Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

35 Como una ola contra un arrecife

Dashvara permaneció dos días en la biblioteca antes de poder ponerse en pie. Cuando despertó la vez siguiente, encontró a Fayrah y Lessi sentadas junto a la litera. Parecían llevar ahí largo tiempo. En un tácito acuerdo, los tres evitaron hablar del pasado cercano, Fayrah le contó anécdotas entretenidas de sus veladas con los titiakas y le recitó un poema en diumciliano que había escrito hacía unas semanas y al que Dashvara no encontró ningún sentido. Resopló cuando Fayrah intentó explicárselo poniéndose a hablar de analogías, metáforas y otras abstracciones.

—Er… Será mejor que le expliques el poema a Miflin y no a mí, sîzin. Más o menos es como si me estuvieses hablando en agoskureño.

Fayrah recibió las palabras con una mueca divertida pero a partir de ahí la conversación se redujo y Dashvara lamentó haberla interrumpido. Cierto, no entendía nada de rimas y no le interesaban especialmente, pero a su hermana sí le importaban y esa era razón suficiente como para interesarse un mínimo. Finalmente, le presentó sus disculpas y Fayrah puso los ojos en blanco.

—No me engañes, sîzan. La poesía no te interesa. Ya tengo suficiente con soportar la hipocresía de los diumcilianos como para soportar la tuya.

Dashvara se carcajeó.

—No era hipocresía, te lo aseguro. Además, no es cierto que la poesía no me interese. Me interesa oírla, pero no entenderla. Como decía nuestro shaard, que en paz descanse, cada Ave Eterna tiene sus inclinaciones.

Como Lessi y Fayrah habían sido invitadas a la cena de los Korfú aquella noche, no tardó en despedirse de ellas y el sueño pronto lo arrastró otra vez hacia sus habituales pesadillas. Empezaba a estar más que harto de ver a Sheroda por todas partes en sus sueños. Incluso lograba aparecer cuando soñaba que estaba cabalgando en la estepa o cuando, como aquella noche, soñaba que moría bajo la enorme masa de un brizzia. Incluso ante su cadáver los ojos de Sheroda lo seguían mirando, acusadores. Maldita shijan.

Atasiag había prohibido las visitas de fuera, pero regresó dos veces con regalos. La primera vez, le dejó en una mesilla un hermoso tulipán en su tiesto, regalo de Zaadma. Cuando, con cara expectante, Atasiag fue a darle unos pelos de crin de caballo, Dashvara sonrió sin preguntarle siquiera quién había tenido la idea de hacerle semejante regalo.

—Shalussi —dijo, emocionado. Rokuish no podría haber encontrado una mejor manera para expresarle su amistad.

Al segundo día, llegó una carta de Rowyn en la que este se disculpaba por no haber podido hablar con él más pronto y le prometía acudir en cuanto pudiera. Azune y Axef habían unido su firma a la carta, la cual llevaba el sello postal de Seraldia. Por lo visto, los secretarios de policía no paraban de viajar por toda la Federación. Casi es extraño que se hayan acordado de mí, pensó Dashvara.

Finalmente, se cansó de estar siempre tumbado y, la segunda noche, tras despertar de una de sus ridículas pesadillas, se levantó. Se mareó un poco, pero tras unos segundos el cuarto dejó de oscilar ante sus ojos. Salió al salón y por poco no se tropezó con un gran bulto junto al sofá. En la oscuridad no pudo adivinar lo que era y siguió su camino tan sigilosamente como pudo antes de salir al patio.

Tomó una gran bocanada de aire nocturno y otoñal. Con serenidad, aspiró y saboreó el olor a jazmín que embalsamaba toda Titiaka cuando el viento estaba en calma. Por algo la llaman algunos la Ciudad de las Flores, pensó. ¿No había dicho Zaadma que en Titiaka se vendían más flores de adorno que pociones? Esbozando una sonrisa, Dashvara posó una mano contra una columna y alzó la mirada hacia el cielo estrellado, allá donde lucía la constelación del Escorpión. Sin saber muy bien por qué, le vino en mente el verso de un sabio estepeño y lo pronunció en un murmullo:

—Es tan fácil ser feliz.

Un brusco movimiento a su izquierda lo sobresaltó. Vio entre las columnas a una silueta levantarse y darle la espalda precipitadamente.

—¡Yira! —soltó Dashvara, sorprendido.

—¡No… no te acerques! —balbuceó ella con rapidez—. Me has pillado desprevenida.

La vio al fin girarse hacia él con el embozo y la capucha ceñida. ¿Qué podía estar escondiendo detrás de ese embozo? La pregunta le ardía en la boca pero, como siempre, Dashvara no se atrevió a pronunciarla. Suspiró y se acercó.

