Página del proyecto. Ciclo de Dashvara, Tomo 2: El Señor de los Esclavos.

5 Los Condenados

Cuando los jinetes desaparecieron de su vista, Dashvara se giró hacia el barracón. La mayoría había vuelto a entrar para ocuparse de los enfermos, pero Makarva y Zamoy se habían sentado en el estrado y charlaban animadamente. Dashvara adivinó por sus expresiones que estaban elucubrando sobre las posibles actuaciones de los Hermanos de la Perla. Mientras estas no fueran tan poco efectivas como lo habían sido en Dazbon…

Un resoplido interrogante lo sacó de sus pensamientos y recordó que seguía agarrando las riendas del caballo. Le palmeó el cuello y sonrió al comprobar que el animal respondía con aire amistoso. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión, en la Frontera, de que, en cuestión de porcentajes, los caballos eran mucho más amigables que los saijits. Al menos entre los Condenados.

—¿Sabes cómo te voy a llamar? —le murmuró, acariciándole el hocico—. Te llamaré Rezagado. Porque has tardado un año en llegar y ahora nos vamos a despedir sin casi conocernos. Es una lástima.

El caballo volvió a resoplar. Sus ojos negros lo contemplaban con discreta curiosidad.

—Vamos, Rezagado.

Tiró de las riendas y lo llevó al cobertizo. Tras una vacilación, fue a buscar la silla de montar. Era un hombre de la estepa y hacía más de un año que no cabalgaba. ¿Tenía lógica eso? Sonrió.

—Hay que remediarlo, Rezagado, ¿no crees?

Le costó encontrar la silla: se había quedado atascada bajo la reserva de leña. Finalmente, la sacó de ahí y le quitó al caballo una cuerda que llevaba, con dos sacos en las extremidades. Marcó una pausa. ¿Dos sacos?, se repitió. Se interesó en ellos. Era… ¿comida, tal vez? Con curiosidad, abrió uno, que parecía casi vacío, y se quedó en suspenso. Ahí dentro estaba… sí. La orgullosa figurilla de madera que le había regalado el viejo Bashak. La tomó en la palma de su mano, sonriente, recordando el rostro arrugado y sereno del sabio shalussi. Qué tiempos aquellos, pensó, risueño. Entonces, arrugó la frente. Ahí, en la parte inferior, había una especie de corcho que no había estado antes. Tiró de él, cada vez más intrigado, sacudió la escultura y cayó una hoja enrollada del agujero.

—Ave Eterna —murmuró.

Con manos temblorosas, desplegó el pergamino, convencido de que, si había ahí algo escrito, la mala fortuna debía de haberlo borrado… Pero no. Ahí había dos frases en oy'vat bien claras que decían: «Hermano, si sigues vivo, déjame repetirte algo que me dijiste un día: no importa cuánto sople el viento, sigue luchando.»

Dashvara pestañeó. La letra era clara, elegante. Era la letra de Fayrah, sin posible equivocación. La hubiera reconocido entre mil. Así que su hermana estaba bien de verdad…

Mmpf. ¿Acaso pensabas que el Duque iba a mentirte?

Había utilizado tinta de flor de nutria para escribir. Como la utilizaba Maloven en el torreón. Enrolló otra vez el mensaje y, encogiéndose de hombros, se lo dio al caballo y este se lo comió. Enseguida, Rezagado puso ojos sorprendidos al notar que no sabía a hierba. Dashvara rió por lo bajo.

—Las palabras alimentan el espíritu, Rezagado.

Cogió el otro saco. Este estaba más abultado, pero pesaba curiosamente menos.

“No te asustes”, lo advirtió de pronto una voz insegura.

Dashvara soltó un jadeo y abrió el saco con brusquedad. La oscuridad cegaba el interior. No podía creerlo…

—¿Tahisrán?

La sombra sacó la cabeza.

“El mismo”, confirmó alegremente. “No sabes todo lo que me ha pasado. Seguramente habría llegado antes de no haberme quedado veinte mil años encerrado en una caja.”

Dashvara lo contemplaba, pasmado. Un momento… ¿Rowyn me ha traído a la sombra? ¿Lo había hecho aposta o bien se lo había colado Fayrah? Poco importaba: el caso era que la sombra estaba ahí, ante él, con una mueca de disculpa inequívoca en su tenebroso rostro.

—No me asusto —aseguró con un resoplido. Rezagado lo imitó—. Oye, Tahisrán, ¿Rowyn está al corriente de que tú…? Quiero decir, ¿te ha enviado él? Quiero decir… ¿qué es esa historia de cajas?

“Te lo explicaré”, suspiró la sombra, saliendo del saco. “Cuando tú zarpaste para Titiaka, yo no llegué a tiempo para coger el barco, de modo que decidí coger el siguiente.” Marcó una pausa y prosiguió: “Te lo contaré como pasó. Verás, cogí el siguiente barco después de haberle aconsejado a Fayrah, a Lessi y a Aligra que no se apartasen de ese Shalussi… ese Rokuish. Porque es amigo tuyo, ¿verdad?”

