En cuanto se abrió la reja, Rao previno:

«No os aconsejo hacer nada raro. Kala me ha contado que andáis buscando a una de los vuestros que ha sido capturada por el Gremio. Dicen que el enemigo de tu enemigo es tu amigo.»

Sin contestar, los Ragasakis salieron uno a uno. Dudaba de que fueran a hacer nada contra Rao. No tendría sentido. Sin embargo, tanto Chihima como Rao estaban alerta. Sentí de pronto un ligero hilo bréjico conectarse.

“¿Drey? ¿Sigues ahí, verdad?”

Era Myriah. Por su inquietud, supe que se había imaginado que Kala me había suplantado y, tal vez, hasta hecho desaparecer o quién sabe. Puse los ojos en blanco mentalmente.

“Sigo. Le prometí a Kala cinco días en paz sólo para él, eso es todo.”

“¿Eso es dejarme en paz?” masculló Kala. “No paras de parlotear.”

“Y tú te sulfuras a la mínima,” sonreí.

“¿De qué estáis hablando?” intervino la voz curiosa de Rao.

Myriah se sorprendió.

“¿Y esa quién es? ¿No me digas que sois tres en la cabeza ahora? ¡Os vais multiplicando…!”

“No, tranquila, Myriah,” le dije, divertido. “Esa es Rao. Es brejista.”

“¿Myriah?” repitió Rao. «¿Quién es Myriah?»

Sus ojos desconcertados inspeccionaban a los Ragasakis, tratando de averiguarlo… Kala señaló un rincón.

«Ahí está. Tchag. No hace falta que te escondas: somos todos amigos.» Como Tchag no se movía y permanecía invisible, agregó: «Te invito a la cena. Os invitamos a todos, ¿verdad, Rao?» Por la expresión de esta, la idea no parecía agradarle mucho pero… Kala insistió: «Habrá buena comida, Tchag. ¿Qué me dices?»

El argumento funcionó de maravilla. El imp apareció enseguida, se acercó con ganas, ralentizó apenas para mirar a Rao con prudencia y se subió a mí hasta el hombro. Kala sonrió y le palmeó la mata de pelos blanca con el mismo gesto maquinal con el que yo lo hacía normalmente. Sólo que esta vez Tchag emitió un ruido de contento parecido al de un ronroneo. Aún no hablaba, pero era un progreso con respecto a su silencio total.

«Ese…» jadeó Livon, atónito. «¿Ese ha sido Tchag?»

«Tchag, qué vergüenza… ¿Te dejas comprar así?» masculló Sirih.

Kala y Tchag les sonrieron al mismo tiempo. Rao se acercó y sus ojos se agrandaron al posarse sobre la lágrima que pendía de la oreja del imp.

«¡Tu lágrima! ¿Qué hace ahí?»

Pese a mis dudas, Kala lo explicó todo sin reservas:

«Verás. Hace así como dos siglos, una arlamkesa se quedó atascada como una larva en una cosa irrompible llamada varadia, Drey dejó la lágrima como un tonto contra esta y la vieja se metió…»

“¡¿A quién le estás llamando vieja?!” gritó Myriah.

“Anciana es más educado,” intervine, burlón.

«Anciana, entonces,» aceptó Kala.

Me carcajeé mentalmente mientras Myriah nos espetaba hablando ya a todo el mundo sin restricciones:

“¡Soy joven! ¡Vosotros podéis hablar! ¡Si es cierto todo eso de los Pixies tenéis casi la mitad de años que yo! ¡Viejos!”

Kala, Jiyari y Rao se miraron… y rieron quedamente.

«Es cierto,» dijo Rao. «Somos viejos. Y yo la que más. Cumpliré setenta y tres años dentro de unos meses. Jiyari debe de tener unos treinta y dos y Kala… si sólo contamos el tiempo en el que ha sido consciente, es el más joven de todos ahora.» Le echó una mirada burlona a Kala y agregó más seria: «Sea como sea, esa lágrima pertenece a Kala. No debería haber podido dejar que otra mente se quedase atrapada en ella. ¿Puedo examinarla?»

«¡Que no se le ocurra hacerle nada a Myriah!» se preocupó Livon.

Kala alzó una mano desenfadada y dijo:

«Tranquilo. Rao no le hará nada.»

Esta asintió, con la lágrima ya entre las manos, hubo un silencio y percibí el ligero asentimiento de Chihima. Rao tuvo que darle una orden por bréjica pues la Cuchillo Rojo despareció prestamente escaleras arriba tras tan sólo una leve vacilación. Entonces, la Pixie brincó hasta el tercer peldaño y soltó:

«Andando y perdón por este día de encierro. Los Cuchillos Rojos somos un poco drásticos. Perdonad. Si os sirve de consuelo, este lugar ha sido usado más como terreno de entrenamiento que como celda. Yo he pasado aquí muchas horas de mi infancia.»