—Aún estás muy débil, Dash —susurró Yira, todavía algo molesta.

Dashvara se encogió de hombros.

—No tanto —aseguró—. Esperaba verte aquí. ¿Qué tal estás?

Yira estaba tensa, eso era obvio.

—Yo, bien —afirmó—. Me alegra verte al fin de pie. Ten, esto es tuyo —añadió.

Para sorpresa de Dashvara, la vio acercarse y tenderle algo. ¿Otro regalo? Dashvara lo recogió y constató que se trataba del águila de madera del Barrigón.

—Lo dejaste caer cuando te trasladaron a la biblioteca —explicó Yira—. Es una bonita escultura.

Dashvara sonrió y observó con burlona modestia:

—Gracias. La esculpí yo. Mira, ya que el inspector a quien se lo di me lo devolvió, te lo entrego a ti. Yo ya tengo un amuleto, cortesía de Tsu —añadió, divertido, y señaló el medallón de plata que colgaba de su cuello.

Yira vaciló y negó con la cabeza.

—No puedo aceptarlo. No me gustan los regalos.

Dashvara enarcó una ceja, sorprendido.

—Oh, bueno…

—Lo siento —se apresuró a decir Yira—. No quería ofenderte.

—¿Ofenderme? —Dashvara rió por lo bajo—. Vosotros los extranjeros os ofendéis con cualquier cosa. ¿Por qué debería ofenderme? —Miró a la joven con una ancha sonrisa—. ¿Puedo preguntarte por qué no te gustan los regalos?

—Mm. —Dashvara adivinó su sonrisa por el brillo de sus ojos—. Es una buena pregunta. —La joven se arrimó a una columna y se volvió hacia el patio—. Supongo que es porque, hasta ahora, nadie me ha regalado nada material que me hiciera realmente feliz.

Dashvara ladeó la cabeza.

—Lo más importante no es el regalo, sino la manera de regalarlo, ¿no crees? Mira, ayer, Rokuish, el Shalussi del que te hablé, me regaló un puñado de crin de caballo. Y me hizo feliz. Claro que a mí no me hace falta mucho para ser feliz —confesó, entretenido.

Los ojos de Yira sonrieron antes de volverse inusualmente serios.

—Cuando moriste, me sentí muy triste —susurró.

Dashvara inclinó la cabeza, emocionado ante la sinceridad que dejaba traspasar su voz.

—Y cuando resucité, te sentiste feliz, ¿eh? —completó con ligereza.

Sus ojos volvieron a sonreír.

—Sí.

Dashvara suspiró y, con cierta osadía, cogió la mano de Yira con toda la dulzura de la que fue capaz. Ella, sorpresivamente, no se arredró y se abrazó a él como una niña en busca de consuelo. Su cuerpo le pareció muy frágil y pequeño entre sus brazos.

—Odio la muerte —susurró Yira con el rostro hundido en su pecho—. La odio por haberme separado de tantas personas a las que conocí y quise.

Dashvara sintió más tristeza que vehemencia en sus palabras.

—Odiar la muerte es como odiar el aire, naâsga —le murmuró—. La muerte es. Pero nosotros, por ser lo que somos, le debemos más respeto a la vida que temor a la muerte.

Tras un silencio, Yira se apartó un poco y alzó los ojos.

—¿Cómo me has llamado?

Dashvara se ruborizó.

—Naâsga —repitió sin embargo—. No existe una traducción literal en común. Significa «amor respetuoso» o algo así.

Yira permaneció unos segundos en silencio.

—Nunca les has llamado así a tus hermanos.

Dashvara no pudo retener una brusca carcajada.

—¡No, por el Liadirlá! —Meneó la cabeza, divertido, y carraspeó—. Sé que nos conocemos sólo desde hace unas semanas, pero… a veces uno puede conocer a una persona durante años y no conocerla tan bien como yo creo que te conozco a ti. Es una sensación extraña —admitió, pensativo—. La tuve desde aquella noche en que me enseñaste esas mariposas de luz. Y sólo se ha ido afirmando desde entonces. —Sonrió—. No hay nada más hermoso que ver en su propio corazón latir la fuerza del amor. Es vivificante. Maloven decía que todo buen Xalya debía caminar en su vida al compás de su canción. Yo les di amor a mis padres y mis hermanos, a Lusombra y a mis demás caballos, a la estepa, al cielo y a las estrellas que nos iluminan cada noche. Les di mi amor a mil detalles que hacen que la vida sea digna de ser vivida. Y ahora quisiera dártelo a ti.

Los ojos de Yira reflejaban de pronto alarma.

—Oh, no, no, no… —murmuró. Retrocedió un paso y Dashvara la miró sin saber muy bien cómo tomarse el gesto.

