Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

8 El orgullo de un capitán

Más de trescientos soldados federados acamparon aquella noche en el sector de Compasión. No pertenecían a los regulares de Rayorah: eran una compañía que acababa de dejar la frontera con las tierras de Shjak, al sur de la Federación, y, según explicó el heraldo de la vanguardia, había sido enviada al norte para que «tomase un respiro». Varios Xalyas, Dashvara incluido, no habían podido reprimir unas sonrisas irónicas al oírlo.

—¿Tomar un respiro significa ser castigado, en jerga federal? —inquirió Zorvun con una voz que denotaba puro interés lingüístico.

El capitán de los Xalyas seguía sentado en su silla, en el estrado, pálido pero consciente. Aseguraba que el aire nocturno le había devuelto cierto vigor, pero, como todos, tenía la ropa hundida y castañeteaba, aterido. Maldito cabezota, suspiró Dashvara. Makarva y él le habían insistido dos veces ya para llevarlo adentro y cambiarle la ropa… Sin embargo, aunque no lo pareciera, de los veintitrés Compasivos, el capitán era el más tozudo de todos y había querido enterarse de lo que ocurría en persona.

El heraldo federal era humano, pero resultaba ser tan inexpresivo como Tsu, si no más.

—En absoluto —replicó—. Os aseguro que la frontera con Shjak es un verdadero infierno. Ahora venimos de una victoria aplastante contra los drows.

Dashvara enarcó una ceja. ¿Acaso pretendía impresionarlos? Miró a Tsu de reojo pero no pudo leer sentimiento alguno en su rostro: el drow, de todas formas, aseguraba que él no pertenecía a ningún pueblo de su raza. Él siempre había vivido en la Federación. Siempre había sido un esclavo. Ahora, además de un esclavo, era un Xalya, sonrió Dashvara.

Un muchacho se acercaba a la carrera. Frenó, patinó en el barro y Arvara el Gigante tendió una mano para impedir que cayera. El joven federado se sonrojó tartamudeando:

—G-gracias. El capitán Faag quiere hablar con el jefe de esta torre.

Sin esperar respuesta alguna, les dio la espalda y volvió a salir corriendo; estos federados siempre andaban con prisas. Con impenetrable gravedad, el heraldo hizo un ademán.

—El jefe eres tú, ¿verdad? —le preguntó a Zorvun. Este asintió con extrema lentitud, como un espectro—. Entonces, levántate. Te conduciré hasta el capitán.

Zorvun asintió de nuevo y se levantó sin ayuda de nadie… Se tambaleó, pero apartó las manos de Sedrios cuando este quiso sostenerlo. Exasperado, Dashvara intervino osadamente:

—Esperad un momento. Nuestro capitán también necesita tomar un respiro. Dejadle unos minutos, ¿vale?

Zorvun había fruncido el ceño pero el heraldo se contentó con dar su acuerdo.

—Está bien, tenéis diez minutos.

—Incorregible, Dash —suspiró el capitán en oy'vat mientras el heraldo se alejaba.

—Vas a cambiarte esa ropa —le replicó Dashvara, abriendo la puerta del barracón—. ¿No querrás parecer un perro mojado delante de un enemigo? Aunque sinceramente sería mejor que nombraras a un portavoz para ir a hablar con ese Faag. No puedes ni caminar.

—Claro que puedo caminar —retrucó Zorvun. Entró en el barracón con la ayuda de Arvara y Makarva; lo siguieron todos. Se apresuraron a quitarle la capa hundida y lo vistieron de arriba abajo sin que él protestase. Cuando Dashvara abrochó su cinturón blanco, Zorvun masculló—: Tengo la impresión de que me estáis mimando como a un niño de cinco años.

Dashvara le dedicó una ancha sonrisa.

—Es que a veces te pareces un poco —se mofó.

El capitán, lejos de ofuscarse, enseñó sus dientes, divertido.

