Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

18 El señor de los esclavos

Dashvara despertó al oír los cascos de unos caballos en el patio. Volvió a dormirse y soñó con que, de vuelta a la niñez, corría por la hierba alejándose del Torreón con su hermana Fayrah y su hermano Showag. Era un día de invierno de cielo gris y viento en calma. Unos finos copos de nieve se deslizaban hasta el suelo y Dashvara se divertía diciéndole a Fayrah que cantase una determinada canción tradicional para que la nieve siguiera cayendo. La voz de Maloven lo reprendía: “Has de ser el digno hijo de tu padre, Dashvara de Xalya. No camines: cabalga.” Emergió del sueño con esas palabras absurdas en mente.

—Ha llegado antes de lo previsto —cuchicheaba una voz—. ¿Es él?

Una mano le sacudió suavemente el hombro. Dashvara abrió los ojos y se encontró con unos ojos plateados. Un segundo, le asustó no reconocerlos. Luego, suspiró de alivio al recordar dónde estaba.

—¿Wassag?

—Arriba, muchacho —murmuró—. Su Eminencia quiere verte.

Un escalofrío lo recorrió.

—¿A mí?

Wassag se encogió de hombros.

—Sí, a ti. Eres Dashvara de Xalya, ¿no?

Dashvara cruzó la mirada divertida del capitán, sentado en su jergón. Adivinó que había sido él quien lo había «delatado». Reprimió un gruñido y se vistió con movimientos lentos: no le apetecía para nada ver a ese ladrón. Pero es que para nada de nada de nada… Percibió un destello impaciente en los ojos de Wassag pero no se apresuró. Que paciente Su Eminencia. Digamos que no se le saca a un hombre de sus sueños tan bruscamente, Wass. Sonrió, acabó al fin de abrocharse el cinturón y siguió al guardián afuera. El cielo ya empezaba a azularse.

—¿No se supone que tenía que llegar mañana? —preguntó.

Wassag volvió a encogerse de hombros.

—Digamos que eso fue lo que me dijeron, pero los negocios de Su Eminencia no siempre duran lo mismo.

Dashvara se preguntó si Wassag sabía algo más sobre esos «negocios». Tal vez Atasiag no mantuviese al corriente a sus guardianes. Tal vez estos no supiesen ni que pertenecía a la Hermandad del Sueño. Dashvara no podía saberlo sin traicionarse con preguntas indiscretas.

Wassag lo condujo hasta la puerta principal y lo hizo entrar en un salón majestuoso con sofás, chimenea y alfombras. Lo guió hasta unas anchas escaleras, pero no las subió: se detuvo ante una gruesa puerta vecina y dio unos toques. Transcurrieron varios segundos antes de oírse un ruido seco seguido de un carraspeo.

—Pasad.

Aquella sala era incontestablemente una biblioteca: los estantes estaban llenos de libros, cuadernos, rollos y hojas traspapeladas. Instalado en un escritorio junto a un candelabro encendido, un humano de talla mediana y rostro de lo más común enrollaba un pergamino con precaución. Alzó la vista cuando Dashvara y Wassag se detuvieron a unos pasos. Sus ojos pardos centellearon.

—Perfecto. Wassag, ¿puedes llevarle esto al Legítimo Shaag Yordark?

El moreno se apresuró a recoger el rollo de pergamino.

—Debe de estar preparándose para ir al Consejo —añadió Cobra—. Hoy hay reunión extraordinaria. Date prisa. Y haz que venga Yorlen.

—Sí, Eminencia —contestó Wassag. Y salió de la biblioteca con premura.

Dashvara creyó leer aprobación en los ojos del ladrón y a duras penas disimuló su repulsión. Si realmente Cobra esperaba que se comportase tan servilmente como Wassag, podía seguir soñando. Atasiag Peykat se levantó. Iba vestido con un cinturón púrpura y una larga túnica blanca con pliegues y bordados de oro. Le recordó un poco a Nanda con sus collares, pero en más refinado.

