Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

34 El entierro

—¡Maestro, maestro, maestro! —exclamó Dashvara con una ancha sonrisa—. Encontré la flor que dijiste. ¡La plumorada! ¿Es esta, verdad? Quiero que te la quedes, maestro.

Maloven recogió los pétalos dorados con una sonrisa pero, para sorpresa e indignación de Dashvara, tendió el puño por encima de las almenas del torreón y echó los pétalos al viento.

—Los pétalos sólo son la apariencia de la belleza interior, pequeño. El tallo es quien los produce. ¿Qué hiciste con él, Dashvara?

—Lo… lo arranqué y lo tiré —tartamudeó Dashvara.

Maloven posó una mano afectuosa sobre su pequeña cabeza y murmuró con su voz de sabio:

—Hiciste mal. El Ave Eterna muestra sus plumas al mundo con sus actos. Pero las plumas caen, se deshacen, cambian y vuelven a crecer. Lo que realmente importa está más allá de esas plumas, sea cual sea su color: encontrarás una estrella cuya luz tal vez nadie más que tú pueda ver, pero lo importante es que tú la veas… ¿Me estás escuchando, Dashvara?

* * *

Perdió conciencia poco después de pronunciar su propio réquiem y cuando la recobró, aunque a medias, no supo si estaba vivo o muerto. Había perdido mucha sangre y se sentía vacío por dentro, exhausto como en los días en que el ternian Aydin Kohor había estado cuidándolo en su carromato, camino de Rocavita.

La segunda vez que despertó abrió los ojos y vio la Luna sobre un cielo negro. Por el traqueteo, supo que lo estaban transportando en una litera. A menos que fuese un féretro abierto. Cayó inconsciente con ese macabro pensamiento y con el convencimiento de que dejaba de existir. Cuando volvió en sí oyó un sollozo ahogado y una voz que declamaba en diumciliano:

Que la Paciencia y la Serenidad lo guíen en el camino de la Fe y de la Muerte.
Que con Discreción, Humildad y Cortesía se presente ante la todopoderosa Cili.
Que con Constancia penetre en sus Dominios.
Y se haga Digno y Fuerte ante el Sacrificio que le encomendó la Vida.
Haz, Cili, por Compasión, que esta alma ingrata, esclava y pagana que portó en su primera vida el nombre de Dashvara de Xalya se eleve ante tu trono.
Haz que, por Simpatía, sus pecados sean acogidos y perdonados con tu alta benevolencia…

Dashvara abrió los ojos, aturdido. Vio a un elfo vestido con una larga túnica azul y morada erguido ante él. Se encontraba en el salón de Atasiag Peykat.

Poco a poco, sus palabras fueron cobrando sentido en su mente y le parecieron tan ridículas que, por un momento, no se las creyó. Sin embargo, como el sacerdote seguía hablando, tuvo que empezar a contemplar la realidad: increíblemente, estaba metido en un ataúd abierto, cubierto de coloridos trapos. Abrió sus puños agarrotados y descubrió un trozo de madera esculpido en forma de águila. Dashvara lo reconoció de inmediato: era el que le había dado al inspector Barrigón en Compasión. ¿Cómo diablos es que lo tenía él ahora entre las manos?

Entonces empezó a considerar el hecho de que, en realidad, había muerto realmente y que se encontraba en algún tipo de paraíso o algo por el estilo. ¿Acaso en los paraísos de Cili les duele tanto la cabeza a los muertos?, pensó con ironía. Harto de escuchar los delirios de aquel sacerdote ciliano, tomó una inspiración y se enderezó. O al menos lo intentó: tan sólo tuvo fuerzas para levantar uno de los brazos.

Inmediatamente, un clamor de estupefacción se elevó en la sala. Dashvara vio a Fayrah caer desmayada. Había rostros por todas partes, se fijó. ¿Qué hacía esa gente en casa de Atasiag? Tengo que salir de aquí, bufó mentalmente. Pero estaba demasiado cansado. Demasiado hambriento y sediento. Y medio muerto.

Vestía una túnica blanca impecable, constató. ¿Desde cuándo se reservaba un entierro tan fastuoso a un esclavo? Su aspecto y la situación le parecieron tan incongruentes que no supo si sentirse horrorizado por haber estado a punto de ser enterrado vivo o reírse de aquella locura.

