Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

23 Vida ciudadana

Lo primero que hizo Dashvara a la mañana siguiente fue soltarles un discurso a todos sus hermanos pidiéndoles que a ninguno se le ocurriese actuar insensatamente a partir de ahora.

—Hemos dado nuestra palabra y, mientras la cumplamos, todo irá bien —insistió.

Algunos empezaban ya a resoplar y a levantarse de sus jergones.

—Que sí, muchacho, todo irá bien —gruñó Orafe con exasperación—. Y ahora, a desayunar. —Salió, seguido de una tropa ruidosa de Xalyas.

Sedrios el Viejo le palmeó el hombro a Dashvara antes de marcharse con el resto. El capitán se le acercó, meneando la cabeza.

—Dash, te daré un consejo. No puedes preocuparte de lo que haga o deje de hacer cada uno de tus hombres. Te lo digo por experiencia: un maestro de armas entrena a un hombre y luego lo deja luchar por su vida considerándolo preparado para hacerlo. Nuestros hermanos son ya mayorcitos. La mayoría ya estaban sirviendo al señor Vifkan cuando tú aún no habías nacido. Saben reconocer unas consignas y acatarlas. No hace falta repetírselas durante… un cuarto de hora —estimó, disimulando una sonrisa.

Dashvara se ruborizó.

—Yo… —Resopló e hizo un vago ademán—. Eso es lo malo con los filósofos, capitán: se repiten un poco demasiado.

Makarva rió y lo cogió por los hombros, arrastrándolo hacia el patio mientras el capitán seguía meneando la cabeza con una mueca sonriente.

—Vamos, Filósofo —lanzó su amigo—. Dejemos a Tsu trabajar con el Herrero y vayamos a desayunar. Tú eres el primero en decir que una mente hambrienta es más propensa a delirar que una mente bien alimentada.

Dejaron al drow cambiar el vendaje de Morzif y se reunieron con los demás en las cocinas. El tío Serl pareció aliviado al ver que los Xalyas habían recuperado su buen humor. Sentado ante Makarva, Dashvara estaba con su cuarta tostada en la mano derecha mirando el tablero de katutas y reflexionando sobre su próxima jugada, cuando entraron Dafys, Yorlen y Wassag. El Lobo, como había apodado Zamoy a este último, fue directo al capitán y le habló en voz baja. Novedades, adivinó Dashvara. Movió una ficha del tablero sin despegar casi la mirada de Zorvun. El capitán sacudió varias veces la cabeza en varias direcciones hasta que, de pronto, se levantó. Inmediatamente, las conversaciones se apagaron.

—Muchachos. Hoy el contramaestre Loxarios tiene varias tareas para nosotros. Quiero diez voluntarios para seguir a Yorlen hasta los muelles de Alfodín. Creo que vais a descargar mercancías. —Apenas esperó un segundo antes de enumerar—: Maef, Shurta, Lumon, Pik, Kaldaka, Ged, Maltagwa, Kodarah, Orafe y Zamoy. Sois voluntarios. Arriba.

Los diez se levantaron entre gruñidos bajos pero se dirigieron hacia la puerta sin más protestas. Dashvara enarcó una ceja sin poder dejar de notar que el capitán acababa de elegir a todos los Xalyas que tenían cierta propensión para exaltarse, exceptuando a Lumon y a Kaldaka. Eso le dio un mal presentimiento para la «tarea» que el contramaestre Lox tenía reservada al resto.

—¿Y vosotros? —preguntó Pik el Nervios, deteniéndose en el umbral de la puerta.

El capitán emitió un ruido gutural y Pikava se apresuró a salir con los demás sin más preguntas.

—Otras dos personas para ir a ver al contramaestre Loxarios. Makarva, deja esa partida y sigue a Dafys. Tú también, Taw. ¿Me has oído?

El Xalya medio sordo asintió. Con una mueca esperanzada, Makarva tiró los dados. Dos doses. Dejó escapar un suspiro y se levantó.

