Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

22 Castigos

“La falta es imperdonable y merece ser castigada con la muerte,” había dicho el contramaestre de Atasiag.

Dashvara se tensó como la cuerda de un arco y sus pensamientos empezaron a girar frenéticamente. Si ese loco sentenciaba a muerte a Morzif, tenía la extrema seguridad de que más de uno no iba a poder permanecer en su sitio, incluido él. Evaluó las posibilidades. Los dos hombres de Shyurd iban armados con espadas; Wassag y Dafys tenían unas varas y el contramaestre, un perro enorme. Eran seis contra veintitrés Xalyas cuyas únicas armas eran sus puños… y dos muletas de madera. Claro que podemos con ellos, Dash, pero ¿y luego qué? Morirás, y tus hermanos morirán contigo. Los federados te aplastarán como a una hormiga antes de que hayas dado diez pasos.

Con el rabillo del ojo, vio a Zorvun estirarle de la manga a Sashava y murmurarle algo al oído. Los ojos de ambos brillaban de ira contenida.

—El orden —retomó entonces Loxarios Ardel, tras un leve sondeo— es un principio esencial en esta casa. La indisciplina grave es una traición y se castiga con la muerte.

Se cruzó de brazos.

—La lealtad es fundamental en esta casa. La insubordinación grave se castiga con la muerte.

Paseó otra vez la mirada sobre todos ellos antes de alzarla más allá, hacia los hombres de Shyurd.

—Sin embargo, Adifag Shyurd me ha pedido que me muestre compasivo por esta vez. Siendo él el agraviado, su solicitud merece la consideración de Atasiag Peykat y este ha decidido mutar la pena por cuarenta azotes. ¡Wassag! —tonó.

El guardián se estremeció como si lo hubiesen golpeado.

—¿Sí, señor?

—Trae el látigo.

Dashvara percibió claramente los suspiros de alivio de los Xalyas, aunque varios de ellos tan sólo hubieran necesitado un pequeño incentivo para abalanzarse hacia el contramaestre y estrangularlo. Cuarenta azotes de golpe eran una barbaridad.

El contramaestre Lox se mantuvo erguido, mirando a los Xalyas como quien observa un arribaje de mercancía de dudosa calidad. Tiene la piel maquillada como la de una mujer diumciliana, siseó Dashvara. Cuando cruzó su mirada esmeralda, la sostuvo, deseando hacerle entender por su actitud hasta qué punto apreciaba su persona. Loxarios permaneció totalmente impasible, pero su moloso negro gruñó por lo bajo.

Cuando Wassag llegó con el látigo estaba más pálido que una vela blanca. Lox, sin descruzar los brazos, realizó un movimiento de cabeza.

—Encárgate, Wassag.

El guardián desplegó el látigo con manos temblorosas. Un sentimiento mezcla de temor, enojo y frustración se apoderó de Dashvara. Ese federado iba a fustigar a un hombre xalya, ¿y él iba a aceptarlo tan campante?

Que me entierren, bufó.

Antes incluso de entender lo que estaba haciendo, se levantó bruscamente y pronunció en voz alta:

—Como señor de los Xalyas, reclamo el derecho a aplicar yo mismo el castigo a ese hombre. Señor —añadió, esperando que un deje de sumisión pudiese reparar un poco su impulso.

Tan sólo un leve movimiento de cejas lo informó de que Loxarios había oído y escuchado sus palabras. Tras unos segundos de tenso silencio, Wassag siseó, nervioso.

—Siéntate, Dashvara de Xalya.

Dashvara no se sentó ni desvió la mirada del contramaestre. Lentamente, este asintió con la cabeza.

—Interesante propuesta. ¿Wassag? Dale el látigo y cuenta los golpes. Y luego, dale cinco azotes por su insolencia. En esta casa, soldado, el único señor es Su Eminencia. Tú no eres más que un sirviente.

Dashvara tragó saliva, sorprendido, no tanto por lo de los cinco azotes, sino porque el contramaestre le había concedido su deseo.

¿Satisfecho?, ironizó mientras Wassag le daba el látigo. Sabía en un rincón de su mente que estaba haciendo lo correcto: si alguien tenía que aplicar la justicia entre los Xalyas, ese debía ser otro Xalya, como siempre había sido, y no un extranjero; aun así, pese a todo, le dolía tener que castigar a un hombre cuyo único delito había sido creer reconocer a su hijo e intentar llevárselo.

Pero Morzif sabía que, por el bien de sus hermanos, no debía actuar alocadamente, razonó Dashvara. Pensándolo bien, cuanto antes los Xalyas entiendan que Atasiag no va a tratarnos mejor que a unos esclavos, menos problemas tendremos. Esa serpiente no dudará en castigarnos como considere necesario si cree que ponemos en peligro sus intereses.

Evidentemente, Dashvara hubiera preferido soltarle un sermón a darle cuarenta azotes. Suspirando interiormente, giró la cabeza hacia el capitán y este le devolvió un imperceptible movimiento de aprobación. ¿Delegando otra vez el trabajo sucio, capitán?

Con cara mustia, avanzó unos pasos y se acercó a Morzif. El Xalya tenía los dientes apretados y los ojos rojos por haber llorado.

—Lo siento, mi señor —balbuceó el Herrero—. Perdí la cabeza.

Dashvara no necesitó que le explicase por qué lo sentía: todos eran conscientes de que su pequeña escapada había dejado a los Xalyas en vilo. Le palmeó el hombro.