El fuerte tumulto sacó al sacerdote de su ensimismamiento; cuando el elfo bajó la mirada, se llevó las manos a la cabeza clamando:

—¡Que las Gracias se apiaden de nosotros, está vivo!

Dashvara hizo una mueca.

—Y pues claro que estoy vivo —gruñó. Tan sólo le salió un ruido gutural.

Alguien lo ayudó a salir del ataúd y a tumbarse en uno de los sofás del salón. Era Wassag. Iba vestido de azul claro, el color de la muerte en Diumcili.

—¡El Rey está vivo! —exclamó una voz que no reconoció.

La exclamación fue retomada por otras personas que hablaron de resurrecciones y milagros. Desde el sofá, Dashvara los miró con cara anonadada.

—¿El Rey? —repitió. Esta vez logró articular las sílabas. Se le cerraron los ojos de puro cansancio.

—Por la Serenidad —resopló la voz temblorosa de Tsu—. Que salgan ya. Eminencia, diles que salgan. Está vivo, pero está muy débil.

Dashvara sonrió para sus adentros. Habráse visto, un esclavo dándole órdenes a su amo… Y, para colmo, Atasiag habló a toda esa comitiva desconocida diciendo:

—¡Por favor! Un poco de respeto. Salid o acabaréis matándolo con vuestros gritos. Por favor —repitió—. Salid. Volved a vuestras casas. Que sí, os lo prometo, mañana a primera hora os informaré de su estado. Y ahora, por las Gracias de Cili, concedednos un poco de paz.

El barullo fue calmándose mientras los ruidos de pasos se iban haciendo cada vez menos numerosos. Uno soltó:

—¡Larga vida a su Ave Eterna!

Dashvara abrió los ojos y cruzó la ferviente mirada de un joven diumciliano con túnica azul y cinturón dorado. ¿Qué diablos hacía un ciudadano hablando de Aves Eternas?

—Dash —soltó la voz de Tsu—. ¿Me oyes?

Dashvara despegó los labios.

—Te oigo —contestó—. Agua. Si es posible.

—Por supuesto.

Se oyeron pasos alejarse y otros acercarse.

—Yorlen, Wassag —lanzó la voz de Atasiag—. Llevad a Fayrah hasta su cuarto. Lessi, acompáñalos y cuida de ella. Leoshu, diles a los enterradores que retiren la carroza fúnebre. Tranquilízalos y diles que ya pagaré los gastos de transporte de todas formas. Filósofo —encadenó. Se irguió junto al sofá y Dashvara pudo ver su expresión conmocionada. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios cuando soltó—: Eres indestructible.

Dashvara inspiró suavemente.

—No tanto.

—Estabas muerto —añadió Atasiag—. Requetemuerto. Cuando Faag Yordark te mandó de vuelta, tu corazón ya no latía. Eres increíble, Filósofo.

Dashvara espiró.

—¿Quiénes eran esos? —preguntó.

—Mmpf. Estudiantes —contestó Atasiag—. Admiradores de ese viejo Maloven. Les dijo que eras el último Rey del Ave Eterna. —Se sentó junto a él—. Fue tu maestro, ¿verdad?

Dashvara no tuvo fuerzas ni para sorprenderse.

—Lo fue —confirmó en un murmullo.

Al fin llegó el agua y Dashvara creyó sentir de nuevo brotar la energía en su cuerpo cuando acabó el primer vaso. Bebió otro, y otro, hasta que Tsu lo detuvo.

—Ya basta. Ahora duerme. Te daré más agua cuando despiertes.

Afuera, se oyó un súbito alboroto.

—¡Daaash!

—¡Dashvara!

—¡Hermano!

Eran los Xalyas. Con la sangre martilleándole las sienes, Dashvara miró a Atasiag, suplicante.

—¿Puedes dejarlos entrar?

Tsu masculló por lo bajo. Atasiag vaciló pero acabó por aceptar y se levantó para ir a abrirles la puerta. Fue como si una marea de orcos invadiese de pronto la casa. Pero no eran orcos: era su pueblo.

—¡Hijo! —exclamó Zorvun con voz temblorosa, cayendo de rodillas ante él—. Estabas muerto. De veras creí que lo estabas. Estos diumcilianos entierran a la gente de cualquier manera. Oh, Liadirlá, ¿cómo te encuentras?