—Eso pasa cuando uno juega con prisas. Pero te habría ganado igual.

Dashvara sonrió.

—La suerte ni es paciente ni tiene prisas, Mak.

Mientras Makarva y Taw salían, el capitán volvió a sentarse y cogió otra tostada. Dashvara echó una ojeada al tablero abandonado de katutas antes de volverse hacia Zorvun con expresión interrogante. ¿Y ahora, capitán?

Fue Sashava quien preguntó al fin:

—¿Y nosotros, Zorvun?

El capitán paseó una mirada por la mesa medio vaciada mientras masticaba a dos carrillos. Tan sólo quedaban nueve: Atok, Alta, Boron, Miflin, Arvara, Sedrios, Sashava, el capitán y él. Tras tragar el último bocado de su tostada, Zorvun se giró hacia Wassag con cara expectante. El Lobo se encogió de hombros.

—Es casi la Hora de la Constancia —dijo—. Probablemente Su Eminencia quiera mostraros a sus seguidores. Salgamos al patio.

—¿Qué es la Hora de la Constancia? —interrogó el capitán mientras todos se levantaban.

Wassag explicó:

—Todos los días, a la mañana, los que buscan los favores de un hombre rico vienen a su casa a recibir un denario o medio denario y, a cambio, le deben respeto y apoyo y lo escoltan hasta la Plaza del Homenaje cuando lo desea. ¿De verdad nunca habíais oído hablar de la Hora de la Constancia?

Zorvun resopló.

—De verdad, Wassag. En la Frontera, no se sabe ni la hora que es. Para serte sincero, no tengo ni idea de cómo funcionan las cosas en esta ciudad de locos. Tampoco es que me interese mucho —añadió en un murmullo, para sí.

Las palabras del capitán actuaron como un detonante para Wassag. Mientras se sentaban junto al corredor lindante a los dormitorios, el Lobo se puso a hablar de la vida cotidiana de los ciudadanos ricos de Titiaka, de las largas conversaciones que solía tener Atasiag Peykat con sus conocidos en la Plaza del Homenaje y de lo hábil que era Su Eminencia en cuestión de negocios.

—Es un gran comerciante —afirmó con evidente respeto—. Posee un barco mercante y les alquila otros dos a los Korfú. Tiene muy buenos tratos con las Islas del Corazón Dorado y el Legítimo Rayeshag Korfú lo considera como su representante comercial en Agoskura.

Dashvara enarcó una ceja. Según había contado Yira, Fayrah y Lessi habían estado dos semanas en la casa de campo de un tal Lanamiag Korfú, ¿verdad?

—¿Los Korfú son una familia de Legítimos? —preguntó.

—Ajá. Y una familia muy amiga de nuestro amo. Los Korfú siempre fueron un linaje muy honorable. El Sumo Sacerdote de Titiaka es un Korfú. Y la hermana de Rayeshag Korfú es una poetisa consagrada de la Universidad.

Wassag siguió perorando sobre los excelentísimos Korfú durante varios minutos. Sólo calló cuando vio a Dafys salir por una puerta lateral, seguido de Makarva, Taw y una risueña elfocana de pelo dorado. Dashvara adivinó que se trataba de la hija del tío Serl. Si bien recordaba, se llamaba Norgana. Avanzando ante la elfocana, los dos Xalyas portaban dos largas varas sobre las cuales venía fijada una ancha tabla con varios canastos vacíos atados a ella. Makarva se desvió hacia Dashvara, estirando enérgicamente su carga con Tawrrus detrás. Sonreía de oreja a oreja.

—Nos vamos de compras —anunció. La idea, por lo visto, parecía hacerle sumamente gracia—. Dafys tiene toda una lista de artículos. No sé qué significan ni la mitad de todas esas palabras, pero parece como si Atasiag estuviese preparando un banquete.

Wassag sonrió.