—Cuánto tiempo, ¿verdad, Filósofo? —murmuró la serpiente.

A Dashvara le recorrió un escalofrío: le resultaba extraño oír el apodo que le daban sus hermanos en boca de aquel hombre. Los labios de este no sonreían, pero lo hacían sus ojos. Juntó las manos detrás de la espalda.

—¿Por qué llevas aún el cinturón de los Condenados?

Dashvara enarcó una ceja bajando la vista hacia su cinturón blanco.

—No nos dieron otros.

—Mm. Tendréis todos unos uniformes con la insignia de mi casa —prometió Cobra—. Acércate.

Dashvara frunció el ceño y avanzó dos pasos. Tenía decenas de preguntas que ansiaban ser contestadas, pero no se resolvió a darle prioridad a ninguna hasta que soltó:

—¿Dónde está mi hermana?

Atasiag alzó una ceja.

—Creo —suspiró— que aún no has entendido del todo cómo funcionan aquí las cosas. El Contrato, Filósofo: el Contrato. Recítamelo.

Dashvara lo escrutó unos segundos antes de espirar y mascullar:

—Presto voluntariamente mis servicios al hombre que me contrata y juro no actuar nunca en contra de los deseos de este. ¿He actuado contra tus deseos preguntándote por mi hermana, serpiente?

Un brillo peligroso pasó por los ojos de Atasiag Peykat.

—Continúa.

Dashvara se tensó aún más pero continuó, pensando que tal vez se trataba de una prueba:

—No traicionaré a mi amo ni a los aliados de mi amo y trataré a cualquier persona con que me relacione respetando estrictamente las condiciones sociales, sin atenerme a si es persona conocida o desconocida…

—Ahí estamos —lo interrumpió Atasiag—. Respetando estrictamente las condiciones sociales. ¿Quién soy yo para ti, Filósofo? Lo dice el Contrato.

Dashvara entendió al fin adónde quería ir a parar aquella víbora. Vaciló y Cobra lo traspasó con la mirada.

—Orgullo aparte, Filósofo. ¿Quién soy yo para ti?

Dashvara emitió un ruido de garganta antes de soltar:

—Mi amo.

Le hubiera gustado percibir satisfacción en la expresión de Atasiag para poder despreciarlo más, pero este tan sólo asintió con calma.

—Bien. Siendo yo tu amo, o me llamas «amo» o me llamas «eminencia». Y, sobre todo, me hablas con respeto. Un esclavo insumiso pierde mucho valor en el mercado, Filósofo. Y eso no nos conviene ni a ti ni a mí. Olvídate de cómo vivíais en la Frontera: en Titiaka no se admiten deslices por parte de los esclavos. Y con una tropa de guerreros xalyas como la vuestra, yo debo reprimirlos más que ninguno —murmuró con elocuencia—. ¿Te ha quedado claro?

Entendía las prudentes razones de Atasiag, pero no le parecieron menos aberrantes.

—Sí, amo. —Que fuera su amo era un hecho, pero de ahí a llamarlo eminencia había un trecho.

Atasiag esbozó una sonrisa y se cruzó de brazos.

—Prosigue con el Contrato.

Dashvara inspiró y continuó:

—En caso de traición, falta o descuido por mi parte o por parte de uno de mis compañeros, pido, reivindico y demando que se aplique el debido castigo y juro no intentar…

Atasiag chasqueó la lengua.

—Que se aplique el debido castigo, sea cual sea su naturaleza —lo corrigió—. No te lo has aprendido bien. Repite.

Dashvara notaba que su cabeza empezaba a arderle como agua horneada. Repitió y acabó:

—Y juro no intentar sustraerme al susodicho o interponer obstáculo alguno en caso de que la falta sea ajena. Lo cual, supongo, significa que si pretendes matarme tengo que quedarme donde estoy para facilitarte la tarea, ¿verdad?

Atasiag suspiró con paciencia.

