Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

21 Crisis Xalya

El siguiente en la lista fue un aprendiz tapicero al que tuvieron que zarandear moderadamente para sacarle doce denarios. Ya sólo les faltaban ocho y la impaciencia de los tres Xalyas empezaba a palparse. Dashvara no podía pensar más que en lo aliviado que iba a sentirse cuando al fin el Licenciado recibiese sus quince escudos.

El nombre siguiente era el de una costurera y, con un acuerdo tácito, el capitán y Dashvara tacharon la línea mentalmente: sacudir a un hombre era una cosa, pero a una mujer… Dashvara ya se sentía demasiado asqueado por lo que estaban haciendo aquella tarde como para empeorar su autoestima.

—El siguiente es un pescador —declaró el capitán con voz cansada.

Se dirigieron hacia el puerto de Alfodín y hallaron al pescador de la lista ahogado solo en el alcohol y apoltronado en un sillón mohoso que debía de haber conocido mejores tiempos. El capitán y Lumon tuvieron que empujar a Dashvara para que entrase en la casa: esta apestaba tanto como un trozo de carne abandonado al sol durante una semana. Una vez metido en el antro, Dashvara decidió que no había hecho el esfuerzo de entrar ahí en vano y, pese a la casi nula reactividad del borracho, lo amenazó todo lo que pudo. No logró sacar más que patosas imprecaciones y algún que otro débil puñetazo que esquivó a medias, demasiado desilusionado para prestarle atención.

—A este lo montaría en un caballo con varias cantimploras de agua y lo dejaría recorrer la estepa durante un mes —gruñó—. ¿Siguiente?

—Es un funcionario de la Cámara de Comercio —dijo el capitán. Ni siquiera necesitó echar una ojeada a la lista: los tres empezaban a conocérsela de memoria.

—Oh, no —murmuró Dashvara, contrariado—. Eso está totalmente al sur de la ciudad y ya son casi las seis…

—A lo mejor con ciento cuarenta y dos denarios es suficiente —aventuró Lumon.

Dashvara echó una mirada medio apenada medio asqueada al alcohólico perdido: este se había quedado profundamente dormido. Ave Eterna, pensó. ¿A quién demonios se le ocurría prestarle un solo detta a ese hombre? Al sabiondo Licenciado Nitakrios, por supuesto. Lo más inquietante era que Atasiag lo considerase un amigo.

—Felices sueños —suspiró palmeándole el hombro al dormido—. Ojalá veas días mejores.

Dejaron al pescador en paz y abandonaron el puerto. El cielo se había cubierto y un viento frío azotaba toda Titiaka. Dashvara estaba preguntándose si Atasiag tenía pensado pagarles una capa antes de que se instalase de pleno el otoño cuando una voz mental lo sobresaltó.

“¡Dash!”, exclamó alegremente Tahisrán. “¿Qué haces por aquí?”

Dashvara se detuvo en seco y echó una mirada inquisitiva a su alrededor. Sólo se veían carrozas y siluetas encapuchadas recorriendo a paso rápido la avenida del Traguero. Al ver que Lumon y el capitán se volvían hacia él, sorprendidos, Dashvara entendió que no habían oído a la sombra.

—¿Dónde demonios estás? —murmuró.

“En el callejón, a tu derecha.”

Su voz tenía un deje entusiasmado. A saber lo que había estado haciendo durante todo este tiempo.

Dedicando un ademán al capitán y al Arquero, Dashvara se encaminó hacia el callejón.

—Dash —se impacientó Zorvun—. ¿Qué estás haciendo? No creo que queden mucho más de diez minutos para las seis…

Dashvara lo acalló con un gesto. Acababa de avistar a la sombra de pie, en un rincón.

—Tah, andamos con prisas —murmuró, disculpándose—. Estamos trabajando.

“Vaya”, se extrañó la sombra. “¿Tan pronto?”