—Digamos que no sólo parece. Hoy estamos a Sursyn. Es el último día de la semana. Siempre se celebran fiestas la última noche de cada semana. Y esta vez le toca a Su Eminencia recibir.

Dashvara arqueó una ceja e intercambió una mirada curiosa con Makarva.

—Son sus costumbres —sonrió el capitán, con tolerancia burlona—. Nosotros, en Xalya, hacíamos fiestas cuando florecían las flores en los jardines del torreón.

—Y cuando clavábamos en picas las cabezas de nuestros enemigos —apuntó Dashvara con desenfado—. Luego mi madre recogía los cráneos.

Sonrió ante las expresiones horrorizadas de Wassag y de Norgana. Dafys frunció la nariz y zanjó la conversación azuzando a su tropa:

—Venga, moveos. No tenemos todo el día.

Dashvara deseó a Taw y a Makarva un buen paseo por el gran mercado y, al notar que Wassag seguía estudiándolo con la mirada, le dedicó una mueca interrogante. El Lobo tragó saliva.

—¿Es cierto eso que has dicho?

—¿Lo de las cabezas? Absolutamente —confirmó Dashvara.

Sashava y el capitán reprimían a medias unas sonrisas burlonas. Dashvara sonrió anchamente. Ave Eterna, no somos más que unos malditos salvajes. Nos reímos de un hombre al que le asusta la violencia, como si no nos horripilase a nosotros también. Pensándolo bien, Dash, el maldito salvaje eres tú. ¿Quién ha sacado el tema de los cráneos para amedrentar al federado, eh?

Miflin puso los ojos en blanco.

—No somos tan bárbaros como crees, Wassag —aseguró el Poeta con voz de sabio—. Durante veinte años hemos sido el único clan heredero de los Antiguos Reyes en subsistir. Nuestros vecinos esperaban con ansia el día en que nos aniquilarían por completo. En esas circunstancias, nuestra mejor arma era el horror que podíamos causar en nuestros enemigos.

—Fue eficaz durante un tiempo —cercioró Sedrios con los ojos perdidos en la lejanía.

Arvara meneó la cabeza sombríamente.

—Pero, al final, no sirvió de nada.

—No, no sirvió de nada —murmuró Atok.

Sashava y el capitán ya no sonreían. Turbado, Wassag abrió la boca y Dashvara le dedicó una discreta mueca para hacerle entender que era mejor no hacer preguntas. En tres años, los Xalyas habían tenido tiempo para superar el trauma de la caída del Torreón, pero una cosa era superar y otra, olvidar. Como había dicho una vez Lumon, en Compasión, en uno de sus inhabituales estados melancólicos: “Hemos salido con vida, pero ya no seguimos viviendo. No del todo.”

Súbitamente, la puerta de los dormitorios Xalyas se abrió y salió Tsu al patio. Enseguida, el pasado voló lejos de la conciencia de Dashvara.

—¿Cómo va Zif? —inquirió el capitán.

El drow se encogió de hombros.

—Le he dado belsadia y ahora está durmiendo como un bodún perezoso.

Dashvara sonrió. Era más bien poco común oír a un drow emplear expresiones de la estepa; por no decir único.

—Dejadme adivinarlo —añadió Tsu, sentándose—. Esperáis a la Hora de la Constancia, ¿verdad? ¿Dónde están los demás?

—En los muelles, con Yorlen —contestó Dashvara—. Por lo visto, hoy tocaba un gran despliegue. —Lo observó con curiosidad: el drow parecía nervioso—. ¿No vas a desayunar nada?

Tsu se encogió de hombros sin responder pero, al cabo de unos segundos, se levantó y fue a buscarse una tostada a la cocina. Estaba regresando cuando sonó el ruido ligero de una pequeña campana en la entrada. Seguramente la agitó Leoshu: el viejo belarco siempre guardaba el portal.