«Oh, querías compartir experiencia, entonces,» se burló Sirih por lo bajo.

Rao sonrió.

«Tal vez sea eso. Si realmente sois amigos de Drey… entonces, por favor, aceptad mi invitación.»

Los Ragasakis no protestaron, por lo que entendí que ahora que la situación les era más favorable estaban dispuestos a ser más comprensivos y a conocer más a Rao. Además, yo conocía mejor el Gremio que ellos y tal vez pensasen que sabía adónde habían llevado a Orih… No los desengañé.

De este modo, subimos las escaleras y condujimos a los Ragasakis a la sala de entrada con la gran mesa redonda. Rao tuvo un breve conciliábulo con los cuatro Cuchillos que ahí estaban. Todos estaban en pie y habían recolocado sus pañuelos, alertados ya por Chihima. Dos de ellos desaparecieron por el pasillo y los otros dos recogieron de un ademán las cartas a las que estaban jugando y se recostaron en silencio contra el muro más cercano a la salida. Instantes después, llegaban tres saijits enmascarados con las manos cargadas de platos. Los colocaron sobre la mesa y Rao dijo:

«Ragasakis. Sentaos. La cena estará lista dentro de poco.»

Bajo nuestras miradas, rodeó la mesa, retiró una silla y se sentó sin ceremonias. Al principio, los Ragasakis no dijeron gran cosa. La Pixie centró su interés en Myriah. Livon, sentándose a mi lado, murmuró:

«¿Así que, en estos momentos, eres Kala y no Drey?»

«Correcto,» contestó Kala. «Pero he vivido lo mismo que Drey. Por eso, os considero mis amigos. Yo no tengo los problemas que tiene Drey con el Datsu. A veces puede ser bastante idiota, ¿a que sí?» Bajo la mirada asombrada de Livon, se recostó contra la silla con los brazos detrás de la cabeza, sonriente. «Pero le tengo cariño a pesar de todo.»

Se movió otra vez para agarrar un tenedor y sonrió más anchamente.

«Dánnelah. ¡Creo que va a ser la primera vez que voy a manejar esto solo!»

Agitó el tenedor tan bien que se le escapó de las manos, voló y fue a parar en medio de la mesa redonda.

“Y me llamas idiota a mí…” suspiré.

Kala masculló algo entre dientes mientras se levantaba y extendía su cuerpo para recuperar el tenedor. Livon nos observaba, dudando de si reír de la gracia o no.

«Así que… ¿en tu otro cuerpo no comías con tenedor?» preguntó al fin.

Kala negó con la cabeza, sentándose.

«¿Para qué? Sólo bebía aceite.»

Cuando todos se giraron hacia mí, sorprendidos, recordé que no les había dicho que el cuerpo metálico de Kala se alimentaba únicamente de aceite. Kala desveló todos sus dientes.

«El aceite de tawmán era el mejor. Me hacía olvidar un poco el infierno. Y bueno,» retomó con más ánimo, «yo no era el único raro. Jiyari,» lo señaló, «comía flores y bebía resina de árbol. Y Rao bebía sangre.»

Jiyari agrandó los ojos por la sorpresa.

«¿Resina?» Por lo visto, no lo recordaba. Agregó, vacilante, girándose hacia Rao: «¿Sangre?»

La aludida alzó la cabeza de la lágrima y le echó a Kala una mirada paciente antes de dedicar a los Ragasakis una sonrisa juguetonamente perversa.

«Oh, sí. La sangre de saijit me encantaba. Los monstruos del laboratorio me daban litros enteros y yo pedía más y más… Al final, fue una pena que ya me hubiese fugado con Boki: no pude probar la sangre de esos monstruos.» Se pasó la lengua por los labios negros. «Una lástima. Aunque prefiero la sangre regalada que la sangre robada a unos lunáticos.»

Bajo la mirada suspensa de los Ragasakis, jugueteó con la lágrima dracónida, perdida en sus recuerdos.

«Me hicieron adicta a la sangre, peor que el más joven de los vampiros. Por eso, aún hoy, siento placer probándola aunque no me sirva de nada. ¿Os parece asqueroso? Sé que a Jiyari le da mareos con sólo oírme. Os doy asco,» afirmó.

Sentí la agitación de Kala. Se sentía culpable de haber sacado el tema. Tendió una mano hacia ella y Rao se la apretó un instante agregando:

«Pero al mismo tiempo era la mayor del grupo y trataba de mostrarlo. Yo era la que retenía a Kala cuando perdía el control, yo la que consolaba a Jiyari, yo la que tranquilizaba a todos y les decía: huyamos en vez de pelear. Sería una gata vampira, un monstruo para vosotros, pero quería creer que el mundo no era sólo el laboratorio. Quería creer que había un paraíso ahí afuera. Me llevé una dolorosa decepción.»