—¿Vas a ser valiente, hermano? —le soltó en común.

Morzif lo miró de reojo y, entonces, le sonrió y sus ojos centellearon de vida.

—Por el Ave Eterna, lo seré —prometió.

—Trata de no desmayarte —añadió Dashvara con voz temblorosa. Carraspeó y dio un paso hacia atrás.

Agitó el látigo. Era más ligero que el que había utilizado contra los bandidos, en la estepa, pero la cola no era menos rígida. Sin ni siquiera echar un vistazo hacia el contramaestre, que se había reunido con los hombres de Shyurd, levantó su látigo, lo probó una, dos veces contra el suelo y, finalmente, clamó en oy'vat:

—¡Hermanos! No dejemos que estos perros alteren nuestra Ave Eterna. Ahora, la supervivencia es nuestra prioridad, pero os juro que haré todo lo posible por salvar nuestro orgullo, además de nuestra vida. —Inspiró hondo y se preparó para dar el primer latigazo—. Confiad en que al menos lo intentaré.

El chasquido resonó contra la piel a descubierto de Morzif sin arrancarle a este ningún grito. Dashvara fue contando los azotes, dándole al Xalya respiros de varios segundos entre golpe y golpe. Pocas veces se había sentido tan enojado y tuvo cuidado con no levantar los ojos hacia el contramaestre; de lo contrario, probablemente la mano del látigo se le hubiera desviado por inadvertencia.

El cielo se oscureció y volvió a despejarse. Dashvara jadeaba y Morzif apoyaba la cabeza contra la columna, luchando por permanecer consciente.

Veinticuatro.

Siguió sin descanso, procurando no dar demasiadas veces golpes en el mismo sitio, aunque eso empezaba a ser relativamente imposible: la espalda de Zif estaba ya ensangrentada por completo y era difícil adivinar dónde podía fustigar de manera que no causase demasiados daños. Tsu iba a tener trabajo para reparar todo aquel estropicio. Dashvara dio otro latigazo, parpadeó y miró de nuevo a Morzif. Su corazón le dio un vuelco.

—Ave Eterna, ¿qué estoy haciendo? —murmuró. Sus palabras se perdieron, ahogadas en su garganta.

Estaba por el número treinta y uno cuando se oyeron cascos de caballo y crujidos de rueda. Aturdido, Dashvara giró la cabeza para ver entrar en el patio una carroza con un círculo azul dibujado en una de las portezuelas. Sólo entonces constató que los hombres de Shyurd y el contramaestre ya se habían marchado. Al menos no eran tan sádicos como para quedarse a mirar, se alegró. Iba a seguir con su cometido cuando vio a Atasiag salir de la casa, seguido de Loxarios. La serpiente se dirigió directamente hacia la carroza, donde el viejo Leoshu ayudaba ya a apearse a una hermosa y joven diumciliana acicalada en el vestido más complejo que Dashvara había visto en su vida. Sintió un inmediato desprecio por aquella exhibición de riqueza y, con frialdad, le dio la espalda.

Acabemos con esto.

Levantó el látigo. Hubo un repentino grito horrorizado y Dashvara se detuvo en seco.

—¡Mis queridas hijas! —exclamó Atasiag—. Perdonad esta acogida tan poco apropiada. Ha habido ciertos problemas de disciplina, eso es todo. Vamos, entrad. Entrad las dos. No os esperaba hasta mañana. ¿Es que Lanamiag Korfú os ha echado de su casa de campo? —bromeó.

Saliendo paulatinamente de su estupor, Dashvara giró la cabeza y volvió a mirar a la joven. Había dos, ambas maquilladas y vestidas tan lujosamente como las hijas de un rey. Sin la menor duda supo que jamás las habría reconocido. Fayrah y Lessi se habían convertido en dos mujeres de una espléndida hermosura. Lo único que fue capaz de pensar fue: parecen gozar de buena salud.

Dashvara tragó saliva mientras Atasiag las cogía a cada una del brazo para guiarlas hacia dentro. Pese a cierta rigidez, las dos caminaban con la elegancia natural de unas damiselas acostumbradas a la vida mundana. Ninguna se volvió para mirarlos.

—Hey, tú —lanzó de pronto el contramaestre Loxarios—. Sigue con tu trabajo.

Dashvara desvió la mirada de su hermana casi con alivio: no sabía muy bien cómo interpretar el destello de miedo que había creído reconocer en sus ojos. ¿Acaso la había asustado el estado de Morzif? Podía ser: que él supiera, Fayrah jamás había asistido en el Torreón de Xalya a las correcciones contra los delitos graves. Dashvara gruñó interiormente. Nunca hubiera imaginado encontrarse con Fayrah en unas circunstancias tan fastidiosas. Mientras Atasiag desaparecía con sus hijas, volvió a levantar el látigo y golpeó inconscientemente con más fuerza. Morzif dejó escapar un gemido estrangulado.

Ave Eterna… ¿eres idiota, Dash? Sólo falta ahora que te desfogues con tus hermanos.

Inspiró y murmuró:

—Treinta y dos.

Al menos, ahora tenía la seguridad de que Fayrah y Lessi estaban bien. Treinta y tres. No podía negar que Atasiag parecía estar cuidándolas como lo merecían. Treinta y cuatro. Aunque, por otro lado, temía que durante aquellos tres años Fayrah hubiese cambiado. ¿Y si luciese tantos afeites por puro placer? Tal exhibición de lujo lo repugnaba. Para él, las hijas de Atasiag eran la viva imagen de la sangrienta y profunda zanja que separaba las clases sociales en la Federación.

