Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

26 Encuentro crítico

Dashvara jamás había luchado en serio contra una mujer y tuvo ciertas dificultades para tragarse los reparos. Se los tragó de golpe cuando Yira atacó y esquivó el ataque… vio su sable atravesar el suyo como si nunca hubiese existido. Jadeó y evitó otro ataque de milagro. Yira estaba utilizando ilusiones.

Su percepción se distorsionó. Vio el aire desgarrarse y ondular a su alrededor. Yira volvió a inmovilizarse. Llevaba dos sables negros en las manos. ¿De dónde había sacado el segundo? Se abalanzó y, para asombro de Dashvara, le arrojó uno de los sables… que se convirtió en una serpiente espantosa con enormes colmillos. Dashvara se agachó instintivamente y retrocedió con los ojos abiertos como platos. Creía haber caído de pronto en un abismo de pesadillas. Una manada de serpientes de sombra arremetió contra él, volando como flechas mortíferas. Dashvara alzó los sables y surcó el aire con ellos tan rápido como pudo. Ignoraba si el acero podía algo contra esa magia. Resultó que no: los reptiles voladores atravesaron sus armas como si estas no hubiesen nunca existido. Oh, diablos. ¿De verdad aquellos horrores eran sólo ilusiones? En cuanto lo alcanzaron, se volatilizaron y Dashvara tuvo la horrible y absurda certidumbre de que se habían metido en su cuerpo para matarlo por dentro. Su corazón se desbocó y sus pulmones lo traicionaron. Tragó sangre pero no tosió. Al segundo siguiente, vio la verdadera hoja negra del sable apuntarle el pecho. Se encontró de nuevo en una Arena estable, sin serpientes y sin falsedades. El combate no había durado ni dos minutos.

—Eso ha sido trampa —croó, bajando las armas.

Un brillo divertido destellaba en los ojos de Yira.

—No es trampa. Son armonías. ¿Y bien? ¿Te rindes?

Dashvara puso los ojos en blanco.

—¿Tú qué crees? —le replicó.

Yira bajó el sable, visiblemente satisfecha.

—Deberías marcharte. Falta menos de media hora para las cuatro. Y a Su Eminencia no le gustan los retrasos.

Dashvara no había olvidado la cita, pero no esperaba que el tiempo hubiese pasado tan rápido. Aún aturdido, hizo un gesto silencioso de cabeza e, inconscientemente, rodeó a Yira a una distancia cautelosa. Aquellos trucos de magia le habían dejado una impresión más que inquietante sobre esa mujer.

Cuando pasó junto a sus hermanos, refunfuñó antes que nadie comentara nada:

—Esa maga es más makarvosa que tú, Mak.

—Jamás te había visto luchar tan mal —se burló su amigo—. ¿Qué sortilegio te ha soltado pues?

Dashvara lo miró con extrañeza.

—¿No has visto las asquerosas serpientes que me ha arrojado?

Los Xalyas negaron con la cabeza. Zamoy confesó:

—Sólo hemos visto que te arrojaba como unos rayos de sombras. Luego te has quedado paralizado como una piedra y la Sin Rostro se te ha acercado sin que tú hicieras nada.

Dashvara hizo una mueca.

—Buah —gruñó—. Por algo los Antiguos Reyes odiaban la magia. En fin, me marcho. Su Eminencia quiere que vaya a visitarla ahora.

Más de uno puso cara sorprendida.

—Atasiag parece tenerte un aprecio especial —observó Alta.

Dashvara se limitó a encogerse de hombros y a replicar:

—Misterios de la vida. Escuchad, a propósito de los Akinoa…

Orafe le cortó la palabra con voz áspera:

—Lo sabemos, Dash. Si has dado tu palabra para que no los ataquemos, yo no los atacaré. Pero no por ello opino menos que ese acuerdo es inhumano. Los Akinoa merecen la muerte.

Dashvara asintió, aceptando la opinión. No esperaba que ningún Xalya perdonase a los Akinoa por sus crímenes: él mismo no podía perdonarlos. Tal vez ni el clemente Maloven lo habría hecho. Paseó una mirada inquisitiva por los rostros de los Xalyas y, sin contestar, los saludó, les dio la espalda y se dirigió hacia la salida de la Arena. Ahí, se encontró con el rostro burlón de varios Ragaïls que habían presenciado la fulgurante victoria de Yira. Dashvara se encogió de hombros.

—No iba a dejar perder a una dama —les soltó con desenfado. Más de un guardia sonrió.

