Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

29 Mariposas de luz

Sufrió una crisis de orgullo similar a la de Zorvun cuando decidió contar lo menos posible a sus hermanos sobre lo ocurrido en casa de Sheroda. También trató de encubrir los palos de Lanamiag Korfú, porque la imagen de un señor apaleado era más bien incompatible con la dignidad Xalya, pero cuando volvieron a los dormitorios después de cenar y se tumbó en su jergón boca abajo, Makarva le levantó traicioneramente la túnica y preguntó:

—¿Atasiag?

Dashvara lo fulminó con la mirada y, después de gruñir unas cuantas imprecaciones sobre el respeto a la intimidad, se vio obligado a contar el caso y a aceptar que Tsu aplicase uno de los potingues que había ido a comprar aquella tarde. Acto seguido, para que no siguieran echando pestes contra los ciudadanos, pensó en informarles de que había baneado a Fayrah del clan, pero recapacitó y decidió esperar. Aún albergaba, en su fuero interno, la esperanza de que Fayrah rectificase o que al menos le pidiera perdón por haber arrojado tanto desprecio sobre los Xalyas.

Makarva lo sacó de sus pensamientos.

—¿De verdad vas a intentar dormir cuando los ciudadanos están metiendo tanto ruido? ¿No quieres echar una partida de katutas? Seguro que te mejora ese humor.

Dashvara puso los ojos en blanco.

—Mi humor se encuentra perfectamente. —Escuchó la música, los gritos y risas que les llegaban desde el edificio principal de la casa. Todo indicaba que los ciudadanos se lo estaban pasando en grande—. Está bien —aceptó, acercándose al tablero—. Una partida. Pero jugando en serio —previno.

—¿En serio? —se lamentó Makarva.

Dashvara se carcajeó.

—¡No, hombre, era una broma!

Entre burlonas carcajadas, Zamoy, Boron y Lumon se instalaron alrededor del tablero. Con cinco jugadores, aquella partida prometía. Todos se remangaron: era el ritual habitual para demostrar que iban a jugar limpio.

El Calvo estaba tirando los dados cuando Miflin preguntó:

—Oye, Dash. ¿Puedo tomarte prestado el diccionario?

Dashvara asintió enarcando una ceja.

—¿Buscando inspiración?

Miflin se contentó con sonreír antes de sentarse junto al candelabro con el volumen sobre las rodillas.

—Ah —sonrió Zamoy—. Debe de estar pensando en la próxima alabanza para el tío Serl. Bueno, bueno, me han salido un cinco y un seis. ¡Intentad superarme! Te toca, Mak.

Makarva sacó dos seises. El condenado no solamente era buen jugador: también tenía una suerte de mil demonios. Zamoy refunfuñó durante media partida pero luego se le alegró el rostro cuando constató que sus peones estaban aguantando como campeones. En un momento, Makarva realizó una de esas jugadas maestras que tan bien le salían y que consistió en engañarlos a todos haciéndoles creer que en su «reserva de fichas» sólo tenía peones. Dashvara se golpeó la frente.

—¡Pero de dónde sacas esa reina, Mak!

—¿La has robado de mi reserva? —preguntó Zamoy, suspicaz.

Makarva le dedicó una sonrisa de lobo.

—Qué va. Siempre estuvo ahí. Sólo os he engañado como a potros de dos meses.

—Potro tú mismo —rezongó Dashvara; recalculó sus posibilidades. Boron acabó por perder sus dos caballos, Dashvara perdió la mitad de sus peones y Zamoy otros tantos. Dashvara estaba ya en las últimas, con un solo caballo y el señor, cuando Makarva mandó una flecha al caballo. Dashvara interpuso al señor en medio.

—¿Qué haces, te suicidas? —se extrañó Makarva.

Dashvara sonrió.

—A medias. Tira los dados a ver si muere.

Murió. Se quedó con sólo un caballo y, cuando Makarva hubo acabado con Zamoy, se lo zampó sin bajas.

—¡Hazme una oda, Miflin, he ganado! —exultó Makarva.

El Poeta, inmerso en su diccionario, no le hizo caso.