—Oye, muchacho. Tu discurso de Filósofo no ha sido tan elaborado como otras veces, ¿sabes?

Dashvara puso los ojos en blanco, disimulando mal su rubor.

—Bueno, así como dicen que la primera flecha nunca atina, la última tampoco se suele lucir.

Zorvun le palmeó débilmente el hombro con los ojos sonrientes.

—Esta flecha no era la última, Dashvara. Estoy seguro de que la última será la mejor. Y ahora, cámbiate tú también. Vas a acompañarme.

Dashvara agrandó los ojos pero no comentó nada. Se apresuró a cambiarse con los demás y volvía a ponerse las botas embarradas cuando el heraldo apareció por la puerta. Zorvun y él salieron, el primero sostenido discretamente por un brazo. Dashvara no se engañaba: veía claramente que el capitán estaba a punto de desplomarse a cada paso.

—El orgullo acabará matándote —susurró Dashvara mientras caminaban entre tiendas y linternas.

—Mira quién habló —replicó Zorvun en voz baja.

Dashvara lo miró con extrañeza. Hacía tiempo que su propio orgullo se había quemado como la yesca y agujereado por unas cuantas puñaladas. ¿Qué quería decir pues Zorvun con ese «Mira quién habló»? Ciertamente, así como el tiempo repara las heridas físicas, repara las espirituales y así como la pluma eterna vuelve a levantarse, el orgullo puede ver sus heridas curadas de nuevo. Pero esas heridas siempre dejaban cicatriz. Tal vez antaño hubiese actuado como Zorvun, arrinconando la enfermedad para permanecer altivo, pero ahora la actitud le parecía relativamente estúpida. Claro que no se lo iba a decir al capitán: el orgullo de un Xalya es sagrado y cada uno tenía derecho a ver la vida como gustase. Además, sospechaba que, para Zorvun, una herida en su orgullo podía resultar más fatal que ninguna otra cosa.

Dejó de divagar sobre el comportamiento del capitán cuando llegaron ante un alto pabellón de tela roja.

—Las armas —dijo uno de los soldados que guardaban la entrada—. Tenéis que dejarlas.

Dashvara asintió en silencio y soltó a Zorvun con prudencia; este se sostuvo muy erguido, y Dashvara lo desarmó él mismo, adivinando que, si el capitán se agachaba para sacarse la daga de la bota, a lo mejor caía de bruces. Acto seguido, se quitó la correa con los sables, el puñal que colgaba de su cinturón y su propia daga.

—Sólo entra uno… —empezó a decir el guardia. Pero una voz enérgica en el interior lo cortó:

—Que entren los dos.

Dashvara enarcó una ceja cuando vio a Zorvun avanzar el primero. Lo siguió con cierta aprensión sobre un suelo que parecía estar hecho con un material impermeable al agua. Casi sintió pena al ensuciarlo con sus botas.

El interior estaba intensamente iluminado por las linternas y Dashvara pestañeó unos segundos, cegado. El pabellón era sencillo, con una mesa, unos asientos, una cama de campamento y un gran cofre cerrado. Les hacía frente un hombre con uniforme rojo y rostro cuadrado de humano. Tenía ojos azules y su piel era tan negra como la de los Akinoa.

—Capitán Faag, de la Compañía de Compasión —se presentó con voz amena—. Sí, llevamos a la misma Gracia como nombre —confirmó—. Por eso siento una profunda curiosidad por conoceros.

Los miró, elocuente, esperando las debidas presentaciones. Zorvun croó orgullosamente:

—Soy el capitán Zorvun de Xalya.

Dashvara palideció. Se sintió igual que si Zorvun le hubiese dicho al federado que tenía pensado fugarse y rebelarse contra Diumcili.