Admítelo: te lo esperabas. Yira es como un pájaro que canta un alegre trino cuando lo miras de lejos y se aleja cuando intentas atraparlo. ¿Pero quién dijo que pretendes atraparla? Tú sólo quieres que confíe en ti.

Yira se pasó una mano ante los ojos.

—Supongo que es normal —dijo al fin.

Dashvara resopló ante la concisión de sus palabras.

—¿Es decir? —la animó.

—Es decir… Supongo que es normal que me quieras, puesto que yo te quiero a ti. Esa extraña sensación… yo también la he sentido. Bueno, a lo mejor me la he inventado. Pero te aseguro que tu… amor no va a durar más que la ola contra un arrecife.

Dashvara frunció el ceño.

—Durará lo que dure mi vida —aseguró—. Estás hablando sin saber.

Yira soltó una risa llena de amargura.

—Hablo sabiéndolo perfectamente, Dashvara de Xalya. Si me vieras realmente, jamás te habrías enamorado de mí.

Dashvara meneó la cabeza. En un rincón de su mente, se sentía aprensivo, pero no se dejó invadir por su traicionera imaginación. Se adelantó, y Yira reculó.

—No, Dash —murmuró ella—. Luego vas a tener pesadillas.

—Ya las tengo —le replicó Dashvara.

Dio otro paso, pero esta vez Yira no retrocedió. Simplemente le preguntó:

—¿Por qué necesitas ver para querer?

Dashvara se detuvo.

—Una buena pregunta —reconoció y le tendió una mano—. ¿De verdad quieres una respuesta?

Lentamente, Yira bajó los ojos hacia su mano.

Y ahora va a soltar algún comentario para tranquilizarte y va a desaparecer como la bruma, ¿qué te apuestas?

Dashvara casi dio un respingo de sorpresa cuando sintió la mano enguantada de Yira en la suya. Eso… ¿acaso significaba que confiaba en él? Se prometió que, fuese cual fuese el horror que descubriese, no echaría a correr. Y esta vez ni se te ocurra incumplir tu promesa…

Alzó su otra mano hacia su capucha… titubeó; y en vez de quitársela, acercó su rostro y le besó la frente por encima de la tela. Pensó en decirle que poco le importaba si era tan fea como un escama-nefando, pero supo entonces que si vacilaba más tiempo evidenciaría su aprensión y, al fin, le ayudó a quitarse el velo. Apareció una cabellera lisa, suave y más blanca que la de Sedrios el Viejo. Yira temblaba cuando se quitó ella misma el embozo que cubría su rostro. Dashvara fue incapaz de disimular su horror. Él se había imaginado que tenía la piel destrozada, llena de cicatrices, quemada o qué sabía qué. No hubiera podido imaginarse que en la parte derecha de su rostro simplemente no había piel. Se veían los huesos, cubiertos por un fino halo azulado que los oscurecía hasta casi envolverlos en un denso humo negro. La visión era sobrenatural y terrorífica.

—Como una ola contra un arrecife —murmuró Yira.

Sus ojos brillaban de lágrimas. Aquella mirada le hizo olvidar todo el resto. Dashvara sonrió y le acarició la mejilla intacta.

—No, naâsga. Como un arrecife ante un soplo de aire —la corrigió—. Y ahora, tranquilízame. Eso no es magia, ¿verdad?

Yira lo contempló con los ojos abiertos como platos.

—Dash —espiró—. Pues claro que es magia. Es energía mórtica. Soy medio muertoviviente. Por eso duermo tan poco. Te hablé de Taymed. Él me enseñó las armonías. Era un antiguo nigromante. Hace seis años, hubo un incendio en su casa mientras me estaba dando una lección. Sospecho que fue provocado. Taymed me salvó la vida pero no pudo arreglarme entera. Por eso también odio tanto la muerte.

Hablaba entrecortadamente, con premura, como si quisiese darle de pronto explicaciones a Dashvara de por qué tenía el aspecto que tenía. La mitad de su rostro estaba inmóvil, oscurecido por las energías. Dashvara tragó saliva.

—Bueno. Es magia, entonces. Yo… —se atragantó, sin saber qué decir.

—Lo entiendo, Dash —murmuró Yira con un hilo de voz—. Lo entiendo.

Iba a marcharse. Maldita sea, ¿no irás a desperdiciar una luz en tu vida por unos simples prejuicios, Dash? Le entró pánico y la retuvo casi a la fuerza.

—Por favor, Yira. Deja de sacar conclusiones que no son ciertas —jadeó—. Quienquiera que fuese el que provocó el incendio, ojalá le partiera un rayo. Y ojalá le pudiera dar las gracias al viejo Taymed por haberte salvado la vida. Yo no tengo nada contra la magia ni contra los muertos —sonrió—. Al fin y al cabo, se supone que yo también he muerto y resucitado.

