Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

7 El ojo de la muerte

Eran siluetas más bajas que los orcos de las marismas, vestidos con capas oscuras, botas… un atuendo que coincidía perfectamente con el de unos saijits.

Así que nos están atacando unos extranjeros venidos del Ave Eterna sabe dónde…

—¿Los ves? —preguntó Lumon.

Dashvara asintió, apoyado en el borde de la torre.

—Los veo.

La Gema iluminaba amablemente la franja entre las marismas y la empalizada. Tres Naskrah habían surgido de la vegetación, pero lo hacían con tanta discreción que estaba claro que pretendían actuar sin que los vieran. Por eso mismo, ni Lumon ni Dashvara dieron la alarma.

—Baja tú, Lumon —soltó Dashvara—. A mí creo que ya me han visto.

Lumon, agazapado en las sombras, asintió.

—No olvides vigilar el norte y el sur también —murmuró.

El Arquero se apartó y comenzó a bajar la torre tan discretamente como le era posible.

Esta noche no habría patrullas: todos los Xalyas estaban en el barracón, preparándose a lo que tal vez fuera una batalla mortífera. Con ojos cansados, Dashvara escudriñó las sombras al norte y al sur antes de volver a interesarse por los Naskrah. Le costó volver a encontrarlos: estaban avanzando, excelentemente camuflados.

Fingiendo tranquilidad, Dashvara se recostó contra una de las vigas de la atalaya y se puso a contar las flechas de su carcaj mientras vigilaba a los Naskrah de reojo. No era tan buen arquero como Lumon pero, en la estepa, había sido patrulla durante seis años: como Makarva y los Trillizos, había seguido el entrenamiento del capitán Zorvun y había participado en los ataques defensivos de los Xalyas contra los nadros rojos y otras criaturas salvajes. Ciertamente, en la Frontera, no podían seguir las mismas tácticas de lucha, pero más de una vez habían repelido bandas de orcos bajo la amenaza de las flechas.

A veces a Dashvara le espantaba pensar en lo ridículo que era estar defendiendo el territorio de aquellos mismos que te esclavizaban. Era más o menos como estar rodeado de serpientes letales y elegir servir a la que tuviese el veneno más lento.

Una serpiente que nos ofrece una muerte lenta a cambio de unos brazos que sepan manejar un arma… A Dashvara no se le ocurría en ese momento un comportamiento más repulsivo. No era sólo aquel Maestro esclavista y al Consejo de Titiaka a los que había que condenar: era a toda la Federación.

¿Acaso intentas consolarte echando pestes durante tus últimas horas de vida?, se burló. Deja de buscar culpables, Dash: harías mejor en concentrarte en lo que hacen esos Naskrah.

Los tres Naskrah seguían reptando hacia la empalizada. Parecían estar siguiendo una táctica precisa, pero Dashvara no alcanzaba a ver cuál. No podían estar planeando atacar: sólo eran tres y habían visto claramente aquel día que al menos diez Xalyas seguían en pie y en forma. Algo estaban tramando.

Dashvara frunció el ceño cuando una nube pasó delante de la Gema. El cielo se estaba cubriendo y adivinó que pronto se pondría a llover.

Justo empezaban a caer las primeras gotas cuando Lumon regresó.

—¿Novedades? —preguntó en un cuchicheo.

Dashvara se encogió de hombros.

—Siguen avanzando a paso de tortuga. ¿Sabes lo que creo, Lumon? —añadió mientras este echaba una ojeada entre las tablas de la barandilla—. Creo que nos están tendiendo una trampa. Un poco como lo de la humareda verde. Esos Naskrah parecen más aficionados al ataque encubierto. Me recuerdan a los Esimeos —murmuró con una mueca asqueada.

—¿Cómo pueden pensar que no los vemos? —resopló Lumon tras un silencio.

—Mmpf. Tal vez crean que tenemos la misma vista que los orcos.

Lumon echó un vistazo hacia el norte, hacia la Torre de Simpatía, antes de inquirir:

—¿Y la sombra?

