Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

28 Las sombras de un corazón

Atasiag Peykat recorrió las calles de Titiaka, cruzó la Avenida del Sacrificio, pasó delante de la taberna del Nadro Feliz, giró a la izquierda cuando alcanzó el cuartel general y llegó al fin ante una bonita casa de piedra rojiza con un magnífico arco de jazmines blancos en la entrada. Sólo entonces se giró hacia Dashvara y observó:

—Caminas como un viejo.

Dashvara hizo una mueca y replicó:

—Aprovecho, ya que no tengo la seguridad de que llegaré a viejo de verdad.

Atasiag enarcó una ceja y sonrió.

—¿Han sido los Ragaïls? —inquirió.

Dashvara enseguida supo a qué se refería y, por un momento, quiso mentir y asentir, pero su asentimiento se transformó en una negativa.

—Qué va. Los Ragaïls se portaron de maravilla. Fue de camino hacia tu casa —explicó—. Tropecé con la abuela de los Korfú y el nieto se me tiró encima.

Atasiag iba a llamar a la puerta pero se detuvo al oírlo.

—¿Lanamiag Korfú? —Parecía extrañado—. ¿Qué quieres decir con que tropezaste con la abuela de los Korfú?

—Me empotré contra ella. Iba ensimismado, como buen filósofo que soy.

Atasiag rió por lo bajo.

—Ya veo.

—Y luego tuve la genial idea de salir corriendo —completó Dashvara.

Atasiag meneó la cabeza.

—Tendré que pedir a Loxarios que os dé a todos unas cuantas lecciones para sobrevivir en Titiaka sin tener la espalda dolorida todos los días. En fin… —suspiró. Volvió a girarse y llamó a la puerta. Esta no tardó en abrirse y Dashvara reconoció de inmediato a la mujer que apareció en el recuadro. Era Aligra de Xalya. Sus ojos lunáticos no habían cambiado. Y su extraña palidez incluso se había intensificado. Llevaba una simple túnica y unos pantalones sencillos. No había seguido para nada el mismo camino que Fayrah y Lessi, observó.

—Entrad —soltó Aligra abriendo la puerta en grande. La volvió a cerrar en cuanto pasaron el umbral—. Sheroda está en el salón.

Atasiag asintió y se giró hacia Dashvara.

—Espera aquí —ordenó. Dejó el bastón de mando contra un muro y, pensativo, Dashvara lo vio desaparecer por una puerta del vestíbulo. ¿De verdad ese hombre pretendía casarse con Sheroda? Cada vez que recordaba el rostro de la Suprema, Dashvara se estremecía. Podía imaginarse a Atasiag enamorado perdidamente de ella, pero no podía imaginar a esa mujer de ojos dorados albergar tan profundos sentimientos.

Dejados a solas, Dashvara y Aligra se observaron durante unos segundos. La joven había crecido, ahora tenía diecinueve años y todo rastro de infancia había desaparecido. Al fin, Dashvara rompió el silencio:

—Es un placer volver a verte, Aligra. ¿Cómo estás?

La joven tenía la mandíbula tensa.

—Yo aún no sé si me alegro de verte —retrucó—. ¿Has visto a Fayrah y a Lessi?

Dashvara percibió ese viejo deje acusador en su voz y se preguntó si no seguiría culpándolo de la muerte de su hermano Showag. Si era así… diablos, Showag había sido afortunado al conocer en su corta vida a una mujer que lo amaba tanto.

—Las he visto —contestó con voz neutra.

—¿Y? —lanzó Aligra con viveza—. ¿No las has renegado, verdad? No has sido capaz. Son unas traidoras —escupió.

Dashvara enarcó las cejas y, de pronto, se echó a reír.

—¡Ay, Aligra! Deberías ser tú quien dirigiera el clan, y no yo. Acatarías el Dahars sin vacilar, y acabarías renegando a todo el clan, empezando por mí. Ave Eterna —suspiró. Se serenó y retomó con gravedad—: Pues claro que las he renegado. Fayrah nos renegó a nosotros antes. Si ella está feliz así, con su dios Cili y sus vestidos, no voy a obligarla a ser lo que no quiere ser. Es su decisión. Nos ha tomado por monstruos y me ha herido en mi orgullo —confesó.