Y ahora deja de hablar, Dash, y demuéstrale que la quieres.

Y deja de dudar…

Sigue tu Ave Eterna como siempre has hecho.

Tuvo así y todo que luchar contra el miedo a la magia cuando sus labios se posaron en los suyos. Notó un contacto electrizante que nada tenía que ver con sus sentimientos. Un temor sin nombre lo invadió.

¿Y si me convierto en muertoviviente?

No seas tonto, Dash, se recriminó. Y si realmente te conviertes en muertoviviente, pues qué se le va a hacer. Son riesgos de la vida. A veces te mueres. Y a veces te mueres a medias.

Poco a poco, Yira respondió a su abrazo y eso lo reconfortó un poco.

—Estás temblando —susurró Yira.

Dashvara rió por lo bajo con nerviosismo.

—Un poco —admitió—. Er… Es que todavía no estoy del todo recuperado.

—¿Recuperado de qué? —sonrió Yira.

Dashvara resopló. Su corazón latía como un caballo desbocado. Sin contestarle, le acarició el cabello blanco y la volvió a besar sin sentir ya más aprensión. Al fin, preguntó:

—Y la energía mórtica, ¿cómo se sujeta?

Yira soltó una carcajada y se tapó la boca echando una ojeada culpable hacia el patio.

—Por la Serenidad —resopló—. La energía mórtica no se sujeta, simplemente está. Yo misma la renuevo a partir de mis propios huesos. Taymed me enseñó a hacerlo.

Dashvara hizo una mueca de semi-comprensión no del todo sincera.

—Ah. Y… perdona las preguntas pero ¿sientes algo pese a no tener piel?

Yira sonreía.

—Por supuesto que siento algo, pero es algo muy diferente a lo que siento en los lugares donde tengo piel. Es decir… siento tus vibraciones energéticas. Y oigo los latidos de tu corazón como si estuviese alguien dándole a un tambor a un palmo de mis oídos.

Dashvara la observó mientras la acariciaba con ternura. Se sentía más relajado y aliviado al saber con total seguridad que no había cometido un error. Su Ave Eterna no le había mentido y, para colmo de felicidad, aquel pájaro risueño, dulce y misterioso no había echado a volar…

—¿Eres humana?

Yira negó con la cabeza.

—Soy medio humana medio hobbit. De donde vengo, me llamaban sursha, que significa «en el medio». Había bastantes surshas en la isla. Aunque no me acuerdo muy bien de los detalles. Era muy joven.

Dashvara sintió que se le estaban acabando las fuerzas y, sin soltarla, le señaló el peldaño del corredor antes de sentarse.

—Deberías volver a la biblioteca —suspiró Yira—. Tsu dijo que no tenías que moverte.

Dashvara, sin embargo, sabía que no quería verlo marchar. Ni él deseaba marcharse ahora. Una atmósfera de serenidad los envolvió y Dashvara creyó de pronto estar de vuelta a la infancia inocente de sus primeros años. Sonrió. Aquello sí que era una resurrección.

Tras un silencio meditativo, Yira preguntó:

—¿Qué vas a decirles a los estudiantes, Dash?

Dashvara la miró, perplejo.

—¿Los estudiantes?

—Han estado hoy aquí, delante del portal. Y también estuvieron ayer. Te llaman Rey del Ave Eterna. ¿Qué significa eso exactamente?

Dashvara suspiró. La noticia lo dejó indiferente.

—Of. Alguna jugada de Maloven. No ha podido resistirse a predicar el Dahars, por lo visto, y ha querido convertirme en un mártir o qué sé yo. Mañana les diré que se vayan al desierto a plantar hierba.

Un destello burlón pasó por los ojos rasgados de Yira.

—No puedes hacer eso. La mayoría de ellos son ciudadanos. Les podrías decir lo mismo, pero de manera un poco más diplomática, tal vez.

Dashvara sonrió anchamente.

—Sí. Lo otro se lo tomarían como un ataque verbal, ¿verdad? Diumcilianos —suspiró—. Les diré entonces que se vayan a estudiar a su Universidad y que me dejen en paz con mi naâsga, mis hermanos y mi Ave Eterna. ¿Mejor?

Yira meneó la cabeza, divertida.

—Siempre puedes probar decírselo. Pero dudo de que eso aplaque su curiosidad. Me da la impresión de que están esperando algo de ti.

Dashvara enarcó una ceja.

—¿A que muera y resucite otra vez, quizá? Bah, ya me ocuparé del problema cuando tenga a esos estudiantes enfrente. Por el momento, que sigan con su Rey del Ave Eterna. Hay que ver qué ideas se sacaba nuestro shaard…

Hubo un silencio y entonces Yira murmuró:

—¿De verdad no te doy asco, Dash? ¿No te da miedo tener a un ser medio muerto a tu lado?