Dashvara no tardó en ver aparecer en el patio a un humano con peluca y túnica blanca inmaculada. Le tomó unos segundos darse cuenta de que lo conocía: no era otro que el Licenciado Nitakrios. Al lado opuesto, la puerta principal se abrió y salió Atasiag Peykat, solo, también con peluca, y llevando un bastón de mando negro bajo el brazo.

Dashvara presenció entonces el ritual más extraño que había visto en su vida. Primero, el invitado cruzó el patio, inclinó la cabeza respetuosamente y le dio los buenos días a Atasiag en lengua diumciliana llamándolo eminencia y soltando fórmulas enrevesadas a las que este contestó con la misma verbosidad. Al cabo, el Licenciado paseó una mirada nerviosa por el patio antes de murmurar algo en voz baja. Atasiag sonrió.

—Fue un placer poder ayudarte, Nitakrios. Sólo espero que a partir de ahora serás más precavido con tus cuentas. Oh, ahí viene Dafosag —añadió.

En los minutos siguientes, fueron llegando más ciudadanos, en total media docena. Todos siguieron el mismo procedimiento y se pusieron a charlar, prestando una solícita atención a las palabras de Atasiag Peykat cada vez que este hablaba. Iban a dirigirse hacia el salón cuando uno soltó:

—Eminencia, de camino aquí me he cruzado con los Condenados que os trajeron. Podéis creerme que, nada más verlos, he pensado: Su Eminencia no podría haber elegido mejor. Tienen muy buen aspecto.

El rostro de Atasiag se iluminó con una sonrisa.

—Sí, mandé a un hombre de confianza a Rayorah para que se asegurara personalmente de que estaban todos sanos. —Realizó un ademán hacia los Xalyas, pidiéndoles que se acercaran. Expectante, Dashvara se levantó con los demás, se aproximó y, en cuanto Atasiag alzó una mano para detenerlos, se paró dócilmente. El brillo de aprobación en sus ojos le oprimió el corazón como un martillazo.

—¡Hay uno que está cojo! —exclamó uno de los ciudadanos, el que se llamaba Dafosag; se tapó la boca, como arrepintiéndose de haber hablado tan impulsivamente. Mientras el rostro de Sashava se endurecía, Atasiag asintió con calma.

—Sí, según me han contado, le aplastó la pierna un brizzia.

Dashvara frunció el ceño durante medio segundo. Sólo había una forma para que Atasiag se hubiese enterado de aquel detalle: que hubiese interrogado a los guardianes o bien a su antiguo espía, el tío Serl.

—La ventaja —retomó Atasiag— es que sabe leer y escribir. No iba a dejarlo atrás. Todos vienen de un mismo pueblo y hubiera sido cruel separarlos —razonó con el tono de quien se sabe inmensamente generoso.

—Esa es una actitud digna de un Bendecido, Eminencia —se inclinó el ciudadano que había hablado.

Otro señaló a Arvara el Gigante con entusiasmo.

—¡Algunos entrenadores de la Arena se matarían para tener a este!

Atasiag sonrió mirando al gran Xalya. Uno de sus seguidores se atrevió incluso a extender el brazo para palpar los músculos de Arvara y, pillado por sorpresa, el Gigante no reaccionó. Con voz aprobadora, el titiaka comentó:

—Sólo les falta un poco de peso. En cuanto engorden un poco, seréis la envidia de todo el Consejo, Eminencia —exageró.

—¡Son adorables! —gorjeó un hobbit con una inmensa sonrisa.

—Cuando sea rico, me compraré un Condenado de la Frontera —agregó un humano pecoso y sonriente.

Se detuvo ante Dashvara y le palmeó el hombro como si estuviese acariciando el flanco de un caballo. Dashvara no salía de su asombro. Con el rabillo del ojo, miró a Atasiag; Su Eminencia acogía la lluvia de aplausos con una fina sonrisa satisfecha. Mmpf. Menuda panda de idiotas te has encontrado, serpiente…

Se armó de paciencia. Al menos nadie se acercó ni al capitán ni a Sashava; de lo contrario, a saber cómo hubieran reaccionado esos dos.