—Tan pronto —confirmó Dashvara—. ¿Sabes dónde está la casa de Atasiag?

“Sí, precisamente pensaba volver esta noche. Me preguntaba qué tal te había ido todo.”

—Estupendamente. —Sonrió con una mueca incómoda—. Oye, Tah, ¿por casualidad no tendrás ocho denarios por ahí sueltos?

La sombra enarcó las cejas mentalmente.

“¿Te refieres a las grandes monedas de plata? Pues… no. ¿Es que las necesitas?”

Una silueta les echó una ojeada curiosa desde el Traguero antes de seguir andando. Dashvara se rebulló.

—Técnicamente, sí —murmuró entre dientes—. Dime, ¿podrías conseguírmelas en un tiempo récord?

Hubo un silencio y Dashvara creyó por un instante haberlo ofendido. Pues claro, ¿qué esperaba? Ya sabía que la sombra tenía ciertos principios. Estaba a punto de decirle que lo olvidase y que ya se volverían a ver en casa de Atasiag, cuando Tahisrán afirmó:

“Puedo. Esperadme ante el Casino-Bello. En ese local, llueven los dragones. Estaré de vuelta dentro de unos minutos.”

Bendito seas, pensó Dashvara. Inmediatamente, dio señal para salir del callejón y sólo entonces advirtió la expresión extraña que había adoptado el capitán.

—¿Qué ocurre?

Zorvun se encogió de hombros.

—¿Va a cometer un robo? —Hablaba en oy'vat, pero cuchicheó de todas formas.

Dashvara enarcó una ceja y sonrió con sarcasmo.

—Dinero —gruñó con teatral desprecio—. Son unos simples metales preciosos que no sirven ni para alimentar a un escama-nefando. Vamos, capitán —lanzó con más seriedad—: quiero cumplir este primer trabajo correctamente. No vamos a quedarnos aquí, pudiendo tener quince escudos. Además, así le haremos un favor al pescador: táchalo de la lista.

El capitán no replicó y, un poco más allá en la avenida, los tres se instalaron en uno de los bancos que había ante el gran edificio del Casino-Bello. Por la escalinata que conducía a la entrada subía y bajaba gente continuamente. Iban todos vestidos con elegancia, con sus extravagantes pelucas y sus sombreros. Algunos, incluidas damas, portaban bastones de mando y un buen número llevaba antifaces coloridos. Dashvara agrandó los ojos cuando divisó también a dos funcionarios escondidos bajo sus máscaras de bronce. Cuando pienso que todas esas personas están ahí para ganar dinero jugando… No trató de buscarle el sentido a tal conducta: hacía ya mucho tiempo que había renunciado a entender a los civilizados.

Los segundos y los minutos pasaron. El capitán carraspeó varias veces, convencido por lo visto de que Tahisrán no iba a conseguir robar un escudo en tan poco tiempo. Dashvara lo ignoró. Finalmente, fue Lumon quien perdió la paciencia.

—Van a dar las seis, Dash. Debería alguno al menos llevar los catorce escudos.

Dashvara hizo una mueca preocupada e iba a aprobar la idea cuando sintió de pronto algo frío en la palma de su mano. Por poco no aplastó a la sombra por el susto.

—G-gracias, Tah —tartamudeó. No le había traído ocho denarios, sino un dragón centelleante de oro, acuñado, por un lado, con la imagen del gran Shikah, representante de la Fe ciliana y, por el otro, con el árbol de once ramas de la Federación.

Percibió un suspiro. Tahisrán se había alejado entre las sombras de las casas.

“No sé hasta qué punto es correcto lo que acabo de hacer”, se contentó con responder antes de marcharse de veras.

Dashvara tragó saliva mientras guardaba la moneda robada en la bolsa. Le has pedido demasiado, Dash, le susurró una vocecita acusadora en su mente. Has convertido a un amigo en un ladrón. Supongo que estarás orgulloso de ti.