A Dashvara lo sorprendió la poca fineza con que expresaba su condición.

—Qué preguntas —resopló—. Verás, la repugnancia es totalmente subjetiva. A mí me repele más un saijit que actúa con maldad que un escama-nefando, por poner un ejemplo. La apariencia… es cuestión de acostumbrarse.

Yira se relajó, aunque negó con la cabeza.

—No es sólo apariencia, Dash. Las artes nigrománticas están formalmente prohibidas en casi todas las sociedades saijits. Por algo intentaron matar a Taymed en la isla de Matswad. Si Atasiag no nos hubiese sacado de ahí, los isleños habrían matado a mi maestro, y luego me habrían matado a mí. Tengo que usar sortilegios regularmente para ocultar mi regeneración mórtica. Si alguien llegase a descubrir lo que soy, acabaría en la hoguera. Y ajusticiarían a Atasiag por haberme protegido. Revivir la muerte va contra la naturaleza de las cosas —murmuró—. Para la gente normal, los nigromantes son locos peligrosos y sus criaturas son monstruos horribles. No creo que en tu pueblo se consideren muy bien tampoco.

—Er… Nunca he estudiado mucho la cuestión —admitió Dashvara—. Aunque en la estepa, se dice que los Esimeos usan sortilegios con los muertos. Adoran a un Dios de la Muerte. Tal vez sus sacerdotes sean nigromantes. Ciertamente, los Xalyas no teníamos una muy buena opinión de ellos. No temer la muerte es una cosa y adorarla es otra. —Calló y se sintió estúpido cuando dijo—: Pero… tú no estás muerta.

Yira alzó la mirada hacia el cielo constelado y sus ojos negros centellearon.

—Lo estoy. En parte.

La mitad de su faz era tan blanca como la Luna y la otra tan oscura como la noche. Dashvara la contempló con fascinación. Creyó tener ante él la viva imagen de la Vida luchando contra la Muerte. Pero, en el fondo, Yira era mucho más que la Vida o la Muerte. Era mucho más que una nigromante.

—Eso no es cierto —dijo Dashvara entonces—. Nada de ti está muerto. Mira, si perdiese una mano, una pierna o un ojo, ¿acaso estaría más muerto que vivo? No, ¿verdad? Y si pudiese reemplazar lo perdido por algo, aunque estuviese prohibido, ¿qué habría de malo en ello? No es la pluma que se ve lo que importa, Yira, sino la fuerza que la sostiene. —Sonrió y concluyó—: Tampoco sirve de nada darle demasiadas vueltas a lo que fuimos o a lo que los demás esperan que seamos.

Yira soltó una suave carcajada.

—¿Quién se atreve a rebatir tamaños argumentos? Viniendo de otra persona, pensaría que aquellas palabras sólo las pronuncias para tranquilizarme, pero viniendo de un Xalya como tú, con un Ave Eterna tan elevada… —Sonrió divertida, aunque con cierta tristeza. Murmuró—: Todo esto parece un bonito sueño a punto de romperse en mil pedazos a la mínima.

Dashvara se sintió ligeramente ofendido.

—¿Un sueño? —repitió—. Ya sé que tú eres una gran armónica aficionada a las ilusiones, pero eso no significa que sólo puedas vivir de ilusiones, naâsga. Yo, desde luego, no quiero que esta noche quede como una mera ilusión. Es la pura realidad. Y si estuviese en forma y estuviésemos en la estepa, te llevaría sobre Lusombra y cabalgaríamos juntos hacia el amanecer, hasta el desierto y hasta el Monte Bakhia. Nos arrodillaríamos a su pie y sellaríamos nuestras Aves Eternas como lo hicieron mis padres y mis antepasados antes que ellos.

Un profundo sentimiento se reflejó en los ojos de Yira.

—Gracias, Dash. Tus palabras son suficiente realidad para mí. Te diría que eres demasiado bueno y que ningún muertoviviente como yo merecería tu cariño pero… soy demasiado egoísta para pensarlo.

Dashvara sonrió, besó su frente y cerró los ojos. Diablos, había dormido casi todo el día y, así y todo, ahora se sentía tremendamente cansado.

De pronto, una voz en su mente lo sobresaltó:

“¡Viene alguien!”

Nervioso, se levantó con torpeza y, cuando vio una masa de sombras junto a una columna, resopló.

—Tah…

Por un segundo, pensó protestar contra su indiscreción, pero luego recordó que una sombra difícilmente podía dejar de ser indiscreta de todas formas y se dedicó a echar ojeadas a su alrededor. No veía a nadie.

“El tejado, Dash”, lo ayudó amablemente Tahisrán.