Iba ya por el número treinta y ocho. Ánimo, Morzif. Dos más y te dejo en paz. Dos más y luego me toca a mí. Una voz vengativa en su mente añadió: Y algún día, te tocará a ti, Atasiag Peykat. Por más que tu crueldad sea justificada, te tocará a ti.

Dio otro latigazo, claramente menos fuerte que el anterior, pero el amable Wassag no hizo ningún comentario. Dashvara dio el último golpe y dejó caer el látigo al suelo como quien suelta una serpiente. En medio de un silencio mortecino, resolló sin energía:

—En la vida me he sentido tan ridículo. Es decir —rectificó, girándose tambaleante hacia los Xalyas—: jamás me he sentido tan injusto.

Ninguno de sus hermanos contestó. Se apresuró a liberar a Morzif. El Herrero seguía consciente, pero sólo de milagro.

—Arvara, Maef: ayudadme a transportarlo adentro —soltó Dashvara—. Wassag, dale a Tsu lo que necesite para reparar todo esto.

Arvara y Maef se levantaron rápidamente para ayudarlo y paso a paso avanzaron hasta que depositaron a Morzif en los dormitorios.

—¿Cómo estás, Herrero? —preguntó Maef con voz ronca.

Morzif temblaba y su espalda seguía sangrando abundantemente.

—Era mi hijo —se limitó a murmurar—. Era mi hijo.

Dashvara se arrodilló junto al Xalya con pesadez.

—Yo también lo siento, Morzif —susurró en oy'vat—. Pero no puedes salvar a tu hijo sacándolo de una casa de federados a la fuerza. Si realmente era él…

—Era él —afirmó Morzif débilmente.

Dashvara asintió con tristeza.

—Entonces, te ayudaré a sacarlo de ahí, Morzif. Pero no ahora. Antes tenemos que ganarnos la libertad.

Morzif abrió unos ojos brillantes de lucidez.

—La libertad no se gana, mi señor: se toma.

Dashvara casi creyó oír a Maloven darle una lección moral. Se sintió conmovido.

—Tienes razón. —Se enderezó—. Tienes toda la razón. Pero, antes de tomarla, hay que asegurarse de que ni tú ni ninguno de nuestros hermanos morirá tomándola.

Maef resopló por la nariz.

—De no ser por los Shyurd, habrían intentado matar a Morzif. ¿Qué habrías hecho tú entonces, señor de los Xalyas?

Dashvara cruzó su mirada amarga, ignoró la duda que brillaba en sus ojos y meneó la cabeza.

—Probablemente habría mandado el Contrato a sobrevolar océanos y le habría rebanado el cuello al tal Loxarios.

Maef enarcó una ceja, escudriñándolo.

—¿Probablemente?

Una sonrisa salvaje estiró los labios de Dashvara.

—Verás, habría dudado entre eso y rebanársela a Atasiag.

Maef le correspondió con la misma sonrisa animal: no había nada como unas respuestas bien tajantes para ganarse la estima de aquel Xalya. La sonrisa de Dashvara adquirió un pliegue más humano.

—Asunto zanjado —concluyó—. Ahora más nos vale no meternos en casas ajenas, ¿eh, Herrero?

Llegó Tsu con todo el neceser médico y, mientras el drow se atareaba con la expresión impertérrita que adoptaba en esas circunstancias, Dashvara vio a Wassag pasarse la mano por la frente varias veces. Se le acercó.

—¿Estás bien, Wassag?

El diumciliano resopló, alterado, y desvió al fin la mirada de la espalda de Morzif.

—Digamos que no había asistido a estos castigos desde hace mucho tiempo —explicó en un murmullo.

Dashvara lo miró elocuente.

—Se supone que vas a tener que hacer algo más que asistir. Me debes cinco azotes, ¿recuerdas? He sido insolente —le recordó con una sonrisa divertida.

Wassag lo miró como si se hubiese vuelto loco.

—Parece como si deseases recibir tu castigo —observó.

Dashvara puso los ojos en blanco.

—Sueño todas las noches con que me azoten por insolencia. Es recreativo. Vamos, Wassag —retomó con más seriedad al ver que el guardián pillaba la ironía sólo a medias—. Te aseguro que si pudiese evitarlo por medios razonables, lo evitaría. Pero sólo son cinco latigazos. En unos minutos habrás acabado.

Un destello extraño pasó por los ojos de Wassag.

—Entonces, alégrate —dijo—: el contramaestre me ha ordenado que anule tu castigo. Órdenes de Su Eminencia.

Dashvara no supo cómo reaccionar a eso. Abrió la boca, la cerró, soltó un resoplido y salió de los dormitorios para ir a cenar con los demás. Aquella cena fue mucho menos alegre que la anterior, y también mucho más breve: después de haberse despedido del tío Serl, regresaron a los dormitorios, ansiosos por saber qué tal iba Morzif. Encontraron a Tsu vendando las heridas.

—Le quedarán cicatrices —informó ante una confusa lluvia de preguntas—. Pero se pondrá bien.

El ambiente mejoró considerablemente. De todas formas, los antiguos Compasivos estaban demasiado habituados a las malas pasadas como para permanecer mucho tiempo dándole vueltas a oscuros pensamientos. Enseñando los dientes, Orafe el Gruñón puntualizó:

—El Herrero era el único en no tener prácticamente cicatrices. Ahora se sentirá menos solo.