Dashvara asintió, expectante.

“Bien”, carraspeó mentalmente la sombra. “El caso es que el barco en el que me metí era un barco comercial. Lo abordaron los piratas, robaron la nave y cambiaron de rumbo hacia una isla. Yo… estaba muy contrariado. Y me mostré ante el capitán del barco contándole mi historia y pidiéndole que al menos me dejara en la costa de Titiaka. Casi lo mato del susto.”

Dashvara reprimió las ganas de taparse la cara.

—Tahisrán, ya te dije que los saijits no están acostumbrados a ver sombras.

“Soy saijit”, replicó pacientemente Tahisrán. “Y soy perfectamente consciente del efecto que provoco en las personas. No hace falta que me lo recuerdes.” Se sentó sobre un leño, echó un vistazo intrigado al caballo y a la burra y prosiguió: “Resulta que en esa isla no le tienen miedo a las sombras. Todo lo contrario. Ese pueblo pirata me tomó por un santo, una especie de espíritu ancestral. Logré escapar una vez y me recorrí toda la isla en busca de un barco que robar. Me dije que, si los piratas robaban barcos, yo podía robarles uno, ¿no? Pero… bueno, yo no sé navegar. Así que finalmente traté de meterme en uno ocupado a escondidas. Me pillaron en plena mar y me metieron en una caja metálica de unos cuatro palmos de anchura. Me he pasado todo este tiempo colgando de un mástil y contestando a preguntas ridículas de los piratas. Que si iba a haber una tormenta, que si tal mujer de verdad lo quería, que si, cuando muriesen, realmente iban a ir a los infiernos… Al principio no contestaba, pero luego me aburría tanto que hasta ansiaba oír la próxima estupidez que fueran a soltarme esos marineros. Y cómo se emocionaban cuando contestaba…”

Juntó ambas manos sobre sus rodillas, suspirando.

“Finalmente, hace no mucho, me desembarcaron en Titiaka y, por alguna razón, un tal Atasiag me liberó y me llevó adonde estaba Fayrah. Ya ves. Toda esa vuelta para nada.”

Dashvara meneó la cabeza, alucinado.

—Así que me estabas buscando.

La sombra sonrió.

“Sí. Me dijiste que no te abandonara, y yo no te abandono. ¿Qué tal estás? Estás más flaco que antes. Deberías comer más. No querrás convertirte en una sombra como yo, ¿verdad?”

Dashvara inspiró y espiró varias veces antes de soltar:

—Oye, Tahisrán, ya que estás aquí, vas a contarme todo lo que sabes, ¿no? Tú no eres tan insoportable como los republicanos, ¿eh?

Tahisrán ladeó la cabeza.

“Te recuerdo que vengo de la República del Fuego. Yo también nací republicano.”

Dashvara se lo quedó mirando, insistente.

“Está bien”, suspiró la sombra. “Te diré todo lo que sé. Pero no es mucho.”

Dashvara le dedicó una sonrisa agradecida y se levantó con energía.

—Entonces vuelve a meterte en tu saco. Rezagado, tú y yo vamos a salir a dar un paseo.

“Estupendo, ¡me encantan los paseos!”, se entusiasmó la sombra.

Minutos después, Dashvara salió del cobertizo montando a Rezagado. Aún instalados en el estrado, Makarva y Zamoy alzaron la cabeza.

—¡Dash! —se sorprendió Makarva—. ¿Adónde vas?

—A prevenir a los de Dignidad de que tienen un agujero en la empalizada —contestó Dashvara. No tenía la intención de ocultar la presencia de la sombra a sus hermanos, pero aún no le había pedido permiso a Tahisrán. Señaló a Rezagado completando—: Y a hacer visitar la zona a nuestro nuevo compañero. ¿Puedes hacerme un favor? ¿Puedes traerme los sables, por si acaso?

—Me extrañaría que los de Dignidad no hayan visto aún los destrozos —comentó Makarva, levantándose—. Ahora te traigo los sables.

Entró corriendo en el barracón y Zamoy lanzó:

—¿Ves que no ha sido tan horrible, primo? Parece gente simpática, aunque sea extranjera. Y Makarva y yo hemos llegado a la conclusión de que, aunque no consigan liberarnos, tal vez nos lleven a un sitio más agradable desde el que podamos huir con más facilidades. El Ave Eterna nos es favorable, Dash.

Dashvara resopló, divertido.

—El Ave Eterna le es favorable a quien lo desea, primo. Pero el Ave Eterna no tiene nada que ver con la suerte.

Makarva llegó con los sables y Dashvara se los fijó con la correa.