—Qué ideas, acabar con el señor antes que con un caballo —se rió Zamoy.

—Es una cuestión filosófica, Calvo —le replicó Dashvara—. ¿Por qué el señor tiene siempre que ser el último en morir? Debería morir el primero.

Makarva hizo una mueca, Lumon meneó la cabeza y Zamoy levantó los ojos al techo.

—Ya estamos otra vez con las preguntas del Filósofo —suspiró este último—. ¿Quieres que te conteste, Dash? Pues verás. El señor no debe morir antes porque, si muere, los caballos se desbandan. Así de sencillo.

—A menos que todos sean señores —apuntó Dashvara con una sonrisilla.

Makarva resopló, divertido.

—No le sigas el juego, Zamoy, acabará enredándonos la cabeza. ¡Miflin! ¿Qué tal avanza tu inspiración?

El Poeta esta vez levantó los ojos de su diccionario.

—Escuchad esto —dijo y entonó:

Arrobado en su arrebato,
se arrimó el arriero al hoyo.
Al agua arrojó el arroz.
Veloz se arrugó el arroyo.

Dashvara rió con los demás.

—Veo que todavía estás al principio del diccionario —observó.

Miflin sonrió.

—He. Por algún sitio hay que empezar.

Makarva propuso otra partida pero el día había sido largo y los Xalyas más viejos gruñeron y les sugirieron que se fueran a dormir. Dashvara echó un vistazo a su saco casi vacío y, con la espalda aún algo dolorida, se acostó boca abajo pensando en Tahisrán. Durante los últimos días en Compasión, se había acostumbrado a intercambiar con él unas palabras antes de dormirse, y lamentó no poder hacerlo ahora. La sombra debía de estar muy atareada dando vueltas por Titiaka.

Aquella noche, pese a su fatiga, durmió fatal. Cayó dormido enseguida pero despertó de golpe poco después creyendo ver detrás de sus párpados los ojos dorados y estriados de Sheroda. “Ese hombre no merece vivir…”, susurraba su voz. Dos veces despertó y dos veces constató que la velada en casa de Atasiag aún no había terminado. A la tercera, sin embargo, encontró una noche silenciosa.

Cuando pienso que Atasiag me ha visto en ese estado deplorable, llorando como un niño…

No sentía vergüenza, sólo incomodidad por saber que Atasiag, un extranjero diumciliano, lo había consolado como un padre después de escuchar las barbaridades que había debido de proferir sin que él mismo las recordara.

Ahora ya no lo tratas de serpiente, ¿eh? Si es que al final incluso vas a convertirte en otro perro fiel como Wassag.

Tendido en la oscuridad, Dashvara borró lentamente su sonrisa irónica. Abandonando su jergón, tanteó hasta la puerta, la abrió y salió. El cielo estaba cubierto y unas tinieblas densas envolvían la noche. Tan sólo brillaban las pequeñas luces de la fuente y algunas guirnaldas que colgaban de las columnas. El viento estaba en calma y el aire era relativamente cálido para ser ya casi otoño. Con un andar tranquilo, Dashvara cruzó el patio y se sentó en el pretil de la fuente sin dejar de darle vueltas a sus sentimientos. El día había sido particularmente redondo. Primero los Akinoa, luego Zaadma, Lanamiag Korfú, Fayrah y finalmente Sheroda. Hubiera podido pensarse que después de haber sobrevivido a la Frontera estaba inmunizado a todo… pero distaba mucho de ser cierto.

Estás algo perdido, admítelo. Creías haber olvidado a los Akinoa, y ahí están, ante tus narices. Luego te encuentras con Zaadma y Fayrah, las ves tan felices y no puedes dejar de sentirte abandonado, aunque sea absurdo. Y para colmo, Sheroda, ese monstruo de colmillos azules, te echa en cara tus peores actos sin darle ninguna validez a tus justificaciones. Y tú te sientes como el peor de los criminales. Matar es matar, según ella: no importa a quién. Pero ¿no estuvo ella a punto de matarme? ¿Acaso no es igualita a mí?

—Eres cruel, Dashvara de Xalya —dijo de pronto la voz de Yira.