Hubo un silencio. Por sus expresiones, los Ragasakis iban poco a poco haciéndose una idea de lo que esos tres Pixies con los que iban a compartir la cena realmente habían vivido.

«No todo fue decepción,» dijo entonces Jiyari. «En la Superficie…»

«Nos sentimos felices en el mismísimo infierno,» aprobó Kala. «Las nubes, las flores, el agua clara, la miel de las abejas, el viento, la luz… Todo eso nos recordaba lo hermoso que podía ser el mundo.»

«Pero no podíamos apreciarlo,» dijo Rao.

«¿Por qué no?» murmuró Zélif.

Rao, Jiyari y Kala se miraron. Y compartieron una sonrisa torcida.

«Porque,» dijo Jiyari.

«… Nos dolía,» continuó Kala.

«… Jodidamente todo,» terminó Rao.

Kala la miró con sorpresa al verla así de malhablada.

«¿Os dolía?» repitió Livon. «¿El cuerpo?»

«Se desmoronaba,» asintió Kala. «Con dieciséis años, dejé de poder hablar y mi cuerpo tan sólo se movía a trompicones. Cualquier movimiento, incluso respirar, era como si de pronto una bestia hundiera sus garras para arrancarte las entrañas. A los diecisiete, perdí el olfato y la vista. A los dieciocho estaba tendido en una cama, mis brazos se caían a trozos, mi cuerpo emitía cliqueteos metálicos cada vez que se descolgaba un pedazo y mi mente permaneció con vida sólo gracias a Lotus. Al cabo de mucho, mucho tiempo… me di cuenta de que en algún momento Padre… Lotus me había desatado del cuerpo y me había metido…» nuestra mirada se giró hacia la lágrima dracónida que Rao manoseaba nerviosamente y dijo: «ahí.»

El silencio se alargó. Sanaytay tenía un brillo de horror en los ojos, Sirih movió los labios silenciosamente como invocando a algún dios pese a no tenerlo, Zélif fijaba su plato con los ojos, Naylah estaba pálida y Livon tan lívido que era como si se imaginase con total certeza la vida de Kala. Saoko era el único que no había trocado su expresión. Entonces, apareció por la puerta un chaval que empujaba una mesa con ruedas cubierta de manjares. Detrás de él, entró la bruja, abuela de Rao, y soltó alegremente:

«¡Buen o-rianshu y que aproveche la cena!»

Saoko sonrió un poco. Tan sólo un poco. Tal vez porque, después de una relación tan truculenta sobre cuerpos descomponiéndose, el apetito era lo último en lo que parecían pensar los Ragasakis. Se equivocó: en cuanto le llegó el olor a comida, Livon retomó sus colores y exclamó:

«¡Se agradece, abuela, tengo un hambre!»

Olvidándose del pasado tan pronto como el permutador, Kala también sonrió anchamente mirando su tenedor. Y Rao dijo:

«Por favor, comed, y que esta cena se convierta en el símbolo de nuestra amistad.»

Fue una delicia. No habiendo comido más que Ojos de Sheyra desde hacía dos días, Kala se llenó el plato generosamente, y tan bien mostró el ejemplo que Livon, Tchag y Sirih hicieron lo mismo.

«¡Páshame la botella, Shirih!» dijo Livon con la boca llena, tendiendo la mano hacia la armónica, que se había llenado el vaso hasta arriba.

La botella de camún circuló de mano en mano, Kala la hizo pasar sin rellenar su vaso y Rao la cogió, sorprendida:

«¿No te gusta el camún?»

«Drey no soporta el alcohol,» explicó Kala. «Se le desata el Datsu y no me gusta cuando se queda apático.»

Rao marcó una pausa y, tras una vacilación, pasó la botella a Jiyari sin echarse. Este alzó una mano y la pasó a su izquierda, a Saoko, diciendo:

«Yo tampoco.»

Los Ragasakis se emborracharon más rápido de lo previsto. Ese camún debía de ser fuerte. Zélif se había contentado con el zumo de zorfo, pero los demás estaban desatados. Naylah relataba atropelladamente no sé qué trabajo contra un orco solitario que le había retado a beberse todo un barril de camún a cambio de rescatar a la niña firasana que había raptado.

«¿Y lo bebiste todo?» preguntó Sirih, incrédula.

Naylah sonrió con confianza.

«Hice un agujero en mi barril con Astera mientras el enorme orco bebía del suyo. Rescaté a la niña y dejé al orco borracho. Seguramente creyó que yo había ganado.»

Se carcajearon, incluido los Pixies. Solamente imaginarme a un orco borracho engañado tan tontamente me hizo recordar lo variadas que debían de ser las tareas de los Ragasakis en tiempos normales. Entonces, Livon repitió:

«¡La botella!»