Dashvara sólo pudo concentrarse en lo que dijo el capitán. Sintió su mano apretar la suya con firmeza y sonrió.

—Me encuentro, lo cual ya no está nada mal. Oye —añadió con un hilo de voz—, ¿cómo diablos ha llegado esto aquí? —Enseñó el águila de madera que tenía en su puño—. Esto se lo di al Barrigón.

Los ojos de Zorvun brillaban.

—Oh. Creo que se enteró de lo que te había ocurrido por unos amigos estudiantes y acudió. Los diumcilianos tienen costumbre de regalar cosas a los muertos. Escucha, Dash. Ahora no te nos mueras, ¿eh? No vale estar jugando con nuestros sentimientos.

—Eso —apoyó Orafe con las mejillas empapadas—. Si resucitas, resucita de verdad. No nos seas makarvoso.

Todos sin excepción estaban llorando. Incluso Sashava. Makarva y Zamoy se habían arrodillado junto al capitán y el primero, con el rostro demacrado, pronunciaba por lo bajo una oración a su Ave Eterna. Por lo demás, observaban todos un silencio cargado de emoción. Dashvara sonrió temblorosamente con el corazón más vivo que nunca.

—¿No se supone que tenías que entrenarte al solfata, Mak? —susurró.

Makarva sonrió e inspiró ruidosamente.

—Los Yordark nos devolvieron contigo. Nos declararon «inútiles». No hubiera podido ni montar a caballo estando tú muerto —confesó.

—No he muerto —aseguró Dashvara—. La resurrección no existe. Maloven te lo diría.

La expresión de Makarva cambió sutilmente. El capitán suspiró.

—Murió, Dash. Hace dos días. Fue el hombre más viejo que he conocido en mi vida de Xalya.

Dashvara guardó silencio. No pudo sentirse triste del todo porque, al fin y al cabo, Maloven había tenido una vida relativamente buena y muy larga. “El Ave Eterna vuela dignamente pero siempre acaba por posarse”, pensó. Sólo lamentó no haber tenido tiempo de hablar con el shaard para darle las gracias. Tragó saliva. Las palabras que había pronunciado le parecieron de pronto de un humor muy negro.

—Nunca acabé de entender su Ave Eterna —murmuró al fin.

Miró otra vez a sus hermanos y sonrió.

—Recordé lo que me dijo sobre los pétalos. «No son las plumas las que importan, sino la fuerza que las sostiene.» Algo parecido. —Marcó una pausa, mareado, y susurró—: Que Su Ave Eterna descanse en paz. Meditaré sobre sus palabras mientras sueño. —Cerró los ojos, inspiró y añadió—: Trataré de seguir con vida. Os lo prometo.

—Anda, salid —les sugirió la voz suave de Atasiag Peykat—. Lo cuidaré como a mi propio hijo.

Dashvara oyó ruidos de pasos y la voz ronca del capitán, que le dijo a Su Eminencia:

—Los Xalyas te dan las gracias.

Cuando el salón se sumió en el silencio, Dashvara volvió a abrir los ojos y apretó el águila de madera contra su pecho. Atasiag lo cubrió amablemente con una manta, se sentó en una butaca con un libro, cruzó las piernas y le dedicó a Dashvara un leve signo de cabeza.

—Duerme tranquilo, amigo. Velaré sobre tus sueños —le prometió.

Dashvara volvió a cerrar los ojos, agotado. Se le ocurrió decirle al federado que la próxima vez no se molestase en pagarle un ataúd y un sacerdote ciliano, pero cayó dormido antes de poder abrir siquiera la boca.

Cuando volvió a despertar, lo instalaron en una cama, en la biblioteca de Atasiag, y, durante el resto del día, Dashvara se dedicó a engullir agua y comida y a dormir. Atasiag se pasó horas escribiendo pergaminos en su escritorio o leyendo libros en su sillón. Tsu acudía regularmente para verificar el pulso del Xalya y sondearlo con sortilegios de endarsía; a la quinta aparición del drow, Dashvara le soltó:

—¿Qué? ¿Ya estoy listo para enterrar?

El drow lo observó, acabó su sortilegio y meneó la cabeza.

