Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

17 Veintitrés príncipes de la Frontera

Los Xalyas fueron conducidos hasta una amplia habitación con jergones alineados. Al fondo, había una ventana con celosía: un artístico enrejado de piedra digno de los mejores artesanos de Diumcili. Dashvara la contempló con la impresión de penetrar en un pequeño palacio.

—Estos serán vuestros dormitorios —informó el humano realizando un vago ademán. Su acento de Titiaka era tan pronunciado que Dashvara tuvo que hacer esfuerzos para entenderlo—. Las cocinas están del otro lado del patio y podréis comer ahí a cualquier hora del día siempre que haya algo que pillar. Nosotros somos los guardianes domésticos de la casa y dormimos justo detrás de esa puerta —señaló—: si tenéis alguna duda, pasad y preguntad. Normalmente siempre hay alguno de nosotros rondando por ahí. El cocinero y su hija duermen en la cocina. No tenéis acceso libre a las demás habitaciones. Y… digamos que eso es todo. —Los recorrió con una mirada inquisitiva—. ¿Preguntas?

Se oyeron varios resoplidos. Dashvara reprimió una risita nerviosa. ¡Que si tenían preguntas, decía…! El capitán Zorvun contestó con tono pausado:

—Efectivamente, puede que tengamos unas cuantas preguntas. Pero, antes que nada, gracias por vuestra acogida. Yo soy Zorvun de Xalya. ¿Puedo preguntar por vuestros nombres?

El humano asintió tranquilamente con una leve sonrisa.

—Por supuesto. Mi nombre es Wassag. Y estos son Yorlen y Dafys —señaló a un elfo de pelo morado y luego a un sibilio de rostro gris como la piedra y ojos de un azul intenso—. El belarco, el viejo Leoshu, se ha ido a cerrar el portal. Por favor, ¿podéis remangaros el brazo? Tenemos que verificar que estáis todos marcados.

Se oyeron varios suspiros pero nadie protestó. Cuando los tres guardianes les hubieron pasado revista, el capitán preguntó:

—Y bien, Wassag, ¿en qué consiste nuestro nuevo trabajo?

Wassag enarcó una ceja y sus ojos grisáceos centellearon.

—Digamos que no nos lo han dicho. Supongo que en cuanto Su Eminencia vuelva de su viaje lo sabréis.

—¿Su Eminencia? —murmuró Zamoy con la nariz arrugada.

—¿Viaje? —repitió Zorvun con aire perplejo—. ¿Atasiag no está en Titiaka?

Wassag hizo una mueca, como si tratase de reprimir una sonrisa.

—Digamos que no lo está —admitió—. Pero volverá muy probablemente pasado mañana.

Sashava gruñó y Zorvun le echó una mirada de advertencia.

—Está bien —afirmó el capitán—. Entonces, esperaremos a que vuelva.

—Sí. Qué remedio, de todas formas, ¿no? —Wassag sonrió esta vez ampliamente—. Ah, idos acostumbrándoos a llamarlo Su Eminencia —agregó con más seriedad—. Atasiag Peykat es un magistrado y es un candidato al Consejo. Es un ciudadano de prestigio y nosotros, sus trabajadores, somos los primeros en tener que demostrarlo.

Su comentario generó expresiones de burla y exasperación difícilmente contenidas. Dashvara creyó percibir una mezcla de confusión y curiosidad en los ojos plateados del guardián.

—Supongo que eso forma parte del Contrato —suspiró al fin Zorvun.

Wassag miró a sus dos compañeros de reojo antes de declarar:

—Os sugiero que dejéis vuestros sacos aquí. Os guiaré hasta las cocinas. Tendréis hambre, supongo.

Se les iluminó la cara a todos, especialmente a Maef, Shurta y Arvara. Dashvara sonrió. Entre los tres hubieran sido capaces de comerse una vaca entera.

Afuera, un viento frío y húmedo venido del mar se había levantado. Apretaron el paso y cruzaron el corredor porticado hasta llegar a las cocinas. Ahí dentro, un elfocano de grandes proporciones, vestido completamente de blanco, canturreaba una canción en diumciliano mientras iba colocando cucharas en la mesa.

—Serl —soltó Wassag con evidente afecto—, no hace falta que nos mimes como a niños pequeños. Digamos que sabemos dónde encontrar las cucharas. ¿Qué tal va el caldo?

—¡Ah, ah! —exclamó el cocinero—. No me lo remuevas, Wass. Siéntate con los demás. Ah —sonrió con todos sus dientes—. Qué bueno tener de nuevo la mesa llena. Saludos a todo el mundo. Me llamo Serlag. Enseguida os traigo el caldo y el pan. ¡Y luego tengo una sorpresa!