—Venid, entremos —soltó entonces Atasiag—. Saldremos dentro de un rato. Hoy tengo negocios en el Homenaje. Me llevaré a dos Xalyas para hacer buena impresión. El Legítimo Korfú expresó su deseo de verlos.

—Llevaos al grande, Eminencia —sugirió el que tanto se había entusiasmado con Arvara.

Atasiag vaciló con una sonrisa burlona.

—No quisiera que se asustara la gente, Dafosag.

Varios rieron y luego le suplicaron que se llevase a Arvara. Finalmente, Atasiag cedió como cede un reyezuelo ante los caprichos de unos niños.

Patético.

Cuando se hubieron metido en el salón, a recuperar seguramente ese famoso medio denario que tantas adulaciones costaba, Dashvara volvió a sentarse con los demás en el bordecillo del patio. Un movimiento en el balcón del segundo piso atrajo de pronto su atención y, tras escudriñar las celosías, tuvo la certeza de que Fayrah y Lessi habían estado espiando la escena. Sacudió la cabeza varias veces y, al cabo, dejó escapar una risita sarcástica.

—Yo alucino. ¿A quién le puede gustar hacer ese teatro todos los días?

—Rodéate de tontos y te convertirás en uno —masculló Sashava.

—Bah, son sus costumbres —relativizó el capitán de nuevo.

—Sí, y se esclavizan a sí mismos con ellas —meditó Sedrios el Viejo.

Miflin oró:

—Oh, potente eminencia, comediante en la vida y sin vergüenza.

Dashvara y Arvara sonrieron y alzaron la vista, extrañados, cuando Wassag se levantó de golpe. El Lobo tenía cara enojada.

—¡Ya está bien! —protestó—. No permitiré que os burléis de Su Eminencia. ¿Es que vosotros los Xalyas no sabéis respetar nada? —Resopló con indignación ante sus miradas perplejas—. Estaría bien que aprendieseis a no enfrentaros a quien os da de comer y os aloja. Atasiag es un buen hombre.

Hablaba en serio. Tras un silencio sorprendido, Dashvara meneó la cabeza.

—Wassag. Tu Eminencia me obligó a darle cuarenta azotes a un hermano mío que no los merecía. Tan buen hombre no puede ser.

El Lobo entrecerró los ojos.

—Ese hermano tuyo intentó raptar al hijo de un ciudadano —replicó—. Los Shyurd hubieran tenido buenas razones de matarlo en el acto. Suerte que los Shyurd sean amigos de Atasiag Peykat.

Dashvara levantó los ojos al cielo.

—Morzif no intentó raptar a nadie, federado. Simplemente quiso recuperar a su hijo.

Wassag sacudió la cabeza como si acabase de pensar que hablaba con un retrasado.

—Es el hijo de un ciudadano —repitió, testarudo—. Y aunque tu hermano no estuviese loco y realmente hubiese visto a su hijo, no cambiaría nada al hecho. Los trabajadores no tenemos derechos ni sobre nuestras vidas ni sobre la vida de nuestros hijos. —Suspiró y retomó con más suavidad—: Entiendo que aún no estéis acostumbrados a esto. Entiendo que, para vosotros, aceptar perder algo que siempre habéis tenido es duro. Pero creedme, de todos los amos que he tenido, Atasiag Peykat es el más permisivo y generoso de todos. Llevo ocho años sirviéndolo y sólo recibí azotes una vez, y merecidamente: intenté fugarme hace seis años. Hubiera podido matarme, pero no lo hizo. Hace cuatro años, su compañía mercante quebró. Los comerciantes asociados vendieron a casi todos sus esclavos. Atasiag no vendió ni uno. En su lugar, redujo su propio consumo, vendió su casa y sus tierras y nos alquiló a los Yordark con la promesa de que volvería a retomarnos. Luego se marchó en su barco a recuperar lo perdido y, cuando regresó, cumplió con su promesa. Creedme —persistió, mirando a los nueve Xalyas—, Su Eminencia no merece vuestro desprecio, sino vuestro más profundo respeto.