—No del todo —contestó—. Si continúas durmiendo, tal vez tus pulmones acaben curándose. Ya no percibo ningún rastro de veneno de serpiente roja. A lo mejor has conseguido eliminarlo del todo perdiendo tanta sangre. No lo sé, sinceramente: tu enfermedad es incomprensible.

Dashvara lo escudriñó y tras una vacilación murmuró:

—Tú siempre creíste que acabaría muriendo de esto, ¿verdad?

Los ojos rojos del drow reflejaron la respuesta mejor que cualquier palabra.

—No te daba más de unos meses —admitió. Le echó un vistazo inexpresivo a Atasiag Peykat, sentado en su escritorio antes de añadir—: Esperaba a que tu garantía llegase a término para hablarle del caso a Su Eminencia y así asegurarme de que no… te devolvería al Consejo por haberle dado un esclavo enfermo. —Hizo una mueca—. De todos modos, tampoco albergaba mucha esperanza de que otros médicos pudieran hacer algo por ti —confesó—. Recibí la misma educación que ellos en la Universidad y desde el principio vi que tu estado difícilmente tenía arreglo. Ni se me ocurrió verificar tus energías cuando te dieron por muerto. Estaba tan… convencido. El médico de los Yordark debió de pensar que tus energías se estaban descomponiendo de manera natural. Fui idiota al no verificarlo. —Le dedicó una mirada tranquilizadora mientras retomaba—: Aun así, ahora tal vez hayan cambiado las cosas. Por alguna razón, tu estado no parece ya tan crítico.

Dashvara siguió mirándolo, tratando de adivinar si estaba siendo sincero con él. Pensó en preguntárselo, pero se contuvo. Prefería creerlo.

—Bien. Entonces, tendréis que aguantar al señor de la estepa un poco más —sonrió.

Tsu le devolvió la sonrisa y le tendió un objeto.

—¿Qué es? —preguntó Dashvara, curioso. Parecía una moneda de plata, pero no estaba acuñada con los habituales sellos diumcilianos o dazbonienses, sino moldeada con, en el centro, el perfil de una mujer elfa coronada.

Mientras le ayudaba a ponerse la correa alrededor del cuello, el drow explicó:

—Me lo regaló el Hakassu que viste en Ariltuán. Se supone que trae buena suerte.

Dashvara agrandó los ojos y echó un vistazo hacia Atasiag. Este seguía examinando su pergamino.

—Lo sabe todo —lo informó Tsu—. Sabe que trabajo para los Hakassu. O… más bien que trabajé para ellos —rectificó al ver a Atasiag enarcar una ceja—. Al parecer, los Yordark y los Korfú están planeando precipitar unas negociaciones de paz con Shjak. Empezaron entregando a Saazi, la mujer que viste en la tienda del capitán Faag. Era una Hakassu. Y finalmente permitieron que se «fugase» al fin la reina Shaazra. La reina de Shjak —explicitó ante la mirada de incomprensión de Dashvara—. Es la mujer que aparece en el medallón. Es decir, técnicamente no es reina, pero es una Hakassu y, antes de que la capturaran los ejércitos federados, hace cinco años, tenía mucho apoyo. Según oí. El caso es que Shaazra se fugó al fin la misma noche en que desaparecí, el día de la fiesta de los Kondister. Al parecer… ejem… por poco se anuló la fuga porque dos de los drows que tenían que ayudarla cojeaban por haberse… er… tropezado con unos salvajes en plena noche, en la Plaza del Homenaje. —Tosió delicadamente y Dashvara se mordió la lengua.

A pesar de que Alta ya hubiese expresado sus sospechas sobre el tema, Dashvara no había creído hasta ese momento que Tsu estuviese metido en una historia de negociaciones entre Diumcili y Shjak. O más bien que hubiese estado metido, se corrigió echándole una ojeada curiosa a Atasiag. Volvió a mirar el medallón y el perfil de la drow le pareció de pronto demasiado… majestuoso. Se aclaró la garganta.

—Bueno. Pues qué bien. —Sonrió—. Ahora sólo falta que esa Shaazra sea un poco más sabia que Saazi y no pretenda acabar con la Federación. Si lo es, supongo que pronto todos estarán festejando las paces. A ver cuánto duran. Bueno —bostezó—. Dime, Tsu, ¿cuántos días han pasado desde que me… er… morí a medias?