Mientras el tal Serl se alejaba, Dashvara se sentó junto a Makarva y murmuró:

—Nos han tomado por una delegación de príncipes, ¿verdad?

Makarva volteaba su cuchara. Imitando la manera de hablar de Wassag, admitió con tono grave:

—Digamos que es la impresión que da.

Dashvara ahogó a medias una risa y, cuando cruzó la mirada de Wassag, le dedicó una mueca de disculpa: el muy discreto Makarva había hablado en lengua común.

—Mak —suspiró, paciente—, ¿cuántas veces te he dicho que no hay que burlarse antes de evaluar el grado de susceptibilidad de la gente?

—Mm —reflexionó Makarva—. Creo que eso aún no me lo habías dicho.

—Si es que hay que explicártelo todo —se burló Dashvara.

Wassag realizó un movimiento de cejas y se sentó frente al capitán, cercado del elfo de pelo morado y el sibilio. Estos aún no habían pronunciado una sola palabra.

—¿Es verdad que venís de la Frontera? —preguntó el moreno.

Zorvun asintió.

—De ahí venimos.

Un destello de curiosidad pasó por los ojos de Wassag.

—Pues habéis tenido suerte en salir de ahí. Por aquí se cuenta que un Condenado casi nunca alcanza el día de su liberación.

—No me extraña —se rió Orafe con sarcasmo—. La mayoría están penados de por vida.

De todos los Xalyas, Orafe era el que tenía el rostro más duro y surcado de cicatrices. Por eso Dashvara no se sorprendió cuando Wassag se quedó mirándolo durante unos segundos antes de hacer una mueca discreta.

—Ya veo. Digamos que por aquí no sabemos gran cosa de los Municipios. Lo único que sé es que en las marismas de Ariltuán habitan criaturas peligrosas. Orcos, dicen algunos.

—Orcos —afirmó Shurta.

—Y mílfidas —añadió Zamoy con desenfado—. Criaturas bípedas con dientes afilados, piel azulada y garras que te desgarran con sólo rozarte. Mira lo que me hizo una de ellas —añadió, remangándose el brazo izquierdo: una larga zanja cicatrizada le barría la piel del hombro hasta el codo. Wassag puso cara impresionada; Yorlen y Dafys permanecieron inmutables. Zamoy esbozó una sonrisa maligna—. Dashvara y Lumon le metieron a la maldita más sablazos de los que pudo contar en vida.

—Por la Serenidad… —susurró Wassag.

—También están los adriegos —apuntó Pik con uno de sus habituales tics nerviosos—. Esas bestias que no sabes si andan o se arrastran y que se confunden con el barro. Son como enormes serpientes con brazos. Mi hermano Kaldaka y yo nos encontramos con un adriego un día en que estábamos arrancando arbolillos cerca de los lindes. Nos soltó uno de sus escupitajos llenos de veneno y, si no hubiese estado Arvara para traernos de vuelta al barracón y Tsu para tratarnos con sus potingues, nos habríamos quedado como zombis. Mira esto —lanzó, estirando el cuello de su camisa para enseñar un trozo de piel negra como el carbón—. Necrosis, lo llama Tsu. Mi hermano tiene lo mismo en el hombro.

—Vaya… —murmuró Wassag; ahora no parecía tan fascinado, más bien asustado. Yorlen, en cambio, había ladeado la cabeza con súbito interés.

Dashvara intervino:

—Luego están los brizzias. Son como grandes golems de piedra cubiertos de musgo. Miden unos quince pies. No sé, para que os hagáis una idea, si extienden la mano llegan a tocar el tejado de esta casa. Si te dan un puñetazo, te mandan hasta el desierto.

—¿En serio? —carraspeó Wassag. Un brillo de incredulidad pasó por sus ojos.

En serio, federado, sonrió Dashvara.

—A Sashava uno le aplastó la pierna con el puño —apuntó Atok—. Y Dashvara se rompió dos costillas atacándolo por detrás.

—Me dio un cabezazo —detalló Dashvara—. Y yo estuve a punto de hincarle la lanza en el ojo, pero ¿sabes? No lo hice. Si lo hubiera hecho, no estaríamos aquí sentados, sino pudriéndonos en el barro en pleno Ariltuán.

—¿Entrasteis en las marismas? —inquirió Wassag.

—Y tanto que entramos —rió Sashava. Dashvara sonrió al verlo de tan buen humor—. Verás, federado: recorrimos millas enteras metidos en el barro.

—Y luego, vino el brizzia, nos hartamos y dimos media vuelta —completó Dashvara, entretenido.