Aligra lo miró con sorpresa. Sus labios temblaron.

—Entonces… ¿el clan xalya sigue existiendo?

Dashvara la observó con compasión. Debía de haberse sentido muy sola aquellos tres años. Indeciso, le tendió una mano amiga, le sonrió y, esperando que la joven mostrara un poco de alegría, confirmó:

—El clan xalya sigue existiendo.

Para su sorpresa, Aligra respondió a su gesto retrocediendo bruscamente. Sus ojos se iluminaron.

—Tú no eres el señor de los Xalyas —pronunció—. Traicionaste tu Ave Eterna.

Dashvara carraspeó y dejó caer la mano. Tres años no habían cambiado nada. Aligra seguía igual de terca y justiciera.

—Lo que tú digas, querida.

Aligra sacudió la cabeza.

—No eres digno. Showag lo hubiera sido.

Dashvara reprimió difícilmente un bufido exasperado.

—Si quieres, te vienes conmigo y les explicas eso a nuestros hermanos. Estoy abierto a una votación si te ofreces como candidata. Demonios, Aligra —suspiró—. Una cosa es tener las ideas claras y tener un Ave Eterna con buenos principios y otra mantener todo eso cuando te están torturando. Tienes todo el derecho a despreciarme por no haberlo conseguido pero, francamente, no porque haya traicionado bajo tortura a unos aliados, mi Ave Eterna ya no sirve de nada. No es cierto. No lo es —insistió—. Mira. Arikava de Xalya, el segundo señor del clan, traicionó a sus aliados para salvar su vida y todos lo odiaron. Y luego resultó ser el más valiente de todos y salvó a varios clanes de la estepa al coste de su vida. —Como Aligra no contestaba, se encogió de hombros—. Bah, sigue pensando lo que quieras, Aligra. Yo sólo soy señor para el que lo desea.

Calló y el silencio se eternizó. Aligra y sus extrañezas… Apostó a que en ningún momento se le ocurrió preguntarle qué tal estaba él o qué tal estaban los demás Xalyas. Su mente estaba tan ensimismada en el Dahars que no veía a las personas detrás de este. En realidad, razonaba un poco como el señor su padre.

Atasiag regresó al fin y Dashvara lo siguió adentro del salón con cierto alivio, aunque apenas hubo cruzado el umbral un nuevo temor lo invadió. Había llegado la hora de ver hasta qué punto Sheroda lo consideraba culpable de la muerte de sus dos amigos asesinados por Arviyag y sus hombres.

Les diste tu vida, Dash, recordó. Trató de armarse de valor, decidido a reiterar su promesa ante la Suprema.

Estaba de pie, junto a una chimenea apagada, arropada en un vestido blanco. En cuanto Dashvara la vio, una parte de su mente confirmó que aquel nuevo aturdimiento y aquella fascinación eran producto de algún hechizo. No es humana, se dijo. Cruzó entonces sus ojos dorados y todo pensamiento murió ahogado en ellos. Se perdió en aquella mirada hechicera que lo atraía como la caricia de una Muerte misericordiosa y su corazón quedó devastado. Se preguntó: ¿cómo pude traicionarla? Subyugado, se tiró de rodillas tan cerca de ella que se sorprendió de haber avanzado tanto. Sus palabras salieron distintamente de su boca:

—Os traicioné a todos y provoqué la muerte de tu gente. Mi vida te pertenece. Y si he de morir para que me perdones, que así sea.

Estaba haciendo lo correcto, sin duda. Cualquier Xalya hubiera hecho lo mismo. Cuando cruzó de nuevo los ojos fríos y letales de la Suprema, no tuvo miedo. Simplemente supo que, hiciese lo que hiciese, Sheroda tomaría la buena decisión.

De pronto, Sheroda sacó una daga de su manga y Dashvara tragó saliva con la mirada fija en la hoja de acero.

Er… Ahora, en serio, ¿hasta qué punto quieres morir, Dash?