Lo más preocupante es que, pese a todo, no lograba sentirse culpable.

—Diablos —silbó—. ¿Os dais cuenta? La sombra es más honrada que nosotros.

—Habla por ti —replicó el capitán, levantándose—. Y ahora, corred o llegaréis tarde. Yo soy demasiado viejo para esto, os seguiré de lejos.

Ja. Demasiado viejo, dice, se burló Dashvara con escepticismo. Sin vacilar, sacó los dos denarios sobrantes de la bolsa y se los metió en un bolsillo. Si de algo estaba seguro era de que, mientras siguiese siendo esclavo, no iba a dar más de lo que le pedían. Al fin, miró a Lumon y asintió. Sin más palabras, ambos se metieron por una calle que llevaba al dique del río y echaron a correr. El Licenciado Nitakrios debía de haberse mordido ya todas las uñas y empezado a devorarse los dedos.

Estaban bordeando el río Sabio cuando el sol volvió a asomar entre las nubes. Apenas unas zancadas más lejos, sin previo aviso, Dashvara sintió sus pulmones convulsionarse, su respiración se le atascó y un ataque de tos particularmente violento lo tiró casi literalmente al suelo.

Oh, no, Dash. Ahora no…

Lumon se agachó junto a él y Dashvara, tratando de retomar el aliento entre convulsión y convulsión, desató la bolsa de dinero y se la entregó. Fue incapaz de decirle nada y, cuando Lumon vaciló, le echó una mirada fulminante y al fin alcanzó a croar:

—Vete.

Las campanas del Templo Feliz dieron las seis. El Arquero suspiró, sombrío, pero abandonó a Dashvara a su suerte. Al fin y al cabo, su señor le ordenaba que se fuera, ¿no?

A Dashvara le costó varios minutos recobrarse lo suficiente para calmar su respiración. Reparó en un paseante que parecía a punto de proponerle su ayuda y, como un lobo herido, le soltó una mirada arisca de aviso antes de alejarse y sentarse en un banco, carraspeando y expulsando sangre.

Gruñó interiormente. Un poco de reposo y un clima más propicio, ¿eh? Te equivocabas, Tsu: el clima no arregla nada. Casi estoy de vuelta al mismo patético estado en el que me encontraron Rowyn y Azune.

Inspiró hondo y tuvo que reconocer:

No tanto. Pero, demonios, llevo tres años así. ¡Tres años! Casi es un milagro que haya sobrevivido a la Frontera. ¿Cuántas veces mis hermanos me habrán tenido que cubrir las espaldas por culpa de uno de esos estúpidos ataques de tos ocurridos en plena batalla?

—Oh, gran señor de la estepa —masculló—: estás hecho un despojo.

Se rascó la marca del Dragón Rojo con vigor, hasta dejarla todavía más rutilante y maldijo por lo bajo cuando el tatuaje empezó a arderle. Se cruzó de brazos.

Venga, adelante, ahora autocompadécete. No te vale ser compasivo con los demás, tienes que lamentarte sobre tu enfermedad. Recuerda que todos tus hermanos tienen sus pequeños problemas también. Zamoy con sus catarros, Miflin con su asma, Sashava con su pierna y Taw con su media sordera… Date por satisfecho de que sigues vivo y bien acompañado. Nadie dijo que para vivir se necesitaba una salud impecable.

Se aclaró de nuevo la garganta, miró las aguas turbias del río Sabio… y se levantó de un bote, irritado contra sí mismo. ¿Qué hacía holgazaneando ahora? Lumon debía de haber llegado a la casa del Licenciado desde hacía rato.