Dashvara tragó saliva. Tras regresar de Rayorah con Alta y Rezagado, Tahisrán se había escondido en el cobertizo, pero, al escuchar la voz de Dashvara en el barracón, había acabado presentándose ante los Xalyas. Dashvara ya les había hablado de él pero, como bien sabía, oír contar una historia es diferente a vivirla y ver a un amasijo de sombras con forma de saijit que habla por vía mental podía… asustar a más de uno. Todos se habían quedado en estado de shock. Incluido Sashava. Dashvara incluso le había pillado a Pik persignándose como los federados y mascullando algo sobre «malos augurios». Adivinando que la presencia de la sombra estaba minando el ánimo más que alentándolo, había convencido a Tahisrán para que fuera a Simpatía a comprobar si seguían vivos los únicos dos sanos que quedaban; Tsu le había dado unas hojas de dorcho para los enfermos, pero Dashvara adivinaba que, de todas formas, si Tahisrán de veras se mostraba ante los de Simpatía, más de uno no se atrevería a meterse en la boca algo que le traía un espíritu de sombras.

Carraspeó silenciosamente y, sin perder de vista a los Naskrah, contestó:

—Aún no ha vuelto. —Tras un largo silencio, retomó—: Mira. Avanzan como si estuviesen estirando algo.

Lumon desvió la mirada del norte y volvió a posarla sobre los Naskrah.

—¿Una cuerda? —aventuró.

¿Qué diablos hacían estirando una cuerda ante una empalizada? No, no tenía sentido. Tampoco lo tenía que anduviesen estirándola desde las marismas, ya desplegada. Dashvara abandonó sus elucubraciones. Ahora, los tres estaban a unos veinte pasos escasos de las estacas. Estaban sobradamente al alcance de un arquero.

Inconscientes…

Dashvara agarró su arco y una flecha.

—¿Vamos a matarlos? —murmuró. Si lo hacían bien, podían matar a dos de los tres. Si lo hacían muy bien, a los tres. Y si lo hacemos muy mal, a ninguno, gruñó Dashvara interiormente.

Lumon no contestó enseguida. Su rostro, sumido entre las sombras, se parecía casi al de Tahisrán.

—El capitán dice que no nos apresuremos —dijo al fin.

Dashvara por poco no dio un respingo.

—¿El capitán? —repitió con afán.

—Parece un poco más lúcido —lo informó Lumon—. Dice que, si son saijits, a lo mejor podemos llegar a un acuerdo.

Dashvara lo miró con fijeza durante unos instantes. Entonces, consideró la propuesta de Zorvun. ¿Qué posibilidad cabía de que aquellos Naskrah accediesen a parlamentar y a aceptar la rendición de Compasión?

La lluvia había arreciado y el viento la empujaba hacia el interior de la torre. Si se alejaba del borde, Dashvara iba a perder de vista a los Naskrah, de modo que se contentó con ponerse la capucha.

Poco después, los Naskrah empezaron a retroceder. No era fácil seguir sus movimientos. Sus capas los disimulaban condenadamente bien.

—No creo que ellos tengan intenciones de parlamentar, Lumon —suspiró al cabo—. Además, si parlamentamos, somos hombres muertos para los federados.

Lumon no rebatió la afirmación: era obvia para cualquier Condenado. Dashvara se rascó la barba, pensativo. A lo mejor los Naskrah no pretendían atacar aquella noche. A menos que de esa cuerda fueran a salir espíritus asesinos capaces de volar o traspasar la madera y acuchillarlos mientras dormían. Una sonrisa sardónica estiró sus labios. A veces su imaginación lo aterraba más que cualquier cosa.

Los Naskrah fueron más rápidos para retirarse, como si tuviesen prisas por volver a las marismas. Al cabo, la franja quedó desierta, azotada por el viento y la lluvia helada. Dashvara se apartó de la barandilla en el instante en que Lumon siseaba:

—¡El norte!

Se giró con brusquedad y entornó los ojos. Estaba lloviendo, ¿cómo podía estar viendo algo Lumon?