De reojo, vio el rostro de Atasiag palidecer y se sintió aterrado. ¿Realmente Sheroda iba a…? El contacto frío del acero mordió su mano izquierda, pero apenas la hizo sangrar. Sheroda abrió sus labios finos y, para horror de Dashvara, asomaron unos dientes afilados y azules.

—Lia… ¡Liadirlá! —tartamudeó.

Sus pupilas doradas se dividieron en varias rendijas y una lengua bífida y blanca recuperó la gota de sangre que rodaba sobre su daga. Dashvara la miró transformarse, boquiabierto. Aquello no eran ilusiones como las de Yira. Era la pura realidad. Sheroda era… un monstruo.

No pudo aguantarlo más. Torpemente, retrocedió y se levantó trastabillando, deseando poder salir volando como el Ave Eterna para poner toda la distancia posible entre él y aquel engendro. Una oleada de miedo lo paralizó.

No, Dash, solo te está soltando sortilegios. Muévete. Sal de aquí. O mátala. Pero no puedes dar tu vida a ese monstruo…

—No soy un monstruo —murmuró suavemente Sheroda, como si hubiese leído en su mente—. Soy una shijan. Uno de los Hermanos de la Perla cuya muerte provocaste también lo era. Era mi hijo. Tú lo mataste.

Se había detenido ante él, alzando un rostro hermoso y a la vez monstruoso. Dashvara no podía moverse. Se sentía rodeado por una energía que lo asfixiaba y amenazaba con arremeter contra él. No tenía ni idea de lo que era un shijan, pero estaba claro que eran criaturas poderosas. ¿Y con eso quieres casarte, Atasiag Peykat? ¡Ni aunque tuviese un ejército de caballos! Ave Eterna… Y ahora resultaba que había matado a su hijo.

—Lo… lo lamento —farfulló. Sus propias palabras le sonaron huecas y ofensivas. Hizo enormes esfuerzos para desviar los ojos de los de Sheroda, y no lo consiguió. Estaba como tetanizado. Se fijó entonces en que la shijan había acercado sus dos manos, blancas como la leche, y las posaba ahora sobre su frente. Dashvara quiso detenerla, pero ni siquiera pudo despegar los labios.

Lo que siguió fue… la muerte. O al menos se le pareció mucho. En su mente trastornada, vio a una mujer vestida de blanco y creyó ver en ella una de esas hadas míticas de la estepa capaz de leer los corazones y sacar a la luz todos los rincones oscuros. Se halló indefenso ante un juez imparcial que acababa de descubrir sus defectos y se los echaba en cara sin piedad. Lo asaltó remordimiento tras remordimiento. No es que se los arrebatase la shijan para mostrárselos: más bien se los iba arrojando él a sí mismo, convencido de que, cuanto más rápido admitiría sus errores, mejor se portaría el juez. Tembloroso, abrió finalmente la boca y se oyó proferir barbaridades.

—He matado —farfulló—. Soy culpable.

—¿Cuántos seres vivos has matado? —preguntó Sheroda, arrodillándose junto a él.

—No lo sé —graznó—. Muchos. Nadros. Humanos. Orcos. Mílfidas. Maté a un caballo viejo cuando tenía diez años. Pero fue para ahorrarle sufrimiento —protestó contra sí mismo. Las manos de Sheroda se agarraron a sus sienes como ganchos. Jadeó—. A-asesiné a un hombre. Lo ataqué por la espalda y le corté la garganta. Pero él mandó a sus guerreros contra mi pueblo. Ajusticié a un asesino. Se lo merecía. Era un asesino. Y también… también maté a otros dos hombres. Pero eran esclavistas. Tenía que matarlos. Y maté a tu hijo. Pero no lo maté yo. No soy culpable.

—Eres culpable —soltó Sheroda.

—Soy culpable —repitió Dashvara con terror en la voz.

—Me traicionaste.

—Te traicioné —confesó Dashvara.

—Mataste a mi hijo.

—Lo maté.

—Fuiste débil.

Dashvara asintió con el corazón cada vez más vacío.

—Lo fui —susurró.