—Exacto. Por si no lo sabes, cualquier patrón posee el derecho de vida o muerte sobre sus trabajadores. Ahora bien, todo depende de ti. Si cumples con mis deseos, en vez de tu asesino, seré tu benefactor. —Sonrió—. Venga, no te lo tomes tan a pecho. En Titiaka, los trabajadores viven mejor que muchos hombres libres. Os cuidaré a todos como a pequeños reyes. Ahora formáis parte de la familia de esta casa y confiaré en ti y en tu gente si a tu vez me muestras respeto y devoción. Repasa el Contrato regularmente para que no se te olvide, ¿mm?

Dashvara masculló entre dientes y se llevó la sorpresa más grande de su vida cuando Atasiag lo agarró por la barba y tiró de ella para hacerle bajar la cabeza.

—Suelta ese orgullo, Filósofo, o tendré que amansarte como lo hacen los demás con los rebeldes.

Lo liberó. Dashvara había estado a punto de abalanzarse para estrangularlo. Se retuvo de milagro.

—No estás poniéndomelo fácil, eminente serpiente —gruñó—. Si vuelves a cogerme la barba, te arranco los ojos.

—Sigue así y dentro de unos días estaréis todos de vuelta en la Frontera. ¿Eso es lo que buscas? —Dashvara no respondió—. Sé paciente, Filósofo. No te atragantes con tu dignidad. Aquí, cuanto más rebelde es el trabajador, más se atraganta. Y cuanto más leal, mejor vive. Yo soy un comerciante y un magistrado, no un iluminado como tus amigos Rowyn y Azune. Soy un propietario y, dado cómo están las cosas, me parece correcto serlo. Piénsalo, el sistema de Diumcili es menos hipócrita y más sano que el de los dazbonienses, que esclavizan a su gente sin decirles que son esclavos y sin ni siquiera cuidar de ellos como lo hacemos aquí. Sólo te pido lealtad y buena conducta y, a cambio, yo me comprometo como cualquier amo a cuidar de ti y de los tuyos. —Sonrió y añadió—: Si quieres la libertad, Filósofo, vas a tener que ganártela a pulso.

Dashvara se recobró.

—Está bien, Eminencia. Hagamos las paces. Yo te trato como lo hace Wassag y tú me explicas qué debemos hacer mis hermanos y yo. ¿Cuál es el plan?

Atasiag enarcó una ceja.

—¿El plan? Vuestro plan es sencillo: seguir mis órdenes. No ha sido idea mía cogeros pero, ya que estáis aquí, me debéis tanta obediencia como cualquier otro esclavo. De momento, cumpliréis tareas varias, según vaya necesitándoos. Tal vez algunas… tareas domésticas.

Dashvara no supo si sentirse aliviado o decepcionado.

—¿Vamos a limpiar tu casa, eminencia?

Atasiag sonrió y sus ojos se trasladaron hacia un punto a espaldas de Dashvara. Este constató entonces que Yorlen, el elfo de pelo morado, estaba arrimado junto a la puerta. Probablemente llevase ahí un buen rato.

—No vais a limpiar mi casa —contestó Atasiag Peykat—, sino la de algunos amigos míos. Figuradamente, claro.

Dashvara no supo muy bien cómo interpretar eso.

—¿Quieres decir que los tenemos que liquidar?

Atasiag se carcajeó.

—¡No! Menudo salvaje estás hecho. Cuando digo que son amigos, es que son amigos, aliados o gente cuyo apoyo puede resultar útil. Pero no te preocupes ahora por eso. Hoy tienes día libre. Yorlen —llamó—. Llama al sastre. Quiero que cada Xalya tenga dos uniformes. Uno oficial y otro más discreto, para el día a día —le aclaró a Dashvara. Mientras el elfo asentía en silencio, Atasiag sonrió—. Quiero que portéis el Dragón Rojo con orgullo. Y quiero que ese sea vuestro único orgullo. —Ignoró el suspiro de Dashvara—. Yorlen, mándalos a las termas en cuanto haya acabado el sastre. Y que pase también el barbero. Después de comer, escoge a cuatro de ellos, este hombre incluido, y hazles visitar un poco la ciudad, ¿mm? Luego harás lo mismo con otros cuatro, y así.