Dashvara giró la cabeza sin sobresaltarse: había oído sus pisadas.

—Qué gracia. ¿Tú también vienes a acusarme, maga?

La sombra de la Sin Rostro se detuvo ante él.

—Retiro lo de cruel —dijo al fin—. Porque no pienso que lo seas. Pero has de saber que tu hermana está llorando ahora mismo por tu culpa.

Dashvara la vio sentarse junto a él, en silencio. Meneó la cabeza.

—Pues dile que deje de llorar. ¿Para qué diablos va a llorar? Dile que le perdono todas sus ofensas contra mí y contra los Xalyas. Se lo diría de viva voz si pudiera.

La luz de la fuente se reflejó en los ojos de Yira.

—Sería absurdo que se pusiese triste ahora por mi culpa —agregó Dashvara.

Yira suspiró y levantó los ojos al cielo negro.

—Fayrah es más sensible de lo que pareces creer, Xalya. Ella… lamenta haber hablado mal de tu clan.

Dashvara hizo una mueca.

—Bah —sonrió—. Qué importan unas palabras. Ya te he dicho que le perdonaba. Tiene razón en seguir el camino que la haga más feliz. Dile que ya no me siento insultado. Y dile que… —vaciló— siempre puede cambiar de opinión cuando quiera.

Yira resopló y Dashvara entendió, sorprendido, que se estaba riendo.

—Se lo diré —afirmó—. Pero dudo de que cambie de opinión.

Dashvara enarcó una ceja al verla tan segura. Tras un tranquilo silencio, preguntó:

—¿Cómo puede ser una persona feliz sabiendo que cuanto tiene se lo debe a esclavos que trabajan para ella?

Yira pareció meditar la respuesta.

—Creo que no entiendes la cultura de Diumcili —murmuró al fin—. Para los titiakas, los esclavos son como niños o animales de compañía a los que se cuida y se da órdenes. Ellos no existen sin sus amos y, al mismo tiempo, un ciudadano sin esclavos no es nadie. Aun así, si te resulta tranquilizador, Fayrah y Lessi no acaban de aceptar este sistema.

—Faltaría más —resopló Dashvara.

—Mm. —Sin saber muy bien cómo, Dashvara supo que sonreía. Tras una vacilación, Yira agregó—: También es cierto que cuando ves a titiakas felices todos los días, cuando ves fiestas, riquezas y poesía por doquier… dejas de pensar en los trabajadores.

Y dejas de pensar en el Ave Eterna, completó Dashvara.

—Supongo —carraspeó. La miró con curiosidad—. ¿Y tú, Yira? Eres para Atasiag casi como una hija, ¿no? ¿Por qué no elegiste vivir como lo hace mi hermana?

Por un momento, creyó que Yira iba a levantarse, poner fin a la conversación y regresar a su guardia y sus ilusiones. No hizo nada de eso pero, de todas formas, su respuesta no fue muy explicativa.

—Porque no —dijo.

Dashvara se rascó la nariz, entre intrigado y divertido.

—Ejem… Ya veo. Eso significa que las preguntas personales mejor me las guardo para mí, ¿verdad?

Yira juntó las manos ante ella, como incómoda.

—No es eso —protestó—. Es que… yo no soy como Fayrah o Lessi. Viviendo como ellas me sentiría falsa. Verás, justo antes de que me vendiera, mi madre me dijo: sé siempre fiel a lo que eres. Yo nunca fui una princesa. Prefiero ser Yira a secas. Así de sencillo.

—Espera, espera —la cortó Dashvara, estupefacto—. ¿Tu madre te vendió?

—Er… así es —afirmó Yira con calma—. Vengo de una isla entre Ryscodra y Skasna. Por esa zona, se vive de la pesca y hay mucha pobreza —explicó—. Es un paraíso para los esclavistas: ni siquiera tienen que sacar las armas. A mí me vendieron por tres sacos de avena cuando tenía ocho años. —Marcó una pausa y, como Dashvara la escuchaba con interés, añadió—: Afortunadamente, esa vez, no les salió bien el negocio a los esclavistas. Unos piratas abordaron el barco, nos liberaron y nos llevaron a la isla de Matswad. Ahí fue donde aprendí a utilizar el sable. Y ahí fue donde conocí a Atasiag.