—Me das envidia con el caballo —confesó su amigo—. ¡Sé prudente!

—Suelo serlo —replicó Dashvara espoleando a Rezagado. Se alejó de Compasión escuchando con innegable placer el ruido sordo de los cascos contra la tierra.

Tras cabalgar un rato hacia el sur, se sorprendió sonriendo. Si se contentaba con mirar hacia el oeste, casi podía creer que se encontraba en la estepa. Casi. Puso el caballo al paso mientras echaba un vistazo hacia la jungla de las marismas. Al fin, rompió el silencio:

—¿Tahisrán? ¿Me oyes?

“Te oigo, Dash. Pero, la verdad, preferiría estar fuera. ¿Puedo?”

Dashvara agrandó un ojo y luego meneó la cabeza.

—¿Me estás pidiendo permiso? Si quieres salir, sal, sombra. Eres libre de hacer lo que te apetezca.

La sombra forcejeó un poco, sacó una mano y abrió el saco. Cuando se instaló a horcajadas detrás de él, Dashvara rió por lo bajo.

“¿Qué pasa?”, preguntó Tahisrán, intrigado.

—Nada —aseguró él, sin dejar de sonreír—. No pasa nada.

“Vaya”, murmuró la sombra. “Hacía muchos años que no veía las marismas de Ariltuán.”

Dashvara enarcó una ceja, incrédulo.

—¿Ya has entrado ahí alguna vez?

“¿Yo? Ja. No. Las bordeé, pero jamás entré. Le tengo bastante aprecio a mi vida.”

Dashvara sonrió de nuevo.

“Tengo la impresión de que te estás riendo de mí”, suspiró Tahisrán. “Pero no alcanzo a entender por qué. ¿Acaso te parece extraño que una sombra le tenga aprecio a su vida?”

Dashvara negó con la cabeza, mirando hacia el frente.

—En absoluto —afirmó con sinceridad—. Al fin y al cabo, aunque seas una sombra, sigues siendo un saijit. Y sigues teniendo un Ave Eterna.

“Mm. Por cierto, me gustaría saber qué significa exactamente eso del Ave Eterna para ti”, apuntó Tahisrán.

Dashvara se encogió de hombros.

—Te lo explicaré en cuanto tú me hayas explicado qué demonios están tramando los Hermanos de la Perla. Pero antes dime, ¿dónde está Fayrah?

“En Titiaka”, contestó inmediatamente la sombra.

De modo que realmente Rowyn la había traído a Diumcili…

—Titiaka, ¿eh? —Dashvara suspiró—. Demonios, qué importa dónde esté mientras esté bien. ¿Y por qué a ti te han dejado meterte en ese saco si no quieren que yo me entere de sus intenciones?

“Porque, sencillamente, lo que puedo contarte es más bien poco”, admitió la sombra. “Y también porque les he insistido para que me trajesen hasta ti”, sonrió. “Verás, a mí me dio la impresión de que no tienen mal corazón. Si acaso Azune. La oí decir que por ella te hubiera dejado en la Frontera unos años más. Pero creo que lo decía en broma. En fin, que no creo que estén tramando nada contra ti y tus hermanos. Es decir, el objetivo principal bien creo que es el de sacaros de este… lugar poco hospitalario. Fayrah insistió mucho para sacarte de aquí. Y yo no me he quedado atrás, aunque ya te imaginarás que a mí poco caso me hacían. Y confieso que lo primero que hice, al llegar a Titiaka, fue pasearme por toda la ciudad y disfrutar al fin de mi libertad.”

Dashvara esperó unos segundos antes de agitar la cabeza, frustrado.

—¿Y no sabes nada más? —Inspiró—. ¿Quién es ese Atasiag que te liberó de tu caja?

Percibió la vacilación de la sombra.

“Un… hombre.”

Dashvara puso los ojos en blanco.

—Ajá. ¿Y aparte de eso?

“Pues… No lo sé. Parecía simpático, pero apenas hablé con él. Creo que también tiene algo que ver dentro de este plan contra el esclavista. Siento no poder ayudarte más.” Dashvara sintió la mano de Tahisrán palmearle el hombro mientras añadía más animadamente: “Te aseguro que ahora que estamos juntos vamos a poder arreglar las cosas.”

Dashvara sonrió.

—Te creo. Al fin y al cabo, eres un santo, ¿no?

Tahisrán le respondió con un simple resoplido y Dashvara completó: Un santo simpático, encima.

Estiró las riendas para que Rezagado dejara de comer hierba y puso el caballo al trote. Sobresaltada, la sombra se agarró a su cinturón blanco de Condenado; en silencio, porque todo lo que hacía una sombra lo hacía en silencio, adivinó Dashvara.

—¿Tahisrán?

“¿Sí?”

—¿Cómo fue estar metido en esa caja?