Yorlen asintió y Dashvara entendió que Atasiag los estaba echando. Protestó:

—Eminencia, ya que estamos aquí, yo quisiera…

—El tono va mejorando —lo interrumpió Atasiag, aprobador—. Y ahora retírate, Filósofo. Te volveré a convocar uno de estos días. Conmigo, la gente aprende a ser paciente. Mientras tanto, aprende a moverte por Titiaka, compórtate y no me causes problemas, ¿entendido? —Su sonrisa le arrancó a Dashvara un mohín despectivo. Maldita serpiente con patas…

Salió de la biblioteca por delante de Yorlen y no se giró hacia él hasta que hubo llegado a la cocina, donde se hallaban ya todos los Xalyas desayunando.

—Hey, Yorlen —dijo—. Tú no lo tratas de Eminencia y parece que te quiere así y todo. ¿Cómo es eso?

El elfo de pelo morado tuvo una media sonrisa y, de pronto, abrió la boca, mostrando su lengua cercenada. Dashvara tragó saliva.

—Oh. Ahora lo entiendo. ¿Fue Atasiag?

Yorlen negó enérgicamente con la cabeza y se alejó; saludó en silencio al tío Serl y, tras dedicarle a Dashvara una sonrisilla amistosa, volvió a salir de la cocina con un panecillo caliente entre los dientes. Muy probablemente, marchó en busca del sastre.

Para que él nos adorne todavía más…

Dashvara se sentó a la mesa con un suspiro. El barullo era casi tan grande como el de la víspera. Sus hermanos nunca se habían destacado por su discreción, en especial Makarva y los Trillizos: Zamoy estaba comentando el nuevo poema soltado por Miflin y este se indignaba ante la autopsia inhumana que el Calvo le estaba haciendo padecer a su genuina creación. Dashvara sonrió cuando Makarva intervino como falso mediador: alguna vez ya le habían propuesto apodarlo el Bufón Diplomático, pero él se negaba a endosar el cargo; argüía que era demasiada responsabilidad para un hombre tan sensible como él.

Cruzó la mirada de Lumon, luego la de Sashava y la de Zorvun. Y les dedicó a todos una expresión que significaba algo así como: «La cosa ha ido mejor de lo que esperaba». Lo cierto es que no había ido ni bien ni mal. Simplemente Atasiag había dejado del todo clara la condición de los Xalyas. Ellos aceptaban servirlo como esclavos a cambio de una promesa de libertad. Como cualquier esclavo, en definitiva.

Procurando relajarse, Dashvara se sirvió el desayuno con una sombría certidumbre: al dejar Compasión, la situación general de los Xalyas no había cambiado en absoluto. Seguían metidos en una jaula con clavos mortales, sólo que esta vez los federados los cercaban de mucho más cerca.

—¡No puedo creerlo! —exclamó de pronto Makarva—. Dashvara tiene una mosca posada encima de su tostada y no se ha dado cuenta todavía.

Dashvara espantó a la mosca.

—¿Lo ves? —Gruñó—. Ya te dije que nos seguirían.

—Te quieren, Dash. Te seguirían hasta los confines del Océano Caminante. Eres su guía espiritual.

—Sí, creo que ya me han proclamado señor de las moscas. El problema es que no me hacen ni caso cuando les ordeno que se marchen.

Makarva meneó la cabeza, sonriente, y apuntó en oy'vat con más seriedad:

—No sólo eres el señor de las moscas, Dash. ¿Recuerdas?

Dashvara resopló.

—Cierto. También soy el señor de veintidós esclavos. ¿Es eso lo que me quieres decir, Mak? Menuda maravilla de señor, que cuida tan bien de su gente. —Su amigo frunció el ceño ante su tono amargo. Dashvara rió quedamente—. Venga ya. Quitando a los Trillizos, soy el más joven de todos vosotros. ¿Cómo puedes seguir pensando que yo tengo más derecho que tú a llamarme señor de la estepa?