Varios le echaron miradas dubitativas pero no se comentó nada más sobre el tema. El capitán Zorvun se limitó a añadir:

—De ahora en adelante, sabemos con quién estamos tratando, muchachos. Hagámonos a la idea de que Atasiag Peykat es un simple esclavista que actúa como tal.

—Pues yo casi prefería Compasión —masculló Sashava, mientras abandonaba sus muletas para sentarse en su jergón.

A su vez, Dashvara se sentó junto a Morzif y siguió unos segundos el trabajo de Tsu con interés. Bastaba ver la eficacia con que trabajaba para saber que no era la primera vez que el drow trataba heridas provocadas por el látigo. Entonces, posó junto a él el bol de sopa que había rellenado en la cocina.

—Aún no has cenado, Tsu. Te he traído esto.

El drow agitó la cabeza.

—Ya casi he terminado.

Dashvara frunció el ceño al reconocer una de las bolsas que el drow había posado junto al herido. Era el pequeño saco de belsadia que le había dado el médico de Akres, tres días atrás. Por lo visto, Tsu no había tirado las hojas y le había dado una a Morzif; así que el rostro de este parecía relativamente plácido pese a su estado.

Con un suspiro, Dashvara se recostó contra el muro y, de golpe, se sintió extenuado. Durante largo rato permaneció totalmente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Absurdamente, en un momento se sorprendió pensando en la tranquila vida de los Shalussis del pueblo de Nanda. En la tranquila vida de la estepa. En las manadas de ilawatelkos que cruzaban libremente la estepa de sur a norte y de norte a sur, recorriendo horizontes. Luego, sus pensamientos se arremolinaron caóticamente, recordando al azar lecciones de los antiguos sabios, recordando todo aquello por lo que habían luchado los señores de la estepa y sus súbditos. Dignidad, confianza y fraternidad, ese era el lema de los verdaderos clanes de la estepa. En aquel instante, los preceptos del Ave Eterna cobraban para él más sentido que nunca.

Fue Tahisrán quien lo sacó de su nostálgico aturdimiento.

“¿Dash? ¿En qué piensas?”

Dashvara se apercibió de que la sombra se había sentado junto a él. Paseó una mirada a su alrededor. Tsu no estaba visible por ningún sitio, Makarva y los Trillizos jugaban a las katutas con más calma de la acostumbrada y Zorvun hacía conjeturas con otros sobre el papel que desempeñaban Lessi y Fayrah en los proyectos de Atasiag Peykat y en la Hermandad de la Perla.

—¿En qué pienso? —repitió Dashvara un poco tardíamente. Se encogió de hombros—. No lo sé, Tah. Me temo que hoy mi Ave Eterna está demasiado cansada para pensar.

Tahisrán se balanceó suavemente.

“Creo que te entiendo”, admitió.

Dashvara alzó una ceja.

—¿De veras? ¿Alguna vez azotaste a un hermano injustamente, Tah?

La sombra no contestó. Obviamente, no lo había hecho. Dashvara dejó escapar un suspiro.

—¿Sabes lo que más temo, Tahisrán? —susurró—. Recibir un golpe de esos que no te dejan levantarte de nuevo. Ver las Aves Eternas de mis hermanos derrotadas y no poder hacer nada para salvarlas. —Esbozó una sonrisa sardónica—. Y tengo miedo de mí mismo, Tah. Pienso en mis principios y me pregunto si soy capaz de respetarlos y, al mismo tiempo, temo que algunos de estos principios sean erróneos y me lleven a cometer locuras por pura terquedad. —Vaciló—. Te estás perdiendo, ¿verdad?

Tahisrán sonrió mentalmente.

“Un poco”, confesó. “¿A qué principios te refieres?”

Dashvara inspiró.

—A algunos básicos, eso es lo peor. Me pregunto hasta qué punto uno puede renunciar a su honor para conservar la vida. Sé que, al contrario que el señor Vifkan, renunciaría a todo por salvar la vida de uno de mis hermanos. Pero no sé hasta qué punto puede o debe un señor de los Xalyas renunciar a su dignidad para salvar su propia vida. Y, sin embargo, mi arrogancia me pide salvarla para el bien de mis hermanos. Como si yo pudiese salvarlos mejor de lo que podrían hacerlo ellos. Ja. A veces soy más engreído que el señor mi padre. —Sonrió—. Ya ves, parece como si esos cuarenta latigazos me hubiesen embrollado la cabeza. Me hago preguntas estúpidas en vez de tomar decisiones. Debería ir a ver a Atasiag y exigirle que me explique cuáles son sus verdaderas intenciones. Lucha contra la esclavitud, se supone. ¿Qué clase de persona puede luchar contra la esclavitud y tener esclavos? Es un comportamiento absurdo. Sí —afirmó en un susurro—. Debería ir a pedirle explicaciones ahora mismo. Estoy dispuesto a suplicárselas. Y le pediré que, si sucede algo parecido a lo de hoy, que me castigue a mí y sólo a mí por no haber sabido mantener a mis hombres en su sitio.

Sin esperar la respuesta de Tahisrán, se levantó y se dirigió hacia la puerta con decisión.

—¿Adónde vas, Dash? —se extrañó Makarva.

—A ponerle las cosas claras a la serpiente —replicó Dashvara, en el umbral.