Dashvara meneó la cabeza. Aquella historia de islas, abordajes y piratas le hubiera encantado a Makarva.

—¿Conociste a Atasiag Peykat en una isla de piratas?

Yira le echó una mirada de reojo.

—¿Tan extraño te parece? Piénsalo —murmuró—. De alguna forma Atasiag está frenando las importaciones del Maestro, ¿no?

Dashvara resopló, incrédulo.

—¿Contrata a piratas para atacar los barcos de los Dikaksunora?

—Ajá —afirmó Yira—. La mayoría de los piratas de Matswad son mercenarios y tienen acuerdos con la Hermandad del Sueño. También es cierto que, desde que quebró su compañía comercial, Atasiag ya no usa tanto a los piratas contra el Maestro. Creo que los Korfú cambiaron de táctica.

—Ya veo —carraspeó Dashvara. Todo aquel asunto tampoco es que lo interesase mucho, así que preguntó lo que le pareció más importante—: ¿Y qué hacen los piratas con los esclavos liberados?

—Bueno, lógicamente, los llevan a Matswad —murmuró Yira—. La mayoría ya no tiene adonde ir. Muchos se hacen piratas.

Dashvara sacudió la cabeza y sonrió con sarcasmo.

—Diablos, tantas migraciones absurdas y, total, para acabar piratas. Menuda liberación. Sólo espero que las cinco Xalyas que han acabado en esa isla no tengan problemas. Las conozco lo suficiente como para saber lo que opinan de los bandidos y esa gente. —Se ensombreció—. Ojalá pudiera sacarlas de ahí. Pero… bastantes problemas tenemos ya aquí.

Yira se giró hacia él, interrogante.

—¿A qué problemas te refieres?

Dashvara frunció el ceño y, por un momento, no supo qué responder. De hecho, ¿de qué problemas estaba hablando? Dormía en una bonita casa, comía bien, estaba junto a sus hermanos y, según Atasiag, ahora Sheroda ya no intentaría nada contra él. ¿No era maravilloso? Entonces, se fijó en el dolor sordo que aún notaba en la espalda.

—La libertad, Yira —dijo entonces—. Eso es lo que me falta.

Yira ladeó la cabeza y preguntó con suavidad:

—¿Y para qué quieres la libertad, Xalya? ¿Para ir adónde?

Dashvara abrió la boca, la volvió a cerrar y, al fin, contestó:

—Para ir a un lugar tranquilo donde mis hermanos y yo podamos ser felices sin tener que obedecer a nadie más que a nuestra Ave Eterna. Ahí es donde yo quiero ir. Maltagwa se ocuparía del huerto, Lumon y Boron cazarían, Morzif y Ged harían su propia forja, Makarva haría sus makarvadas, Miflin sus miflinadas… —Sonrió—. Todo el mundo tendría una ocupación.

—Y… ¿cuál sería la tuya? —preguntó Yira con evidente curiosidad.

Dashvara se encogió de hombros.

—Cualquier cosa que se me ocurriese. Trabajar la madera. Se me da bastante bien. También podría ocuparme de los caballos con Alta… —En un súbito arrebato, afirmó—: Quiero volver a la estepa, Yira. Quiero volver a casa. Aunque sólo sea para que mi clan muera ahí.

Calló, asombrado por la pasión que vibraba en su voz. Una mano enguantada se posó brevemente sobre la suya.

—Ojalá tu sueño se haga realidad, entonces —dijo Yira con dulzura.

Dashvara alzó las cejas y sonrió.

—Gracias. —Tras un silencio, volvió a sonreír y cambió totalmente de tema—. Hey. Confieso que esta tarde, en el entrenamiento, me has dejado bastante impresionado. Esas serpientes parecían salidas de una pesadilla.

—Mm —rió Yira—. Ya te vi pasar a leguas de mí, como si huyeses de la peste. Parecías hasta asustado.

Dashvara sonrió, sinceramente sorprendido.

—Por supuesto que estaba asustado. Jamás había visto algo así. ¿De verdad los Ragaïls luchan igual que tú?