—Capitán… —susurró entre dientes. Entonces, el orgullo del capitán Zorvun llegó a su límite y el hombre se desplomó. Dashvara se apresuró a sostenerlo antes de que se cayera del todo—. Maldito cabezota. Ya te lo dije —masculló, arrodillándose en el suelo de la tienda. Si tu propósito es morir, vas por buen camino comportándote así, capitán…

La voz de Faag resonó sorprendida e inquieta a su espalda.

—¿Se ha desmayado?

Sin despegar los ojos de Zorvun, Dashvara asintió. Posó una mano sobre su carótida, buscando el pulso. Seguía latiendo. Suspiró, más tranquilo, y cuando alzó la vista se quedó unos segundos paralizado al constatar que Faag se había agachado junto a ellos.

—Tiene mala pinta —observó—. Ayúdame a tenderlo en la cama.

Sólo cuando lo hubieron colocado sobre el colchón a Dashvara se le ocurrió que la actitud del federado era de lo más extraña. ¿Quién diablos podía querer tender en su cama a un Condenado?

—Adivino que se trata de la misma enfermedad que ha diezmado a los de la Torre de Simpatía —aventuró Faag—. Por favor, siéntate. Llamaré al médico.

A Dashvara no le encantó especialmente tener que reemplazar al capitán como portavoz, pero… qué remedio.

—No os molestéis, capitán Faag —aseguró—. Tenemos a nuestro propio médico. El capitán sólo se ha desmayado. Llamaré a unos compañeros y lo llevaremos de vuelta al barracón… —La sonrisa blanca de Faag le hizo olvidar lo que quería añadir.

—Siéntate —repitió el federado—. Te haré unas rápidas preguntas y luego llevarás de vuelta a tu… capitán —pronunció.

Dashvara no se inmutó. Al fin y al cabo, ¿qué les importaban a los federados los títulos que se diesen entre ellos, eh? Zorvun era su capitán, siempre lo había sido; lo cual, para él, venía a ser casi como sinónimo de padre.

Inspiró y se sentó en un taburete, ante la mesa. Se fijó en que otra persona estaba presente en la tienda, instalada detrás de un biombo. Probablemente un guardia, supuso. El capitán Faag, sin tomar asiento, se cruzó de brazos poniendo cara pensativa.

—Bien —dijo tras un silencio—. Me han dicho los informadores que vuestro pelotón saldrá de aquí dentro de una semana, ¿es eso cierto?

—Lo es —contestó Dashvara.

—¿Y adónde os llevan?

—No lo sabemos.

—Mm. —Hizo un ademán, como quitándole importancia al asunto—. También me han dicho que uno de los vuestros interrogó a un orco de las marismas esta misma tarde y que este le habló de unos seres llamados Malkrath que pretenden acabar con la línea defensiva de los Condenados.

—Naskrah —lo corrigió Dashvara—. El orco dijo Naskrah. Fui yo quien lo interrogué —aclaró. Añadió para sus adentros, algo aliviado, que, si ese federado estaba al corriente de lo del orco, eso significaba que el Condenado de Simpatía había sobrevivido.

Por alguna razón, una intensa satisfacción se había pintado en el rostro del capitán Faag. Del otro lado del biombo, la silueta se había movido un poco. Entonces, Faag se sentó del otro lado de la mesa, juntó sus manos guanteadas y tomó un tono suave:

—¿Estás seguro de que dijo Naskrah?

Dashvara asintió con calma y ahogó un bostezo.

—Seguro. Lo repitió varias veces. Al parecer, esos Naskrah han encontrado una forma de presionar a los orcos para obligarlos a atacarnos. Y utilizan trampas.

—¿Cuerdas de humo? —interrogó Faag.

Dashvara espabiló, alarmado. Por lo visto, Faag sabía algo más que él sobre el tema.

—¿Cuerdas? —repitió—. No lo sabemos. El caso es que una humareda verde causó la enfermedad de ocho de los nuestros la noche pasada. Otra atacó a los de Simpatía y otra a los de Dignidad. No sé las otras torres. —Entornó los ojos—. Esta noche, tres Naskrah se han acercado a la empalizada como estirando algo. A lo mejor era una cuerda de esas. ¿Qué son los Naskrah, capitán?