—¿Qué pasa con el norte? —replicó.

—No lo sé —admitió Lumon—. He visto una luz. Pero no podría afirmarlo.

Dashvara se tensó. Si los Naskrah habían cruzado la empalizada más al norte, poco les iban a servir sus zanjas y sus reparaciones.

Al fin, vio una luz. No, no sólo una luz. Decenas. Muchas decenas. No parecía afectarles el agua. Encaramado en la atalaya, Dashvara tuvo la impresión de que las estrellas habían bajado del cielo con la lluvia. Por unos segundos, fue incapaz de hablar y constató que Lumon tardaba también en reaccionar.

—¿Tocamos la alarma? —preguntó al fin el Arquero con voz ronca.

Dashvara lo miró, sin saber qué opinar. Se suponía que era Lumon el jefe de patrulla, no él.

—¿Qué te parece si damos unos toques? —dijo al fin—. Total, si van con tanta luz, es que quieren que los veamos. —Marcó una pausa—. Voy a bajar. ¿Cuántas luces cuentas?

La respuesta de Lumon vino como un susurro moribundo:

—Muchas. —Y tras unos segundos—: Demasiadas.

Las manos de Dashvara sudaban febrilmente. Trató de secárselas con la ropa, pero esta ya estaba hundida por la lluvia.

—Bueno —dijo con voz ultratumba—. Al menos, tenemos un caballo. Tal vez podamos subir a los Trillizos encima. No pesan mucho. —Tragó saliva. Intenta subirlos encima a la fuerza y te estrangulan, Dash. Tú los conoces: no van a querer marcharse. Echó un vistazo hacia las marismas. Estas estaban curiosamente silenciosas. Deben de haber puesto esa especie de cuerda para asegurarse de que no nos replegaremos hacia los árboles. Una cuerda mágica o qué sé yo. Los federados los habían pertrechado para defenderse de los orcos y de las mílfidas. No de unos hechiceros. No de un ejército. De repente, sintió prisas por hacer algo—. Voy a bajar —repitió—. Da dos toques y avisa por si atacan también desde el este o desde el sur.

—¿Para qué, Dash? —lanzó Lumon mientras él ya estaba iniciando la bajada.

—¿Cómo?

Lumon aclaró:

—¿Para qué avisar si, total, con que nos ataque eso en un flanco, nos van a masacrar? —Había retomado su tono calmo y ahora una profunda resignación vibraba en su voz. No veía escapatoria.

—Bah —dijo Dashvara. Reflexionó unos segundos y repitió—: Bah. Tienes razón. Baja si quieres. Así no te perderás la batalla final de los Xalyas.

Qué solemne queda, dicho así, ¿eh? Sonrió irónicamente mientras reemprendía la bajada.

Una semana… Habían pasado tres años en ese agujero y por una única semana, una sola semana, iban a tener que criar malvas tan lejos de la estepa y ser devorados por las mílfidas, las moscas y los cuervos. Menudo éxito.

¿Sigues sintiéndote orgulloso de mí, capitán? Supongo que sí. De mí y de todos nosotros. Hemos sobrevivido al asedio del torreón prefiriendo por fuerza la vida a la muerte, hemos vivido todo lo que hemos podido y ahora, como dirían los Esimeos, la Muerte llama a sus ovejas descarriadas al redil. Las cosas son como son. Lo siento por ti, Rowyn. Tengo la desagradable impresión de que los Hermanos de la Perla no han hecho más que salvar a unos cadáveres. Pero, bueno, al fin y al cabo, los Condenados siempre estuvieron condenados a la muerte. Buena suerte con vuestro trabajo, sea cual sea, Duque.

Dos toques de alarma resonaron. Resoplando, Dashvara desechó su réquiem de despedida como a una mosca molesta. Cuando aterrizó abajo, sus compañeros ya estaban saliendo del barracón, armados hasta los dientes. Incluso vio a la mayoría de los enfermos de pie. Zorvun estaba sentado en una silla en el estrado, bajo la mismísima lluvia, blanco como una estatua de mármol.