Se encaminó hacia el sur, directamente hacia el puente. El sol iluminaba la colina de la Serena pero una nube oscura se deslizaba sobre el resto de la ciudad, acompañada de un viento incansable que arrastraba las hojas de los árboles por todo el paseo. Una contraventana suelta golpeaba rítmicamente contra un muro y Dashvara alzó la vista justo para ver a una mujer robusta agarrar el postigo para cerrarlo. El viento parecía haber ahuyentado a la gente y los pocos paseantes que había recorrían el Paseo a paso rápido y en silencio. Dashvara estaba llegando al puente cuando empezó a caer una fina lluvia que olía a polvo. Se sorprendió al notarla templada y sonrió para sí: se había acostumbrado ya demasiado a la lluvia gélida de Compasión.

En medio del silencio relativo que había dejado la lluvia en las calles, oyó de pronto a alguien gritar su nombre.

—¡Daaaash!

Era Zamoy. Dashvara se giró en plena mitad del puente para verlo echar a correr hacia él, junto a Yorlen y Boron. Frunció el ceño, inquieto, al divisar sus muecas alteradas.

—¿Qué ocurre? —soltó cuando el trillizo lo alcanzó.

—Oh, Dash —graznó Zamoy—. Es Morzif. Boron, Sashava y él estaban visitando la ciudad con Yorlen, y yo los acompañé haciéndome pasar por Miflin porque ese vago no quería moverse. —Yorlen abrió mucho los ojos, anonadado, y se quedó mirando al trillizo mientras este proseguía—: Estábamos ya regresando cuando el Herrero ha gritado algo, así, de pronto, y se ha marchado corriendo. No sabemos dónde se ha metido.

Dashvara creyó tropezar contra un gong y tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Morzif? —repitió en un murmullo incrédulo.

No es que conociera a Zif a fondo: no solía hablar mucho con él. Era uno de los Xalyas más reservados y, exceptuando a Ged, el maestro armero, nadie lograba sacarle mucho más de unas frases al día. Había sido herrero en el Torreón Xalya y le había enseñado algunas técnicas cuando era un muchacho… Era un hombre recto, algo inseguro y sensible a veces, pero distaba mucho de ser estúpido. No había podido fugarse, decidió.

Echó un vistazo a Boron y a Zamoy y reparó en sus expresiones expectantes. Espabiló.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecido?

El Calvo dejó caer los brazos con un suspiro.

—¿Una hora? —estimó—. Hemos estado pateándonos toda la zona.

—Hay que encontrarlo —masculló Dashvara—. Morzif no ha podido fugarse.

—Eso es lo que le hemos estado explicando a Dafys —gruñó Zamoy—. Pero dijo que, si no aparecía dentro de dos horas, llamaría a la guardia.

Dashvara dio un respingo.

—¡Maldito sibilio…! —juró. Inspiró para serenarse—. ¿Desapareció por esta zona? —Los tres asintieron—. ¿Y estáis todos buscándolo?

Yorlen hizo una mueca y Zamoy emitió un sonido gutural.

—No —contestó—. Dafys ha prohibido a los demás salir de la casa amenazándonos con hablarlo con Su Eminencia. Ya ves qué tontería. Sólo nos ha dejado a Boron y a mí, para que sigamos buscándolo.

Aquello pintaba mal. Si Morzif no aparecía antes de dos horas, le iban a dar buenas razones a Atasiag para reenviarlos a todos a la Frontera. La estancia en Titiaka empezaba bien.

—Seguid buscando —ordenó—. Enseguida os alcanzo. Voy a por el Arquero. Boron, Zamoy —agregó en oy'vat cuando ya se alejaban—. Si de verdad se ha fugado y lo encontráis, hacedle creer al Mudo que no lo ha hecho, ¿de acuerdo? No sé, inventaos alguna razón creíble. Tú sueles tener gran inventiva para esas cosas —le dijo a Zamoy. Este esbozó una sonrisa y, sin contestar, se alejó a grandes zancadas; Yorlen le echó a Dashvara una mirada curiosa antes de darse la vuelta y seguir a los dos Xalyas como el guardián silencioso que era.