Perdió la cuenta de las acusaciones que fue soltándole Sheroda. Cada tanto tiempo, repetía «soy culpable» y, poco a poco, su mente fue liberándose cada vez más de la presión energética, aunque necesitó más tiempo para darse cuenta de ello. Las preguntas de Sheroda empezaron a carecer de sentido, se puso a delirar y, luego, empezó a faltarle aire. Oyó la voz de Atasiag, pero no entendió lo que dijo. Simplemente lo vio aparecer entre Sheroda y él y vio su rostro preocupado. Creyó distinguir un:

—Ya basta. Vas a volverlo loco.

—Este hombre no merece vivir —dijo otra voz sollozante.

—¡No, Sheroda!

A continuación, vino una acalorada discusión. Dashvara aún notaba las manos insidiosas de Sheroda en su cabeza, aunque la shijan se había apartado. Se sentía vacío, indigno y con el alma despojada. Al fin, la riña acabó. No había logrado entender las palabras, aunque sí entendió que Atasiag intentaba salvarlo de las garras de la Suprema. Pero no puede salvarme de mí mismo, pensó, temblequeando. La mano del diumciliano le apretó el hombro con firmeza.

—¿Cómo te sientes?

Su pregunta lo alcanzó sólo segundos después y, mientras tanto, Atasiag intentó ayudarlo a levantarse. Tambaleante, Dashvara fue incapaz de interrumpir el flujo de palabras que brotó de su boca.

—No soy una buena persona —balbuceó, horrorizado—. Mi Ave Eterna está muerta. Voy a ir al infierno. Todos los dioses del mundo me castigarán. —Se aferró al brazo de Atasiag como un niño perdido—. Soy culpable. ¡Soy malvado!

—Eso no es cierto, Filósofo —murmuró Atasiag.

—Sí que lo es —sollozó Dashvara—. Fayrah tenía razón. Nuestro Dahars está envenenado. Mi clan está muerto. Mi mundo está muerto. Y yo no he hecho nada para salvarlo. Y he matado. Soy culpable.

Atasiag lo dejó llorar sobre su hombro durante un buen rato y le palmeó la espalda rítmicamente, con dulzura.

—Anda, muchacho —dijo al fin—. Volvamos a casa. ¿Puedes caminar?

Dashvara se apartó, aturdido, y se pasó la manga sobre los ojos antes de buscar a Sheroda con la mirada. No estaba en el salón.

—Ya no volverá a castigarte más —aseguró Atasiag.

Dashvara lo miró a los ojos. Vio inquietud en ellos. Vio un inesperado cariño. Inspiró una bocanada de aire. Wassag tenía razón. Atasiag es un buen hombre.

—Si quieres, puedes quedarte con Aligra hasta que te hayas recuperado —le propuso el federado.

Dashvara agrandó los ojos y negó con la cabeza.

—No. Vuelvo contigo. —No se habría quedado ni un minuto más en aquella casa—. Si es que merezco vivir —murmuró.

Atasiag suspiró.

—Claro que mereces vivir, Filósofo. Tienes que vivir. Lo digo yo, que soy tu amo. Y ahora, en marcha.

Dashvara cruzó la mirada acusadora de Aligra en el vestíbulo y reprimió un gruñido antes de seguir a Atasiag afuera. Fue como regresar al mundo real después de haber pasado una vida en el tribunal del infierno. Ahí, en la calle, había gente riendo, conversando, con sus propias vidas, sus propios pecados y virtudes. No todo era blanco o negro.

Se pasó las manos por la frente, como para acabar de deshacerse de los sortilegios de Sheroda. Sin embargo, no podía deshacerse de sus propios pensamientos. Contra su mente martilleaba todavía la terrible verdad. Era culpable. Y no podría nunca dejar de serlo hasta que viniera la hora de su muerte.

Atasiag se puso a caminar con más lentitud que a la ida y Dashvara se lo agradeció: ahora, además de la espalda entumecida, tenía la mente aturdida y el Ave Eterna destrozada. Tras unas cuantas cavilaciones interiores que no hicieron más que confirmar su dictamen, soltó:

—¿Hasta qué punto un culpable es capaz de convencerse de que es inocente?

Atasiag echó un vistazo hacia atrás y se puso a caminar junto a él, moviendo su bastón de mando con elegancia.