En la entrada, Dashvara se topó con el sargento sentado en un banco, leyendo un libro.

—¿Vas a alguna parte, soldado? —lanzó el Ragaïl, alzando los ojos.

—A ver a mi amo —replicó Dashvara. Echó un vistazo curioso a la cubierta del volumen. Este se titulaba El Pescador de Luz. Esbozó una mueca meditativa. Técnicamente hablando, ¿cómo alguien podía pescar algo que no podía asirse con las manos? Sonrió interiormente. Tendré que preguntárselo al Poeta.

El sargento arqueó las cejas y observó:

—No te impido marcharte.

Dashvara se apresuró a asentir y a salir del edificio. Cruzó la plaza que rodeaba la Arena esquivando a elegantes personas con sus túnicas blancas y sus pelucas, sus vestidos coloridos y sus cinturones ribeteados de oro. Pasó por las mismas calles que a la ida. Estaba girando hacia la izquierda para dirigirse hacia el Tribunal cuando una repentina visión lo paró en seco. Ahí, ante una botica, una mujer se despedía de otra soltándole alguna réplica con cara divertida. La hubiera reconocido entre mil. Era Zaadma. Iba a volver a entrar en su tienda con una mano apoyada en su vientre embarazado cuando algún sexto sentido la llevó a pasear la mirada por la calle. Dashvara cruzó los ojos negros de su diosa y, por un momento, estuvo tentado de seguir su camino y fingir que no la reconocía.

¿Y tú le llamas cobarde al capitán, Dash?, se burló una vocecita tensa en su mente. Es normal que Zaadma se haya encontrado a otro hombre. Tú nunca le dijiste que la amabas. Y, aunque se lo hubieras dicho, han pasado tres años desde la última vez que la viste; mírala: ni te reconoce.

Se acercó casi a regañadientes y le dedicó una sonrisa vacilante.

—Cuánto tiempo, prima.

Zaadma abrió mucho los ojos y dejó escapar un jadeo.

—¿Dash? Por la Divinidad, ¡por la Divinidad! —repitió, asombrada, mirándolo de arriba abajo—. Sabía que vendrías, pero no pensaba verte tan pronto.

—Y yo no pensaba verte tan radiante, Zae. —La sonrisa de Dashvara se ensanchó, y esta vez era sincera—. Así que ahora te has instalado en Titiaka —observó, echando un vistazo a la pequeña herboristería.

Zaadma sonrió, sonrojándose.

—En Dazbon no podía sentirme tranquila con mi padre rondando por ahí. Debo admitir que Titiaka es una ciudad mucho más hermosa que Dazbon, ¿no te parece? La gente es más habladora y abierta. Y les encanta consumir todo tipo de hierbas. Los negocios van de maravilla. —Sonrió con picardía y luego le echó una mirada inquisitiva—. ¿Y tú, Dash? Supongo que estarás contento del cambio de paisaje, ¿no?

Hablamos como desconocidos, pensó Dashvara con un escalofrío. Asintió con la cabeza y señaló su bella armadura de escamas de sowna.

—Ya ves, incluso me visten como a un príncipe —contestó. Estuvo a punto de soltar algún comentario sarcástico sobre la Frontera, pero se contuvo. Nervioso, hizo un ademán vago hacia la calle—. Lo siento, Zaadma. Tengo que irme. Espero poder hablar contigo pronto. —Se aclaró la garganta—. ¿Puedo preguntarte quién es el padre afortunado?

Los ojos negros de Zaadma chispearon de felicidad.

—Es tu hermano, primo.

Dashvara arqueó una ceja y recordó que, en Rocavita, Rokuish se había hecho pasar por su hermano.

—¿Rok? —Se rió de buena gana mientras Zaadma asentía—. Así que el tercer Shalussi fue el bueno. Me alegro por vosotros dos. No lo tiranizarás demasiado, espero.

Zaadma puso los ojos en blanco.

—¡Ja! El único tirano es este —aseguró, palmeándose el vientre—. Es una pena que tengas que irte ya. Me encantaría que volvieras a pasar por aquí. Tendrás muchas cosas que contar, y yo también —sonrió—: como siempre. Rok dice que hablo más que su madre.

Dashvara sintió un viento cálido abrirse paso en su corazón. No, rectificó. No hablaban como desconocidos. Zaadma era la primera persona en Titiaka que de verdad demostraba alegrarse de verlo.