—¡Llegan por el norte! —exclamó Dashvara, cuando hubo rodeado la zanja—. Son más de cien. Tal vez muchos más. Probablemente no sean orcos. Llevan luces azules. Muchas. Deben de ser linternas porque no se apagan con la lluvia.

El capitán asintió. Parecía a punto de desmayarse.

—¿Sedrios? —llamó—. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El Viejo asintió y Dashvara lo vio entrar de nuevo en el barracón. Salió inmediatamente con una tela blanca atada a una lanza. Dashvara agrandó los ojos. El blanco era el color de la guerra entre los Xalyas, pero entre los federados era el color de la paz. A saber lo que significa el blanco para esos Naskrah… Si es que consiguen ver el color de la bandera.

Bah, de todas formas, no se perdía nada por intentar hablar, aunque les contestasen con gritos de guerra, flechas y hachazos. Ellos serían civilizados e intentarían parlamentar.

Dashvara sonrió y sintió entonces que sus nervios se distendían, que su corazón se tranquilizaba… Típicos síntomas del hombre que ve la fatalidad venirle encima.

Alcanzó a Tsu y lo vio ahí erguido, inexpresivo si no fuera por un ligero temblor en su mano que empuñaba la espada. Meneó la cabeza. El drow no sabía luchar. De hecho, el médico incluso le había asegurado que no tenía pensado empuñar jamás una espada a menos que fuera absolutamente necesario. Le palmeó el hombro, dándose cuenta de la suerte que había tenido en su vida de haber conocido a un drow médico torturador de tan buen corazón.

—¿Qué, Tsu? ¿Cómo te sientes en el albor de tu primera batalla?

El drow permaneció inexpresivo.

—Es de noche, Dash —intervino Makarva, fingiendo desenfado—. El sol todavía no llegará hasta pasadas varias horas.

Y no volveremos a verlo, Mak, eso es lo que quieres decir, ¿verdad?

Dashvara contempló los rostros de sus hermanos, graves y conmocionados, ondulantes de fuego ante las antorchas. Zamoy el Calvo, siempre tan hablador y exaltado, se aferraba a sus dos sables con la tranquilidad del luchador veterano; Miflin tenía los ojos casi cerrados y movía los labios, recitando tal vez su último poema; Makarva, él que siempre estaba atento a lo que sentían los demás, él que era tan hábil en burlarlos a todos cuando jugaban, movía ahora la cabeza, ensimismado, buscando tal vez algún sentido a todo aquello. Dashvara desvió la mirada hacia la cortina de lluvia.

Es demasiado tarde para buscarle sentido a nada, Mak. Tal vez siempre lo fue.

Pensó en todos ellos, en sus años de patrulla en la estepa, en sus años en la Frontera… De los veintidós hermanos que lo rodeaban, todos sin excepción eran dignos Xalyas del Ave Eterna. Todos, con sus defectos y sus virtudes, tenían, detrás de esas barbas y esos ojos duros, un espíritu radiante. De pronto, Dashvara sintió que su corazón se henchía de orgullo. Un repentino arrebato lo hizo tomar la palabra.