Hubo un silencio y Dashvara temió haber despertado malos recuerdos. Entonces, la sombra contestó:

“En cierta forma, mejor que en las catacumbas. Al menos me rodeaba gente viva. Aunque, si he de serte sincero…” Vaciló. “He de admitir que a veces los muertos resultan menos agobiantes que los vivos. Al menos los muertos no se matan entre ellos.”

Dashvara hizo una mueca y echó una mirada hacia las marismas y la empalizada. Ya no quedaba mucho para llegar a la frontera con los de Dignidad. Se apercibió de que, en el lugar del agujero, se agitaban varias siluetas de Condenados reparando el estropicio. Holgazanes, pero no tanto cuando se trata de sobrevivir, sonrió. Dashvara se giró hacia la sombra para verla meterse prudentemente en el saco. Estiró las riendas.

—Tahisrán —repitió entonces.

“¿Sí, Dash?”

—¿Puedo saber por qué me sigues?

Percibió una risita divertida.

“¿Es que acaso te resulta tan extraño que alguien quiera seguirte?”

Dashvara meneó la cabeza.

—Un niño te sigue para no perderse. Un lobo, para comerte. Y un amigo te sigue para ayudarte. No —admitió—. No me parece tan extraño. Pero me pregunto quién eres, si el amigo, el niño o el lobo.

Hubo un silencio.

“¿Estás de broma?”

Dashvara sonrió anchamente, divertido.

—Sólo un poco.

Acababa de ver a uno de los Condenados apartarse para dirigirse hacia él y espoleó su montura para acercarse.

—¡Saludos, Compasivo! —lanzó el de Dignidad. Dashvara conocía su nombre. Era el jefe de Dignidad, un tal Towder, grande, robusto y resistente: llevaba en la Frontera cambiando de torres desde hacía quince años. Uno de los pocos que duraban tanto.

—Saludos —contestó Dashvara, deteniendo a Rezagado—. Precisamente me dirigía hacia vuestra torre para advertiros de que un borwerg pasó por aquí anoche. Supongo que habréis visto los cuerpos. Aún no hemos, er, tomado el tiempo para retirarlos, pero lo haremos. ¿Qué tal por Dignidad?

Towder tenía la cara devastada por una enorme cicatriz que la fijaba en una constante mueca asqueada. Aun así, no había que fiarse de las apariencias: Dashvara sabía que era uno de los Condenados de Dignidad más tratables.

Skrat —juró Towder—. Pues no perfectamente. Tenemos a la mitad del pelotón vomitando sus entrañas.

Dashvara agrandó los ojos, alarmado.

—¿En serio? Nosotros también.

—¿Qué? —masculló Towder—. ¿Vosotros también? —Ambos intercambiaron una mirada fruncida. Si los de la Dignidad habían sufrido lo mismo, eso significaba que los de Simpatía no eran culpables. Entonces, muy probablemente, el problema tenía que venir de las marismas—. Skrat —escupió Towder—. Esto es extraño.

—Coincido. Dime, Towder, ¿alguna vez has oído hablar de una criatura que suelte toxinas verdes que hagan enfermar?

El Condenado torció aún más la boca si era posible. Se le escaparon gotas de saliva cuando habló:

—No, criaturas no. Pero existen plantas en Ariltuán que podrían ser utilizadas.

—¿Por los orcos?

—Mm. Podría. ¡Hey! —exclamó de pronto, hacia sus compañeros—. ¡Al parecer a los Compasivos les ha pasado lo mismo que a la patrulla de Skif! —Se volvió hacia Dashvara—. No creo que sea mortal. Pero si son los orcos… Más nos vale estar atentos.

Dashvara aprobó.

—Lo estaremos. Por cierto, al parecer, dentro de una semana los Xalyas nos tendremos que ir de Compasión.

Towder ni se inmutó.

—¿Os mandan a Paciencia?

Dashvara se encogió de hombros.

—Ni idea.

Towder enseñó sus dientes.

—Espero entonces que el pelotón que os sustituya sea tan aguantable como vosotros.

Dashvara le devolvió la sonrisa.

—Lo espero para vosotros.

Alzó una mano a modo de saludo y estiró de las riendas para hacer voltear al caballo. La noticia era más bien preocupante, se dijo.

¿Es que ahora los orcos pretenden matarnos envenenándonos? Bah… ¿puede acaso un plan así caber en la cabeza de un orco de las marismas? Se encogió de hombros. Puede, ¿por qué no? Pero no es su estilo…

Apenas había cubierto la mitad del camino de regreso cuando oyó una ráfaga de toques de alarma.

Un segundo, Dashvara se sintió morir. El sonido venía de Compasión. Entonces, su corazón se puso a latir como un tambor de guerra. Espoleó el caballo y este salió desbocado rumbo al norte.

Más te vale no llegar tarde esta vez, Rezagado…