—Volveré mañana —prometió con firmeza. Y vaciló al pensar en Atasiag—. Bueno, al menos volveré si puedo.

Se burló de sí mismo: obviamente, no iba a volver si no podía. Cuando estaba nervioso, soltaba cada disparate… Inspiró y pronunció la habitual fórmula xalya:

—Que el Ave Eterna vele sobre ti, sobre Rokuish y sobre el mocoso tirano ese que todavía no ha salido.

Zaadma abrió la boca fingiendo indignación.

—¿Mocoso tirano? —repitió—. Yo tendré derecho a llamarlo tirano, porque soy su madre, pero nadie más. Ahora, ve a hacer lo que tienes que hacer —lanzó y sonrió—: Y, ya que estamos con bendiciones, que el Dragón Blanco te proteja.

Dashvara le dedicó un saludo y se alejó con el corazón más alegre que mortificado. En el camino, apartó todas sus fantasías y las relegó al pasado. Ya está bien de soñar amores imaginarios, Dash. Ahora, céntrate en tus pasos y regresa al mundo real.

Estaba tan ensimismado pensando en volver al mundo real que no vio a la anciana con su estrafalaria peluca y su imponente vestido verde y se empotró brutalmente contra ella. La retuvo de milagro antes de que perdiera totalmente el equilibrio.

—¡Diablos! —masculló—. Mis más sinceras disculpas, anciana, ¿todo va b…?

Algo silbó a sus oídos y recibió un bastonazo en la espalda que lo hizo ver las estrellas. Rindió gracias a la suerte de que llevaba una armadura; de lo contrario, fijo que se habría roto algo. Soltó a la anciana, se tambaleó y se volvió para encontrarse cara a cara con un joven altanero de expresión contraída por la indignación.

—¡Mira por dónde andas, esclavo! —exclamó.

Estuvo a punto de utilizar de nuevo su bastón pero, cuando su mirada bajó hacia su cinturón y vio el Dragón Rojo, pareció cambiar de opinión. Dashvara se fijó entonces en que llevaba el Círculo Azul de los Korfú en su bastón.

—Lan —intervino la anciana con calma—. Estoy bien, querido. Déjalo ya.

Dashvara gimió interiormente. Aquel joven era Lanamiag Korfú. El hijo de Rayeshag Korfú. Otro aliado de Atasiag Peykat. Con la boca seca, decidió renovar sus disculpas:

Sagdi hatnetu.

Tuvo la mala idea de hablar en diumciliano como el Legítimo y algo, en la expresión de Lanamiag, le dijo que había metido la pata. Unas palabras del shaard Maloven le vinieron en mente: “Nunca negocies en un idioma que no conoces”.

—¿Mis disculpas? —se indignó Lanamiag—. Maldita sea, ¿estás reclamando que te presente mis disculpas? —bufó y alzó el bastón—. Voy a ayudar a tu amo a adiestrar a sus nuevos trabajadores, ya lo creo.

Dashvara pensó por un segundo en sacar sus sables. Luego, pensó en salir corriendo y le pareció más sabio. Esquivó un golpe y varios paseantes soltaron exclamaciones de asombro. Reculó precipitadamente y echó a correr por la calle mientras Lanamiag enrojecía.

—¡Guardias, detenedlo!

Has cometido un error, Dash: huir sólo puede empeorar las cosas.

Lo comprobó cuando dos hombres con uniformes de milicianos le cortaron el paso y lo empujaron hacia atrás. Sabiendo que sacar los sables tal vez hubiera firmado su muerte, se volvió hacia Lanamiag Korfú con la mandíbula tensa.

—Eres nuevo por aquí, ¿eh? —murmuró uno de los milicianos—. Uno no huye ante un ciudadano, y todavía menos ante un Legítimo. Será mejor que aceptes tu castigo sin más aspavientos. Es un consejo de igual a igual.

Dashvara gruñó por toda respuesta pero, cuando llegó ante Lanamiag, obedeció a sus órdenes sin hacer ningún «aspaviento». Tuvo que quitarse la armadura “para no estropear el material de Su Eminencia Atasiag Peykat” y Lanamiag empezó a golpearlo con su bastón de mando. El maldito Korfú incluso resultó ser bastante didáctico pues, entre golpe y golpe, fue pronunciando lecciones de conducta:

—Un trabajador no le mira a un ciudadano a los ojos. —¡Pam, pam!—. Se aparta siempre de su camino. —¡Pam, pam!—. No se marcha si no ha sido despedido. —¡Pam, pam!—. Acepta ser castigado por su mala conducta. —¡Pam, pam!—. Y no habla si no se le pide que hable.