—Bueno. Generalmente, son más hábiles con las armas y algo menos con las armonías —estimó. Marcó una pausa y sus ojos reflejaron entusiasmo cuando dijo—: Pero no todas las armonías sirven para luchar. ¿Quieres que te enseñe?

Dashvara la miró, alarmado.

—¿Eh?

Yira rió quedamente y saltó sobre el empedrado del patio. Alzó la mano y, de pronto, lucieron unas chispas que se convirtieron en mariposas de luz. Rodearon a Yira subiendo en espiral y, sin previo aviso, se abalanzaron hacia Dashvara. Este se había quedado embelesado ante las pequeñas ilusiones pero, en cuanto vio la espiral atacarlo, sus manos fueron a agarrar unos sables que no tenía, le entró pánico, se echó para atrás y perdió el equilibrio. Cayó de pleno en la fuente, salpicando y golpeándose contra el bloque de piedra central. Emergió hundido soltando imprecaciones. Las mariposas de luz habían desaparecido, reemplazadas por la oscuridad natural de la noche.

—Oh, por la Serenidad, lo siento —balbuceó Yira precipitándose hacia él—. No quería asustarte.

Sólo habían sido ilusiones. Unas malditas ilusiones. Súbitamente, Dashvara se echó a reír y salió de la fuente chorreando agua y ahogando la risa.

—Ni con un brizzia habría reaccionado de una manera tan tonta —afirmó—. No pasa nada, estoy bien —aseguró y, ruborizado, resopló, pasándose una mano por la barba chorreante—. Sólo estoy un poco mojado. Ave Eterna. ¿Puedes volver a hacerlo?

Yira enarcó las cejas pero asintió.

—Si no vuelves a tirarte a la fuente…

Dashvara carraspeó, divertido, estrujando su túnica.

—Procuraré —prometió.

Yira volvió a sacar sus mariposas de luz y Dashvara esta vez dejó que revolotearan serenamente a su alrededor. Las detalló con la mirada, fascinado.

—Son magníficas. —Alzó una mano y atravesó una sin notar más que aire. Otra se posó entonces sobre su mano y sintió un ligero cosquilleo. Se sobresaltó—. ¡Esa es de verdad!

Yira se carcajeó y negó con la cabeza.

—Simplemente envío ondas de contacto para que pienses que esa mariposa es material. Pero no lo es.

Dashvara hizo una mueca sin entender muy bien a qué se refería con lo de «ondas de contacto». Jerga de magos, pensó.

Entonces, las mariposas se alejaron, se unieron y fusionaron en un círculo plateado que se inclinó y se deshilachó antes de desaparecer completamente.

—¿Qué te ha parecido?

—Escalofriante —murmuró Dashvara. Fue el primer adjetivo que le vino en mente. Luego añadió—: Y hermoso. Mucho más hermoso que esas asquerosas serpientes que me arrojaste, desde luego. ¿Quién te enseñó a hacer esas cosas tan raras?

Creyó adivinar otra sonrisa, pese a no verla.

—Se llamaba Taymed. Precisamente lo conocí en la isla de Matswad. Era un… celmista. Era muy viejo. Mi padre lo trajo a esta misma casa hace dos años, porque él también le tenía mucho aprecio. Murió el año pasado. Era… muy viejo —repitió sentándose otra vez junto al pretil de la fuente.

Dashvara pensó en aquel momento en un proverbio estepeño y susurró:

—El Ave Eterna vuela dignamente pero siempre acaba por posarse.

Pensó en el shaard Maloven, metido en la Universidad de Titiaka, y súbitamente deseó poder hablarle. Él también era viejo. Después de una vida tan larga, ¿cómo debía de sentirse, creyendo morir tan lejos de los suyos?

—Gracias, Yira —dejó escapar de pronto.

—Y… ¿se puede saber por qué exactamente? —interrogó ella, divertida.

Dashvara sonrió y rozó el agua de la fuente con la mano.

—Por hacerme compañía.

—Ya me diste las gracias por eso ayer —observó ella.

—Mm. Cierto. —Le dedicó una mueca burlona añadiendo—: Pero un Xalya da las gracias cuantas veces le apetece.