Mientras tanto, Yira había vuelto a cubrirse enteramente y Dashvara advirtió que miraba al mismo tiempo que él hacia el tejado del ala norte. Una silueta estaba intentando bajar con una cuerda.

—Gracias, Tahisrán —susurró la joven a la sombra. Alarmado, Dashvara la vio desenvainar el sable negro. No quería por nada del mundo verla usar un arma.

—Envaina eso, naâsga —le rogó, molesto—. Si es un ladrón, tal vez podamos hacerlo entrar en razón.

—Eso mismo pretendo hacer —replicó Yira.

—Hacerlo entrar en razón con palabras —precisó Dashvara resoplando.

—¿Como la vez en que te encontraste con Su Eminencia por primera vez, en Dazbon? —preguntó suavemente Yira. Su voz tenía un deje de diversión.

Levantó un dedo índice ante su embozo y Dashvara acalló su respuesta. Metidos ahora en la oscuridad del corredor, observaron el avance cauteloso del intruso. Ya casi había llegado a las últimas tejas.

Tahisrán vino a posicionarse junto a ellos.

“Siempre he sabido que acabaríais llevándoos bien”, comentó con alegría. “Y me alegro porque ambos me caéis bien. Perdona que os haya estado escuchando, Dash”, añadió. “No soy un entrometido, pero… siempre fui muy curioso y mi conversión en sombra no lo arregló.”

Dashvara puso los ojos en blanco y le echó una ojeada a Yira. Esta tenía los ojos fijos en el ladrón. Cuando al fin este posó los pies en el empedrado Dashvara empezaba a marearse solo y se arrimó a un muro durante unos segundos.

“¿Dash?”, se preocupó Tahisrán. Dashvara realizó un gesto para decir que estaba bien y observó al intruso dirigirse directamente hacia la puerta principal. Cuando lo vieron alejarse lo suficiente de la cuerda, Yira le cortó el paso.

—Alto ahí —siseó—. ¿Quién eres?

El hombre se detuvo, como sorprendido. Dashvara entornó los ojos mientras se aproximaba él también. Y de pronto lo reconoció.

—¿Nube? —jadeó, atónito.

Era el Honyr con la cicatriz en la cara con el que había hablado en el castillo de los Yordark. El Ladrón de la Estepa y él se observaron unos instantes en silencio. Entonces, el primero soltó:

—Quiero hablarte a solas, señor de los Xalyas.

Dashvara frunció el ceño y, por un momento, estuvo tentado de decirle que podía hablar delante de Yira, ya que ahora era su naâsga. Pero se lo pensó mejor y asintió.

—Está bien. —Se inclinó respetuosamente hacia Yira, como lo hubiera hecho cualquier señor Xalya ante su esposa en esas circunstancias y salió del corredor para alejarse con el Honyr. Se detuvo ante la fuente y miró al estepeño con curiosidad—. Te escucho.

El Honyr hizo un gesto firme con la cabeza.

—Mi nombre es Sirk Is Rhad y vengo de parte de Shokr Is Set, el Gran Sabio de nuestro clan, para pedirte que aceptes su más sincera muestra de alegría al saberte vivo y para declarar que Shokr Is Set, Atsan Is Fadul y Sirk Is Rhad están dispuestos a servir al señor de los Xalyas hasta la muerte si este se compromete a volver a la estepa en cuanto pueda y perdonar de viva voz al clan de los Honyrs por sus faltas pasadas.

Dashvara inspiró de golpe y retuvo a duras penas los «diablos» y los «demonios» de sorpresa. En una frase, el Honyr le había hablado en un oy'vat del todo fluido, le había dicho su nombre y los de sus dos compañeros y le había jurado lealtad.

¿Y ahora yo qué le contesto?

Dashvara se mareó otra vez pero se mantuvo firme y resistió a la tentación de sentarse en el pretil de la fuente. Ninguna de las fórmulas típicas xalyas le parecía conveniente, así que se dejó llevar por el corazón.

—Sirk Is Rhad —pronunció—. Gracias, primero, por haber venido hasta aquí. Y gracias al Gran Sabio por sus sinceras palabras. —Lo que iba a decir a continuación le arrancó una mueca por su soberbia, pero no se iba a callar ahora—: Como señor de los Xalyas y último señor de la estepa, acepto a Shokr Is Set, Atsan Is Fadul y Sirk Is Rhad como miembros del clan de Xalya, los declaro hermanos e hijos del Ave Eterna y me comprometo a hacer todo lo posible para volver a la estepa y perdonar de viva voz al clan de los Honyrs sus faltas pasadas.

Ambos se inclinaron con respeto y Dashvara pensó en ese momento, emocionado: No hay duda: somos verdaderos hermanos.

Sirk Is Rhad dijo entonces:

—Es un honor pertenecer a tu clan.