Dashvara quedó impresionado ante la vehemente apología de Wassag, aunque no pudo dejar de sentir cierta repugnancia por su papel de perro fiel. ¿Cómo podía sentir lealtad hacia un amo simplemente porque este no lo había matado? ¿porque, en vez de venderlo, sólo lo había «alquilado»? Los argumentos del guardián superaban su comprensión.

El capitán tosió delicadamente.

—Está bien, Wassag. No volveremos a bromear sobre Su Eminencia en tu presencia. ¿Satisfecho?

Wassag vaciló pero acabó por asentir. Antes de volver a sentarse se limitó a añadir:

—Su Eminencia os sacó de la muerte y os adoptó. Ahora somos una familia. Y él es el padre de todos nosotros. Así funcionan las cosas.

Nadie le contestó. Dashvara miró a Tsu de reojo: el drow tenía la expresión más cerrada que nunca. En su rostro oscuro y áspero, sólo un destello amargo en sus ojos traicionaba sus pensamientos. Te sorprende la devoción de Wassag, ¿verdad, Tsu? Al fin y al cabo, tú odiaste a todos tus amos. Ciertamente, tampoco tuviste mucha suerte con estos. Dashvara cruzó su mirada y, molesto, apartó la suya hacia la puerta principal. Pasaron varios minutos antes de que reaparecieran Atasiag y sus seguidores. A petición del hobbit, además de a Arvara, quisieron llevarse a Miflin. Cuando lo llamaron, el Poeta se levantó a regañadientes.

—Que el Liadirlá me dé fuerzas para soportarlos a todos —murmuró en oy'vat.

El hobbit frunció el ceño y, con educado interés, el humano pecoso le preguntó a Atasiag:

—¿Qué ha dicho?

Atasiag meneó la cabeza.

—Es su idioma nativo. Responde a la pregunta, soldado.

Miflin palideció, maldiciéndose sin duda interiormente por haber abierto la boca. Le soltó una ojeada rápida al capitán antes de contestar en un diumciliano vacilante:

—Sólo se trataba de una oración de mi pueblo. —Un poco tarde, añadió un—: Eminencia.

—¿Una oración de tu pueblo? —repitió el hobbit, interesado—. ¿De modo que aún son paganos, Eminencia?

Dashvara percibió un destello impaciente en los ojos de Atasiag.

—Desgraciadamente, es posible que sigan siéndolo —admitió la serpiente—. Aún queda educarlos e integrarlos. No se hacen milagros con los trabajadores, amigos. Cada cosa a su tiempo. Y ahora avancemos o no llegaremos nunca.

—¡Oh! —exclamó el hobbit—. Por supuesto, por supuesto. Tendréis que perdonarme, Eminencia, pero soy un aficionado a las creencias bárbaras.

—Wassag —soltó Atasiag mientras reanudaba la marcha. Hizo un leve movimiento con su bastón hacia los ocho Xalyas restantes—. Dales algo que hacer. No quiero verlos holgazanear. Esa es una costumbre que se coge y no se quita.

En cuanto desaparecieron Atasiag y su escolta, Dashvara se giró hacia el balcón del segundo piso. Todo estaba inmóvil, pero hubiera jurado que detrás de aquellas celosías su hermana los estaba espiando. ¿Por qué no bajaba ahora que se había marchado Atasiag? ¿Por qué no subes tú?, se autoreplicó.

—¿Dash? —soltó Atok, extrañado.

Sólo entonces, Dashvara se dio cuenta de que se había levantado y había dado unos pasos hacia la puerta principal. Cruzó la mirada fruncida de Wassag y se detuvo con un suspiro.

—Bueno, Wassag —gruñó el capitán, levantándose—. Dinos lo que tenemos que hacer.