Varios Xalyas se habían callado y Zorvun escuchaba la conversación con aire sombrío. Makarva se encogió de hombros y Dashvara percibió una profunda sinceridad cuando, pese a tener una sonrisa burlona en los labios, contestó:

—Pues lo pienso, Dash. De veras que lo pienso.

Dashvara no supo si sentirse halagado o exasperado. No tenía ningún sentido que su amigo, que lo conocía tan bien, pudiese pensar que…

—Yo también lo pienso, Dash —intervino Atok.

—¡Y yo! —apoyó Zamoy.

Asombrado, Dashvara vio a la mayoría corroborar en voz alta o con simples gestos de cabeza; incluso Tsu dio su aprobación. Cuando se fijó en las misteriosas sonrisas de Lumon y el capitán, reprimió el bufido que le vino a la boca. Se sentía como si, de pronto, sus mejores amigos le hubiesen dejado todos sus sacos para que los llevase él. Paseó una mirada por la mesa, tragó saliva y no supo cómo responder a esa extraña muestra de lealtad que no venía a cuento.

Hurra, justo lo que necesitabas. Ahora te vas a sentir todavía más responsable si Atasiag no nos libera hasta que nos salgan canas a todos. Aunque, de todas formas, ya te sentías responsable, admítelo.

Makarva lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué dices, Dash? ¿Vas a aceptar de una vez por todas ser el señor de los Xalyas sin refunfuñar? Seremos más leales que tus moscas —prometió.

Dashvara lo escudriñó, se giró hacia el capitán y se encogió de hombros.

—Vosotros lo habéis querido. A mí, personalmente, me parece ridículo.

—¡Nuestro señor ha dicho que somos ridículos! —tradujo Makarva para toda la mesa—. Y si lo dice él, es que lo somos.

—Viviremos con ello —aseguró Zamoy—. Total, yo ya no tengo vergüenza. Y Miflin todavía menos. ¿Kodarah?

—Acabo de despedirme de ella —juró el Pelambrudo.

Se carcajearon y Dashvara meneó la cabeza, sonriente. Malditos Xalyas. Siempre conseguían lo que querían. Le dio un manotazo a una mosca y siguió comiendo su tostada.

Estaba acabando la segunda cuando Zorvun rodeó la mesa y posó una mano sobre su hombro.

—Sigo pensando lo mismo, hijo: estoy orgulloso de ti.

Dashvara puso los ojos en blanco.

—Tú eres el verdadero señor aquí, capitán —murmuró—. ¿O es que me vas a decir que no le pediste a Makarva que sacase el tema a colación?

Un destello divertido bailó en los ojos oscuros del capitán Zorvun.

—Te aseguro que no le dije nada. Pero, por lo visto, no era el único en pensar que era hora de dejarte las cosas claras. Has sido educado para ser señor, Dashvara, y lo serás —susurró—. Aunque tu pueblo sea sólo un puñado de esclavos, como dices.

El capitán se alejó hacia fuera y Dashvara lo siguió con la mirada, emocionado y a la vez frustrado. En su fuero interno, seguía sin verle la lógica al asunto: de acuerdo, él había sido educado para ser señor. Y cierta arrogancia, en su interior, le decía que eso lo condicionaba a cumplir su cometido sin protestar. Las palabras que había pronunciado Maloven en su sueño le volvieron en mente: “Has de ser el digno hijo de tu padre, Dashvara de Xalya. No camines: cabalga.” Eso era estupendo pero… ¿acaso se daba cuenta el capitán de lo penoso que resultaba ser proclamado señor de los Xalyas en una situación tan precaria como aquella? Qué diablos, por supuesto que se daba cuenta. Simplemente, se trataba de una jugada estratégica para la moral de los Xalyas. Dashvara sonrió interiormente. En ciertos casos, el capitán Zorvun podía ser más makarvoso que Makarva.