—Y a mi me honra tener a tres nuevos hermanos —sonrió Dashvara.

Al fin, Sirk Is Rhad se enderezó, abrió la boca y vaciló antes de añadir:

—Si me permites, también quisiera disculparme por no haber sido capaz de mantener a salvo tu caballo Lusombra.

Dashvara se quedó perplejo.

—¿Cómo?

—Lo capturaron los Esimeos —explicó Sirk Is Rhad.

Dashvara lo escudriñó con la mirada. No podía ser…

—¿Fuiste tú a quien di mi caballo, hace tres años?

Sirk Is Rhad sonrió y su horrible cicatriz deformó aún más su rostro.

—Fui yo —confirmó.

Dashvara esta vez se sentó en el pretil, sintiendo el cansancio invadirlo como un fuego muerto.

—Lo siento —se disculpó—. Me estoy mareando. Así que eres tú —murmuró. Le señaló el rostro—. ¿Fue por culpa de un lobo?

—Un perro —lo corrigió Sirk Is Rhad sin sentarse—. Un perro esimeo.

—Mm. —Marcó una pausa—. De los tres, tú parecías ser el más hostil hacia los Xalyas —observó con calma—. ¿Por qué razón?

Sirk Is Rhad agachó la cabeza como avergonzado.

—Yo… siempre pensé que los Xalyas, en el fondo, habíais renegado del Ave Eterna. Con la desaparición de los Antiguos Reyes y la separación de los señores de la estepa, el Dahars quedó fracturado, los hermanos empezaron a matarse entre ellos y los antiguos sabios fueron olvidados. El señor de los Xalyas al que sustituiste demostró ser…

—Los antiguos sabios no fueron olvidados —lo interrumpió Dashvara con suavidad—. Pasé mi infancia leyendo sus libros y recibiendo lecciones de un shaard. El último shaard, según sé. Murió hace unos días, en esta misma ciudad.

—Eso he oído decir —murmuró Sirk Is Rhad—. Te pido disculpas por haberme comportado de manera insultante. —Dashvara realizó un gesto significándole que ya lo había olvidado. El Honyr agregó—: Comprendí mi error cuando vino el médico de los Yordark y te oí gritar esas palabras. Ahí entendí que de verdad merecías ser un señor de la estepa.

Dashvara enarcó una ceja, molesto.

—¿De veras?

Sirk Is Rhad pareció sorprendido.

—De veras. También entendí, aunque un poco tarde, que esta era nuestra oportunidad para remendar nuestros errores.

—¿Vuestros errores? —repitió Dashvara—. Tú no has cometido ningún error. Lo cometió tal vez Sifiara al traicionar a su hermano, pero eso pasó hace casi tres siglos.

—Cierto —admitió el Honyr—. Pero eso no significa que no debamos arreglar los errores que podemos arreglar. Y, siendo hermanos, como creo que lo somos, ¿no deberíamos ayudarnos entre nosotros?

Dashvara sonrió y se levantó para posar una mano sobre su hombro.

—No lo dudes, Sirk Is Rhad. De ahora en adelante, considero a todos los Honyrs como mis hermanos, y sé que no cometo un error haciéndolo, si es cierto que vuestra Ave Eterna siguió las mismas pautas que la de los Xalyas. ¿Sabes? —añadió cruzándose de brazos—. Siempre sentí un gran respeto por vosotros. No porque seáis grandes luchadores, sino porque, además de defender vuestro clan, defendéis la estepa, como si esta fuese también una hermana.

—Y lo es —sonrió tristemente Sirk Is Rhad—. Así como el cielo es la cuna de las estrellas, la estepa es la cuna de los Honyrs. Pero tal vez no volvamos a verla.

Dashvara meneó la cabeza. La desesperación en la voz del Honyr era casi palpable.

—Es duro ser esclavo —murmuró Dashvara—, y lo es todavía más para alguien que no siempre lo fue. Aun así, algún día dejaremos de serlo.

Y ese día, dejaré de ser señor de los Xalyas, se prometió para sus adentros.

—Ambos hemos cabalgado sobre el mismo caballo —añadió tras un silencio—. Si Lusombra nos aceptó a ambos, eso significa que somos hermanos. Y los hermanos nunca se mienten.

Sirk Is Rhad sonrió, divertido.

—Un razonamiento digno de un Honyr, mi señor.

Dashvara esbozó una sonrisa.

—Puedes llamarme señor. Pero me honrarías más llamándome hermano.

Vio pasar en los ojos de Sirk Is Rhad un destello de respeto.

—Por supuesto, sîzan.

—Y ahora —suspiró Dashvara—, creo que voy a volver a la cama. En otras circunstancias despertaría a mis hermanos para presentarte pero… tengo la impresión de que me voy a desplomar en cualquier momento.