El capitán Faag se había quedado meditativo y contestó distraídamente:

—Así llaman los orcos de las marismas a los drows.

Dashvara alzó una ceja. Así que los Naskrah eran drows. Pero ¿qué hacían unos drows en Ariltuán? ¿No se suponía que vivían al sur, en las tierras de Shjak y en las montañas de Duhaden?

Entonces, Faag se levantó y repitió como si no recordase haber contestado ya:

—Los Naskrah son drows. Gracias, soldado. Una última pregunta. —Marcó una pausa mientras Dashvara se incorporaba—. Si creíais que quienes estaban marchando contra vosotros eran los drows, ¿qué hacíais delante del barracón con una bandera blanca?

Dashvara tragó saliva discretamente.

—El blanco es el color de la guerra entre los Xalyas, capitán —contestó con voz neutra.

Faag volvió a dedicarle una sonrisa que le provocó escalofríos a Dashvara.

—¿El color de la guerra, eh? Otra pregunta, si no es mucho pedir —se burló el capitán federado—. ¿Qué diablos son los Xalyas?

Si se lo hubieran preguntado tres años atrás, Dashvara se habría creído que le estaban tomando el pelo. Pero tres años en la Frontera le habían enseñado que los Xalyas estaban a punto de caer en el olvido de Háreka entera.

—¿Nunca oísteis hablar de los Xalyas de la estepa de Rócdinfer? —preguntó sin embargo, fingiendo sorpresa—. Los de Compasión venimos de ahí. Somos los descendientes de los Antiguos Reyes. Una alianza de clanes nos destruyó, nos apresó y nos vendió como esclavos.

Faag puso cara pensativa sin abandonar del todo su sonrisa; Dashvara se preguntó si había oído hablar siquiera de los Antiguos Reyes.

—Ya veo. Qué gracia. Para consolarte, te diré que no sois los únicos estepeños por Diumcili. Incluso en mi compañía tengo a algún… Shalussi —articuló con aplicación, como si se tratase de una palabra tremendamente exótica—. A lo mejor conoces alguno.

Dashvara se encogió de hombros.

—Me extrañaría, capitán Faag. La estepa es grande.

—Tengo a un Namurek entre los zapadores —apuntó Faag tras cavilar un poco—. ¿Lo conoces?

Dashvara negó con la cabeza. Hubiera sido mucha casualidad que lo conociera, federado.

—Jamás conocí a ningún Namurek —contestó—. De todas formas, los Shalussis no son un clan con el que los Xalyas entretuviesen muy buenas relaciones.

De hecho, desde la caída del penúltimo señor de la estepa, los Xalyas no entretenían buenas relaciones con nadie…

—Eres un esclavo —lanzó de pronto con voz vibrante la silueta detrás del biombo—. Pero puedes dejar de serlo.

La voz era extraña, aunque incontestablemente femenina. Dashvara pestañeó, desconcertado, mientras Faag inspiraba como para armarse de paciencia.

—Saazi —articuló este—. A veces podrías variar un poco el discurso, ¿sabes?

Dashvara escudriñó el biombo y reprimió las ganas de hacerle notar a esa mujer que dejar de ser un esclavo no era una cuestión tan sencilla. De pronto, vio detrás del panel un destello acompañado de un chisporroteo, seguido de un ruido de cadenas y un siseo de frustración. Se topó con la mirada azul del capitán Faag justo cuando la tal Saazi pronunciaba con voz chirriante:

—La Federación caerá y será aplastada por el pueblo de Shaazra, que es la verdadera reina de estas tierras…

—Ya basta —la interrumpió Faag, exasperado.

Pero la mujer prosiguió con fervor:

—Y entonces los esclavos serán expulsados y los ciudadanos encerrados…

—¡He dicho: ya basta! —tonó Faag—. Soldado, intenta despertar a tu compañero. Si no despierta, mandaré traer una camilla.