Salió antes de que nadie pudiera contestarle. El cielo ya estaba oscurecido y se habían encendido luces en la entrada principal de la casa. Afuera, avistó a Lumon y a Tsu murmurando por lo bajo.

—¿Dash? —lo llamó el Arquero, apartándose del drow con las cejas arqueadas—. ¿Qué ocurre?

—Por el momento nada —aseguró Dashvara, sin detenerse.

Se dirigió hacia la puerta principal que llevaba al gran salón de Atasiag. Unos pocos pasos lo separaban de las columnas cuando, súbitamente, le cortó el paso una pequeña silueta encapuchada. Dashvara se paró en seco, sobresaltado. Ave Eterna, ¿y ese de dónde salía?

—Atrás, Xalya —pronunció una voz femenina—. Sólo puedes entrar aquí en caso de que te convoque Su Eminencia.

Dashvara miró la silueta de arriba abajo sin perder la calma.

—Ya veo. Por curiosidad, ¿cuántas personas trabajan para Atasiag Peykat? —inquirió.

La encapuchada permaneció en silencio.

—¿Eres una esclava? —Tampoco contestó. Dashvara volvió a escrutarla—. Eres una mujer, ¿verdad? ¿Podría ver tu rostro? Verás, resulta molesto hablar con una persona encapuchada. —Cerró la boca y la volvió a abrir—. Aunque hablar, lo que se dice hablar, es mucho decir. Tengo la impresión de estar haciendo un soliloquio delante de un muro.

El silencio de la encapuchada comenzó a exasperarlo.

—Oye, federada. No me suele pasar pero hoy estoy de un humor execrable. Quiero ver a Su Eminencia. Necesito hablarle de algo importante.

Oyó algo parecido a un jadeo de asombro.

—¿Pero quién te has creído? —lo espetó la silueta—. Eres un trabajador. No puedes pedirle a Su Eminencia que hable contigo. Date la vuelta y vuelve a tu dormitorio ahora mismo si quieres que olvide tus palabras.

Dashvara se estaba preguntando qué castigo le sería reservado si neutralizaba a esa guardiana y entraba en las habitaciones de Atasiag por la fuerza cuando la voz suave de Lumon resonó a sus espaldas.

—Haz lo que te dice, Dash. Atasiag ya te convocará algún día y, entonces, podrás decirle lo que quieres decirle pero, por ahora, volvamos a los dormitorios.

Dashvara soltó un bufido.

—Está bien. Dime, mujer, ¿siempre estás vigilando esa puerta?

—Háblame con más respeto, Xalya, y quizá te conteste —siseó la encapuchada.

Dashvara enarcó una ceja.

—Hablo con todo el respeto del que soy capaz dadas las circunstancias. Buenas noches.

Le dio la espalda y regresó con Tsu y Lumon hacia los dormitorios en silencio. Zamoy había asomado la cabeza para curiosear y Dashvara lo empujó fraternalmente hacia dentro.

—Eres más curioso que un gato, Calvo.

—Veo que le has puesto las cosas claras a nuestro amo —sonrió Zamoy con sorna.

Dashvara suspiró y dio varias vueltas por el dormitorio, ensimismado, antes de darse cuenta de que unos cuantos Xalyas observaban sus vaivenes con miradas divertidas. Se dejó caer al suelo y tamborileó contra las tablas de madera.

—Estás de malhumor, muchacho —observó Sashava.

Dashvara cruzó la mirada inquisitiva del viejo Xalya y confirmó:

—Estoy de malhumor.

—Pues vete a dormir —lo aconsejó sabiamente Maltagwa el Hortelano—. Hoy ha sido un día con demasiadas novedades. Creo que nos merecemos todos un buen descanso.

Dashvara asintió cansadamente y se arrastró hasta su jergón antes de pronunciar:

—Que el Ave Eterna vele sobre vuestros sueños, hermanos.

Fueron dándose las buenas noches en desorden, Atok apagó el candelabro y la habitación quedó a oscuras. Casi inmediatamente Zamoy estornudó violentamente y masculló algo sobre los catarros y su muerte próxima… Miflin y Kodarah le gruñeron por toda respuesta y Dashvara sonrió. Cerrando los ojos, casi podía creer que se encontraba de vuelta en el barracón de Compasión. Rodeados de hierba y marismas, sin amos al horizonte y libres casi de hacer lo que quisiesen… Antes incluso de que muriesen los últimos murmullos, Dashvara cayó dormido.

Despertó en plena noche creyendo emerger de alguna pesadilla, aunque no recordó al segundo siguiente de qué trataba su sueño. A decir verdad, tampoco intentó acordarse. Medio sonámbulo, se levantó para ir a comprobar el pulso de Morzif. Latía.

Ejem. Por supuesto que late, Dash, se burló con paciencia. Tsu lo ha curado y Morzif no es un niño endeble. Tiene más de cincuenta años y es un Xalya de los duros. Un robusto herrero que se ha pasado más de media vida dándole golpes al acero. Vuélvete a dormir, anda, y deja de preocuparte.

Iba a regresar a su jergón, pero algo lo llevó en dirección a la puerta y salió en silencio a la noche sin saber muy bien con qué propósito. Caminó por el empedrado del patio unos minutos, escudriñó las sombras de las columnas y luego los barrotes del portal. No había nadie, o al menos él no veía a nadie. Regresó a su recorrido en círculos, no como un lobo enjaulado, sino un poco como lo hacía Maloven cuando estaba absorto en profundas reflexiones. La diferencia era que Dashvara, al contrario que el shaard, no llegaba a ninguna conclusión determinante.