—Bah, los brizzias no son lo peor —aseguró Alta—. Las que de verdad causan terror entre los Condenados son las pequeñas criaturas, las que casi no se pueden ver. ¿Sabéis lo que son las saraviesas, amigos? —Wassag y Yorlen negaron con la cabeza—. Son insectos que atacan para robarte sangre. Te inyectan un líquido que te hace dar saltos durante horas.

—No, no, no. Más bien, te derrumbas al suelo sacudido de espasmos —matizó Zamoy. Los Trillizos eran expertos en la materia: por alguna razón, las saraviesas tenían un especial aprecio a su sangre.

Makarva se aclaró la garganta e intervino:

—Necesitas realmente un enjambre de saraviesas para acabar muerto. En cambio, con una mordedura de anfigusano, en unos minutos ya eres pasto para las mílfidas y los cuervos. Es una serpiente de piel muy transparente —explicó a los tres huéspedes—. Se mete en el barro, corre a la velocidad del rayo y sólo se la ve cuando te llega encima.

Zorvun marmoteó, divertido:

—Los estáis asustando, chicos.

—¿Asustarnos? En absoluto —replicó Dafys, el sibilio. Su voz era ronca como la de dos piedras que se rascan. Paseó sus ojos azules por la mesa mientras el cocinero se acercaba con el caldo—. No me trago esos cuentos —afirmó—. Si esos anfigusanos son tan peligrosos, si hay tantos monstruos horribles por ahí, ¿cómo explicáis que seguís estando vivos?

Su pregunta les arrancó sonrisas y risitas a todos.

—Porque hemos tenido suerte, ¿tal vez? —propuso Kodarah el Pelambrudo.

—Porque los ojos de Lumon nos advierten de cualquier peligro —intervino Miflin.

—Porque tenemos al mejor capitán del mundo —exacerbó Makarva, blandiendo su cuchara.

—Vaya par de aduladores —resopló Zamoy.

—Porque somos Xalyas. —La afirmación de Sashava era rotunda. Hubiera podido parecer una broma viniendo de cualquier otra persona, pero viniendo de él, era imposible: Sashava no bromeaba con el honor de los Xalyas. Zorvun carraspeó.

—Y porque sólo nos hemos quedado ahí tres años.

Wassag resopló.

—¿Sólo, dices?

El capitán esbozó una sonrisa.

—Conozco a algún Condenado que lleva ahí más de quince años. —Hablaba de Towder, de la Torre de Dignidad—. Obviamente, hay muchos que no pasan del primer año —murmuró y Dashvara adivinó que estaba pensando en Kadayra, el hermano de Orafe que había muerto durante los primeros meses. El capitán meneó la cabeza—. En la práctica, quitando las enfermedades, el mayor peligro son las mílfidas. Ellas no sólo van a buscar ganado como los orcos: si se cruzan contigo en su camino, te devoran a ti. Y no se arredran ni ante el acero. En estos tres años, no he visto a una sola mílfida salir corriendo para salvar su vida.

Por alguna razón, a Zorvun siempre le había fascinado el comportamiento de las mílfidas; Dashvara se preguntaba a veces si no sería porque poseían la misma tozudez que su amigo el señor Vifkan. Sonrió y se levantó a medias cuando le tocó servirse el caldo. Este estaba compuesto de una variedad nunca vista de ingredientes. Tan sólo fue capaz de reconocer las zanahorias y la cebolla. Junto a la mesa, Serl proclamó con evidente satisfacción:

—Caldo de pulpo con cereales, cebolla, ajo, tomillo y unos cuantos ingredientes más, secreto del tío Serl. Comed antes de que se enfríe y dejaos de relatos macabros. Aquí, en mi cocina, se habla de buen vivir y de alegría, no de monstruos repugnantes. ¡A comer!

Gratamente sorprendido, Dashvara se unió a los demás para comunicarle sus agradecimientos y el tío Serl se ruborizó de placer antes de alejarse para ocuparse de su cocina.

El caldo estaba riquísimo. No recordaba haber comido algo tan bueno desde… bueno, desde nunca, la verdad. En el Torreón de Xalya, jamás habían tenido ingredientes para condimentar debidamente la comida y, en la Frontera, comían garfias todos los días y la guardia de Rayorah sólo les proporcionaba carne buena una vez al año, durante la fiesta de invierno; y casi como que les entraba pereza tener que ir a buscarla en medio de la nieve hasta la ciudad.

Bah, se dijo, masticando a dos carrillos. Eso es historia pasada, Dash: ahora te espera la buena vida.