En cuanto Dashvara los perdión de vista, suspiró ruidosamente. Trató de relativizar la desaparición de Morzif e iba a darse la vuelta para ir en busca de Lumon cuando avistó al capitán por el Paseo. Se detuvo. Resguardado bajo los árboles, Zorvun caminaba despacio, como un anciano. Parecía no haberse dado cuenta de que había dejado de llover. Dashvara levantó los ojos al cielo.

Se diría que desde mi nombramiento te has hecho más viejo, capitán…

Un ruido de pasos resonó contra el empedrado y Dashvara se volvió.

—Arquero —suspiró. Lumon lo saludó con la mano y ambos se apartaron hasta el borde del puente para dejar pasar un carro—. ¿Todo bien con el Licenciado?

—He llegado justo a tiempo —admitió—. Me he cruzado con los matones bajando las escaleras. El Licenciado me ha dado esto —señaló, mostrando una fina pulsera de hierro que llevaba en la muñeca—. Como dice, él es un hombre con principios y considera que incluso los trabajadores deben recibir recompensas por sus esfuerzos. —Una sonrisa sardónica surcó su rostro mientras le tendía otras dos cadenas—. Toma. Según él, nos hemos ganado su confianza. Lleva la insignia de su casa. Halagador, ¿verdad?

Dashvara soltó un resoplido.

—Pues qué bien —refunfuñó. Apenas le echó un vistazo al pequeño búho azul de madera que colgaba de la cadena antes de metérselo en el bolsillo.

—Ahí llega el capitán —observó Lumon. Miró a Dashvara de reojo—. ¿Qué tal estás, Dash?

Este volvió a resoplar.

—Estupendamente, Lumon. —El Arquero no insistió y Dashvara agradeció su tacto—. Toma, capitán —lanzó, cuando este estaba a unos escasos pasos. Le tendió la tercera pulsera—. Regalo del Licenciado. Y ahora, una noticia que os va a encantar a ambos: hemos perdido a Morzif. Zamoy, Boron y el Mudo lo están buscando. Me los acabo de encontrar.

El rostro del capitán se ensombreció.

—Imposible —siseó.

—No saques conclusiones tempranas —le aconsejó Dashvara—. Se habrá perdido, eso es todo.

Al menos esa será la versión oficial si todo sale bien. Se puso a andar hacia la parte oeste del río, siguiendo la calle que habían tomado Yorlen, Zamoy y Boron. El capitán bufó detrás de él.

—No tiene ningún sentido. Ha debido de pasarle algo.

—Al parecer, gritó algo antes de salir corriendo —detalló Dashvara mientras avanzaban por una callejuela desierta.

Tras unos minutos dando inútiles vueltas, decidieron regresar a la casa de Atasiag, donde Dafys los acogió en el portal con una expresión terrible en su rostro de sibilio.

—Entrad —soltó—. Acaban de atrapar a vuestro compañero.

Dashvara agrandó los ojos y se precipitó hacia el patio, donde se encontraba toda la tropa de Xalyas, junto a Wassag y Leoshu. El cielo se había despejado y unos rayos de sol iluminaban los adoquines.

—¿Dónde está Morzif? —preguntó Dashvara a nadie en particular.

—¿Qué diablos ha pasado? —exigió saber el capitán con tono furioso.

Varios Xalyas se apartaron y la siguiente pregunta de Dashvara se le quedó en la garganta. Morzif estaba de pie, maniatado, al fondo del patio. A unos escasos pasos, se encontraban dos hombres armados que llevaban bordado en sus uniformes negros el dibujo de una rueda blanca.

—Hombres de la casa Shyurd —murmuró Tsu, deslizándose junto a Dashvara—. Están hablando con la mano derecha de Atasiag. Mira, lleva un colgante plateado en forma de triángulo. Es la insignia de los intendentes y contramaestres. —El aludido, un humano con túnica azul intenso y peluca gris, sonreía a los dos agentes de Shyurd y gesticulaba de manera relajada, ignorando totalmente la presencia de los Xalyas. Un enorme perro negro estaba sentado a sus pies, con la lengua colgante.