Ja-ja-ja, rió mentalmente con sarcasmo. ¿Quieres decir que Maloven llegaba a conclusiones determinantes? ¡Pero si ese viejo es el hombre más dubitativo que has conocido en tu vida!

El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban tenuemente, solitarias en su pozo sin fondo. La Luna era apenas visible y la Vela mostraba un tímido arco rojizo por el norte; tan sólo una media Gema alcanzaba a iluminar un poco la noche. Era relativamente reconfortante pensar que el cielo seguía siendo el mismo, estuviese en la Frontera, en Titiaka o en la estepa. Sólo unos cientos de millas lo separaban de su antiguo hogar. Su antiguo hogar derruido por los salvajes.

Diablos, Dash, hoy estás especialmente nostálgico. ¿No se supone que habías dado por perdida la estepa ya desde hace años?

Movido por un sentimiento indefinible, se sentó en medio del patio, junto a la fuente, y se tumbó para mirar las estrellas. Ahí, levemente más al norte, se situaba la constelación del Escorpión. Según Towder, el jefe de Dignidad, cuando la última estrella de la cola se alinease con las demás, el mundo tal y como lo conocían los saijits llegaría a su fin. Quién sabía si sería cierto o no: probablemente no podrían comprobarlo en vida, de todas formas. En cualquier caso, Towder creía incondicionalmente en los presagios del Libro Sagrado. Era hijo de una sacerdotisa de Cili y creía en las Once Gracias con la misma firmeza con la que los Xalyas defendían su Ave Eterna. Era curioso constatar cómo, para ciertas personas, la intensidad de una creencia se incrementaba proporcionalmente a las tribulaciones padecidas.

A veces, desearía tener mi Ave Eterna escrita como la tienen los diumcilianos en el Libro Sagrado, meditó Dashvara con las manos detrás de la cabeza. Sería más sencillo seguirla. Aunque, ciertamente, no estaría leyendo mi verdadera Ave Eterna, sino la de otra persona. Frunció el ceño, frustrado. Pero bueno, ¿a qué viene tanta vacilación? Antaño, en la estepa, no dudaba tanto y no recuerdo haber actuado erróneamente nunca. ¿Será que tanta Frontera me ha vuelto más indeciso?

Tardó un buen rato en oír el susurro de unos pasos acercarse. Cuando vio la silueta encapuchada aparecer en su campo de visión, no se movió.

—Llevas aquí más de media hora mirando a la nada —observó la encapuchada—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?

Parecía intrigada. Dashvara esbozó una sonrisa.

—Miro las estrellas —contestó con calma.

Hubo un silencio. La encapuchada se erguía a unos pasos a su derecha, rígida como un cuervo. No parecía dispuesta a hablar, pero tampoco se decidía a marcharse. Al menos había sido lo suficientemente curiosa para acercarse. Dashvara carraspeó.

—Siento haber sido algo brusco antes. No pretendía ofenderte. Me llamo Dashvara —se presentó.

Esperó pacientemente y su paciencia lo gratificó con una breve pero satisfactoria respuesta:

—Yo soy Yira.

Dashvara giró de nuevo la cabeza hacia la encapuchada, sorprendido del deje casi tímido que atisbó en su voz.

—Encantado —murmuró con tono franco.

Volvió a contemplar las estrellas creyendo que tal vez Yira fuese a decir algo al fin, pero esta tan sólo se quedó ahí, tan inmóvil como las columnas que rodeaban el patio. Finalmente, Dashvara decidió romper otra vez el silencio.

—En la estepa, algunos piensan que las estrellas son los ojos del Ave Eterna. —Marcó una pausa—. ¿Sabes lo que es el Ave Eterna, Yira?

Ella realizó un leve encogimiento de hombros y Dashvara continuó:

—Se trata de uno de los pilares de la filosofía de los Antiguos Sabios. Tiene más de dos mil años de antigüedad y nosotros, los Xalyas, la defendemos desde hace siglos. Verás, el Ave Eterna es lo que mantiene unida la conciencia con los actos. Mantiene su cohesión. La suma de las Aves Eternas de mis hermanos mantiene unido mi clan. Cada una se respeta, como se respetan las plumas de un mismo águila entre sí. El Ave Eterna xalya es nuestro Dahars. Es lo que nos orienta en nuestras acciones y nuestro pensamiento. Como diríais vosotros, los diumcilianos, es la brújula que nos enseña el rumbo correcto.

Para su sorpresa, Yira se agachó sobre el empedrado y se sentó de cuclillas a unos pasos escasos de distancia. Juntó sus manos enguantadas sobre las rodillas antes de susurrar:

—Pero una persona malvada puede mantener unida su conciencia con sus actos actuando mal. Según lo que explicas, esa persona también respeta su Ave Eterna, ¿verdad?

Dashvara enarcó una ceja. El Barrigón aparte, hacía tiempo que no hablaba del Ave Eterna con nadie más que con sus hermanos, y aun así, entre estos, pocos estaban dispuestos a grandes charlas sobre el tema. Por todos los demonios, Dash… ¿qué estás haciendo divagando sobre el Ave Eterna ante una federada desconocida? Sonrió, divertido. Debe de pensar que estás loco de atar… Pero qué importa. Inspiró y afirmó:

—Todas las personas tienen un Ave Eterna. Incluso los extranjeros. Un Xalya que por alguna razón fuera perverso y actuase mal sería coherente con su Ave Eterna, pero no con la de su clan. Por consiguiente, sería un paria y dejaría de ser un Xalya.