—Hasta unos límites insospechados, créeme —contestó—. Conozco a varios Consejeros que, siendo culpables de guerras y muertes, siguen considerándose como los salvadores de Diumcili.

Dashvara enarcó una ceja, simplemente sorprendido de que le hubiese dado una respuesta.

—¿Hablas del Legítimo Dikaksunora?

—De él —afirmó Atasiag—, y de otros que lo apoyan. Un crimen perpetrado por simple supervivencia puede ser justificado, pero los crímenes perpetrados por codicia nunca se justifican.

Dashvara hizo una mueca.

—Cuando maté a Nanda de Shalussi no lo hice por supervivencia —murmuró—. Lo maté por venganza, de la manera más sucia posible.

Atasiag suspiró sin contestar. Dashvara sonrió con aire tétrico.

—Uno de los esclavistas que maté quería rendirse, y no le dejé. Y luego Tsu me torturó y no fui capaz de morir dignamente como lo hizo mi padre. Y, con todo, ha sido salir de casa de la Suprema y empezar a relativizar. Me temo que estoy demasiado acostumbrado a perdonar mis faltas. Tanto que podría convertirme en un hombre tan malvado como el Maestro y seguir pensando que obedezco a mi Ave Eterna…

—¿Tsu, el drow? —lo interrumpió de pronto Atasiag, sinceramente asombrado—. ¿El que está ahora con vosotros?

Dashvara asintió.

—Es un médico. Lo utilizaba Arviyag como torturador. Con esos dedales, ya sabes.

Atasiag palideció.

—No, no lo sé, Filósofo, y prefiero no saberlo. Por el amor de Cili —murmuró.

No añadió nada más. Estaban atravesando la Plaza del Homenaje cuando Dashvara volvió a romper el silencio.

—Me has salvado la vida. ¿Por qué?

Atasiag enarcó las cejas.

—Porque podía hacerlo, es obvio, ¿no?

Dashvara meneó la cabeza.

—Te enfadaste con ese… —Iba a decir «monstruo», pero no se atrevió y pronunció simplemente—: Con ella.

Atasiag sonrió.

—No me he enfadado con ella. Sheroda es una mujer estupenda. Pero… en este caso, estaba tan furiosa contra ti que ha estado a punto de cometer una locura. Simplemente la ayudé a serenarse. Algún día me lo agradecerá.

Atasiag aceleró un poco el ritmo y Dashvara lo siguió, perplejo. Ese hombre había impedido a Sheroda cometer un crimen y luego, en vez de consolarla a ella, como debiera haber sido, lo había consolado a él.

—¿De verdad la quieres? —preguntó cuando ya estaban en la última calle.

Atasiag pareció no oír la pregunta. Sin embargo, segundos después, se detuvo.

—Con toda mi alma —afirmó—. No la conoces. Su corazón es tan puro como el de una diosa.

—Precisamente es eso lo que me espanta —carraspeó Dashvara. Además de los dientes y de los ojos, completó para sus adentros—. No es humana.

Atasiag hizo una mueca sonriente.

—No del todo —concedió—. Pero yo la amo. Y, por ello, tú le debes respeto.

—Ja. Respeto sí que le tengo —resopló Dashvara—. Después de lo que me ha hecho, qué remedio. Parece como si me hubiese visitado mi Ave Eterna en persona para castigarme.

La sonrisa de Atasiag se ensanchó.

—El respeto no sólo se obtiene con el miedo, Filósofo. También se obtiene con amor.

Le dio la espalda y entró por el portal de la casa. Sobrecogido, Dashvara lo siguió. En el patio, constató que todos los Xalyas habían vuelto. Algunos jugaban a las katutas sentados en el suelo, otros ayudaban a Wassag y a Yorlen a embellecer las columnas. Vaciló y, súbitamente, dejó escapar con premura:

—Eminencia.

Con un suspiro paciente, Atasiag se volvió. Dashvara lo miró a los ojos y le dedicó un gesto firme de cabeza.

—Gracias —pronunció.

Los ojos del federado lo estudiaron unos instantes; y, al fin, sonrieron.

En silencio, Su Eminencia Atasiag Peykat volvió a darle la espalda y se adentró en su casa para prepararse a la fiesta ciudadana de Sursyn.