—Cuatro —contestó Tsu con calma—. Primero el médico de los Yordark intentó alimentarte. Luego todos te dimos por muerto y…

—Y me metisteis en un ataúd —concluyó Dashvara con una risita nerviosa—. Como que, cuando decía Lumon que estábamos muriendo en vida no estaba tan alejado de la realidad.

Tsu hizo una mueca. Extendió la mano y le tocó suavemente la frente mientras se levantaba.

—No te molestaré más. Duerme, hermano. —Se inclinó hacia Atasiag y salió de la biblioteca.

En cuanto se cerró la puerta, el federado dejó la pluma en el tintero y, tras unos segundos de silencio, apuntó:

—Pareces estar mejor. —Marcó una pausa antes de añadir—: Me alegro.

Dashvara acariciaba el medallón de plata con unos dedos distraídos.

—¿Te alegras como un amigo o como un amo de esclavos, Eminencia?

Al no obtener respuesta, giró la cabeza hacia Atasiag. Este parecía ensimismado.

—Como ambas cosas —dijo al fin—. No soy tan cerrado como pareces creer. Pero ponte en mi lugar, Filósofo. Nací en una familia de ciudadanos acomodada, con cinco esclavos, y entre ellos un preceptor que era un ferviente defensor del sistema diumciliano; incluso se negó a aceptar la libertad cuando mi padre se la propuso porque consideraba que tenía que dar el ejemplo. Estaba un poco chiflado, lo reconozco, pero… sinceramente, la condición de esclavos tiene su razón de ser, ¿no crees? Es legal y natural. Algunos deben crear y otros, organizar. ¿Qué sería de Titiaka si todos se pusiesen a organizar y nadie crease nada? Y a la inversa, ¿qué sería de Titiaka si todos creasen y no hubiese nadie para organizar?

Atasiag estaba hablador. Dashvara esbozó una sonrisa.

—¿El caos? ¿La ruina? ¿La autodestrucción? —Rió quedamente—. Un día, un viejo Shalussi me dijo: el niño juega, el joven trabaja, el hombre ordena y el anciano habla. Por lo visto, los Shalussis se organizan por edad y los federados por condición y proveniencia. Nosotros, los Xalyas, nos organizamos todos juntos y creamos lo que necesitamos sin tener que esclavizar a nadie ni apartar a nadie de nada. De no ser por nuestros vecinos belicosos, nos habría ido muy bien —afirmó.

Atasiag se encogió de hombros y se levantó para desentumecerse las piernas mientras contestaba:

—No erais más que unos cientos. No puede compararse. Además —sonrió—, ¿no se supone que los Xalyas tienen un señor al que deben obediencia? ¿No es esa una forma de esclavitud?

Dashvara hizo un mohín.

—Has dado en el blanco —confesó—. Ahí donde nos falta un dios tenemos a un señor que, según la tradición, hace a la vez de hermano y de dirigente.

—O sea, tú —pronunció Atasiag, sentándose en una silla junto a la litera.

Dashvara se mordisqueó la mejilla.

—O sea, yo —confirmó al fin—. Según la tradición —repitió—. Aunque, en todo rigor, soy demasiado joven para ser señor.

—¡Ah! Así que en tu pueblo también hay separaciones por edad —ironizó Atasiag.

Dashvara enarcó una ceja.

—¿Quieres que juguemos a quién encuentra más fallos en su clan? Bien, bien. Para empezar, tu clan es conquistador como los Akinoa, hipócrita y esclavizador como los Esimeos y tan belicoso como los Shalussis. Y, encima, sus ciudadanos se entretienen con bobadas. No digo que toda tu sociedad sea un despropósito, sólo digo que gran parte lo es.

Calló y, recordando de pronto a quién le estaba hablando, palideció un poco. Atasiag, sin embargo, se contentó con poner cara pensativa. Al fin, dijo:

—Tu clan es orgulloso como los Dikaksunora, conservador como los Korfú y tan fanático como algunos sacerdotes cilianos. Y, precisamente por eso, os aprecio más —sonrió.

Dashvara dejó caer el medallón sobre su pecho. No supo muy bien cómo tomarse las últimas palabras así que inquirió:

—¿Fanático?