Yira arrancó una hierba que crecía entre las piedras antes de echar un vistazo hacia el cielo. Dashvara creyó divisar el brillo de sus ojos antes de que la encapuchada volviese a bajar la vista.

—Tú has azotado a uno de los tuyos y lo dejaste medio muerto.

Dashvara notó una leve vacilación en su voz, como si temiese enojarlo con su comentario y poner fin a la conversación. Observó las estrellas del Escorpión antes de responder con firmeza:

—Respeté su dignidad y la dignidad de los Xalyas. Y le ahorré a Wassag un mal rato. Aun así —añadió tras un silencio—, admito que Atasiag está consiguiendo hacer que se tambalee mi Ave Eterna como no se había tambaleado en tres años.

Cerró los ojos y se dedicó a escuchar los rumores nocturnos de Titiaka. La brisa se había levantado y se arremolinaba suavemente en el patio. Por alguna razón, no lograba sentirse tenso en compañía de aquella desconocida. Estaba medio dormido cuando Yira dijo de pronto:

—No soy una trabajadora.

Dashvara se sobresaltó ligeramente y abrió los ojos para constatar que la encapuchada no se había movido de sitio.

—Lo fui —retomó ella—, pero ya no lo soy. Su Eminencia me liberó hace dos años.

Dashvara frunció el ceño, descruzó y cruzó otra vez las piernas. El empedrado del patio no era especialmente cómodo.

—Así que fuiste esclava de Atasiag.

—Me recogió de niña.

—Oh —ironizó—. De modo que Su Eminencia tardó unos años en decidirse a liberarte.

—Mi libertad no me hubiera servido de nada —replicó la encapuchada sin alterarse—. Además, Su Eminencia me cuidó como un padre.

—Un padre, ¿eh? ¿Y por qué lo llamas eminencia, entonces? —Inmediatamente después, Dashvara pensó que, al fin y al cabo, a su padre ya lo llamaba muchas veces «mi señor» como los demás Xalyas. Retomó antes de que Yira contestase—: Pues si eres como una hija para él, deberías poder contestar a ciertas preguntas que tengo en mente. ¿A menos que lo tengas prohibido?

—Mm. Seré como su hija, pero no conozco todos los secretos de Su Eminencia. —Yira vaciló y suspiró—. ¿Qué quieres saber?

Dashvara se giró hacia ella, asombrado. Enseguida se animó.

—¿De verdad vas a hacerme caso? —soltó.

Se sentó y, por un segundo, temió que la encapuchada saliera volando como un pájaro, pero esta, pese a un leve movimiento de arredro, se quedó en su sitio. Bien.

—Primero, ¿están todas las personas de esta casa al corriente de quién es Atasiag Peykat de verdad?

Yira emitió algo que se parecía a una risa reprimida.

—Atasiag Peykat siempre fue Atasiag Peykat. Ten cuidado con tus preguntas, Xalya. Mi padre dice que una pregunta puede traicionar más que cualquier respuesta.

—Tu padre es muy sabio —replicó Dashvara—. Así que siempre ha sido un titiaka. ¿Y dónde está el resto de su familia?

Yira tardó unos segundos en responder.

—No lo sé con exactitud —admitió al fin—. Sé que tiene dos hijos en Agoskura. A menos que sean simples pupilos. Creo que uno es comerciante y el otro no lo sé muy bien. Nunca habla ni de su esposa ni de sus padres, pero es posible que sufriesen algún… alguna desgracia hace mucho tiempo. El tío Serl es el único en conocer su pasado. Trabajó para él como espía. Creo que se conocen de cuando eran niños. Pero yo nunca conseguí sonsacarle nada y te aconsejo que no lo intentes o mi padre se enojará. No le gusta que fisgoneen en su vida personal.

Dashvara acabó por soltar todo el aire que retenía en sus pulmones. ¿El sonriente y generoso elfocano, un espía? Interiormente, no pudo más que sentirse decepcionado. Luego, sacudió la cabeza.

—¿Por qué me cuentas todo eso?

Yira rió por lo bajo.

—¿Me pides que te conteste a preguntas y luego te extrañas de que te conteste? Bueno. —Se encogió de hombros—. ¿Por qué no debería contártelo? Al fin y al cabo, es un poco como si te conociera ya. Eres el hermano de una de mis mejores amigas.

Dashvara se quedó mirando la capucha negra, anonadado.

—¿Eres amiga de Fayrah?

—Ajá. Creo que soy la única con Atasiag en conocer vuestra relación, aunque oficialmente Fayrah y Lessi son reconocidas princesas de la estepa de Rócdinfer. Así que supongo que Wassag y los demás no tardarán en entender que venís del mismo clan.

Dashvara jadeó. Su mente zumbaba de preguntas.

—¿Princesas de la estepa? —repitió—. Hace doscientos años que no hay reyes ni príncipes ni princesas en Rócdinfer, federada.

Yira se encogió de hombros.

—Según Fayrah, es heredera de los señores de los Xalyas.

—Mmpf. —Dashvara puso los ojos en blanco—. Eso es diferente. Supongo entonces que Atasiag no las tratará de la misma manera que nos trata a mí y a mis hermanos.

A pesar de no verle la cara, creyó atisbar un movimiento sorprendido.

—Ya la viste salir de la carroza, ¿no? Está hecha toda una princesa.