Había adoptado un tono frío y tenso. Tiempo de salir de aquí, estimó Dashvara. Aun así, no pudo evitar echar una ojeada curiosa hacia el biombo antes de acercarse al capitán Zorvun. Este se removió precisamente en ese instante y volvió en sí soltando un gruñido de dolor; levantó la cabeza y sus ojos lucieron como dos linternas heridas.

—¿Me he desmayado? ¿Dónde diablos estamos, Dash? ¿Qué…? —Parpadeó y pareció recordar. Dashvara lo ayudó a incorporarse mientras este se aclaraba la garganta y soltaba con toda la dignidad del mundo—: Ave Eterna. Os pido disculpas, capitán…

—Faag —completó el federado, más tranquilo—. No te preocupes, Condenado. No ha sido ninguna molestia. Tu compañero ha contestado a mis preguntas como si le hubieses dictado tú las repuestas —exageró—. Mis hombres se quedarán aquí hasta que os recuperéis todos. Lo cierto es que tienen orden de patrullar estas tierras durante al menos unas semanas. Creo que hemos llegado justo a tiempo para evitar una escabechina por la Frontera. ¿No desearás una camilla para que te lleven…? —Se interrumpió al recibir la mirada fulminante de Zorvun y sonrió—: Buenas noches y gracias por vuestro tiempo.

Desde luego, aquel capitán era educado, observó Dashvara. ¿Era un caso especial o bien es que se había acostumbrado demasiado a la hosquedad de los Condenados vecinos?

Lo saludaron con una inclinación seca de cabeza y, cuando salieron del pabellón, Dashvara se relajó un poco. No era el capitán Faag lo que lo había puesto tan nervioso, sino esa misteriosa mujer y su profética amenaza contra la Federación. Había hablado de una reina. ¿Pero de qué reina? Meneó la cabeza. ¿Acaso importaba? Resultaba casi gracioso que le hubiese querido recordar que su condición de esclavo era impuesta, no intrínseca. Como si no lo supiera de sobra…

Recuperaron sus armas y volvieron al barracón paso a paso.

—¿Qué te ha contado ese federado? —preguntó Zorvun quedamente cuando llegaban ya cerca del estrado.

—Nada importante —admitió Dashvara—. Pero… —sonrió— ahora puedo asegurarte que vamos a salir de aquí con vida, capitán. Y tú el primero.

Zorvun suspiró.

—Sí, eso parece. ¿Sabes, Dash? Creo que el día en que nos llegue la muerte de verdad no alcanzaremos a preverla.

Dashvara resopló, divertido.

—Hace unos días me levanté con una pregunta en mente —le reveló—: ¿qué interés tendría el tiempo si se conocieran sus misterios? Incluso la grabé en la mesa del barracón, ¿no te has fijado? Un sabio estepeño decía que una de las peores cosas que puede hacer una persona en la vida es prever su muerte. Y también decía que la conciencia que tenemos de la muerte nos hace más vivos. Claro que dicha afirmación depende de…

—Dash —lo interrumpió Zorvun.

Dashvara se ruborizó. En ocasiones, eres peor que los Trillizos, se recriminó.

—¿Sí, capitán?

—No les hables de lo que ha pasado en la tienda a los demás, ¿está claro?

Dashvara meneó la cabeza. Como un niño de cinco años, confirmó una vocecita en su mente. Sin embargo, se contentó con asegurar con una solemnidad burlona:

—Está clarísimo, capitán. Ni una palabra, te lo juro.

Bostezó y Zorvun suspiró.

—Tengo la impresión de que utilizas más que de costumbre la palabra «capitán».

Dashvara sonrió ampliamente y le palmeó el hombro con afecto.

—Es que eres el capitán. Y vas a seguir siéndolo durante muchos años, que no te quepa duda.