Oyó de pronto un crujido de puerta al abrirse y se giró hacia los dormitorios, pero el ruido no venía de ahí. Yira suspiró y se adelantó hacia la puerta principal.

—Fayrah, Lessi… —murmuró—. ¿Qué hacéis aquí?

—Quiero hablarle, Yira —sonó la voz ahogada de Fayrah—. Os he visto desde el balcón. —Se oyeron unos pasos precipitados y Dashvara se levantó para ver aparecer entre las tinieblas el rostro de Fayrah. No llevaba maquillaje y su largo cabello caía como una cascada oscura.

—Estás aún más bella sin afeites, hermana —le sonrió. Vio las lágrimas que rodaban en sus mejillas pero no borró su sonrisa tranquilizadora—. Anda, no llores, sîzin…

Fayrah se abrazó a él, hundiéndolo más de lo que ya estaba, y le habló en oy'vat cuando murmuró:

—He sido injusta contigo, Dash. No pensaba ni la mitad de las cosas que dije. Es decir, en cierto modo las pensaba, pero no quería decirlas de esa forma.

Dashvara levantó los ojos al cielo ahogando un resoplido divertido.

—No lo estás arreglando, hermana. Pero no importa. Como buen Xalya, intento ser sabio y tolerante y entiendo que puedas tener una pésima opinión sobre todos nosotros. No me siento insultado. Perdóname si te lo he parecido.

—No tengo una pésima opinión sobre ti, Dash. Jamás quise decir eso.

Deseando que dejase ya de explicarse, Dashvara besó su frente dando por terminadas las excusas, se apartó y saludó a Lessi. Esta parecía tan conmovida como Fayrah.

—Iré a despertar a tu padre, Lessi —le soltó.

Se le iluminaron los ojos a la joven y Dashvara se alejó con la impresión de que, finalmente, ni Fayrah ni Lessi habían cambiado tanto. Una vez entrado en los dormitorios, caminó entre los jergones y sacudió a Zorvun del brazo.

—Capitán —murmuró.

Lo sintió removerse.

—¿Qué pasa, Dash? —masculló por lo bajo—. Oh… Ave Eterna. Todavía no ha amanecido. Espero que tengas una muy buena razón para despertarme.

Dashvara sonrió.

—Lessi está afuera, en el patio.

Enseguida, el capitán espabiló y salió tan aprisa que no despertó a todos los Xalyas de milagro. Atravesó el patio a grandes zancadas y ralentizó cuando estuvo tan sólo a unos pasos de Lessi.

—Pequeña —susurró con su voz ronca.

Padre e hija vacilaron un poco antes de abrazarse. Sonriente, Dashvara los observó con las manos en los bolsillos antes de girarse hacia Fayrah.

—Bueno, hermana. Estarás reventada después de tanta fiesta. Deberías ir a dormir. Ya no vas a llorar, ¿eh?

Fayrah resopló.

—No estoy llorando. —Tenía los ojos brillantes—. Te quiero, hermano.

—Y yo también te quiero, sîzin.

Tras vacilar un poco, Fayrah dio un paso hacia la puerta principal. Y se detuvo sólo para decir:

—Nunca he traicionado mi Ave Eterna. Simplemente seguí el camino que me pareció mejor. Y no lo lamento.

Yo sí, pero qué remedio, pensó Dashvara. La observó hasta que desapareciera por la puerta. Acto seguido, saludó a Yira y regresó a los dormitorios para dejar a Lessi y al capitán a solas. Aún no se había dormido cuando Zorvun regresó. Pasando ante su jergón, el capitán le murmuró:

—Está claro, Dash, que nuestras mujeres han sabido ganarse la vida mejor que nosotros. Yo que siempre pensé que mi hija nunca había sido muy espabilada, y la encuentro más avispada que un ilawatelko. Y tan bella como su madre —añadió en un murmullo antes de alejarse hacia su propio jergón.

Bueno, capitán, sonrió Dashvara mientras volvía a cerrar los ojos. Ambos nos alegramos de la felicidad de nuestras Xalyas. Ahora, preocupémonos de la nuestra.