Notó un deje de burla afectuosa en su voz.

—De hecho, esa es la impresión que me ha dado —confesó Dashvara—. Pero, ¿y por lo demás? Quiero decir, ¿es feliz? ¿Está realmente libre?

Yira se encogió de hombros.

—Bueno… Hace dos semanas que no hablo con ella. Lanamiag Korfú las invitó a ella y a Lessi a una mansión suya al norte de la capital, para las Fiestas de las Máscaras. Fayrah está… —Carraspeó—. Quiero decir, parece bastante feliz, en mi opinión. Y Lessi también. Son todo lo libres que pueden serlo unos ciudadanos. Créeme, mi padre les tiene mucho afecto y las trata como si fueran sus propias hijas. A mí nunca me ha regalado vestidos tan lujosos aunque, ciertamente, si lo hubiese hecho, se los habría tirado a la cara.

Dashvara adivinó su sonrisa y sonrió a su vez. Luego, meneó la cabeza, suspicaz.

—Si Fayrah es amiga tuya, no me creo que no supieras lo que es el Ave Eterna.

La encapuchada soltó un puñado de hierba al suelo con gesto desenfadado.

—Fayrah mencionó más de una vez el Ave Eterna —admitió—. Pero… cuando quise saber lo que era, no me contestó. En eso, es como mi padre: no le gusta hablar del pasado. Aunque me habló algo de ti.

Dashvara se quedó desconcertado.

—¿El pasado? —repitió—. El Ave Eterna nunca es pasado. No entiendo cómo… Bah. —Hizo un gesto impaciente—. Qué importa. Dime, hoy he aprendido que el Maestro contra el que lucha Atasiag es un tal Dikaksunora. Esa es una familia Legítima, ¿verdad?

Yira no contestó de inmediato, como si el cambio de tema la hubiese pillado desprevenida. Al fin, dijo:

—Menfag Dikaksunora es un Legítimo poderoso. Atasiag no lucha contra él. No podría. Simplemente, negocia y trabaja para los intereses de los Korfú y los Yordark. Verás, será mejor que no preguntes por los detalles. Yo no los conozco y, además, esos son asuntos para los ciudadanos. Ya tenemos bastante con trabajar para ellos, ¿no crees? Ellos sabrán lo que hacen. Me basta con saber que yo debo proteger a Su Eminencia. Y debería bastarte a ti también.

Dashvara observó a la encapuchada con sorpresa. Al cabo, sonrió.

—Un buen consejo —aprobó—. Dime, Yira, ¿no tienes intenciones de quitarte nunca esa capucha?

Yira permaneció inmóvil unos segundos y, de pronto, se levantó.

—Deberías volver adentro.

Perplejo, Dashvara se apresuró a ponerse de pie cuando la vio alejarse.

—¡Espera! —protestó—. No quería ofenderte. Por favor.

Sin quererlo, le salió un tono ligeramente suplicante y la encapuchada se detuvo. Su pose volvía a ser tan rígida como la de un animal acechado… o al acecho.

Diablos, ¿y todo eso porque le he pedido que me enseñe su rostro?, se extrañó Dashvara. Juntó ambas manos y pronunció con formalidad:

—No sé cuándo Su Eminencia me otorgará el privilegio de hablar con una de sus hijas, así que, si tú puedes hablar con una de ellas, dile que las hemos echado mucho de menos, tanto yo como el capitán Zorvun, y que estamos dispuestos a ser pacientes con tal de que ellas y sobre todo su… padre —carraspeó— también lo sean con nosotros.

Yira asintió con la cabeza y su voz fue amistosa cuando respondió:

—Se lo diré.

—Espera —insistió Dashvara al ver que le daba la espalda otra vez—. Te estaría muy agradecido también si consiguieses decirle a Su Eminencia que, de ahora en adelante, no deberá preocuparse por la disciplina de los Xalyas.

Yira vaciló antes de volver a asentir.

—Se lo diré. Pero, sinceramente, no creo que lo preocupe mucho vuestra disciplina. Mi padre tiene unos intereses y los protegerá, sea como sea. Si le causáis más problemas, simplemente os castigará u os venderá. —Marcó una pausa—. Se supone que os conviene ayudarlo.

Dashvara asintió secamente.

—Y lo ayudaremos. Pero sería más sencillo si nos devolviera la libertad.

—Mmpf. —Yira parecía divertida—. Créeme, la libertad es relativa. Con la marca del Dragón Rojo, os protege el prestigio de Atasiag Peykat. En Titiaka, estáis mucho más seguros con ella que sin ella. Buenas noches, Dashvara de Xalya.

Dashvara suspiró y la saludó con un gesto de cabeza.

—Buenas noches, Yira, y gracias por hacerme compañía. Creo que estoy un poco de mejor humor —sonrió.

Le dio la espalda y regresó a los dormitorios. Tanteando en la oscuridad, pasó junto a Morzif y no pudo resistirse a controlar otra vez su pulso… Estás volviéndote histérico, Dash. Ni que fuera a morirse ahora, durmiendo.

Cuando se tumbó en su jergón, constató que Tah no estaba en el saco. No se sorprendió: al fin y al cabo, Tahisrán era una sombra. Podía vagar libremente por Titiaka sin temer que lo interpelasen. Sin tener que preocuparse ni por la comida, ni por el dinero, ni por la libertad si era lo suficientemente prudente. Por un instante, lo envidió. Sólo por un instante.