Sólo habían sido diez golpes. En fin, el «sólo» era relativo. Dashvara jadeaba en el suelo escuchando las palabras del Legítimo como una letanía insidiosa y carente de sentido. Cuando consiguió enderezarse, Lanamiag Korfú acababa de dar varios dettas a cada miliciano y ya se alejaba con la abuela.

Ave Eterna, pensó, descorazonado. Ahora entiendo lo que somos para vosotros, ciudadanos. Instrumentos. Meros bienes que se parecen a saijits pero no son tratados como tales.

Una ira fría se apoderó de él y, cuando uno de los milicianos lo ayudó amablemente a levantarse del todo, escupió en el suelo con rabia.

—La próxima vez, ya sabes —suspiró el miliciano, palmeándole un brazo—. Piénsatelo antes de hacerte el duro.

—Hey —intervino su compañero—. Ha escupido sangre.

Dashvara ni se molestó en bajar la mirada al suelo para comprobarlo.

—Gracias por el consejo, federado —se limitó a decir. Y se dispuso a vestir otra vez la armadura pese al dolor.

—Espera, estás herido —se alarmó el miliciano—. Hay que llevarte a un médico. Puede que algún golpe te haya…

—Qué va —lo cortó Dashvara—. Es del todo normal. Si quieres ayudarme de verdad, ayúdame a ponerme esto otra vez.

Mientras Dashvara sufría con cada movimiento, los dos milicianos se lo quedaron mirando, perplejos. Nunca se había sentido tan torpe revistiendo una armadura.

—Poniéndote eso sólo empeorará el dolor —apuntó el primer miliciano con paciencia.

—Me da igual —refunfuñó Dashvara.

Tras una breve vacilación, el miliciano se le acercó y le ayudó a vestirse. Al fin, Dashvara se colocó el cinturón malva con los sables y dijo:

—Gracias. Que tengáis un buen día, federados.

—No somos federados —le replicó el que lo había ayudado—. Yo soy hijo de piratas. Y él es de familia nómada. —Le lanzó una ojeada a su compañero antes de añadir en voz baja—: Fuiste un Condenado, ¿verdad? Vi el sello —explicó cuando vio a Dashvara enarcar una ceja—. ¿De dónde vienes? ¿De la Comarca?

Dashvara frunció el ceño.

—¿De… dónde? Oh —entendió—. ¿Te refieres a la Comarca Azul, al sur? No, yo vengo del norte.

Un rayo de comprensión pasó por los ojos del miliciano.

—¿Vienes del Desierto de Bladhy?

—Tampoco —sonrió Dashvara—. Vengo de la estepa de Rócdinfer.

El miliciano abrió los ojos en grande.

—Eres un Honyr —resolló.

Dashvara le devolvió una mirada desconcertada.

—¿Un qué?

Había oído esa palabra, hacía tiempo. Pero no esperaba que hubiese ningún hombre en Diumcili que la conociera. El miliciano bajó la mirada hacia los sables y asintió, convencido.

—Un Honyr, un guerrero de esos de la estepa que sabe luchar volando con el aire y…

—No —lo cortó Dashvara—. No soy un Honyr. Los Honyrs son otro clan. Nosotros los llamamos los Ladrones de la Estepa. Yo soy un Xalya. Y no lucho volando con el aire —reprimió una sonrisa y apuntó—: Ahora será mejor que me vaya porque no me apetece llegar tarde y recibir más palos. —Dejó escapar una risita—. Ya he tenido bastante por hoy. Malditos diumcilianos.

Los milicianos sonrieron y el que más había hablado dijo:

—Buena suerte, Xalya. Si alguna noche pasas por delante de la taberna del Nadro Feliz, no dudes en entrar. Está por donde cae el cuartel general. Ahí nos lo pasamos en grande hablando de nuestros tan queridos diumcilianos.

Le dedicó una sonrisa elocuente, realizó un breve saludo y se alejó con su compañero. Dashvara los observó, pensativo. Aquellos mismos que habían obedecido al instante a Lanamiag Korfú para que este lo apalease lo ayudaban luego y lo invitaban a un establecimiento donde se hablaba mal de los ciudadanos. Por más que lo supiera ya desde hacía tiempo, no dejaba de sorprenderlo cuán contradictorios podían llegar a ser los actos de un mismo hombre por simple instinto de supervivencia.

Irónico.