—Mm —confirmó Atasiag—. Los Xalyas sois unos fanáticos de vuestras Aves Eternas. ¿Lo ves? Ya te estás ofuscando.

—No me he ofuscado —replicó Dashvara—. Explícamelo. ¿En qué soy yo un fanático de mi Ave Eterna?

Atasiag se cruzó de brazos, mirándolo con ojos sonrientes.

—Tú tal vez no lo seas tanto —reconoció—. Pero la mayor parte de tus hombres lo es. Me da la impresión de que sus mentes funcionan como un solo hombre. Un Xalya no es nada sin sus hermanos. Eso me dijo Arvara hace unos días. —Sus ojos oscuros lo sondearon—. No los viste cuando recibieron la noticia de tu muerte. Yo temía que se descontrolaran y perdieran la cabeza. Incluso les hice retirar las armas antes, por si acaso. Pero ni siquiera hubiera sido necesario. Se quedaron como tetanizados. Temí perderos a todos, te lo juro. Parecía que, sin su señor, el clan estaba condenado a la muerte y ellos, con él. Durante tres días, estuvieron muriendo contigo en tu ataúd, Dashvara de Xalya.

Dashvara sostuvo su mirada unos segundos antes de apartarla hacia el techo de la biblioteca.

—Si eso es fanatismo, entonces yo también soy un fanático, Eminencia.

—No me malinterpretes —dijo suavemente Atasiag—. Admiro la lealtad que existe entre vosotros. Y la envidio. Pero vuestro modo de vida es autodestructivo. Depositáis la esperanza sobre una persona que representa vuestro «Dahars» y sois capaces de perder el instinto de supervivencia y de morir con ella.

—Se habrían recuperado —aseguró Dashvara—. Exageras.

Atasiag esbozó una sonrisa y un destello de afecto pasó por sus ojos.

—No exagero. Ojalá los hubieses visto. Parecían cadáveres andantes, si me perdonas la expresión. En fin, no pienses que en Titiaka somos menos sensibles a las muertes de los prójimos, pero somos mucho más… individualistas. Vosotros parecéis una colmena de abejas.

Dashvara se relajó y sonrió.

—Gracias. Es el mejor cumplido que he oído desde hace tiempo. Escucha esta historia, Eminencia —soltó de pronto—. La contábamos a los niños, en nuestro pueblo. Va de un lobo solitario que se encuentra un día con una manada de congéneres y se entera de que andan buscando a un lobezno perdido en la estepa. Como siente curiosidad, los sigue durante días hasta que les pregunta: ¿no vais a rendiros nunca, hermanos? Un viejo lobo se le acerca y le contesta: llevamos cinco años buscando a nuestro hijo, pero no nos rendiremos porque nuestro corazón nos dice que sigue vivo y nosotros no abandonamos a los nuestros. Entonces, el lobo solitario se da cuenta de que lo estaban buscando a él. Se queda emocionado ante la constancia y el amor que le demostró su manada y decide despedirse de su vida solitaria al darse cuenta de que la vida es mucho más hermosa cuando se hacen cosas buenas por sus hermanos. —Sonrió y concluyó—: Los Xalyas lo damos todo por nuestro clan y nuestro Dahars. Somos hermanos, confiamos en nosotros y siempre permanecemos dignos. Dignidad, confianza y fraternidad —susurró—. No me parece un modo de vida tan autodestructivo. Tal vez un poco orgulloso y obstinado. Pero es nuestro modo de ser.

Atasiag sacudió la cabeza con una mueca profundamente pensativa.

—Gracias por el cuento. —Sonrió, se levantó y bromeó—: Será mejor que te deje dormir o al final acabarás convirtiéndome en Xalya.

Dashvara resopló, divertido.

—Yo no convierto a nadie, Eminencia. Sólo soy un filósofo.

Atasiag lo sorprendió cuando inclinó brevemente la cabeza ante él. Organizó un poco su despacho y salió de la biblioteca con varios rollos de pergamino. Dashvara esbozó una sonrisa.

No sé si te estarás convirtiendo en Xalya, federado, pero sin duda tu Ave Eterna no es tan cerrada como creía. Bostezó y dejó que los párpados se le cerrasen solos.