Sonrió de nuevo alegremente. En ese momento, se hubiera quedado sentado con su caldo aunque le hubieran entregado la libertad para marcharse. A fin de cuentas, ¿para marcharse adónde, total? ¿A matar jefes shalussis? En cuanto hubo rebañado su bol, se unió a la «cola del cucharón», como lo denominó el inventivo Zamoy, y se sirvió una segunda porción. Maef y Arvara ya estaban con su tercer bol.

Ja. No sabe Cobra a quiénes ha metido en su casa. Si nos siguen cuidando tan bien, vamos a acabar con su despensa en una semana.

Estaba tragando su último bocado cuando vio a Makarva recostarse contra el respaldo de su silla y dejar escapar un suspiro de profundo contentamiento.

—Ave Eterna, ¿tú crees que me van a mirar mal si le doy un abrazo al tío Serl? —Le brillaban los ojos de gratitud.

Dashvara rió.

—Qué va. Es más, si tú le das un abrazo, yo se lo doy también.

—Genial. ¿Dónde se ha metido? —preguntó Makarva. Los demás estaban enfrascados en sus conversaciones, produciendo más jaleo que una panda de borrachos exaltados. Incluso Orafe el Gruñón y Sashava el Cascarrabias estaban de buen humor. Dafys, el sibilio, había desaparecido de la mesa, pero Wassag y Yorlen seguían ahí, el uno hablando con el capitán y el otro tan callado como una tumba. Por unos segundos, Dashvara se quedó mirando a sus hermanos, fascinado. En la vida, pocas cosas las había mejores que ver a sus seres queridos felices y despreocupados; saciados y con el maravilloso convencimiento de que nunca más regresarían a la Frontera… Parpadeó.

¡Hey, hey, hey! Cuidado, Dash. Te estás poniendo sentimental.

La risa estentórea de Arvara el Gigante lo sacó de su ensimismamiento. Makarva seguía buscando al cocinero cuando Dashvara avistó al elfocano entrando por una puerta interior. Llevaba al hombro un saco que emitía entrechoques de cristal.

—¿Qué es eso, Serl? —inquirió Wassag, levantándose para ayudarlo a posar el saco sobre la mesa.

El cocinero mostraba una enorme sonrisa.

—Vino añejo de Atalbella, muchachos —anunció—. El mejor vino de toda la costa este del Océano Caminante. Regalo de Su Eminencia.

El asombro dejó paso al entusiasmo. Con una sonrisa de lobo, Makarva murmuró:

—¡Serán dos abrazos!

—Cuidado, Mak —lo previno Dashvara—. Un regalo eminente más y esto podría degenerar en una orgía.

Orafe protestó que hubiera preferido beber el vino con el caldo, pero Serl fue tajante en su opinión: un vino de ese calibre se bebía como postre. Les tocó a todos un solo vaso y, decepcionado, Makarva masculló algo sobre que un vaso de vino no podía degenerar en nada de todas formas. Dashvara bebió la copa de un trecho y observó al cocinero mientras este le daba muy delicadamente un sorbo a la suya.

—Sentid la textura —decía, exultante—. Parece una fresa caída en un pozo de ámbar.

¿Una fresa qué? Dashvara intercambió una mirada con Makarva y ambos carraspearon por lo bajo mientras el cocinero seguía delirando, soltando disparates sobre el vino. Cada cual era más extravagante que el anterior.

—Iluminado de luz —repitió Dashvara, resoplando—. Pues como no esté hablando del candelabro…

—Bendecido por la Gracia de la Humildad —rió Makarva por lo bajo—. Infeliz de mí que lo he bebido sin saberlo.

Zamoy le dio un codazo cómplice a Miflin.

—Corre que te va a ganar la carrera, Poeta —se burló.

Cuando el tío Serl terminó de hablar, todos los Xalyas se habían acabado la copa y observaban al imponente elfocano con expresiones divertidas e incrédulas.

—Serl —dijo Wassag, palmeándole el hombro—. Bébete eso, anda. Que al final se te caerá el vaso. Gente, supongo que estaréis agotados así que os deseo unas buenas noches. Y como os dije, si necesitáis algo, no dudéis en llamar a nuestra puerta.

Zorvun se levantó y lo imitaron todos. Un ejército de sillas crujió contra el suelo.

—Muchas gracias por todo, por la acogida y por el vino —agradeció el capitán. Parecía un poco aturdido, como si una sola copa de vino hubiera alterado sus reflejos. No tenía el aguante de Kroon, sonrió Dashvara. Al salir de la cocina junto a sus hermanos, confirmó para sí:

—No te digo: nos han tomado por una delegación de príncipes.