—¿Qué ha pasado? —susurró Dashvara.

—No sé los detalles —admitió Tsu—. Pero creo que Morzif se ha metido en la casa de los Shyurd en busca de su hijo.

Por un momento, Dashvara no lo entendió. ¿Su hijo? ¿Qué hijo? ¿Cómo…? Entonces, su corazón se aceleró. Pues claro, Morzif tenía un hijo. Es decir, antes, en el Torreón de Xalya, había tenido un hijo. Y, según Azune, algunos niños xalyas habían sido adoptados por familias diumcilianas… Se le heló la sangre en las venas.

—Oh, diablos —graznó—. Oh, diablos…

Recibió un pequeño golpe de vara en el pecho.

—Silencio —exigió Wassag. Sus ojos suplicantes más que su mandamiento lo convencieron para que se callase: el pobre diumciliano parecía tremendamente angustiado por lo que estaba pasando. Con una mueca tensa, Dashvara se giró hacia Morzif: dado su aspecto lamentable, dedujo que el Xalya había tenido que resistirse antes de que lo atraparan. Ahora, tenía la mirada fija en sus pies y su rostro estaba extremadamente pálido. A saber lo que lo aterraba más, si las consecuencias de sus actos o el destino de su hijo, adoptado por unos federados.

—No puede ser su hijo —masculló Alta—. Tenía tres años cuando atacaron el Torreón. ¿Cómo ha podido reconocerlo?

El Xalya calló bajo la mirada suplicante de Wassag. Poco después, el contramaestre se apartó de los agentes de Shyurd y dio un grito. Wassag y Dafys liberaron las manos de Zif, le quitaron la túnica y lo acorralaron contra una columna antes de volver a maniatarlo contra esta.

—Wassag, instala a los Xalyas —ordenó el contramaestre, señalando el patio con un amplio ademán.

Wassag les mandó que se sentaran a una decena de pasos de Morzif. Bajo los rayos de sol, el suelo ya estaba casi seco. Dashvara cruzó las piernas sintiendo un aire muy frío recorrerle el cuerpo. Si ya estaba de malhumor esta tarde, sonsacando dinero a la gente, ahora no sé cómo debería sentirme… Ahogó un gruñido. ¿Aliviado, tal vez, de que Morzif no se nos haya extraviado?

Se fijó entonces en que Zamoy, Boron y Yorlen acababan de llegar. El primero se sentó a su lado con la respiración acelerada.

—¿Qué van a hacer, Dash? —farfulló, aprensivo.

Dashvara se pasó la lengua por los labios secos antes de contestar:

—Azotarlo, supongo.

Colocados a espaldas de los Xalyas, los dos hombres de Shyurd observaban la escena con aire satisfecho. Dashvara cruzó la mirada de uno de ellos, arrugó la nariz y se volvió para comprobar que el contramaestre, seguido de su perro, acababa de posicionarse junto a la columna; el federado tenía una expresión mucho menos amena que antes.

—¡Soldados! —los apostrofó con el tono de quien está habituado a que se lo escuche—. Creo que aún no me conocéis. Mi nombre es Loxarios Ardel. Soy el contramaestre de Atasiag Peykat y desde este preciso instante me ocuparé de vuestra integración en su casa. —Sus ojos, de un verde profundo, se posaron en Morzif y su rostro se endureció—. Me han informado de que este hombre entró por la fuerza en la propiedad de los Shyurd, que atacó a tres de sus guardias e intentó llevarse al hijo del señor Adifag Shyurd. —Marcó una pausa, mostrando una mueca de pura repulsión—. La falta es imperdonable y merece ser castigada con la muerte.

Las palabras de Loxarios murieron en el patio. Por un instante, la mente de Dashvara dejó de funcionar.

Un momento… ¡¿Morzif iba a ser condenado a muerte?!