Pero esta vez, en vez de esperar a que hiciera la ronda, permutó con Sanaytay que, más moderada que los demás, mezclaba el camún al zumo de zorfos. La flautista dejó escapar un «¡oh!» de sorpresa cuando se encontró sentada junto a mí. La vi más roja de lo acostumbrado. ¿Sería porque estaba borracha pese a todo? Fuese como fuese, Kala soltó una carcajada ante la jugada de Livon y este exclamó levantándose con la botella:

«¡Ragasakis! ¡Juro por mi vida que salvaré a Orih! Esos subterranienses no tienen derecho a quitárnosla,» graznó. Alzó la botella y bramó: «¡Orih es nuestra! ¡Que la tormenta me lleve el rebaño si no la encuentro!»

Se dejó caer en el asiento de Sanaytay, con una expresión todo menos alegre en su rostro. Sus ojos grises ardían. Hasta entonces, no me había dado cuenta de lo afectado que estaba. Orih, a la que al fin había vuelto a encontrar, le había vuelto a ser arrebatada, esta vez por los tan legales dagovileses. Livon controlaba bien su cólera… pero no podía esconderla ahora.

«Livon,» murmuró Sanaytay a mi lado, impactada.

El permutador alzó unos ojos vidriosos hacia la nada y farfulló:

«Odio… que la gente… se atreva a robar a mis amigos.»

Hubo un silencio. Entonces, a mi izquierda, Rao asintió y oí su murmullo:

«Y quién no.»

* * *

Tan bien comieron los Ragasakis que bajaron la guardia y aceptaron dormir en la misma casa. No solamente algunos estaban borrachos, sino que no habían dormido el o-rianshu anterior y estaban reventados. Apenas los dejó Rao en una habitación, bien cómodos, sentí cómo la respiración de Livon se volvía regular: el permutador se había dormido nada más tocar la almohada.

«Con permiso, cerraremos la puerta con llave,» dijo Rao. «Mis compañeros dormirán más tranquilos. Siento las molestias. Mañana recuperaréis todas vuestras pertenencias. ¡Promesa de Cuchillo Rojo!» sonrió, alzando el pulgar con energía.

Los Ragasakis se miraron entre sí pero no protestaron. Después de haber sido invitados a cenar y haberme visto a mí, confiaban más en que de verdad iban a salir del apuro sin problemas.

La vieja Nema sacó su llavero y no solamente cerró la puerta con llave sino que añadió una tranca. Ante las miradas sobrecogidas de Jiyari y Kala, Rao puso los ojos en blanco.

«Es la primera vez que tenemos a tanto invitado en casa,» la justificó, divertida. «¡Los Cuchillos Rojos siempre tomamos precauciones!»

La anciana asintió.

«Así es. Los Cuchillos Rojos no seremos unos expertos en hospitalidad, pero podéis estar seguros de que ahí dentro vuestros compañeros estarán a salvo hasta el rigú. Volvamos abajo, ¿vale? Tenemos que charlar.»

Ante su mirada elocuente, Rao asintió y nos invitó a Jiyari y a mí a bajar de nuevo hasta la planta baja. Constaté que la mesa ya estaba limpia y que una decena de Cuchillos Rojos estaba ahora en la sala, murmurando entre sí. La bruja alzó una mano, imponiendo silencio.

«Hijos. Os presento a Kala y a Jiyari. Podéis estar tranquilos: ellos también son Pixies.»

Nadie, entre ellos, se sorprendió ni preguntó lo que era un Pixie. Todos menos Chihima se quitaron los pañuelos e inclinaron las cabezas hacia nosotros. Tenían una media de unos cuarenta años todos, exceptuando al ternian delgado y pelirrojo que había traído el carro con la cena: parecía tan joven como Jiyari. Llevaba gafas negras y se las quitó, desvelando unos ojos brillantes en cuyos iris color añil se dibujaba constantemente un círculo morado. Mirarlo a los ojos más de unos segundos perturbaba, así que Kala se giró hacia los demás. Había una pequeña belarca con las piernas extrañamente plegadas como un saltamontes a punto de pegar un salto; otro, con rasgos de drow, tenía dientes enormes y una mandíbula que salía casi como la de un lobo… Cuanto más mirábamos Kala y yo, más nos íbamos dando cuenta de que aquel grupo de Cuchillos Rojos, aquella banda… era más que una banda de delincuentes.

Dejé escapar un resoplido sin querer y Kala, sin reprochármelo, balbuceó:

«Rao… ¿Es lo que pienso? Ellos…»

Rao vino a mí y se colocó entre Jiyari y yo confirmando:

«Todos ellos salen de los laboratorios del Gremio.»

Y mientras Kala fijaba a los Cuchillos Rojos con una mirada estupefacta, la joven repitió las palabras de su abuela con una extraña suavidad:

«Ellos también son Pixies.»