Sirk Is Rhad puso cara preocupada.

—¿Necesitas ayuda?

—No, gracias —sonrió Dashvara—. Todavía no estoy como para que me entierren. Y si intentan enterrarme otra vez, mi naâsga me protegerá.

El Honyr agrandó los ojos y miró la silueta de Yira que acababa de aparecer junto a las columnas de la puerta principal. Ya no tenía el sable desenvainado.

—¿Es tu esposa?

Dashvara asintió y se puso a avanzar con paso inseguro hacia Yira.

—Sîzan —lo llamó Sirk Is Rhad—. Lo olvidaba. Salí del castillo de los Yordark con el acuerdo del capitán Faag. Él me pidió que te dijera que, de estar tú en buena forma, probablemente le hubieses ganado en el duelo.

Dashvara puso los ojos en blanco.

—Estos federados sólo les dan importancia a los duelos. Ni que la vida sólo tuviese luchas y tonterías de esas. —Miró la expresión curiosa de Sirk Is Rhad con aire socarrón—. Dile al capitán Faag que, de estar él en buena forma, probablemente me hubiese ganado el duelo. Y dile que reflexione sobre la pregunta: ¿qué es estar en buena forma?

Sirk Is Rhad sonrió con burla y asintió. Dashvara añadió con más gravedad:

—Y, si es posible, dile al Gran Sabio Shokr Is Set que, aunque yo sea señor de los Xalyas, nuestro clan se rige con el Dahars, no con un señor.

El Honyr enarcó una ceja antes de asentir de nuevo con la cabeza.

—Se lo diré.

Entonces, el Ladrón de la Estepa avanzó unos pasos hacia Yira y se inclinó profundamente ante ella pronunciando:

Saana do kay ayzaez dundet —«Felicidad a ti y a tu esposo».

Dashvara acababa de llegar junto a Yira y, adivinando la perplejidad de esta, le dedicó una mueca divertida. Por un momento, pensó decirle al Honyr que Yira no sabía hablar oy'vat, pero decidió que ya se enteraría a su debido tiempo. Se limitó a darle las gracias:

Ayshat, sîzan.

Dashvara esperó a que Sirk Is Rhad llegase al tejado con su cuerda. Entonces le susurró a Yira:

—Si el clan xalya no acaba de revivir de sus cenizas, poco le falta.

—Ya. Pues tú deberías volver adentro porque no quiero volver a ver cómo «revives de tus cenizas» —comentó Yira con un carraspeo—. Ya me contarás mañana lo que te ha dicho ese hombre.

Dashvara sonrió, se despidió de ella y entró en el salón. Apenas dio unos pasos cuando se cruzó de pronto con unos grandes ojos brillantes; era el perro negro del contramaestre Loxarios. Sintió un escalofrío. Ese era el bulto con que casi se había tropezado antes.

Dio un rodeo prudente y cerró la puerta de la biblioteca con tanta premura que se sorprendió cuando, al darse la vuelta, distinguió otro montón negro ante él. Pero ese no era el perro.

“Buenas noches, Dash”, le soltó la voz amena de Tahisrán.

Dashvara avanzó arrastrando los pies y se tumbó en su cama. Estaba agotado, pero encontró las fuerzas para susurrar:

—Te he echado de menos, Tah. Hacía días que no pasabas por casa.

“Lo siento. El tiempo corre rápido y no me doy cuenta”, se disculpó la sombra. Vaciló y murmuró: “¿Cómo es, la muerte?”

—Inexistente. —Dashvara cerró los ojos y pensó que el adjetivo era bastante acertado con respecto a los nulos recuerdos que guardaba de aquellos cuatro días de muerte. Inspiró—. A ver si me recupero de una vez por todas. Y a ver si dejo de tener pesadillas. Esto empieza a ser… —bostezó— agobiante —terminó.

“¿Quieres que te cuente una historia?”, propuso Tahisrán. “Cuando era pequeño, mi hermana mayor me contaba historias y luego soñaba con unicornios, caballos alados y bellas princesas.”

Dashvara sonrió.

—Si no te importa… Los unicornios no me interesan tanto, pero debe de ser maravilloso ser un caballo alado. En cuanto a la bella princesa —su sonrisa se ensanchó—, ya tengo una.

En los minutos siguientes, Tahisrán se le puso a contar una historia de pegasos negros que volaban por encima de los mares de los Subterráneos. Medio dormido, Dashvara no la entendió muy bien, y de todas formas se perdió el final, pero el caso es que, fuese por los pegasos o lo que fuese, no soñó con Sheroda aquella noche. Soñó con Yira. La vio, con sus ojos sonrientes y expresivos; y su risa grácil resonó a su oído, mucho más dulce que cualquier poema de Miflin.