—¡Hombres de Xalya! —pronunció en voz alta. Se atrajo los ojos sorprendidos de todos—. Ya que las posibilidades de que salgamos de esta son por así decirlo inexistentes, quisiera deciros algo a todos vosotros. —Se aclaró la garganta—. Para variar, empezaré por una obviedad. Somos Xalyas. Eso significa que somos hermanos, no por la sangre, sino por nuestras ideas y por el cariño que nos tenemos unos a otros. Somos hermanos porque confiamos en nosotros y somos Xalyas porque tenemos fe en nuestra pluma y en nuestra Ave Eterna. Dicha la obviedad, quería deciros que, aunque la lógica me dice que deberíamos estar malditamente desesperados, me siento feliz —sonrió—. ¿No os ha pasado nunca sentiros tan felices que llegáis a deciros absurdamente: «bueno, si muero ahora, mi vida habrá sido completa»? Bueno, pues yo ahora es lo que siento. Siento que, visto nuestro destino, no podría haber encontrado mejor forma de morir que morir en un montón de barro con veintidós hermanos y una bandera más sucia que blanca. —Rió quedamente—. Siento que todo lo que he vivido, lo bueno como lo malo, no lo cambiaría ni por una larga vida de federado. Eso no significa que no vaya a lamentar muchas cosas de la vida, pero las lamento como lo hace un viejo que deja su existencia sabiendo que su deber es dejarla, por el bien de las leyes naturales. Y quería deciros, con todo, que os quiero a todos de tal manera que no existe palabra alguna en el diccionario del inspector Barrigón para describirlo y… —Se quedó sin aliento, tosió y tragó sangre—. Maldita sea, hermanos, si es verdad que existe una vida después de la muerte como dicen los republicanos, sed felices.

Inspiró ruidosamente y no fue el único ni mucho menos. Makarva y Zamoy, más expresivos, se enjuagaron las lágrimas. El capitán pestañeó. Miflin murmuró un verso que tan sólo la lluvia oyó. Sashava soltó un bufido.

—¡Ave Eterna, muchacho! —gruñó—. Todavía no estamos muertos.

Dashvara tragó saliva con agua salada. No logró sentir vergüenza alguna por lo que había dicho porque era verdad y, además, precisamente, iban a morir.

—Si lo estuviésemos, Sashava, no podría haber soltado mi discurso de Filósofo.

Varios dejaron escapar risas. Y no eran risas nerviosas: ahora todos los Xalyas estaban erguidos, incluso los enfermos, y tenían los ojos centelleantes de confianza. Confianza en que, aunque muriesen, nadie les quitaría lo que habían vivido.

Menudo consuelo, carraspeó Dashvara interiormente.

Pero era todo lo que les podía dar el señor de la estepa aquella noche.

Entonces, suavemente, oyó a Alta entonar una canción que no había oído desde hacía mucho tiempo, desde la caída del Torreón, cuando los soldados xalyas habían jurado ante el señor Vifkan no rendirse y luchar hasta el final, hasta que muriera el último descendiente de los antiguos clanes. Irónicamente, aquellos que volvían a entonar el himno eran los únicos en no haber cumplido su juramento. Pronto, casi todos se unieron al canto.

Cabalga, hermano, cabalga,
que el sol luzca en tu camino
y abra las puertas cerradas
a tu Ave Eterna en su nido.
En tu tierra y corazón,
traza tu propio destino,
y honra a tu clan por tu amor,
con la fuerza de tu espíritu.
Cabalga, hermano, cabalga,
hacia el cruel enemigo.
Si quiere robarme el alma,
mis sables serán mi grito.
Por la libertad luchamos,
por la familia morimos.
Ni por miedo o cobardía,
ni por ruindad nos rendimos.
No hay en nuestra Ave Eterna
lugar para el egoísmo.
Xalyas somos, y guerreros;
de los sabios somos hijos.
Almas fieras de la estepa
vástagos de los Antiguos,
arrancaremos la vida
a bárbaros y asesinos.
¡Por la paz de la familia
cabalguemos siempre dignos!

Segundos después de que la última nota de los Xalyas muriese en Compasión, Dashvara se dio cuenta de que casi había escampado del todo. Fue entonces también cuando reparó en el ruido característico de unos cascos golpeando la tierra hundida. La luz de dos linternas surgió entre las tinieblas.

—Caballos —murmuró Maltagwa.

—Cuatro —contó Lumon—. Y un estandarte.

Los jinetes llegaron a ellos antes de que alcanzaran a entender muy bien qué pasaba.

—¡El capitán Faag saluda a los Condenados de Compasión! —exclamó con voz potente el heraldo que llevaba el estandarte.

Los veintitrés Xalyas le devolvieron la mirada, estupefactos. Dashvara hubiera jurado que la mismísima Gracia de la Compasión había venido a salvarlos.